Incursiones relámpago, estilo Sturmtruppen, en episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y las dos postguerras, con ocasionales singladuras a alta mar, a ultramar y si conviene incluso más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

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jueves, 26 de junio de 2014

Meritxell: el juego de las diferencias

La nueva imagen de la patrona de Andorra, menos flaca y menos estrábica que la original románica, se venerará en el santuario antiguo; la escultora Íngrid Forelll ha tallado la Virgen, cpia de la que Sergi Mas esculpió para substituir a la que ardió en el incendio de 1972.

Dice mosén Ramon que la nueva imagen de la Virgen de Meritxell mira no raro, pero si diferente. Un detalle en absoluto menor porque -sostiene- "los ojos son lo primero en lo que me fijo cuando miro a alguien, y los de la patrona hablan". No está sugiriendo que los de la nueva talla no hablen. Pero tampoco tiene visiones, mosén Ramon: efectivamente, la imagen que ha tallado la escultora Íngrid Forell (Sant Julià de Lòria, Andorra, 1980) para el santuario viejo de Meritxell es una copia casi exacta de la que Sergi Mas realizó para substituir a la original románica -ya saben, la que según la versión oficial ardió en el incendio del 8 de septiembre de 1972 con el santuario. Casi exacta, decíamos, porque Forell ha copiado de oídas. Más bien de fotografías, porque como recordará el lector la talla de Mas también acabó en 2005 en la hoguera -debe ser la maldición de Meritxell- y fue a su vez substituida por la que hoy se venera en el santuario nuevo, obra del tallista Jaume Rossa. Pero es que además, Forell ha ejercido de -ejem- oftalmóloga y le ha corregido a la Virgen el ligero estrabismo que padecía la talla románica; un estrabismo que había heredado la de Mas. Así que ahora mira diferente, sí: porque mira más... recto.

Imagen de la talla románica de Meritxell, la original del siglo XI que se veneró en el santuario andorrano hasta el incendio de 1972, cuando supuestamente ardió con el edificio. La fotografía la tomó Guillem de Plandolit antes de 1933. Fotografía: Fondo Guillem de Plandolit / Archivo Nacional de Andorra.

El tallista Sergi Mas en su estudio de Aixovall, con un busto de la Virgen de Meritxell. Mas realizó la réplica de la talla que se colocó en el nuevio santuario de Meritxell para sustituir a la que había desaparecido en e lincendio de 1972; también esta talla tuvo un final dramático: en 2005 un perturbado la arrancó de su peana y la quemó en una hoguera. A su vez, la talla de Mas fue sustituida por la que hoy se venera en el templo, obra del tallista Jaume Rossa. Fotografía: Máximus.


La nueva talla de la Virgen que desde el mes de mayo se venera en el santuario antiguo de Meritxelll, reconstruido en los años 90. Es obra de la tallista andorrana Íngrid Forell, que le ha introducido ligeros retoques: la Virgen ya no bizquea tanto como la original románica, tampoco es tan enjuta como su predecesora, y el Niño Jesús gasta un marcado prognatismo. La madera es de tilo, de un solo bloque, excepto las manos de la Virgen y del Niño, y para el policromado recurrió a la técnica tradicional, con una capa de preparación a base de cola de conejo. Fotografía: Tony Lara / El Periòdic d'Andorra.


Vista actual del santuario viejo de Meritxell, reconstruido sobre las ruinas del templo que ardió en 1972, justo al lado del nuevo santuario proyectado por el arquitecto Ricardo Bofill; en esta pequeña iglesia es donde en adelante se venerará la talla realizada por Forell. Fotografía: Tony Lara / El Periòdic d'Andorra.


Esta de corregirle la bizquera es una de las escasas directrices que el Servei de Patrimoni, responsable último del tinglado, le dio a Forell cuando le encargó una imagen para colocarla en el ábside del santuario antiguo, donde hasta ahora no se veneraba ninguna talla de la patrona y los turistas se tenían que conformar con un audiovisual que encima -dice mosén Ramon- "raramente funciona". Un encargo con motivo de la reciente adscripción de Meritxell a la Ruta Mariana -itinerario de turismo religioso que incluye otros cuatro templos: Montserrat, Lourdes, el Pilar y Torreciudad- e incialmente destinada al santuario nuevo. El que levantó Ricardo Bofill. Finalmente se optó por colocarla en el viejo, que no deja de ser el el emplazamiento original de la talla -se consuela Forell.
Pero no es sólo la mirada. La otra gran diferencia respecto a la original -la tienen aquí arriba, en una fotografía de Guillem de Plandolit anterior a 1933- radica en el rostro: si se fijan, comprobarán que el de la talla románica era el de una payesita más bien enjuta, inquietantemente escuchimizada, detalle que según cómo le confería una dureza bien poco maternal. La de Forell es en cambio una Virgen bien alimentada, reluciente y casi, casi rolliza, por no decir atlética y en cualquier caso mucho más saludable -y acogedora. Al Niño Jesus, en cambio, le ha salido un preocupante prognatismo que no se intuye en la fotografía de Plandolit.
Alega Forell -que por otra parte de confiesa "satisfecha del resultado y orgullosa de haber tallado a la patrona, y contenta de que luzca en un lugar tan preeminente"- que más que de una réplica se trata de una copia, y que en cualquier caso ha trabajado a partir de fotografías de la talla de Mas. El único dato fehaciente de que disponía eran los 82 centímetros de altura, desde la peana hasta la corona. El resto de medidas y proporciones los tuvo que inferir a partir de ampliaciones a tamaño natural de los cuatro costados de la Virgen de Mas: "Traspasé las medidas exactas al bloque de madera y a partir de aquí fui desbastando el material que sobraba". Del bloque primigenio emergió una Virgen ya sentada en su trono; y hete aquí otra diferencia con la original, que iba clavada literalmente a la silla con seis clavos de forja. Las manos de la Virgen y el Niño, concluye, los talló aparte y los unió a la Virgen con unas espigas de madera.

De copia en copia
Vale que Forell, que le ha consagrado a este encargo unas 175 horas, tres meses de trabajo, hizo algo de trampa: tuvo siempre a mano y como referencia la Virgen de AINA, una de las tres copias que Mas hizo de la que ardió en el santuario -las otras dos se encuentran en el hospital Nostra Senyora de Meritxell, en Escaldes, y en el colegio Janer de Santa Coloma. Muchas copias, ya lo ven. De hecho, la de Forell vendría a ser algo así como la copia de la copia de una copia. Algo parecido al juego del teléfono, ¿recuerdan? Se entenderá que el resultado final sea una recreación, más bien una interpretación, antes que una réplica. Cosa esta última que por otra parte tampoco pretendía Forell: "No buscaba una reproducción exacta sino una talla nueva en que se reconocieran los rasgos de la románica, y respetando por supuesto sus características; por otra parte, por muy fiel que pretendas ser al original, siempre acabas dejando en la obra tu sello propio, tu manera de trabajar". Forell cambió el pino negro de la original románica -que también lo era de la de Mas- por tilo, porque dice que es ésta una madera "sin vetas, resistente pero a la vez blanda, y agradable a la hora de pasarle la gubia. El pino se muestra igualmente dócil, continúa, pero tiene más nudos y es más duro. Así que tilo.
Aparte el estrabismo, la otra consigna que se le dio dese Patrimonio fue que aplicara a la talla una capa de preparación a la antigua: es decir, un potingue a base de cola de conejo y Blanco de España, que se mezcla antes de dejarla reposar al baño María: "Se trata de disolver la cola con agua e ir aplicando poco a poco el carbonato hasta conseguir una textura parecida a la del yogur"
De este yogur resultante, en fin, se aplican sucesivas capas a la madera hasta que la superficie ha quedado lo suficientemente lisa como para aplicarle la policromía definitiva. Una técnica casi arqueológica hoy substuida por la pintura acrílica y que era, dice Forell, uno de los grandes atractivos del encargo. Aunque no es la primera vez que trabaja con esta capa de preparación tan... especial: antes lo hizo en la restauración de los retablos de Sant Cerni de Canillo, Sant Iscle de la Massana y Sant Cristòfol d'Anyòs.
El otro gran reto técnico de la talla era justamente la policromía porque..., ¿cuáles eran los colores originales de la Virgen románica? Hay que tener en cuenta que seguún el mismo Mas -que elaboró un estudio casi anatómico de la de verdad cuando en 1969 talló una réplica exacta con la que el Consell General quiso honrar al Obispo (y Copríncipe) Igleisias Navarri: es la que hoy se conserva en el colegio Janer-la pintura original sólo se había conservado en la parte posterior de la talla, mientras que al resto de la imagen se les aplicó una nueva mano de pintura en la restauración (anónima) de finales del siglo XIX. Por otra parte, y tal como indica Forell, en las escasas fotografías en color que se conservan de la original la tonalidad varía enormemente: en unas es de un tétrico mate; en otras, reluciente, casi estridente.; y en unas terceras, reluciente, casi estridente. El objetivo, dice, era conferirle una tonalidad envejecida, para que no pareciera nuevo a estrenar, así que sobre el azul cobalto, el azul cerúleo, el rojo cadmio, el vermellón y toda la gama de tierras -esta es la paleta de a Virgen, y no otra, así que no se les ocurra buscar por aquí el azul de Prusia, porque no lo encontrarán- aplicó una veladura para matizar el tono y darle pátina, dice la artista. Pntura sintética, porque es bien verdad que no se puede tener todo. Ni cuando eres funcionarios. Pero no divaguemos y regresemos a la nueva talla de Meritxell, lo más aproximado a la talla original que se exhibe hoy en público... aunque le hayan curado parcialmente la bizquera -aunque no del todo, bien mirado, todavía mira algo... torcida. Aunque no del todo, diríamos que todavía mira de lado- y que nos la han engordado otro poco. Por esto mismo, y porque estamos hablando de la patrona de todos, cuesta entender por qué todo este asunto se ha llevado con el secretismo habitual de las cosas que afectan a Patrimonio: ¿De verdad considera el ministerio de Cultura  -de donde salió el encargo- o al de Turismo -que tuvieron la idea- que una nueva talla de la patrona en el santuario triste no merece merece ni una lacónica nota de prensa? Porque si ni ellos están convencidos de que esto tiene un cierto interés, la cosa empieza especialmente mal.

[Este artículo se publicó el 24 de mayo de 2014 en El Periòdic d'Andorra]

jueves, 27 de marzo de 2014

La Virgen de Meritxell: ¿chamuscada, secuestrada o robada?

Erik el Belga sugiere que el incendio del santuario de Meritxell, el 8 de septiembre de 1972, podría haber servido de coartada para ocultar la sustracción de la talla románica de la patrona de Andorra; Sergi Mas, último restaurador de la pieza, y Pere Canturri, en la época director del servicio de Arqueología del Consell General, discrepan sobre los detalles de un episodio que todavía levanta ampollas.

"Más que sopechoso". Contundente y lacónico: así despacha René vanden Berghe, alias Erik el Belga, el incendio que la noche del 8 de septiembre de 1972 arrasó el santuario de Meritxell, en Canillo (Andorra) y -siempre según la versión oficial- la talla románica de la patrona. Sospechoso porque la coartada del incendio -viene a decir nuestro hombre- es un expediente clásico que ha servido históricamente para camuflar el robo de incontable sobras de arte. Y lo dice uno que sabe de lo que habla. Vale que Erik el Belga desmiente inmediatamente cualquier implicación en el asunto y que alega no saber nada sobre lo que ocurrió aquella fatídica noche.

Más que nada, reconoce, por las dificultades logísticas que comportaba trabajar en el país. Y vale que, como él mismo se encarga de resaltar en el subtítulo de sus memorias, estamos hablando del ladrón de arte "más famoso del mundo", y por lo tanto hay que aplicar a su testimonio una saludable y preventiva dosis de escepticismo. Pero exactamente por el mismo motivo, se trata de la opinión de un experto en la materia. Una opinión que además coincide con los rumores que ya en la época corrieron de boca en boca y que apuntaban a una versión alternativa: que la talla no había ardido con el santuario sino que alguien la había hecho desaparecer oportunamente antes del incendio. Una hipótesis que está, por cierto, en la base de la trama de Azul de Prusia, la novela con que Albert Villaró se llevó en el 2006 el premio Carlemany.


Talla románica policromada de la Virgen de Meritxell que ardió en el incendio del 8 de septimebre de 1972 (según la versió oficial, claro). Medía 83 centímetros de altura, y calzaba unos zuecos tan desproporcionados que recibió el sobrenombre de Mare de Déu dels Esclops, la Virgen de los Zuecos. La fotografía esta tomada por Guillem de Plandolit antes de 1933; hay que decir que hasta 1950 la imagen que se veneraba en el santuario como si fuera la Virgen de Meritxell no era la talla románica de la patrona sino otra talla gótica de la Virgen del Roser, más acorde con los gustos estéticos de la época.. Fotografía: Fondo Guillem de Plandolit / Archivo Nacional de Andorra.

El incendio del santuario de Meritxell se declaró a medianoche del 8 de septiembre de 1972, justo después de la romería que cada año se celebra este día con motivo de la festividad de la patrona; el informe oficial atribuye el desastre a una chispa provocada por el obsoleto sistema eléctrico que prendió en el entarimado del templo. Fotografía: Fondo Peig / Archivo Nacional de Andorra.
El tallista Sergi Mas contempla una copia de la talla de Meritxell en su taller de Aixovall, Sant Julià de Lòria; el Consell General le encargó en 1969 una réplica exacta para obsequiar al obispo Iglesias Navarri, así que Más conoce al dedillo las intimidades físicas de la Virgen. Fotografía: Máximus.

Lo recuerda desde su refugio de Aixovall, Sant Julià de Lòria, el tallista Sergi Mas. Voz doblemente autorizada porque él es el autor de la réplica de la talla original que el Consell General le ofreció al obispo Iglesias Navarri cuando hizo efectiva su renuncia, en 1969 -una copia "exacta, la más fiel al original que jamás se haya hecho", dice ,y que como veremos le proporcionó un conocimiento exhaustivo, casi forense de la anatomía de la pieza- y porque Mas fue unno de los centenares de ciudadanos que la mañana del 9 de septiembre de 1972 se plantificó en Meritxell para contemplar el desastre. Con la particularidad de que tuvo la ocurrencia de saltarse de estranquis el cordón policial, penetrar en lo que quedaba del santuario, subir al camarín de la Virgen e inspeccionar personalmente la magnitud de la tragedia.

¿Qué se encontró, allí arriba? O por decirlo con más propiedad: ¿qué no se encontró en el camarín? De entrada, recogió lo que quedaba de la talla gótica de la Virgen del Roser que hasta 1950 se había venerado en lugar de la de Meritxell, más rústica y primitiva y por lo que parece menos del gusto de los andorranos del siglo XIX y primera mitad del XX. Un tocón, este del Roser, al que todavía se le reconocían vagamente las formas marianas y que entregó diligentemente a los bomberos que trabajabanen la extinción del incendio. Hasta aquí, todo iba bien. Pero en el camarín de la patrona las cosas empezaron a torcerse: alí no quedaban ni los restos del tocón carbonizado de lo que durante los últimos ocho siglos había sido la Virgen de Meritxell. nada. Ni tan siquiera los clavos de hierro forjado -seis, como mínimo, asegura- que fijaban la talla a su humilde trono de madera.

El misterio de los clavos forjados
La talla se había fundido, literalmente. Y precisamente la de la patrona. Un fenómeno que cuatro dácadas después todavía le da a Mas que pensar: "Cuando tallé la copia que le regalaron al obispo Iglesias Navarri tuve que subir muchas veces al santuario para tomarle medidas y muestras de color, calcar la silueta de frente y de lado, tanto de la Virgen como del Niño. Hasta le hice una máscara; en fin, que tallé una copia exacta", insiste. Tanta intimidad le permitió conocer algunos de sus secretos mejor guardado, comenzando por los clavos de forja y terminando por la policromía: en la capa de pintura original -que sólo se había conservado en la parte posterior de la talla- se le había añadido como mínimo otra capa en una restauración anónima que fecha a finales del siglo XIX. Si a las reglamentarias tres capas de cola que los artesanos medievales aplicaban de oficio a una talla les añadimos la del lífting decimonónico, el resultado final da un grosor de entre 2 y 5 milímetros que, añade Mas, "funcionaba como una especie de armadura de yeso incombustible". Además, estamos hablando de un tocón que tenía casi mil años y que por lo tanto tenía que haber perdido casi toda la resina, que es el elemento que hace a la madera combustible: "Tendría que haber quedado por lo menos el mismo tocón carbonizado que en el caso de la talla del Roser". Pero no: no quedaron ni los clavos de hierro forjado.

A esta opinión autoriuzada hay que añadirle otro elemento que, recuerda Mas, circul´p en la época con insistencia y que alimentó la imaginación de los más escépticos. Según ellos, los primeros vecnos que llegaron a Meritxell una vez declarado el incendio no entraron en el camarín oirque las llamas ya lo impedían; pero sí que pudieron meter la nariz en la ventanilla posterior del santuario, que daba precisamente al camarín de la patrona. Y la talla ya no estaba en su sitio. A todo lo que antecede hay que añadir -y así lo hace Mas- que la instalación eléctrica del santuario -la causa última del incendio, según la versión oficial- se encontraba en unas condiciones deplorables y que era perfectamente plausible que alguno de los cirios de la procesión nocturna -el 8 de septiembre es la festividad de Meritxell, de gran devoción popular- que se dejaban en el interior del templo cayera accidentalmente al suelo y la llamita prendiera el entarimado de madera.

¿Qué conclusión de puede sacar de todo lo que antecede? ¿Que alguien prendió fuego al santuario para agenciarse la talla de la Virgen? ¿O quizás se aprovechó de un incendio fortuito para sustraerla? Si es asi, ¿quién? "Unos, quizás los más crédulos, se tragaron la versión oficial; los más desconfiados pensaron que aquello no fue un accidente; que no pudo serlo. ¿Qué creo yo? Pues yo explico lo que vi, y sólo sé que en aquellos años corrían por los Pirineos bandas de ladrones de arte". como la de Erik el Belga, aunque él mismo se borrara de lista de hipotéticos sospechosos con el impecable argumento de que, prescrito como estaría el supuesto delito, nada le impediría hoy admitir el trabajo de Meritxell. Si hubiera sido él, claro. Y dice que no.

Así que sólo nos queda la versión oficial. La redactó Pere Canturri, entonces director del servicio de Arqueología que el Consell General había creado en los años 60. Ni las insinuaciones de Erik el Belga ni el testimonio de Mas lo desvían ni un solo milímetro de lo que escribió hace cuatro décadas: "Ojalá me equivoque y algún día la talla aparezca; pero para mi, desgraciadamente, la Virgen se quemó en el incencio". Canturri rebate uno a uno los argumentos que la -digamos- teoría de la conspiración ha ido acumulando durante estos años. Para empezar, apunta como es lógico al mal estado de la instalación eléctrica: "Es perfectamente posible queuna sobrecarga provocara una chispa", dice. Por lo que respecta a la talla, contradice los datos aportados por Mas y sostiene que la Virgen no estaba clavada a la silla por seis clavos; tan solo por uno, que ni siquiera era de forja sino "sencillo, normal y corriente, imposible de disinguir entre los restos de miles de clavos que había en el templo calcinado".

Insiste también en la alta combustibilidad de una talla casi vacía en su parte posterior -donde se ocultaba un reconditorio para las reliquias- y bajo las piernas de la Virgen, por donde iba clavada a la silla, y resta valor al testimonio de los primeros vecinos que se alzaron hasta la ventanilla de la parte posterior del santuario: "Por el ángulo de visión, desde allí era sencillamente imposible alcancar a ver el camarín de la Virgen". Así que lo despacha finalmente con la misma contundencia con que Erik el Belga abría este artículo: "Se trató desgraciadamente de un incendio catastrófico; que la talla se quemara no es en absoluto extaño. Pero insisto: ojalá me equivoque".

'Azul de Prusia': una alternativa de novela
Ni ardió ni la robaron. Por lo menos, en el incendio de 1972. Esta es la tercera vía, la suculenta hipótesis alternativa que plantea Albert Villaró en Azul de Prusia. Según el novelista, aquel 8 de septiembre de 1972 un grupo de tradicionalistas sector intransigente que se presentaban como el Consell de la terra hurtó la talla en una acción inspirada en el secuestro de la Virgen de Nuria perpetrado en junio de 1967 por un comando de antifranquistas catalanes. Con la mala fortuna que justo después de retirar la talla del camarín se declara un incendio y han de salir por patas. No se acaba aquí la cosa porque, cuatro décadas y dos cadáveres después, el espavilado Andreu Boix, o Boix el Viudo -el poli que protagoniza la novela de Villaró- descubre accidentalmente que la talla secuestrada por los héroes de el Consell de la Terra no era la original sino una copia de los años 20 que alguien había colocado en algún momento en lugar de la pieza románica original. Pero, ¿quién? Digamos sólamente que las elucubraciones literarias de Villaró se acercan antes a las de Más que a las de Canturri. Pero háganse un favor y lean Azul de Prusia.

[Este artículo se publicó el 21 de enero de 2013 en El Periòdic d'Andorra]

miércoles, 26 de marzo de 2014

Erik el Belga: "Curas y obispos vendían obras de arte como si fueran rosquillas"

Cuatro décadas después el incendio del santuario de Meritxell y la (presunta) desaparición de la talla románica constituyen todavía -para los descreídos y aficionados a las conspiraciones, claro- un enigma mayúsculo. Entre las hipótesis alternativas y más o menos fabulosas que se han propuesto para explicar el caso, una de las más conspicuas apunta hacia René vanden Berghe, alias Erik el Belga (Henripont, Flandes, 1940). Sí, hombre, aquel tipo que en los 70 y primeros 80 vació las iglesias de media España. La policía lo detuvo en 1982 en Barcelona, aunque él sostiene que se dejó cazar. Colaboró en la recuperación de tres millares de piezas que él mismo robó -o colocó- y tres años después salió de la Modelo sin ser tan siquiera juzgado. Como si nada. Hoy disfruta en Málaga de un plácido retiro, uno más de los millares de jubilados que apuran su tiempo en la Costa del Sol. La publicación de su intrigante autobiografía, un tocho de 700 páginas dudosamente titulado Por amor al arte: las memorias del ladrón más famoso del mundo (Planeta) es una ocasión que ni pintada para preguntárselo abiertamente: ¿fue usted?


René vanden Berghe, alias Erik el Belga, recuerda su carrera en Por amor al arte, que lleva por subtítulo El ladrón más famoso del mundo. Modestia aparte, claro. Fotografía: Archivo.


-Según la versión oficial, la talla se chamuscó la funesta noche del 8 de septiembre de 1972: ¿se la cree?
-No. Lo que creo es que la vendieron, ¿me entiendes? No es que lo sepa, pero lo cierto es que hubo muchos casos similares en que primero vendían la pieza y luego decían que la habían roobado, o se declaraba un oportuno incendio.

-A diferencia de la talla gótica del Roser, vecina de camarín, de la de Meritxell no quedó ni el tocón. Ni siquiera los clavos de hierro forjado que la sujetaban a la silla. Sospechoso ,¿no le parece?
-Por descontado: más que sospechoso.

-Pero, ¿no resulta muy aparatoso, además de arriesgado, quemar una iglesia para sustraer una talla, aunque sea la de Meritxell?
-Todo depende del precio.

-¿A quién le podía interesar, nuestra patrona? Hipotéticamente, claro...
-A cualquier coleccionista a quien le falte una pieza de una época o de una calidad determinada. El problema con el que me encontré con cierta frecuencia es que si un coleccionista que ya tenía cinco tallas me encargaba otra, le tenía que servir una de calidad muy superior .No quería más de lo mismo.

-¿La había visitado alguna vez, la de Meritxell?
-La conocía, sí.

-¿Y era en su opinión una pieza de caza mayor?
-Era extraodinaria; una talla excepcional.

-¿Por qué precio se podría haber colocado en el mercado?
-Por 35 o 40 millones de pesteas: una pequeña fortuna, en la época.

-Pues se lo voy a preguntar: ¿fue usted?
-No; no fui yo.

-Y si lo hubiera sido, no me lo diría a mí.
-Se equivoca: se lo contaría porque se trata de un delito ya prescrito. Por lo tanto, no me importaría explicarlo.

-Así que vino alguna vez por Andorra antes del incendio de Meritxell...
-Sí.

-¿Y se fijó -digamos que por deformación profesional- en otras piezas susceptibles de interesar a coleccionistas y ladrones de arte. Hipotéticamente, de nuevo.
-Sé que había obras muy interesantes, de gran calidad, sobre todo de estilo frances (?). Y todavía las hay.

-Pero nunca trabajó por aquí arriba...
-Jamás.

-¿No estuvo tentado de hacerlo?
-La tentación la tuve, pero resultaba muy difícil salir del país, una vez dado el golpe: carecía de transportistas que pudieran pasar las obras al otro lado. Las piezas robadas no pueden saltar volando por encima de una frontera; hacen falta cómplices, y en el caso de Andorra no fue posible encontrarlos.

-¿No recibió un encargo para trabajar por aquí, aunque fuese técnicamente imposible?
-Nunca.

-Un trabajo como el de Meritxell, ¿cómo lo habría planeado y ejectuado, usted?
-De otra manera. Jamás he destrozado o dañado una obra de arte. Esto lo sabía todo el mundo, comenzando por mis clientes. Tampoco recurríamos nunca a metodos violentos, como por ejemplo maltratar a un cura. Si ocurría un incidente así, te quedabas sin negocio porque el coleccionista no quería problemas y perdía automáticamente el interés por el encargo.

-Otro trabajo: el robo del retablo de Sant Esteve d'Abella de la Conca, hoy en el Museo Diocesano de Urgel? ¿Sabe algo, por casualidad?
-He oído hablar de él, pero no lo conozco, este caso.

-Pues hay quien lo ha vinculado con el robo del retablo: ¿no tuvo usted nada que ver?
-Nada de nada.

-Hagamos balance: su trayectoria profesional la podemos resumir en...
-...robé unas 6.000 obras en poco más de 600 golpes. Más o menos, claro.

¿Se acuerda de todas sus víctimas?
-De casi todas.

-Ya lo veremos. Sospecho que arte español, sobre todo...
-En absoluto: en España di unos cuarenta golpes como máximo; el resto, en otros países europeos.

-Cuál fue entonces su principal campo de acción?
-Francia, Alemania, Italia... pero también Hungría y Checoslovaquia cuando todavía eran satélites de la URSS.

-¿Y simpre arte medieval?
. Siempre: románico y gótico; nada más. Ni tan siquiera barroco.

¿Por algún motivo en especial?
-Porque era lo que mis clientes demandaban.

-¿Siempre trabajaba por encargo?
-Casi siempre. Si no tienes comprador asegurado no merece la pena arrriesgarse: no te pasearás por media Europa con una talla en el maletero sin saber si podrás convertirla en dinero.

-¿Cuál fue su golpe más... complicado?
-El retablo de San Miguel de Aralar, en Navarra, en octubre de 1979. Una preciosa pieza de esmalte de Limoges del siglo XII. El santuario se encuentra en lo alto de la montaña, adonde se llega por una carretera de 13 kilómetros. Si surge algún problema, es muy difícil escapar. Déjeme añadir que 20 años después el retablo volvió a Aralar.

-¿Y el más peligroso?
-En cierta ocasión robamos una virgen gótica de una iglesdias perdida en el sur de Alemania. Nos detuvo la polícia, uno de mis compañeros se puso nervioso y disparó, los polis respondieron y una bala se me incrustó en el cuello. Faltó poco para que no lo contara.

-Insiste en el llibro que muchos presuntos robos de arte sacro son en realidad ventas encubiertas que después se encubren con el expediente del robo.
Así nera, y así quedó probado en cantidad de sumarios. Curas y obispos vendían las obras de arte como si fueran rosquillas.

-Pero al final lo pillan y decide colaborar con la policía española.
-Así es: gracias a mi intervención se recuperaron más de un millar de piezas. Y aunque pasé tres años en prisión, nunca fui condenado.

-Dice también que gracias a su... intervención se salvaron muchas obras... Pelín cínico, ¿no le parece?
-Es la pura verdad. La mayoría de aquellas piezas se encontraban dejadas de la mano de Dios, medio podridas; se desintegraban. Daban auténtica pena.

-Permítame una cuestión personal: ¿que robó en la parroquial de Castrojeriz, Burgos, la tierra de mis abuelos castellanos?
-Media docena de tapices flamencos. Terminaron desperdigados por media Europa, pero déjeme que le diga -y así se queda tranquilo- que hace años que se recuperaron y hoy vuelvena lucir todos en Castrojeriz.

-¿El más rentable de los golpes que dio?
-El de Castrojeriz... si los tapices hubiesen sido de Rubens. Incalculable. Pero resultó que no lo eran y el cliente ya no los quiso de ninguna manera. El de Aralar tampoco estuvo mal: el retablo, que siempre se ha dicho que era del siglo XII, resultó que es muy anterior. Del siglo VIII, probablemente.

-¿Por cuánto lo colocaron?
-Sobre unos 75 millones, creo recordar.

-¿Se procuró algunas piezas para su museo particular?
-No. Como mucho llegué a cambiar piezas robadas por otras  legales; eran éstas últimas con las que me quedaba.

-Reconózcalo: ha escrito sus memorias por mala conciencia.
-En absoluto.

-Así que no se arrepiente.
-No. He aprovechado el tiempo, he robado obras que me gustaban mucho y por lo tanto mi oficio me permitió combinar mi pasión por la belleza con la satisfacción de mis clientes. Con la mayor parte de los cuales, por cierto, he mantenido hasta hoy una excelente relación.

-Imaginése que tiene la oportunidad de cerrar un pacto con el diablo, que le propone: "Erik, puedes llevarte al cielo -o al infierno- cualquiera de las 6.000 obras que has robado..." ¿Cuál escoge?
-[Ríe] Me consideraría bien pagado si puedo ir al cielo. Pero sopecho que el cielo está aquí, en la Tierra.

-Un último chismorreo: en abril de 1981 se trabajó el monasterio de Yuste, en Cáceres, donde murió Carlos V. Y cuenta que se permitió el capricho de, ejem, retozar con su novia de entonces en el mismísimo lecho del emperador. ¿Qué tal, la experiencia imperial?
-Rápida: como comprenderá, no nos entretuvimos.

[Esta entrevista se publicó el 17 de enero de 2013 en El Periòdic d'Andorra]




miércoles, 5 de marzo de 2014

Los rostros de la deportación

La publicación de Españoles deportados en los campos nazis ha tenido un inesperado efecto colateral: rescatar la memoria no sólo de los tres ciudadanos andorranos que oficialmente terminaron en el sistema concentracionario sino de otros tres que no constan en los archivos pero cuya dramática peripecia se ha conservado viva en el recuerdo de familiares y amigos. Aquí ponemos rostro a sus nombres y reconstruimos parcialmente su historia, para que el olvido no les inflija una segunda y definitiva derrota.


Pere Mandicó Vidal (Casa Xicos de Prats, Canillo, 9 de enero de 1907-la Seo de Urgel, 1971)Según el Libro memorial, ingresó en Copiègne el 17 de enero de 1944. Dos días después era reexpedido hacia Buchenwald, con matrícula 40844. El 24 de febrero lo trasladan a Flossenburg, y el 1 de marzo a Mauthausen, su destino definitivo ahora con la matrícula 56659. Bermejo y Chueca sostienen que fue liberado el 5 de mayo de 1945 en el KLM, siglas alemanas de Konzentrationslager Mauthausen. Era el quinto de los siete hermanos de cal Xicos de Prats de Canillo. Apodado El frare -El fraile- porque por lo visto había estudiado en el seminario de la Seo, como Antoni Vidal. Los mayores de Canillo recuerdan que enviar a los segudnones a estudiar al seminario era una salida relativamente habitua lentre las prolíficas familias andorranas de la época, que vivían en una economía de subsistencia. Otros testimonios le adjudican un carácter "bohemio", "introvertido" y "difícil", que se acentu´todavía más después de la contienda y de la experiencia en los campos. Con la liberación se instaló en Beziers, según informa un sobrino de Mandicó, y sólo esporádicamente regresó a Canillo. Tampoco contrajo matrimonio y murió en 1971 en el asilo de la Seo.


Bonaventura Bonfill Torres (Cal Candela, Meritxell, Canillo, 1912-Prades, 1973)Entre los deportados que sobrevvieron a los campos, Bermejo y Checa disitnguen entre los que eran capaces de evocar la experiencia con cierta distancia y los que revivían el infierno cada vez que lo recordaban. Bonfill parece que era de los primeros. Diversos testigos confirman la anécodta reseñada por Roser Porta y según la cual Bonfill solía alardear de que el paso por Buchenwald le había curado del dolor de estíomago con el que salió de casa. Era el sexto de diez hermanos, se casó con una chca de cal Xou, de les Bons (Encamp), y tuvieron dos hijos, los dos ya fallecidos. Bonfill, que tuvo la fortuna y el coraje de sobrevivir a la deportación, murió en 1973 a consecuencia de un accidente de ciruclación que sufrió el camión de ca l'Oros con el que iba a buscar gasolina a la refinería de Nohédes, poco después de Porta: resultó con heridas graves y lo trasladaron al hospital de Prades, donde murió al cabo de unos días.


Josep Calvó Torres (Casa Jaumina, Prats de Canilo, 4 de febrero de 1913-¿Buchenwald, 1945?)Era el tercero de cinco hermanos y como la mayoría de ellos se instaló de joven en beziers, como aprendiz en una tienda de ultramarinos. Su sobrina, Jacqueline Font, recuerda que lo cogieron en un trayecto en tren entre Tarascón y Foix, un día regresaba a Andorra.: "Cuando los gendarmes le dieron el alto el no se inquietó porque era ciudadano andorrano y no tenía nada que ocultar. Un compañero con el que viajaba, un tal Armengol, fue más perspicaz y se bajó del convoy en cuanto subieron los gendarmes. Josep, no. Y lo cogieron. Parece que en el vagón viajaba un grupo de judíos y que por mala suerte lo colocaron en el mismo saco. Debió ser hacia 1942. Su última carta la recibimos en 1945: nos decía que retrasáramos el bautizo de otrosobrino en Beziers porque contaba con que los americanos liberaríian pronto el campo..." Calvó se había casado a los 20 años con una chica francesa, y no tuvieron hijos.


Miquel Adellach Torres (Cal Sella, Llorts, Ordino, 28 de abril de 1908-Pamiers, 1977)Según el Libro memorial ingresó en Compiègen el 6 de abril de 1944. Dos días después lo reexpedían hacia Mauthausen con la matrícula 61853. Consta como trasladado a Linz, ciudad próxima a Mauthausen donde se instalaron tres subcampos: dos al lado de sendas plantas de armamento y un tercero destinado a la construcción de un refugio antiaéreo. Adellach fue liberado el 5 de mayo de 1945. El registro parroquial conservado en el Archivo Nacional contradice la fecha de nacimiento que consta en el Libro memorial: Adellach nació el 28 de abril de 1908. Los Adellach de cal Sella eran ocho hermanos, y la mayoría emigró a Francia. Miquel, el tercero, lo hizo cuando tenía unos 20 años, y se marchó para aprender el oficio de soldador, reciuerda su hermana Remei, la ínica superviviente de la familia. Era muy hábil, especialmente con la madera. Cuando todavía vivía en Andorra y junto a su hermano Ramon stocaban el acordeón, que habñian aprendido de oído: eran músicos sin solfa. Miquel se instaló en Auzat, y se casó con una chica portuguesa llamada Maria Enriques. Tuvieron cuatro hijos que hoy viven entre la Bretaña, París, California y Pamiers -adonde la familia se trasladó después de la guerra. Remei evoca el peso enorme que cayó encima de la familia cuando recibieron la noticia de la deportación de Miquel. Parece que por contrabando, una ocupación, dice, en cualquier caso esporádica: "Un chco andorrano nos lo vino a comunicar al cabo de ocho o diez días. Su esposa lo fue a visitar ala prisió de Tolosa, y los guardias le prometiron que lo liberarían si les llevaba una gallina blanca y otra negra. Pero era mentira, claro". No supieron más de él hasta la liberación: "Nuestra madre no nos dejaba asistir al baile de fiesta mayor en señal de duelo, porque no sabíamos lo que le podía haber ocurrido. De hecho, estábamos convencidos de que no lo volveríamos a ver". Pero Miquel Adellach sí que regresó: "Su mujer explicaba que lo notó muy tocado, pero que se rehizo rápidamente. Lo suficiente como para que ese mismo verano de 1945 viniera a Llorts a ver a la familia". Entre los recuerdos de su cautiverio, explicaba que había sobrevivido a un ataque aéreo aliado: "Era cuando trabjaba enla cocina. Cuando hubo pasado la alarma se abrazó con uno de sus compañeros porque habían sobrevivido. Pero el otro chico resultó herido de gravedad: olos ojos le rebentaron. Él también resultó herido, pero le bastaron  unos días en la enfermería".


Anton Vidal Felipó (Casa Vidal de Prats, Canillo, 22 de abril de 1900-Mauthausen, 22 de marzo de 1945)Vidal ingresó en Compiègne el 22 de marzo de 1944, tres días despúes salía hacia Mauthausen -matrícula 60674- de donde ya no volviño a salir: murió en el campo austríaco el 29 de marzo de 1945. Vidal es el más ignoto de nuestros deportados. Quizás por la edad ,ya que es el mayor del que se tiene noticia. Dicen los mayores de Canillo que Casa Vidal era una familia de posibles, "quizás la mejor de Prats". Anton tenía cuatro hermano: él fue uno de los dos que estudiaron en el seminario de la Seo; el otro parece que incluso llegó a cantar Misa. la única descendencia conocida es un sobrino, hijo de una de las hermanas Vidal, que fue gendarme en la región de Tolosa. Pero él no se llegó a casar. Lo definen como un hombre "fuerte y rústico", y consideran posible que se dedicara al contrabando. Entre los documentos que hemos podido consultar se encuentra el certificado de nacimiento necesario para solicitar el pasaporte del que procede la fotografía adjunta. El suyo fue expedido el 12 de agosto de 1941.


Josep Franch Vidal (Cal Ponet del Forn, Canillo, 17 de febrero de 1903-¿Buchenwald?) En el registro de pasaportes conservado en el Archivo Nacional consta, dentro del apartado Observaciones, un lacónico "Defunció", nota nada habitual en este tipo de documentos. Este detalle podría avalar la creencia de dos vecinos que sostienen que Franch murió en la deportación. En Buchenwald. En Cal Ponet eran seis hermanos. Él se casó en 1940 con Josefa Font de Casa Popaire de Soldeu. Tuvieron un hijo, que pdoría vivir todavía en Lunel, en el departamento del Herault. Los mismos informadores aseguran que Franch no se dedicaba al contrabando. En el pasaporte consta agricultor de profesión.


No es fácil, porque persisten los comprensibles recelos por parte de los allegados de los antiguos deportados, que no acaban de entender por qué hay que remover ahora, precisamente ahora, unos hechos que ocurrieron hace 70 años y a los que hasta hoy se había prestado escasa, por no decir nula atención. La misma prevención con la que tuvieron que lidiar los historiadores Benito Bermejo y Sandra Checa, autores del Libro memorial: españoles deportados en los campos nazis. Entrevistaron a decenas de supervivientes y la conclusión es que "excepto en dos o tres casos muy concretos, nos relataron su experiencia sin reticencias; eso sí, unos, con más entereza; otros, en cambio reviviendo todo el sufrimiento". Porque, claro, no era lo mismo ingresar en u campo de concentración solo, sin ataduras familiares y en plena juventud, que ir a caer en las garras del sistema concentracionario con la esposa e hijos, o con los padres y los hermanos. Estos últimos, dicen los autores, siempre quedaban "más tocados". Otra cosa son las familias, que han tenido que convivir durante todos estos años y casi en silencio con unos recuerdos muy dolorosos: "Es lógico que ahora recelen de este interés aparentemente repentino; es lógico que les sorprenda y que sientan una cierta rabia por tantos años de abandono".

Son tres los ciudadanos andorranos que según los documentos consultados por los historiadores -archivos administrativos de los campos, asociaciones de exdeportados y listas de la Cruz Roja elaboradas inmediatamente después de la liberación- fueron deportados: Anton Vidal Felipó y Pere Mandicó Vidal, los dos naturales de Prats (Canillo), y Miquel Adellach Torres, de Llorts (Ordino). Sólo se tenía hasta ahora constancia oficial del primero de ellos, relacionado someramente en la lista final de Els catalans als camps nazis, la obra de Montserrat Roig pionera en la materia. Pero la memoria familiar nos ha permitido añadir tres nombres más a la lista de deportados: Bonaventura Bonfill Torres, vecino de Meritxell (Canillo); Josep Calvó Torres, de Prats (Canillo), i Josep Franch Vidal, del Forn (Canillo). Los recuerdos de familiares, amigos y vecinos avalan la decisión de incluirlos desde ahora mismo en la lista de deportados andorranos.

Bermejo advierte, además, de que el hecho de no constar en las fuentes oficiales no es en absoluto concluyente: "En muchas ocasiones los mismos deportados era voluntariamente ambiguos a la hora de facilitar la filiación o la nacionalidad, precisamente para proteger a sus familias o como medida de autoprotección. Tampoco los alemanes hilaban muy fino: uno de los andorranos figura en los archivos primero como francés, después como "rojo español", y finalmente como andorrano. Por si no fuera poca confusión, las grafías variables con que se registraban nombres y apellidos -Adellach consta en la lista del Libro memorial como Adalach- condenaban a veces a los deportados al limbo administrativo. Aparte de los seis ya citados, la memoria popular también ha conservado, aunque de forma más vaga e incierta, el recuerdo de otros andorranos que sufrieron la deportación: una abuela de Canillo que prefiere mantenerse en el anonimato consigna el caso de un médico de Andorra la Vella; otro vecino de Canillo, Josep Babot, refiere el de un hombre de Santa Coloma (Andorra la Vella) que también probó la hospitalidad nazi, y finalmente, Joaquim Baldrich cree recordar a dos deportados más que sobrevivieron a la guerra: otro hombre de Andorra la Vella y un vecino de Sispony (la Massana). Todos ellos quedan lógicamente pendientes de confirmación.

Vida y muerte en los campos nazis
Tres son los campos donde los deportados andorranos sufrieron cautiverio: Mauthausen (Adellach y Vidal), Buchenwald (Bonfill, Calvó y Franch) y Flossenburg. Por este último solo pasó temporalmente Mandicó, quien por otra parte tuvo el dudoso privilegio de probar los otros tres campos. Pero tuvo suerte y sobrevivió para contarlo. Otros murieron en la deportación: Anton Vidal falleció en Mauthausen el 29 de marzo de 1944, según consta en la documentación del campo; Josep Calvó y Josep Franch, en Buchenwald y en 1945, según los testimonios. Una mortalidad elevada -dos de cada seis- pero que no llega a la que se registró entre los deportados españoles: de los 8.700 relacionados en el Libro memorial, aproximadamente 6.000 no regresaron jamás: el 68%. Pero es que los balances totales de muertos son abrumadores: en Buchenwald se calcula que murieron la quinta parte del millón y medio de deportados que desfilaron por el campo; en Flossenburg, uno de cada tres, y en Mauthausen, entre 95.000 y 120.000 para una población total de 195.000.

Cifras que palidecen ante las 250.000 víctimas mortales de Sobibor, las 600.00 de Belzec, las 800.000 de Treblinka y el 1,1 millones de Auschwitz-Birkenau. Conviene en este punto distinguir entre las fábricas industriales de la muerte en que se convirtieron los campos de exterminio des Este de Europa, especialmente los ubicados en Polonia, de los campos de concentración occidentales, como Mauthausen, Flossenburg y Buchenwald: "Hasta finales de 1942, el internamiento en los campos, aunque fueran de trabajo, era un simple pretexto para liquidar a los deportados. Los mataban de agotamiento. A partir de este momento, y debido a las necesidades de la industria bélica alemana, los nazis decidieron explotarlos laboralmente. La mortalidad continuó siendo elevadísima, pero ya no a causa de una voluntad de exterminio sistemático sino como un efecto digamos colateral de la explotación", dice Bermejo. Esto vale, claro, para los campos occidentales. La imagen cinematográfica de un convoy de prisioneros que desembarca en el andén de un campo y es conducido directamente a las cámaras de gas no se producía en estos últimos sino en los de Polonia: Auschwitz, Treblinka, Sobibor... Estos eran literalmente campos de exterminio, donde los deportados no tenían ninguna opción de supervivencia porque no eran enviados a ellos a trabajar sino a morir, matiza Checa.

Nuestros deportados deportados tuvieron en general más suerte. Claro que no pertenecían a ninguna raza inferior y merecedora por tanto del exterminio. Tampoco eran ciudadanos de una nación ocupada, ni enemiga. Entonces, ¿por qué acabaron en los campos? Parece que el contrabando es el delito -o mejor, el pretexto- habitual para deportarlos. La mayoría de los testimonios recabados aseguran que el contrabando constituía efectivamente una fuente de ingresos habitual en la Andorra de los años 40, aunque Remei Adellach discrepa y sostiene que había dejado de ser una ocupación ordinaria durante la generación anterior. Bermejo añade al debate un hecho incuestionable: las estrechas relaciones que durante la guerra mantuvieron contrabandistas, resistentes y pasadores, y la cadena de Forné, Baldrich y Molné es un buen ejemplo de ello: "De todas formas la lista de pretextos por los que una persona podía terminar en un campo de concentración era prácticamente interminable", insiste. Dicho esto, conviene añadir que los alemanes hacían en ocasiones la vista muy gorda y confundían fácilmente a un ciudadano andorrano con un republicano español, cosa que lo convertía automáticamente en sospechoso.

Lo peor, al final
El ingreso relativamente tardío en los campos les ahorró la fase más letal: a partir de 1942 los deportados ya no eran considerados carne de exterminio -por lo menos, en la Europa occidental- sino fuerza de trabajo esclava. Además, la derrota alemana era ya a principios de 1944 cuestión de tiempo, especialmente tras el desembarco de Normandía. Pero antes de la liberación de los campos, entre abril y mayo de 1945, los deportados aun tuvieron que superar una última y durísima prueba: la caótica retirada alemana, con las denominadas "marchas de la muerte" que obligaron a emprender a los deportados de los campos de la Europa oriental y que provocaron una mortalidad extrema incluso para los baremos nazis: se calcula que un tercio de los aproximadamente 700.000 prisioneros que en enero de 1945 quedaban en los campos perecieron antes del final de la contienda, cuatro meses después, cifra a la cual hay que añadir las víctimas que paradójicamente causó la misma liberación, cuando los cuerpos subalimentados de los deportados -los hombres adultos pesaban 30 kilos- no resistieron la repentina abundancia de víveres.

Quizás entre estas víctimas doblemente trágicas -sobrevivieron a las penalidades de los campos, y murieron cuando tenían al alcance de la mano la soñada libertad- haya que contar a Josep Calvó. Según recuerda su sobrina, Jacqueline Font, la familia recibió en 1945 una carta donde creía tan cercana la liberación -si es que no se había consumado ya- que les pedía que retrasaran el bautizo de un sobrino para poder asistir él mismo a la ceremonia. Así de claro veía el fin del suplicio. Pero el hecho es que Calvó fue uno de los que no regresó.

Según las biografías que hemos podido reconstruir, los deportados andorranos eran hombres relativamente jóvenes -el mayor era Antoni Vidal, y tenía 44 años en el momento de ser detenido- y originarios de pueblos de las parroquias altas: Llorts, el Forn, Prats, Meritxell... Todos ellos provienen, además, de familias numerosas, cosa no tan extraña en la época y que solía acarrear la emigración de los segundones: Bonaventura Bonfill tenía nueve hermanos; Miquel Adellach, siete; Pere Mandicó, seis; Josep Franch y Anton Vidal, cinco, y Josep Calvó, cuatro. Así que no es casualidad que todos ellos vivieran con un pie en Andorra y el otro -o los dos- en Francia, que constituía la salida laboral habitual de los hijos menores de las familias de Ordino y Canillo. Especialmente las zonas de Pamiers, en el Arieja, y Beziers, en el Herault. Como recuerda Remei Adellach, hermana de Miquel, "había que ganarse los garbanzos y como aquí no había para todos en invierno se iban a Francia a trabajar en el campo; y si en el campo no había trabajo, a las minas de talco de Luzenac". Miquel, por ejemplo, vivió durante la guerra en Auzat y se instaló después de la contienda en Pamiers. Jacqueline Font recuerda que en Beziers -donde ella misma nació- era en la época "una Andorra en miniatura": hasta cuatro de los hermanos Calvó se habían instalado antes de la guerra en esta localidad. También Pere Mandicó residió después de la liberación en un pueblecito cercano a Beziers. Entre los deportados que sobrevivieron a la guerra, en fin, parece que el único que regresó a Andorra fue Bonaventura Bonfill.

De toda esta historia, que ahora empieza a salir a la luz, lo que más sorprende no es el silencio reticente (y comprensible) de las familias, sino que hayan tenido que pasar 70 años para que se empiece a recordar un episodio que, dada la edad avanzada de muchos de los testimonios, ha estado a punto, pero muy a punto de irse a la tumba con sus protagonistas directos. Cosa que constituiría no sólo una lástima sino una segunda y definitiva derrota infligida por el nazismo a la memoria de las víctimas.

Los campos: Compiègne, Mauthausen y Buchenwald
Ubicado a 80 kilómetros al norte de París, Compiègne no era propiamente un campo de concentración sino de tránsito, la última parada desde donde los deportados eran expedidos a su destino final. Por eso las estancias documentadas de Adellach, Mandicó y Vidal son brevísimas: entre dos y tres días. Pero era un primer contacto con lo que les esperaba en adelante: revisión médica, matriculación y masificación. Desde junio de 1941 hasta agosto de 1944 desfilaron por Compiègne 49.860 deportados -el 70% de los cuales, resistentes, y el 8% , presos por delitos comunes- que fueron expedidos principalmente a Buchenwald, Mauthausen y Ravensbruck, adonde llegaban después de tres o cuatro días de trayecto a bordo de vagones de ganado en que los alemanes encajonaban entre 80 y 100 pasajeros. Puede que fuese en este trayecto que Bonaventura Adellach recordara una breve parada del tren, y cómo los deportados se lanzaron a un campo de patatas y se las zamparon crudas y sin mondar...

Adellach, Mandicó y Vidal fueron enviados a Muathausen, cerca de Linz, en el norte de Austria. Entre 1938 y el 5 de mayo de 1945 desfilaron por el campo entre 200.000 y 335.000 prisioneros. Se calcula que cerca de 120.000 perecieron: un tercio de ellos eran judíos. Simon Wiesentahl, el cazador de nazis, sobrevivió a Mauthausen, como Adellach y Mandicó. Buchenwald es el otro gran destino de nuestros deportados: Bonfill, Franch, Calvó y -brevemente- Mandicó. Entre 1937 y 1945 dio cobijo, por así decirlo, a un cuarto de millón de deportados. Murieron uno de cada cinco. Otros deportados célebres que compartieron las penurias de los andorranos de Buchenwald son los escritores Imre Kertesz y Jorge Semprún. El tercer campo con es Flossenburg, que para Mandicó fue tan solo una estación de tránsito entre Buchenwald y Mauthausen. Ubicado en Baviera, murieron cerca de un tercio de sus 100.000 inquilinos. Uno de los más célebres resulta que no lo fue: el impostor catalán Enric Marco, desenmascarado el año pasado por el mismo Bermejo.

[Este artículo, coescrito con Robert Pastor, se publicó en enero de 2007 en la revista Informacions]