Incursiones relámpago, estilo Sturmtruppen, en episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y las dos postguerras, con ocasionales singladuras a alta mar, a ultramar y si conviene incluso más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

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sábado, 8 de marzo de 2014

Con Langlois, de viaje

Descubrimos el Voyage pittoresque et militaire en Espagne del oficial napoleónico, una de las joyas de la monumental biblioteca de Casi Arajol.

Hacía años, quizás décadas -glups- que íbamos detrás del Voyage, la colección de grabados inspirados en su experiencia como oficial del ejército napoleónico destacado en la península que el pintor francés Jean-Charles Langlois (Beaumont en Auge, Calvados, 1789-París, 1870) publicó en la casa Engelmann en 1826. Extraño, dirán ustedes. Pues sí, pero es que cada uno elige sus obsesiones, y esta de Langlois en concreto por muchas y plausibles razones: entre otras, la estupenda perspectiva de la puerta y la palanca de Sant Julià de Lòria que tienen aquí abajo, con el camino de cabra que sube a Fontaneda y el Pui d'Olivesa al fondo.


Arajol, en el sancta santorum de su biblioteca, examinando su ejemplar del Voyage con las láminas en color; atención a la lupa. Fotografía. Tony Lara / El Periòdic d'Andorra.

Porte de St Julien d'Andorre. Fotografía: Tony Lara / El Periòdic d'Andorra.

Vallé de la Sègre. Fotografía. Tony Lara / El Periòdic d'Andorra.

Pont du diable sur la Sègre. Fotografía. Tony Lara / El Periòdic d'Andorra.

Vue prise auprès d'Orgagna. Fotografía. Tony Lara / El Periòdic d'Andorra.
Vue de Bezalu. Fotografía. Tony Lara / El Periòdic d'Andorra.

Fácil, dirán los más avisados: la Biblioteca Nacional conserva una edición facsímil del volumen publicado en 1978 por General Gràfic, sello misterioso donde los haya, y Gallica, el estratosférico, oceánico, fascinante portal digital de la Bibliothéque Nationales -de Francia, claro- ha colgado generosamente las 40 láminas, que además uno se puede descargar gratis total, inmediatamente y a una resolución más que razonable. Pero es que nosostros, quisquillosos que somo, buscábamos exacamente el Voyage original, esta rarísima joyita de 1826. Y no se lo creerá el lector, pero la hemos encontrado. Y como quien dice al lado de casa. De hecho, podríamos haber caído mucho antes en la cuenta: si alguien podía poseer un ejemplar del Voyage -un libro así no se tiene: se posee- era Casimir Arajol. Y así es. Lo adquiiró pongamos que hace una década, así que Langlois forma parte del millar largo de libros de temática andorrana que pueblan la que es, sin duda, una de las colecciones privadas, casi un océano de papel, más completas y mejor surtidas de nuestro rinconcito de Pirineo. Y nos atreviríamos a decir que incluso de algo más allá, con el permiso de Enric Palmitjavila, bibliófilo titular de las Valles Neutras de Andorra.

Por decirlo brevemente, y por si no lo sabían: el chalet Arajol de Andorra la Vella -un monumento en sí mismo, sensacional ejemplar de la arquitectura del granito local- es el paraíso del bibliófilo. Y nosotros hemos tenido el raro privilegio de huronear en él con el Voyage conomo excusa y salvoconducto. Lo que nos hemos encontrado por ahí es la madre de todos los Langlois que pululan por el mundo: uno de los 300 ejemplares de la cortísima primera edición de la obra, impreso en papel india y a todo color, detalle este que lo distingue del facsímil de la Nacional y también de los grabados de la BNF. El resultado lo tienen aquí arriba, y además de la puerta y la palanca de Sant Julià el bueno de Jean-Charles tuvo el detalle de fijarse en el claustro de la catedral de la Seu, un siglo antes de la reforma perpetrada por Puig i Cadafalch, y de unos cuantos rincones más del camino "practicable sólo a lomos de mulas", según sus palabras, que seguía el camino del Segre hasta Orgañá.

Pero, ¿quién era, nuestro Langlois? Pues un oficial topógrafo veterano de la batala de Wagram que en 1811 es destinado a las tropas del mariscal Saint Cyr estacionadas en la península, como cualquier fan de Curro Jiménez sabe. Se quedó por aquí dos añitos en los que no sabemos si guerreó mucho pero en los que se consagró a levantar los planos de las principales vías de acceso a Cataluña, con especial atención a la qiue discurría -y discurre todavía hoy- entre la Seo, Orgañá, Pons y Lérida. De paso tomaba con un estilo y un ojo inequívocamente románticos apuntes de las l`´aminas que en 1826 reuniría en el Voyage, que inicialmente tenía que ser en Espagne, pero que al final se quedó en Catalogne: menos da una piedra. Abundan las batallas en las que hay que suponer que tomó parte como ayudante de campo de Saint Cyr -Gerona, Ripoll, Rosas, Palamós, Vic- pero también las escenas más o menos cotidianas y las vistas pintorescas. Y estos dos últimos temas son los nuestros. Además, acompaña los grabados que conservan un suculento sabor entre expedicionario y colonial. ¡Lástima que los nativos seamos nosotros!

Comencemos como es natural por la puerta de Sant Julià de Lòria, que le permite dar rienda suelta a la retahíla de prejuicios que el hombre ha traído en la mochila, empezando por el mito del buen salvaje que cree descubrir en nuestros tatarabuelos. Unos prejuicios que los posteriores viajeros románticos -Vuillier, Règnault y compañía- no se cansarán de repetir: "No es sin alguna sorpresa que en el rincón más elevado de los Pirineos uno se da de bruces con esta peque población que gasta el título de 'república'. Reconoce la jurisdicción del obispo de Urgel, con la condición de que respete las costumbres de la tierra y de que nunca atente contra sus libertades. Cada nuevo obispo presta juramento en la frontera antes de cruzarla por vez primera; un juramento que puede ser peligros quebrantar si atendemos al carácter y a los hábitos de independencia de los lugareños, en cuyas casas no han penetrado las discordias civiles que sacudieron a España hace unos años". Quizá se refiera Langlois a la amable visita de cortesía que las tropas napoelónicas giraron entre 1807 y 1814. En fin.

Por el camino de Orgañá
Por el detallismo de sus grabados, es plausible que Langlois no trabaje de oído sino que él mismo llegara hasta Santa Sant Julià durante las operaciones del ejército de Saint Cyr, y captara esta idílica y colorista escena, con una camino real transitadísimo, un par de monjas a lomos de sendas mulas , las estupendas mozas lauredianas con el botijo sobre la cabeza y en primer plano lo que parece un mendigo, quizá uno de los gitanos que el archivero Ayala ha documentado en Andorra sobre el siglo XVIII: quién lo sabe. Lo que sí es seguro es que hoy la policía ya los hubiera puesto de patitas en la frontera del Runer. No son  menos provechosas las escasas cuatro líneas que dedica al claustro de la Seo, retrato de monje con señora (y botijo) y un compendio de los prejuicios anticlericales con que el buen ilustrado francés se armaba en cuanto ponía el pie en la península: "El convento del que forma parte es uno de los numerosos establecimientos religiosos diseminados por toda la península, que han sometido este bello rincón de Europa a la más terrible tiranía teocrática..."

Se quedó descansado, el hombre. Finalmente, en las notas que acompañan las vistas del camino del Segre emerge el militar que Jean-Charles llevaba dentro. Pero primero, la pulla: "Excepto la gran carretera que va de Valencia a Barcelona pasando por Tarragona, los catalanes no reparan ningún camino, e incluso algnos de los que nosotros hemos trazado, ellos los han destruido". Después, el diagnóstico de quien ve en el terreno un posible escenario de futuras operaciones militares: el camino de la Seo a Orgañá, dice, "cruza el río por unos puentes fáciles de destriur y que, una vez destruidos, no se podrían reconstruir durante un largo período de tiempo (...) Esta carretera podría ser convertida en impracticable fácilmenten e tiempos de guerra, y Cataluña sería abordable desde este lado". Caramba: parece que estemos oyendo hablar a Fiter i Rossell, y aquella edificante, sensacional, ilustrada sentencia del Manual Digest: "No siam [els camins de frontera] bons, ni estiguin en gran disposicio, ante be, que sian bruscos, Estrets y pedregosos..." (Que no sean buenos los caminos de frontera, no estén en buena disposición, antes bien, que sean bruscos, estrechos y pedregosos).

Hasta aquí, el Voyage pittoresque de Langlois, deriva pirenaica. Que, decíamos al principio, es sólo uno de los cerca de mil volumenes de la biblioteca andorrana de Arajol. Dice que está a punto de conseguir el pequeño milagro de reunir bajo el mismo techo todas las referencias recogidas con paciencia de hormiga y formidable erudición por Lídia Armengol en Materials per a una bibliografia d'Andorra. Que los persigue a través de su librero de confianza, Jordi Rossell, en subastas de medio mundo, y en la excursión anual a París, donde los tenderos del mercado del libro antiguo que cada fin de semana se citan en el parque Geroges Brassens le reservan de un año para el siguiente las novedades andorranas. O mejor, las antigüedades. Los hay que en cuanto lo ven ya se frotan las manos ante el negocio que se avecina.

En fin, que así es como ha reunido una colección que le podría hacer legítima competencia a la de la Nacional: el volumen más antiguo es una Histoire des comptes de Foix, Bearn et Navarre de 1629, escrito por Pierre Olhagaray, historiógrafo mayor de Enrique Iv de Francia -el de los hugonotes, París y la Misa-  y donde aparecen reseñados unos leales andorranos que en 1569 hicieron a pie el viaje hasta la Rochelle para llevarle los cuatro duros de la questia a madame Jeanne d'Albret. La última incorporación, Marca hispanica sive limes hispanicus, de Pierre de Marca, es un tocho de 1688 -y en latín: ¡cómo le gustaría a Antoni Morell!- en que el tal Marca se permite el lujo de afirmar que la leyenda de la argolla de Carlomagno és -oh, sacrilegio- una "opinión ridícula". Algún día tendremos que hablar de ella.

Pero nuestro preferido -Langlois aparte, naturalmente- es Mollusques de San-Julia de Loria (1863): M. J. R. Bourguignat, biólogo francés con muy pocas obligaciones, esto está claro, describe las diez especies de moluscos -dos de caracoles, ocho de caracolas- que fue recolectando en el tramo del Valira entre Sant Julià y Andorra la Vella. Diez no parecen  demasiadas, la verdad, admite humildemente, "pero tienen interés porque casi todas pertenecen a especies raras o poco conocidas, o constituyen formas o variedades absolutamente nuevas". Con todo su entusiasmo a cuestas, aun tuvo el humor de bautizar una de estas últimas con el nombre de Pupa andorrensis... ¿No es fascinante? ¡Gracias, Casi".

[Este artículo se publicó el 30 de octubre de 2013 en El Periòdic d'Andorra]



viernes, 10 de enero de 2014

Cuando el Pirineo era el Far West

El historiador Lluís Obiols reconstruye en Lo niu de bandolers de Catalunya la carrera de Joanot Cadell de Arséguel

Sidamunt, el Pla de Urgel, un dia de enero del Año del Señor de 1587. Una partida de bandoleros entre los que hay tipos de nombres tan sonoros y tan nuestros como el Minyó de Montellá, el Sarigüelo de Cabó, los Garreta de Oliana y el Poll del Pla (¿de Sant Tirs?) da el alto a un transporte de oro y plata propiedad de la orden de San Juan de Jerusalén -porque algunos de los protagonistas de la historia de hoy gastan propsapia muy alta, en seguida lo verán. Del "'Alto!" pasan al pedernal, y del pedernal a los heridos y también, porque estas cosas suelen acabar así, a algún que otro muero. Todos del lado de la guardia. Como se veía venir, el resultado de este asalto al más puro estilo del Lejano Oeste -pongan una diligencia de la Wells&Fargo en lugar de la tartana local, y una partida de pistoleros estilo Billy el Niño, y la cosa funcionaría igual- fue que la cuadrilla del Minyó se apropió del tesoro y se lo llevó, atención, a Arséguel.

¿Por qué precisamente a Arséguel, rincón de mundo que hoy no supera el centenar de habitantes y que en el siglo XVI no debía tener muchos más? Pues porque cuatro siglos antes de que el musicólogo Artur Blasco la convirtiese en la capital del acordeón diatónico de los Pirineos, en esta melómana y estratégica población del Baridá tenía su guarida Joan Cadell, señor del lugar y cabeza visible de la facción de los Cadells -ya saben, la contraparte de los Nyerros- que se había convertido en una especie de Vito Corleone de los bandoleros de este trocito de la galaxia y les ofrecía refugio y proteccióh en el acogedor castillo local. No la busquen hoy, la fortaleza de Cadell, porque fue arrasado cinco años y unas cuantas decenas de muertos después por las tropas de Felipe II comandadas por el gallardo Jeroni de Argensola. Añadamos que de paso arasaron todo el pueblo.

Esta prometedora y sanguinaria historia -solo le falta algo de sexo, pero es bien cierto que no se puede tener todo- es la que reconstruye el historiador y archivero (del Alto Urgel) Lluís Obiols (Adrall, 1985) en Lo niu dels bandolers de Catalunya, título honorífico que un cronista de la época, el jurista gerundense Jeroni Sanconominas, le concedió a Arséguel- que publica ediciones salòria y que saca a la luz la (fascinante) vifa y la (truculenta) trayectoria del tal Cadell, unos de los bandoleros más activos y temidos en la Cataluña del siglo XVI, quizás con un caché historiográfico y sobre todo mediático inferior al del televisivo Serrallonga -es el peaje que tenems que pagar en provincias- pero con un currículum sensacional, nunca antes ni después superado en los anales del frondoso bandolerismo catalán: hasta dos asedios en toda regla, cnco años de persecuciones y centenares de hombres necesitaron las fuerzas reales para reducir y limpiar lo niu de bandolers. Como dice Obiols, "hubo batidas para cazar bandoleros antes y después, pero esta obstinación y esta mobilización militar con todas las de la ley, absolutamente inusual, es lo que convierte el caso de Cadell en excepcional, único".

Vista de la localidad de Arséguel, comarca del Alto Urgel, subcomarca del Baridá, santuario de los bandoleros al servicio de Joanot Cadell, sitiada y arrasada por las tropas de Felipe II en octubre de 1592. Fotografía: El Periòdic d'Andorra.

Hemos comenzado este relato en Sidamunt, al sur de la provincia de Lérida, porque esta operación significó según el historiador el punto de inflexión de todo este asunto: hasta entonces se habían ido sucediendo en todo el valle del Segre, entre el Pirineu y la comarca del Segriá -este era el muy considerable radio de acción de las partidas en la órbita de Cadell- "infamies, homicidis, latrocinis, furts, adulteris, strupos y mil altres crims, maleficis y maldats", causados por "hòmens ociosos e inclinats a tot gènero de vicis", en las suculentas y escandalizadas palabras de Jeroni Grau, juez de lo criminal de la Seo de Urgel sobre 1570. Pero el ataque al tesoro de San Juan de Jerusalén perpetrado además en pleno camino real, las tensiones prebélicas con la vecina Francia y la okupación del castillo de la vecina localidad de bar por secuaces de Cadell acabaron convirtiendo lo que inicialmente era un molesto problema de orden público en una cuestión de estado. Y continúa corriendo la sangre: en 1587, la cuadrilla del muy activo Minyó saquea la villa de Graus, en la Ribagorza, y se refugia en Coll de Nargó -"Tierra absolutamentre de ladrones", dicen las crónicas de la época- antes de recalar como era reglamentario en el santuario de Arséguel, chez Joanot. En enero de 1588 es la cuadrilla de otro tal Joan Gia la que gira visita a la Seo y aprovecha para cepillarse a mosén Màrtyr (!) Pallerols y a mosén Joanot Piquer, "fills d'esta ciutat, dos hòmens pacífichs". Y el 1 de abril, otra cuadrilla, esta a las órdenes de un tal Plometa, repite visita y liquida el maestro Fonaner, barbero, que debió tener la mala suerte de cruzarse en su camino.

Para cortar el problema de raíz, el virrey de Cataluña ordena a los jueces Frances Ubach y Josep Mur poner sitio al castillo de Arséguel, donde como hemos visto todas estas partidas buscaban cobijo y protección. La operación se lanza a principios de diciembre de 1588, pero hay que levantarla al cabo de diez días por las dificultades de mantener un sitio en pleno invierno, con el único rédito de la muerte del dichoso Minyó, a quien a estas alturas -digámoslo- ya hemos cogido algo de tirria. En los tres años sigiuentes asistios a un curioso y peligroso juego: como diría Jordi Pujol, Cadell se dedica a hacer "la puta i la Ramoneta", es decir, a actuar con sibilina, calculada doblez, alternando solicitudes de clemencia en las que se ofrece para levantar una fuerza de 500 hombres y luchar en Flandes a cambio del perdón real con acciones de bandolerismo puro y duro: en septiembre de 1589, nueva y sanguinaria ioncursión en la Seo, blanco por lo que se ve bastante fácil: "Alguns bandolers, fills de perdició, van per estes costes fent mil mals, fins a girarse y voler forçar les dones que van per lo terme d'esta ciutat [...] Mataren Jaume Peres, nafraren un tal Múrries y dos altres nafrats y molt mal tocats..." Más aún: a finales de año, secuaces de Cadell a las órdenes de los hermanos Averó y del Batlle d'Alós saquean el monasterio de las Avellanas,e n la vecina comarca de la Noguera, echan al abad y colocan en su lugar a un tal Abella. De la Seo, por cierto. En enero de 1592 le toca a Orgañá, donde "han mort dos o tres hòmens, ensagniades dos o tres dones y robat per 4 mil ducats".

Era por lo tanto cuestión de tiempo que el señor virrey de hartara de todo este tinglado. Y esto es justo lo que pasará ese mismo año, con el nombramiento de Alemany de Tragó como gobernador del vizconado de Castellbó y la comisión de Jeroni de Argensola -veterano de la guerra de Flandes, como Alatriste- como comandante del segundo y definiitvo sitio. Una operación que arranca el 22 de septiembre de 1592 y que concentrará en Arséguel una fuerza de cerca de 600 hombres, entres soldados pagadaos por a Generalidad, tropas castellanas y el somatén. Parece que la fortuna le ha dado finalmente la espalda a Cadell. Y ya era hora. Pero le quedaba un último as en la manga: misteriosamente, porque las crónicas no recogen las causas del portento, en la madrugada del 27 de octubre el centenar y medio de bandoelros acogidos por Cadell, con sus familias y seguidos por los habitantes de Arséguel, que temen con toda la razón las represalias reales, consiguen romper el cerco y escapar... ¡sin ser vistos! Por ninguno de los 600 hombres que los rodean. ¿Portentoso o no? Obiols lo atribuye a un más que probable acuerdo secreto para evitar males mayores -aunque acabó con el castillo y el pueblo de Arséguel arrasados.

Carta autógrafa de Joanot Cadell a los cónsules de la Seo, fechada en julio de 1589. Fotografía: Fondo ayuntamiento de la Seo de Urgel / Archivo comarcal del Alto Urgel

¿Qué fue de los bandoleros? A Cadell nos lo encontarmos en noviembre de ese mismo año tranquilamente instalado en la vecina Tarascón, como Tartarín, y maquinando con sus amigos franceses nuevas incursiones en tierras catalanas como si no hubiera ocurrido nada. Morirá en Foix en una fecha indeterminada entre 1598 y 1602, con sus bienes secuestrados por la justicia e implorando de vez en cuando y sin mucha convicción un perdón real que nunca llegará. Curiosamente, sus descendientes conservarán hasta finales del siglo XIX la baronía de Arséguel, pero ahora ya con la lección bien aprendida y sin trabucaires a la vista. Por lo que respecta a sus conmilitones -más de un centenar de hombres: un pequeño ejército privado- dice Obiols que procedían de la Cerdaña, del Alto Urgel, el Baridá, Cabó, Oliana y el valle del Querol... y que entre sus secuaces había por lo menos tres honorables andorranos: lo Truyta, Steve Lavaneres y un tal Bocanegra. Quizás fue gracias a ellos que las partidas de bandoleros respetaron -parece- la neutralidad del país. Hombres de ofico, opina, que se dedicaban temporalmente a bandolear para sacarse un sobresueldo: como el contrabando actual, vamos ,pero con el riesgo cierto de terminar torturado, decapitado y descuartizado.

La más cruel paradoja de toda esta historia es que mientras que el padrino de Arséguel y comarca salió razonablemente bien librado del embrollo -como si dijéramos, sólo le chamuscaron la segunda residencia, aunque fues un castillito en la montaña- mucho peor les fue a los que se la jugaron por prenderlo: en 1600, en la vecina Castellbó, un tal Perot Ribó de Artedó mató a golpe de pedernal al pobre Alemany de Tragó. El valiente Argensola ,por su parte, fue destituido y puesto en prisión, y tardó más de una década en limpiar su nombre. Triste destino que, especula Obiols, hay que atribuir a los tentáculos e influencias de Cadell, que llegaban hasta las más altas instancias, incluidas la Real Audiencia y el Consejo de Aragón, desde donde movió los hilos para defenestrar a Argensola.

En cuanto a Joanot Cadell, el autor lo erige en epítome de la pequeña nobleza comarcal a la que la falta de expectativas de promoción acaba convirtiendo en capitostes de las dos facciones -Nyerros y Cadells- en que se dividió y se desangró la sociedad catalana del XVI. Unas bandosidades que tenían poco, por no decir ningún componente ideológico, que funcionaban a la manera de las familias mafiosas -como un conglomerado de intereses y vínculos personales y de parentesco- y lo retrata como un hombre hábil, que supo utilizar sus muchos contactos y que se preocupó exclusivamente por la buena salud de su bolsillo. Tan hábil, que ni murió colgado de horca bien alta, ni tan solo descuartizado, sino probablemente de viejo y en su jergón. Y tan relevante como Serrallonga: "Lo que pasa es que Arséguel cae muy lejos de Barcelona. Estoy seguro de que si hubiera nacido en el Vallés, lo sabríamos todo de él, tendría su novelita e incluso una serie de televisón en prime time". Eso, seguro.

[Este artículo se publicó el 18 de noviembre de 2012 en El Periòdic d'Andorra]

martes, 7 de enero de 2014

La última bronca del Cojo de Málaga

El número 7 de la revista Cadí/Pedraforca reconstruye la profanación de la sepultura del anarquista que tiranizó la Cerdaña y el Alto Urgel durante la Guerra Civil.

Hace unos días hablábamos aquí mismo de Antonio Martín Escudero, (a) El Cojo de Málaga, de infausta memoria. Sí, hombre, el faista que tiranizó durante los primeros compases de la Guerra Civil la Cerdaña y el Alto Urgel. Un capítulo negro -porque el malo de esta historia era de los buenos, no sé si me entienden, y porque el anarquismo conserva aún hoy una sorprendente buena prensa, sólo hay que ver Tierra y libertad y demás- que acabó el 27 de abril de 1937 en Bellver con la muerte a tiros del Cojo, que es como suelen acabar estas cosas. A la altura del puente sobre el Segre, por concretar, cuando al frente de dos centenares de conmilitones libertarios pretendía tomar la localidad y dar una lección a los poco dóciles vecinos, los únicos de toda la Cerdaña que se habían atrevido a plantarle cara y resistir el dominio de los incontrolados. Y lo explicábamos a cuenta de Francesc Viadiu -el d'Entre el torb i la Gestapo, seguro que lo recuerdan- que da su versión de los hechos en Delegat d'ordre públic a Lleida la roja. Con conocimiento de causa, cabe añadir, porque Viadiu se presentó en Bellver al día siguiente del tiroteo con la misión de poner algo de orden y evitar las represalias anarquistas.

Hasta aquí, los antecedentes. Bien conocidos, por otra parte. Pero, ¿no se había quedado el lector con las ganas de saber el destino del cuerpo del Cojo? Pues la historiadora Queralt Solé nos lo explica en el número 7 de la revista Cadí/Pedraforca. Y como era de prever, el periplo post mortem de nuestro hombre también fue algo tumultuoso. Solé ha localizado en el Archivo comarcal de la Cerdaña el expediente que da cuenta de la profanación de la sepultura del Cojo, enterrado según el documento -y para que lo tengan en cuenta si un día pasan por el cementerio de Puigcerdá- en el nicho nº 48, piso 1º, letra B. Un ultraje que fue descubierto la mañana del 2 de noviembre de 1941. Los dos enterradores y el sereno certifican la identidad del inquilino del nicho, y el último, dice Solé, añade que se ignora quiénes han sido los autores de tan vil acto, aunque se permite especular, atención, "que por su criminal actuación durante el dominio rojo, el llamado Cojo de Málaga tiene mucho enemigos en el pueblo y en toda la comarca". Muchos, e insistentes, por lo que se ve.

Una vista del camposanto de Puigcerdá, donde fue enterrado el cadáver del Cojo, muerto en abril de 1937; su sepultura, en el nicho número 47, piso 1º, letra B, fue profanada el 2 de noviembre de 1941. Fotografía: El Periòdic d'Andorra.

En la senda del conde de España
Los detalles tirando a gore los pone el cuarto testigo recogido por el juez de istrucción. Según e lpaleta que dio la alerta, el nicho "había sido violado, habiendo sacado la caja de madera en la que el cadáver se lahhalaba depositado y trasaldada a un extremos del cementerio". Una diligencia posterior del juez ayuda a aclarar los hechos: los restos del Cojo fueron abandonados en el osario "donde se encuentran los restos de los ataúdes que se van sacando de los nichos paulatinamente". Detalle curioso: a llado de la caja -que conserva las iniciales del difunto "perfectamente visibles"- aparece una insginia "masónica comunista", consistente en "dos manos en ademán de saludo". El juzgado prefiere no complicarse la vida y ventila rápidamente el asunto: el 13 de niviembre cierra el expediente, no hay noticia que ni caja ni huesos sean repuestos en el nicho 48, piso 1º, letra B, así que habrá que suponer que los restos del Cojo se quedan en el osario. Por lo menos, ni Solé ni el señor presidente de la junta del cementerio en el cargo aquel 1941 nos lo aclaran.

No és el único detalle de esta escabrosa historia que nos quedaremos con las ganas de saber: la historiadora tampoco ha encontrado rastro de la inhumación del Cojo, los días posteriores a la escabechina de Bellver, y probablemente en un ambiente algo cargado. Así que se agradecerá cualquier referencia al respecto. Añadamos para terminar que esta de profanar sepulturas es una costumbre por lo que parece bastante nuestra: muy cerca tenemos el caso del conde de España -otra tipo tirando a bestia- asesinado en 1838 al lado de Orgañá, enterrado en Col lde Nargó, y cuyo cráneo fue robado en 1840 por un tal doctor Solé -frenólgo solsonés, nada que ver con nuetsra historiadora- para iniciar inmediatamente un periplo ultramarino que habñia de pasar por las Filipinas para acabar en el despacho del célebre Marià Cubí, el mismo del callejero barcelonés, que hizo con él cosas rarísimas. Mientras tanto, a la familia del malhadado conde le dieron gato porliebre cuando años después reclamó el cuerpo para darle seultura en el panteón familiar en mallorca: un esqueleto entero, cráneo incluido, que obviamente no era el del ínclito pariente. Y todo, para ahorrarse problemas con gente tan dada al pistolón. En fin, que al lado del infausto conde, el Cojo aun salió razonablemente bien librado.

[Este artículo se publicó el 7 de enero de 2014 en El Periòdic d'Andorra]