Incursiones relámpago, estilo Sturmtruppen, en episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y las dos postguerras, con ocasionales singladuras a alta mar, a ultramar y si conviene incluso más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

lunes, 18 de agosto de 2014

Carles Porta, autor de "Tor, la montaña maldita": "Por respeto a sus protagonistas, lo único que no tiene el libro es sexo"

Tor estaba destinada a convertirse en un pueblo fantasma más de los muchos que languidecen en los Pirineos. Pero Carles Porta no se conformó con la versión oficial y tiró del siniestro hilo de los asesinatos -tres en quince años- que mancharon de sangre este antiguo feudo de contrabandistas, hoy con apenas media docena de vecinos. Tor resucita contra pronóstico gracias al goteo de lectores que quieren conocer in situ los escenarios de La montaña maldita. Un año, seis ediciones y 50.000 ejemplares después, el periodista leridano repasa las claves del éxito de su criatura y avanza exclusiva: la serie televisiva ya está en marcha.
Será una miniserie de ficción, pero ni se rodará en esta localidad del Pallars Sobirà (Lérida) ni conservará los nombres de sus auténticos protagonistas. Precauciones que imponen los asesores jurídicos del proyecto y también el sentido común, para no atizar más la polémica que el inesperado éxito de La montaña maldita (Tretze cases i tres morts, en la versión original en catalán) ha generado entre los vecinos: Jordi Riba, el Palanca, llegó a pasearse por Tor luciendo una pancarta en que tachaba al periodista de "traidor", "mentiroso" y "difamador". Una acusación similar le han lanzado  otros de sus protagonistas, desde Pili, una de les fadrines de Tor, hasta Ruben Castañer, el visionario que en los años 70 abrió la caja de los truenos con el proyecto de levantar una estación de esquí en la montaña. Tor ya no volvería a ser el mismo. Hasta la periodista Carme Escales, supuesta guía de Porta en los inicios de la investigación, consiguió retirar su nombre del libro a partir de la tercera edición porque, sostiene, "se me cita en un contexto de muy mal gusto y repugnantemente machista", y porque la narración no respetaba "en absoluto" el episodio en que el equipo de TV3 que en 1997 rodó el documental que se encuentra en el origen del libro tuvo lugar en Rialp. En cualquier caso, la miniserie -Porta avanza que TV3 está interesada en el proyecto- todavía no tiene ni director ni intérpretes confirmados, y no estará lista antes de un años. Así que paciencia. Para ir haciendo boca, aquí va una conversación con el padre de Tor.

-Sus personajes se le rebelan: ¿tiene remordimientos?
-Cada uno cree que su versión es la definitiva y no acepta que puedan existir otras igualmente verosímiles. Pero yo no escribí el libro para los vecinos de Tor sino para el lector que no tenía ni idea de nada, ni del caso ni tampoco del pueblo. Entiendo que el Palanca y Pili estén dolidos porque al final no estamos hablando de un catálogo turístico sino de una tragedia que se ha saldado con tres muertos.

-Pero es que dicen que usted miente...
-Hablo con cierta frecuencia tanto con el Palanca como con Sisqueta [la madre de Pili] y siempre llegamos al mismo punto: cuando les pregunto en qué miento no saben qué responder. Por supuesto, el libro puede contener errores o conclusiones matizables. Pero mentiras, ni una. Por otra parte, a raíz del éxito de La montaña maldita Pili y Sisqueta llenan cada fin de semana su hostal con los turistas que han conocido Tor gracias al libro. Y es curioso: cuando se publicó, todo el mundo estaba encantadísimo. Los reproches comenzaron a surgir cuando empezó a venderse bien.

-Tampoco está tan mal, esto de compartir el éxito.
-Naturalmente, me enorgullece haber contribuido al renacimiento de Tor. Pero uno de los reproches que mas he tenido que tragarme es que me estoy haciendo la barba de oro a costa de los vecino. Y no es verdad. Pero aunque lo fuera: ¿hasta qué punto la historia del pueblo es patrimonio de sus vecinos, aunque sean los protagonistas? Honestamente, creo que sucesos como los de Tor pertenecen al dominio público y que el trabajo del periodista es ir al lugar en que ocurren los hechos, recoger el mayor número posible de testimonios y explicarlo. ¿Tenía que haberles pedido permiso, para hacer mi trabajo? ¿O quizás consensuar con ellos la versión que finalmente se publicaría?

-Al Palanca le repatea que haya aireado que es un hombre soltero y sin descendencia.
-Ahora parece que está indignado por esto, dice que se lo tendría que haber consultado. Pero es que uno de los puntos clave de todo este asunto es saber si tiene o no herederos. Por otra parte, a él le encanta este doble juego: me acusa a mí, se queja de los abogados y de los jueces, pero cuando nos vemos, nos pasamos horas hablando. Y no te lo pierdas: él mismo vende y firma ejemplares del libro a los turistas que se desplazan hasta Tor siguiendo la estela de La montaña maldita. Pero todo esto es normal dentro de la lógica que impera en Tor. Entiendo que a nadie le gusta que se vayan aireando sus miserias, pero la prueba de que he respetado escrupulosamente los hechos es que hace un año que se publicó el libro y no se ha interpuesto ninguna demanda ni querella.

-Aparte de la periodista Carme Escales y del skin Aguilera, que a partir de la cuarta edición se convierte en Olivella...
-Son los dos únicos cambios que he introducido. Y los dos, de manera amistosa.

-Han convertido al Palanca en una especie de animal de feria. Por Sant Jordi, la editorial incluso planteó la posibilidad de hacerle bajar a Barcelona para que firmase ejemplares. ¿Tiene usted la conciencia tranquila?
-Nos dimos cuenta de que muchos lectores querían conocerlo. Y esta hubiera sido una manera de acercarlo al público. Diría que el Palanca, un hombre acostumbrado a vivir al límite, emerge del libro convertido en una especie de salvador de la montaña, en un héroe.

-Con la perspectiva del tiempo, ¿a qué atribuye el éxito de La montaña maldita?
-A tres causas: la primera, al hecho de que la versión original en catalán la lanzara una editorial tan prestigiosa y seria como La Campana, cosa que hace que libreros y críticos se lo miren de entrada con cariño. Esto ya le reportó una buena posición de salida. Por otra parte, el origen del libro está en el documental emitido en en 1997 en el espacio 30 minuts, de TV3, que tuvo una cierta repercusión. A la gente el caso le sonaba. Y aun más cuando TV3 lo reemitió, a raíz del éxito de La montaña maldita. Por último: no nos hemos gastado ni un euro en promoción. El boca-oreja ha hecho todo el trabajo. Me han llegado a parar por la calle para firmar ejemplares, y aguantó 35 semanas en la lista de los más vendidos de La Vanguardia. Sin falsa modestia: alguna cosa debe tener, más allá de una buena historia.

-¿Y usted qué cree que tiene?
-Sangre y vísceras, un muerto y unos asesinos que andan sueltos una década después. Tiene también contrabandistas. Todos los elementos de una novela de intriga. Menos sexo, porque he respetado escrupulosamente la privacidad de los personajes. La crítica más negativa que ha recibido la hivieron Ponç Puigdevall y Miquel Pairolí, que tildaron el libro de "literatura juvenil".

-Ahora que lo dice, tiene razón: a La montaña maldita le falta algo de sexo.
-Pili me ha reprochado con frecuencia la manera morbosa en que según ella cuento el asesinato del Sansa.¡Pero es que las cosas sucedieron así! Por otra parte, no he reproducido ni una sola de las mil y una historias que circulan sobre las relaciones de los vecinos de Tor, un universo claustrofóbico donde unas pocas decenas de personas tenían que convivir durante los meses en que el pueblo quedaba aislado a causa de la nieve. Esto sí que hubiera sido morboso. Y desde el primer momento lo descarté.

-¿Y ahora, qué?
-Soy un periodista esencialmente televisivo. Vivo de la productora que dirijo -los últimos programas que hemos creado son Pica lletres, para TV3, y Hazlo tú mismo, la versión de Efecte mirall, para Cuatro- y me da produce mucho respeto volver a embarcarme en un libro. Tengo uno listo, pero no sé si lo publicaré: por una parte, las expectativas generadas a partir de La montaña maldita son tan altas que da un cierto miedo no estar a la altura, decepcionar al lector y también a mí mismo. Pero también tengo el gusanillo de demostrar que no fue flor de un día ni chiripa.

-La montaña maldita nos ha descubierto la Cataluña profunda, tan alejada del país rural idealizado por cierto catalanismo de espardenya. Pora, ¿traidor a la patria?
-No era mi intención retratar la Cataluña negra. Y no creo que me haya salido un libro naturalista sino esencialmente realista. Cuando la realidad es tan cruda y tan dura como en Tor, no hace falta aliñarla con fantasía.

-Ahora que no nos oye nadie, ¿quién mató al Sansa?
-A raíz del libro me han llegado nuevos indicios, gente que se ha puesto en contacto conmigo. Puedo afirmar, por ejemplo, que al Sansa no lo mataron el 19 de julio, como hasta ahora se ha sostenido, y que todavía estaba vivo y coleando el 24 de julio: además del testimonio de su último abogado, el letrado Gómez de Oalrte, que ya recojo en el libro, un vecino de Os de Civís me aseguró que en esta última fecha habló personalmente con el Sansa. Pero no me preguntes quién lo mató: tengo mi hipótesis, por supuesto, pero sin pruebas no puedo hacerla pública.

-¿Hay una segunda entrega a la vista?
-He estado tentado de seguir tirando del hilo porque a esta historia le falta su final. Pero lo he tenido que aparcar porque tengo otros proyectos en marcha. Y diría que afortunadamente, porque después de nueve años todo este asunto se estaba convirtiendo en una obsesión algo malsana. De todas formas, la sustancia de los hechos está en el libro. Sólo falta la conclusión. Que cada lector saque la suya.

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Los supervivientes, los perdedores y los demás
La cuadrilla de personaje que pululan por La montaña maldita se puede dividir en dos clases: la de los supervivientes y la de los perdedores. Entre los primeros, y por encima de todos, Jordi Riba, el Palanca, individuo proteico, uno de los últimos ejemplares del homo pyrenaicus, desconfiado, terco y reservado, que ve cómo su mundo languidece sin remedio. Pero resistirá mientras las fuerzas lo acompañen. Quizás por este mismo motivo, Porta le profesa un especial cariño. El Palanca hace hoy la vida nómada de siempre: vive entre Tor, Os de Civís y Alins, donde tiene su cuartel general. Se le puede ver habitualmente comiendo o cenando en los hoteles Muntanya y Salòria de esta última localidad del Pallars. El autor lo define como una "víctima" más del maleficio de Tor. Como a Pili y a las fadrines.
Si ellos son las víctimas, los perdedores incontestables son el resto del reparto: desde Josep Montané, el Sansa, asesinado en 1995, hasta los secundarios del drama. Marli y Mont, los dos desgraciados que pagaron con catorce meses entre rejas la delación de Gil José, ya no verán jamás el desenlace de este asunto, si alguna vez llega: Marli falleció meses atrás víctima de un cáncer. Había llevado su caso a Estrasburgo porque pretendía que el Estado le indemnizara por sus meses en prisión. Mont también murió: hace cosa de un año, de cirrosis. Con ellos desaparecieron dos de los "hilos buenos" de esta madeja: Porta está convencido de que se encontraban en Tor -"Aunque no puedo afirmar que en el lugar de los hechos", matiza- el día que mataron al Sansa. El otro "hilo bueno" es precisamente Gil José, a quien se le ha perdido la pista, quien sabe si definitivamente.
Y al lado de los supervivientes y de los perdedores, los malos: es decir, Batallé, el contrabandista, personaje tan, pero tan turbio que Porta decidió muy sensatamente cambiarle el nombre para ahorrarse nada hipotéticas represalias: su papel en toda esta historia, dice, "no está del todo claro y quedan huevos por llenar..." La última noticia que se tiene de este pájaro es que fue detenido por una patrulla de Mossos en un control rutinario en Esterri d'Àneu, tras intentar atropellar a un agente en la huida. "Pero atención, que sigue por aquí". El otro malo es Ruben Castañer, el Ruben, que no renuncia a ver convertido en realidad el sueño de convertir Tor es una estación de esquí, y que se ha embarcado en la reescritura de los hechos. Hoy se gana la vida como promotor inmobiliario en Cartagena...

[Esta entrevista se publicó el 5 de septiembre del 2006 en la revista Informacions]

Tor: manual de instrucciones

En mayo pasado [2006] la justicia dijo su última palabra en el interminable culebrón de la montaña de Tor y adjudicaba la propiedad a los herederos de las trece familias primigenias. La pacificación parece encarrilada, pero por el camino quedan tres homicidios, uno de los cuales sin resolver. Repasamos con Carles Porta, autor de La montaña maldita, las claves de un caso en que confluyen contrabandistas, especuladores inmobiliarios, traficantes de armas, vecinos enfrentados por odios seculares y un puñado de perdedores vocacionales protagonistas de unos hechos dignos de figurar con capítulo propio en el gran libro de la España negra.
El clímax de esta historia sórdida, que se empezó a gestar en 1896 cuando las trece familias que entonces residían en la localidad leridana de Tor (el Pallars Sobirà) constituyeron la Sociedad de Condueños de la Montaña de Tor, tuvo lugar el 30 de julio de 1995. Aquel domingo, dos de los llamados hippies que en la época malvivían en las bordas de Pleià acogidos a la interesada generosidad de Josep Monatné, alias el Sansa, dieron en el interior de casa Sansa "con un cuerpo tendido en el suelo, plagado de gusanos, con los brazos tendidos a ambos lados del tronco y con las palmas de las manos mirando al techo", según el relato del periodista Carles Porta (Vila-sana, Lérida, 1963). El cadáver, como no es difícil conjeturar, era el del propietario de la casa, que apareció no sólo medio devorado por los gusanos sino también con el cráneo reventado y, para rematar la macabra escena, con un cable anudado al cuello, como si los asesinos hubieran tratado de asegurar así el trabajo. Era la tercera muerte violenta registrada en Tor desde 1980, cuando dos leñadores de Vic al servicio de Jordi Riba -alias el Palanca, el otro protagonista de esta historia- fueron tiroteados por guardaespaldas del mismo Sansa. Murieron, claro. Demasiados fiambres para tan poco pueblo. Pero mientras que aquellos dos primeros homicidios -las víctimas se llamaban Pedro Liñán y Miguel Aguilar- terminaron con los autores materiales -Dionisio Rodrigo y Ramón Miró- en prisión, el de Sansa quedó finalmente archivado después de que los dos únicos sospechosos, Josep Mont y Marli Pinto, fuesen liberados en diciembre de 1996.
La causa remota de tanta sangre derramada en localidad tan minúscula hay que buscarla en el contrato de arrendamiento que en 1976 firmaron Sansa y Francesc Sarroca, de casa Cerdà, con Ruben Castañer, contrato que estaba llamado a convertirse en primera piedra de un ambicioso proyecto que iba a conectar la montaña de Tor con la vecina estación de Arinsa, ya en Andorra. Un acuerdo por el que Sansa y Cerdà se arrogaban la propiedad de las 4.800 hectáreas de la montaña y por el que excluían paralelamente del pastel a los otros once condueños de la Sociedad creada en 1896, y que tuvo una segunda entrega cuando en 1981 Sansa y Cerdà interpusieron un pleito contra sus vecinos para reclamar judicialmente lo que se habían atribuido de hecho. En mayo pasado [2006], tres lustros después de aquella primera demanda, el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña dictaminó en última y definitiva instancia que la propiedad de la montaña de Tor pertenece a los herederos de los trece condueños originales, ya daba así carpetazo a quince años de periplo judicial. Pero quedan todavía dos flecos pendientes que afectan -y no es casualidad- a las dos personalidades sobre las que ha pivotado la vida de Tor en el último medio siglo: la oposición numantina del Palanca a cualquier arreglo que no pase por el reconocimiento de su derecho de propiedad exclusivo sobre la montaña, y sobre todo la resolución del asesinato de su vecino y rival, Sansa. Porque, como recuerda Porta, "si hay algo incontrovertible en todo este turbio asunto es que hay un asesino que anda suelto por ahí".
La muerte de Sansa fue precedida de una resolución del juzgado de primera instancia de Tremp que en febrero del mismo 1995 le reconocía a él exactamente lo que hoy reclama el Palanca. Un giro inesperado para un pleito que se arrastraba desde 1981 y que los sucesivos y fugaces inquilinos del juzgado de Tremp se habían ido pasando los unos a los otros sin acabar nunca de ponerle el punto final: la sentencia de 1995, en fin, declaraba al Sansa propietario único de la montaña en perjuicio de los otros once condueños contra los cuales se había dirigido la demanda inicial, pero también de su hasta entonces único aliado, Cerdà, que quedaba apartado de tan suculento plato después de tantos años de pleitear y precisamente en el momento de la verdad. No sólo esto: inmediatamente de saberse satisfecho como ni el mejor de los sueños, los primeros y desconcertantes pasos del Sansa fueron prescindir del letrado que le había llevado al éxito -el abogado barcelonés Joaquín Hortal- e iniciar las gestiones para anular el viejo contrato de arrendamiento firmado por Castañer para buscar inversores dispuestos a convertir Tor en un complejo de ocio invernal. No tuvo tiempo de ver terminadas estas maniobras, porque la muerte lo sorprendió sobre el 19 de julio, que es la fecha en que se cree se perpetró el asesinato. Tenía 72 años, y no es aventurado especular que aquella sentencia fue al mismo tiempo su condena a muerte.

Quien es quien en Tor
Porta se resiste a hablar de una Cataluña profunda para referirse a su caso. Como se resiste también a establecer paralelismos con la escabechina de Puerto Hurraco. Pero sí que admite las especiales características que convierten el de Tor en un caso único: "Historias de mala vecindad, de codicia y de especulación hay muchas. Y si bien todos los crímenes tienen sus especificidades, en Tor confluyen una serie de connotaciones que lo singularizan incluso más: la proximidad de Andorra, a presencia del contrabando, la quimera de convertir en oro una montaña casi yerma, la sempiterna rivalidad entre el Sansa y el Palanca..." Con la ayuda del periodista leridano, reconvertido en La montaña maldita en detective, repasamos a continuación la lista de personajes que podrían estar interesados -y mucho, en ocasiones- en la muerte el Sansa. Con la certeza, manifestada por el mismo Porta, de que el asesino -o asesinos- se encuentra entre ellos.
De entrada, aquí va una descripción somera de Tor aquel fatídico julio de 1995: "Aquello era un avispero al rojo vivo, con una veintena de individuos -que los vecinos denominaban muy generosamente como hippies- que vivían de cualquier manera en las bordas de Pleia, acogidos más o menos por el Sansa y para el que funcionaban como una especia de ejército particular. Había allí de todo, y no precisamente bueno. Gente con un currículum hiperviolento, viejos conocidos de la Guardia Civil de la Seo, que al día siguiente del crimen de volatilizaron, más algún contrabandista aficionado que soñaba con quedarse con la ruta de Tor. A todo este personal hay que añadir el hecho de que justo después de la sentencia de febrero que le reconocía como el propietario único de la montaña, parece que al Sansa se le subió a la cabeza e iba regalando pedazos de montaña al primero que pasaba. No era extraño que en una finca se encontraran dos de aquellos tipos, cada uno alegando que aquel trozo de tierra era suyo porque el Sansa se lo había dado. Por supuesto, con promesas como estas hechas a tipos con antecedentes violentos y vete tú a saber si medio bebido o medio drogados, terminar con un golpe mal dado en la cabeza era una posibilidad que cabía dentro de lo esperable".
El primer sspechoso no es, sin embargo, uno de los hippies sino el otro gallo del gallinero, el vecino y enemigo jurado del Sansa: Jordi Riba., el Palanca, que al enterarse de la muerte del primero no dudó en exclamar públicamente: "¡Mirad, este gilipollas ya cuelga!" La rivalidad entre ambos venía de lejos. De muy lejos. Según algunos, desde que el Sansa delató a unos maquis en 1944, en un encontronazo con la Guardia Civil que terminó con los primeros muertos, cuatro de las casas del pueblo quemadas y el inicio del éxodo de sus vecinos. Las pubilles de Tor, como las denomina Porta, sostienen que la enemistad surgió a raíz de la construcción de la pista forestal que conducía del Tor al puerto de Cabús, iniciativa del mismo Sansa que tuvo lugar en los años 60. Y quien fue rector del pueblo atribuye a otra carretera, esta vez a la que leva de Tor hasta Alins, la semilla de la discordia: "La cuestión es que no se podían ni ver, y menos aun desde que el juez había declarado al Sansa propietario único, y de la llegada de un tal Lázaro, el hombre de confianza del Palanca -hoy enemistados- todavía más violento que él y que en la época rondaba los 30 años. ¿Coartadas? El día que se supone que mataron al Sansa, el Palanca se encontraba en Civís, y Lázaro en la Pobla, aunque después se demostró que se había ocultado en casa de su novia, la Pili de casa Sisqueta de Tor. Pero la verdad es que también el Palanca se había recluido en Civís, porque no las tenía todas, y todavía no las tiene. Era la segunda ocasión en que veía pasar la muerte de muy, muy cerca -la anterior fue, recordemos, en 1980- y en el fondo sospechaba que él era el siguiente de la lista...
Josep Mont y Marli Pinto fueron los dos únicos detenidos y acusados por la muerte del Sansa. Pasaron catorce meses en prisión hasta que la audiencia de Lérida los puso en libertad: el primero, vecino del Alto Urgel, excontrabandista y sin trabajo conocido; ella, brasileña y exprostituta. Los dos tenían 47 años en la época, y se habían embarcado en un dudoso negocio de restauración en unas bordas propiedad cómo no del Sansa. Le habían avanzado un millón de pesetas, se las habían reclamado y él se resistía a devolvérselo. Terminaron en prisión por el testimonio sobrevenido -en octubre de 1995, dos meses después del crimen- de Antonio Gil José, uno de los "hilos buenos" para desenredar la madeja, según Porta. Gil José afirmaba haber visto a Mont y Marli amenazar y pegar al Sansa en el patio trasero de la casa, y aseguraban que dentro de la casa había "más gente". Además, aportaron una descripción sorprendentemente exhaustiva y detallada de las heridas que le causaron la muerte: "Lo había apaleado en algún lugar, y al final le habían reventado la cabeza y lo habían estrangulado. Después lo debieron arrastrar hasta la cocina de la casa", relata Porta. Testimonio, en fin, desacreditado por la psicóloga forense, que calificó a Gil José de "casi border line", y de tener "escasa capacidad fabuladora". Aun así, Porta insiste en su convicción que "o bien lo vio todo, o bien formaba parte del grupo que estaba dentro de la casa". La credibilidad de Gil José quedó en entredicho porque no pudo probar su presencia en Tor a finales de julio de 1995, por su enemistad manifiesta con los encausados -parece que Mont lo había engañado con un negocio fallido en Mallorca, y que Marli lo había rechazado repetidamente- y sobre todo porque, añade Porta, "la sentencia absolutoria de la Audiencia no cuestiona su relato -incluso admite que podría ser cierto- sino que presenciase lo que cuenta: estoy seguro que si el día del juicio se presenta en el juzgado bien vestido y bien afeitado, y no con una barba lasta el obligo estilo Bin Laden, muy probablemente Mont y Marli no salen de la prisión. Hay encerrada mucha gente con pruebas mucho menos concluyentes". A la aparente escasa consistencia del relato de Gil José hay que añadirle un testimonio de descargo, el del contrabandista que Porta bautiza con el seudónimo de Batallé, que afirma haberlos oídos amenazar al Sansa, sí, pero también haberlos conducido él mismo hasta la Seo días antes del crimen. Mont y Marli -el primero ha muerto, la segunda sigue hoy terapia de desintoxicación- siempre alegaron que el día del asesinato se encontraban en la Seo celebrando el cumpleaños de la madre de él. En este caso, Porta se moja y se muestra convencido de que "estos dos no fueron los autores del asesinato, lo cual no quiere decir que no se encontraran en el lugar del crimen".
Con todo, la pista de Mont y Marli nos conduce a la hipótesis de los contrabandistas, la más inconcreta pero también la más inquietante, y que enlaza con la insistencia con que todo el mundo, en Tor, evoca la existencia de una misteriosa mano negra que mueve los hilos: el encarnizamiento y la extrema violencia con que se condujeron los asesinos parece descartar la autoría de profesionales... a no ser que se tratara de profesionales que pretendían hacerse pasar por aficionados. El hecho de que el Sansa fuera el principal adalid de la modernización de Tor lo convertía ciertamente en un obstáculo para el gremio de los traficantes, que habían convertido el puerto de Cabús en su autopista particular y que estaban por lo tanto especialmente interesados en mantener el statu quo de aquel rincón de mundo: "Es más que probable que alguno de aquellos contrabandistas estuviera más que interesado en que el Sansa desapareciera de circulación, porque era un incordio que les buscaba las cosquillas y se empeñaba en cobrarles peajes. Pero los contrabandistas son precisamente esto: contrabandistas; no asesinos. Por lo que respecta a Batallé, que pasaba continuamente por Tor y que los conocía a todos, nadie lo ha acusado jamás". Lo cierto, sin embargo, es que tanto el Palanca como Lázaro han expresado en más de una ocasión su temor a ser "los próximos de la lista": "Y para apoquinar a dos tipos como estos y liquidar al Sansa hace falta mucha sangre fría. Y mucho poder."
La aparición en escena de los contrabandistas nos lleva directamente hasta Ruben Castañer, personaje turbio de los años 70 andorranos, la cerilla que en 1976 encendió el fuego de la discordia, uno de los protagonistas del sangriento episodio de 1980 y que en 1995 se vio definitivamente descabalgado de un proyecto en que había depositado sus (muchas) expectativas económicas, cuando el Sansa decidió rescindir el contrato de arrendamiento de 1976 y buscarse nuevos socios. Unos nuevos socios que, según las indagaciones de Porta, podrían ser unos inversores francobelgas que habrían avanzado al Sansa 600 de los 14.000 millones de pesetas en que se había tasado la operación. La cuestión es que entre febrero de 1995 -fecha de la sentencia de Tremp- y julio de aquel mismo año, cuando fue asesinado, el Sansa y Ruben se habían enemistado: "Pero a Ruben no le hace falta coartada porque nadie lo ha vinculado nunca con el asesinato", concluye Porta.
A quien sí que se le relacionó inmediatamente con los hechos fue a Miguel Aguilera, unos de los hippies de Tor que se había presentado dos años antes en la localidad y que contra todo pronóstico se había ganado la confianza del Sansa hasta el punto de que dormía en su misma casa. Parece que las discusiones entre ambos eran frecuentes, con amenazas de muerte incluidas. Uno de los motivos recurrentes era la afición de Aguilera -que hoy ha rehecho completamente su vida y que reside en una "gran ciudad catalana", según Porta- a cavar en el suelo de casa Sansa. Una peculiar manía que se ha relacionado con la posibilidad de que buscara un, ejem, hipotético tesoro -una de las muchas leyendas que aquel verano circularon por Tor- enterrado en el subsuelo del edificio: ¿quizás el avance entregado por los inversores belgas? Lo cierto es que Aguilera protagonizó una desaparición tan obvia y teatral que lo acabó descartando como sospechoso: tras una sonada discusión con el Sansa dejó colgada del rincón donde dormía una nota dirigida a la Guardia Civil donde explicaba los motivos de su huida. Una nota sospechosamente firmada el 22 de julio, tres días después de la fecha más probable de la muerte del Sansa: "El juez comprobó su coartada y desapareció del caso", concluye aquí Porta.
Más pintoresca parece la insinuación de que el crimen podía tener implicaciones pasionales. O por lo menos, de venganza por alguna antigua violencia sexual que podría haber cometido la víctima. Porta recoge la sospecha lanzada, medio en broma medio en serio, por la más joven de las cuatro pubilles de Tor, pero la matiza inmediatamente: "Las relaciones de consanguinidad que pudieran darse en Tor son las mismas que encontraríamos en cualquier comunidad ultrapequeña y aislada donde a principios de siglo XX convivían como mucho medio centenar de vecinos que pasaban seis meses sin ningún contacto con el exterior. En un lugar así y en estas condiciones podía ocurrir de todo. Y ocurría". Descartadas las pubilles, el último de la lista es Francesc Sarroca, Cerdà, presidente de la Sociedad de Condueños en los 70 y el único de los vecinos de Tor que se alineó al lado del Sansa, hasta el punto de que firmó la demanda de 1981 en que ambos reclamaban la propiedad de la montaña ante los otros condueños. Instigado, eso sí, pos su suegra, "cerebro en la sombra de la operación y cabeza visible de un influyente matriarcado", sostiene Porta, hecho que emparenta directamente Tor -a pesar del mismo Porta- con Puerto Hurraco. Cerdà también vio frustradas -frustradísimas- sus aspiraciones con la funesta sentencia de 1995: "Pero era un hombre ya mayor que, como el resto de los vecinos, estaba más o menos localizado el supuesto día del crimen y que, sinceramente, creo que no había tenido tiempo de gestar tanto resentimiento contra el Sansa". Claro que Cerdà fue, aparte del Sansa, el único de los protagonistas que no aceptó hablar con Porta.

¿Y el futuro?
Repasado la lista de sospechosos -casi todos exculpados de una u otra manera por Porta- y dejando de lado el detalle mayor de que existe en Tor un crimen sin resolver, ¿cuál es el futuro del pueblo? La sentencia de mayo pasado [2006] deja las cosas como en 1896, cuando se constituyó la Sociedad de Condueños, y reconoce el derecho de propiedad a los descendientes de los trece condueños originales. Todos aceptaron... menos el Palanca, precisamente quien en los años 70 más decididamente se opuso a las pretensiones del Sansa, Cerdà y Castañer que lo podian haber dejado al margen de la montaña: "Lo cierto es que si no hubiera sido por el Sansa, ninguno de ellos tendría hoy expectativas razonables de convertirse en uno de los propietarios de Tor": ¿Y qué pretende el Palanca? "Él está convencido de que es el único que ha luchado por la montaña. En os 70 lideró coyunturalmente a la digamos oposición vecinal a los planes del Sansa. Pero era, es y será un lobo solitario que cree que la montaña le pertenece a él, en exclusiva, y no atenderá a razones. Después de sufrir tanto, ya no pretende tanto quedarse él con la montaña, sino impedir que la tengan los otros. Es un matiz. Pero lo cierto es que el acuerdo parece hoy mas cerca que nunca antes: los otros condueños tienen un proyecto de estatuto redactado y un presidente pactado. Sólo falta que lo apruebe la junta para comenzar a operar legalmente. Y esto puede ocurrir tranquilamente en el plazo de un año. Pero más que a las trabas legales, a lo que de verdad temen es a la oposición ciega del Palanca". Jordi Riba es hoy un hombre mayor que roza los 80 años y sin herederos claros a la vista. Sin él en escena se abrirían las puertas a una explotación turística que el parque natural del Alt Pirineu, al que Tor pertenece, no excluye: "Quizás no se convertiría en otra Vaqueira, pero la parte catalana del Pic Negre, por el pla de Llumaneres, está limpia. Sólo que se pudiera erigir en este paraje 200 apartamentos, ¡imagina el rendimiento que podría sacar la Sociedad de Condueños...!"

La (otra) conexión andorrana
La aparición en escena de Ruben Castañer, como la serpiente que siembra la discordia en Tor, no es la única conexión andorrana del caso. En el libro abundan los nombres propios -y algún error menor, como rebautizar la plaça del Poble de Andorra la Vella como la plaza de las Naciones, o confundir la Casa de la Vall con el comú o ayuntamiento de la capital- y Porta recuerda y repasa las especiales relaciones, incluso de parentesco, que históricamente han unido Tor y la Massana. Y enumera los "tres intereses" que Andorra podría tener en la montaña de Tor: el primero de todos, turístico: la creación de una estación de esquí que uniera los dos lados de la frontera era factible, aunque económica y jurídidicamente muy compleja. Pero este era un interés relativo, porque Andorra ya contaba en la época con sus propias estaciones, algunas de las cuales recién nacidas. En segundo lugar, el contrabando, que tenía en el puerto de Cabús su salida habitual. Finalmente, la posibilidad de abrir una tercera puerta de entrada a Andorra a través del coll de la Botella. Por es se construyó una carretera única en el mundo, a 2.500 metros de altura y co siete metros de anchura... pero que no lleva a ninguna parte. "Que los contrabandistas la amortizaron haciendo pasar por aquí sus rutas para pasar tabaco y armas es cosa sabida... para todo el que lo quiera saber, claro. Otra cosa es que circularan por aquí misiles Excocet destinados a Libia, como Castañer parece sugerir". Por cierto, que Castañer, desterrado de Andorra, al parecer, en los años, 80, vive hoy a caballo entre la Manga del Mar Menor (Murcia), Cartagena, Tarragona y Barcelona. Según Porta, continúa siendo el Ruben -con la u tónica y el genio siempre a punto de estallar- pero ya es un hombre de 70 años que ha analizado profundamente su vida y que no se siente precisamente orgulloso de sus capítulos más violentos. Eso sí, ama enormemente a Andorra".

[Este artículo se publicó el 3 de enero de 2006 en la revista Informacions]

sábado, 16 de agosto de 2014

Charpentier I de Andorra

Martínez Embid identifica al primer pirineista que se interesó por las cimas andorranas: el geólogo suizo Jean de Charpentier, que hacia 1810 -especula Embid- holló la cima de Fontargent y ascendió hasta el puerto de Siguer (y luego lo contó, claro).
La historia del pirineismo de estirpe andorrana está por escribir. Como tantas otras historias sectoriales en nuestro rinconcito de Vía Láctea. Pero no nos pongamos melancólicos. Mientras esperamos la improbable conjunción astral, el montañero y grafómano Alberto Martínez Embid ha trazado un esbozo de esta pequeña odisea en el muy recomendable blog estacionado en el web de  la revista Desnivel. Lo tienen que recordar, a este aragonés locuaz, porque hace escasamente quince días se embolsó el accésit del último premio Pirene de periodismo interpirenaico que convoca el Gobierno de Andorra, y precisamente con este blog. Pero hablábamos de los pioneros del pirineismo a la andorrana. Y no nos referiremos aquí a los megaclásicos del XIX y principios del XX -los Packe, Russell, Gourdon, Saint Saud i Ussel. Embid se ha alejado, como es costumbre en su lugar, de los caminos más trillados y ha retrocedido todavía más en busca de las trazas de los primeros montañeros -colegas suyos- que se aventuraron por nuestros picos y que tuvieron el detalle de dejar constancia escrita de su peripecia. Porque no se trata sólo de subir (y de bajar, claro). Sino también de que la hazaña no caiga en el olvido. En fin, que buscando, buscando, Embid ha dado con nuestro héroe de hoy, Jean de Charpentier (Freiberg, 1786-Bex, 1855), geólogo suizo que fue -dice- "el primer pirineista que osó subir una montaña andorrana". De hecho no fue una sino tres: Fontargent, la Serrera i el puerto de Siguer -que, por cierto, tendría un protagonismo destacado siglo y medio después durante la gesta de los pasadores durante la II Guerra Mundial: si el lector tiene la paciencia y el tiempo de pulular por este blog encontrará enseguida la referencia. Embid se limita a "proponer" el nombre de Charpentier como el pionero de los pirineistas andorranos, porque en realidad se trata de una hipótesis sustentada en la descripción de estos res picos que nos dejó en su Essai de la constitution géognostique des Pyrénées, publicado en 1823 y donde dejó constancia del periplo pirenaico que lo tuvo entretenido entre 1808 y 1812, mientras el resto de Europa se las tenía con Napoleón.

Andorra cuenta con 74 picos que superan los 2.000 metros de altura: el de Fontargent se eleva hasta los 2.619, lejos de los 2.942 del Comapedrosa -el techo del país- pero que no están nada mal: Embid especula que Charpentier lo ascendió durante sus  peregrinaciones por la cordillera, entre 1810 y 1812, para recopilar la información que publicó en su Éssai de la constitutions géognostique des Pyrénées (1823). Fotografia: Panoramio.
Jean de Charpentier, desde ahora Charpentier I de Andorra, geólogo suizo que antes de especializarse en los glaciares y morrenas de su país dedicó sus inicios como investigador a los Pirineos. En 1810 se estableció en Tolosa, y Embid propone que para medir la altura de los picos de Fontargent, la Serrera y Siguer tuvo probablemente que ascenderlos.

En fin, que Embid nos ha ahorrado el trabajo de leer el Essai y ha dado con datos prometedores: por ejemplo, que hacia 1809 nuestro hombre se estableció en Tolosa, "y dado que le interesaban extraordinariamente las forjas, hay que deducir que visitó en alguna ocasión" -en la época, añadamos nosotros, tierra pródiga en esta protoindustria del hierro: miren la reconstruida farga Rossell, en la Massana. Lo cierto es que en su Essai se limita Charpentier a dar noticias más bien vagas y tirando a tópicas de Andorra -lo más creativo que se le ocurre es que "se trata de un país neutral que dispone de una particular frma de gobierno", y se queda tan ancho- pero también es cierto, insiste Embid, que la única forma de establecer la altura y la naturaleza geológica (o geognóstica) de los tres picos citados -que es lo que el suizo hace en el Essai- no le quedaba otra que subir. A partir de aquí concluye Embid que "muy probablemente sus reconocimientos supusieron los inicios del pirineismo en el Principado". Es decir, en Andorra. Añadamos que no se le daba mal del todo, a Charpentier, esto de medir la altura de los picos: a Fontargent le atribuyó 2.807 metros, casi 200 más que los 2.618 que en realidad hace; con el puerto de Siguer también se le fue algo la mano y le adjudicó 2.917 metros, cuando en realidad no sube más que 2.638, que tampoco está mal pero no son 2.917; en cambio, con la Serrera casi lo clava: 2.939 metros, un palmo más de los 2.917 que mide en la vida real.

De la Arcadia a la selva
Pero la visita de Charpentier fue sólo un espejismo. Como dice Embid, "después de este prometedor debut el montañismo andorrano frenó en seco y durante décadas nadie se interesó por los orgullosos picos locales". Claro que cuando lo hicieron, fue a lo grande, con la irrupción de Russell, casi medio siglo después. Hasta este redescubrimiento de la montaña andorrana, la única referencia potable es el capítulo que nos dedica en Les Pyrénées, ou voyages pédestres depuis l'océan jusqu'à la Méditerranée el viajero Vincent de Chausenque (1834). Aunque también él, como después tantos otros, se limitará a repetir los tópicos de una Arcadia feliz habitada por ingenuos nativos "que han conservado las costumbres sencillas y libres mientras alrededor todo el mundo se corrompía". Incluye también alguna nota pintoresca -"La ignorancia es menor en Andorra que en las regiones vecinas, y cada párroco dirige una escuela gratuita donde incluso se enseñan los rudimentos del latín"- y concluye con el sempiterno mantra del buen salvaje andorrano: es reconfortante, dice Chausenque, "que exista en Europa un rincón donde el hombre todavía puede soñar con ser libre sin que esta palabra mágica resulte profanada".
Charpentier es el héroe de este artículo. Por pionero y por inédito. Pero Embid también ha rescatado del semiolvido a un émulo de Francisco de Zamora -ya saben, el ilustrado español que nos visitó con intenciones un tanto dudosas en 1788 y que Albert Villaró ha convertido en uno que casi es de la familia. Casi coetánea a la de Zamora fue la jornada andorrana de José Cornide Saavedra (la Coruña, 1734-Madrid, 1803), geógrafo gallego que dedica unas líneas a nuestro país en su Descripción física, civil y militar de los montes Pirineos (1794). Aunque no queda claro si llegó a pisar jamás Andorra, porque sus apuntes sobre el país no pasan en palabras de Embid de "generalidades". Con gracia, eso sí. Para empezar, Andorra es para Cornide un "pequeño partid muy parecido en sus circunstancias locales al valle de Arán". Hasta aquí íbamos razonablemente bien, admitámoslo. Pero es que inmediatamente pasa a describir un clima que que ya querrían nuestras estaciones de esquí -"Frío y poco acogedor porque apenas hay tres meses al año que no nieve en las montañas que rodean al país"- y larga finalmente la lista de la fauna local autóctona -la de cuatro patas, no la humana- de lo que más que un país, parece un zoológico: "En sus montañas crían los osos y los lobos, las cabras y unas liebres de tamaño extraordinario, patos, gallinas silvestres y perdices; y en sus ríos se pescan grandiosas y delicadas truchas" -extremo este último rigurosamente cierto, incluso hoy. Aunque quizás tenga razón y aquella Andorra era una especie de parque jurásico. Pero por suerte, ni los lobos ni los osos de Cornide se zamparon  Charpentier, desde ahora mismo I de Andorra.

[Este artículo se publicó el 16 de diciembre de 2011 en El Periòdic d'Andorra]

jueves, 24 de julio de 2014

El ángel era él

Identificamos al Niño del Paraguas, el angelito retratado por Catalá-Roca en el Pesebre Viviente de Engordany de 1954, una de las obras maestras del fotógrafo que integran la antológica que le consagra la Pedrera hasta el 25 de septiembre.

Hace una semana planteábamos en las páginas de El Periòdic d'Andorra un enigma histórico-fotográfico: ¿quién era el Niño del Paraguas, el angelito del Pesebre Viviente de Engordany que Català-Roca retrató en 1954 y que hoy forma parte de la antológica del fotógrafo tarraconense que, bajo el lema -poco imaginativo, la verdad- de Català-Roca y hasta el 25 de septiembre Catalunya Caixa le consagra en la Pedrera? Pues enigma resuelto: el Niño del Paraguas es el hombre de aquí abajo, Antoni Sánchez (1951), hijo y vecino del mismo Engordany, a quien El Periòdic ha localizado gracias a la colaboración de los lectores. Recupera así el nombre el protagonista de una de las fotografías emblemáticas de Català-Roca, una imagen que desde mayo de 2010, y antes de recalar en Barcelona, se ha expuesto en Vigo y Valladolid junto a otras 200 fotografías del padre del fotoperiodismo español. Atención, porque estamos hablando de una selección que incluye auténticos iconos de la fotografía española del segundo tercio del siglo XX (y más allá), desde El piropo y las putillas del Barrio Chino barcelonés hasta la serie sobre los gitanos de Montjuic, el guardia urbano que posa orgulloso a lomos de su montura y frente a un pirulí con publicidad de papillas y La esquina, la estampa de un padre y un hijo en una Barcelona neblinosa y desolada que ilustra la portada de La sombra del viento, el superventas de Ruiz Zafón.

Fotografía original de la que salió la portada de la Revista de Actualidades, con Antoni Sánchez con su traje de angelito alado y armado con un paraguas de pastor. Cuenta Antoni que no recuerda que nadie le sacara este retrato, pero sí que identifica el escenario: los prados de Casa Sucarana de Engordany, hoy engullidos por edificios. Ignoró la existencia de la fotografía hasta 1987, cuando el Angelito -así la tituló el mismo Català-Roca- fue seleccionada para una retrospectiva que le dedicó el Spanish Institute de Nueva York. Hoy preside el salón familiar. Fotografía: Fondo Francesc Català-Roca / Colegio de Arquitectos de Cataluña.
Antoni, en la puerta del comercio familiar que regenta en Engordany, sostiene la fotografía de Català-Roca. El Archivo Nacional de Andorra conserva un ejemplar de la Revista de Actualidades de enero de 1955 con el reportaje del Pesebre Viviente, cuyo texto firma el periodista José María Carrascosa. Fotografía: Àlex Lara.

Foto de familia del Pesebre Viviente: Antoni es el pastorcillo con bastón, faja y barretina, de pie en la fila de abajo. La imagen no forma parte del legado de Català-Roca, pero también está fechada en 1954 -un día que a Antoni le tocó hacer de pastorcillo, y no de angelito. La tomó el desaparecido Jaume Puig, otro personaje hoy injustamente semiolviado. Los Sánchez tienen en ella un protagonismo destacadísimo; aparte de Antoni también aparecen los abuelos, Elvira, que ejercía de hilandera, y Joan, de mulero; de hecho, hasta la mula del Pesebre era de Casa Becaina. Falta Carles, uno de los hermanos de Antoni, que también formó parte de la cuadrilla de angelitos alados. En la fotografia también aparecen, entre otros, Elena Altimir, como Virgen María -la quinta de la fila de atrás- y el Panxut, que ejercía de pastor -el hombre con americana del fondo, en fila aparte. Fotografía: Casa Becaina. 

A diferencia de la mayoría de sus compañeras y de sus personajes hoy caídos en el anonimato, el Niño del Paraguas tiene nombre y apellidos. Y no es extraño que sean los de Antoni Sanchez, el menor de los cuatro hermanos de Casa Becaina de Engordany (Andorra), porque los Sánchez se enrolaron casi en pleno y desde el primer momento en el Pesebre Viviente, aventura escénica en que el polífgrafo Esteve Albert embarcó a todo el pueblo y que se convirtió, junto a la sintonía de Radio Andorra y la hoy denostada economía del bazar en uno de los símbolos de la Andorra de finales de los 50 y principios de los 60. Otro hermano, Carles, formaba también parte de la escuadrilla de angelitos alados de Albert, y un tercero, Albert, ejercia como contrabandista (de ficción, por supuesto). Todavía hay más: los mayores de Casa Becaina, los abuelos Joan y Elvira, ejercían de mulero y de hilandera, y la nuera, Pepita Prat, cuidaba del hogar y preparaba el vino hervido para calentar los ánimos de unos inviernos que todo el mundo recuerda durísimos.
Antoni tenía tres años cuando Català-Roca realizó su primer safari andorrano: eran las Navidades de 1954, la primera edición del Pesebre, y publicó un reportaje tituado Las cien figuras vivientes de Engordany, con texto del periodista José María Carrascosa, en el número de enero de 1955 de la Revista de Actualidades. Antoni mereció los honores de portada. Lo curioso es que el momento se le ha borrad del todo de la memoria: "No recuerdo que nadie me sacara ninguna fotografía. Si que identifico el lugar, justo en los prados de Casa Sucarana, hoy engullidos por los edificios, y me imagino que debió de ser después de la función, mientras esperábamos que nos recogieran". Eran, en su memoria infantil, sesiones maratonianas, que empezaban a media tarde y que se podían alargar hasta bien entrada la medianoche. Dos funciones semanales, los viernes y losa sábados, que se convirtieron en un atractivo turístico: subían hasta Engordany convoyes de autocares con cargamentos de turistas que eran alojados en unas gradas primero improvisadas pero que con los años acabaron incorporando incluso calefacción, aprovechando las aguas termales de la localidad. Participaban en el Pesebre un centenar de vecinos bajo las órdenes de Albert, "buen hombre pero a la hora de actuar, severo". Hay que decir en su honor que el de Engordany fue el primero de todos los Pesebres Vivientes que después fueron proliferando por la geografía catalana. Así que suyo es el mérito del pionero.

Niño suplente
El disfraz de angelito, recuerda Antoni, se lo habían cosido en casa -la cuñada era modista- con lo que quedaba de un vestido de comunión de los hermanos mayores. Las alas las fabricaban -y parece lógico, no dirán que no- las monjas de la Sagrada Familia, "ya había que devolverlas" (!). Y el paraguas con el que en la fotografía se protege de la lluvia es un paraguas de pastor, "porque en el Pesebre también había un rebaño de corderos que vigilaba el Panxut, todo un personaje en aquella época". Lo cierto es que Antoni ignoró la existencia de esta fotografía hasta 1987, cuando el Angelito -así es como la tituló el mismo Català-Roca- fue seleccionada para una magna exposición sobre su obra que le dedicó el Spanish Institute de Nueva York. Desde entonces preside el comedor familiar al lado de otras imágenes del Pesebre Viviente como la de aquí arriba: "Los niños que hacíamos de ángel éramos siete u ocho. Nos vestíamos y nos soltaban, si ensayar ni nada. A veces te tocaba acompañar a San José y a la Virgen; otras, a los Reyes Mahos... Y hay que añadir que es casualidad que me pillara vestido de ángel porque en el Pesebre hice de todo, desde pastorcillo hasta Niño Jesús. Como era tan pequeño, era el Niño suplente cuando no había disponible un bebé de verdad". Digamos también que en el reportaje de la Revista de Actualidades, y según Carrascosa, el papel estelar de Niño Jesús le tocó a Nico -no dice el apellido- "rubio como el trigo castellano, de dos años y medios y unos ojos tan grandes como he visto muy pocos".
Pero, ¿qué tiene el Niño del Paraguas para figurar entre las obras maestras de un maestro de la fotografía? Según el comisario de Català-Roca, Chema Conesa, la obra resume el ideario artístico del fotógrafo y encarna el toque Català, la captura del instante decisivo teorizado por Cartier Bresson que el tarraconense practicaba de manera intuitiva: "No hay en esta fotografía nada de artificioso; la naturalidad, la espontaneidad y por tanto la verdad es absoluta. Se limita a ser un testimonio mudo, sin participar ni intervenir en la escena. Así es como eleva un momento anodino a la categoría de obra de arte". El Niño del Paraguas encarna también otra de las virtudes que convierten a Català-Roca en un humanista con cámara: la empatía que transmite su objetivo, que se advierte en la mirada cándida y en la inocencia que emanan de Antoni, con su paraguas, sus alitas, su vestidito y sus zapatones. Una empatía que tenía truco, porque el fotógrafo disparaba con la cámara a la altura del estómago, lo que le confería a la escena un punto de vista que elevaba al personaje. Con estos antecedentes, en fin, quizás no sea del todo utópico pensar que esta estupenda exposición que es Català-Roca recale un día en Andorra. Y ya puestos, ¿y completarla con la treintena de imágenes de Català-Roca que constituyen la serie completa que dedicó al Pesebre Viviente? ¿Y con el resultado, parcialmente publicado por El Periòdic d'Andorra, de las dos otras visitas que Català-Roca giró por nuestro rincón de Pirineos, cámara en ristre, y que hoy se conservan en el Colegio de Arquitectos de Cataluña?

[Este artículo de publicó el 2 de agosto de 2011 en El Periòdic d'Andorra]  

martes, 22 de julio de 2014

Los zapadores se divierten

El historiador Claude Benet aporta luz (y datos) sobre los militares franceses descubiertos por Casimir Arajol; fueron requeridos por Baulard, el comandante de los gendarmes estacionados en Andorra durante la Guerra Civil, y tenían su base en Porte, a escasos kilómetros de la frontera.

Pues no; no vinieron al final de la Guerra Civil, como especulábamos días atrás, sino al comienzo; y lo hicieron a instancias del coronel Baulard -ya saben, el comandante de los gardes mobiles, los gendarmes que el Copríncipe francés envió hasta este rincón de Pirineo para desalentar el aventurerismo de los incontrolados, ay, que ya habían dado muestras de sus apetencencias expansionistas aprovechando el río revuelto de la guerra. Y fue exactamente el 25 de noviembre de 1936, es decir, cuatro meses después de iniciado el conflicto: Baulard sugería a sus superiores que enviaran al país (o alrededores) un destacamento de skieurs militaires para garantizar la circulación del correo postal entre Andorra y Francia. Lo dice con la boca pequeña, porque de momento es algo más que una hipótesis pero algo menos que un hecho documentado, el historiador Claude Benet, autor -seguro que lo recuerdan- de Guies, fugitius i espies y que es, con el permiso de la también historiadora Amparo Soriano (Andorra durant la Guerra Civil espanyola), la máxima autoridad sobre esta convulsa y todavía confusa época.



Arriba: cuatro de los zapadores del 28ème Génie posan en las escaleras del hotel Paulet de Escaldes, con un niño y un policía andorrano, quizás Pere Canturri; jugando distendidamente con unos gorrinos en un punto de la carretera de la Massana: el hombre de la izquierda, con americana y corbata, es sin duda un civil, lástima que quedara fuera del encuadre; sobre estas líneas, vista de Escaldes desde la habitación del hotel Paulet. Fotografías: Colección Casimir Arajol.


Retrato de grupo en la carretera de la Massana, ahora con uno de los gendarmes de Baulard (a la derecha), y otra escena doméstica desde la terraza del Paulet. Fotografías: Colección Casimir Arajol.

El caso es que, según cuenta Benet, los skieurs plantaron su cuartel general en Porte, localidad de la Cerdaña francesa justo al otro lado de la frontera andorrana -ni en Ospitalet ni en Ax, como también aventurábamos días atrás- desde donde subían y bajaban (o al revés) a bordo de sus flamantes skis y cargando con las sacas de correos. Aunque debemos pensar que los esquís los reservaban para el invierno y que hasta que las nieves cerraban el puerto de Envalira el servicio lo prestaban de forma motorizada. Una situación, ésta de calzarse los esquís para llevar de un lado a otro paquetes postales, absolutamente inédita y consecuencias directa de la situación bélica, porque España y Francia habían firmado en 1930 un convenio para facilitar precisamente el tránsito postal por el otro lado cuando la climatología impedía hacerlo por la frontera natural. Por decirlo claramente: cuando Envalira estaba cerrado, el correo francés pasaba por la frontera española, y desde aquí, hasta Puigcerdá y Bourgmadame.
Así que tenemos de un lado a los esquiadores militares de Baulard -que muy probablemente sean los que Pere Canturri recierda bajando en procesión desde el puerto y en dirección al Pas de la Casa- y de otro los militares del 28ème Génie rescatados del olvido por el bibliófilo Casimir Arajol en aquella estupenda serie de fotografías que hoy completamos con una nueva entrega inédita. ¿Se trata del mismo destacamento? Benet deja en el aire la respuesta hasta que aparezca la prueba fehaciente, quizás un registro que certifique la unidad a la que pertenecían los skieurs... Por supuesto, podremos sobrevivir unos años más sin resolver este pequeño enigma, pero, ¿no darían algo -no sé, un poquito de soberanismo, ahora que cotiza tan a la baja y a todo el mundo le sobran un par de arrobas- por dar con la respuesta? En cualquier caso, Benet especula que el nulo rastro que dejaron en la memoria colectiva andorrana -las fotografías de Arajol aparte, claro- se deba probablemente al hecho de que no estuvieron estacionados en el país sino en Porte, y a que complementaban las funciones esencialmente policíacas que ejercían los gendarmes de Baulard: "Es muy posible que los andorranos del momento no distinguieran entre unos y otros, entre gardes y soldados".
De hecho, y contrariamente a los que sosteníamos días atrás, en las fotografías que hoy reproducimos sí que encontramos escenas en que militares del 28ème Génie -si es que lo son- y gardes mobiles confraternizan relajadamente en un punto de la carretera de la Massana. Aun más: también accede a retratrse con ellos unos de los seis agentes de la Policía andorrana -Benet sugiere que se trata de Canturri, el padre de nuestro Pere: otro dato pendiente de confirmación- en este caso en las escaleras del Paulet, que en algún momento sirvió de cuartel del destacamento como prueban las imágenes tomadas desde el balcón de una de las habitaciones del hotel, con Escaldes al fondo. El historiador, en fin, ha aportado algo de luz al misterio de los zapadores. Queda por comprobar, entre otros extremos, si se trata de la misma unidad que Baulard mandó llamar, pero los indicios apuntan en esta dirección. Y falta también por confirmar cuál era exactamente esta unidad -¿el 28º regimiento de ingenieros? ¿El 28º batallón? ¿O el 28º de transmisiones?- y sobre todo hasta cuándo prestaron sus servicios de enlace postal. Tampoco estaría mal conocer el nombre de su comandante -quizás dejó un dietario de su aventura andorrana, extremos al que eran muy aficionados los militares franceses, vean el caso del mismo Baulard- y cuál fue su destino en la inminente guerra mundial. Pero si hemos llegado hasta aquí, no duden que daremos con el final de esta historia. Es cuestión de tiempo, y la verdad, después de 74 años, no viene de unos meses.

[Este artículo se publicó el 8 de julio de 2014 en El Periòdic d'Andorra]

viernes, 11 de julio de 2014

Trafalgar: y Britannia gobernó las olas

El 21 de octubre de 1805 la flota de Nelson destrozaba ante las costas de Cádiz a la escuadra francoespañola comandada por Villeneuve; la victoria inglesa dio paso a un siglo largo de supremacía inglesa en el mar. Britannia gobernaba sin oposición a las olas.

Para Inglaterra fue la victoria decisiva, por no decir definitiva, que conjuraba de una vez por todas la amenaza de una invasión napoleónica, inauguraba un siglo de supremacía marítima y de paso -déjenme que lo diga: last, but not least- consagraba a Nelson como héroe popular.  Francia, que tan sólo seis semanas después aplastaba a los austrorusos en Austerlitz, lo digirió como un traspiés circunstancial en la lucha por el dominio del continente: "Una tempestad ha hundido unos cuantos navíos tras una batalla imprudentemente entablada", sentenció lacónicamente Napoleón. Pero para España significó la destrucción de su (sobre el papel) poderosa escuadra -el único activo que le confería cierto peso militar en la escena mundial-, el aislamiento de las colonias americanas y la expulsión definitiva del club de las grandes potencias, donde ejercía desde por lo menos un siglo antes como convidado de piedra. Un trago amargo que hubo que digerir convirtiendo Trafalgar en el paradigma de la derrota gloriosa que parece haber sido el sino fatal de las armadas hispánicas, desde la Invencible hasta Cavite.


El "toque Nelson" y su demoledor resultado: el almirante inglés dividió su escuadra en dos columnas y cargó perpendicularmente contra la el centro y la retaguardia aliada, dejando a la vanguardia francespañola literalmente fuera de juego. Una maniobra arriesgada porque durante la aproximación los navíos ingleses qudaban expuestos al fuego enemigo sin posbilidad de réplica, que ya contaba en los manuales de la época. Nelson se atrevió porque era consciente de la inferior capacidad marinera y sobre todo artillera de las tripulaciones francesas y españolas. A la escuadra inglesa la jugada le salió redonda, pero Nelson murió en la cubierta del Victory de un disparo procedente del Redoutable. Fotografías. Museo naval.
La batalla de Trafalgar comenzó a las 12.08 del 22 de octubre de 1805, cuando el Santa Ana, navío español de 112 cañones, abrió fuego sobre el Royal Sovereign (100). Son el segundo y el primer buque, a la izquiera del óleo de Clarkson Stanfield. En primer plano, el Victory de Nelson (100), resiste el ataque del Redoutable francés (74), que consciente de su inferioridad artillera, pretendía abordarlo. No lo consiguió porque el apoyo del Temeraire (98) permitió someter al buque francés. Pero fue precisamente del Redoutable del donde procedió el disparo que a las 13.30 hirió mortalmente a Nelson: son las tres naves del centro de la escena. A continuación del Victory, el Bucentaure francés (80), nave capitana de Villeneuve que fue capturada y posteriormente se hundió. A las 16.30, Gravina, a bordo del Príncipe de Asturias, ordena la retirada de lo que queda de la Combinada: lo siguieron tan solo once de los 33 navíos que horas antes formaban la flota francoespañola.

El balance de Trafalgar -"Una tempestad ha hunido unos cuantos navíos tras una batalla imprudentemente entablada", según Napoleón"- arroja las sigiuentes cifras: 4.400 muertos y 2.550 heridos por parte aliada, frente a los 450 y 1.250 del lado ingles. Por lo que respecta a las flotas, el resultado es todavía más abrumador:la escuadra española perdió diez navíos, incluido el Santísima Trinidad; la francesa, ocho, incluido el Bucentaure, la nave capitana de la flota combinada; la flota inglesa, por su parte, regresó íntegra a puerto. La mayor parte de los buques, a trancas y barrancas; pero no se perdió ni uno. Fotografía: Museo Naval.


Puede que cupiesen tres interpretaciones de sus consecuencias, pero batalla de Trafalgar sólo hubo una: la que el 21 de octubre de 1805 libraron ante el cabo de este nombre en la costa atlántica de Cádiz les escuadras inglesa -27 navíos de línea, comandados por el vicealmirante Nelson- y la francoespañola -con 33 navíos, al mando del también vicealmirante Pierre Charles de Villeneuve. Conocemos el desenlace, pero, ¿cómo se llegó a tamaño desastre? El historiador militar Hugo O'Donnell, autor de La campaña de Trafalgar, evoca los difíciles equilibrios de la diplomacia española para satisfacer las cláusulas de la peligrosísima alianza con la Francia Napoléonica, que exigía el pago de subsidios millonarios a cambio de no exigir la aplicación del Tratado de San Ildefonso, que estipulaba que en caso de guerra con Inglaterra, España debía entrar en liza al lado de Francia. Con la mala suerte de que el conflicto anglofrancés se había reactivadoen 1803 con la ruptura de la paz de Amiens: "Como enemigo, Francia era incluso más temible que Inglaterra, y el incumplimiento de las humillantes cláusulas de la alianza hubiera sido la coartada perfecta que Napoleón esperaba para invadir España. El mismo emperador lo había advertido abiertamente, así que en realidad a España no le quedaba alternativa".
La chispa que encendió la entrada en liza de España fue la captura en octubre de 1804 y por parte inglesa de unas fragatas procedentes de América, lo que suponía una flagrante violación de la precaria neutralidad española. Un agravio tal que ni el contemporizador Godoy pudo pasar por alto: en diciembre España declaraba la guerra a Inglaterra y ponía lo que quedaba de su escuadra en manos de Napoleón. La sentencia de muerte del imperio estaba dictada: "La jugada de Godoy era que al sacrificar la flota a los designios franceses, Napoleón se diera por satisfecho", especula O'Donnell. Lo cierto es que Napoleón necesitaba a la escuadra española para ejecutar la soñada invasión de la pérfida Albión. Una operación que antes de Trafalgar llegó a parecer factible: 150.000 hombres y 2.000 buques de transporte se concentraban en Bayona y cercanías preparados para cruzar el Canal. Pero para lanzar la invasión antes había que alejar de la Mancha a la flota inglesa del Canal -la Channel Fleet- y aprovechar ese intervalo precioso para transportar a la otra orilla a la fuerza expedicionaria. Descartado el enfrentamiento abierto, era la única opción francesa, y para conseguirlo Napoleón ingenió un audaz plan: reunir las dos flotas aliadas  -la Combinada- y proyectarlas al Caribe como señuelo para Nelson, y una vez expedito el camino, regresar rápidamente a aguas europeas para garantizar una momentánea superioridad francoespañola en el Canal. El plan se torció cuando, de regreso de las Antillas, Villenueve se dio de bruces con la escuadra de Calder, qué mala suerte: el combate, que tuvo lugar frente a Finisterre el 22 de julio de 1805, se saldó con tablas, pero obligado por la escasez de vitualla y de pertrechos, el comandante francés ordenó poner proa a Cádiz en lugar de dirigirse hacia la base de Brest, tal como estaba estipulado. Por este motivo O'Donnell considera que fue Finisterre, y no Trafalgar, la batalla decisiva que obligó a Napoleón a renunciar a su sueño inglés.
El 20 de agosto, la flota Combinada se refugiaba pues en Cádiz y Nelson retomaba el bloqueo: "Esta inactividad aparentemente humillante era sin embargo la mejor opción para los intereses españoles, porque evitaba el combate y mantenía a la flota inglesa ocupada con el bloqueo, aliviando la presión sobre el comercio americano". Hasta Villeneuve comprendió la inoportunidad de obedecer a Napoléon, que ordenaba combatir a la mínima ocasión "para salvar el honor de las águilas francesas", y el 8 de octubre suspendió la orden de hacerse a la mar. Pero las circunstancias se confabularon contra los intereses aliados: el 18 de octubre llegaron informes de que seis navíos habían abandonado el bloqueo en dirección a Gibraltar, cosa que ponía a la flota de Nelson en clara desventaja numérica; paralelamente, se supo que el almirante Rosily había llegado a Madrid, camino de Cádiz, para substituir a Villeneuve, "quien se veía ahora postergado y encima por un personaje tan dudoso como Rosily, que hacía una década que no navegaba". Así que olvidando la prudencia con que se había manejado hasta entonces, el vicelamirante decidió jugárselo todo a una carta suicida y ordenó la salida de la flota para reivindicarse ante el emperador.
La última gran batalla de la historia de la navegación a vela se saldó con una escabechina: los españoles sufrieron un millar de muertos y más de 1.400 heridos; a los franceses todavía les fue peor (3.400 y 1.150); los ingleses, en cambio, salieron del encuentro relativamente bien parados (450 muertos y 1.250 heridos). Eso sí, entre sus bajas mortales hubieron de contar a Nelson. El balance todavía fue más demoledor por lo que respecta a las flotas: la escuadra española perdió diez navíos, entre hundidos y capturados -incluido el Santísima Trinidad, el mayor buque de guerra de la época; la francesa, ocho, incluido el Bucentaure, la nave capitana de Villeneuve, mientras que todos los navíos ingleses, absolutamente todos, regresaron a puerto. La mayoría, eso también, tan tocados que tardaron meses en volver al servicio o tuvieron que ser jubilados prematuramente, como fue el caso del Victory. En fin, que España desapareció ese 21 de octubre de 1805 del mapa de las potencias marítimas, papel que había ejercido durante los últimos tres siglos; y Londres bautizó con el nombre de Trafalgar su plaza más emblemática.

Del "Nelson Touch" a la "Band of Brothers"
La táctica inglesa en Trafalgar consistió en atacar la reglamentaria línea de combate enemiga -los 33 navíos de la Combinada se extendían por un arco de siete kilómetros- dividiendo la escuadra propia en dos columnas que cortaron perpendicularmente el centro y la retaguardia aliada. La vanguardia quedó aislada y apartada del centro del combate y los ingleses obtuvieron una momentánea pero decisiva superioridad numérica donde se jugaba el destino de la batalla. Por no hablar de su superior y no menos decisiva eficacia artillera. Pero el Nelson Touch, como se bautizó a esta heterodoxa táctica, no era estricta novedad: "Constaba en todos los manuales de táctica", recuerda O'Donnell, "y era extremadamente arriesgada porque durante la aproximación a la línea enemiga, los navíos ingleses quedaban expuestos al fuego contrario sin posibilidad de réplica. Nelson se atrevió a llevarlo a la práctica no por una audacia temeraria, sino porque era conocedor de las pocas condiciones marineras de las tripulaciones aliadas, que dejaron en la línea de combate huecos enormes por donde se deslizaron los ingleses". Además del Toque Nelson, O'Donnell se refiere al espíritu de compañerismo que reinaba entre los capitanes ingleses, la Band of Brothers de las crónicas coetáneas, a los que dejaba toda la iniciativa una vez entablado en combate. La devoción por el comandante se transmitió a las tripulaciones, que vibraron -y no es extraño- con el último mensaje de Nelson antes de la batalla: "England expects that every man will do his duty". Sólo hace falta recordar la escena de Master & Commander en que Jack Aubrey rememora su participación en la batalla del Nilo, al lado del almirante, para entender la confianza ciega que despertaba entre sus hombres.

Dramatis Personae (y dos buques)

Nelson: el héroe inglés. Vencedor de San Vicente, Copenague, Aboukir y el Nilo, y comandante de la flota del Mediterráneo desde 1803, Horatio Nelson (Norfolk, 1758) había perdido en combate un brazo y un ojo, y ya era considerado un héroe nacional antes de morir en Trafalgar, a bordo del Victory. Y eso que su vida íntima -casado con Frances Nisbet y amante de Emma Hamilton, lady Hamilton, la esposa del embajador inglés en Nápoles- le costó la enemistad manifiesta del Almirantazgo.

Villeneuve: el villano francés. El malo de Trafalgar. O'Donnell lo culpa de la decisión de abandonar la seguridad que ofrecía el puerto de Cádiz y salir a combatir a la superior escuadra inglesa, pero considera que la formación en línea que planteó -pésimamente resuelta, eso sí- era la única viable. Pierre Charles Villeneuve (Valensoles, 1763) cayó prisionero para mayor humillación a bordo del Bucentaure, su nave capitana. Liberado en 1806, se suicidó en Rennes para no tener que rendir cuentas ante el emperador.

Gravina: el mártir español. Era, según O'Donnell, el más dotado de la brillante generación de marineros ilustrados españoles desaparecidos en Trafalgar, con Churruca, Alcalá Galiano, Valdés y Escaño. En Trafalgar ejerció como almirante de la flota española y como segundo al mando tras Villeneuve. Italiano de nacimiento (Palermo, 1756), Gravina murió en enero de 1806 a consecuencia de las heridas que sufrió a bordo del Príncipe de Asturias.

El rey del mar. El Santísima Trinidad, con cuatro puentes y 136 cañones, era el mayor buque de guerra de su época. En Trafalgar muerieron 205 de sus 1.071 tripulantes, fue capturado y al día siguiente de la batalla se hundió a consecuencia del temporal. Más suerte tuvo el Montañés, navío de 80 cañones conde embarcaron los 108 soldados del batallón de voluntarios de Cataluña: después de combatir al Bellerophon -¡pero que nombres estupendos tenían los buques ingleses!- quedó en un golpe de suerte a sotavento y por lo tanto al margen de la batalla. Sufrió tan solo 20 bajas y fue unos de los once navíos aliados que regresaron a Cádiz.

El Victory, museo flotante. Era la nave capitana de Nelson desde que en 1803 se había hecho cargo de la flota de Mediterráneo Construido en 1765, tenía tres puentes y 100 cañones. En Trafalgar embarcaba una tripulación de 734 hombres. Remolcado a Gibraltar tras la batalla -donde fallecieron 57 hombres de su dotación- pudo ser reparado y hasta 1812 sirvió en la flota del Báltico. Desde 1824 está anclado en Portsmouth, la histórica base naval británica, primero como nave capitana del puerto y desde 1922 como museo flotante. Estupenda web en www.hms-victory.com.

[Este artículo se publicó el 21 de octubre de 2005 en el semanario Presència]


martes, 8 de julio de 2014

Don Roque, el diplomático

Robert Lizarte localiza la respuesta del presidente Roosevelt a la felicitación del Síndico Roc Pallarès.

¡Qué final más redondo para el primer intercambio diplomático entre los EEUU y Andorra! Seguro que lo recuerdan, porque lo contábamos ayer mismo a cuenta de la felicitación que el Síndico Roc Pallarès le envió en marzo de 1933 a Franklin D. Roosevelt con motivo de la investidura de este último como 32º presidente. Una pintoresca, ingenua y conmovedora carta manuscrita que se conserva en la biblioteca presidencial de Albany (Nueva York) y que el historiador Gerhard Lang -el hombre que ha seguido el rastro de nuestro Borís Skossyreff por medio mundo- exhumó tiempo atrás y que ha acabado cediendo al Archivo Nacional de Andorra -una copia, ep, que el original se quedó en Albany. Pues ayer nos quedamos a medias: teníamos la carta del Síndico y la respuesta que el jefe de gabinete de Roosevelt, Louis Howe, le proponía al presidente. Y aquí abajo tienen copia de la carta que el cónsul de los EEUU y señora, Mr. y Mrs. Dawson, le entregaron en persona a nuestro buen Roc en mayo del mismo año. La copia del documento forma parte de la colección de Robert Lizarte, que lo mismo sube a un campanario para escrudriñar los secretos de nuestras campanas que caza pedazos de historia perdidos en el hiperespacio. Puestos a ser puntillosos, alguien se quejará porque se trata de una humilde copia, y que lo que toca es localizar el original: si sobrevivió, como parece probable, a la Revolución de 1933, el sentido común indica que debería conservarse en el Consell General o en Sindicatura. Pero tampoco pondremos la mano en el fuego. Ya no.


Respuesta del presidente Roosevelt a Roc Pallarès, fechada el 12 de abril de 1933 y que le fue trasladada al Síndico por el cónsul general de los EEUU un mes más tarde, y crónica del ABC de Sevilla sobre la visita que Pallarès y el subsíndico, Agustí Coma, giraron a Manuel Azaña en octubre de 1931, cuando acababa de jurar como presidente del gobierno provisional de la República. Fotografía: Archivo Robert Lizarte.

Hay que decir que la misiva de Roosevelt fue probablemente una de las últimas intervenciones de Pallarès en la (digamos) escena internacional, porque en agosto de 1933 fue destituido -de hecho, fue una de las víctimas ilustres de la revolución. Pero ni mucho menos la primera: por lo visto, era el Síndico hombre a quien gustaba la alta política, si por alta entendemos internacional. El mismo Lizarte ha localizado la crónica que el ABC de Sevilla -¿de verdad había algún lector sevillano a quien le interesaban estos episodios?- publicó sobre la visita que nuestro hombre y el subsíndico, Agustí Coma, giraron en octubre de 1931 a Manuel Azaña, que acababa de jurar el cargo como presidente del gobierno provisional de la República. Como se ve, tenía querencia por los gestos simbólicos y por los grandes momentos históricos, y sabía aprovechar la ocasión: a Roosevelt le escribió con motivo de la investidura, y seguro que por su cabeza llegó a pasearse la posibilidad de cruzar el Atlántico, pero no; a Azaña, cuando el hombre todavía ocupaba el cargo de forma más o menos interina. Pero él, como si nada: cogió los bártulos y se plantó en Madrid "por un deber de cortesía" -dice el periodista del ABC- "y a la vez gestionaremos algún asunto de enseñanza y alguno de hacienda". Aquí entra en acción Coma, que va directo al grano: "Queremos que la República nos conceda libertad de aduanas y también procuraremos que nos subvencione la enseñanza del castellano". Por pedir, que no quede. Pero que conste que hoy en Andorra cualquier ciudadano (o residente) puede llevar a sus hijos a la escuela pública española. Gratuita... y pagada por los españoles. Así que Pallarès no pedía nada del otro mundo. Para la posteridad queda el detalle de que Pallarès y Coma se hicieron acompañar por Andreu Massó, "el abogado asesor del Consejo General de la misma República" (andorrana, en este caso) y personaje ubicuo en la vida andorrana de los años 30, y la descripción del Síndico -Roque, para el reportero- como "un viejecito en roble (?) apacible y fuerte". El hombre sentado en el centro de la fotografía. Lo que quieran, pero lo cierto es que no habrá mucha gente que pueda presumir de haber conocido a Azaña y de haberse carteado con Roosevelt. Don Roque, sí.

[Este artículo se publicó el 24 de enero de 2014 en El Periòdic d'Andorra]