Incursiones relámpago, estilo Sturmtruppen, en episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y las dos postguerras, con ocasionales singladuras a alta mar, a ultramar y si conviene incluso más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

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viernes, 4 de septiembre de 2015

El otro éxodo de la Guerra Civil

El historiador Ferran Sánchez Agustí, autor de Maquis y Pirineos, Espías, contrabando, maquis y evasión, El maquis anarquista y La Guerra Civil al Montsec, calcula en 25.000 el número de fugitivos que cruzaron el Pirineo oriental en dirección norte entre 1936 y 1939.

Tropas franquistas en la aduana hispanoandorrana de la Farga de Moles: el 6 de febrero de 1939 una columna de requetés al mando del capitán Aguirre se entrevistó en la frontera con el síndico Cairat y el coronel Baulard. Foto: Fondo Casal i Mas / Archivo Nacional de Andorra.

21 de junio de 1937: Antonio Gabriel Golet (Ponts, Lérida, 1910-1974) pasa por el coll de la Baseta, a un tiro de piedra de Sant Joan de l'Erm, y emprende la última etapa de un periplo que había comenzado cuatro días antes en su localidad natal. A la expedición inicial, que integraban él y dos amigos de Ponts -Joan Tàpies y Miquel Esteve- se le habían ido añadiendo fugitivos, y al llegar a Bixessarri, la madrugada del 27 de junio, ya eran una veintena. Cuando se vieron en Andorra, liberaron la tensión de las últimas jornadas: "Hubo una explosión de alegría y entusiasmo para no ser descrita. Encendimos una hoguera y empezamos a cantar y a chillar. Bueno, ¡la Caraba!"

Una vez en Bixessari se zamparon un plato de sopa y unas sobras de conejo -el festín les salió por 10 pesetas, una pequeña fortuna en aquel momento; en Sant Julià de Lòria visitaron a Francisco Mallol, convecino de Ponts que les había precedido, son interrogados por los gendarmes de Baulard y vacunados contra la viruela; al día siguiente los encontramos en el Café Burgos de Escaldes, "embajada oficiosa de la España rebelde, auditorio público de las emisiones fascistas de Radio Jaca y Radio Sevilla, nido de evadidos que gestionaban los papeles para llegar a la zona franquista", y el 25 de junio, después de tramitar el pasaporte a través de Manuel Cerqueda, "de facto cónsul de Franco en cualidad de Delegado de Repatriación del Estado español en Andorra", suben de madrugada al autobús que les ha de conducir hasta Fuenterrabía, en la zona del País Vasco controlada por los rebeldes, tras un periplo que pasa por el Pas de la Casa, Ax, Foix, Tarascón, Tarbes, Saint Girons, Pau y Bayona: 20 horas de viaje. Añadamos que una vez alcanzada la zona nacional, nuestro Golet se enrola en el 12º regimiento de artillería ligera, con el que hará lo que queda de guerra, hasta la entrada en Barcelona, el 26 de enero de 1939.

Golet es, en fin, uno de los 25.000 fugitivos que durante la Guerra Civil cruzaron los Pirineos huyendo de la zona controlada por la República. Estos son, claro, los cálculos de Ferran Sánchez Agustí (Sallent, Barcelona, 1951), prolífico historiador especializado en la Guerra Civil, el maquis y la II Guerra Mundial en los Pirineos catalanes, que vuelve ahora a la carga con La Guerra Civil en el Montsec (Pagès). Sostiene Agustí que, por el volumen total, el tráfico de refugiados en dirección norte entre 1936 y 1939 no queda demasiado lejos de las cifras de fugitivos que entre 1942 y 1945 siguieron la ruta inversa huyendo de los alemanes: "Calvet y Eychenne cifran este segundo éxodo en unos 100.000 personas, una cantidad que a mí siempre me ha parecido demasiado elevada; creo que la mitad, unos 50.000, sería un cálculo más realista".

Se trata en cualquier caso de sumas hipotéticas obtenidas de forma indirecta -enseguida lo veremos- porque no existe ningún tipo de registro ni nada que se le parezca. Pero lo más sorprendente de todo es el silencio mineral que, a pesar del volumen y del relativo boom de monografías sobre la epopeya de los pasadores de estos últimos años, envuelve todavía hoy este movimiento masivo de fugitivos que se registró durante la Guerra Civil. Agustí, que siempre se ha movido por los márgenes de la academia, lo tiene claro: "A la historiografía oficial sólo le interesa la represión franquista, así que se ha olvidado de episodios como éste, de los asesinatos cometidos durante los primeros meses de la guerra, o de los campos de concentración que proliferaron en Cataluña, un tema éste, por cierto, que solo ha tocado Francesc Badia (Els camps de treball a Catalunya durant la Guerra Civil)".

Bentanachs, el hombre récord
Hablar de los evadidos de la zona republicana no vende, y tampoco de los guías que los ayudaron a pasar al otro lado. Previo pago, claro. Pues precisamente esto es lo que se propone Agustí en este último libro. Con nombres y apellidos y con prolijidad casi exasperante. Golet y su grupo formaron parte, pues, de este más que considerable éxodo. Huían, dice, no necesariamente por afinidad política con los sublevados "sino sobre todo para evitar ir al frente", aunque este es como hemos visto el destino que le esperaba a Golet. Y los ayudaban los mismos contrabandistas, gentes de la frontera que cuatro años después se pondrían al servicio de las redes de pasadores aliadas. Al Goley y su grupo les tocó Antoni Cases, alias Ermengolet de Peracolls, natural de Sallent como Agustí, payés y por supuesto contrabandista, "que cobraba entre 40 y 80 duros de plata por barba, y que en el pantalón llevaba el pistolón y el rosario". Agustí hace números y especula que, hasta que fue abatido por los carabineros en Os de Civís, cerca de la frontera andorrana -"En aquella ocasión, el grupo que conducía era muy numeroso, casi un centenar de fugitivos, y la cantidad para comprar la complicidad de los agentes resultó insuficiente"- Ermengolet ayudó a cruzar la frontera a cerca de  medio millar de prófugos. Para que nos hagamos una idea: ¡casi el doble de los que habitualmente se atribuyen a Joaquim Baldrich, y siempre nos han parecido muchos!

Y eso que el tal Ermengolet no fue el más prolífico. Este título le corresponde a Jesús Betanachs (1907-1969), que tras la guerra habría de ser durante 23 años alcalde de Noves de Segre (Lérida). Pues bien: como tantos otros colegas, Bentanachs compaginó el contrabando con el paso de fugitivos, y hasta que él mismo pasó al lado franquista -temía ser detenido, y con razón- condujo a cerca de un millar de evadidos por rutas que a través de Valls d'Aguilar, Sant Joan de l'Erm y Sant Joan Fumat, por un lado, y Noves, la Parròquia d'Hortó, Aravell, Arduix y Mas d'Alins, por el otro, confluían en Sant Julià de Lòria, ya en Andorra.

Nuestro Ermengolet y Bentanachs pasaron ellos solos a millar y medio de personas. Si tenemos en cuenta que hubo muchos otros guías -y Agustí los repasa en el volumen: Josep Gasol, de Castilló de Tor; Senén Brufau, de Vilanova de Bellpuig; Miquel Plana, de Gósol; Jacint Batalla, de Llessui, y Josep Prat, de Guardiola de Berguedà, por citar sólo los que sabemos que operaban por Andorra- y que no era extraño que se formaran grupos con más de un centenar de fugitivos, la cifra total de 25.000 evadidos que da Agustí parece a falta de datos más concluyentes plausible. Y esto, sin tener en cuenta a los que dejaron el pellejo en el intento, que los hubo. Agustí, siempre puntilloso, detalla una veintena de casos, incluida la ejecución sumarísima en la misma frontera de la desventurada expedición que terminó dramáticamente el 5 de marzo de 1938: cinco hombres -los hermanos Antonio y Agustí Codina, de Hortoneda de la Conca, y Josep Estada, Antoni Batalla y Ramon Castejón, los tres de Vilanova de Meià- intentaban ganar Andorra con la ayuda del guía Joan Guitart, que los había recogido en Isona.

Todo iba bien; tan bien, que cuando descendían por el barranco de Llimois, camino de Bixessarri y por lo tanto a un palmo de llegar a tierra andorrana, fueron descubiertos por una partida de carabineros. Guitart escapó de milagro, pero sus clientes fueron abatidos "al pie del Bony dels Tres Culs, en el camino de Civís a Os". Los fusilaron sin contemplaciones en los cortals de Serbella. Los cuerpos fueron recuperados por Vicenç Baró y Joan Reig, vecinos de Os, y enterrados en el cementerio de esta localidad fronteriza. El mes anterior, cuenta Agustí, habían seguido esta misma ruta, y con éxito, Climent Durich, Joan Estrada y Josep Miranda, los tres de Vilanova de Meià. ¿Qué pasó con Gasol y su grupo? Especula Agustí que cuando se vieron a un tiro de piedra de Andorra alguno de ellos, presa del entusiasmo, disparó el arma en señal de desafío. "Quizás se dejaron llevar por la emoción y lanzaron gritos del estilo de '¡Azaña, hijo de puta! ¡Viva Franco!' La patrulla -da incluso los nombres: Modesto Montesinos, Felipe RodrígueZ, Jaime Peña y N. Román, del 31º Batallón- los descubrió, los arrestó y los fusiló in situ.

Algo raro ocurrió, sospecha, porque no era extraordinario -opina- que los carabineros hicieran la vista gorda, especialmente cuando mediaba un soborno. Hubo encontronazos y también muertos, como en este caso, pero porque fueron muchos los que pasaron, fácilmente llevaban armas, y -no hay que perderlo nunca de vista- los evadidos se jugaban la vida y no iban a dejarse prender con facilidad. De todas formas, concluye, no puede hablarse de una persecución implacable: más bien las capturas se producían cuando el intento de evasión era demasiado flagrante como para mirar hacia otro lado.

Hubo también entre los guías de la Guerra Civil alguna oveja negra. Agustí relata el caso de Esteve Corominas, apodado el Arnau o el Gavatx, natural de Gisclareny, en la comarca del Berguedà (Barcelona), que se enriqueció con el tráfico de personas, primero durante la Guerra Civil y después, con la II Guerra Mundial. En ambos casos, Andorra era estación de paso en la ruta de evasión. En fin, la Dirección General de Seguridad lo tenía fichado, y lo describe de forma algo pintoresca como "un soltero que ha trocado su humilde existencia por la de un verdadero ricachón con el dinero que le produjo el pasar a Francia a elementos nacionales durante el período rojo, y el producto que le proporcionaba la exportación de contrabando a gran escala". Pasó un año en prisión, entre agosto de 1944 y julio de 1945, acusado de haber ayudado a cruzar la frontera, con rumbo a Barcelona, hasta a tres grupos de fugitivos en los primeros meses de 1944. Redimió la pena, dice Agustí, "asistiendo a extensión cultural y catecismo". Por lo visto, coló. El caso es que al salir volvió a las andadas, derivó en un mucho menos épico tráfico de estupefacientes y divisas al tiempo que se reciclaba en confidente de la policía franquista, hasta que un mal día, como en las aventis de Marsé, el cadáver del Arnau apareció flotando en las aguas del puerto de Barcelona.

[Este artículo es una versión ampliada del publicado el 2 de septiembre de 2015 en el diario Bon Dia Andorra]

viernes, 15 de mayo de 2015

Cairat: el síndico providencial

Teresa Cairat repasa en El meu padrí la trayectoria vital del hombre que dirigió el destino de Andorra entre 1937 y 1960: el estadista que sorteó tanto las amenazas anarquistas como el bombardeo franquista de la central hidroeléctrica de Escaldes y la ocupación alemana durante la II Guerra Mundial. Su nieta revela además capítulos hasta ahora inéditos de la biografía del síndico, como la detención en Barcelona, en los primeros años 50, por unas supuestas connivencias con los refugiados republicanos a los que acogió en su casa de Sant Julià de Lòria tras la victoria franquista.


El síndico pronuncia unas palabras ante el micrófono de Radio Andorra, el 7 de agosto de 1939, día en que se inauguró la estación. El estallido de la II Guerra Mundial aconsejó suspender las emisiones hasta el 3 de abril de 1940. Fotografía: Archivo familiar.
Con el coronel Baulard, comandante de las fuerzas de la gendarmería francesa que se estrenaron en Andorra en el verano de 1933, un año especialmente convulso en la historia de Andorra, y que regresaron en septiembre de 1937 para garantizar la integridad del país durante la Guerra Civil; cuenta Teresa que entre Cairat y Baulard nació una cordial que mantuvieron tras la marcha del coronel, en 1940. Fotografía: Archivo familiar.
Con el subsíndico Josep Areny, en 1956, en un reportaje de la revista Life.


Parecía mentira que el primer hombre de estado propiamente dicho que tuvimos en este rincón nuestro de Pirineo careciera a estas alturas ni que fuese de una aproximación biográfica. Sobre todo porque pueden contarse con los dedos de una mano los -ejem- estadistas de verdad, y todavía nos sobrarían unos cuantos. Pues ya no: Teresa Cairat (Sant Julià de Lòria), nieta de nuestro héroe de hoy, acaba de publicar un curioso volumen titulado El síndic Cairat: el meu padrí, que no es estrictamente una biografía académica -"No puedo  ser objetiva porque era mi abuelo y lo quería mucho"- sino una especie de evocación personal, familiar y también política, claro, aliñada con anotaciones históricas e incluso sociológicas, que traza un perfil humano, como si dijésemos en zapatillas, de Francesc Cairat Freixes (Sant Julià de Lòria, 1881-1968), cònsol de Sant Julià, conseller general, subsíndico y finalmente síndico, cargo que ejerció ininterrumpidamente entre 1937 y 1960. En otras palabras: asistimos a la transformación del Cisquet de can Manel -por el comercio de ultramarinos que regentaba su esposa- en el casi venerado síndico Cairat, cuyo mandato transcurrió en los años sin duda más convulsos de la historia contemporánea de Andorra.

Cairat fue un hombre "menudo y valiente, de talante conservador y extremadamente religioso", dice Teresa, que llevaba la política en las venas y que pasó, superados ya los cincuenta, por pruebas que sacaron a relucir un coraje, un sentido común y unas habilidades negociadoras inusitadas en alguien que a los 14 años dejó los estudios dispuesto a embarcar para América. No pasó de Barcelona -atrapado y quizás asustado por las tensiones sociales derivadas de la guerra de Cuba: estamos en 1896- y que empezó su vida laboral como aprendiz en un comercio de tejidos -Torre Eiffel, se llamaba- con sede en la calle del Carme. Regresó pronto a Andorra, se casó con Lola Ribot en 1907, el año de su primer cargo público -cònsol de Sant Julià: lo fue por dos años- y en sus primeros años de matrimonio regentó el Cafè del Cisquet, frente a la iglesia parroquial. Y estuvo a punto de acabar aquí esta historia, antes incluso de empezar, cuando en 1914 contrajo el tifus. Sobrevivió de milagro, pero cuenta Teresa que Cairat jamás volvió a caer enfermo y que no pisó nunca un hospital. Como paciente, claro. En 1922 fue elegido conseller general, y en 1923, subsíndico, cargo que ejerció hasta 1927. Desaparece después un tiempo de la vida pública -se ahorra la los algo sainetescos hechos de 1933, con la ocupación del Consell General, la huelga de los trabajadores de Fhasa, la movilización del somatén y la llegada de los gendarmes de Baulard, incluso el golpe de estado de Borís Skossyreff- y en diciembre de 1936 es elegido síndico. Teresa pasa lista a la liliputiense administración que se encontró al asumir el cargo: el secretario del Consell General, Bonaventura Riberaygua; la secretaria del síndico, Dolors Ubach, y el nunci, Josep Ubach: "Este era todo el personal que movía la burocracia del país". Un país que en aquellos años apenas superaba los 6.000 habitantes.

Nada más asumir el cargo estalla la Guerra Civil y comienza un largo período de convulsiones internacionales que afectan de pleno a Andorra. Cairat tuvo que hacer frente a las incursiones faístas y a las amenazas de franquistas de bombardear la central hidroeléctrica de Fhasa, en Escaldes, durante la Guerra Civil. Empezó entonces un tránsito de refugiados -primero de derechas, y terminada la contienda, de republicanos que huían al exilio- que continuó durante la subsiguiente guerra mundial, ahora en dirección sur y con la amenaza de ocupación nazi: Hitler mantuvo desde noviembre de 1942 un pequeño destacamento en la aduana del Pas de la Casa -que cayó en manos de la Resistencia en agosto de 1944, pero esta es otra historia-, y el caso es que el buen Cairat tuvo que lidiar con lo mejor de cada casa: "En cierta ocasión, en plena Guerra Civil, unos conocidos le advirtieron de que aquella noche una patrulla iba a subir desde la Seo con la intención de liquidarlo. Él se tomó la amenaza muy en serio, pero no quiso pedir ayuda a los gendarmes de Baulard, que había regresado con sus gendarmes en septiembre de 1937, y que se quedó hasta 1940. Se vistió con el traje que llevaba a las sesiones del Consell General, y se dirigió a su despacho, donde se sentó a esperar la llegada de los incontrolados. Así pasó toda la noche, pero no se presentó nadie". Por lo visto, la patrulla de milicianos -faístas, dice Teresa- entró efectivamente en el país, pero pasó de largo por Sant Julià y se dirigió a Os de Civís. "Después supieron que otros vecinos de Sant Julià se habían enterado de la posible llegada de milicianos y que pasaron la noche agarrados a sus escopetas de caza". ¿Recuerdan a Quevedo: "Caló el chapeo, miró al soslayo, fuese y no hubo nada..."? Pues eso.

Faístas, nazis y grises
En cualquier caso, la anécdota ilustra tanto el valor del síndico como la inquietante impunidad con la que circulaban por aquí los faístas de la Seo, así como cierta inoperancia de los gendarmes franceses, que parecen vivir en la inopia. Y eso que con el coronel Baulard mantuvieron unas relaciones "muy cordiales y cultivaron una amista que se prolongó durante décadas". Años después, ya durante la contienda mundial, tuvo lugar un incidente parecido pero ahora con una partida de maquis armados que aparecieron de nuevo por Os de Civís -enclave español al que solo se puede llegar por una carretera que pasa por Sant Julià y cuyo último trecho transcurre por territorio andorrano. En esta ocasión Cairat fue a esperarlos a la carretera de la Rabassa, donde se levantaba por entonces el hotel Pla y por donde se esperaba que apareciera el grupo. El plan era convencerlos de que tenían que abandonar el país con cierta urgencia. Se trataba de no soliviantar a las fuerzas franquistas estacionadas en la Seo. Y no las tenía todas consigo, porque cualquiera convence a una treintena de milicianos armados con naranjeros.

Pues Cairat lo consiguió: mandó que les prepararan algo de comer, y se agenció un camión con el que los empaquetó hacia la frontera del Pas. Claro que esto no fue nada, prosigue Teresa, comparado con la vez que se vio parlamentando con los alemanes de la aduana, de nuevo en el Pas: "Todavía no me explico cómo mi abuelo, desarmado y con la única compañía de Lluís Duró, alias Colltort -una especie de guardaespaldas que ya lo había acompañado en su encuentro con el maquis- les convenció de que no debían entrar en Andorra. De mayor le pregunté en más de una ocasión qué argumentos había esgrimido: 'Les dije lo que había que decir, que aquello era Andorra, un estado soberano, y que ellos no podían entrar en el país". Contra todo pronóstico, le hicieron caso. Hubo otros episodios con los nazis de por medio: cuenta Teresa que en otra ocasión un oficial alemán se presentó en cal Manel y le exigió a Cairat que dejara de proteger a las redes de pasadores, "y que si no lo hacía, se atuviera a las consecuencias: una amenaza con todas las de la ley que no pasó de ahí, parece, pero que desde luego no era del todo infundada: "Nunca mostró excesivo celo en expulsar a los extranjeros que sabía o intuía que trabajaban para uno u otro bando; frente a ellos mantuvo siempre una actitud neutral y por ejemplo con Viadiu [el autor de Entre el torb i la Gestapo] se saludaban casi a diario y como si nada. Su máxima preocupación era evitar la ocupación alemana, y asegurarse de que los refugiados, del signo que fuesen, no fueran molestados: en noviembre de 1942 el Consell General promulgó un edicto en que solicitaba a la población que no participara en ninguna actividad que pudiera comprometer la neutralidad del país".

Claro que en estos años oscuros llevó a la perfección el noble arte de hacerse el andorrano; es decir, mirar hacia otro lado -cuenta Teresa- tanto cuando entraban en el país grupos de refugiados que huían de los rojos, como cuando lo hicieron los refugiados republicanos después de la victoria franquista, o cuando se establecieron por aquí espías de todos los países contendientes en la guerra mundial y las redes de pasadores que operaban a través de Andorra. La amenaza de ocupación alemana -que por lo visto no fue solo un rumor ni un bulo más o menos exagerado- fue uno de los momentos clave de larguísimo mandato de Cairat. El otro -con el permiso de los conflictos diplomáticos que ocasionó la gestión de Fhasa y de la concesión de Radio Andorra- fueron los alimentos que en plena guerra civil, y con una población que se había visto incrementada en varios centenares, quizás miles de refugiados, para un total de 6.000 naciones, hizo traer desde la España nacional y a través de Francia y de la Cataluña republicana.

En todos estos asuntos sacó nuestro hombre a relucir un sensacional poder de convicción, porque como es de suponer, la posición de Andorra y del menudo Cairat frente a una patrulla anarquista, una partida de maquis, un destacamento alemán, o las autoridades franquistas recién instaladas en la Seo y comarca, era francamente precaria. Pero según Teresa el episodio más ingrato -y atención, hasta hoy inédito- en la trayectoria de su abuelo tuvo lugar en los años 50, no concreta más, y estuvo estrechamente relacionado con su actuación durante la Guerra Civil, cuando acogió en su propia casa de Sant Julià a refugiados de uno y otro signo: "Fue en Barcelona. Se hospedaba en un hotel de Portaferrissa, y cierta noche se presentaron en el hotel una patrulla de la policía y se lo llevaron a la comisaría de Vía Layetana". Y aunque faltaban quizás unos años para que Vía Layetana adquiriera su funesta reputación, pasar una noche en el calabozo no debía de ser lo que entendemos por un buen plan.

El caso es que lo retuvieron durante 24 horas y lo interrogaron sobre los refugiados rojos a los que supuestamente había protegido. Algo había de cierto, y es que Cairat abrió su casa de par en par, dice Teresa, a refugiados de uno y otro signo: "Como persona de ideas conservadoras y profundamente religiosa, estaba más próximo a los nacionales que a los rojos, pero acogió a combatientes y refugiados de los dos bandos. Al comenzar la Guerra Civil se instalaron en cal Manel el doctor Palau, un canónigo de la Seo y su hermana; más adelante llegaron el doctor Sicre, amigo suyo y republicano convencido, y Antoni Forné. Pero por encima de todo era un pacifista que jamás comprendió por qué España se había embarcado en aquella guerra fratricida".

La detención se debió a una denuncia -"Nunca supimos la identidad del delator"- y sólo la familia y un restringido círculo de íntimos tuvieron noticia del incidente. Pero aunque la broma no pasó a mayores, "él siempre lo interpretó como un golpe demoledor a su dignidad personal e incluso a la nacional, porque no dejaba de ser la primera autoridad del país. Todo esto hacía que se sintiera muy avergonzado y que casi nunca hablara de ello".

Hay más, mucho más. Por ejemplo, su papel en la ejecución de Pere Areny, el fratricida que se convirtió en el último condenado a muerte de la historia penal de Andorra - "Abiertamente contrario a la pena de muerte, se vio obligado a asistir a la ejecución, y aunque chocaba con sus creencias profundas sobre la pena de muerte, prevaleció su deber como síndico"; la admiración incondicional que le profesaba a De Gaulle, la antipatía que le generaba el veguer francés durante la Guerra Muncial, Lesmartres -colaboracionista notorio con quien el síndico rompió formalmente relaciones en abril de 1943, y la desonconfianza que le inspiraban Trémoulet -el factótum de Radio Andorra- y Miguel Mateu, el fundador de Fhasa que gestionó ante las autoridades de Burgos la ayuda alimentaria que Franco prestó a Andorra en plena Guerra Civil y que evitó el bombardeo de la central - "Se lo cobró con creces", repetía con cierta amargura. El meu padrí es, en fin, un libro necesario. Pero si hay un personaje del siglo XX andorrano que merece sin duda una biografía académica y como dios manda, sin duda es Cairat. Y con urgencia.

[Este artículo es una ampliación del publicado el 17 de abril del 2015 en el diario Bon Dia Andorra]

viernes, 21 de marzo de 2014

Baldrich, héroe de novela

Hugues Lafontaine convierte al pasador en personaje de su debut en la ficción, La princesse de San Julia; el historiador francés afincado en Andorra retrata el país durante la II Guerra Mundial a través de los ojos de una joven refugiada española.

Cómo son a veces las cosas: el 1 de enero [de 2012] fallecía Joaquim Baldrich, el penúltimo de los pasadores de la cadena que Antoni Forné dirigía desde el hotel Palanques durante la II Guerra Mundial, y esta misma semana Quimet, que ya había pasado por derecho propio a los libros de historia (Guies, fugitius i espies, Las montañas de la libertad, Andorrans als camps de concentració nazis) ingresaba en la nómina de héroes de ficción de nuestro rinconcito de Pirineo: el historiador francés Hugues Lafontaine (Avranches, 1954), afincado en Sant Julià de Lòria, lo ha convertido en uno de los muchos personajes que pululan por La princesse de San Julia, su debut en la ficción. El historiador normando retrata en la novela la Andorra que se vio obligada a convivir -en ocasiones, ay, muy a gusto- con los tumultuosos efectos colaterales de la Guerra Civil, de un lado, y de la subsiguiente guerra mundial, del otro: refugiados de todo pelaje, contrabandistas, pasadores, agentes de la Gestapo, resistentes, topos, superviventes vocacionales y, en fin, traidores de toda calaña.


Lafontaine, profesor de historia normando instalado en Sant Julià de Lòria desde 1998, descubrió el muy literario y poco explotado campo de los pasadores y la II Guerra Mundial a raíz del testimonio de Antoni Forné en aquella fundacional serie de artículos sobre la cadena del Palanques que publicó en 1977 en el semanario Andorra 7. Desde el punto de vista de la ficción, los dos títulos canónicos sobre los pasadores son La pau dins la guerra, de Norbert Orobitg -otro de nuestros olvidados- y claro, Entre el torb i la Gestapo, de Francesc Viadiu, que para cerrar el círculo es uno de los personajes de La princesse de San Julia. Fotográfia: El Periòdic d'Andorra.

Todo ello a través de los ojos de Marietta, la princesa del título y que a pesar de las dos tes del nombre es una niña nacida en la Seo -catalana, por lo tanto- que aterriza en Sant Julià huyendo de la violencia revolucionaria -como tantos otros de sus vecinos, y como acaba de documentar desde una perspectiva mucho más académica Francisco Javier Galindo en La Seu, 1936- y que entrará aquí en contacto con las redes de pasadores que operaban desde Andorra. Baldrich es uno de los personajes reales que aportan verosimilitud a la ficción de Lafontaine. Pero hay más: el mismo Forné, por supuesto, y también Eduard Molné, con el célebre episodio de su captura por la Gestapo, la aciaga noche del 29 de septiembre de 1943, y Francesc Viadiu, el cerebro de la otra gran cadena de pasadores -por lo menos, la que ha tenido mejor fortuna mediática, gracias a Entre el torb i la Gestapo- sin olvidarnos del síndico Cairat, el veguer francés -Émile Lesmartres, hombre de infausta memoria y, dice Lafontaine, uno de los malos que saca la cabeza en esta historia.

Vaya por delante que el autor se ha tomado la libertad de salpicar el relato con cameos de estos personaes reales, que aparecen siempre en episodios, momentos y lugares históricamente documentados: por ejemplo, el más que dudoso papel de Lesmartres en los años más oscuros de la contienda, lo desvelaron Roser Porta y Jorge Cebrián en Andorrans als camps de concentració nazis, donde lo describen -a partir del testimonio de su secretario, M. Larrieu- cmo un hombrede carácter violento y agresivo, despótico, avaro y odiado por el pueblo, a quien las autoridades locales evitaban, que no dudaba en extorsionar a los refugiados que caían en sus garras ni en entregar a los refractarios al destacamento alemán inquietantemente estacionado en el Pas de la Casa.

Romeo y Julieta a la andorrana
Hay que decir que la guerra y el contrabando, los nazis y los pasadores, los espías y los delatores funcionan sobre todo como telón de fondo del nudo argiumental de La princesse de San Julia, que no es otro que la historia de amor, ay, entre la protagonista, nuestra Marietta, y Roberto, originario también de la Seo que con el estallido de la Guerra Civil abraza la causa anarquista y que, cuando la Generalidad impone finalmente el orden republicano y desaloja del poder municipal a los comités revolucionarios -pasando por encima del cadáver del Cojo de Málaga, recuerden- se refugia a su vez en Sant Julià. Y ya los tenemos a los dos juntos otra vez. Aunque no todo será de color de rosa: Lafontaine define la trama como una especie de Romeo y Julieta pirenaico, un amor trágico y condenado al fracaso desde el momento en que Roberto es cómplice, ni que sea ideológico, de los anarqiustas que asesinaron al padre de Marietta. Pecado motrtal que el hermano de la heroína, Cheno (!), no olvidará jamás y que provocará un desenlace fatal.

Pero antes, Roberto tendrá la oportunidad de redimirse al ingresar en la red de pasadores de Forné y participar de la gesta épica -leyenda negra aparte- que constituyó el tráfico clandestino de fugitivos y que ha asegurado a héroes como Baldrich un lugar en la historia. Y es precisamente Baldrich, antiguo militante de la CNT y conmilitón por lo tanto de Roberto, quien en la ficción lo recluta, primero como contrabandista y después como pasador, y le da de esta manera la oportunidad de purgar sus pecados. El juego termina mal, claro: con una delación, la reglamentaria emboscada de la Guardia Civil... y no diremos más, porque esto es una reseña como Dios manda y sin espóilers.

Pero queda por explicar el asunto principesco del título: en un giro argumental con doble salto mortal, Lafontaine hace a su Marietta descendiente de... ¡Xipaguazin! Sí, hombre, la princesa de Moctezuma, aquella estupenda mixtificación histórica que un vendedor de humo convirtió en los 70 y 80 en una lucrativa expendiduría de títulos pseudonobiliarios. Para lo que nos interesa: Marietta regresa finalmente a Toloriu, a la casa solariega de sus antepasados y con la esperanza de recuperar el mítico, fabuloso tesoro de Moctezuma que -dicen- anda enterrado por ese rincón de mundo, y pagar con él el rescate de su Romeo. Esta rocambolesca, portentosa pirueta final no impide que La princesse de San Julia -sin t ni acento; ya saben: licencia poética- haya catapultado a nuestro Quimet y a la red de Forné a la muy justa e inmortal categoría de héroes de ficción, por primera vez con nombre y apellidos, y al lado de dos clásicos como son La pau dins la guerra, de Norbert Orobitg, i Entre el torb i la Gestapo. La lástima es que no llegara a tiempo para que Baldrich lo viera. Leer la novela puede ser un acto de homenaje póstumo.

[Este artículo se publicó el 7 de enero de 2012 en El Periòdic d'Andorra]




sábado, 22 de febrero de 2014

Miguel Mateu, defenestrado

El gremio de historiadores cuestiona el cambio de nombre del tramo final de la avenida Carlemany de Escaldes en adelante rebautizada como Pont de la Tosca; el Comú pretende realzar así el monumento, pero Amparo Soriano cree que se le castiga "por franquista".

Indignada. Así se siente Amparo Soriano, autora de Andorra durant la Guerra Civil espanyola y probablemente la historiadora que más y mejor ha estudiado la trayectoria de Miguel Maeu, ante el cambio de nombre del tramo final de la avenida Carlemany de Escaldes, acordado el verano pasado -con cierta agostidad, por decirlo claramente- y que ha eliminado del nomenclátor y de la memoria pública al empresario, financiero y político catalán, el hombre clave -según Soriano- en la erección de Fhasa. Fhasa, sí: Forces Hidroeléctricas d'Andorra, la central eléctrica que hizo posible el despertar de todo un país de la modorra secular, completó la red de carreteras, creó el primer servicio de Policía y lo catapultó, en fin, hacia la modernidad. Casi nada, vamos. El Comú -o ayuntamiento- ha rebautizado el tramo con el mucho más aséptico nombre de avenida del Pont de la Tosca, en na decisión que, según las actas del consejo, sólo pretende "realzar la importancia histórica y simbólica del monumento".

Miguel Mateu i Pla (Barcelona, 1898-1972) era hijo del fundador de la Hispano Suiza; en 1929 obtuvo la concesión de Fhasa, Fuerzas Hidroeléctricas de Andorra; miembro del estado mayor franquista durante la Guerra Civil, alcalde de Barcelona (1939-1945), embajador en Francia (1945-1947), procurador a Cortes (1943-1972) y presidente de la patronal Fomento del Trabajo. Fotografía: Archivo.

El Comú de Escaldes rebautizó en agosto de 2010 como Avenida del Pont de la Tosca el tramo final de la avenida Carlemany de Escaldes, que desde los años 70 llevaba el nombre del prócer Miguel Mateu; abajo, el monumento que la robó la calle al fundador de Fhasa. Fotografías: El Periòdic d'Andorra.
El argumento oficial no convence en absoluto a Soriano, que percibe en la decisión una sospechosa aplicación selectiva de la memoria histórica y un castigo más o menos velado por los conocidos vínculos de Mateu con el primer franquismo. En este sentido, conviene recordar que el empresario formaba parte del estado mayor del bando nacional durante la Guerra Civil, que fue el primer alcalde de la Barcelona de postguerra y que ejerció también como consejero de Falange, a demás de procurador a Cortes. Un franquista de tomo y lomo, vamos. Aunque este historial, añade Soriano, no puede borrar sus méritos andorranos, que son precisamente por los que figuraba hasta ahora en el callejero. Fue Mateu, y no otro, quien intercedió ante Franco para que en plena Guerra Civil pudieran llegar a Andorra los alimentos que escaseaban; y fue Mateu quien evitó que los nacionales bombardearan la central de Escaldes, destino que corrieron las otras hidroeléctricas pirenaicas en territorio de la República. Aún más: gracias a Fhasa -es decir, a Mateu- se completó la red de carreteras, se creo el servicio de orden y se fundó el Banc Agrícol, precedente del actual Andbanc: "Todo esto no tiene nada que ver con el franquismo; de hecho, es anterior a la Guerra Civil. Por eso me parece injusto y demagógico que ahora le retiren el nombre. Y me recuerda mucho a esta lastimosa reescritura de la historia que consiste en borrar lo que no nos gusta de lo que ocurrió, como el olvido de Pétain en la lista de los copríncipes franceses en la Nova aproximació a la història d'Andorra", insiste la historiadora.

Y los otros, ¿que?
El argumento definitivo es para Soriano es el agravio comparativo con otros coetáneos de Mateu que simpatizaron o, como mínimo, contemporizaron con el franquismo. Señaladamente, dice, el Síndico Cairat y el obispo Guitart, "por no hablar de otros personajes de gran prominencia en la vida económica del momento". De Guitart recuerda que se mostró "especialmente combativo con la República" -contra la República, se entiende- mientras que ante Franco procedió "con total mansedumbre": pues un busto recuerda hoy en la capital al señor obispo. Argumentos similares son los que plantea Antoni Morell para criticar la decisión del Comú. El historiador, que ha radiografiado los años 30 andorranos en 52 dies d'ocupació?, evoca el conocido caso del escultor Josep Viladomat, autor de una escultura ecuestre de Franco que hasta el final de la dictadura presidió el patio del museo militar de Montjuich. Pues bien: Viladomat tiene hoy museo propio y avenida a su nombre en la misma Escaldes. Morell cita también a Juan Antonio Samaranch, delegado nacional de educación física y presidente de la Diputación de Barcelona en el último franquismo, y hoy presidente del Campeonato europeo de policías y bomberos que Andorra acogerá en junio. Y lanza un par de preguntas que merecerían respuesta oficial: "¿Por qué le pusieron el nombre de Mateu a la avenida? ¿Por sus vínculos con Franco? ¿O en agradecimiento a su papel clave en el establecimiento de la primera industria moderna de este país?" Y dispara con bala: "Porque si es por su ideología, deberíamos concluir que el Quart de Escaldes que le homenajeó poniéndole su nombre a una avenida también era franquista... ¿Lo era?"

Más matices introduce Joan Peruga en el análisis del personaje. El autor de L'Andorra del segle XIX asegura que ya durante los años 30 "la omnipotencia y la omnipresencia de Fhasa y de su consejero delegado generó fricciones con muchos sectores de la sociedad andorrana y con las autoridades del momento". Además, su "profunda" filiación franquista lo convierte en un personaje "incómodo". Por eso concluye que, "aunque debe tener presencia, y mucha, en los libros de historia, no lo encontraré a faltar en el callejero de Escaldes". En un punto intermedio se sitúa Arnau González i Vilalta. El autor de La cruïlla andorrana de 1933 constata que Mateu, aun con su incuestionable pedigrí franquista, "no ejerció en Andorra ninguna autoridad dictatorial" y que por lo tanto se trata de un caso particular, diferente a otros casos comparables que se han dado en Cataluña en que toda referencia pública al franquismo ha sido eliminada, "una decisión que en la práctica lo que supone es borrar la historia, exactamente lo mismo que hacía la Dictadura". Vilalta aboga por una muy sensata tercera vía consistente en cambiar el nombre de la avenida en cuestión... pero manteniendo alguna referencia a su titular anterior. ¿Como podría quedar en este caso, la placa? Algo así como "Avinguda del Pont de la Tosca. Anteriorment, avinguda Miquel Mateu i Pla. Empresari català amb interessos a Andorra. Primer alcalde franquista de Barcelona, membre de l'aparell polític i empresarial de la Dictadura del general Francisco Franco". La verdad: más que la placa de un callejero parece la entrada de un diccionario biográfico. Pero es una idea.

[Este artículo se publico el 25 de enero de 2011 en El Periòdic d'Andorra]

domingo, 29 de diciembre de 2013

El pasador discreto (y II)

[Segunda y última entrega sobre la peripecia de Albert Moles Damunt, capturado en septiembre de 1943 al frente de un grupo de diez aviadores aliados en la cima del Port Negre, y detenido en la prisión de la Seo de Urgel; las autoridades andorranas, incluida la Mitra, se movilizaron para conseguir su liberación: salió de la prisión el 5 de enero de 1944, previo pago de una multa gubernativa de 500 pesetas.]

Otra vez con los pasadores, sí, porque nunca nos cansaremos de volver a uno de los escasos capítulos del siglo XX en que Andorra jugó un papel de cierta relevancia. Y encima, del lado de los buenos. Lo haremos de nuevo con Albert Moles (Barcelona, 1923-Quillan, Arièja, Francia, 2007), el pasador discreto y el último -de momento, claro- en unirse a las filas de los Forné, Viadiu, Baldrich y compañía. Porque así se lo prometimos al lector, y nosotros cumplimos. Bueno, casi siempre... Empezaremos por el final, con la notificación de la libertad de nuestro hombre firmada el 5 de enero de 1944 por el inspector jefe del destacamento de la guardia civil en la Seo de Urgel: "El individuo Alberto Moles Demunt que se hallaba en esta prisión de mi cargo [...] en el día de la fecha ha sido puesto en libertad..." Concluía así un pequeño calvario -más burocrático que otra cosa, enseguida lo verán- que había comenzado con la captura de la partida que Moles conducía, un grupo de diez hombres que el 4 de septiembre de 1944 cayó en las zarpas de la guardia civil de fronteras a la altura del Port Negre, cuando iniciaban la última etapa del camino que les tenía que conducir al consulado británico en Barcelona: la libertad.

A sus diez compañeros de escapada -aviadores aliados, sostiene el historiador Josep Calvet, autor de la monografía canónica sobre la materia, Las montañas de la libertad, y que ha exhumado de los archivos del gobierno civil de Lérida el expediente de donde procede la información que hoy revelamos: la prosa burocrática los despacha lacónicamente como "súbditos extranjeros"- se les pierde enseguida la pista: el 9 de septiembre son transferidos a la prisión provincial de Lérida y es de suponer que acabarán como tantos de sus colegas en el campo de Miranda de Ebro, el peaje previo a la libertad que tenían que abonar los oficiales aliados capturados en España. Era malo; pero era todavía peor ser entregado a la Gestapo.

En fin, que de Moles podemos reconstruir el periplo carcelario, cuatro meses intensos en que veremos interceder por él y en dos ocasiones nada menos que al delegado de la Mitra [recuerde el lector que el obispo de Urgel era y es el copríncipe de Andorra: el jefe del Estado], al síndico Francesc Cairat y al cónsul de Andorra la Vella, Joaquim Marfany, así como un abundante intercambio de notas entre el director de la prisión, el inspector jefe de la comandancia de la guardia civil en la Seo, el gobernador civil de Lérida y -atención, que no está nada mal- la mismísima Dirección General de Seguridad de Franco, en Madrid. Porque hasta la capital española llegó el caso Moles.



Expediente de Moles exhumado por Calvet del archivo del Gobierno civil de Lérida: el 10 de septiembre de 1943 el inspector jefe de la Seo informa de la detención del grupo de Moles; el 6 de noviembre, el secretario de la Mitra se interesa en el caso: las autoridades andorranas certifican que es "persona de buena conducta", y nota manuscrita del director de la prisión de la Seo decretando la puesta en libertad del pasador andorrano, fechada el 5 de enero de 1944.

Calvet ha comprobado cómo Moless alió bastante bien librado: cuatro meses en prisión y una multa de 500 pesetas, que debía de ser una cantidad importante en la época, pero que hay que situar en su contexto: a Moles lo había contratado según consta en el expediente un tal Jaime, "residente también en las Escaldes", por 700 pesetas; y según el testimonio de Joaquín Baldrich, el consulado británico no escatimaba recursos y pagaba 3.000 por cada hombre que llegaba a Barcelona. Así que la broma le salió a Moles relativamente bien... si no hubiese sido, claro, por los cuatro meses a la sombra que se tiró. En cualquier caso, el destino de nuestro pasador de hoy ilustra el trato más o menos benévolo que las autoridades franquistas reservaban a los reos de "paso clandestino de fronteras" -éste era el delito del cual se acusaba a Moles y compañía- especialmente desde que el desembarco aliado en en el norte de África, a finales de 1942, comienza a quedar claro el resultado de la II Guerra Mundial. E ilustra también la movilización de las autoridades locales, que no dudaron en interceder una y otra vez, hasta salirse con la suya, a favor de un "súbdito andorrano".

Lo sabíamos por el caso de Eduard Molné, capturado en la célebre operación de la Gestapo en el hotel Palanques, en septiembre de 1943, y encerrado en la prisión de Saint Michel, en Tolosa. Pero ahora lo comprobaremos con los documentos en la mano. El 14 de septiembre -es decir, diez días después que los capturaran en el Port Negre- la Mitra toma la iniciativa y Fornesa solicita al gobernador civil que "se digne interesarse por Alberto Moles [...] con objeto de que pueda ser aclarada la situación del detenido y se le conceda la libertad si la naturaleza de los cargos lo permite". El 6 de noviembre vuelve a la carga, a instancias del síndico, según dice, y ya sin tantos miramientos le conmina a que "tan pronto como sea posible sea puesto en libertad". La última muestra de esta solidaridad activa la encontramos el 30 de marzo de 1944. Hace ya casi tres meses que está felizmente en libertad, pero Moles solicita que se le devuelva el pase especial de fronteras que los ciudadanos andorranos necesitaban para circular por España, pase que se le había confiscado al ser capturado. Alega en defensa propia que lo necesita "para ayudar a mis padres, pobres y ancianos, y ganar honradamente mi vida, al objecto de poder trabajar como ayudante de chófer en el comercio de D. Alejandro Lluelles e las Escaldas". El caso pasa a manos del inspector jefe de la Seo, que a estas alturas ya debía set casi un íntimo de Moles. El hombre se lo piensa, pero sin demasiada convicción, porque -dice- "el reseñado individuo se dedicaba con anterioridad al contrabando y paso clandestino de extranjeros", pero no le cuesta mucho dejarse convencer: "En la actualidad parece que es su propósito enmendar su forma de vida trabajando honradamente al servicio de Alejandro Lluelles".

Así que si el señor inspector no tiene nada en contra, el gobernador civil tampoco y el 15 de abril decreta que se le permita a Moles "la entrada y circulación por España al igual que al resto de los residentes en los Valles de Andorra". El expediente de Moles acaba aquí, y también su carrera como pasador, porque según su hermano Josep el episodio le hizo ver las orejas al lobo y no se atrevió a volver al peligroso negocio del paso clandestino de frontera. El intercambio epistolar entre inspector, gobernador y director general de seguridad da en cualquier caso la sensación de que a las autoridades franquistas Moles más bien les estorba, que se lo quieren sacar de encima y que se agarran a cualquier coartada más o menos verosímil para deshacerse de él y devolverlo a Andorra salvando la cara.

El 8 de octubre el gobernador civil había puesto a Moles "a disposición" de la Dirección General de Seguridad; quince días después, es el director general el que responde que "como en esta Dirección no tiene ningún antecedente y por tanto responsabilidad pendiente, quedará detenido a disposición de V. I. para imponerle la sanción mayor o menor según su importancia social y política". Una importancia que tiene medida exacta: 500 pesetas. Ésta es la multa que el gobernador le impone el 31 de diciembre, después de haber recibido informes andorranos que lo definen, por supuesto, "como persona de buena conducta, según antecedentes y opinión general"... aunque el inspector no lo acaba de ver claro y advierte de que "se puede afirmar sin ningún género de dudas que se dedica en la actualidad al contrabando". Pero la suerte de Moles está dictada: el 5 de enero de 1944 sale de la prisión. ¡Menudo regalo de Reyes!

[Este artículo se publicó el 9 de diciembre de 2013 en El Periòdic d'Andorra]