Incursiones relámpago, estilo Sturmtruppen, en episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y las dos postguerras, con ocasionales singladuras a alta mar, a ultramar y si conviene incluso más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

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sábado, 19 de septiembre de 2015

El otro éxodo de la Guerra Civil (2)

El historiador Jordi Rubió publica L'èxode català de 1936, la primera monografía consagrada a los fugitivos que huyeron a través de los Pirineos durante la conflagración.


Guardias franceses a las órdenes del coronel Baulard atienden en Sant Julià de Lòria a un refugiado aparentemente enfermo (arriba); sobre estas líneas, la chenille, ambulancia semioruga -¡como los half track de La Nueve!- que el destacamento sanitario francés utilizaba para rescatar a los fugitivos heridos en la montaña. Fotografías: Archivos departamentales de los Pirineos Orientales. 

Se lamentaba días atrás el historiador Ferran Sánchez Agustí del desinterés académico por los fugitivos de la zona republicana que durante la Guerra Civil se evadieron por los Pirineos, en una especie de ensayo general -pero en sentido inverso- de lo que iba a ocurrir a partir de 1942 con las redes de evasión aliadas. Antes lo hubiéramos dicho, porque precisamente esta semana llega a las librerías L'èxode català de 1936 a través dels Pirineus (Gregal), la primera monografía consagrada a un episodio que hasta ahora solo se había tocado de forma tangencial. El volumen parte de la tesis doctoral del autor, el historiador gerundense Jordi Rubió (Olot, 1983), constituye algo así como la precuela de Las montañas de la libertad, la biblia de Josep Calvet sobre la evasión pirenaica en la II Guerra Mundial, y el complemento ideal a Andorra durant la Guerra Civil espanyola, de nuestra Amparo Soriano. 

Vaya por delante que Rubió presta especial, muy especial atención -y aquí radica la novedad- en los fugitivos de la Cataluña bajo control -más o menos, sobre todo en los primeros meses- de la Generalitat, lo que él mismo denomina "el primer éxodo de la Guerra Civil" y que hay que distinguir -porque no tienen nada que ver- con el éxodo por antonomasia, el republicano de 1939, por otro lado profusamente estudiado. Es decir, añade, militares y políticos catalanes comprometidos con el golpe de estado obligados a huir tras el fracaso del Alzamiento en Cataluña, pero también eclesiásticos -sobre todo en los primeros meses- y después comerciantes y pequeños empresarios, profesionales y propietarios, desertores del ejército republicano e insumisos -hay que tener en cuenta, advierte, que el ejército republicano se nutrió inicialmente de milicianos, y que las quintas no empezaron a ser movilizadas hasta mediados de 1937. Incluso políticos afectos al régimen legítimo y altos cargos de la misma Generalitat. Dicho esto, advierte el autor de la escasa, por no decir nula homogeneidad ideológica de este éxodo, unido tan solo -y como mucho- por "un único componente transversal": las convicciones católicas.Y entre los movimientos más o menos masivos de refugiados registrados en los dos últimos siglos a través de los Pirineos -desde los exiliados de las guerras carlistas hasta las redes de evasión aliadas en la II Guerra Mundial, pasando por el exilio por excelencia, que es el de la España republicana en febrero de 1939, Rubió opina que el más semejante al que nos ocupa es el de los insumisos y desertores franceses de la I Guerra Mundial, otro capítulo prácticamente desconocido del que pronto nos ocuparemos.

Pero pongámosle de una vez cifras: Agustí consideraba recientemente -y a cuenta de la reciente publicación de La Guerra Civil al Montsec- que cerca de 30.000 personas huyeron por los Pirineos de la España republicana; Rubió, por su parte, ha contabilizado 15.000 en los archivos franceses, de los que entre 9.000 y 10.000 con nombre y apellidos. Esta es la cantidad "mínima" de evadidos, dice. "Quizás la podríamos doblar con los que no constan en los archivos, que no son exhaustivos, y si añadiéramos los evadidos que huyeron en tren o por vía marítima, más los de otras zonas de España que pasaron por los Pirineos catalanes, no resultaría exagerado hablar de unos 50.000 fugitivos".

Un éxodo con todas las de la ley en que Andorra jugó -como lo haría en la II Guerra Mundial- "un papel importantísimo", tanto por el volumen de evadidos que huyó por aquí -a finales de agosto de 1936 cuenta 2.000 refugiados, para una población que a duras penas llegaba a las 6.000 almas; en septiembre había un centenar de religiosos, y en abril de 1938, 1.200 hombres en edad militar, entre los 18 y los 45 años- como por la ayuda que les prestó el destacamento a las órdenes del comisario Baulard, con sus tres compañías de guardias móviles -en total, 140 hombres- que llegaron el 27 de septiembre de 1936, a los que hay que añadir los "bomberos" del 28º Génie de Montpellier y una unidad sanitaria al mando del teniente médico Bertrezene que, entre otros cometidos, vacunaba sistemáticamente a los refugiados y les prestaba primeros auxilios muy necesarios, porque los fugitivos podían llegar con los pies destrozados a causa del periplo -cinco noches al raso no eran raras, antes de llegar a Andorra-, especialmente en invierno. Baulard disponía incluso de la chenaille de aquí arriba, una especie de ambulancia todo terreno equipada con orugas para operar en la montaña y rescatar a los fugitivos atrapados en la nieve. Más datos: según un informe del comité de Londres, encargado de controlar las fronteras terrestres y marítimas de España, el mayor flujo de refugiados que pasaban a Francia desde Andorra se registró entre el 24 y el 29 de junio de 1937, con 144 evadidos: de ellos, el 85% opta por ser repatriado por Hendaya e Irún; el resto, por el internamiento en campos de refugiados -casernas abandonadas, escuelas- como el que habilitado en Montauban.

Agentes franquistas: una lista
Más allá de los casos bien conocidos del obispo Guitart -que se refugió en Andorra a finales de julio de 1936- y de san Josemaría -en diciembre del año siguiente- el autor pone como ejemplo paradigmático del fugitivo por tierra andorrana a Josep Gassiot, profesor barcelonés que, dice, se sintió intimidado por la FAI. Con motivo, porque el hombre ya había tenido que largarse el curso anterior a Almería, nada menos, para evitar el acoso anarquista -se incautaron de su casa- y al regresar le faltó tiempo para darse cuenta de que corría peligro: contactó con una red de evasión que, cuenta Rubió, operaba desde el mismo Gobierno Militar de Barcelona -¿quintacolumnistas o vulgares oportunistas?- y abonó por el billete 2.000 pesetas en billetes de serie anteriores a la guerra. El periplo de Gassiot arranca el 20 de octubre de 1937: la primera etapa, en tren hasta Manresa; desde aquí tenía que llegar por sus propios medios hasta Puig-reig, donde le espera el guía, un pasador que aprovechaba la excursión para llevar a Andorra y de contrabando, claro, una saca llena de monedas de plata: "El grupo era recibido al anochecer en masías que tenían un tentempié a punto, incluso una cueva en las proximidades para descansar". El 24 de octubre llegan finalmente a Sant Julià, y Gassiot obtiene a través de los enlaces del gobierno franquista sobre el terreno "una habitación de hotel, alimentos e incluso calzado". Y todo, a cuenta del Alzamiento.

Rubió pone nombre y apellidos a estos elementos que operaban, dice, como "red de reclutamiento" en suelo andorrano, y que expedía a los fugitivos de la zona republicana en autobús, directamente hasta Irún, o bien en tren, caso este en que acompañaban a los evadidos hasta la estación de Hospitalet -la primera localidad francesa tras dejar atrás la frontera andorrana- donde eran empaquetados hacia Hendaya bajo estricta vigilancia -había que evitar la tentación de que los fugitivos prefirieran quedarse en territorio francés como refugiados. Para el coronel Baulard, dice el autor, estos elementos franquistas no eran sino "oragnizaciones humanitarias" que se limitaban a ayudar a los refugiados.

A lo que íbamos: según Rubió, Francesc Carrera es "el principal organizador del espionaje franquista en Andorra", con la ayuda de otras dos figuras prominentes -Santiago Roca y Joan Prat- y una serie de hombres a los que considera "agentes secretos": Camilo Cases, Josep Carrera, Enric Blasi y un tal Gallimó. Pero una de las sorpresas más inquietantes del libro -bueno, sorpresa relativa, porque Estat Catalá siempre actuó en el filo de la navaja- es el papel de este partido -recordemos que nuestro Esteve Albert fue un activísimo militante- tuvo en el negocio de las redes de evasión: según el autor, Estat Catalá organizó un eficaz servicio de evasión que cruzaba Andorra -viniendo de la Vall Farrera, concretamente- "con un objetivo muy claro: recaudar fondos para el partido". Y quienes mantenían esta ruta abierta eran el mismo Albert, Domènec Gironès y Joan Bachs. Un sucio asunto que linda sospechosamente con la pura extorsión. Visto lo cual, casi parece un caso de justicia de poética el hecho que políticos republicanos de una pieza como Josep Coll y Francesc Pelegrí, fundadores del POUM cruzaran por Andorra en enero de 1938, huyendo de posibles represalias. No fueron los primeros: se dice que tras los Fets de Maig de 1937 -con el preludio pirenaico de abril, con el Cojo de Málaga, Viadiu y demás- hasta un centenar de los anarquistas que hasta entonces habían impuesto su ley en la Seo y Puigcerdà se evadieron también por Andorra. Ya se sabe: la revolución, que tiene la mala costumbre de devorar a sus hijos.

L'èxode català de 1936 escudriña también las fuerzas, esencialmente carabineros, encargadas de controlar la frontera, y documenta varios encontronazos con grupos de fugitivos. Sabíamos por Agustí que hubo muertos -recordemos tan solo los cinco hombres que fueron capturados el 5 de marzo de 1938 al pie del Bony dels Tres Culs, entre Civís y Os, y por lo tanto a "palmo y medio de la frontera", y fusilados in situ. Él mismo sostiene que el celo de los carabineros -los llamados 100.000 hijos de Negrín, afectos al PSOE y sospechosos de enchufismo, añade Rubió- tenía un precio, y que, sobre todo cuando ser acercaba el final de la contienda, no era raro que miraran hacia otro lado. Ya en lo primeros de la Guerra Civil, con la zona de frontera controlada todavía por las patrullas anarquistas, da cuenta de la persecución de desertores en territorio andorrano, "dándose el caso de perseguidos que fueron detenidos, incluso abatidos en suelo andorrano por las milicias antifascistas". El historiador Francesc Badia -último veguer episcopal: lo fue hasta la promulgación de la Constitución andorrana, en 1993, y biógrafo del obispo Guitart- recuerda el secuestro a manos de una patrulla anarquista de dos chicas evadidas, perpetrado en septiembre de 1936. Pero la palma se la lleva la frustrada evasión masiva -343 fugitivos- que tuvo lugar a principios de octubre de 1937, que terminó con el grupo tiroteado, dispersado y parcialmente apresado en la misma frontera. Un episodio del que ha quedado rastro en los archivos del ministerio de Exteriores y del que bien pronto daremos noticia.

También merece extensa atención el papel de Francia en la acogida de refugiados: la mano tendida con la que los recibió en los primeros meses de la contienda mutó a partir del otoño de 1937, con el cambio de gobierno, en orden de expulsión, de manera que los evadidos -con la excepción de enfermos, heridos, mujeres, ancianos y niños, y aun así, no de forma automática- se veían en la disyuntiva de continuar el peregrinaje hasta la España nacional, a través de Irún, o regresar al punto de partida, por el paso de Portbou. Obviamente, dice Rubió, el 90% decidió unirse a los sublevados -"Volver les hubiese costado muy probablemente la vida"- aunque hay que añadir que hasta entonces las condiciones en que fueron atendidos no tuvieron nada que ver con lo que al finalizar la guerra se encontrarían los exiliados republicanos. No hubo en este caso un Argelès, un Barcarès ni un Saint Cyprien. En fin, que luz, más luz, se dice que fueron las últimas palabras de Goethe antes de expirar; pues esto es exactamente lo que hace este libro imprescindible: aportar algo de luz, más luz, a un episodio hasta ahora oscuro como una noche sin luna. No se lo pierdan.

[Este artículo es una versión ampliada del publicado el 9 de septiembre de 2015 en el diario Bon Dia Andorra]


viernes, 4 de abril de 2014

Puerto de Envalira, invierno del 36

Fermí Rubiralta reconstruye en Vida i mort d'un separatista la trayectoria de Miquel Badia, político independentista y excomisario de Orden Público de la Generalitat asesinado en Barcelona hace 75 años.

Ayer se cumplieron 75 años. Miquel Badia (Torregrossa, Lérida, 1906-Barcelona, 1936), antiguo comisario general de Orden Público de la Generalitat, cabeza visible de los comandos paramilitares de Estat Català, veterano de los Fets d'Octubre e independentista de largo recorrido que acababa de regresar a Cataluña después de dos años de exilio, era abatido a tiros en la calle Muntaner de Barcelona -número 38, esquina Diputación: una placa recuerda hoy el episodio- por cuatro pistoleros de la CNT, la principal central anarquista del momento. Faltaban tres meses escasos para que estallara la Guerra Civil, y el sector más radical del separatismo catalán perdía a un hombre de acción que como número 2 de Josep Dencàs en la consejería de Interior de la Generaliat había impuesto el orden -a tortazos, cuando convenía- en la turbulenta Barcelona de 1933 y 1934.

10 de febrero de 1936: Miquel Badia, a la izquierda, departe con Secundino Tomàs, jefe de la policía andorrana, en la actual plaza Benlloch de la capital; atención al campanario de San Esteban, al fondo, antes de la remodelación a la que lo sometió Puig i Cadafalch en 1940: salió de ella con un piso más. Fotografía: Archivo Arnau González i Vilalta.

Badia, hoy figura casi legendaria para cierta izquierda irredenta y que nuestro Jaume Ros -él también militante de Estat Català de primera hora- había retratado cuando nadie se acordaba del personaje en Un defensor oblidat de Catalunya, dispone ya de su primera biografía académica. se titula Vida i mort d'un separatista (Duxelm) y la firma el historiador Fermí Rubiralta. Biografía que tiene, por cierto, una curiosa, poco conocida y finalmente decisiva deriva andorrana: porque Badia, exiliado desde los Fets d'Octubre -de 1934: ya saben, cuando Companys salió al balcón de la Generalitat para proclamar por su cuenta y riesgo y saltándose la legalidad republicana el Estat Català- y que había sido todopoderoso comisario general de la Generalitat, apareció el 19 de enero de 1936 en el refugio del puerto de Envalira.

Hasta el 13 de febrero de aquel mismo año, cuando se le pierde definitivamente la pista andorrana, fue una de las vedettes de la vida social, política y también policial del momento: el batlle episcopal primero -Antoni Tomàs, en la época- y el secretario del veguer francés, después -Paul Larrieu, que últimamente nos aparece en todas partes- sometieron a aquel incómodo huésped a sendos interrogatorios que el historiador Arnau González i Vilalta -a quien Rubiralta sigue en este punto- rescató de las profundidades abisales del archivo de la veguería francesa en Nantes. Sostiene Rubiralta que la aventura andorrana de Badia constituye la última etapa del exilio que había estrenado dos años atrás y que lo había llevado a Francia, Colombia, México, Alemania y Bélgica. Se trataba de estar lo más cerca posible de Cataluña para cuando se consumara el esperado triunfo de las izquierdas en las municipales de febrero de 1936. Unas elecciones que, esperaba, le abrirían las puertas del regreso: él era el hombre destinado a reorganizar a las juventudes de Estat Català descabezadas tras los Fets d'Octubre. Pero no tuvo tiempo: los pistoleros de la CNT, con un tal Justo Bueno como jefecillo del comando, lo liquidaron en el atentado del 28 de abril que les costó la vida a él y a su hermano Josep.

Un conspirador de altura
El invierno andorrano del 36 fue, por lo tanto, el último de su breve y agitada existencia. El 19 de enero había entrado clandestinamente en el país bajo el nombre falso de Miquel Comes -según Vilalta, que recoge el episodio en Miquel Badia: documents sobre el seu pas per Andorra- y después de recorrer esquiando los 20 kilómeros que separan Pimoren de Envalira. Los excursionistas que se encontraban aquel día en el refugio -que por otra parte se convirtió en su hogar durante las siguientes cuatro semanas, con ocasionales escapadas a la capital y Escaldes, donde se hospedaba en el hotel Palacín: ¡el mismo donde el invierno siguiente pernoctaría Escrivá de Balaguer!- reportan la llegada de un individuo "vestido de esport, con el pecho al aire y con semblante patibulario, que vestía armilla especialmente corta y muy falto de elementos económicos..." Él ni se inmuta: dedica las siguientes jornadas a entrevistarse con sus conmilitones de Estat Català -Miquel Xicota y Manuel Masaramon- con la consecuencia que el 6 de febrero las autoridades locales empiezan a inquietarse ante la frenética actividad más o menos conspirativa que despliega Badia. Con la excusa de unas supuestas injurias que podría haber proferido contra los veguers con motivo de la lejana expulsión de Enric Canturri, alcalde de la Seo que tras los Fets d'Octubre se había refugiado en Andorra, el batlle Tomás lo cita a declarar. Y Badia, claro, lo niega todo: "En el ánimo del declarante sólo hay un poso de agradecimiento hacia las autoridades y hacia el pueblo andorrano donde ha encontrado acogida", manifiesta con algo de peloteo.

El veguer francés también mete baza y envía al secretario Larrieu para que lo interrogue en el mismo refugio de Envalira. Donde, por cierto, tiene que esperarlo cinco horas hasta su regreso de una jornada de esquí con un periodista de La Dépéche du Midi. Lo más sospechoso que le sonsaca Larrieu es alguna baladronada y una luctuosa premonición -"Se ha jactado de algunos golpes de fuerza en que tuvo que esgrimir el revólver con cierto virtuosismo, y teme ser víctima de una muerte violenta, que por otra parte espera lejana...- y le asegura que se opondrá a una eventual extradición a España. El veguer concluye que llegado el caso habría que expulsarlo a la fuerza. Una eventualidad que afortunadamente para todos no llegó a producirse porque Badia desapareció el 13 de febrero exactamente igual a como había llegado: por sorpresa y sin encomendarse ni a Dios ni al diablo.

Tampoco a las autoridades andorranas, que se quitaron un peso de encima mientras Badia se encaminaba con paso firme a su cita con la muerte. El atentado del 28 de abril levantó mucha polvareda. Todavía hoy la sigue levantando. La versión oficial sostiene que los autores materiales del asesinato fueron cuatro anarquistas de la CNT -Manuel Costas, Ignacio de la Fuente, José Villagrasa y Bueno, el cabecilla- como venganza porque Badia, al frente de las juventudes de Estat Català les había reventado en 1934 una huelga de tranvías. A eso se le llama tener memoria. Esta es también la tesis de Rubiralta, que niega verosimilitud a hipótesis más rocambolescas: la extrema derecha, las mafias del juego y hasta Companys (?), por un oscuro asunto de faldas a cuenta de Carme Ballester, entonces esposa del presidente de la Generalitat.

Lo cierto, concluye el historiador, es que la enemistad con Companys era manifiesta desde los Fets d'Octubre, cuando los separatistas de Estat Català se sintieron engañados por el presidente. Le reprochaban haber hecho, según ellos, todo lo posible para que el golpe fracasara. Según esta tesis, Companys sólo buscaba un golpe de efecto de cara a la galería; Estat Català, la efectiva separación de España: "A Badia lo asesinan el 28 de abril de 1936", concluye Rubiralta. "Pero políticamente ya estaba muerto desde el 6 de octubre de 1934. Es entonces cuando fracasa su estrategia y la de Dencàs, el ideólogo de Estat Català, de profundizar en la nacionalización [glups] de Cataluña aprovechando la hegemonía política de ERC y, si se presentaba la ocasión, lanzarse por el atajo hacia la independencia. Este atajo tenían que ser los Fets d'Octubre: cuando fracasa el golpe, fracasa Badia". Con algún matiz, todo este asunto suena inquietantemente familiar.

[Este artículo se publicó el 29 de abril de 2011 en El Periòdic d'Andorra]

jueves, 23 de enero de 2014

El día que París no ardió (Jaume Ros estaba allí)

El general de infantería Dietrich von Choltitz, jefe militar de la guarnición alemana de París, recibió a las 10 de la mañana del 23 de agosto de 1944 un mensaje cifrado del alto mando nazi que le ordenaba entregar la ciudad "convertida en ruinas". La vanguardia de las tropas aliadas esperaba la orden de avanzar desde Limours, en los suburbios de la capital. A las 20.45 horas del 24 de agosto, la 9a compañía de la 2a división blindada del general Leclerc, integrada mayoritariamente por excombatientes republicanos de la Guerra Civil, entraba en París por la puerta de Italia. Esa misma noche tomaban posiciones en la plaza del Ayuntamiento. A la mañana siguiente, una multitud de ciudadanos los aclamaba como liberadores. París no ardió. Y Jaume Ros estaba allí. Hoy nos lo cuenta.

Entre otros muchos dones, Jaume Ros (Agramunt, Lérida, 1918-Escaldes, Andorra, 2005) tuvo en su larga vida el de la oportunidad. Al lado de una habilidad innata para desenvolverse en las situaciones más adversas y -también- una innegable dosis de fortuna. Todo esto le permitió ahorrarse los siniestros campos de refugiados de Argeles y Saint Cyprien en la inmediata postguerra, y sobrevivir al descabezamiento porte de los nazis del Servei d'Informació Militar de Catalunya (Simca), organizado por Estat Català en Perpiñán, así como el internamiento en el campo de trabajo de Dessau. El ángel de la guarda, pero también el coraje y la perseverancia, le proporcionaron un trabajo como dolmester -intérprete- en el parque móvil militar del ejército alemán acantonado en Vincennes, París. Y lo hizo in extremis: a mediados de marzo de 1944 expiraba su permiso de 15 días que como trabajador voluntario de país no beligerante había conseguido después de un año -más una condena a cinco meses de trabajos forzados acusado de sabotaje- en la factoría Deutsche Hydrierwerke de Dessau, cuando las alternativas consistían "bien en esconderme para enrolarme en el maquis, bien en volver a Alemania".

Así que después de cinco años pululando por una Europa en guerra, Ros afrontó el momento decisivo desde uno de los escenarios más simbólicos de la conflagración: París, en manos de los alemanes desde el 14 de junio del 1940. "Me di cuenta de que las cosas no iban bien -para ellos, claro- una mañana al entrar en la oficina: las perchas donde los oficiales del parque móvil dejaban pistolas y cartucheras estaban vacías. Todos iban en cambio armados, cosa insólita hasta entonces. Automáticamente desapareció el trato de relativa cordialidad y confianza con los trabajadores civiles -entre los que me encontraba, y que había sido la norma hasta entonces. Y no se equivocaban: era el 6 de junio, y los aliados acababan de desembarcar en Normandía. El principio del fin: "Desde ese mismo momento el nerviosismo fue aumentando, tanto entre los alemanes -que empezaban a caer víctimas de los atentados del maquis urbano, cada vez más osados- como entre los parisino, que temían una resistencia numantina. Y eso que las órdenes del alto mando nazi de volar los puentes, las industrias, los edificios oficiales y el patrimonio artístico y monumental de la ciudad no las conocimos hasta después de la guerra!, recuerda Ros. La retirada, con todo, tuvo un sello inconfundiblemente alemán: "Todo el mundo recibió el salario que le correspondía y se cerraron ordenadamente los portones del recinto. A mí me tocó quedarme como administrador civil". Nada que ver con el caos wagneriano de los días finales de Hitler en el búnker berlinés.

Primeros años 40: Jaume Ros, en la plaza de Cataluña de Perpiñán, localidad desde donde participó activamente en la creación del Servei d'informació militar de Cataluña (Simca), especializado en el control de los puertos de Barcelona y en el paso clandestino de aviadores aliados a través de los Pirineos. Fotografía: Archivo J. Ros.

En aquel ambiente de derrota inminente, las Fuerzas Francesas del Interior (FFI) ya habían tocado a Ros: "Cinco días antes de que los alemanes desaparecieran del parque, dos individuos que se identificaron como oficiales de la Resistencia me advirtieron a la salida del trabajo de que me hacían responsable del material, y que llegado el momento debería de entregarles las llaves". Y así fue como sucedieron las cosas: "El mismo 18 de agosto, y ya sin alemanes a la vista, se presentaron en las instalaciones y tomaron posesión de todo aquello." Así funcionaban las cosas en una ciudad completamente parada donde a partir del 10 de agosto se declararon sucesivamente en huelga los ferroviarios, los trabajadores del metro, los de correos y al final incluso la policía, y donde empezaban a menudear los encuentros entre alemanes y resistentes, bajo la amenaza permanente de francotiradores de uno y otro bando apostados en los tejados.

¿Arde, París?
Ros vivió estos días de impasse desde el hotel Idéal, donde se había instalado desde que en marzo llegó a la capital francesa. Dio la casualidad de que el hotel estaba situado en el número 22 de la calle Verrerie -22, rue de la Verrerie, vamos- un callejón que desembocaba en la plaza del Ayuntamiento. Y esto fue lo que le permitió asistir desde primerísima fila a la entrada de los tanques españoles de la división Leclerc, la primera fuerza aliada que se atrevió a asomar la nariz por las calles de París, todavía parcialmente ocupado por los alemanes. Fue la noche del 24 de agosto: la 9a compañía de la 2a división blindada que mandaba el general Leclerc -que ha pasado a los libros de historia como La Nueve, por la masiva presencia entre sus filas de excombatientes republicanos- había salido a primera hora de la mañana de la localidad de Limors. A las 20 horas cruzaba Fresnes y enfilaba los suburbios de París: l'Hay-les-Roses, Cachan, Arqueil, Kremlin-Bicetre... A las 20.45 horas cruzan por la puerta de Italia y después de dudar brevemente sobre el destino final la columna se encamina hacia el Ayuntamiento, que se había convertido en el centro de operaciones de la resistencia urbana. A las 21.22 horas el tanque Sherman y la decena de transportes blindados que integraban el destacamento -bautizados, ya saben, con nombres como Brunete, Belchite, Guernica, Ebro, Teruel y Guadalajara- toman posiciones en la plaza y se desatan las primeras muestras de entusiasmo popular.

Ros se une a la multitud que a la mañana siguiente se concentra en el lugar desde primerísima hora. Sus recuerdos son aún frescos: "Durante todo el día hubo tiros esporádicos en las calles, sobre todo hacia el cuartel general alemán, situado en la plaza de la Concordia. Cuando los tanques y los blindados de Leclerc se instalaron en la plaza del Ayuntamiento [él dice de l'Hôtel de Ville] mi sorpresa fue mayúscula cuando me percaté que muchos de aquellos carros enarbolaban la bandera tricolor de la República, y llevaban nombres que evocaban las grandes batallas de la Guerra Civil. Incluso había señeras. Me acerqué, y de uno de los blindados emergió un soldado... ¡y nos pusimos a hablar en catalán! La mayoría, si no todos, eran españoles, y se negaban a hablar en francés porque se las habían hecho pasar canutas. Y claro, la gente que nos rodeaba se quedaba de piedra al oírnos conversar". Pero la fiesta tuvo un final dramático al hacer acto de presencia un grupo de francotiradores que dispararon sobre la multitud desde los pisos superiores del edificio de enfrente del Ayuntamiento. "Lo que son las cosas: fui a refugiarme bajo las orugas de un blindado que se llamaba L'Avi ¡Si me lo cuentan no me lo creo! Nunca se supo quiénes fueron, los gilipollas que disparaban, porque los cañones de los carros arrasaron con todo. Pero entre los que estábamos en la plaza hubo bajas."

¿Por qué fue una compañía formada casi exclusivamente por combatientes españoles la primera en entrar en París? Cuestión polémica que ha dado pie a múltiples y diversas interpretaciones. Para la historiografía oficial francesa, fue una hábil maniobra de Leclerc, que pretendía así cumplir los deseos de De Gaulle, que acababa de desembarcar el día antes en Cherburgo, de que fuera una unidad francesa la primera en circular por las cales de París, en un gesto que quería monopolizar la carga simbólica de la Liberación y a la vez relegar a los norteamericanos a un papel secundario.

Combatientes de La Nueve posan sobre el transporte blindado Don Quichotte, uno de los quince semiorugas que entró en la plaza del Ayuntamiento de París la noche del 24 de agosto de 1944.

Pero no todo el mundo comulga con esta rueda de molino. El mismo Ros considera que fue Patton, comandante en jefe de los ejércitos aliados en Europa, el que se salió finalmente con la suya enviando a una compañía española para fastidiar a De Gaulle. De hecho, esta versión cuadra con la vergonzosa censura que sufrieron los noticiarios cinematográficos franceses en la inmediata postguerra: "El chovinismo francés no podía admitir que tal honor recayera en una panda de republicanos españoles. Por eso, uno o dos años después de la guerra los Teruel, Belchite, Brunete y demás, que hasta entonces habían protagonizado legítimamente los noticiarios, empezaron a desaparecer sospechosamente de las carrocerías de los blindados. ¡Las tijeras del censor! Aquello era demasiado para el orgullo francés. La grandeur a veces se nutre de mezquindades como ésta".

No es ésta la única mancha que Ros señala en la actuación francesa en la II Guerra Mundial. Porque él había vivido en una Francia donde la mayoría silenciosa, dice, dio un apoyo no precisamente honorable al régimen colaboracionista de Vichy. Lo personifica en monsieur Guérin, el propietario del hotel de la Ville de Chartres, el hostal de Orléans donde se instaló en 1939, al estrenar el exilio y justo antes de la guerra mundial: "Él y su mujer me habían acogido como al hijo que no tenían, pero mientras que ella era una mujer razonablemente ilustrada, que entendía que no todos los rouges españoles nos zampábamos un par de curas en el desayuno, el hombre era el clásico veterano de la I Guerra Mundial, seguidor de aquel antepasado ideológico de Pétain que era el coronel La Roque. Y había millones como él, en la Francia de esos momentos. La gente de orden que confiaba en Pétain -un héroe, no lo olvidemos, de la guerra del 14. Historiadores solventes han dado la cifra de 40 millones de pétainistas la víspera de la Liberación. Y semanas antes de la llegada de los aliados todavía tenía que discutir con más de uno y de dos en defensa de De Gaulle. Seguro que al día siguiente de la Liberación todos fueron a los Campos Elíseos a aclamarlo..."

Mientras el comandante de las fuerzas alemanas, Dietrich von Choltitz, desobedecía las órdenes del cuartel general de Hitler -el Nido de las Águilas, en Berchtesgaden- de no dejar que París cayera en manos aliadas si no era "convertida en un montón de escombros", se multiplicaron por las cales y bulevares parisinos los encontronazos entre las FFI y los soldados alemanes en retirada. Las primeras barricadas se habían levantado más o menos espontáneamente el 21 de agosto, y aquellas escaramuzas dejaron un saldo de más de medio millar de bajas en las filas de la Resistencia, más 127 civiles. Ros fue otra vez testigo de aquellas improvisadas batallas urbanas. Incluso protagonista: "Desde el balcón de la casa de Josep Solans, en el bulevar Sebastopol, vimos cómo francotiradores de las FFI hostigaban a una columna alemana. Dieron de lleno en un todoterreno, y dos de sus ocupantes quedaron tendidos en el suelo. El tercero tuvo tiempo de saltar del coche, herido en una pierna y lleno de sangre. Se había pegado a una pared para que los francotiradores no lo descubrieran. Pensé que no podíamos dejar que muriera de aquella manera, así que bajé para hacerlo entrar en el portal. La portera de se negaba: '¿Y si un hijo suyo se encontrara en esta misma situación en Alemania, no querría que alguien le ayudara?', le solté. Y funcionó: lo llamamos y vino adonde estábamos nosotros. Quería que lo trasladáramos al hospital alemán, pero le hice ver que lo entregaríamos a los americanos y que se podía considerar afortunado porque en un año seguro que estaba en casa..."

Lo que parece claro es que Hitler se quedó con un palmo de narices ante la negativa que recibió a la pregunta que, según la mitología de la guerra, le soltó a Choltitz la mañana del 25 de agosto: "¿Arde, París?" Por respuesta, el ayudante del comandante alemán sacó el auricular por la ventana del hotel Meurice, el cuartel general nazi: los acordes de La Marsellesa, mezclados con el repiqueteo de las campanas, inundaban París. Que no quemó, pero sí que dio pie al best seller que Dominique Lapierre y Larry Collins perpetraron dos decenios después.

Ros, en los años 90 en Escaldes (Andorra), donde se estableció a mediados de los 50. Fotografía: El Periòdic d'Andorra.

Todos los caminos conducen a París
La convulsa trayectoria de Ros arranca en verano de 1937, en plena Guerra Civil, con su incorporación como voluntario al cuerpo de sanidad del ejército republicano: "No es que tuviera mucho espíritu marcial, pero si te presentabas voluntario podías escoger destino", matiza. El desastre del Ebro precipitó la derrota y el camino del exilio: el 6 de febrero de 1939 cruzaba la frontera hispanofrancesa por el coll d'Ares. Con audacia y fortuna evitó los ignominiosos campos de concentración de Argelés y Saint Cyprien, adonde fueron a parar la mayoría de republicanos de a pie, rouges españoles sospechosos a ojos franceses de propagar el germen de la anarquía y de la revolución. Quince días más tarde reaparecía por primera vez en París, gracias a la mediación de un catalán afincado en la capital francesa que era el tío de su compañero de fuga, Josep Solans.

El estallido de la guerra lo pilla en Orléans, y paradójicamente la movilización general supone, dice, el fin de las penalidades para los refugiados catalanes, que desde entonces podrán acceder a los puestos de trabajo que dejan los franceses llamados a filas. En Orléans empieza un frenético activismo político que ya no abandonará hasta la Transición y con la decepción que le provoca el -según él- "error Tarradellas". Contacta con los dirigentes de su partido, Estat Català -casualmente refugiados como él en Orléans- y cuando termina la drôle de guerre, la guerra de broma, con el armisticio y la creación del régimen títere de Vichy, en junio de 1940, Ros y sus compañeros huyen a Perpiñán. No pueden ser más demoledores sus juicios sobre la capacidad militar de Francia: "Los franceses dormían beatíficamente convencidos de que todavía tenían el mejor ejército del mundo. Pero cuando veía a los soldados de la caserna de delante de mi hotel, en Orléans, que todavía de desplazaban a lomos de mulas, los imaginaba destrozados como terrones de azúcar. Hablaban de la Línea Maginot, de un gigantesco muro de cemento y de hierro, y lo ignoraban todo del poder destructivo de los tanques y de los aviones alemanes. Cuando veíamos tanta ignorancia y tanta inocencia, los exiliados nos persignábamos y mirábamos al cielo, de donde sólo podían venir desgracias, escribe Ros en el segundo volumen de su autobiografía, La decepció de la memoria.

El escepticismo, que lo ha acompañado a lo largo de toda la vida, no le impidió participar con entusiasmo en las actividades del Simca, creado en Perpiñán por elementos de Estat Català al servicio de los gaullistas infiltrados en el ministerio de la Marina de Vichy, y con el objetivo de controlar el tráfico de los puertos de Barcelona y Valencia y de facilitar la huida a través de los Pirineos de aviadores aliados abatidos en los cielos de la Europa ocupada. Fue así como recaló por primera vez en Andorra, en 1942. La aventura del Simca, donde sobresalió como reputado falsificador -"Nunca cazaron a nadie que utiliza papeles míos", se enorgullece- acabó sin embargo como el rosario de la Aurora con la captura, eliminación o huida de la mayoría de sus integrantes, y coincidiendo con el desembarco aliado en el norte de África y la subsiguiente ocupación alemana de toda Francia. Ros volvió entonces a Orléans, suponiéndola una plaza más segura. Pero no tardó en caer en manos de la policía de París, que aprovechaba cualquier irregularidad para cazar refugiados e indocumentados para engordar el cupo de un millón de hombres que Francia se había comprometido a enviar a Alemania en calidad de trabajadores voluntarios. "Por cada extranjero que pillaban se ahorraban a un francés...", lamenta amargamente. Ironías de la guerra, a Ros el falsificador lo cazaron por no tener el permiso de residencia en regla. Unos rudimentarios conocimientos de alemán le permitieron conseguir un puesto de cierta responsabilidad -control de salida del producto, dice- en la Deutsche Hydrierwerke, la fábrica de combustible sintético y de aceites minerales de Dessau -cerca de Halle- que fue se convirtió en su casa hasta marzo de 1944.

Tras la Liberación
La peripecia bélica de nuestro hombre acaba con la Liberación de París. Exactamente cuando empieza el principio del fin del exilio republicano entendido en sentido estricto. A partir de entonces habrá no uno, sino muchos exilios; casi tantos como exiliados. La desorganización, las rivalidades partidistas, los personalismos y -según Ros- las maquinaciones comunistas dieron el golpe de gracia que Solidaritat Catalana, la organización creada por Tarradellas para facilitar la reubicación y el retgorno, cuando era posible, de los catalanes en el exilio, se encargó de capitalizar. Que Franco se eternizara en el poder quedó meridianamente claro el día que Ros, reconvertido en periodosta de Associated Press gracias a la intervención de Eugeni Xammar -viejo conocido de la clandestinidad en Perpiñán- apareció por el hotel Idéal con un telegrama que daba fe del acuerdo entre los EEUU y el régimen franquista por el que los primeros se comprometían a suministrar petróleo a una economía -la española- que oscilaba entre la autarquía y la pura miseria. "Todo estaba decidido: les di la mala noticia a los dos ministros de la (virtual) República que residían en el hotel, Juli Just y Hernández Sarabia, y rompieron a llorar. Meses después, el mismo Tarradellas me soltó una recomendación que me acabó de abrir los ojos: 'Acabaremos como los rusos blancos, de taxistas en París. Ros, si no tienes responsabilidades, vuelve a casa'. Y eso es lo que hice. El 31 de diciembre de 1946 llegaba a Agramunt. Hacía siete años que me había ido".

La primera sección de La Nueve en el Bois de Bologne y sobre el vehículo blindado Madrid .Los nombres de los carros, con obvias referencias a los campos de batalla de la Guerra Civil, desaparecieron misteriosamente de los noticiarios franceses de los años 40 y 50, al más puro estilo soviético.

¿Qué fue de La Nueve?
Los apellidos del destacamento de la 2a división blindada de Leclerc que la noche del 24 de agosto de 1944 tomó posiciones en la plaza del Ayuntamiento delatan el origen nacional de los combatientes: Granell, Elías, Bernal-Garcés, Llanero-Domínguez, Solana, Campos, Royo, Pujol... Se percibe un cierto resentimiento entre los escasos supervivientes de aquella gesta: Lluís Royo -el único catalán con vida- hablaba abiertamente del "desagradecimiento francés" en una entrevista publicada recientemente. Y el mismo Ros recuerda los métodos típicamente estalinistas de reescritura de la historia a los que recurrió la historiografía oficial para borrar los nombres de los blindados que aparecían en los noticiarios cinematogtráficos de postguerra. Los centenares de antiguos soldados republicanos y, atención, exlegionarios de Millán Astray -ironías de la vida- que por huir de los campos de internamiento se habían alistado en los ejércitos de la Francia Libre fueron destinados en mayo de 1943 a la 2a división blindada del general Leclerc, que -por cierto- no se llamaba Leclerc sino Pierre de Hauteclocque.

La integraban cuatro centenares de vehículos blindados -tanques Sherman y los célebres half-track, transportes semioruga M8 Greyhound y M3 Stuart- y uns 15.000 hombres. El grueso de los españoles fue a parar a la 9a compañía del 3r regimiento de marcha del Chad, a las órdenes de Raymon Dronne. El 31 de julio de 1944 se convirtieron en las primeras tropas bajo bandera francesa que pisaban el Hexágono. La sección que el 24 de agosto tomó la plaza del Ayuntamiento estaba formada por tres tanques Sherman y una quincena de blindados, con el español Amadeo Granell al mando. Andelot, Châtel-sur-Moselle y Estrasburgo fueron los siguientes destinos de La Nueve, que incluso participó en la simbólica toma del Nido de las Águilas en Berchtesgaden. De los 148 excombatientes españoles que desembarcaron con La Nueve en Utah Beach, al final de la guerra -el 6 de mayo de 1945- sólo quedaban 16 en servicio: 35 habían muerto en combate; el resto habían caído heridos. Una proporción de bajas diez veces superior a la que registró el conjunto de la división Leclerc. Para que luego les borraran los nombres de sus tanques. ¿Tenían motivos o no, para estar mosqueados?

[Este artículo se publicó el 18 de agosto de 2004 en la revista Informacions]