Incursiones relámpago, estilo Sturmtruppen, en episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y las dos postguerras, con ocasionales singladuras a alta mar, a ultramar y si conviene incluso más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

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jueves, 28 de agosto de 2014

La dura vida en el Salvaje Norte

Corría el año 1686, y los hombres de Canillo y de Encamp no se cortaban un pelo a la hora de dirimir sus diferencias con sus incómodos vecinos franceses. Lo sufrió en sus carnes un tal Martí, batlle de Enveig, al otro lado de la frontera, que había dejado temerariamente a una treintena de reses pastando al pie del Pimorén. Los animales, claro, no entienden de fronteras y cosas así, y fueron y cruzaron el río Arieja para pastar en el lugar que hoy se conoce como la Vaca Morta -enseguida entenderán por qué. En plena Solana, territorio litigioso que tanto unos -andorranos- como otros -gabachos- reclamaban como propia: faltaba todavía un siglo y medio para que el tribunal de Tolosa (1834) resolviera definitivamente la andorranidad de aquel pedazo de yermo. Así que los de Canillo -y sus vecinos de Encamp- tiraron de usos y costumbres -algo bestias, enseguida lo comprobarán-, se agenciaron los animales y se los llevaron a casa. A la suya, claro. Pero no a todos: a una de las vacas la sacrificaron in situ de un tiro para "marcar con su sangre el lugar donde la pignorada de las bestias debía de hacerse". Lo explica Martí Salvans, conseller general aquí en la faceta de historiador -"aficionado, que conste", pide- en uno de los momentos culminantes de De la Solana d'Andorra, prometedora monografía que se zambulle en la historia del Extremo Norte del país y con el que Salvans se embolsó un accésit del premio Principado de Andorra de investigación histórica del 2010.
Se trata, continúa, del último caso de degolla documentado en el país. ¿"Degolla"? Pues sí: así se denominaba a esta expeditiva y algo salvaje práctica de liquidar uno de los animales que se había aventurado a pastar sin  autorización en tierra andorrana, y confiscar de paso el resto del ganado como prenda que garantizase el pago de la consecuente multa. Hay que añadir que a nuestros fogosos andorranos la broma les acabó saliendo algo cara porque el tal Martí, el batlle de Enveig, se chivó al gobernador de Mont-Louis -un día habrá que hablar de esta especacular fortaleza levantada por el ingeniero Vauban en 1679 en la entonces recién adquirida Cerdaña francesa. Y con los franceses, ya se sabe, no caben bromas: resulta que un escuadrón gabacho -"mil hómens" de nada, según las fuentes- se plantó como si nada en Canillo "i sen aporta presoners a vuyt homens de la mateixa parrochia dels quals ne detingue sis de presoners en la plassa de Monlluis". Glups. La cosa se prolongó un par de meses, para desesperación de los homens de Canillo tomados ellos mismos como prenda. Y no resolvió hasta que el cristianísimo rey de Francia dictó una ordonnance aboliendo el recurso a la degolla y estableciendo que los futuros litigios por incursiones de animales en tierras del vecino se resolvieran con el nombramiento de un tribunal paritario. Algo decididamente razonable, por mucho que viniera del rey de Francia. 
Así las gastaban unos y otros, en fin, en el territorio de la Devesa d'Erevall o Solana d'Andorra, como históricamente se ha denominado al extremo nordeste del país, la única parte estratégicamente situada en la vertiente atlántica de los Pirineos. Un capricho geopolítico que se tradujo en seis siglos de sempiterna conflictividad entre andorranos, de un lado, y merangueses, querolanos y deretanos, por el otro. Este mal ambiente entre vecinos condenados a entenderse tuvo de paso un curioso efecto colateral: por lo menos en estos asuntos en que tocaba enfrentarse al pérfido francés, Canillo y Encamp olvidaron provisionalmente las diferencias por el territorio de Concordia que han envenenado tradicionalmente las relaciones entre las dos localidades y lograron unirse frente al enemigo común. Más de uno se sorprenderá de que un territorio deshabitado -el Pas de la Casa data de los años 30 del siglo XX: anteayer, como quien dice- y prácticamente desolado levantara semejantes pasiones entre vecinos de uno y otro lado del río Arieja. Pero no nos equivoquemos: se trata de los mejores pastos del país, advierte Salvans, hasta el punto de que a mediados del verano -a partir del 15 de agosto, exactamente- empezaban a subir grupos de segadores. A 2.000 metros de altura, y más. Sí.
De la Solana d'Andorra repasa, en fin, los conflictos surgidos a lo largo de seis siglos de problemática convivencia y, sobre todo, el laberíntico y apasionante corpus jurídico y administrativo que regulaba derechos y deberes, con los banders levantando acta de las infracciones e imponiendo bans, multas a los infractores. Atención a la sección cartográfica del libro, con joyas como el mapa de 1811 levantado por orden de Napoleón con la vista puesta en una hipotética anexión de la Solana con el argumento, ya saben, de que un territorio que desagua en el Atlántico debía ser naturalmente francés. No hubo ocasión, pero el emperador había previsto incluso que la Solana se repartiría entre la Arieja y los Pirineos Orientales. Lo más curiosos de todo es que De la Solana d'Andorra, con su mina de anécdotas, es un subproducto de la manía toponímica de Salvans, autor también -ya saben- de Andorra románica, Andorra vascónica. Así que si además de las escaramuzas a cuenta del ganado tiene el lector algún interés en los nombres de lugar, ese es también su libro, porque Salvans ha identificado medio millar de topónimos en la zona de la Solana, territorio hasta ahora casi virgen hasta el punto de que la topografía oficial sólo consigna medio centenar de nombres. Hasta ahora, claro. Para acabar, descubrirán lo que era una allargada, un aixivernil, un dec o una tala, y descubrirán que Encamo y Canillo, contra todo pronóstico, sabían enterrar cuando convenía el hacha de guerra para hacer frente al rostro pálido de turno. De la Solana d'Andorra, que es un buen tocho, quizás no será la lectura del verano, pero se le parece mucho. Prueben, prueben, y luego nos lo dicen.

[Este artículo se publicó el 1 de julio de 2011 en El Periòdic d'Andorra]

viernes, 11 de julio de 2014

Trafalgar: y Britannia gobernó las olas

El 21 de octubre de 1805 la flota de Nelson destrozaba ante las costas de Cádiz a la escuadra francoespañola comandada por Villeneuve; la victoria inglesa dio paso a un siglo largo de supremacía inglesa en el mar. Britannia gobernaba sin oposición a las olas.

Para Inglaterra fue la victoria decisiva, por no decir definitiva, que conjuraba de una vez por todas la amenaza de una invasión napoleónica, inauguraba un siglo de supremacía marítima y de paso -déjenme que lo diga: last, but not least- consagraba a Nelson como héroe popular.  Francia, que tan sólo seis semanas después aplastaba a los austrorusos en Austerlitz, lo digirió como un traspiés circunstancial en la lucha por el dominio del continente: "Una tempestad ha hundido unos cuantos navíos tras una batalla imprudentemente entablada", sentenció lacónicamente Napoleón. Pero para España significó la destrucción de su (sobre el papel) poderosa escuadra -el único activo que le confería cierto peso militar en la escena mundial-, el aislamiento de las colonias americanas y la expulsión definitiva del club de las grandes potencias, donde ejercía desde por lo menos un siglo antes como convidado de piedra. Un trago amargo que hubo que digerir convirtiendo Trafalgar en el paradigma de la derrota gloriosa que parece haber sido el sino fatal de las armadas hispánicas, desde la Invencible hasta Cavite.


El "toque Nelson" y su demoledor resultado: el almirante inglés dividió su escuadra en dos columnas y cargó perpendicularmente contra la el centro y la retaguardia aliada, dejando a la vanguardia francespañola literalmente fuera de juego. Una maniobra arriesgada porque durante la aproximación los navíos ingleses qudaban expuestos al fuego enemigo sin posbilidad de réplica, que ya contaba en los manuales de la época. Nelson se atrevió porque era consciente de la inferior capacidad marinera y sobre todo artillera de las tripulaciones francesas y españolas. A la escuadra inglesa la jugada le salió redonda, pero Nelson murió en la cubierta del Victory de un disparo procedente del Redoutable. Fotografías. Museo naval.
La batalla de Trafalgar comenzó a las 12.08 del 22 de octubre de 1805, cuando el Santa Ana, navío español de 112 cañones, abrió fuego sobre el Royal Sovereign (100). Son el segundo y el primer buque, a la izquiera del óleo de Clarkson Stanfield. En primer plano, el Victory de Nelson (100), resiste el ataque del Redoutable francés (74), que consciente de su inferioridad artillera, pretendía abordarlo. No lo consiguió porque el apoyo del Temeraire (98) permitió someter al buque francés. Pero fue precisamente del Redoutable del donde procedió el disparo que a las 13.30 hirió mortalmente a Nelson: son las tres naves del centro de la escena. A continuación del Victory, el Bucentaure francés (80), nave capitana de Villeneuve que fue capturada y posteriormente se hundió. A las 16.30, Gravina, a bordo del Príncipe de Asturias, ordena la retirada de lo que queda de la Combinada: lo siguieron tan solo once de los 33 navíos que horas antes formaban la flota francoespañola.

El balance de Trafalgar -"Una tempestad ha hunido unos cuantos navíos tras una batalla imprudentemente entablada", según Napoleón"- arroja las sigiuentes cifras: 4.400 muertos y 2.550 heridos por parte aliada, frente a los 450 y 1.250 del lado ingles. Por lo que respecta a las flotas, el resultado es todavía más abrumador:la escuadra española perdió diez navíos, incluido el Santísima Trinidad; la francesa, ocho, incluido el Bucentaure, la nave capitana de la flota combinada; la flota inglesa, por su parte, regresó íntegra a puerto. La mayor parte de los buques, a trancas y barrancas; pero no se perdió ni uno. Fotografía: Museo Naval.


Puede que cupiesen tres interpretaciones de sus consecuencias, pero batalla de Trafalgar sólo hubo una: la que el 21 de octubre de 1805 libraron ante el cabo de este nombre en la costa atlántica de Cádiz les escuadras inglesa -27 navíos de línea, comandados por el vicealmirante Nelson- y la francoespañola -con 33 navíos, al mando del también vicealmirante Pierre Charles de Villeneuve. Conocemos el desenlace, pero, ¿cómo se llegó a tamaño desastre? El historiador militar Hugo O'Donnell, autor de La campaña de Trafalgar, evoca los difíciles equilibrios de la diplomacia española para satisfacer las cláusulas de la peligrosísima alianza con la Francia Napoléonica, que exigía el pago de subsidios millonarios a cambio de no exigir la aplicación del Tratado de San Ildefonso, que estipulaba que en caso de guerra con Inglaterra, España debía entrar en liza al lado de Francia. Con la mala suerte de que el conflicto anglofrancés se había reactivadoen 1803 con la ruptura de la paz de Amiens: "Como enemigo, Francia era incluso más temible que Inglaterra, y el incumplimiento de las humillantes cláusulas de la alianza hubiera sido la coartada perfecta que Napoleón esperaba para invadir España. El mismo emperador lo había advertido abiertamente, así que en realidad a España no le quedaba alternativa".
La chispa que encendió la entrada en liza de España fue la captura en octubre de 1804 y por parte inglesa de unas fragatas procedentes de América, lo que suponía una flagrante violación de la precaria neutralidad española. Un agravio tal que ni el contemporizador Godoy pudo pasar por alto: en diciembre España declaraba la guerra a Inglaterra y ponía lo que quedaba de su escuadra en manos de Napoleón. La sentencia de muerte del imperio estaba dictada: "La jugada de Godoy era que al sacrificar la flota a los designios franceses, Napoleón se diera por satisfecho", especula O'Donnell. Lo cierto es que Napoleón necesitaba a la escuadra española para ejecutar la soñada invasión de la pérfida Albión. Una operación que antes de Trafalgar llegó a parecer factible: 150.000 hombres y 2.000 buques de transporte se concentraban en Bayona y cercanías preparados para cruzar el Canal. Pero para lanzar la invasión antes había que alejar de la Mancha a la flota inglesa del Canal -la Channel Fleet- y aprovechar ese intervalo precioso para transportar a la otra orilla a la fuerza expedicionaria. Descartado el enfrentamiento abierto, era la única opción francesa, y para conseguirlo Napoleón ingenió un audaz plan: reunir las dos flotas aliadas  -la Combinada- y proyectarlas al Caribe como señuelo para Nelson, y una vez expedito el camino, regresar rápidamente a aguas europeas para garantizar una momentánea superioridad francoespañola en el Canal. El plan se torció cuando, de regreso de las Antillas, Villenueve se dio de bruces con la escuadra de Calder, qué mala suerte: el combate, que tuvo lugar frente a Finisterre el 22 de julio de 1805, se saldó con tablas, pero obligado por la escasez de vitualla y de pertrechos, el comandante francés ordenó poner proa a Cádiz en lugar de dirigirse hacia la base de Brest, tal como estaba estipulado. Por este motivo O'Donnell considera que fue Finisterre, y no Trafalgar, la batalla decisiva que obligó a Napoleón a renunciar a su sueño inglés.
El 20 de agosto, la flota Combinada se refugiaba pues en Cádiz y Nelson retomaba el bloqueo: "Esta inactividad aparentemente humillante era sin embargo la mejor opción para los intereses españoles, porque evitaba el combate y mantenía a la flota inglesa ocupada con el bloqueo, aliviando la presión sobre el comercio americano". Hasta Villeneuve comprendió la inoportunidad de obedecer a Napoléon, que ordenaba combatir a la mínima ocasión "para salvar el honor de las águilas francesas", y el 8 de octubre suspendió la orden de hacerse a la mar. Pero las circunstancias se confabularon contra los intereses aliados: el 18 de octubre llegaron informes de que seis navíos habían abandonado el bloqueo en dirección a Gibraltar, cosa que ponía a la flota de Nelson en clara desventaja numérica; paralelamente, se supo que el almirante Rosily había llegado a Madrid, camino de Cádiz, para substituir a Villeneuve, "quien se veía ahora postergado y encima por un personaje tan dudoso como Rosily, que hacía una década que no navegaba". Así que olvidando la prudencia con que se había manejado hasta entonces, el vicelamirante decidió jugárselo todo a una carta suicida y ordenó la salida de la flota para reivindicarse ante el emperador.
La última gran batalla de la historia de la navegación a vela se saldó con una escabechina: los españoles sufrieron un millar de muertos y más de 1.400 heridos; a los franceses todavía les fue peor (3.400 y 1.150); los ingleses, en cambio, salieron del encuentro relativamente bien parados (450 muertos y 1.250 heridos). Eso sí, entre sus bajas mortales hubieron de contar a Nelson. El balance todavía fue más demoledor por lo que respecta a las flotas: la escuadra española perdió diez navíos, entre hundidos y capturados -incluido el Santísima Trinidad, el mayor buque de guerra de la época; la francesa, ocho, incluido el Bucentaure, la nave capitana de Villeneuve, mientras que todos los navíos ingleses, absolutamente todos, regresaron a puerto. La mayoría, eso también, tan tocados que tardaron meses en volver al servicio o tuvieron que ser jubilados prematuramente, como fue el caso del Victory. En fin, que España desapareció ese 21 de octubre de 1805 del mapa de las potencias marítimas, papel que había ejercido durante los últimos tres siglos; y Londres bautizó con el nombre de Trafalgar su plaza más emblemática.

Del "Nelson Touch" a la "Band of Brothers"
La táctica inglesa en Trafalgar consistió en atacar la reglamentaria línea de combate enemiga -los 33 navíos de la Combinada se extendían por un arco de siete kilómetros- dividiendo la escuadra propia en dos columnas que cortaron perpendicularmente el centro y la retaguardia aliada. La vanguardia quedó aislada y apartada del centro del combate y los ingleses obtuvieron una momentánea pero decisiva superioridad numérica donde se jugaba el destino de la batalla. Por no hablar de su superior y no menos decisiva eficacia artillera. Pero el Nelson Touch, como se bautizó a esta heterodoxa táctica, no era estricta novedad: "Constaba en todos los manuales de táctica", recuerda O'Donnell, "y era extremadamente arriesgada porque durante la aproximación a la línea enemiga, los navíos ingleses quedaban expuestos al fuego contrario sin posibilidad de réplica. Nelson se atrevió a llevarlo a la práctica no por una audacia temeraria, sino porque era conocedor de las pocas condiciones marineras de las tripulaciones aliadas, que dejaron en la línea de combate huecos enormes por donde se deslizaron los ingleses". Además del Toque Nelson, O'Donnell se refiere al espíritu de compañerismo que reinaba entre los capitanes ingleses, la Band of Brothers de las crónicas coetáneas, a los que dejaba toda la iniciativa una vez entablado en combate. La devoción por el comandante se transmitió a las tripulaciones, que vibraron -y no es extraño- con el último mensaje de Nelson antes de la batalla: "England expects that every man will do his duty". Sólo hace falta recordar la escena de Master & Commander en que Jack Aubrey rememora su participación en la batalla del Nilo, al lado del almirante, para entender la confianza ciega que despertaba entre sus hombres.

Dramatis Personae (y dos buques)

Nelson: el héroe inglés. Vencedor de San Vicente, Copenague, Aboukir y el Nilo, y comandante de la flota del Mediterráneo desde 1803, Horatio Nelson (Norfolk, 1758) había perdido en combate un brazo y un ojo, y ya era considerado un héroe nacional antes de morir en Trafalgar, a bordo del Victory. Y eso que su vida íntima -casado con Frances Nisbet y amante de Emma Hamilton, lady Hamilton, la esposa del embajador inglés en Nápoles- le costó la enemistad manifiesta del Almirantazgo.

Villeneuve: el villano francés. El malo de Trafalgar. O'Donnell lo culpa de la decisión de abandonar la seguridad que ofrecía el puerto de Cádiz y salir a combatir a la superior escuadra inglesa, pero considera que la formación en línea que planteó -pésimamente resuelta, eso sí- era la única viable. Pierre Charles Villeneuve (Valensoles, 1763) cayó prisionero para mayor humillación a bordo del Bucentaure, su nave capitana. Liberado en 1806, se suicidó en Rennes para no tener que rendir cuentas ante el emperador.

Gravina: el mártir español. Era, según O'Donnell, el más dotado de la brillante generación de marineros ilustrados españoles desaparecidos en Trafalgar, con Churruca, Alcalá Galiano, Valdés y Escaño. En Trafalgar ejerció como almirante de la flota española y como segundo al mando tras Villeneuve. Italiano de nacimiento (Palermo, 1756), Gravina murió en enero de 1806 a consecuencia de las heridas que sufrió a bordo del Príncipe de Asturias.

El rey del mar. El Santísima Trinidad, con cuatro puentes y 136 cañones, era el mayor buque de guerra de su época. En Trafalgar muerieron 205 de sus 1.071 tripulantes, fue capturado y al día siguiente de la batalla se hundió a consecuencia del temporal. Más suerte tuvo el Montañés, navío de 80 cañones conde embarcaron los 108 soldados del batallón de voluntarios de Cataluña: después de combatir al Bellerophon -¡pero que nombres estupendos tenían los buques ingleses!- quedó en un golpe de suerte a sotavento y por lo tanto al margen de la batalla. Sufrió tan solo 20 bajas y fue unos de los once navíos aliados que regresaron a Cádiz.

El Victory, museo flotante. Era la nave capitana de Nelson desde que en 1803 se había hecho cargo de la flota de Mediterráneo Construido en 1765, tenía tres puentes y 100 cañones. En Trafalgar embarcaba una tripulación de 734 hombres. Remolcado a Gibraltar tras la batalla -donde fallecieron 57 hombres de su dotación- pudo ser reparado y hasta 1812 sirvió en la flota del Báltico. Desde 1824 está anclado en Portsmouth, la histórica base naval británica, primero como nave capitana del puerto y desde 1922 como museo flotante. Estupenda web en www.hms-victory.com.

[Este artículo se publicó el 21 de octubre de 2005 en el semanario Presència]


sábado, 5 de julio de 2014

Cuando Andorra regateó a Napoleón

Se cumple el segundo centenario del decreto napoleónico que restableció la soberanía francesa sobre Andorra.

Hace 200 años, el 27 de marzo de 1806, Napoleón Bonaparte firmaba en el palacio de las Tullerías de París el decreto imperial que restablecía la (co)soberanía francesa sobre Andorra y que le permitía añadir el de Copríncipe a su larga colección de títulos, comenzando por el de Emperador de los franceses, desde 1804, y rey de Italia, desde 1805. No era fruto de una brillante campaña militar, ni de una astuta encerrona del estilo del pacto de Bayona, que como es sabido comportó la abdicación de los Borbones españoles en favor de su hermano José I. Ni mucho menos. La firma de Napoleón al pie del decreto imperial fue un gol en toda regla que la (ejem) diplomacia andorrana metió por la escuadra del monarca más pdroso del momento, según la entusiasta interpretación que acompaña la exhibición -por primera vez en público- de la copia andorrana del documento, que con motivo del bicentenario se puede visitar en la Casa d'Areny-Plandolit de Ordino.

Napoleón en su estudio de las Tullerías, óleo pintado en 1812 por Jacques-Louis David por encargo del duque de Hamilton que desde 1954 se conserva en la Washington National Gallery of Art. Quizás fue en este lugar donde el emperador firmó el decreto por el que restablecía la qüèstia y por lo tanto la cosoberanía sobre Andorra, suspendida en 1793. Fotografía: Washington National Gallery of Art. 

Fotografía inédita del Armario de las Seis Llaves en 1936, que distribuyó la agencia Wide World Photo; en este mueble que todavía existe en un rincón de la sala noble del antiguo Consell General, en la Casa de la Vall de Andorra la Vella, se conservaron hasta 1993 -fecha en que fueron depositados en el Archivo Nacional- los principales documentos generados por el Consell General, el órgano legislativo andorrano. Entre ellos, la copia del decreto imperial que restablecía la qüèstia. En 1976, con la segregación de Escaldes y la creación de la séptima parroquia, se le añadió una séptima llave, una por parroquia: para abrir el armario, se debían introducir las siete llaves simultáneamente. Fotografía: Wide World Photo / Fondo Marc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra.

Aquel 27 de marzo de 1806 hacía más de seis años que se jugaba el partido: exactamente, desde que en 1801 el Consell General -el órgano máximo de la administración andorrana- había comisionado a dos de sus miembros para solicitar a Bonaparte el retorno a la situación anterior a 1793, cuando en plena resaca revolucionaria al tesorero del Arieja le dio un ataque de ortodoxia y se negó a recibir les 935 libras en que el historiador Antoni Morell cifra el tributo -la qüèstia, de reminiscencias feudales y por lo tanto contrarrevolucionarias- que históricamente satisfacía Andorra al copríncipe francés. El honorable pero insidioso gesto del tesorero -¿quién le mandaba hacerle ese favor a los andorranos?- comportó la suspensión de hecho de la cosoberanía que desde 1278 -con el Segundo Pareatge- ejercían el obispo de Urgel y el rey de Francia -heredero del conde de Foix, que es quien firmó el documento. No es que los andorranos sintieran una especial devoción por el emperador, sino que el mutis francés ponía en peligro el equilibrio de poderes entre España y Francia preconizado por Fiter i Rossell en el Manual Digest como una de las claves de la independencia del país. Y sobre todo, y esto era mucho peor, finiquitaba el peculiar régimen aduanero que -ya entonces- se encontraba en la base de la precaria  prosperidad andorrana: "La Revolución no había tenido consecuencias en la vida política de Andorra porque incluso en tiempos de la monarquía absoluta la intervención francesa se limitaba al nombramiento del veguer. Pero sí tocó los bolsillos de los ciudadanos: como súbditos que según este alambicado régimen de Coprincipado se consideraban del rey de Francia, podían importar libremente del país vecino alimentos y otras mercancías con las que mercadear luego por España. Un privilegio similar por el lado español les permitía exportar productos andorranos Pirineos abajo. Así que se había instituido desde tiempos remotos un singular circuito comercial transpirenaico: sobre todo, mulas y animales de tiro, que los andorranos compraban en Francia, engordaban en el Principado y revendían en España haciéndolos pasar por propios", cuenta el también historiador David Mas.
La Revolución había acabado con este interesante statu quo -interesante para los andorranos, claro. Seis años tardó a burocracia imperial en resolver la insólita petición andorrana: no parece una exhibición de influencia diplomática, precisamente. ¿Cabe hablar en estas circunstancias de gol andorrano? ¿Ni siquiera de dribling? "Era necesaria una cierta habilidad para que un asunto que afectaba a la remota, insignificante Andorra llegara siquiera a los oídos del emperador. Y también hay que tener en cuenta la coyuntura: Napoleón estaba en el momento de máximo apogeo. Con el Coprincipado se investía de uno de los títulos -y del aura que lo acompaña- que habían ceñido los monarcas franceses, un gesto que también podía tener algo de vanidad personal. Por otra parte, Bonaparte se aseguraba el control de un paso fronterizo que podía ser decisivo en el caso de una hipotética invasión de España". O no tan hipotética, si tenemos en cuenta cómo transcurrió posteriormente la historia. En cualquier caso, ya fuera por la pericia de los negociadores, por el contexto internacional o por la vanidad del emperador, lo cierto es que Andorra recuperó en 1806 la cosoberanía, y de paso los privilegios comerciales. Y que tanto la una como los otros los ha sabido conservar hasta el día de hoy. Y para esto sí que es necesaria una indiscutible habilidad.

¿Y si no hubiera firmado?
La situación políticamente inédita (y dudosa) en que quedó Andorra entre 1793 y 1806, cuando Napoleón ordena aceptar el tributo andorrano y el nombramiento del veguer, y restablecer con este simple gesto la cosoberanía, permite especular con lo que hubiera podido ocurrir si el emperador no hubiera firmado el dichoso papel. O si la petición, más bien súplica andorra -qué extraño, debió de pensar el corso, que vengan a casa a decirme que no quieren ser independientes, que prefieren tener como soberano a alguien como yo- no hubiera llegado a sus altas manos. ¿Habría continuado Andorra bajo la soberanía ahora única del obispo de Urgel? O más probablemente habría terminado absorbida por uno u otro de sus ambiciosos, insaciables  vecinos? En este último caso, ¿por cuál? ¿Por la poderosa Francia, que con Napoleón ya había previsto la anexión de la Cataluña español? ¿O quizás por España, hacia donde basculaba de forma natural la influencia del obispo, y que también había trazado una serie de planes más o menos quiméricos para ocupar el Principado, uno a cargo de Francisco de Zamora, a finales del XVIII, y otro algo más tardío, obra de Bonifacio Ulrich y fechado hacia 1840? Mas lo tiene claro: "La cosoberanía ha sido históricamente la garantía de nuestra independencia. Con el obispo como copríncipe único, calculo que a mediados del siglo XIX, tras la Desamortización de Mendizábal y en el contexto de las guerras carlistas, España hubiera intentado zamparse a Andorra. Otra cosa es si Francia lo hubiera permitido. Aunque también cabe imaginar una especia de transacción entre ambas. Por ejemplo, que Andorra pasara a manos españolas a cambio de la cesión a Francia del enclave de Llívia. O el mismo tejemaneje pero con el Valle de Arán como moneda de cambio. Lo que me parece de todo punto inimaginable es que Andorra hubiese sobrevivido hasta el día de hoy como estado independiente". En cualquier caso, la historia parece haberle dado la razón a Fiter i Rossell, que aviesamente recomienda en el Manual: "En temps de guerra entre Espanya i França, no demostrar parcialitat per una Corona en contra de l'altra, sinó conserva la neutralitat" (máxima 37). Y también: "Per ningun motiu redimir-se de la quèstia i drets que les Valls paguen als coprínceps, ni tampoc procurar altra Justícia que la que han tingut fins al present" (máxima 48).

El armario de las sorpresas
El decreto imperial que hasta el 27 de abril se expone en la Casa d'Areny-Plandolit procede el fondo documental conservado en el llamado Arxiu de les Set Claus (Archivo de las Siete Llaves), así denominado porque se custodiaba en el Armari de les Set Claus (Armario de las Siete Llaves: una por parroquia, o que es como se llaman los municipios por aquí arriba) que por lo menos desde 1580 servía de archivo para la documentación que generaba el Consell General, el máximo órgano político y administrativo del país: actas, sentencias, privilegios, cuentas, ordenaciones, resoluciones, correspondencia con copríncipes y veguers, e incluso una escogida biblioteca con títulos como la copia manuscrita del Manual Digest (1748), el Politar andorrà (1763) y la Lleuda de Cerdanya (1493). Pero la estrella del Arxiu de les Set Claus és el Pareatge de 1278, firmado por el obispo de Urgel, Pere d'Urg, y Roger Bernat III, conde de Foix y vizconde de Castellbò, un documento que constituye el acta de nacimiento del Coprincipado. Interesante es también el Codex miscel·lani, un conjunto heterogéneo de textos fechado entre los siglos XII y XVI, entre los que destaca un largo fragmento en catalán del Tristany i Isolda que el romanista suizo Enric Ros sospecha que podría tratarse de la versión madre -procedente, eso sí, del original francés, hoy perdido- de uno de los títulos fundacionales de la literatura occidental. Vamos, que según el bueno de Ros los Tristanes que pululan por el mundo son (quizás) traducciones y versiones del andorrano... En total, el Arxiu de les Set Claus conserva 5.525 documentos en papel y 190 pergaminos, el más antiguo de los cuales data de 1176, que no está nada mal. Faltan, eso sí, las actas del Consejo entre 1681 y mediados del XIII. Un lamentable vacío que ha impedido seguir, por ejemplo, la peripecia de la comisión encargada de negociar el regreso de la cosoberanía. O la génesis del Manual Digest, el gran tratado político e institucional del país. Añadamos para finalizar que el Armari de les Set Claus lo fue originalmente de solo seis: la séptima llave hiubo que añadirla un cerrajero en 1978, cuando Escaldes -hasta entonces un quart o barrio de la capital, Andorra la Vella- se convirtió en la séptima parroquia del país. Los fondos del Arxiu de les Set Claus se microfilmaron en 1983 y se pueden consultar en el Archivo Nacional.

[Este artículo se publicó el 14 de abril de 2006 en el semanario Presència]