Incursiones relámpago, estilo Sturmtruppen, en episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y las dos postguerras, con ocasionales singladuras a alta mar, a ultramar y si conviene incluso más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

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miércoles, 5 de marzo de 2014

Los rostros de la deportación

La publicación de Españoles deportados en los campos nazis ha tenido un inesperado efecto colateral: rescatar la memoria no sólo de los tres ciudadanos andorranos que oficialmente terminaron en el sistema concentracionario sino de otros tres que no constan en los archivos pero cuya dramática peripecia se ha conservado viva en el recuerdo de familiares y amigos. Aquí ponemos rostro a sus nombres y reconstruimos parcialmente su historia, para que el olvido no les inflija una segunda y definitiva derrota.


Pere Mandicó Vidal (Casa Xicos de Prats, Canillo, 9 de enero de 1907-la Seo de Urgel, 1971)Según el Libro memorial, ingresó en Copiègne el 17 de enero de 1944. Dos días después era reexpedido hacia Buchenwald, con matrícula 40844. El 24 de febrero lo trasladan a Flossenburg, y el 1 de marzo a Mauthausen, su destino definitivo ahora con la matrícula 56659. Bermejo y Chueca sostienen que fue liberado el 5 de mayo de 1945 en el KLM, siglas alemanas de Konzentrationslager Mauthausen. Era el quinto de los siete hermanos de cal Xicos de Prats de Canillo. Apodado El frare -El fraile- porque por lo visto había estudiado en el seminario de la Seo, como Antoni Vidal. Los mayores de Canillo recuerdan que enviar a los segudnones a estudiar al seminario era una salida relativamente habitua lentre las prolíficas familias andorranas de la época, que vivían en una economía de subsistencia. Otros testimonios le adjudican un carácter "bohemio", "introvertido" y "difícil", que se acentu´todavía más después de la contienda y de la experiencia en los campos. Con la liberación se instaló en Beziers, según informa un sobrino de Mandicó, y sólo esporádicamente regresó a Canillo. Tampoco contrajo matrimonio y murió en 1971 en el asilo de la Seo.


Bonaventura Bonfill Torres (Cal Candela, Meritxell, Canillo, 1912-Prades, 1973)Entre los deportados que sobrevvieron a los campos, Bermejo y Checa disitnguen entre los que eran capaces de evocar la experiencia con cierta distancia y los que revivían el infierno cada vez que lo recordaban. Bonfill parece que era de los primeros. Diversos testigos confirman la anécodta reseñada por Roser Porta y según la cual Bonfill solía alardear de que el paso por Buchenwald le había curado del dolor de estíomago con el que salió de casa. Era el sexto de diez hermanos, se casó con una chca de cal Xou, de les Bons (Encamp), y tuvieron dos hijos, los dos ya fallecidos. Bonfill, que tuvo la fortuna y el coraje de sobrevivir a la deportación, murió en 1973 a consecuencia de un accidente de ciruclación que sufrió el camión de ca l'Oros con el que iba a buscar gasolina a la refinería de Nohédes, poco después de Porta: resultó con heridas graves y lo trasladaron al hospital de Prades, donde murió al cabo de unos días.


Josep Calvó Torres (Casa Jaumina, Prats de Canilo, 4 de febrero de 1913-¿Buchenwald, 1945?)Era el tercero de cinco hermanos y como la mayoría de ellos se instaló de joven en beziers, como aprendiz en una tienda de ultramarinos. Su sobrina, Jacqueline Font, recuerda que lo cogieron en un trayecto en tren entre Tarascón y Foix, un día regresaba a Andorra.: "Cuando los gendarmes le dieron el alto el no se inquietó porque era ciudadano andorrano y no tenía nada que ocultar. Un compañero con el que viajaba, un tal Armengol, fue más perspicaz y se bajó del convoy en cuanto subieron los gendarmes. Josep, no. Y lo cogieron. Parece que en el vagón viajaba un grupo de judíos y que por mala suerte lo colocaron en el mismo saco. Debió ser hacia 1942. Su última carta la recibimos en 1945: nos decía que retrasáramos el bautizo de otrosobrino en Beziers porque contaba con que los americanos liberaríian pronto el campo..." Calvó se había casado a los 20 años con una chica francesa, y no tuvieron hijos.


Miquel Adellach Torres (Cal Sella, Llorts, Ordino, 28 de abril de 1908-Pamiers, 1977)Según el Libro memorial ingresó en Compiègen el 6 de abril de 1944. Dos días después lo reexpedían hacia Mauthausen con la matrícula 61853. Consta como trasladado a Linz, ciudad próxima a Mauthausen donde se instalaron tres subcampos: dos al lado de sendas plantas de armamento y un tercero destinado a la construcción de un refugio antiaéreo. Adellach fue liberado el 5 de mayo de 1945. El registro parroquial conservado en el Archivo Nacional contradice la fecha de nacimiento que consta en el Libro memorial: Adellach nació el 28 de abril de 1908. Los Adellach de cal Sella eran ocho hermanos, y la mayoría emigró a Francia. Miquel, el tercero, lo hizo cuando tenía unos 20 años, y se marchó para aprender el oficio de soldador, reciuerda su hermana Remei, la ínica superviviente de la familia. Era muy hábil, especialmente con la madera. Cuando todavía vivía en Andorra y junto a su hermano Ramon stocaban el acordeón, que habñian aprendido de oído: eran músicos sin solfa. Miquel se instaló en Auzat, y se casó con una chica portuguesa llamada Maria Enriques. Tuvieron cuatro hijos que hoy viven entre la Bretaña, París, California y Pamiers -adonde la familia se trasladó después de la guerra. Remei evoca el peso enorme que cayó encima de la familia cuando recibieron la noticia de la deportación de Miquel. Parece que por contrabando, una ocupación, dice, en cualquier caso esporádica: "Un chco andorrano nos lo vino a comunicar al cabo de ocho o diez días. Su esposa lo fue a visitar ala prisió de Tolosa, y los guardias le prometiron que lo liberarían si les llevaba una gallina blanca y otra negra. Pero era mentira, claro". No supieron más de él hasta la liberación: "Nuestra madre no nos dejaba asistir al baile de fiesta mayor en señal de duelo, porque no sabíamos lo que le podía haber ocurrido. De hecho, estábamos convencidos de que no lo volveríamos a ver". Pero Miquel Adellach sí que regresó: "Su mujer explicaba que lo notó muy tocado, pero que se rehizo rápidamente. Lo suficiente como para que ese mismo verano de 1945 viniera a Llorts a ver a la familia". Entre los recuerdos de su cautiverio, explicaba que había sobrevivido a un ataque aéreo aliado: "Era cuando trabjaba enla cocina. Cuando hubo pasado la alarma se abrazó con uno de sus compañeros porque habían sobrevivido. Pero el otro chico resultó herido de gravedad: olos ojos le rebentaron. Él también resultó herido, pero le bastaron  unos días en la enfermería".


Anton Vidal Felipó (Casa Vidal de Prats, Canillo, 22 de abril de 1900-Mauthausen, 22 de marzo de 1945)Vidal ingresó en Compiègne el 22 de marzo de 1944, tres días despúes salía hacia Mauthausen -matrícula 60674- de donde ya no volviño a salir: murió en el campo austríaco el 29 de marzo de 1945. Vidal es el más ignoto de nuestros deportados. Quizás por la edad ,ya que es el mayor del que se tiene noticia. Dicen los mayores de Canillo que Casa Vidal era una familia de posibles, "quizás la mejor de Prats". Anton tenía cuatro hermano: él fue uno de los dos que estudiaron en el seminario de la Seo; el otro parece que incluso llegó a cantar Misa. la única descendencia conocida es un sobrino, hijo de una de las hermanas Vidal, que fue gendarme en la región de Tolosa. Pero él no se llegó a casar. Lo definen como un hombre "fuerte y rústico", y consideran posible que se dedicara al contrabando. Entre los documentos que hemos podido consultar se encuentra el certificado de nacimiento necesario para solicitar el pasaporte del que procede la fotografía adjunta. El suyo fue expedido el 12 de agosto de 1941.


Josep Franch Vidal (Cal Ponet del Forn, Canillo, 17 de febrero de 1903-¿Buchenwald?) En el registro de pasaportes conservado en el Archivo Nacional consta, dentro del apartado Observaciones, un lacónico "Defunció", nota nada habitual en este tipo de documentos. Este detalle podría avalar la creencia de dos vecinos que sostienen que Franch murió en la deportación. En Buchenwald. En Cal Ponet eran seis hermanos. Él se casó en 1940 con Josefa Font de Casa Popaire de Soldeu. Tuvieron un hijo, que pdoría vivir todavía en Lunel, en el departamento del Herault. Los mismos informadores aseguran que Franch no se dedicaba al contrabando. En el pasaporte consta agricultor de profesión.


No es fácil, porque persisten los comprensibles recelos por parte de los allegados de los antiguos deportados, que no acaban de entender por qué hay que remover ahora, precisamente ahora, unos hechos que ocurrieron hace 70 años y a los que hasta hoy se había prestado escasa, por no decir nula atención. La misma prevención con la que tuvieron que lidiar los historiadores Benito Bermejo y Sandra Checa, autores del Libro memorial: españoles deportados en los campos nazis. Entrevistaron a decenas de supervivientes y la conclusión es que "excepto en dos o tres casos muy concretos, nos relataron su experiencia sin reticencias; eso sí, unos, con más entereza; otros, en cambio reviviendo todo el sufrimiento". Porque, claro, no era lo mismo ingresar en u campo de concentración solo, sin ataduras familiares y en plena juventud, que ir a caer en las garras del sistema concentracionario con la esposa e hijos, o con los padres y los hermanos. Estos últimos, dicen los autores, siempre quedaban "más tocados". Otra cosa son las familias, que han tenido que convivir durante todos estos años y casi en silencio con unos recuerdos muy dolorosos: "Es lógico que ahora recelen de este interés aparentemente repentino; es lógico que les sorprenda y que sientan una cierta rabia por tantos años de abandono".

Son tres los ciudadanos andorranos que según los documentos consultados por los historiadores -archivos administrativos de los campos, asociaciones de exdeportados y listas de la Cruz Roja elaboradas inmediatamente después de la liberación- fueron deportados: Anton Vidal Felipó y Pere Mandicó Vidal, los dos naturales de Prats (Canillo), y Miquel Adellach Torres, de Llorts (Ordino). Sólo se tenía hasta ahora constancia oficial del primero de ellos, relacionado someramente en la lista final de Els catalans als camps nazis, la obra de Montserrat Roig pionera en la materia. Pero la memoria familiar nos ha permitido añadir tres nombres más a la lista de deportados: Bonaventura Bonfill Torres, vecino de Meritxell (Canillo); Josep Calvó Torres, de Prats (Canillo), i Josep Franch Vidal, del Forn (Canillo). Los recuerdos de familiares, amigos y vecinos avalan la decisión de incluirlos desde ahora mismo en la lista de deportados andorranos.

Bermejo advierte, además, de que el hecho de no constar en las fuentes oficiales no es en absoluto concluyente: "En muchas ocasiones los mismos deportados era voluntariamente ambiguos a la hora de facilitar la filiación o la nacionalidad, precisamente para proteger a sus familias o como medida de autoprotección. Tampoco los alemanes hilaban muy fino: uno de los andorranos figura en los archivos primero como francés, después como "rojo español", y finalmente como andorrano. Por si no fuera poca confusión, las grafías variables con que se registraban nombres y apellidos -Adellach consta en la lista del Libro memorial como Adalach- condenaban a veces a los deportados al limbo administrativo. Aparte de los seis ya citados, la memoria popular también ha conservado, aunque de forma más vaga e incierta, el recuerdo de otros andorranos que sufrieron la deportación: una abuela de Canillo que prefiere mantenerse en el anonimato consigna el caso de un médico de Andorra la Vella; otro vecino de Canillo, Josep Babot, refiere el de un hombre de Santa Coloma (Andorra la Vella) que también probó la hospitalidad nazi, y finalmente, Joaquim Baldrich cree recordar a dos deportados más que sobrevivieron a la guerra: otro hombre de Andorra la Vella y un vecino de Sispony (la Massana). Todos ellos quedan lógicamente pendientes de confirmación.

Vida y muerte en los campos nazis
Tres son los campos donde los deportados andorranos sufrieron cautiverio: Mauthausen (Adellach y Vidal), Buchenwald (Bonfill, Calvó y Franch) y Flossenburg. Por este último solo pasó temporalmente Mandicó, quien por otra parte tuvo el dudoso privilegio de probar los otros tres campos. Pero tuvo suerte y sobrevivió para contarlo. Otros murieron en la deportación: Anton Vidal falleció en Mauthausen el 29 de marzo de 1944, según consta en la documentación del campo; Josep Calvó y Josep Franch, en Buchenwald y en 1945, según los testimonios. Una mortalidad elevada -dos de cada seis- pero que no llega a la que se registró entre los deportados españoles: de los 8.700 relacionados en el Libro memorial, aproximadamente 6.000 no regresaron jamás: el 68%. Pero es que los balances totales de muertos son abrumadores: en Buchenwald se calcula que murieron la quinta parte del millón y medio de deportados que desfilaron por el campo; en Flossenburg, uno de cada tres, y en Mauthausen, entre 95.000 y 120.000 para una población total de 195.000.

Cifras que palidecen ante las 250.000 víctimas mortales de Sobibor, las 600.00 de Belzec, las 800.000 de Treblinka y el 1,1 millones de Auschwitz-Birkenau. Conviene en este punto distinguir entre las fábricas industriales de la muerte en que se convirtieron los campos de exterminio des Este de Europa, especialmente los ubicados en Polonia, de los campos de concentración occidentales, como Mauthausen, Flossenburg y Buchenwald: "Hasta finales de 1942, el internamiento en los campos, aunque fueran de trabajo, era un simple pretexto para liquidar a los deportados. Los mataban de agotamiento. A partir de este momento, y debido a las necesidades de la industria bélica alemana, los nazis decidieron explotarlos laboralmente. La mortalidad continuó siendo elevadísima, pero ya no a causa de una voluntad de exterminio sistemático sino como un efecto digamos colateral de la explotación", dice Bermejo. Esto vale, claro, para los campos occidentales. La imagen cinematográfica de un convoy de prisioneros que desembarca en el andén de un campo y es conducido directamente a las cámaras de gas no se producía en estos últimos sino en los de Polonia: Auschwitz, Treblinka, Sobibor... Estos eran literalmente campos de exterminio, donde los deportados no tenían ninguna opción de supervivencia porque no eran enviados a ellos a trabajar sino a morir, matiza Checa.

Nuestros deportados deportados tuvieron en general más suerte. Claro que no pertenecían a ninguna raza inferior y merecedora por tanto del exterminio. Tampoco eran ciudadanos de una nación ocupada, ni enemiga. Entonces, ¿por qué acabaron en los campos? Parece que el contrabando es el delito -o mejor, el pretexto- habitual para deportarlos. La mayoría de los testimonios recabados aseguran que el contrabando constituía efectivamente una fuente de ingresos habitual en la Andorra de los años 40, aunque Remei Adellach discrepa y sostiene que había dejado de ser una ocupación ordinaria durante la generación anterior. Bermejo añade al debate un hecho incuestionable: las estrechas relaciones que durante la guerra mantuvieron contrabandistas, resistentes y pasadores, y la cadena de Forné, Baldrich y Molné es un buen ejemplo de ello: "De todas formas la lista de pretextos por los que una persona podía terminar en un campo de concentración era prácticamente interminable", insiste. Dicho esto, conviene añadir que los alemanes hacían en ocasiones la vista muy gorda y confundían fácilmente a un ciudadano andorrano con un republicano español, cosa que lo convertía automáticamente en sospechoso.

Lo peor, al final
El ingreso relativamente tardío en los campos les ahorró la fase más letal: a partir de 1942 los deportados ya no eran considerados carne de exterminio -por lo menos, en la Europa occidental- sino fuerza de trabajo esclava. Además, la derrota alemana era ya a principios de 1944 cuestión de tiempo, especialmente tras el desembarco de Normandía. Pero antes de la liberación de los campos, entre abril y mayo de 1945, los deportados aun tuvieron que superar una última y durísima prueba: la caótica retirada alemana, con las denominadas "marchas de la muerte" que obligaron a emprender a los deportados de los campos de la Europa oriental y que provocaron una mortalidad extrema incluso para los baremos nazis: se calcula que un tercio de los aproximadamente 700.000 prisioneros que en enero de 1945 quedaban en los campos perecieron antes del final de la contienda, cuatro meses después, cifra a la cual hay que añadir las víctimas que paradójicamente causó la misma liberación, cuando los cuerpos subalimentados de los deportados -los hombres adultos pesaban 30 kilos- no resistieron la repentina abundancia de víveres.

Quizás entre estas víctimas doblemente trágicas -sobrevivieron a las penalidades de los campos, y murieron cuando tenían al alcance de la mano la soñada libertad- haya que contar a Josep Calvó. Según recuerda su sobrina, Jacqueline Font, la familia recibió en 1945 una carta donde creía tan cercana la liberación -si es que no se había consumado ya- que les pedía que retrasaran el bautizo de un sobrino para poder asistir él mismo a la ceremonia. Así de claro veía el fin del suplicio. Pero el hecho es que Calvó fue uno de los que no regresó.

Según las biografías que hemos podido reconstruir, los deportados andorranos eran hombres relativamente jóvenes -el mayor era Antoni Vidal, y tenía 44 años en el momento de ser detenido- y originarios de pueblos de las parroquias altas: Llorts, el Forn, Prats, Meritxell... Todos ellos provienen, además, de familias numerosas, cosa no tan extraña en la época y que solía acarrear la emigración de los segundones: Bonaventura Bonfill tenía nueve hermanos; Miquel Adellach, siete; Pere Mandicó, seis; Josep Franch y Anton Vidal, cinco, y Josep Calvó, cuatro. Así que no es casualidad que todos ellos vivieran con un pie en Andorra y el otro -o los dos- en Francia, que constituía la salida laboral habitual de los hijos menores de las familias de Ordino y Canillo. Especialmente las zonas de Pamiers, en el Arieja, y Beziers, en el Herault. Como recuerda Remei Adellach, hermana de Miquel, "había que ganarse los garbanzos y como aquí no había para todos en invierno se iban a Francia a trabajar en el campo; y si en el campo no había trabajo, a las minas de talco de Luzenac". Miquel, por ejemplo, vivió durante la guerra en Auzat y se instaló después de la contienda en Pamiers. Jacqueline Font recuerda que en Beziers -donde ella misma nació- era en la época "una Andorra en miniatura": hasta cuatro de los hermanos Calvó se habían instalado antes de la guerra en esta localidad. También Pere Mandicó residió después de la liberación en un pueblecito cercano a Beziers. Entre los deportados que sobrevivieron a la guerra, en fin, parece que el único que regresó a Andorra fue Bonaventura Bonfill.

De toda esta historia, que ahora empieza a salir a la luz, lo que más sorprende no es el silencio reticente (y comprensible) de las familias, sino que hayan tenido que pasar 70 años para que se empiece a recordar un episodio que, dada la edad avanzada de muchos de los testimonios, ha estado a punto, pero muy a punto de irse a la tumba con sus protagonistas directos. Cosa que constituiría no sólo una lástima sino una segunda y definitiva derrota infligida por el nazismo a la memoria de las víctimas.

Los campos: Compiègne, Mauthausen y Buchenwald
Ubicado a 80 kilómetros al norte de París, Compiègne no era propiamente un campo de concentración sino de tránsito, la última parada desde donde los deportados eran expedidos a su destino final. Por eso las estancias documentadas de Adellach, Mandicó y Vidal son brevísimas: entre dos y tres días. Pero era un primer contacto con lo que les esperaba en adelante: revisión médica, matriculación y masificación. Desde junio de 1941 hasta agosto de 1944 desfilaron por Compiègne 49.860 deportados -el 70% de los cuales, resistentes, y el 8% , presos por delitos comunes- que fueron expedidos principalmente a Buchenwald, Mauthausen y Ravensbruck, adonde llegaban después de tres o cuatro días de trayecto a bordo de vagones de ganado en que los alemanes encajonaban entre 80 y 100 pasajeros. Puede que fuese en este trayecto que Bonaventura Adellach recordara una breve parada del tren, y cómo los deportados se lanzaron a un campo de patatas y se las zamparon crudas y sin mondar...

Adellach, Mandicó y Vidal fueron enviados a Muathausen, cerca de Linz, en el norte de Austria. Entre 1938 y el 5 de mayo de 1945 desfilaron por el campo entre 200.000 y 335.000 prisioneros. Se calcula que cerca de 120.000 perecieron: un tercio de ellos eran judíos. Simon Wiesentahl, el cazador de nazis, sobrevivió a Mauthausen, como Adellach y Mandicó. Buchenwald es el otro gran destino de nuestros deportados: Bonfill, Franch, Calvó y -brevemente- Mandicó. Entre 1937 y 1945 dio cobijo, por así decirlo, a un cuarto de millón de deportados. Murieron uno de cada cinco. Otros deportados célebres que compartieron las penurias de los andorranos de Buchenwald son los escritores Imre Kertesz y Jorge Semprún. El tercer campo con es Flossenburg, que para Mandicó fue tan solo una estación de tránsito entre Buchenwald y Mauthausen. Ubicado en Baviera, murieron cerca de un tercio de sus 100.000 inquilinos. Uno de los más célebres resulta que no lo fue: el impostor catalán Enric Marco, desenmascarado el año pasado por el mismo Bermejo.

[Este artículo, coescrito con Robert Pastor, se publicó en enero de 2007 en la revista Informacions]

lunes, 20 de enero de 2014

Enric Marco, o el falso deportado: dos entrevistas

[El caso Marco. Ya saben, el falso deportado que llegó a la presidencia de la Amical Mauthausen de Barcelona, se convirtió en infatigable propagandista de la causa de los exdeportados y fue reconocido por la Generalitat con la Creu de Sant Jordi, la máxima condecoración catalana. Una carrera que terminó abrupta e inopinadamente en abril de 2005, cuando el historiador Benito Bermejo descubre y hace pública la impostura. Uno tuvo ocasión de entrevistar a Marco en su plenitud, cosa que no tiene mayor mérito porque durante unos años fue el deportado mediático por excelencia. Y por dos veces. La primera, en abril de 2004, con ocasión de una de sus giras por institutos del Alto Urgel; la segunda, al año siguiente, con motivo de un reportaje por el 60º aniversario del fin de la II Guerra Mundial, y justo antes de estallar el caso.

Decir ahora que soltaba su discurso con tanto aplomo como frialdad y que todo en él sonaba raro es muy fácil; como difícil es mantener los mecanismos del escepticismo ante un exdeportado que (supuestamente) ha pasado las mil y una. Cuando algún conocido me critica la candidez, la facilidad con la que tantos periodistas picamos el anzuelo, suelo contestarle que no íbamos a pedirle a precisamente a Marco, presidente de la Amical, Creu de Sant Jordi de la Generalitat, sus credenciales de superviviente del horror nazi. Tampoco le pedimos al decano del Colegio de Abogados o del Colegio de Médicos su título de licenciado. Pero es un sofisma: picamos, y sólo nosotros fuimos culpables. En cualquier caso, la segunda entrevista tuvo lugar a finales de abril de 2005, en el despacho que Marco tenía en la sede de la Amical de Mauthausen, y cuando él ya sabía la que se le avecinaba. Quizá por eso se limitó a repetir el discurso y se mostró especialmente, sospechosamente esquivo. Pero ahora, cualquiera; como decimos en catalán, "tu, quan li veus el cul, dius que és femella" (Tú sólo dices que es hembra cuando le has visto el trasero)]

Viaje al infierno nazi: "Der Spanien, andere tag"

El 22 de abril se cumplen 59 años de la liberación del campo de concentración de Flossenburg. El barcelonés Enric Marco, que ingresó en el campo a finales de 1943, es uno de los 2.000 republcianos españoles que sobrevivieron a la deportación. Seis decenios después evoca la vida cotidiana en el infierno, las vejaciones constantes, la convivencia conla muerte y la mala consciencia de los supervivientes. Pero también os actos de dignidad que mundeaban en el submundo del sistema concentracionario. Y el deber de no olvidar.

"Quedamos pocos. En Cataluña, no más de treinta; en toda España, quizás el doble. Supongo que es por esta razón por la que estos últimos años hemso asistido a una cierta reivindicación de nuestra memoria. Pero estamos a punto de desaparecer: para el 60º aniversario de la liberación de los campos, que celebraremos el año que viene, no hemos superado las 150 invitaciones... ¡en todo el mundo!" Lo advierte Enric Marco (Barcelona, 1921), un auténtico superviviente. De la Guerra Civil española, de la primerísima resistencia antifranquista y de la diáspora republicana, que acabó con 7.300 rojos en los campos de concentración -entre 7.189 y 7.288, según un estudio de la Fondation pour la mémoire de la Deportation citado por la historiadora Rosa Toran en Vida i mort dels republicans als camps nazis.

Cinco mil de ellos no volvieron nunca. Marco, sí. ¿Por qué? Enérgico, sanguíneo, incansable divulgador de la experiencia de las víctimas del sistema concentracionario nazi desde la Amical de Mauthausen de Barcelona, lo tiene en este punto claro: "No dejé el pellejo en Flossenburg de pura chiripa". Una suerte que se le presentó en forma de sonrisa. La que le dedicó a loficial de las SS que en el momento de seleccionar a dedo a los 25 internos del barracón 18 que iban a ser ejecutados como castigo colectivo por un intento de evasión pasó de largo cuando llegó a la altura de nuestro hombre: "Tenía el presentimiento de que ese día me tocaba. Así que cuando el oficial se plantó delante de mí, laventé la vista, lo miré directamente y le dediqué la sonrisa más seductora que jamás haya dedicado a nadie. Él me apuntó con el dedo y escupió: 'Der Spanien, andere tag'. El español, otro día. El caso es que aquel SS seleccionó a otro pobre desgraciado, y siempre me quedará la duda de si ese hobre murió en mi lugar". Tambiñehn tuvo que ver, en la supervivencia de Marco, su oficio de mecánico, que le abrió las puertas del taller de reparación de fuselajes para aviones Messerschmitt -la joya de la Luftwaffe- instalado al lado de Flosssenburg para aprovechar la mano de obra esclava. Un destino que en aquel infierno se podía considerar un auténtico privilegio porque le permitía esquivar el kommando que trabajaba en la cantera del campo y mejorar la ración diaria de alimentos y tabaco -que era la moneda de cambio en el campo.

Enric Marco, en abril de 2004 en la Seo de Urgel, adonde acudió para presentar una exposición sobre la deportación y desfiló por los institutos de la localidad. Fotografía: El Periòdic d'Andorra.

Pero la peripecia de Marco, como la de sus compañeros de infortunio republicanos, había comenzado mucho antes. Exactamente, el 18 de julio de 1936, con la revuelta de una parte del ejército contra la legalidad republicana. Siguiendo, dice, la tradición familiar, se afilió en la CNT -"Que hoy no es nada, pero que en aquellos momentos era la fuerza poklítica e incluso social más significativa que existía en Cataluña", puntualiza- y participó en la frustrada invasión de Mallorca enrolado en la centuria Roja y Negra. Concluye el periplo militar en la 26a división, la antigua columna Durruti, con la que es herido en el frente del Segre. La victoria nacional lo pilla convalesciente en Montserrat, reconvertido en la época en hospital militar. En lugar de emprender el camino del exilio, decide regresar a Barcelona para organizar la incipiente resistencia antifranquista. Pero la clandestinidad se interrumpe abruptamente en las Navidades de 1941, con una delación y la caída de sus compañeros de célula, que le aconseja cambiar de aires y abandonar España. "Pero fue alejarme del fuego para caer en las brasas: la gendarmería pétainista me cazó al poco de desembarcar en Marsella y me entregó a los alemanes. Acabé trabajando como mecánico en la base de submarinos de Kiel. ¡Montábamos unos enormes motores Mercedes de 20 cilindros en V que eran una preciosidad! Allí descubrí que aflojando de cierta manera las válvulas la compresión fallaba. Y esto fue mi perdición: el 6 de marzo de 1942 la Gestapo me detuvo, acusado de sabotaje, alta traición y conspiración contra el III Reich: ¡nunca en la vida he vuelto a ser tan importante!"

Marco pasará nueve meses ebn una celda de aislamiento -"Querían que delatara a la red de la que supuestamente formaba parte. Pero no existía, porque siempre he ido a mi aire. Esta es una de las razones por las que hoy estoy aquí: cuantas menos cosas sabes, mejor para los demás; y cuanto menos saben los otros, mejor para ti"- hasta que es condenado en consejo de guerra a reclusión indefinida.

La vida cotidiana en un campo de concentración
Mauthausen es el primer contacto de Marco con los campos. Un destino provisional antes de ingresar a finales de 1943 en Flosenburg. Su campo, donde (sobre)vivirá hasta la liberación. Unos de los primeros en construirse, por cierto, con Buchenwald y Dachau, a partir de 1933. A diferencia de Birkenau, Chelmno, Sobibor y Treblinka, campos de exterminio puro que no disponían ni de alojamiento para los deportados -pasaban directamente desde los trenes a las cámaras de gas- Flossenburg era un campo de trabajo. Primera puntualización: "Todos los campos de concentración eran campos de exterminio. Lo que ocurre es que en lugares como Flossenburg a los internos se les liquidaba trabajando. Pero todos los campos tenían su cámara de gas y sus hornos crematorios" El sistema concentracionario estaba diseñado para humillar, despersonalizar y explotar hasta reventar -en ocasiones, literalmente- a los prisioneros, que podían ser alquilados a grandes corporaciones industriales -Siemens, Bayer, Ig Faber, entre otras- a cambio de un salario que iba a parar a los bolsillos de las SS. Una jornada laboral normal en Flossenburg comenzaba a las 4 o a las 5 de la madrugada, según si era verano o invierno.

Había que dejar el jergón impecable -bajo la vigilancia amenzadora del kapo del barracón- antes de desfilar a toda pastilla hacia las letrinas, con el tiempo cronometrado para que no todos los prisioneros pudieran pasar por este humillante trance. Y siempre a la vista de los demás, por supuesto. La (digamos) higiene personal dejaba paso al recuento matutino, uno de los momentos más temidos por los internos: "Eran un auténtico martirio, porque se podían eternizar horas y horas, en posición de firmes y a temperaturas que podían llegar a los -30º -y no olvidemos que vestíamos aquellos infames pijamas de rayadillo, no abrigos de invierno. Así, hasta que las cuentas salían. Y no siempre cuadraban, bien porque se descontaban, o porque sencillamente, alguien se había muerto durante la noche o se había dejado vencer por el espíritu del campo y decidía no levantarse de la litera. Nosotros mismos teníamos que estirarlo para que saliera... Una vez hecho el recuento -que se repetía al atardecer, a la vuelta del trabajo- comenzaba la jornada laboral: diez o doce horas diarias." A las pésimas condiciones hay que añadir la deficiente alimentación, que consistía en un sucedáneo de café y cuscurro de pan -el único alimento sólido que recibían durante todo el día- y el rancho de la comida y la cena, "un líquido con tronchos de nabo, alguna verdurita y cortezas de patata. ¡Aquello era comida para caballos!" Los únicos momentos de ocio eran los domingos: "Hasta 1942 los republicanos españoles -considerados apátridas por los alemanes, después de que Serrano Súñer se desentendiera de nosotros- estábamos completamente desaparecidos. No existíamos para la Cruz Roja y no nos permitían ni escribir a casa. A partir de entonces nos concedieron 25 líneas cada seis meses para enviar una postal y decir que estábamos bien (!). Y basta".

El "espíritu del campo", diagnosticado por Amat-Piniella en la novela K. L. Reich, es el estado de abandono que inducía a algunos de los internos a renunciar a la supervivencia. Marco lo plantea con tanta crudeza como claridad: "Los más jóvenes tenían más posibilidades de sobrevivir, no sólo por una cuestión de resistencia física sino sobre todo por la forma de asumir la reclusión. Los de mi quinta llegábamos ligeros de equipaje, sin responsabilidades familiares, y si éramos españoles con la experiencia añadida de años de exilio y de ir dando tumbos por el mundo. Para los que habían dejado atrás una familia o tenían que convivir con la angustia de saberla internada en otro lager... La sensación de haberlo perdido todo hacía que algunos abandonaran cualquier expectativa y que buscaran la muerte de forma deliberada". Son los "musulmanes", "tarados" o "idiotas", en el argot del campo, absolutamente dominados por una apatía que los conducía a la muerte.

La promiscuidad del campo generaba extrañas afinidades, así como también enemistades previsibles: los rojos españoles intimiban fácilmente con franceses y checos, en cambio, "los polacos pensaban que éramos unos comecuras y violadores de monjas". En la cúspide del sistema estaban los temidos kapos, "delincuentes comunes, pero alemanes, de sangre aria". Las castas más bajas las ocupaban judíos, eslavos y gitanos, directamente destinados al exterminio. "En estas condiciones no había lugar para el heroismo. Como mucho, para puntuales actos de dignidad, como velar por un compañero enfermo, que te permitían recuperar parcialmente la autoestima... hasta que la volvías a perder al cabo de nada. Después de pasarlo tan mal, de soportar tantas vejaciones, la idea de ser valiente ni se te pasaba por la cabeza".

La proximidad de la liberación, que en Flossenburg tuvo lugar el 22 de abril de 1945, fue paradójicamente la causa de los últimos tormentos que tuvieron que afrontar los internos, aterrorizados ante las órdenes de Himmler de desmantelar los campos y trasladar a los deportados al interior de Alemania: "Nosotros éramos testigos de la barbarie y sospechábamos que iban a eliminarnos para que no puediéramos contarlo, o como un último gesto de desesperación ante la inminente derrota. El temor era que con la excusa de un bombardedo nos concentraran en los túneles en que habían camuflado las fábricas subterráneas y los dinamitaran o nos gasearan. El algunos lugares llegó a ocurrir. En Flossenburg, no, quizás porque veían próximo el momento de ajustar cuentas y al final la única obsesión de los alemanes era huir de los rusos y entregarse a los americanos". La amaneza, sin embargo, no cesó con la liberación: Marco recuerda el peligro que comportaba cruzarse accidentalmente con grupos de soldados alemanes en retirada, completamente desorganizados y que no dudaban en liquidar a los deportados que encontraban fuera de los campos.

Entre las secuelas que sufrieron los supervivientes de los campos, una de las más terribles es la mala consciencia, que Marco plantea en los términos siguientes: "Por Flossenburg pasaron 100.000 deportados, y sólo sobrevivimos 27.000. Menos de la cuarta parte. ¿Por qué unos murieron y otros nos salvamos? ¿Hasta qué punto soy culpable de aquella sonrisa que le dediqué al oficial nazi, y que comportó que otro murierra quizás en mi lugar? Hay quien no pudo soportarlo, quien no fue capaz de encontrarle un sentid a la vida despuçés de todo esto. Otros habían dejado su familia en España y, al no poder regresar, volvieron a formar otra en el exilio y así olvidar el pasado, pero también mujer e hijos... Todo esto pasa factura, sobre todo cuando las condiciones físicas comienzan a mermar. A veces no puedes evitar preguntarte de qué sirvió, sobrevivir, o que tú hubieses podido ser unon de los que no salió con vida del campo".

A los que no dejaron el pellejo, el campo les robó lo mejor de la vida. Como a Marco, que llegó a Flossenburg "antes del primer beso y del primer amor". La derrota definitiva. Marco, que volvió a Barcelona en 1946 y que sobrevivió en la clandestinidad hasta la muerte de Franco, opuso una vitalidad y un optimismo que conserva intactos a sus 84 años, y que lo llevaron a la presidencia de la Amical de Mauthausen de Barcelona y a una frenética campaña de conscienciación pública con centenares de conferencias en escuelas e institutos catalanes, "porque los chavales de hoy no saben nada de nada de los campos nazis. Con nuestro trstimonio intentamos despertar su curiosidad, que reflexionen sobre las causas de todo aquello, que resumiría en el convencimiento de la supremacía racial que comportaba la esclavización de los no arios".

Contra el olvido y la banalización
Como cada año, sant Jorid lo sorprenderá a miles de kilómetros de Sant Cugat del Vallés, la localidad barcelonesa donde reside. En Flossenburg, por supuesto, conmemorando la liberación del campo por las fuerzas del III Cuerpo de ejército norteamericano. La suya es una lucha contra el olvido que amenaza con sepultar la barbarie nazi. Su arma es la palabra y el testimonio que da allí donde lo solicitan -dos semanas atrás visitó las escuelas de la Seo de Urgel, invitado por el consejo comarcal del Alto Urgel. No siente rencor, asegura, contra los civiles alemanes que decidieron no saber que a escasos cientos de metros del pueblo de Flossenburg se levantaba aquella fábrica de muerte: "Y ahora menos que nunca, porque te das cuenta de que todos cerramos los ojos a cosas terribles que suceden a nuestro lado y que no les prestamos atención hasta que nos tocan de cerca", afirma en alusión a los atentados del 11-M en Madrid. Pero avisa de la persistencia de preiódicos abscesos de racismo: "El verano pasado acompañé a Ravensbruck [el tristemente célebre campo de concentración femenino] a chicos de tres institutos catalanes. Intentamos que se relacionaran con los chicos del pueblo, y resultó imposible. Hasta en los bares se negaban a servirles una consumición."

Marco considera que es mas pernicioso el  "oscurecimiento" y la "relativización" -dice- del fenómeno concentracionario que no su negación. "Quieren olvidar, pasar página. Las grandes empresas que se vieron implicadas en el exterminio pretenden finiquitar su mala consciencia a coia de indemnizaciones. Sobre todo ahora, que quedamos pocos. Quieren comprar cuatro años de esclavitud por 8.000 o 10.000 euros, y liquidar así el asunto. Pero si nos olvidamos de lo que psaó, volverá a ocurrir, advierte. La otra gran amenaza es la banalización, que ilustra con tres ejemplos que rozan el sarcasmo: "Como se encuentran cada vez más cerca de las aglomeraciones urbanas, los terrenos que couparon los campos resultan muy tentadores. En Flossenburg luchamos ahora para que no permitan el trazado de una avenida que lo dividiría en dos. No es impensable, porque en Ravensbruck abrieron un supermercado, y en Auschwitz, ¡una discoteca! Que no nos quiten la memoria, que es lo único que tenemos". Una banalización de la que no escapan, remata Marco, películas como La lista de Schindler. Atención, en cambio, a La zona gris, de Tim Blake, y a K. L. Reich, "porque son otra cosa". Huelen a verdad de la buena. Palabra de exdeportado.

[Este artículo de publicó en abril de 2004 en la revista Informacions]

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Deportado nº 6.448 en el campo de concentración de Flossenburg

"Aquel día tenía el presentimiento de que me había llegado la hora. Tenían que escoger al azar a 25 internos del barracón 18 para una ejecución de castigo por un intento de evasión. Cuando el oficial de las SS se quedó petrificado ante mí, levanté la vista, lo miré a los ojos y le dediqué la sonrisa más seductora que nunca he esbozado. Él me apuntó co el dedo y gritó: "Der Spanien, andere tag" ("El español, oto día"). El caso es que aquel SS eligió a otro desgraciado en mi lugar". Éste es el terrible dilema moral, el sentimiento de culpa con que se enfrentan desde hace seis décadas los supervivientes de los campos de concentración. El protagonista de esta historia es Enric Marco (Barcelona, 1921), que había ingresado en el campo de Flossenburg en 1943. La misma (mala, pésima) suerte que corrieron los más de 7.200 ciudadanos españóles -entre 7.189 y 7.288, según la historiadora Rosa Toran- que tuvieron que colgarse en Buchewald, Dachau, Dora, Ravensbruck o Mauthausen el triángulo azul con la S de Spanier en los infames pijamas a rayas de deportados. Menos de la tercera parte sobrevivió al cautiverio. Hoy, los supervivientes de aquella odisea pueden contarse con los dedos de una mano. La lista de la Amical Mauthausen, que Marco preside, ha quedado reducida a una decena de exdeportados: Neus Català, Marcel·lí Garriga, Vicenç Enric Mac, Antoni Ivern Eroles, Josep Jornet, Marcial Mayan, Edmon Gimeno, Joaquim Valcells, Antoni Lozano Bonafont y el mismo Marco.
Mauthausen fue su primer contacto con el sistema concentracionari, y llegó de rebote, como un castigo más a los nueve meses en régimen de aislamiento que acababa de pasar en la prisión de Kiel acusado de sabotaje, alta traición y conspiración contra el III Reich -que ya es alto honor- en la cadena de montaje de motores para submarinos donde trabajaba como mecánico. El caso es que era cierto. Mauthausen fue tan solo una estación de paso hacia su destino definitivo: Flossenburg. Otra vez, su oficio de mecánico le salvó la vida y obtuvo una preciada plaza en el taller de reparación de fuselaje de aviones Messerchsmitt anejo al campo. La vida cotidiana en Flossenburg -que Amat Piniella, él mismo exdeportado, describe con mano maestra en K. L. Reich, la novela definitiva (en catalán) sobre el sistema concentracionario nazi- era un infierno que comenzaba a las 4 de la madrugada: había que dejar el colchón impecable, desfilar a toque de silbato hacia las letrinas y pasar el recuento matutino, que se podía alargar horas y horas, hasta que cuadrabam los números, con los internos en posición de firmes en la Apellplatz y a temperaturas, dice, de hasta -30ºC. Y después, a trabajar: doce horas diarias, seis días a la semana, con una alimentación consistente en un sucedáneo de café y un cuscurro para desayunar, y el mismo rancho para la comida y la cena: "Un líquido dudoso con tronchos de nabo y cortezas de patata".
No había lugar para el heroísmo, advierte. Como mucho, para puntuales actos de dignidad como velar al compañero enfermo. Y así, un día tras otro hasta la liberación, que a Flossenburg llegó el 22 de abril de 1945. Marco fue uno de los 14 españoles que se contaban entre los 27.000 supervivientes del campo: el resto de 73.296 deportados que ingresaron en él nunca más salió. Su peripecia, recogida en Memòria de l'infern, de David Bassa i Jordi Ribó, había comenzado nueve años antes, con el Alzamiento del 18 de julio. Afiliado a la CNT, fue herido en el frente del Segre. Terminada la Guerra Civil se queda en Barcelona para reorganizar la resistencia antifranquista, pero en las Navidades de 1941 una delación le obliga a refugiarse en Marsella. La gendarmería petanista lo caza inmediatamente después de desembarcar, y de Marsella pasa a los astilleros de la base de submarinos de Kiel, adonde volverá una vez acabada la guerra antes de instalarse definitivamente en Barcelona, en 1946. Siempre con la misma desazón: "¿Por qué unos nos salvamos y otros murieron? ¿Hasta qué punto soy culpable de aquella sonrisa de complicidad que le dediqué al oficial nazi, y que implicó que otro desgraciuado muriera en mi lugar? Los hubo que no lo soportaron, que no pudieron encontrarle sentido a la vida".

[Este artículo se publicó el 6 de mayo de 2005 en la revista Presència]