Incursiones relámpago, estilo Sturmtruppen, en episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y las dos postguerras, con ocasionales singladuras a alta mar, a ultramar y si conviene incluso más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

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miércoles, 2 de abril de 2014

Dos pasadores salen del armario

Sala Rose y Garcia-Planas rescatan en El marqués y la esvástica la carrera de Paul Barberan y Manuel Huet, secundarios de lujo en el infausto periplo de González Ruano en el París de la Ocupación.

Lo mencionábamos aquí mismo hace cosa de un par de semanas y con motivo de la publicación de El marqués y la esvástica, el tocho con que la germanista Rosa Sala Rose y el reportero Plàcid Garcia-Planas destripan el infame papel del escritor César González Ruano en el tráfico de fugitivos a través de los Pirineos en el París de la II Guerra Mundial. Y probablemente no lo hayan olvidado porque Paul Barberan ingenió un sistema en verdad singular para pasar a sus clientes desde el lado francés hasta Andorra -y de aquí, a Barcelona. Singular, audaz -por no decir temerario- y de rara eficacia, porque nuestro protagonista de hoy sostiene que no perdió ni uno solo de sus clientes. Pero juzgue el lector: ciudadano francés criado en Andorra, contrabandista notorio -dicen los autores- y con cuartel general por aquí arriba durante los años álgidos de la Ocupación nazi, Barberan instaba a los hombres que tenía que conducir a través de la frontera a disfrazarse como si fueran porteadores, con el fardo a la espalda y todo. Un fardo que podía contener las escasas pertenencias que los fugitivos habían podido salvar del desastre o que, para aprovechar el trayecto, llenaba con la mercancía con la que contrabandeaba arriba y abajo -botones de nácar, aneto lsintético para fabricar pastís, neumáticos, licor y cigarrillos. Si disfrazar a sus fugitivos de contrabandistas ya era un expediente de los más intrépido, qué decir de la manera como se aseguraba la aquiescencia de las patrullas alemanas que pululabanpor la forntera: ¡enrolándolos también a ellos como porteadores!

Un grupo de porteadores fotografiado en los años 40 en el puerto de Envalira por Josep Alsina. Fotografía: Fondo Alsina / Archivo Nacional de Andorra.
Los Nanos d'Eroles, con Dionisio en medio, en una imagen de sus días de vino y rosas publicada en noviembre de 1936. ¿Se encuentra Huet entre ellos? Fotografía: Mi Revista.

Obviamente, a los judíos que habían confiado en Barberan la visión de los soldados convertidos en improvisados compañeros de evasión les debía parecer cualquier cosa menos tranquilizadora: "El momento en que les decía que iban a ser escoltados por una guardia alemana siempre iba acompañado de reacciones que podían llegar hasta el desmayo. Entonces restablecía la situación por diversos medios, incluidos la firmeza y el coñac. Los soldados, armados y con el fardo a la espalda, saludaban ruidosamente a los porteadores, que respondían con una sonrisa crispada que se podía atribuir al rudo temperamento catalán..." Esto es lo que explica Barberan en unas suculentas memorias -Le passe-débout (1979)- hoy inencontrables y que por aquí arriba han pasado absolutamente desapercibidas, pero que Sala Rose y Garcia-Planas han desenterrado oportunamente del cementerio de los libros olvidados y que citan profusamente en El marqués y la esvástica. Le consagran un capítulo entero, El contrabandista feliz, una docena de páginas de las que emerge un tipo simpaticote, decidido y de una pieza, del estilo -para entendernos- de Joaquim Baldrich, pero "pícaro y mujeriego" -dicen- y que se enorgullecía de su oficio: "Mi único país era el que atravesaban los caminos del contrabando; mi única ley, el fraude; mi única moral, la amistad". Audaz como pocos, para ahorrarse problemas con los aduaneros franceses del Pas de la Casa, cuando conducía un convoy de camiones con género de contrabando ponía a sus amigos alemanes como chóferes: "Los aduaneros callaban y ni tan solo se tomaban la molestia de salir de la garita..."

La estratagema de disfrazar a los fugitivos de porteadores era inviable -por motivos obvios- con niños, mujeres y ancianos. No colaba. Pero Barberan era hombre de recursos: los cargaba en automóviles y los conducía hasta cierta curva de la N-20, la carretera del lado francés que une Ospitalet con el Pas de la Casa, y desde aquí los llevaba a pie hasta territorio andorrano. Una curva, por cierto, que en el libro de Sala Rose y Garcia-Planas tiene un inopinado protagonismo: los autores especulan que era precisamente en este punto, a siete kilómetros de la aduana pero a escasos 200 metros en línea recta del río Palomera -frontera natural entre Francia y Andorra- donde los traficantes de hombres obligaban a sus fugitivos a bajar de los camiones en que los habían transportado hasta allí y los ametrallaban sin contemplaciones: una de las tesis de El marqués y la esvástica y sucio episodio en que intentan involucrar a González Ruano. Sin conseguirlo, porque por lo visto el autor de Mi medio siglo se confiesa a medias era sólo un vil estafador, pero no un asesino ni que fuese por delegación.

Amigote de los alemanes (pero no de la Gestapo)
Como la humildad no era precisamente su mayor virtud, Barberan alardea en Le passe-débout de que él, a diferencia de otros pasadores "con muy mala suerte" -dice- no perdió ni a uno solo de sus fugitivos, a quienes por otra parte asegura que jamás cobró un duro por sus servicios. Otra cosa eran los colegas del lado español que los tenían que conducir hasta Barcelona, que "no trabajaban gratis". Y pasa disertar sobre el sistema de precios vigente en el mercadeo de fugitivos: "Había fugitivos que podían pagar generosamente, disponían de un considerable viático en divisas, oro o piedras preciosas (..) y se ofrecían a compartir esos tesoros con nostros; otros en cambio eran unos colgados e insolventes, y los había también que discutían por cada céntimo, como si de ese asunto no dependiera su vida; así que había que adaptar la tarifa a cada cliente", dice de forma pelín contradictoria -¿no habíamos quedado que él no cobraba?- y con ciertas dosis de cinismo que remata con la afirmación de que "se lllegaba a hacer pagar en función de la simpatía que se sentía por los individuos". Así que mejor caerles en gracia, a Barberan y a su tropa de generosos pasadores...

Estaba claro que aquel juego a dos bandas -fugitivos por aquí; alemanes por allá- era tan temerario que no podía terminar bien: por un lado, las estrechas relaciones con los ocupantes generaron lógicas suspicacias, especialmente -dicen Sala Rose y Garcia-Planas- la amistad "íntima" que lo unía a Germain Soulié, el secretario de la veguería francesa -y sustituto de Larrieu, ya ven cómo cuadran las cosas- individuo de reputación dudosa y conocido por sus onerosos tratos con los alemanes: "Los recibía en casa", admite Barberan, "pero esto no me convertía en sospechoso a los ojos de mis compatriotas: era sabido quemis relaciones con el ocupante se terminaban ante las puertas de la Gestapo".

Así que no es de extrañar que el 11 de abril de 1944 fuese capturado por la misma Gestapo en Ospitalet, acusado de "corrupción del personal militar del III Reich". Lo que más sorprendió a sus coetáneos -y también a nosotros, digámoslo todo- es que lo soltaran tranquilamente al cabo de dos días. Sobre todo, si tenemos en cuenta que a dos de sus cómplices alemanes los fusilaron sin contemplaciones -y que Puigdellívol, metido también en el tráfico clandestino de fugitivos y que fue  capturado poco despupés por la Gestapo- se pasó un año largo en Buchenwald. Barberan alega que a los ojos de la policía secreta nazi era un vulgar contrabandista sin compromisos políticos conocidos y que la gendarmería intervino a su favor... Los autores sospechan que tantos miramientos sólo se explican si Barberan delató a cambio a alguno de sus rivales en el ramo del contrabando... como quizás Puigdellívol. Quizás. La cuestión es que por si acaso nuestro hombre se refugió a su vez en España y que no regresó a Andorra hasta principios de 1946, ya sin alemanes en la costa.

El otro protagonista de hoy es Manuel Huet Piera, que es quien aporta en El marqués y la esvástica la pista que seguirán Sala Rose y Garcia-Planas para sdesenmascarar a González Ruano, que en el París de la Ocupación se dedicó -demuestran los autores- a timar a fugitivos a cambio de falsas promesas de evasión. Hasta el punto que los tribunales franceses de postguerra lo condenaron a 20 años de trabajos forzados -que por cierto, no cumplió. Pero regresemos con Huet, enrolado en el maquis de Robert Terres, alias El Padre, y que es el hombre que recoge malherido al judío Rosenthal, ametrallado por sus falsos pasadores con todos sus compañeros de evasión de camino hacia Andorra. Huet es también el hombre que acomaña al mismo Rosentahl a París para identificar al tipo que le vendió el billete para tan funesto viaje: y resultó que este individuo era González Ruano.

Esta historia la contamos días atrás aquí mismo. Si la retomamos hoy es porque los autores de El marqués y la esvástica también reconstruyen sucintamente la trayectoria de nuestro Huet, nacido en Valencia en 1908 y fallecido en 1984, y que en 1946 se había establecido -y mira que hay sitios- en Andorra. Conocemos su papel como pasador de la red Ponzán y como maquis a las órdenes de Terres, pero es que la (digamos) prehistoria de Huet es tan movida como la de la guerra mundial. Resulta que el hombre, mecánico de profesión, fue uno de los protagonistas -dicen los autores- del primer vuelo nocturno sobre Barcelona, que tuvo lugar en 1929 y en pena Exposición Universal. Militante anarquista de primera hora, en los primeros años 30 participó en los grupos de acción directa de la FAI, honrada actividad que se traducía, por ejemplo, en el atraco frustrado a un furgón blindado por el que fue detenido por la policía en julio de 1935. Lo encontrarán en la hemeroteca de La Vanguardia.

Con estos antecedentes tampoco es extraño -o bien mirado, y tanto que lo es: Huet, un presunto atracador, formando parte del servicio de orden!- que durante la Guerra Civil lo encontremos enrolado en los temibles Nanos d'Eroles, los hombres que bajo la dirección de Dionisio Eroles, el jefe del Orden Público de la Generalitat entre octubre de 1936 y mayo de 1937, impusieron la ley revolucionaria en la retaguardia catalana. A sangre y fuego y con los consabidos viajes. Su posterior trayectoria bélica, a partir que Eroles cae en desgracia, es algo confusa: algunas fuentes amigas lo sitúan como piloto de la fuerza aérea republicana y aseguran que, con la Retirada, sigue el periplo habitual de los exiliados españoles en Francia: Perpiñán, Burdeos, París, Beziers...

Después de la contienda y antes de instalarse definitivamente en Andorra -donde aseguran Sala Rose y Garcia-Planas que en los años 50 departía amigablemente con Terres y con Pons Prades, el autor de Los senderos de la libertad y quien aporta la pista que conduce de Rosenthal a González Ruano- todavía tuvo tiempo de un último gesto de cara a la galería: el atraco a una sucursal del Crédit Lyionnais: por lo que parece, su célula pretendía adqurir con el botín una avioneta con la que bombardear ni más ni menos que el yate de Franco anclado en San Sebastián... Un atentado fallido, como es notorio ,pero que eleva a Huet al rango que entre nosotros ocupa mosén Farrás, el otro andorrano honorífico que tuvo narices de atentar contra Franco. A favor de Farràs diremos que el buen mosén se sale con la suya y liquida al dictador. Que sea en la ficción de Els ambaixadors, la novela de Albert Villaró, es un detalle menor que no le vamos a tener en cuenta. Nadie es perfecto.

[Este artículo se publicó el 1 de abril de 2014 en El Periòdic d'Andorra]

viernes, 7 de marzo de 2014

Auge y caída del secretario Soulié

Un revelador (y demoledor) informe conservado en los archivos departamentales de los Pirineos Orientales retrata la trayectoria del secretario del veguer francés entre 1943 y 1946.

Se llamaba Germain Soulié y entre junio de 1943 y 1946 ejerció como secretario de la vegueria en Andorra. El segundo de a bordo en la representación del copríncipe francés: ¡Pétain! Una posición  privilegiada que aprovechó para hacer amistades más o menos peligrosas -especialmente, entre los agentes de la Gestapo destacados en nuestro rincón de Pirineo y, ay, también entre los contrabandistas locales- y gestionarse de paso lucrativos negocios. Primero, bajo la vigilancia de los alemanes, que desde 1942 ocupaban toda Francia y que por eso habían plantado orgullosamente la esvástica en la aduana francesa del Pas de la Casa; y desde agosto de 1944, con la Liberación, por cuenta de las autoridades provisionales francesas.

Como se ve, nos encontramos ante un espectacular caso de camaleonismo y de supervivencia política que no podía terminar bien de ninguna de las maneras, porque debían ser muchos los que se la tenían jurada. De hecho, el 22 de julio de 1947 el prefecto de los Pirineos Orientales ordena al comisario de los Reinseignements Généraux en Perpiñán que prohíba la entrada en Andorra de Soulié y de las personas "que son susceptibles de acompañarlo, como su esposa, hijos y suegros". El prefecto pretende obviamente evitar que se les escabulla un trofeo de caza mayor: sospecha que el exsecretario quiere hacer mutis y abandonar discretamente el escenario. Porque Soulié, el antiguo virrey, el hombre que sobrevivió a dos regímenes y a tres veguers -Lesmartres, Barran y Degrand- y de paso se había sacado unos buenos réditos contrabandeando por aquí y por allá, ha caído finalmente en desgracia: se acerca la hora de rendir cuentas por su actuación durante la Ocupación.


Arriba, carta del prefecto de los Pirineos Orientales fechada el 22 de julio de 1947 en que le comunica a Soulié que sus salvoconductos han caducado, que no se le expedirán documentos nuevos, y que por lo tanto "parece que en estas condiciones deberá renunciar a viajar a Andorra", dice el prefecto con sibilina cortesía; abajo, comunicación con la misma fecha en que ordena al comisario de Perpiñán impedir el acceso de Soulié a Andorra por la aduana del Pas de la Casa. El tono es terminante. Fotografía: Archivo.

Así lo insinúa el expediente consagrado a nuestro hombre que se ha conservado en los archivos departamentales de los Pirineos Orientales, en Perpiñán. Un documento prolijo en detalles y fascinante no sólo porque repasa las sensacionales andanzas andorranas de Soulié durante su movido e intenso secretariado, sino porque ofrece además un suculento retrato del contexto, del ambiente y de los personajes en su mayoría turbios, tirando a oscuros, que pululaban por aquí arriba en aquellos tumultuosos años. Unos años dorados para los oportunistas, los vividores y los espavilados como el mismo Soulié.

El caso es que en junio de 1943 el gobierno de Vichy lo destina a Andorra como secretario de la vegueria. Tampoco es algo sorprendente porque Soulié venía de ejercer como "controlador principal de aduanas" -así se denominaba su cargo- en La Tor de Querol. Nada más llegar se pone manos a la obra para levantar una red de contrabando -lana, pieles, café y... wolframio- con la complicidad de los aduaneros franceses y alemanes del Pas de la Casa -a los que llegan a ofrecer los servicios sexuales de una miembro de la red- y la entusiasta participación de contrabandistas locales cuyos nombres nos ahorraremos por prudencia. Soulié tiene el buen ojo de enrolar a los agentes de la Gestapo destacados en Andorra. Que los hay, como sabemos por Viadiu, por Baldrich, por Molné y por tantos otros. Y es en este punto donde el expediente resulta especialmente revelador porque les pone nombres y apellidos y nos ofrece un sucinto retrato de tales individuos. Aquí tenemos a Marcos von Spaien, holandés con pasaporte español instalado en el hotel Mirador -adonde volveremos enseguida, palabra- y a un tal Bequi, o quizás Vecchi, de quien no se nos concreta si es italiano o croata, pero de quien sabemos que vive en Canillo donde, atención, "compró una mujer por 50.000 pesetas" (sic). El tercero en concordia es un estonio, Hallic, que por lo visto era algo así como el sicario de Vecchi.. Hay un cuarto gestapista. aparentemente francés, que pasa de puntillas por el expediente y de quien tan solo conoceremos el apellido: Trouve.

La Gestapo en Andorra
Spaien -"De quien nadie ignora la nefasta obra que hizo en Andorra durante la Ocupación" (!), dice el dosier de forma inquietante y dejándonos con las ganas de saber algo más de esta "nefasta obra"- tenía en la lista negra al director de Radio Andorra, Etienne Laffont, que por lo que parece se negaba a pagarle al señor secretario la mordida acostumbrada. Incluso instará a la Gestapo para que detengan a Laffont y lo deporten. Sin éxito. Este mismo Spaien será finalmente uno de los que saldrán peor parados de toda esta historia: el 1 de septiembre de 1944, pocas semanas después de la Liberación, un grupo de republicanos españoles lo captura en Escaldes (Andorra) y lo entrega a las nuevas autoridades francesas del Pas de la Casa. Claro que los hay que siempre caen de pie, y este Spaien era uno de ellos: tuvo la santa suerte de que los franceses lo ponen bajo custodia... del hijo mayor de Soulié, oportunamente enrolado en las Fuerzas Francesas del Interior ahora que la guerra había cambiado sin remedio de signo: "Una de aquellas coincidencias que hacían fruncir el ceño a los extranjeros y sonreír a los andorranos", concluye el expediente.

Vecchi, por su parte, conseguirá huir a la España franquista, instalándose en San Sebastián, y Hallic -cuya esposa, porque aquí también cuentan los cotilleos, se nos dice que coqueteaba con tirios y si se terciaba con troyanos bajo su complacida mirada- intenta hacerse perdonar sus pecados colaboracionistas comprometiéndose a tenderle una trampa a Vecchi, su antiguo mentor. Es la hora, en fin, del todo vale, muy lejos de los días de vino, Gestapo y contrabando con que se regalaban estupendamente en el Mirador: alcohol abundante, comilonas opíparas y, atención, señoras que se lo hacían con el primero que se ponía a tiro, alemán, francés o marciano, tal como dice Viadiu en Entre el torb i la Gestapo y contra lo que sostenían tanto Jaume Ros como Joaquim Baldrich, que atribuían estas farras a la imaginación del novelista. Pues el dosier Soulié así lo atestigua.

Pero volvamos con nuestro hombre: ¿qué ha pasado, con el señor secretario, tras el cambio de amo? Pues sobrevivir: es decir, cambiar de chaqueta sin inmutarse y conservar la secretaría, inicialmente con Barran, el primer veguer después de la Liberación, y a partir de mayo de 1945 con Degrand, "hombre honesto pero que a causa de su avanzada edad ya no podía cumplir como era debido las obligaciones del cargo". Con la consecuencia lógica de que Soulié, nominalmente sólo el secretario del veguer, "se convierte en el veguer de facto" y paradójicamente en el hombre clave del momento, a quien solicitan orientación y consejo los agentes enviados a Andorra por los diferentes servicios secretos franceses, incluido el Deuxième Bureau: ¡Soulié, el hombre de quien la venalidad, la embriaguez y las relaciones con los alemanes durante la Ocupación eran conocidas por todos"!, se exclama el redactor con cierto efecto retórico.

O no tanto, porque el hijo de Soulié aparece involucrado en la huida a través de Andorra de un tal Goosham, el jefe de la Gestapo de Foix, según el documento, que el 19 de agosto de 1944 y acompañado por un portugués instalado, ejem, en lo más alto de Andorra "régagne l'Espagne avec des quantités importantes de francs qui'il eut bien voulu échanger contre des pesetas". Por lo que respecta a la "venalidad" del personaje, repetidamente invocada a lo largo de las ocho páginas del informe, Soulié no le hacía ascos a cualquier fuente de ingresos, por humilde que fuese, incluso después de terminada la guerra y con la situación en curso de normalizarse: en fecha tan tardía como el 5 de septiembre de 1946, un camarógrafo francés que filma las instalaciones de la vegueria es testigo de la mordida de 50 pesetas que Soulié júnior, que actúa como secretario de su padre -secretario del secretario (!)- exige bajo mano por cada trámite burocrático que gestiona en las oficinas de la vegueria. Las conclusiones, en fin, no pueden ser más demoledoras: "Soulié pertenece a quien le paga, y por dinero puede traicionar tanto a unos como a otros; aceptó dinero tanto de la Gestapo como de los andorranos y ahora de los norteamericanos. No ha pagado jamás sus aperitivos, pero naturalmente no renuncia a ellos. ¿Hasta cuándo?"

Pues como mucho, hasta el 22 de julio de 1947, cuando las autoridades francesas lo ponen en su punto de mira. Y queda por aclarar un último enigma: ¿cómo y dónde terminó el antiguo colega de los nazis, el secretario que aprovechaba su cargo para lucrarse, el hombre que cambiaba de chaqueta según soplaba el viento y según de dónde venían las oportunidades de un buen pelotazo?

[Ese artículo se publicó el 7 de marzo de 2014 en El Periòdic d'Andorra]