Incursiones relámpago, estilo Sturmtruppen, en episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y las dos postguerras, con ocasionales singladuras a alta mar, a ultramar y si conviene incluso más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

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sábado, 19 de septiembre de 2015

El otro éxodo de la Guerra Civil (2)

El historiador Jordi Rubió publica L'èxode català de 1936, la primera monografía consagrada a los fugitivos que huyeron a través de los Pirineos durante la conflagración.


Guardias franceses a las órdenes del coronel Baulard atienden en Sant Julià de Lòria a un refugiado aparentemente enfermo (arriba); sobre estas líneas, la chenille, ambulancia semioruga -¡como los half track de La Nueve!- que el destacamento sanitario francés utilizaba para rescatar a los fugitivos heridos en la montaña. Fotografías: Archivos departamentales de los Pirineos Orientales. 

Se lamentaba días atrás el historiador Ferran Sánchez Agustí del desinterés académico por los fugitivos de la zona republicana que durante la Guerra Civil se evadieron por los Pirineos, en una especie de ensayo general -pero en sentido inverso- de lo que iba a ocurrir a partir de 1942 con las redes de evasión aliadas. Antes lo hubiéramos dicho, porque precisamente esta semana llega a las librerías L'èxode català de 1936 a través dels Pirineus (Gregal), la primera monografía consagrada a un episodio que hasta ahora solo se había tocado de forma tangencial. El volumen parte de la tesis doctoral del autor, el historiador gerundense Jordi Rubió (Olot, 1983), constituye algo así como la precuela de Las montañas de la libertad, la biblia de Josep Calvet sobre la evasión pirenaica en la II Guerra Mundial, y el complemento ideal a Andorra durant la Guerra Civil espanyola, de nuestra Amparo Soriano. 

Vaya por delante que Rubió presta especial, muy especial atención -y aquí radica la novedad- en los fugitivos de la Cataluña bajo control -más o menos, sobre todo en los primeros meses- de la Generalitat, lo que él mismo denomina "el primer éxodo de la Guerra Civil" y que hay que distinguir -porque no tienen nada que ver- con el éxodo por antonomasia, el republicano de 1939, por otro lado profusamente estudiado. Es decir, añade, militares y políticos catalanes comprometidos con el golpe de estado obligados a huir tras el fracaso del Alzamiento en Cataluña, pero también eclesiásticos -sobre todo en los primeros meses- y después comerciantes y pequeños empresarios, profesionales y propietarios, desertores del ejército republicano e insumisos -hay que tener en cuenta, advierte, que el ejército republicano se nutrió inicialmente de milicianos, y que las quintas no empezaron a ser movilizadas hasta mediados de 1937. Incluso políticos afectos al régimen legítimo y altos cargos de la misma Generalitat. Dicho esto, advierte el autor de la escasa, por no decir nula homogeneidad ideológica de este éxodo, unido tan solo -y como mucho- por "un único componente transversal": las convicciones católicas.Y entre los movimientos más o menos masivos de refugiados registrados en los dos últimos siglos a través de los Pirineos -desde los exiliados de las guerras carlistas hasta las redes de evasión aliadas en la II Guerra Mundial, pasando por el exilio por excelencia, que es el de la España republicana en febrero de 1939, Rubió opina que el más semejante al que nos ocupa es el de los insumisos y desertores franceses de la I Guerra Mundial, otro capítulo prácticamente desconocido del que pronto nos ocuparemos.

Pero pongámosle de una vez cifras: Agustí consideraba recientemente -y a cuenta de la reciente publicación de La Guerra Civil al Montsec- que cerca de 30.000 personas huyeron por los Pirineos de la España republicana; Rubió, por su parte, ha contabilizado 15.000 en los archivos franceses, de los que entre 9.000 y 10.000 con nombre y apellidos. Esta es la cantidad "mínima" de evadidos, dice. "Quizás la podríamos doblar con los que no constan en los archivos, que no son exhaustivos, y si añadiéramos los evadidos que huyeron en tren o por vía marítima, más los de otras zonas de España que pasaron por los Pirineos catalanes, no resultaría exagerado hablar de unos 50.000 fugitivos".

Un éxodo con todas las de la ley en que Andorra jugó -como lo haría en la II Guerra Mundial- "un papel importantísimo", tanto por el volumen de evadidos que huyó por aquí -a finales de agosto de 1936 cuenta 2.000 refugiados, para una población que a duras penas llegaba a las 6.000 almas; en septiembre había un centenar de religiosos, y en abril de 1938, 1.200 hombres en edad militar, entre los 18 y los 45 años- como por la ayuda que les prestó el destacamento a las órdenes del comisario Baulard, con sus tres compañías de guardias móviles -en total, 140 hombres- que llegaron el 27 de septiembre de 1936, a los que hay que añadir los "bomberos" del 28º Génie de Montpellier y una unidad sanitaria al mando del teniente médico Bertrezene que, entre otros cometidos, vacunaba sistemáticamente a los refugiados y les prestaba primeros auxilios muy necesarios, porque los fugitivos podían llegar con los pies destrozados a causa del periplo -cinco noches al raso no eran raras, antes de llegar a Andorra-, especialmente en invierno. Baulard disponía incluso de la chenaille de aquí arriba, una especie de ambulancia todo terreno equipada con orugas para operar en la montaña y rescatar a los fugitivos atrapados en la nieve. Más datos: según un informe del comité de Londres, encargado de controlar las fronteras terrestres y marítimas de España, el mayor flujo de refugiados que pasaban a Francia desde Andorra se registró entre el 24 y el 29 de junio de 1937, con 144 evadidos: de ellos, el 85% opta por ser repatriado por Hendaya e Irún; el resto, por el internamiento en campos de refugiados -casernas abandonadas, escuelas- como el que habilitado en Montauban.

Agentes franquistas: una lista
Más allá de los casos bien conocidos del obispo Guitart -que se refugió en Andorra a finales de julio de 1936- y de san Josemaría -en diciembre del año siguiente- el autor pone como ejemplo paradigmático del fugitivo por tierra andorrana a Josep Gassiot, profesor barcelonés que, dice, se sintió intimidado por la FAI. Con motivo, porque el hombre ya había tenido que largarse el curso anterior a Almería, nada menos, para evitar el acoso anarquista -se incautaron de su casa- y al regresar le faltó tiempo para darse cuenta de que corría peligro: contactó con una red de evasión que, cuenta Rubió, operaba desde el mismo Gobierno Militar de Barcelona -¿quintacolumnistas o vulgares oportunistas?- y abonó por el billete 2.000 pesetas en billetes de serie anteriores a la guerra. El periplo de Gassiot arranca el 20 de octubre de 1937: la primera etapa, en tren hasta Manresa; desde aquí tenía que llegar por sus propios medios hasta Puig-reig, donde le espera el guía, un pasador que aprovechaba la excursión para llevar a Andorra y de contrabando, claro, una saca llena de monedas de plata: "El grupo era recibido al anochecer en masías que tenían un tentempié a punto, incluso una cueva en las proximidades para descansar". El 24 de octubre llegan finalmente a Sant Julià, y Gassiot obtiene a través de los enlaces del gobierno franquista sobre el terreno "una habitación de hotel, alimentos e incluso calzado". Y todo, a cuenta del Alzamiento.

Rubió pone nombre y apellidos a estos elementos que operaban, dice, como "red de reclutamiento" en suelo andorrano, y que expedía a los fugitivos de la zona republicana en autobús, directamente hasta Irún, o bien en tren, caso este en que acompañaban a los evadidos hasta la estación de Hospitalet -la primera localidad francesa tras dejar atrás la frontera andorrana- donde eran empaquetados hacia Hendaya bajo estricta vigilancia -había que evitar la tentación de que los fugitivos prefirieran quedarse en territorio francés como refugiados. Para el coronel Baulard, dice el autor, estos elementos franquistas no eran sino "oragnizaciones humanitarias" que se limitaban a ayudar a los refugiados.

A lo que íbamos: según Rubió, Francesc Carrera es "el principal organizador del espionaje franquista en Andorra", con la ayuda de otras dos figuras prominentes -Santiago Roca y Joan Prat- y una serie de hombres a los que considera "agentes secretos": Camilo Cases, Josep Carrera, Enric Blasi y un tal Gallimó. Pero una de las sorpresas más inquietantes del libro -bueno, sorpresa relativa, porque Estat Catalá siempre actuó en el filo de la navaja- es el papel de este partido -recordemos que nuestro Esteve Albert fue un activísimo militante- tuvo en el negocio de las redes de evasión: según el autor, Estat Catalá organizó un eficaz servicio de evasión que cruzaba Andorra -viniendo de la Vall Farrera, concretamente- "con un objetivo muy claro: recaudar fondos para el partido". Y quienes mantenían esta ruta abierta eran el mismo Albert, Domènec Gironès y Joan Bachs. Un sucio asunto que linda sospechosamente con la pura extorsión. Visto lo cual, casi parece un caso de justicia de poética el hecho que políticos republicanos de una pieza como Josep Coll y Francesc Pelegrí, fundadores del POUM cruzaran por Andorra en enero de 1938, huyendo de posibles represalias. No fueron los primeros: se dice que tras los Fets de Maig de 1937 -con el preludio pirenaico de abril, con el Cojo de Málaga, Viadiu y demás- hasta un centenar de los anarquistas que hasta entonces habían impuesto su ley en la Seo y Puigcerdà se evadieron también por Andorra. Ya se sabe: la revolución, que tiene la mala costumbre de devorar a sus hijos.

L'èxode català de 1936 escudriña también las fuerzas, esencialmente carabineros, encargadas de controlar la frontera, y documenta varios encontronazos con grupos de fugitivos. Sabíamos por Agustí que hubo muertos -recordemos tan solo los cinco hombres que fueron capturados el 5 de marzo de 1938 al pie del Bony dels Tres Culs, entre Civís y Os, y por lo tanto a "palmo y medio de la frontera", y fusilados in situ. Él mismo sostiene que el celo de los carabineros -los llamados 100.000 hijos de Negrín, afectos al PSOE y sospechosos de enchufismo, añade Rubió- tenía un precio, y que, sobre todo cuando ser acercaba el final de la contienda, no era raro que miraran hacia otro lado. Ya en lo primeros de la Guerra Civil, con la zona de frontera controlada todavía por las patrullas anarquistas, da cuenta de la persecución de desertores en territorio andorrano, "dándose el caso de perseguidos que fueron detenidos, incluso abatidos en suelo andorrano por las milicias antifascistas". El historiador Francesc Badia -último veguer episcopal: lo fue hasta la promulgación de la Constitución andorrana, en 1993, y biógrafo del obispo Guitart- recuerda el secuestro a manos de una patrulla anarquista de dos chicas evadidas, perpetrado en septiembre de 1936. Pero la palma se la lleva la frustrada evasión masiva -343 fugitivos- que tuvo lugar a principios de octubre de 1937, que terminó con el grupo tiroteado, dispersado y parcialmente apresado en la misma frontera. Un episodio del que ha quedado rastro en los archivos del ministerio de Exteriores y del que bien pronto daremos noticia.

También merece extensa atención el papel de Francia en la acogida de refugiados: la mano tendida con la que los recibió en los primeros meses de la contienda mutó a partir del otoño de 1937, con el cambio de gobierno, en orden de expulsión, de manera que los evadidos -con la excepción de enfermos, heridos, mujeres, ancianos y niños, y aun así, no de forma automática- se veían en la disyuntiva de continuar el peregrinaje hasta la España nacional, a través de Irún, o regresar al punto de partida, por el paso de Portbou. Obviamente, dice Rubió, el 90% decidió unirse a los sublevados -"Volver les hubiese costado muy probablemente la vida"- aunque hay que añadir que hasta entonces las condiciones en que fueron atendidos no tuvieron nada que ver con lo que al finalizar la guerra se encontrarían los exiliados republicanos. No hubo en este caso un Argelès, un Barcarès ni un Saint Cyprien. En fin, que luz, más luz, se dice que fueron las últimas palabras de Goethe antes de expirar; pues esto es exactamente lo que hace este libro imprescindible: aportar algo de luz, más luz, a un episodio hasta ahora oscuro como una noche sin luna. No se lo pierdan.

[Este artículo es una versión ampliada del publicado el 9 de septiembre de 2015 en el diario Bon Dia Andorra]


sábado, 28 de febrero de 2015

A pie, con monseñor (Guitart)

Josep Moliné Troc se refugió en Andorra en los inicios de la Guerra Civil, y aquí se quedó toda la vida. Su hija evoca hoy el papel de Moliné en el paso clandestino de fugitivos de la Seo de Urgel y comarca en los primeros meses del conflicto. Entre sus clientes, atención, el obispo Guitart.

La versión oficial de esta historia consta en el Martirologi de l'Església d'Urgell y la recoge también Francisco Javier Galindo en en volumen La Seu, 1936. Y dice que el obispo Justí Guitart huyó de la Seo a primera hora de la mañana del 23 de julio de 1936, "en el auto del Fluix [el Flojo] y vestido con una simple sotana" -se trataba de no llamar demasiado la atención, porque probablemente se jugaba la vida- y que aquel mismo día cruzaron la frontera y se refugiaron en la casa rectoral de Andorra la Vella, como huéspedes de mossèn Lluís Pujol arcipreste de los Valles de Andorra. Una segunda versión, o mejor un capítulo complementario sobre la huida del Excelentísimo obispo de Urgel y copríncipe de Andorra, la aporta en sus memorias el que fuera alcalde de la Seo, Enric Canturri, según el cual Guitart ya había intentado huir en una ocasión pero le habían cerrado el paso en la frontera y se había visto obligado a regresar a la Seo con el báculo entre las piernas. Y hoy añadimos una tercera versión inédita hasta la fecha. Nos la ofrece Lourdes Moliné (la Seo, 1937), quien sostiene que fue su padre, Josep Moliné Troc (Calvinyà, 1909-Escaldes, 1978) quien ayudó al obispo en su huida a Andorra. A pie y por la montaña, nada de coche y chófer. Y añade un detalle: Guitart le confió a su padre un fajo de cartas con el encargo de enviarlas, "pero con las prisas del momento se olvidó de darle el dinero para los sellos y fue el mismo Moline quien tuvo que comprarlos de su bolsillo".

Josep Moliné y su esposa, Clara Altimir, padres de Lourdes, contrajeron matrimonio en febrero de 1938 en Escaldes. Fotografía: Familia Moliné.

Moliné era un hombre de izquierdas, según  recuerda su hija y corrobora su expediente, conservado en el Archivo Histórico de Lérida y exhumado -cómo no- por el historiador Josep Calvet: las autoridades franquistas no le autorizaron a regresar a España hasta septiembre de 1954. Lo acusaban de haber formado parte del comité de Anserall, localidad ubicada entre la Seo y Andorra. Pero enseguida que estalló la guerra, añade Lourdes, se refugió en Andorra: "Tenía claro que, si se quedaba, lo liquidaban. Fueron aquellos primeros seis meses en los que imperó el, ejem, terror rojo, con la veintena larga de asesinatos documentados por Galindo y perpetrados en la Seo y cercanías por los reglamentarios "incontrolados" y con la aquiescencia del comité local.

La primera mención oficial a Moline procede de un documento fechado en 1940 -dice que tiene 31 años- y su nombre aparece junto al de otros rojos de la comarca: José Obiols Miguel, "gran propagandista de izquierdas (...) está en un Batallón de trabajadores"; Enrique Travé Bigordá, "formó parte del comité durante ocho días, ingresó en la escuela de aviación voluntario (...), se encuentra enujn Batallón de trabajadores"; José Catalán Parra, de "ideología izquierdista (...), carabinero retirado (...), se encuentra actualmente detenido en la cárcel de la Seo de Urgel (...), no ejerció cargo alguno en el pueblo de Anserall"; Concepción Moles Martí, también de "ideología izquierdista", que durante el "período rojo se amistó con un miliciano (...), se encuentra en la actualidad en Francia", y José Coll Blasi, "toda su familia es de ideología izquierdista (...), formó parte del comité de Anserall y parece que su actuación fue bastante mala".

De nuestro hombre de hoy, Moliné Troc, se limita a consigna que ejerció "un cargo" en el comité de Anserall y que reside en Andorra. Hay que esperar tres lustros, hasta 1954, para volver a tener noticias oficiales de Moliné. El 10 de abril de 1954, el comisario jefe del puesto de la Seo informa al Director General de Seguridad y al gobernador civil de Lérida de la denuncia formulada por Nuria Calvet, vecina de la Seo, según la cual Moliné era el guía que acompañaba a su marido; Segismundo Gallifa, el día que éste pasó hacia Andorra para desde aquí, dice la mujer, dirigirse a zona nacional. Por lo visto, Gallifa nunca llegó a su destino.

Sostiene su viuda que fue asesinado en la montaña y que Francisco Escudé, otro fugitivo que partió hacia Andorra al día siguiente, el 24 de noviembre de 1936, en compañía de Jaime Carrera, creyó percibir a medio camino entre Arcabell y Bescarán cierto olor que indentificaron como el de un cadáver que alguien estuviera intentando quemar. Cadáver que  no llegaron a ver y que solo al llegar a Andorra y percatarse que Gallifa no había llegado a su destino concluyeron que podía ser el del marido de la denunciante. Se da la circunstancia de que otro fugitivo, José Vila, vecino de la Baronia de Rialb, que tenía que haber pasado a Andorra junto con Gallifa pero que tuvo que hacerlo dos días después a causa de un registro en su domicilio que le obligó a posponer el viaje, declara en las mismas diligencias haber hecho el trayecto con el mismo Moliné como guía, y que "el trato que recibió por su parte fue inmejorable, hasta el punto de llevarles cena al pajar donde los ocultó antes de partir, ya que debieron salir a las dos de la madrugada partiendo del pueblo de Calviña".

La viuda Calvet eleva su denuncia al saber que Moliné está gestionando ante las autoridades franquistas los trámites para regresar legalmente a España. El juez debió archivar las diligencias o por lo menos, fallar a favr de nuestro hombre, porque el 15 de septiembre del 1954 el mismo comisario de la Seo que medio año antes advertía de la denuncia que pesaba sobre Moliné, advierte a sus superiores de que "con fecha del día de hoy realiza su entrada en España el que fue exiliado español en los Valles de Andorra José Moliné Troc (...) que tiene autorizada su entrada en España por el Excmo. Sr. Ministro de la Gobernación, sin que exista comunicado en contrario, fijando su residencia en Calviñá, casa Vilanova". A ojos del franquismo, Moliné estaba limpio de sspecha.



Diligencias conservadas en el expediente de Josep Moliné del Archivo Histórico de Lérida: al solicitar permiso para residir legalmente en España, a principios de 1954, Moline fue denunciado por Nuria Calvet, vecina de la Seo: era sospechoso del asesinato de su marido, Segismundo Gallifa, al que al parecer ayudó a pasar a Andorra el 23 de noviembre de 1936. No consta la resolución del expediente, pero lo cierto es que el 15 de septiembre de 1954 el gobernador civil le autoriza expresamente a instalarse en España. A ojos de las autoridades franquistas, Moliné está limpio. Fotografia: Archivo Josep Calvet.

Una lista del ministerio de Gobernación con los nombes de vecinos de la Seo y comarca sospechosos de "izquierdismo". Al lado de Moliné aparecen también citados Josó Coll Blasi, Concepción Moles Martí, José Catalán Parra y Enrique Traver Bigordà. El documento es de 1940, dado que dice que Moliné tiene 31 años de edad y que nuestro hombre de hoy nació en 1909. Fotografía: Archivo Josep Calvet.

Ya fuera el obispo Guitart el cliente de Moliné, ya fuera otro religioso al que la memoria familiar ha ido ascendiendo en el escalafón eclesiástico hasta convertirlo en prelado, lo cierto es que fue durante los primeros meses de la Guerra Civil un activo guía que condujo, dice Lourdes, hasta una veintena de expediciones de fugitivos -gente "de orden", religiosos amenazados o simplemente, y como ocurre en todas las guerras, hombres en edad militar que no querían ser enviados al frente- que buscaban la relativa seguridad que ofrecía Andorra y pasar desde aquí y a través de Francia al lado nacional. Y decimos relativa porque -porque como recuerda Josep Llangort, abuelo de Galindo y él mismo fugitivo de primera hora, "las continuas visitas a Escaldes de gente sospechosa de la Seo y los rumores de una posible agresión contra los refugiados mantenían un justificado estado de inquietud" entre la colonia de fugitivos instalada en Andorra. Entre las expediciones que Moliné guió por la montaña hubo una muy especial: "En febrero de 1938 nos cogió a mi madre y a mí y nos trajo a Andorra. Por lo que después contaban, los piececillos me salían de la mochila donde me habían encasquetado". En esta misma expedición ayudó a pasar a dos familias más de Calviñá, una de las cuales era la de casa Pedescoll.

Los Moliné se instalaron en casa Felícia de Escaldes, y el padre compaginó desde entonces el trabajo como agricultor con el contrabando, la tienda de ultramarinos que más adelante abrieron en casa Quimet y con los ocasionales servicios como guía que le reportaban unos ingresos extra. En su madurez Moliné raramente hablaba de estos años durísimos. Pero Lourdes recuerda haberle oído referirse a los "malos guías" que veían en el tráfico clandestino de refugiados una oportunidad para el enriquecimiento fácil. Siempre que no se tuvieran escrúpulos, claro. Es la leyenda negra de los pasadores, que arranca antes de la II Guerra Mundial. Una denominación, por cierto, esta de "pasadores", que vino después y que "en casa", dice Lourdes, "nunca se usó": "Mucha gente se quedó en la montaña; hubo guías que los abandonaban o que los mataban para quedarse con el dinero y las joyas que pudieran llevar encima. Se sabía quiénes eran, estos malos guías, y tenían la precaución de no salir de noche por temor a represalias..."

Como muchos otros colegas, Moliné era desde antes del estallido de la Guerra Civil un consumado contrabandista, aficionado a la caza y a la pesca y que conocía por lo tanto todos los rincones de las montañas entre la Seo y Andorra. Él y sus camaradas de correrías -entre los que Lourdes recuerda a Enric Muntanya- bajaban a la Seo con el fardo a cuestas... si no tenían la mala fortuna de dar con una patrulla de la guardia civil; entonces tocaba correr y, en caso extremo, abandonar el fardo -50 quilos de tabaco a la espalda- con la esperanza de que los guardias se contentaran con decomisar el fardo y su contenido.Con frecuencia era así, pero el susto en el cuerpo solo servía para ir tirando: "Los que se llenaban los bolsillos eran los que estaban en los dos extremos de la cadena". La peripecia de Moliné incluye ingresos en prisiones francesas y, siempre según la memoria familiar, un internamiento en el campo de Argelés, de donde dice Lourdes que finalmente escapó. Por supuesto que en esta trayectoria sucintamente esbozada quedan lagunas por cubrir, y datos y fechas por verificar. Pero mola rescatar del olvido a un coetáneo de Cirera -el guía de san Josemaría- y hermano mayor de los Baldrich, Català y compañía.

La Seo, julio de 1936: entre el terror, la sangre y el éxodo
El obispo Guitart fue uno de las decenas, probablemente centenares de fugitivos de la Seo y comarca que en los primeros meses de la Guerra Civil se refugiaron en Andorra huyendo del terror rojo. Para llegar a entender la anarquía y la barbarie que señorearon en la época al otro lado de la frontera del río Runer conviene echarle un vistazo a La Seu, 1936. Galindo deja en él constancia de los asesinatos perpetrados en la ciudad entre el 22 de julio y el 11 de octubre de ese año, con episodios especialmente brutales como la caza de Ángel Ballarà, armero de la Seo, que logra huir de su casa, adonde lo han ido a buscar a medianoche, pero es perseguido hasta ser herido en una pierna y rematado en la Isla.

O el de los hermanos Lluís e Ignasi Tarragona, los dos introducidos a la fuerza en un coche la noche del 2 de septiembre, tiroteados y abandonados en Tavèrnoles, donde al día siguiente aparecieron sus cadáveres carbonizados. Sin olvidar las ejecuciones sumarísimas que tuvieron lugar los días 9, 10 y 11 de octubre en el cementerio de la Seo, con dos decenas más de víctima entre los cuales se encontraba Jaume Cebrià, que tuvo la ocurrencia, cuenta Galindo, de no morir a la primera descarga y a quien el enterrador encontró a la mañana siguiente cogido a la reja del camposanto: lo remató in situ. Entre la larga lista de fugitivos del Alto Urgel que pudieron huir a tiempo y que se refugiaron en Andorra, de paso o definitivamente, Galindo cita casos como los del vicario Fornesa, Llovera, Borró, Sinca, Pellicer, Ingla, Roca, Albiña, Cerqueda, Llinàs, Guardiet, Revés, Navarro y el secretario del obispo, Piquer. Así como las catorce monjas y novicias de la Sagrada Familia que el 27 de julio pasan a Andorra con la ayuda de un guía. Quien sabe si la de nuestro Moliné...

[Esta entrada es una versión ampliada de un artículo publicado el 10 de noviembre de 2014 en el Diari d'Andorra]

lunes, 24 de marzo de 2014

El vodevil de Borís, rey de Andorra

Julio de 1934: Borís Skossyreff se autoproclama rey de Andorra, redacta una Constitución -la primera en la historia del país- y declara la guerra al obispo de Urgel. Detenido por la Guardia Civil, juzgado por vago y maleante y expulsado a Portugal, su reinado duró exactamente nueve días.

Borís, supuesto conde de Orange y presunto barón de Skossyreff, se levantó el 11 de julio de 1934 presa de una frenética hiperactividad legislativa: fue el día más productivo de su quimérico y efímero reinado, ya que destituyó al Consejo General -el protoparlamento andorrano- se autoproclamó Príncipe Soberano y Supremo de Andorra y Defensor de la Fe -y todo, con mayúsculas- declaró la guerra al obispo de Urgel, Justí Guitart -no es que tuviera nada personal contra él: pero es que el obispo de Urgel es el copríncipe de Andorra, ya ven- y todavía tuvo tiempo de proclamar la Constitución de lo que él denominó el "Estado Libre de Andorra".

La primera, por cierto, de la historia del país. Y todo lo hizo desde el exilio: es decir, desde el hotel Mundial de la Seo, residencia oficial del monarca y sede de la corte de pacotilla desde que el 22 de mayo los representantes de los Copríncipes lo habían expulsado de Andorra. Inmune al desaliento, Borís anunció para el 18 de julio -fecha como se ve propicia para las asonadas- la toma efectiva del poder con los 600 hombres que tenía a su disposición. Según él, claro. Pero llegó el día y después de tanto cacarear va y se hace el despistado. Uno de los muchos corresponsales catalanes enviados a cubrir el acontecimiento lo resumió así: "Esta mañana Borís ha parlamentado con algunas de las personas que se supone implicadas en el complot, ha recibido visitas y ha salido del hotel a pasear. En Andorra, la tranquilidad es absoluta". Vaya, algo así como que requirió la espada, miró al soslayo, fuese y no hubo nada.

Borís Skossyreff, en su esplendor: nacido en Vilna en 1896, sirvió durante la I Guerra Mundial en la marina zarista y después de la Revolución de Octubre, en la Royal Navy, y trabajó para el Foriegn Office británico en Japón, Sibera y los EEUU... Esto, según el currículum sensacional con que se presentaba en los años 30. También se reclamaba barón de Orange, se casó con la francesa Marie Louise Parat y la pareja se instaló en Saint Cannat, en la Provenza. En 1932, poco antes de su aventura andorrana, lo encontramos en Palma de Mallorca, donde malvive del trapicheo -estafas, tráfico de estupefacientes- y conoce a la noteamericana Florence Marmon, que la acompañará en periplo pirenaico. El historiador alemán Gerhard Lang ha separado el grano de la paja en la fraudulenta biografia de Borís: damos cuenta de ella en la entrada Borís: de la Cruz de Hierro al gulag. Fotografía: Archivo.


Porque esto fue todo. Hasta que dos días más tarde, los peores augurios -para el pretendiente, claro- se hicieron realidad: a instancias del Copríncipe Guitart, a quien Borís pretendía dejar sin trabajo, cuatro números de la Guardia Civil lo detuvieron después de comer en su hotel de la Seo e inmediatamente lo trasladaron a Barcelona. Imbuido por el papel real que interpretaba, y antes de ser empaquetado hacia Madrid -donde le esperaba la ley de vagos y maleantes- todavía tuvo tiempo de redactar un comunicado dirigido a las autoridades en que se erigía en defensor de los intereses españoles en Andorra, insistía en sus presuntos derechos a la corona como lugarteniente (sic) del duque de Guisa -el pretendiente al trono francés, éste sí digamos que auténtico- y hasta se permitía amenazar con una demostración de fuerza naval en el Mediterráneo por parte de "dos potencias europeas" y el refuerzo de los EEUU en el caso de que Francia osara intervenir en los asuntos andorranos. Fabuloso hasta el final, Borís terminaba su alegato exigiendo ser repatriado (a Andorra) en una avioneta que lo esperaba en el aeródromo de Barcelona. Y dejaba una puerta abierta a que las cosas no salieran tal y como él las había previsto: en caso de que sus amenazas no impresionaran a las autoridades españolas, solicitaba como mal menor ser expulsado a Portugal.

El vodevil andorrano se acercaba al desenlace: el 23 de julio llega a Madrid, en un vagón de tercera y custodiado por dos agentes -las crónicas han conservado sus nombres: Reguengo y Ureta- y pasaba a disposición del juez Bellón. El 19 de septiembre lo condena a un año de prisión por haber desobedecido una orden anterior de expulsión que pesaba sobre él, probablemente por la mala vida -estafa y tráfico de estupefacientes- que había llevado en Mallorca antes de asaltar el trono andorrano. No llegó a cumplir la pena porque, efectivamente, fu expulsado a Portugal. Se instaló en Estoril, claro, pero los portugueses tampoco tardaron en sacárselo de encima y no le queda más remedio que volver a Saint Cannat, en la Costa Azul francesa, donde la esperaba su legítima y -hay que suponer- resignada esposa. Por el camino se quedaron las dos amantes, dos, que lo habían acompañado en su periplo pirenaico: la inglesa Polly y la norteamericana Florence.

El tono vodevilesco de la peripecia no debe ocultar la intensa y pionera obra legislativa de Borís, que además llevó a cabo de una sola tacada. Además de declarar la guerra al obispo de Urgel porque por lo visto, el purpurado no se había retractado de unas manifestaciones previas -por otro lado, absolutamente merecidas- publicadas en el diario leridano El Correo, Borís aprovecha el manifiesto del 11 de julio para convocar elecciones generales, nombrar un presidente del gobierno provisional -Pere Torres, un visionario- decreta la amnistía para los delitos "sociales" y dejaba sin efecto las expulsiones de extranjeros dictadas por los veguers, medida que debía tener algo que ver con su dudosa situación en la Seo. Paralelamente, el proyecto de Constitución -publicado en nombre de Su Muy Serena Alteza Borís I- le encomendaba la dirección del nuevo ejército nacional y la representación en el extranjero -especialmente ante la Sociedad de Naciones, auténtica obsesión de Borís- le confiere también la potestad de formar gobierno y ensaya una tímida división de poderes, al atribuir al Parlamente la facultad de aprobar leyes y de retirar a confianza en el gobierno. Claro que, por si acaso, Borís tenía la precaución de reservarse el derecho de veto.

Para redondear el invento, el primer y único decreto de la nueva era establecía la "absoluta" libertad política y religiosa y la libre importación y circulación de prensa diaria, y abolía de paso la censura. Todo lo cual le permitiría hacer realidad el programa político que había anunciado en el diario Ahora en una de las muchas entrevistas que concedió durante las semanas previas al golpe: "Protección al necesitado, educación para todo el mundo y deporte, mucho deporte; pero nada de juegos prohibidos". Tan buenas intenciones quedaron aparcadas en la terraza del hotel Mundial. Los focos de la actualidad ya no lo volverían a enfocar jamás.

Y esto es todo lo que puede saberse sobre Borís, Príncipe Soberano de Andorra.
[Apostilla: Antoni Morell afirma en su novela Borís I, rei d'Andorra, que se topó en cierta ocasión que visitaba el monasterio de Poblet con un individuo que afirmaba ser el auténtico Borís Skossyreff: era el hermano portero del monasterio.]

Un sainete contra la sequía informativa de aquel julio de 1934
Las mentes más enfervorizadas se dieron prisa en atribuir la asonada de Borís en una maniobra del duque de Guisa para convertir Andorra en base de operaciones de los legitimistas franceses. Pero a grandilocuencia inicial enseguida dio paso a un tono festivo o directamente sarcástico a la hora de enfoca los acontecimientos en Andorra. El número de julio de 1934 de la revista Andorra Agrícola apuntaba sagazmente como explicación del inusitado éxito mediático de Skossyreff a la sequía informativa de aquel verano... o a una hábil maniobra publicitaria para convertir Andorra en destino turístico. Lo cierto es que las primeras noticias del culebrón arrancan en abril de 1934, cuando el mismo Borís -a quien no se le puede negar un sentido del humor oceánico- desmiente en una carta al diario La Noche sus aspiraciones monárquicas. A partir de aquí se convierte en asiduo de la prensa, tanto barcelonesa como madrileña: La Vanguardia, Las Noticias, El Día Gráfico, La Publicitat, El Noticiero Universal, El Diluvio, La Rambla, L'Opinió, El Matí i Diari de Barcelona, así como revistas como El Bé Negre i Esplai. Todos ellos siguieron la peripecia de Borís con creciente paroxismo, cuyo clímax -ya se ha dicho- tuvo lugar el 18 de julio, cuando decenas de periodistas se congregaron en el hotel Mundial de la Seo. El príncipe atribuyó precisamente a la multitudinaria presencia de reporteros y a las expectativas generadas por la prensa su inactividad en aquel día suyo de gloria.

Los argumentos del candidato
Para fundamentar sus aspiraciones principescas, Borís se enreda en un ovillo dinástico solo apto para genealogistas sin mucho trabajo pero que no deja de aparentar cierta lógica: en primer lugar, lo cierto es que Borís no reclama para sí mismo el título de rey -equívoco quizás debido a la novela de Morell- sino que desde el primer momento se presenta como lugarteniente del duque de Guisa, el pretendiente a la corona francesa en quien recaen en aquellos momentos los derechos dinásticos de los Borbones depuestos con la Revolución Francesa. Entre estos supuestos derechos figura la soberanía sobre el Principado de Andorra, que desde los Pareatges de 1278 comparten de forma indivisible el obispo de Urgel y el conde de Foix -título que a partir de Enrique IV se incorpora al de rey de Francia. La República renunció al señorío, por el poco revolucionario regusto feudal que emanaba, y no fue hasta 1806, con Napoléon, que se volvió al statu quo anterior: es decir, al coprincipado. Borís aprovecha esta ruptura dinástica para avalar su quimérica pretensión, que se apoyaba además en el resurgimiento del legitimismo alrededor del duque de Guisa y de Action Française. Borís jugó está baraja, pero como era hombre humilde y prudente, jamás se pretendió rey; se conformó con el título de Príncipe.

Andorra: una cenicienta con muchos pretendientes
Borís Skossyreff es el más célebre, pero no el único aventurero que soñó convertir Andorra en su reino particular. Unos meses antes de su fulgurante aparición, el Consejo General ya había desmentido un despacho de la Agencia Fabra fechado en febrero de 1934 y según el cual "un rico catalán" ofrecía 80.000 pesetas anuales a cambio de ser reconocido como rey de Andorra. Las Noticias se hizo eco en su número del 2 de marzo del desmentido, pero la lió un poco más al afirmar que la oferta no la había formulado el "rico catalán" sino un ciudadano checoslovaco "que paseaba por las Escaldas luciendo un pintoresco monóculo y acompañado de una bella señora", y en nombre de un primo suyo residente en Chicago. ¿Un globo sonda del mismo Borís? Por lo fabuloso, lo parece. Más aún: durante su fugaz estancia en los calabozos madrileños, Borís llegó a retar a duelo a Fernando de la Quadra-Salcedo, marqués de Los Castillejos, a quien en fecha tan tardía como 1938 todavía acusaba -en una carta dirigida al presidente de le República, Manuel Azaña, que no debía tener nada mejor que hacer- de haberlo disputado la soberanía andorrana "en nombre de la casa de Aragón-Navarra" (!) El marqués tuvo cierta relevancia política durante la República, pero también algo menos de fortuna que Borís, ya que murió (o le murieron) en el barco prisión Altuna Mendi, compañero del Cabo Quilates y los dos anclados en la bahía de Bilba, en los primeros meses de la Guerra Civil.

Huelguistas, gendarmes y revolución
Andorra había sobrevivido históricamente en un sopor secular que se alargó hasta bien entrado el siglo XX: exactamente, hasta que en 1930 se constituyó Fuerzas Hidroeléctricas de Andorra, Fhasa, promovida por el empresario catalán Damián Mateu, "en Mateu dels Ferros" -el de la Hispano Suiza y el castillo de Perelada, padre asimismo de Miguel Mateu, el primer alcalde de la Barcelona franquista- con el objecto de construir en régimen de concesión sendos saltos de agua en Escaldes, Arcavell y Sispony para el aprovechamiento hidroeléctrico del río Valira. Una irrupción con fórceps de la modernidad que también experimentaron otros valles vecinos. Siguiendo a la historiadora Amparo Soriano -que ha radiografiado la época en Andorra durant la Guerra Civil espanyola- la consecuencia inmediata fue la llegada de un contingente de entre 600 y 1.000 oobreros, principalmente catalanes y con una fuere presencia sindical, sobre todo de cenetistas y faistas, lo que supuso un auténtico shock para una sociedad tan tradicional como lo era la andorrana, hasta entonces dedicada casi en exclusiva a la agricultura y la ganadería de pura subsistencia, y con presencia casi testimonial de la industria téxtil y tabaquera. El excedente de una población que oscilaba alrededor de los 5.000 habitantes estaba condenado a la emigración, con Barcelona y Besiers como destinos tradicionales. Estos mismos emigrantes volvían después empapados de las nuevas ideas: especialmente, el sufragio universal.

Esta fue precisamente la reclamación esgrimida por el grupo de ciudadanos -unos ochenta, según las crónicas- que el 5 de abril de 133 -un año antes de la aventura de Borís- ocuparon el Consell General. Es lo que se conoce como la "revolución de 1933", que terminó con el reconocimiento del voto a los hamobres mayores de 25 años, la destitución del Consell General y la entrada, a petición de los Copríncipes, de un destacamento de medio centenar de gendarmes franceses al mano del coronel Baulard con la misión de restablecer el orden, obligar a los consellers díscolos a acatar la destitución y garantizar elecciones al nuevo Consell, previstas para el 31 de agosto. La presencia de los gabachos, muy mal recibida por los andorranos, se alargó hasta el 9 de octubre. Un intervencionismo que, por cierto, no fue sólo cosa de los franceses: hasta el presidente Macià hizo en cierto momento campaña para una eventual incorporación de Andorra en Cataluña, en un juego político en que la opinión de los andorranos raramente fue tenida en cuenta y en el que también intervino la República para intentar apartar al obispo de Urgel de la primera magistratura del país.

La "revolución" coincidió por otra parte con las tres huelgas que aquel verano conmovieron el país, y que secundaron tanto los trabajadores que construían la central de Fhasa como los que tendían la red de carreteras -una de las contrapartidas a que se había obligado Mateu a cambio de la concesión; la otra fue el sostenimiento del primer cuerpo de policía andorrano, creado en 1931 con... ¡seis agentes, uno por parroquia! La temporada de huelgas -las únicas, por otra parte, que han tenido lugar en Andorra- terminó el 21 de septiembre, y dos meses después, el nuevo Consell suprimía el derecho de reunión. Pero, como concluye Soriano, el caldo de cultivo para la aparición de aventureros como Borís estaba servido.

[Este artículo se publicó el 3 de febrero de 2006 en Presència]

domingo, 23 de febrero de 2014

Andorra, 1936: entre la espada y la pared

El levantamiento nacional contra la legalidad republicana supuso el inicio de uno de los períodos más convulsos de la historia reciente de Andorra. El país tuvo que lidiar con una avalancha de refugiados sin precedentes -se calcula que más de 4.000 a lo largo de la contienda- además del batallón de gendarmes enviados por el copríncipe francés para garantizar la soberanía, con la escasez de víveres y con la amenaza de invasión, primero republicana y después franquista. La historiadora Amparo Soriano ha recreado esta compleja y apasionante coyuntura en Andorra durant la Guerra Civil espanyola.

La conclusión de este denso volumen asalta de manera natural al lector cuando al llegar a la última página comparte la perplejidad de la autora: "Que Andorra emergiera indemne, que conservara la soberanía, la independencia y sus instituciones seculares, después de unos años tan convulsos como fueron los de la Guerra Civil -a los que siguieron otros tantos de guerra mundial- es un auténtico milagro". Sobre todo, porque entre 1936 y 1939 Andorra sobrevivió con la amenaza constante de invasión: primero, por parte de los elementos anarquistas -el Cojo de Málaga y toda su tropa- que impusieron su ley en el Alto Urgel y la Cerdaña en los primeros meses de la contienda; después, por las fuerzas franquistas, que llegaron a plantearse muy seriamente el bombardeo de la central hidroeléctrica de Escaldes, según desvela Soriano. Y todo porque la erección de Fhasa, a partir de 1930, había convertido Andorra en un preciado objetivo estratégico, amenaza que la presencia de los gendarmes y guardias móviles enviados en verano de 1936 por el copríncipe francés -el presidente de la República, entonces Albert Lebrun- ayudó a conjurar... al lado de las gestiones que, como enseguida veremos, realizó el empresario Miguel Mateu ante el mismísimo

Franco.No fue este peligro latente de invasión el único que tuvo que afrontar el Consell General de la época, con el Síndico Cairat al frente. Un Consell que, como el resto de la población andorrana del momento, repartía sus simpatías entre nacionales y republicanos: la carestía y la escasez de alimentos derivados de la situación bélica en España convirtieron el aprovisionamiento de la población y de las bocas extras procedentes del éxodo de refugiados -elementos de la derecha que huían de la represión roja en los primeros meses de la guerra; anarquistas después de los Fets de Maig de 1937, y republicanos de todo pelaje después de la caída de Cataluña, en enero de 1939- condicionaron decisivamente la posición del Consell y por lo tanto de Andorra ante la contienda. Colocada entre la espada de los comités anarquistas, de la Generalidad catalana y del gobierno francés del momento, que supieron, no pudieron o no quisieron coadyudar a satisfacer las necesidades de pura supervivencia que les planteaba Andorra, y la pared de una Mitra y, sobre todo, de un gobierno golpista que sin embargo fue el único capaz de movilizar recursos a favor del país -a un precio que se cobró puntualmente, eso sí, en el momento en que estalló la crisis de Fhasa- los consejeros optaron por la única vía posible: la del equilibrismo. Y cuando eso dejó de ser posible, por el puro pragmatismo. Es decir, y como apunta Soriano, que optaron por "hacer el andorrano": nadar y guardar la ropa, ni contigo ni sin ti.

De esta panorama deliberadamente confuso, donde lo que estaba en juego era en primer lugar la supervivencia física de sus ciudadanos y de los refugiados, e inmediatamente después, la de Andorra como entidad política, emergen con luz propia los nombres de cuatro personajes que continuamente entran y salen del escenario levantado por Soriano: el obispo de Urgel y copríncipe de Andorra, Justí Guitart; el Síndico General, Francesc Cairat; el coronel al mando de los gendarmes destacados por el copríncipe francés, Réné Baulard, y le industrial catalán Miguel Mateu, consejero delegado de Fhasa. De todos ellos nos habla ampliamente la autora, que se llevó con Andorra durant la Guerra Civil espanyola el premio de investigación histórica que patrocina el Consell General, en su edición del 2005.

País pequeño, pretendientes grandes
Las relaciones de Andorra con los dos bandos contendientes en la Guerra Civil, así como con la Generalidad y el gobierno francés fueron siempre delicadísimas, complejas, un auténtico número de equilibrismo que tuvieron que interpretar el Consell General y el Síndico Cairat. Los dos convoys de alimentos enviados por la España nacional no fueron un simple y generoso gesto humanitario sino que se cobraron a su debido momento y en especie: con la renuncia a exigir la rescisión de la concesión de Fhasa y con la oposición activa del Consell a la confiscación de la central decretada en diciembre de 1938 por el ministro francés de Obras Públicas, Anatole de Monzie -el mismo Monzie, por cierto, que en agosto de 1939 inauguraría la emisora de Radio Andorra en Encamp. Las presiones fueron continuas, con amenazas explícitas de suspender el envío de alimentos si se retomaba el suministro de energía eléctrica a la Cataluña republicana. Por lo menos en dos ocasiones, Franco amenazo abiertamente con la intervención: en 1937, cuando se planteó como solución de emergencia si no bastaba con los argumentos de Mateu para interrumpir el servicio, y en diciembre de 1939, cuando jugó -quizás de farol- la carta de enviar a los guardias civiles estacionados en la Seo si las elecciones al Consell General no daban un resultado suficientemente afín con el nuevo régimen. Finalmente, en la crisis de Fhasa de un año antes, en 1938, Franco tenía previsto el bombardeo de la central de Escaldes si fracasaban las gestiones diplomáticas, De Monzi no renunciaba a la confiscación y Fhasa retomaba el suministro de fluido a la República.

Pero no fueron los nacionales los únicos que miraron hacia Andorra con ojos tirando a depredadores -o carroñeros. De hecho, los primeros que lo hicieron fueron los anarquistas de la Seo, con la connivencia, dice Soriano, de un reducido grupo de andorranos y de obreros de Fhasa: el golpe de mano hubiera proclamado una república independiente y tenía que materializarse en otoño de 1936, cuando las primeras nieves cerraran el puerto de Envalira imposibilitando la llegada de fuerzas francesas. Mateu se les avanzó, y el 27 de septiembre -justo el día previsto para el golpe anarquista, según la historiadora- entraba por la frontera del Pas de la Casa un batallón de 64 guardias móviles y 32 gendarmes dirigidos por el comandante Baggio y por el coronel Baulard. En verano de 1938 tuvo lugar una amenaza mucho más explícita por parte de la República, cuando el delegado de la Generalidad en Andorra, Josep Maria Imbert, advirtió que una nueva expulsión -ya lo habían echado del país en una ocasión- comportaría como represalia el bombardeo y la ocupación. Otro farol que se quedó en el tintero. Más consistencia tuvo, en marzo de 1938, un complot republicano que preveía la incursión de un millar de hombres con la misión de desarmar a las fuerzas francesas y "eliminar a los elementos hostiles", es decir, a los simpatizantes nacionales refugiados en Andorra. Este golpe, que tampoco pasó de las buenas -o mejor, malas- intenciones fue la respuesta republicana a los rumores aventados por los mismos gendarmes de que Francia se aprestaba a ocupar el país, asustada por el creciente número de refugiados.

La guerra de Fhasa
Como dice Soriano, la historia contemporánea de Andorra es inimaginable sin la existencia de la central eléctrica de Escaldes, erigida a partir de 1930 y que convirtió al país en objetivo estratégico para los contendientes de la Guerra Civil. Franco exigió -bajo amenaza- el corte del fluido eléctrico a la industria de guerra catalana, que consumía el 90% de la energía generada. Mateu, consejero delegado de la hidroeléctrica, fue el ejecutor del sabotaje encubierto, con la aquiescencia del Consell General. La diplomacia republicana maniobró con habilidad y consiguió que el ministro de Obras Públicas francés ordenara la confiscación de la empresa. Una expropiación efímera, que a duras penas duró quince días -del 6 al 18 de diciembre de 1938- hasta que la intervención directa del copríncipe frances, el presidente Albert Lebrun desautorizara a Monzie -a instancias de un Guitart inspirado por Mateu: ni un solo kilowatio más llegó a la exhausta red eléctrica catalana. Un colaboraiconismo que enfurecerá a algunos, pero que le ahorró a Andorra un más que probable bombardeo franquista, justo cuando la guerra ya estaba perdida para la República.

¿Por un plato de lentejas?
La jugada maestra del bando nacional para atraer al Consell General a su causa consistió en llegar allí donde fracasaron -por incapacidad o por desidia- tanto la Generalidad como la República española y también Francia: subvenir a la urgente necesidad de alimentos que el alud de refugiados -los 4.500 habitantes que tenía Andorra en 1936 casi se habían duplicado al final de la guerra- la escasez y la consiguiente carestía causaron en los inviernos de 1938 y 1939: según los datos recogidos por Soriano, el kilo de pan se pagaba en julio de 1936 a 0,45 pesetas; un año después, a 1,20; en enero de 1938, a 1,80, y en julio de ese mismo año, a 3,50. Las gestiones de Cairat, Guitart y sobre todo Mateu ante las autoridades franquistas consiguieron la concesión de sendos créditos de 600.000 pesetas por parte del Banco Exterior de España que el Consell destinó a la adquisición de alimentos: el primer envío llegó en el otoño de 1937, con el compromsio de comercializarlo exclusivamente en el interior del país. Pero no se pudo evitar la especulación: la historiadora consigna la reclamación por parte del Consell a un tal Joaquim Font, de la Cortinada, para que devuelva todos los productos que le han sido expedidos porque "efectúa las ventas a unos precios más elevados que los convenidos". El segundo convoy, más problemático, no llegó hasta bien entrado 1939, en todo caso después del 6 de febrero, cuando la columna de requetés mandada por el capitán Aguirre arriba a la frontera de la Farga de Moles y se toman las célebres fotografías de hermandad con el jefe de la policía andorrana de la época, Secundí Tomàs.

La historia menuda
Al lado de las revelaciones más espectaculares, Andorra durant la Guerra Civil espanyola incorpora un puñado de notas a pie de página -léanlas, no tengan pereza- especialmente suculentas: así, cuando en octubre de 1938 se resuelve a favor de Mateu, naturalmente, el pleito interpuesto contra Fhasa por medio centenar de obreros despedidos, el acta de notoriedad rubricada por el Síndico Cairat da fe de los usos y costumbres al más puro estilo de Manchester, siglo XIX, que regían en la Andorra de la época: "El patrón puede despedir al obrero libremente después del día, semana o mes durante los que ha sido contratado. Ningún obrero tiene derecho a exigir al patrón el reingreso prescindiendo de toda consideración con respecto al motivo que haya determinado al patrón a prescindir del obrero.No se abonará importe alguno en concepto de preaviso de despido. No se abonará ningún indemnización en caso de enfermedad ni de asistencia médica..."

No es menos curiosa la noticia -fuera del ámbito temporal que no ocupa- de que en enero de 1933 el entonces Síndico, Roc Pallarés, y el Subsíndico, Antoni Coma, solicitaron al Consejo de ministros español que asumiera la cosoberanía que hasta entonces venía ejerciendo la Mitra, en otra muestra de las tensas relaciones del Consell General con el copríncipe episcopal. O las actividades subversivas que los ciudadanos suizos Weilenmann y Schaub patrocinaron en los primeros años 30 entre los residentes andorranos en Barcelona, con el lanzamiento del periódico El Andorrà. O la nómina de agentes que desde Andorra trabajaban para el servicio de información y para la policía militar franquista, con presencias sorprendentes. Y el papel que Trémoulet -el factótum de Radio Andorra- jugó en favor de los intereses republicanos, que no deja de sorprender en un personaje que tras la II Guerra Mundial sería acusado de colaboracionismo en Francia, y condenado en ausencia a muerte, y que acabaría refugiándose en España a la sombra de jerarcas del franquismo como Serrano Suñer.

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La historiadora Amparo Soriano, profesora de istoria en el Insituto Español de la Margineda (Andorra), en la presentación de Andorra durant la Guerra Civil espanyola, volumen con el que ganó el premio Principat d'Andorra de investigación histórica de 2005. Fotografía: El Periòdic d'Andorra.


Amparo Soriano: "En caso de contencioso entre España y Francia, el vencedor muy probablemente se hubiera anexionado Andorra"

-¿Existían en Andorra facciones encontradas según sus simpatías se inclinasen por nacionales o republicanos?
-El ciudadano de a pie prescindió de ideologías y ayudó por igual a todos los refugiados, independientemente de su adscripción política. Otra cosa es la actitud del Consell, en todo momento condicionada por las circunstancias: la escasez de alimentos, cuando estuvo claro que el único que estaba en condiciones de ayudar a paliarla fue Mateu, forzó al Consell a echarse atrás en su antigua pretensión de rescindir la concesión de Fhasa, e incluso a oponerse a la confiscación de la central decretada en diciembre de 1938 por el copríncipe francés.

-Una actitud muy pragmática y muy andorrana.
-Las simpatías con el bando franquista existieron, sin duda, pero a pesar de las apariencias diría que fueron minoritarias. La política oficial del Consell consistió en intentar no molestar a ninguna de las partes, y no quemarse en el aquel juego de equilibrios.

-Pero dentro de la política andorrana, ¿había grupos ideologizados, o solo contaban los intereses más o menos particulares de los que tenían silla en el Consell?
-Entre los consellers había de todo: desde los elementos más conservadores, gente de orden que temía el contagio revolucionario, hasta los que comulgaban con las nuevas ideas que, sobre todo a partir de 1930, con el desembarco en el país de centenares de obreros de Fhasa adscritos mayoritariamente a los sindicatos anarquistas, inocularon savia nueva en la hasta entonces abotargada vida política andorrana. Especialmente entre la juventud, que es la que protagonizó la ocupación del Consell de 1933 y la implantación del sufragio universal masculino. Abolido, por cierto, en 1941.

-Jaume Ros y Joaquim Baldrich se indignaban con la visión idealizada que Viadiu ofreció de Andorra en Entre el torb i la Gestapo, convertida en una especie de Casablanca de los Pirineos. ¿Comparte usted su indignación?
-Lo que planteo, y no me cansaré de insistir en ello, es que independientemente de la ideología, cuando vieron amanazados sus intereses desde un lado o del otro, recurrieron a la vieja estrategia de fer-se l'andorrà, hacerse el andorrano, para conservar el statu quo. El aluvión de refugiados agravó todavía más el ya serio problema del abastecimiento de alimentos. Los convoys enviados por Franco, así como la confiscación de Fhasa decretada por el copríncipe francés por su cuenta y riesgo, sin contar con el Consell, causaron que las simpatías de los indecisos y de los neutrales se decantaran finalmente por el bando nacional. Que quede claro que la ayuda franquista no era en absoluto desinteresada, sino que desde el principio tuvieron clarísimo que era una manera de tener a los andorranos cogidos por el pescuezo, una deuda que ya llegaría el momento de cobrarse. Y llegó: durante la crisis de Fhasa de diciembre de 1938.

-¿Cuál fue el papel de los refugiados que se instalaron en Andorra a raíz de la Guerra Civil?
-De entre los 4.000 y 5.000 que pasaron por el país entre 1936 y 1939, probablemente un 10% de ellos se quedó aquí. Y fueron decisivos desde todos los puntos de vista: económico, intelectual y humano. Llegaron al país sin otro patrimonio que su talento -más o menos- y sus ganas de trabajar. Se casaron aquí, abrieron comercios y colaboraron decisivamente en el despegue de Andorra.

-Anarquistas, republicanos y franquistas amenazaron con invadir Andorra, pero resulta que los únicos que efectivamente se esteblecieron en el país fueron los gendarmes franceses. ¿Puede hablarse de una ocupación encubierta?
-Los gendarmes vinieron porque lo solicitó el Consell General... a instancias de Mateu, precisamente para prevenir y evitar una hipotética intervención de los comités anarquistas de la Seo. Hay que añadir que el Consell se desdijo cuando comprobó que las parroquias [los ayuntamientos] se oponían a lo que consideraban una injerencia francesa. Pero ya era demasiado tarde. La misión de Baulard y sus hombres era la de garantizar el orden y la integridad territorial, lo cual estaba bien. Lo que ya no era tan razonables era el desplazamiento de un batallón que llegó a contar en los momentos álgidos con una fuerza de unos 150 hombres, sección de ametralladoras incluida. Parece un despliegue claramente desproporcionado, fruto de un afán de marcar el territorio, de exhibir de qué parte estaba la razón de la fuerza. La prueba de que era del todo punto innecesario y que se trataba de un despliegue desproporcionado es que los gendarmes dispusieron de todo el tiempo del mundo para dedicarse a quehaceres tan poco marciales como escribir manuales de mecánica y componer música...

-Baulard fue muy mal recibido en septiembre de 1936, pero en cambio se marchó con el título de andorrano honorario en el zurrón. ¿Fue un simple agente al servicio de Francia, o llegó a impliucarse en las vicisutudes de Andorra y los andorranos?
-Él aterrizo en el país con la actitud propia de un virrey, con una prepotencia, incluso chulería, más bien antipáticas. Cuando al llegar a la frontera se encontró la aduana cerra, ordenó a sus gendarmes que la cruzaran, sin ningún miramiento. Ideológicamente, y teniendo en cuenta que aquí se encontró con refugiados de todos los colores políticos, y que tenía que convivir con los comités anarquistas de la Seo y con los cerca de 600 carabineros de la República desplegados en la comarca, su actitud fue contemporizadora, aunque personalmente creo que sus simpatías se decantaban sinceramente del lado republicano.

-Y a Mateu, ¿dónde lo situaría, ideológicamente?
-Mateu era por herencia monárquico hasta el tuétano: su padre había sido íntimo amigo de Alfonso XIII y su adscripción al Movimiento -como primer alcalde de la Barcelona de posguerra, como embajador de Franco en España, hasta como agente de los servicios de inteligencia nacionales- hay que interpretarla como la vía más corta y directa para el restablecimiento de la monarquía y, sobre todo, para evitar la instauración en España de un régimen comunista, una posibilidad que le causaba auténtico pánico.

-¿Andorra equivalía para él la gallina de Fhasa, que había que exprimir en provecho propio, o cultivó alguna relación especial con el país?
-Aunque Fhasa constituía sólo una pequeña parte de su imperio industrial -era el propietario de la Hispano Suiza y del Diario de Barcelona, entre otras empresas- era también la obra de su juventud. Cuando el fin de semana llegaba al castillo de Perelada, su refugio ampurdanés, lo primero que hacía era telefonear a Andorra para preguntar si llovía. Fhasa era la niña de sus ojos.

-¿Y el obispo Guitart, a quien en el libro llega a describir como "catalanista"?
-El copríncipe era amigo íntimo del cardenal Vidal i Barraquer, que le pidió que no se adhiriera a la cata colectiva en que los obispos españoles -excepto cuatro excepciones: ¡cuatro!- se ponían abiertamente del lado de la "Cruzada". Al final lo hizo, pero escarmentado por la represión que había presenciado en su diócesis, donde durante la guerra fueron asesinados cerca de 500 religiosos. Pero una cierta sensibilidad catalanista me parece fuera de duda: defendió el uso pastoral del catalán y se negó a colaborar con la represión franquista.

-¿Cuál fue el papel de Guitart a la hora de gestionar el envío de alimentos desde la España franquista, si es que tuvo alguno?
-El hombre clave en este asunto fue Mateu. Guitart actuó literalmente a su dictado. Era Mateu quien tenía acceso directo a los mandamases del régimen, como Serrano Súñer y Nicolás Franco. Y también fue decisivo para conseguir la autortización para que el convoy atravesara territorio francés, desde Irún hasta l'Ospitalet.

-¿Y el del Síndico Cairat?
-Mateu es quien maneja los hilos, el hombre de mundo que tiene los contactos de altísimo nivel necesarios para franquear literalmente fronteras, y quien finalmente avalará la operación. Cairat, como el resto de la delegación que gestionó el envío de convoys ante el gobierno de Burgos -el veguer episcopal Jaume Sansa, el conseller Antoni Picart, el médico Xavier Maestre y Antoni Aixàs, delegado comercial del mismo Cairat- se limitaron a seguir escrupulosamente las instrucciones de Mateu, que les decia a quién tenían que dirigirse y en qué términos, y a gestionar la recogida de los alimentos en el depósito de l'Ospitalet para distribuirlos luego en Andorra.

-Mateu gestionó dos convoys con alimentos para la población andorrana, pero también fue el artífice de los cortes de suministro eléctrico comprometidos por Fhasa con la República. ¿Cómo debe juzgarle la historia?
-Hagamos sólo una reflexión: ¿qué hubiera ocurrido si Fhasa no hubiese existido? Sin Fhasa no en entiende la historia contemporánea de Andorra; quizás los gendarmes no hubieran venido en 1933, ni en 1936; quizás Franco hubiera tenido entonces las manos libres para ocupar el país y anexionárselo... Aunque sin Fhasa, lo cierto es que Andorra dejaba de tener valor estratégico. También es verdad que entonces quizás la excusa para una intervención nacional hubiera sido la fuerte implantación anarquista... Pero todo esto es historia ficción.

-Pues sigamos con ella: si Franco hubiera ocupado Andorra aprovechando la coyuntura de la II Guerra Mundial, ¿cómo hubiera reaccionado Francia?
-Lo que está claro es que no se hubiera quedado cruzada de brazos. Entre otras razones porque, como copríncipe de Andorra que era, el presidente de la República no hubiera podido inhibirse. En un hipotético contencioso entre España y Francia, el vencedor muy probablemente se hubiera anexionado Andorra. Un contencioso, por cierto, en el que el obispo hubiera tenido bien poco que decir.

-Continuemos especulando: con una República consolidada y sin Guerra Civil en España, ¿hubiera tenido el obispo los días contados copríncipe -o los años?
-Con la República las fricciones fueron desde el principio continuas. Además, una parte de la sociedad andorrana veía al obispo como a una rémora. Con la instalación de Fhasa el país entró bruscamente en la modernidad después de siglos de letargo: se completó la red de carreteras, penetraron ideas si no revolucionarias, por lo menos democratizantes... El espejo en que muchos querían verse era el de Mónaco, con los casinos y los balnearios que era (y son) la fuente de su prosperidad. Y para todo esto el obispo era un obstáculo. Con este ruido de fondo y el apoyo interesado de la Generalidad y de la República, ¿hubieran acabado echando al obispo? Quizás sí. Pero en este caso habría que ver cómo hubiera reaccionado Francia. De hecho, para los intereses del copríncipe episcopal las cosas fueron de la mejor manera posible...

[Este artículo de publicó el 7 de mayo de 2006 en la revista Informacions]



viernes, 14 de febrero de 2014

El año que hicimos la Revolución

El historiador Arnau González i Vilalta cuestiona en La cruïlla andorrana de 1933 el papel del obispo Guitart en los tumultuosos años 30 andorranos, y desvela la lista de solicitantes del sufragio universal, una de las causas del secuestro del Consell General

El calendario tiene estos caprichos: el miércoles inaugurábamos en Andorra la Vella un bronce en homenaje al obispo Guitart, el copríncipe episcopal de los convulsos años 20 y 30. Se lo describió entonces como un hombre especialmente próximo al pueblo, sinceramente preocupado por el mantenimiento de la neutralidad, la independencia y la soberanía nacional, y como uno de los artífices de los hitos en el camino hacia la Andorra moderna, desde la concesión de Fhasa -Fuerzas Hidroeléctricas de Andorra, SA, hoy Feda- hasta el fomento de la educación y la creación de un servicio de orden público. Casualidad o no, ni una palabra aquel día sobre 1933, uno de los años clave de su pontificado. Fue, para decirlo con la terminología que Arnau González i Vilalta (Barcelona, 1980) utiliza y reivindica sin las manías de otros historiadores, el año en que los andorranos hicieron la Revolución, el año en que los gendarmes franceses ocuparon el país, y el año en que los obreros de la hidroeléctrica -mayormente, catalanes- convocaron sendas huelgas generales, lo nunca visto por aquí arriba.

Por acción o por omisión, algo debía pintar en todo esto el señor obispo. Son precisamente estos prolíficos, apasionantes, decisivos doce meses los que el historiador catalán ha radiografiado en La cruïlla andorrana de 1933: la revolució de la modernitat (Cossetània). Guitart es, obviamente, uno de los protagonistas principales del volumen. Y no sale de él muy bien libardo, que digamos. Él obispo es uno de los responsables, dice el autor, de las "tensas" relaciones que la Mitra y el Consell General mantenían en la época. Más que tensas, prácticamente inexistentes: "Formalmente habían roto relaciones. Lo cierto es que el interlocutor principal del Consell era el delegado del copríncipe francés, que residía en Perpiñán. No digo que la actuación de Guitart fuera negativa, pero sí que tuvo un papel muy secundario y que tanto las autoridades andorranas como Francia lo dejaron de lado".

El historiador catalán Arnau González i Vilalta, autor de La cruïlla andorrana de 1933. Fotografía: Tony Lara / El Periòdic d'Andorra.
Eso, claro, según la documentación que ha podido consultar en los archivos diplomáticos franceses depositados en Nantes, y en los departamentales de Perpiñán: "Quizás si el archivo episcopal hubiera atendido alguna de las demandas que he cursado los últimos dos años y me hubiera permitido investigar tendría otros elementos de juicio", dispara. En fin, que entre las muchas novedades que aporta La cruïlla andorrana de 1933 conviene fijarse en la lista con las firmas autógrafas de los 240 andorranos que presentan al Consell General con las reclamaciones que darán lugar a la revolución. Reclamaciones tan revolucionarias como el sufragio universal masculino para los mayores de 25 años, la publicidad de las sesiones del Consell, hasta entonces secretas, y la modernización de la administración. La chispa prendió el 5 de abril, cuando un grupo de jóvenes irrumpe en la Casa de la Vall, sede del Consell -el parlamento andorrano- cierra la puerta y se conjura para no abandonar el recinto hasta que se acepte este programa de mínimos. ¿Merece todo esto el nombre de revolución? "Para la opinión pública catalana, española, francesa y europea en general, lo parecía. Tanto por el desconocimiento absoluto sobre la realidad andorrana como también porque aquello era un caramelo para la prensa barcelonesa. Es cierto que no se puede considerar un asalto al poder, un golpe de estado propiamente dicho. Pero la confluencia de las demandas de modernización, el ejemplo de la política española y la tensión social derivada de la presencia de centenares de trabajadores de Fhasa sí que permiten hablar de revolución, si la entendemos como sinónimo de irrupción de la modernidad".

Apellidos que suenan
¿Quiénes son los instigadores de la revolución? González i Vilalta cita a los miembros de Unió Andorrana, el primer protopartido del país, donde aparecen nombres como los de Cinto Riberaygaua, Antoni Picart, Esteve Sirés y Manuel Cairat, muy influenciados por los emigrados a Barcelona y Besiers. Más que imponer una ideología, su programa consiste en una reforma de la administración que incida en la sanidad y en la educación y que sustituya el rudimentario aparato estatal existente en ese momento: "Los podríamos definir como progresistas o modernizadores, pero en el contexto andorrano del momento no es mucho decir porque cualquier reforma era modernizadora por definición". Sostiene el historiador que presunta la existencia de un partido profrancés y de otro favorable a la Mitra es una ilusión alimentada por la prensa catalana que no respondía a la realidad. Tampoco los elementos catalanistas, aglutinados en torno a Bonaventura Armengol, tuvieron influencia alguna más allá de las proclamas meramente retóricas.

Y llegamos así al otro momento álgido del año: la ocupación ejecutada por un escuadrón de medio centenar de gendarmes franceses comandados por el coronel René Baulard. La entrada se produjo el 18 de agosto, a iniciativa del copríncipe francés y con la aquiescencia del obispo Guitart, y se prolongó hasta el 9 de octubre. Lo explica también Antoni Morell en 52 dies d'ocupació? Pero, ¿por qué se decidió a intervenir, Francia? Por el cambio de régimen electoral, que los copríncipes no podían aceptar porque no se les había consultado; por la conflictividad laboral de Fhasa, el no reconocimiento del Consell por parte del veguer francés, y por la destitución del mismo Consell aprobada por el Tribunal de Corts. Todo esto es lo que convenció a Francia de que debía enviar un cuerpo de gendarmes para controlar a los obreros, disolver el Consell y convocar nuevas elecciones.

¿Se puede hablar propiamente de ocupación? "La operación se diseñó como una ocupación en toda regla: cierre de fronteras, control de las comunicaciones interiores, destitución de las autoridades locales... Y todo esto, en un país que los franceses consideraban algo propio y que tenían que tutela y proteger de posibles injerencias extranjeras. La prensa catalanista hizo especial énfasis en la ocupación, pero también la británica e incluso la norteamericana", arguye Vilalta, que añade que el especial talante de Baulard y la elección de los gendarmes entre la tropa catalanohablante ayudó a atenuar entre los andorranos la sensación de ocupación extranjera: "Aunque el hecho es que la presencia de los gendarmes fue muy mal recibida por la población". La ocupación es una buena excusa para lanzarnos a la historia-ficción y elucubrar con una hipotética anexión de Andorra (a Francia, se entiende): "Tanto los catalanistas como las autoridades españolas pretendían también apropiarse del país. El clima anticlerical de la II República parecía el escenario propicio para un cambio de soberanía. Pero había dos factores que lo impedían: la preocupación por el contagio catalanista, que preocupaba tanto en Madrid como en París, y la tajante negativa francesa a admitir la sustitución de la Mitra por el presidente de la República española. Los franceses preferían un socio menor y manejable como era el obispo de Urgel". Guitart mismo.