Incursiones relámpago, estilo Sturmtruppen, en episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y las dos postguerras, con ocasionales singladuras a alta mar, a ultramar y si conviene incluso más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

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domingo, 30 de agosto de 2015

Pierrot el Loco, ¿también?

Pues parece que sí, aunque vaya por delante que entramos en terreno pantanoso: el laurediano Hugues Lafontaine, aquí en funciones de historiador (Avranches, 1954), recogió el relató diez años atrás de labios de Emmanuel Barrategui, antiguo resistente y passeuer de Prada hoy fallecido, que aseguraba haberlo vivido en primera persona. Como suele suceder en las historias de pasadores, sobre todo cuando las cosas salieron bien y no dejaron por lo tanto rastro en los archivos policiales, no hay pruebas ni documentos. Así que habrá que fiarse de Barrategui. Lafontaine lo hace, y el episodio constituye de hecho -advierte- la única aportación inédita y de primera mano de Andorre, 10.000 ans d'histoire, que vio la luz hace unos meses y por el que el próximo 12 de septiembre recibirá el premio especial a a la amistad franco-andorrana de los Juegos Florales de Maseras, en la Arieja.


Fotografias de la ficha policial de Pierre Loutrel, alias Pierrot le Fou, que empezó su carrera delictiva en el París de la Ocupación, se enroló en la Carlingue -integrada por esbirros franceses al servicio de la Gestapo- y con la más que previsible derrota alemana en el horizonte, en el verano de 1944 aparece en Tolosa y ficha por la red Morhange. La policía le atribuye once asesinatos y, entre febrero y noviembre de 1946, una quincena de golpes. Murió el 11 de noviembre de ese mismo año como consecuencia de las disparos que recibió en el último de sus atracos; el cuerpo no apareció hasta tres años después, enterrado en una isla del Sena, cerca de Porcheville. 

El resto del volumen consiste en un breviario para neófitos en los asuntos andorranos confeccionado a base de lecturas algo caprichosas, así que vayamos sin dilación al rocambolesco episodio que hoy nos ocupa. Contaba Barrategui que cierto día de 1944, y con el secretismo reglamentario de la clandestinidad, recibió el encargo de servir de chófer a un individuo a quien no conocía de nada. Se encontraba entonces en Tolosa y una vez subió al coche, le hizo detenerse en la plaza del Capitolio, el centro administrativo de la ciudad. El desconocido se apeó, se dirigió a la terraza de un café, y decerrajó a un tal Jean Cavalerie, oficial francés a sueldo de la Gestapo.

El asesino resulto ser -aunque esto no lo supo hasta más tarde- Pierre Loutrel, más conocido -mucho más- como Pierrot le Fou (Sarthe, 1916-París, 1946), celebérrimo gángster francés de breve y sanguinaria trayectoria -fue el primer delincuente a quien la policía gala colgó la muy cinematográfica etiqueta de "enemigo público número uno"- y cuya peripecia inspiró en 1965 y muy libremente la película homónima de Godard -"Ay, Jean Luc, ay, Jean Luc, vull entendre-ho però no puc": pues sí, este Godard-, con en el bello Belmondo en el papel protagonista. El caso es que nuestro Pierrot, que ya exhibía con un currículum más negro que el carbón, se había plantado en Tolosa justo antes de Normandía, y cuando la derrota alemana era solo cuestión de tiempo, con el objetivo de borrar su infame paso por la Carlingue, la rama francesa de la Gestapo, especializada en el desmantelamiento de las redes de espías aliados en  territorio galo.

Le Fou -hay alias que describen perfectamente a su inquilino y no necesitan explicación: recuerden aquel etarra a quien llamaban El Pajas- necesitaba borrar mancha tan peligrosa de su expediente, y la red Morhange, una especie de anti-Carlingue que operaba en la zona de Tolosa a las órdenes de la Resistencia, necesitaba tipos duros. Hombres malos con que enfrentarse a los malos más malos del momento: la Gestapo. Pierrots, en definitiva. La eliminación de Cavalerie fue algo así como un examen de ingreso, y el Loco -ahora con nuevo alias: Pierre d'Héricourt- lo aprobó, claro. Pero liquidar a los amigos de la Gestapo era un juego peligroso, incluso en julio de 1944. Así que Loutrel/Héricourt tuvo que huir, y Barrategui fue, de nuevo, el encargado de conducirlo al otro lado de la frontera. Como pasador, Barretegui acostumbraba a coger la ruta que saliendo de Prada, y pasando por Sallagosa, desemboca en Alp, ya en la Cerdaña española. Pero en aquella ocasión se dirigieron en coche hasta Acs, y aquí iniciaron a pie el último tramo del periplo: "Sallagosa quedaba demasiado lejos para ir caminando, así que decidí pasar por Andorra, que era el camino lógico; en el último momento, un contacto nos advirtió que los hoteles estaban controlados por hombres a sueldo de los alemanes, así que cruzamos el país por la montaña, evitando en todo momento las zonas habitadas".

Carne de 'El Caso'
El relato de Barrategui concluye aquí, y es una lástima porque es precisamente éste el período más oscuro de la biografía de Pierrot: según algunos, regresa a su antiguo oficio, atracos, secuestros, extorsiones y demás, que había ejercido en el París de la Ocupación.. Según otros, pasó brevemente por la prisión de Saint Michel, en Tolosa, todavía bajo mando alemán. Incluso hay quien sospecha que tuvo algo que ver en el asesinato de un tal Michel Skolnikoff, alias Mandel, hombre de negocios que se forró con la Ocupación y cuyo cadáver apareció en junio de 1946 medio calcinado en el interior de su automóvil, en la localidad de El Morlar, entre Madrid y Burgos. Según esta versión, Loutrel trabajaba en esos momentos para la Direction Générale des Études et Recherches, el servicio de inteligencia francés. En fin, que lo único claro es que durante unos meses de le pierde la pista, que reaparece en París después de la Liberación, y que en compañía de tres antiguos conmilitones de la Carlingue -Henri Fefeu, Abel Danos y Georges Bouchesseiche, qué nombre sensacional para un gángster- constituye lo que la prensa de la época bautizó con el nombre del Gang des Tractions Avant, por los coches - el popular Citroën de tracción delantera, en francés, Traction Avant, más conocido en la España del momento como Pato- con que acostumbraban a perpetrar sus golpes.

Bebedor consumado y, por lo que parece, de muy mal vino, hombre de gatillo fácil -once fiambres en el zurron- y atracador vocacional -entre febrero y noviembre de 1946 se le atribuyen una quincena de golpes- lo de Pierrot solo podía terminar mal. Y así fue: el 6 de noviembre cae herido después del atraco a una joyería de París. Hay quien dice que a consecuencia de un tiro que se le escapó al mismo Loutrel -hasta las cejas de alcohol- en plena huida. Lo cierto es que murió cinco días después, y que sus colegas enterraron el cuerpo en una isla del Sena, cerca de Porcheville: el cadáver no apareció hasta tres años después, en una operación que la policía de la capital explotó mediáticamente -no se pierdan la serie fotográfica con la exhumación del cuerpo: ¡ni Elmore Leonard! En fin, que al lado de judíos con una mano delante y otra detrás como Carla Kinhi y familia; de aviadores aliados de la estirpe gloriosa de Supersonic Yeager; de celebrities como los Rotschild, y de los matemáticos polacos que descifraron Enigma -Marian Rejewski y Henry Zygalski- entre los centenares, quien sabe si miles de fugitivos que cruzaron nuestras montañas durante la II Guerra Mundial también hubo gentuza como Pierrot le Fou. No nos podemos quejar: tenemos de todo.

[Este artículo se publicó el 24 de agosto de 2015 en el diario Bon Dia Andorra]



viernes, 22 de agosto de 2014

¿Qué sería de nosotros si no existiera el Palanques?

El ministerio de Cultura destina 35.000 euros a la rehabilitación de la fachada del histórico hotel de la Massana, cuartel general de la cadena de pasadores dirigida por Antoni Forné; en 1943, un comando de la Gestapo secuestró a Eduard Molné, hijo de los propietarios, y a cinco militares polacos que intentaban evadirse a España.

¡Ay, el Palanques! Es verdad que otros hoteles en Andorra comparten su mismo pedigrí épico: el Coma de Ordino, el Pol de Sant Julià de Lòria y, sobre todo, el Mirador de Andorra la Vella, que se ha llevado la gloria mediática gracias a Francesc Viadiu y su novela Entre el torb i la Gestapo. Otro día hablaremos de ellos, piezas clave de la epopeya de los pasadores (en este caso, más bien de los pasados) durante la II Guerra Mundial. Muy pronto, palabra. Pero el Palanques es otra cosa. Lo hemos contado aquí mismo en otras ocasiones: fue en este establecimiento de la Massana, inaugurado en 1935, donde el abogado catalán Antoni Forné estableció el cuartel general de su red de pasadores. Una cadena para la que trabajaron hombres de una pieza como Alfredo Conejos, Josep Mompel, Joaquim Baldrich y... Eduard Molné, él mismo hijo de los propietarios del hotel -Francisco Molné y su esposa, Emília Armengol- y que ejerció de taxista ocasional para la cadena a bordo de su Renault, uno de los escasos vehículos existentes en la Andorra de la época.

Hoy los recuerda un humilde monolito situado enfrente del hotel. En fin, que si hablamos hoy aquí del Palanques es en primer lugar porque el ministerio de Cultura destinará este curso 35.000 euros a la restauración de la fachada del edificio. Que buena falta le hace porque -como comprobará el lector- abundan en ella los desconchados y el aspecto general corresponde al de una dolorosa y -nos temíamos algunos- inexorable decadencia. Nada extraño si tenemos en cuenta que el mismo ministerio advertía en 2004, año en que lo incluyó en el catálogo del patrimonio cultural de Andorra, que en siete décadas -hoy, ocho- el edificio no ha sufrido modificaciones significativas, así que conserva todos los elementos estructurales originales. En definitiva: que tal como lo vemos hoy es como lo vieron -y lo vivieron- Forné, Molné, Badrich y compañía. El papel central del Palanques en la epopeya de los pasadores se debe no sólo a que fue el epicentro de una de las cadenas de pasadores mejor conocidas entre las que operaron en Andorra, sino también a que fue escenario de la célebre razia que la Gestapo lanzó la noche del 23 de septiembre de 1943: delatados por un tal Nicodème -Enrico Nicodem, según consigna Ludmilla Lacueva Canut en Els pioners de l'hoteleria andorrana-, un topo infiltrado en la cadena y que para mayor escarnio se hospedaba en el mismo hotel, y guiados por esbirros de la vegueria francesa, los agentes alemanes se plantaron en el Palanques en dos vehículos -un Delaye y un Citroën, evocaba el mismo Forné en una serie de artículos publicada en 1979 en la revista Andorra 7- dispuestos a desmantelar la cadena.  

Monumento que desde 2005 recuerda la gesta de la cadena de pasadores dirigida por Antoni Forné desde el hotel Palanques, y de la que también formaban parte Joaquim Baldrich, Josep Mompel, Alfred Conejos i Eduard Molné, el único que probó la hospitalidad de la Gestapo al ser capturado la noche del 23 de septiembre de 1943 y trasladado a la prisión del monte de Saint Michel, en Tolosa; fue liberado diez días después. Fotografía: Tony Lara.

El hotel Palanques, proyectado por el arquitecto Rafael Besolí, comenzó a erigirse en 1933 y se inauguró el 15 de agosto de 1935; constaba (y todavía consta) de planta baja, dos pisos y buhardillas. Debe su nombre a que los propietarios, la familia Molné, se habían instalado una generación antes en unos terrenos denominados Les Palanques porque estaban situados en la confluencia de los ríos de Ordino y Erts, a unos cien metros de la parroquial de la Massana. Allí levantaron el primer hostal hasta que en 1933, y gracias a una permuta con la propiedad de Casa Ramon, se trasladaron a lo que hoy es el Palanques. Arriba, el hotel ya terminado; aquí encima, el edificio en construcción. Fotografías: Colección Casimir Molné Armengol / Els pioners de la hoteleria andorrana.
Durante la Guerra Civil y la II Guerra Mundial en el Palanques se hospedaron huéspedes de toda procedencia: desde un pequeño destacamento de los gendarmes de Baulard hasta el abogado Antoni Forné -que acabó casándose con una de las hijas de la familia Molné- pasando por fugitivos que huían de la España republicana, primero, y de la nacional, después. En la imagen, Joana y Maria Molné en agosto de 1942 (¿o 1944?) posan con los músicos franceses que acudían a tocar a la fiesta mayor de la Massana. El texto dice: "À notre gentille hotesse, notre meilleur souvenir", y lo firman Miney y Louis... ? Fotografía: Colección particular Joana Molné Armengol / Els pioners de l'hoteleria andorrana.




Tres vistas actuales del hotel Palanques, situado en la avenida de Sant Antoni y que conserva casi intactos los elementos estructurales originales, especialmente los sillares esquineros de granito que permiten incluir el edificio en la denominada arquitectura del granito, corriente en boga en la Andorra de los años 30 y que incluye otros edificios como los hoteles Rosaleda de Encamp y Valira de Escaldes. Fotografías: Máximus.
La Massana en los años 40: el Palanques es el edificio en segundo plano del centro de la imagen, escorado a mano derecha; se distingue por su cubierta achaflanada y sus esquina con sillares de granito.
Los dibujantes Escobar y Peñarroya, en el cartel del salón de cómic de la Massana de 2011, obra de Paco Roca, que ese año publicaba El invierno del dibujante. Ambientado en 1958, los cómics no son todavía cómics, ni tan solo historietas, sino tebeos. Dibujo: Paco Roca / La Massana Cómic.
Y para que no falte nada, incluso Superlópez se permitió un vuelo de reconocimiento sobre el Palanques: la viñeta pertenece a Las montañas voladoras, la premonitoria aventura inmobiliaria del superhéroe de Jan, y se publicó en 2004, auspiciada también por la Massana Cómic. Dibujo: Jan. 

Lo consiguieron a medias: la buena fortuna (o mala, no está del todo claro) quiso que aquella misma noche los hombres de Forné tuvieran que ir a recoger a un grupo de militares polacos al Vilaró, donde desembocaba la ruta de evasión que pasaba por el puerto de Siguer. Molné se ofreció en aquella ocasión para acompañarles hasta el Vilaró, donde entonces moría la carretera, recoger los paquetes y conducirlos hasta Sant Julià de Lòria. Todo transcurrió con normalidad hasta que al pasar por delante del Palanques se percataron de la presencia de los dos vehículos y sobre todo de sus inquietantes ocupantes: cuatro o cinco hombres -recuerda Forné- vestidos con sospechosas gabardinas -cine negro obliga- que se lanzaron tras el Renault de Molné, que aceleró en dirección a Andorra la Vella en cuanto Conejos gritó: "¡La Gestapo!"

La huida no se prolongó más que unos cientos de metros: en el cruce de Sispony, y tras unos disparos intimidatorios, Molné cruzó el Renault en la carretera, dando tiempo a Forné y Conejos para saltar del coche y perderse en la noche. Ni Molné ni los cuatro fugitivos polacos -Claude Benet descubrió sus nombres en Guies, fugitius i espies: dos oficiales, Jan Daniez y Jan Sarnicki, y dos soldados, Czeslaw Giejsowt y Josep Lawicki- tuvieron tanta suerte, fueron capturados y conducidos hasta Tolosa junto a un tal Bobby, norteamericano de origen polaco que formaba parte de la cadena que fue la única presa que cazaron en el Palanques. 

De la tele al cómic
Cuenta Lacueva que en el trayecto hasta Tolosa Molné se cruzó hasta en dos ocasiones con conocidos a los que trató de llamar la atención -con nulo éxito: la primera vez, en la aduana del Pas de la Casa, donde el jefe de la policía andorrana en la época, Daniel Armengol -vecino como él mismo de la Massana- estaba de guardia esa madrugada y fue quien levantó la barrera para dar paso a la comitiva. Unos kilómetros más adelante, en Tarascon-sur-Ariège -nada que ver co el Tarascón de Tartarín, en las Bocas del Ródano-, y ya con las primeras luces del día, divisó a otro vecino suyo, Josep Montané, que había acudido a la feria de ganado de esta localidad; incluso le tocó el cláxon. Pero nada.

En Tolosa perdió Molné la pista a sus compañeros de peripecia. Por suerte para él, porque tras ocho o diez días de cautiverio en la fortaleza de Saint Michel fue liberado gracias a las gestiones de su padre. Le ayudó el pequeño detalle que Francisco Molné, subsíndico entre 1933 y 1936, sucedió este último año al destituido Síndico General, Pere Torres. Solo duró un año en el cargo, y a Francisco le sucedió Francesc Cairat, que era quien ejercía el cargo en 1943 -y hasta 1960: he aquí otro personaje que reclama urgentemente una biografía- y que hizo las oportunas y exitosas gestiones ante la Mitra -el Obispo de Urgel y Copríncipe del momento, Iglesias Navarri, había sido vicario general castrense durante la Guerra Civil (del lado nacional, se entiende) y conservaba cierto ascendente sobre Franco y, sobre todo, su esposa- para conseguir la liberación de Molné.

El caso es que las gestiones de Cairat ante el Obispo o la misma vegueria francesa, ante la cual también intercedieron por el cautivo -y atención, que eran los años del reinado del nefasto Lesmartres- consiguieron que al cabo de una semana un funcionario del consulado alemán en Barcelona se desplazara hasta Tolosa. Así es como nuestro hombre recordaba en 2003 para la revista Informacions aquel breve encuentro: "Una mañana se presentó en la prisión un chico del consulado que me explicó que de paso por Andorra se había enterado de mi caso. Me dijo que no  me preocupara, me aseguró que saldría pronto y me invitó a escribir a casa para tranquilizar a la familia. Y así fue: al cabo de dos o tres días más me llamaron por mi nombre, y a la mañana siguiente un coche de la Gestapo me condujo hasta el Pas de la Casa". Dice Lacueva que incluso recuperó su Renault. Buena gente, como se ve, los chicos de Goebbels.

Vale que fue la única ocasión -como no se olvidaba nunca de recalcar, alejando de sí el foco de atención- en que Molné participó de manera activa en la cadena que dirigía su futuro cuñado, Antoni Forné. Pero como recalcaba el historiador leridano Josep Calvet (Las montañas de la libertad)  con ocasión de su fallecimiento, en agosto del 2012, "sin la complicidad esporádica de gente como Molné la misión de los pasadores hubiera fracasado". Más contundente aún se mostraba Claude Benete (Guies, fugitius i espies) en esta misma ocasión: "Fue un hombre de una humildad y de una elegancia incuestionables; otros con muchísimos menos méritos han explotado su participación en esta epopeya sin escrúpulos; él optó siempre por la discreción".

Pero volvamos al comienzo: si contamos hoy aquí y por vez enésima la peripecia de Molné es porque la aciaga incursión de la Gestapo de aquel 23 de septiembre de 1943 -se desconoce el destino final de los cuatro polacos y de Bobby, pero Benet sospecha que terminaron en un campo de concentración, donde no es aventurado augurar su muerte- tenía la cadena del Palanques como objetivo. Así que hagamos algo más de historia y pongámosle biografía al establecimiento con más pedigrí bélico del país. Y en este punto la autoridad indiscutible es de nuevo Lacueva, autora de Els pioners de l'hoteleria andorrana, la biblia de la materia. El Palanques es hoy un humilde hotel de una estrella situado a los pies de la avenida de Sant Antoni, el nombre de la Carretera General a su paso por la Massana. Empezó a construirse en 1933, y fue inaugurado el 15 de agosto de 1935. Era el segundo establecimiento de este nombre dedicado a la hotelería regentado por la familia Molné. El primero, abierto por Francisco Molné Mora -el abuelo de nuestro Eduard-, estaba situado en lo alto del núcleo histórico de la Massana, a unos 100 metros -dice Lacueva- de la parroquial de Sant Iscle.

A esta primitiva fonda debe su nombre el Palanques, porque se levantaba en unos terrenos donde confluían los ríos de Ordino y de Erts, motivo por el cual existían en la finca dos palanques, o rudimentarias pasarelas de madera. De ahí que los terrenos fueran conocidos en la Massana como Les Palanques, y que la casa levantada por los Molné se conociera en adelante como Cal Palanques. El hotel actual lo erigió Francisco Molné Rogé, Sisquet (1883-1980), según un proyecto del arquitecto Rafael Besolí -autor también del hotel Mirador de Andorra la Vella (1934)- y se inauguró, como ya se ha dicho, en 1935. Se adscribe junto con edificios como el hotel Rosaleda de Encamp y el Valira de Escaldes a la denominada arquitectura del granito, corriente propia de la arquitectura local y caracterizada por el uso generoso de los sillares de granito. En el Palanques constituyen el elemento principal de las columnas esquineras y le confieren un aspecto característico a la fachado, al lado de las cubiertas de madera y piedra llicorella, a dos vertientes y achaflanadas.

En este punto hay que indicar que a diferencia de los otros ejemplos de arquitectura del granito, en que los sillares ocupan toda la fachada, en el Palanques su presencia se limita a las susodichas esquinas. Constaba (y consta todavía hoy) de planta baja -con un comedor para los clientes del pueblo, cocina, administración y tienda de comestibles-, dos pisos y buhardillas, en lo que en Andorra se denomina "cap de casa". Las 20 habitaciones originales -hoy, 16- disponían de lavabo con agua corriente -un lujo en la Andorra de los años 30- y baño compartido en el primer piso, donde también se encontraba el comedor de los huéspedes. Esta estructura se ha conservado prácticamente intacta hasta hoy. Cuenta Lacueva que durante la Guerra Civil un pequeño grupo del destacamento de gendarmes al mando de Baulard -quién sabe si alguno de nuestros zapadores- se hospedó de forma más o menos permanente en el Palanques, para escándalo de alguno de los vecinos, poco amigo de la ocupación gabacha y que por lo visto amenazaba a Sisquet al grito de "¡Et pelarem!" ("¡Te liquidaremos!").

Lo cierto es que al único que estuvieron a punto de liquidar fue a Eduard, y no sus vecinos sino la Gestapo. El Palanques, en fin, o un local directamente inspirado en el Palanques, es el escenario donde transcurre buena parte de Un any a la nostra vida, la obra de teatro que bebe en la epopeya de los pasadores escrita y dirigida por Xavi Fernández, y estrenada el 11 de noviembre en el teatro les Fontetes de la Massana. También tiene un cierto papel en la versión televisiva de Entre el torb i la Gestapo, aquel plúmbeo bodrio dirigido por Lluís Maria Güell que entra a saco en la novela homónima de Francesc Viadiu. Güell, que debió de oír campanas sobre la peripecia de Forné, Molné y compañía, se toma la libertad de ubicar en el Palanques el centro de operaciones de uno de los malos de la historia, el sádico y nefando doctor Coco -Fermí Reixach, en la pequeña pantalla, que pergeña, por cierto, uno de los pocos personajes que se salva de la quema.

Y ya que hablamos del doctor Coco, consignemos para acabar que el aviador británico Cyrill Penna, cuyo Short Stirling fue derribado de regreso de una misión de bombardeo sobre las factorías Fiat de Turín y que pasó por Andorra entre el 1 y el 10 de marzo de 1943, consigna en sus memorias de guerra, Escape and Evasion, cómo tuvo que librar a un compañero suyo, el también aviador Dick Adams, de las garras de un doctor Antoni de Barcia, que insistía en amputarle el pie izquierdo, congelado en el paso del Pirineo. Penna logró sacarlo del tugurio donde el tal Barcia operaba, un hotelucho de Escaldes, y trasladarlo a la improvisada clínica que el doctor Trias, eminencia de la cirugía española por entonces refugiado también en Andorra, regentaba en la Casa Rebés de la capital. Claude Benet insinúa en Guies, fugitius i espies que sí, que efectivamente nuestro Barcia podría ser el alcohólico y cocainómano -de ahí el sobrenombre- doctor Coco de Viadiu. Que ejerciera en realidad en un hotel de Escaldes y no en el Palanques es un detalle menor que no nos va a estropear un buen titular.

Añadamos para terminar, ahora sí, que nuestro Palanques -cuya propiedad conserva Roser Molné, hermana pequeña de Eduard, pero que la familia dejo de regentar en los años 50- tiene también un par de estupendos cameos de cómic, los dos gracias a Joan Pieras y el salón de la Massana: el primero, cronológicamente hablando, corresponde a Las montañas voladoras (2004), aventura andorrana del Superlópez de Jan, que se atreve a sobrevolar el hotel como ven en la viñeta de aquí arriba. Lo mejor que se puede decir del asunto es que el Palanques sobrevivió al paso de Superlópez, que ya es decir. El segundo, y nuestra debilidad personal, es el cartel del Salón del Cómic de la Massana  2011 dibujado por Paco Roca, que entonces presentaba El invierno del dibujante, y en que aparecen Escobar y Peñarroya, dos de los historietistas convertidos por Roca en protagonistas de este álbum metacomiquero, deambulando felizmente ante un Palanques con estupenda estética años 50. Como decíamos ayer, hay otros hoteles, pero como el Palanques, ninguno. Con el permiso del poeta Feliu Formosa: "¿Qué sería de nosotros si no existiera el Palanques?"

miércoles, 26 de febrero de 2014

El último del Palanques

Con la muerte de Eduardo Molné, el pasado 21 de agosto, desaparece el último testimonio de la cadena de evasión que Forné dirigía desde la Massana.

Ya está, ya no queda ninguno, así que a partir de ahora tendremos que husmear en los libros de historia y en las (escasas) entrevistas que concedieron en vida el puñado de hombres que desde el hotel Palanques de la Massana se jugaron durante la II Guerra Mundial el pellejo para conducir hasta el consulado británico en Barcelona a fugitivos de toda la Europa ocupada que pretendían cruzar el Pirineo, la última frontera de la libertad: ya saben, pilotos aliados abatidos en los cielos del continente, militares polacos refugiados en Francia después de la blitzkrieg de 1939, franceses en edad militar que pretendían evitar el Servicio de Trabajo Obligatorio o unirse a las fuerzas de la Francia Libre, y judíos de todas las nacionalidades -o peor aún, apátridas- condenados a los campos de exterminio.

Molné, a la izquierda, con Joaquim Baldrich, ante el hotel Palanques, el centro de operaciones de la cadena que Antoni Forné dirigía desde la Massana. Fotografía: Màximus.

Documento procedente de los National Archives británicos que de cuenta de la captura de Fernando Molné y de cuatro polacos por parte de la Gestapo, la noche del 29 de septiembre de 1943. Fotografía: Màximus (Fondo Lang / Archivo Nacional de Andorra).

Con la muerte, el pasado 21 de agosto, de Eduard Molné (1917-2013) desaparece el último testimonio de la cadena que el abogado catalán Antoni Forné dirigía desde el Palanques por cuenta del MI6, el legendario servicio exterior de Su Graciosa Majestad. Él y Joaquim Baldrich, fallecido en enero de 2012, fueron los primeros que a principios de la década pasada dieron el paso de evocar públicamente uno de los episodios más fascinantes pero -hasta entonces- peor conocidos del siglo XX andorrano: la participación en este tráfico de hombres de redes de pasadores radicadas en nuestro rinconcito de Pirineo. Hubo por supuesto otras, pero la de Forné es probablemente una de las mejor estudiadas gracias en primer lugar al mismo Forné -en aquella imprescindible, fundacional serie de artículos publicados en 1979 en la desaparecida revista Andorra 7- y al testimonio de Baldrich y de Forné, que salieron del armario en otoño de 2003 en otro reportaje publicado esta vez en el semanario Informacions. Pongamos nombre a esta estirpe de héroes, porque además de Molné, Baldrich y Forné -el cerebro de la cadena- también deben figurar aquí -se lo debemos- sus compañeros de peripecia bélica: Alfredo Vicente Conejos, Josep Mompel y Salvador Calvet. Queda dicho.

Pero vayamos de una vez al grano: así como Baldrich era el pasador arquetípico, el hombre de acción que condujo hasta Barcelona -según recordaba él mismo- a cerca de 400 clientes en algo menos de 40 misiones -y sin perder jamás un solo hombre, como le gustaba recordar con legítimo orgullo- Molné encarna al colaborador ocasional, espontáneo y la mayor parte de las veces anónimo que prestaba servicios puntuales pero que constituía un eslabón imprescindible para el éxito de las cadenas. Jamás ejerció de guía sobre el terreno, ni condujo a ningún grupo de refugiados por caminos erigidos en autopistas de la libertad.

De hecho, su participación en esta peripecia se reduce a un único pero sonadísimo episodio. Fue la noche de 23 de septiembre de 1943. Molné, él mismo hijo del hotel Palanques y mecánico de profesión, había acompañado al volante de su Renault -matrícula AND 591- a Forné y a Conejos hasta el Vilaró, justo antes de llegar al lugar de Llorts, para recoger una expedición formada por cinco militares polacos procedentes de Pàmies -dos oficiales, Jan Daniez y Jan Sarnicki, y dos soldados, Czeslaw Giejstowt y Josef Lawicki, cuenta Claude Banet en Guies, fugitius i espies, la biblia sobre la materia- que habían sobrevivido al frío y al agotamiento pero que habían perdido por el camino a otro compañero de evasión, Alozy Bukowski. El plan consistía en conducirlos en automóvil hasta el Palanques para reponer fuerzas. Pero en la Massana les esperaba una desagradable sorpresa: dos coches con matrícula francesa -un Delaye y un Citroën, según Forné- con cuatro o cinco hombres envueltos muy cinematográficmente en sospechosas gabardinas: "Fue Conejos el primero que, instintivamente, exclamó: '¡La Gestapo!' Un terror repentino y muy vivo se apoderó de nosotros, pero no perdimos el oremus, y aceleramos al pasar con la intención de huir", contaba el mismo Forné en 1979.

Un silencio que duele
Tuvieron éxito... a medias: la persecución terminó tras unos tiros intimidatorios -especula Forné que querían cogerlos vivos- por parte de los alemanes; Molné cruzó el coche al llegar al desvío de Sispony, y tanto Conejos como Forné saltaron hacia el otro lado, aprovechando la oscuridad para huir en dirección a Sispony. Ni Molné ni los polacos -los cuatro encajados en el asiento posterior del pequeño Renault- tuvieron tanta suerte y fueron capturados inmediatamente a punta de pistola. La comitiva inició enseguida el camino hacia el cuartel general de la Gestapo en Tolosa, con el Renault de Molné situado entre los dos vehículos alemanes. Así lo contaba el mismo Molné en Informacions: "A partir del puerto de Envalira nos encontramos un palmo de nieve en la calzada, así que nos hicierrn bajar para empujar los coches. Cuando llegamos a la frontera del Pas de la casa la barrera estaba bajada. Parlamentaron con el policía de la aduana andorrana, que me conocía, pero a pesar de que le hice gestos ostensibles para que me viera, no se apercibió de que iba dentro del Renault". Aquí sí que se vio perdido, admitía, porque Molné fue  encerrado en la prisión de Saint Michel, donde pasó "ocho o diez días". Si salió indemne de ésta fue porque pudo convencer a sus captores de que era un simple taxista que se había limitado a ejercer de chófer... y también -probablemente sobre todo- gracias a las gestiones de su padre, exsubsíndico, y del entonces síndico, Francesc Cairat, ante el obispo Iglesias -muy bien relacionado con el régimen franquista: había sido capellán castrense del dictador- y ante la vegueria francesa. Mucha menos fortuna tuvieron los polacos y un tal Bobby, norteamericano también de origen polaco que formaba parte de la cadena de Forné y que fue capturado en el Palanques: de ninguno de ellos se volvió a saber jamás.

El episodio tiene especial significación por dos motivos: por un lado, porque el golpe alemán -que Viadiu recoge, novelado, en Entre el torb i la Gestapo- fue posible por la infiltración de un topo en el grupo de Forné, un tal Nicodème -Nico, para los amigos. De otra, porque se trata de una de las escasas operaciones documentadas en que los alemanes actuaron dentro de Andorra, violando así la neutralidad del país. Por lo que respecta a Molné, se trata de la única misión en que consta que participara, y de hecho él mismo siempre insistió en figurar en un discretísimo segundo plano a la hora de los homenajes, como en la inauguración del monumento que evoca la memoria de la cadena justo ante el Palanques. ¿Un pobre bagaje? "Tuvo el valor suficiente para acompañar a Forné y a Conejos en una aventura en que se jugaban mucho, como después se vio. Y estoy convencido de que si no lo hubieran pillado, habría repetido", especula Benet, que describe a nuestro héroe del día como "un hombre elegante y modesto; otros con muchos menos méritos lo habrían explotado más; él, en cambio, optó siempre por la discreción".

De la misma opinión es el historiador catalán Josep Calvet, autor de Las montañas de la libertad, la monografia definitiva sobre la epopeya de nuestros pasadores: "No fue el guía prototípico, el refugiado español más o menos politizado, sino el autóctono que colabora de forma esporádica pero decisiva, en un nivel quizás secundario pero imprescindible: sin la complicidad de gente como Molné la misión de los pasadores estaba condenada al fracaso". Por eso duele, y mucho -añadimos nosotros- el silencio institucional que ha acompañado a la desaparición de nuestro hombre: ni una palabra por parte de las autoridades; nada de nada. Como apunta Calvet de forma sangrante, "en otro país, Molné sería un héroe". O quizás porque, como remata Benet, "Andorra es un país ingrato con la memoria histórica, sin apenas curiosidad, como si a mucha gente ya le pareciera bien que de ciertos temas cuanto menos se hable, mejor. Y en parte se entiende, porque si tiras de la madeja, a veces salen episodios honrosos, como el del Palanques, y otras aparecen sorpresas muy, muy desagradables". La buena noticia es que todavía estamos a tiempo de que el silencio y la indiferencia no se repitan con Lluís Solà, él sí el último de nuestros pasadores. De todos.

[Este artículo se publicó el 27 de agosto de 2013 en El Periòdic d'Andorra]


miércoles, 5 de febrero de 2014

El raid alemán de 1943, según los National Archives

De acuerdo: el periodista Joan Antoni Guerrero localizó hace un lustro su rastro en los National Archives británicos, y el historiador Claude Benet publicó parcialmente los documentos en el imprescindible Guies, fugitius i espies. Nos estamos refiriendo, claro, al dosier "confidencial" que generó la célebre incursión perpetrada por la Gestapo la noche del 29 de septiembre de 1943 y que acabó, seguro que lo recuerdan, con Eduard Molné de huésped de los alemanes en la prisión del castillo de Saint Michel, en Tolosa. A Molné, que ejercía aquella inopinada noche de chófer de la red de pasadores que Antoni Forné dirigía desde el mismo Palanques, lo pillaron con cinco fugitivos polacos a bordo, y a todos los capturaron los alemanes. Él tuvo suerte: las gestiones del Síndico, Francesc Cairat, y del obispo Iglesias parece que ablandaron a sus captores, y dos semanas después regresaba a casa. Pero, ¿y los polacos? ¿Qué fue de ellos?

Benet reveló sus nombre en Guies, fugitius i espies -el capitán Alojzy Bokowski, el teniente Jan Daniez, el subteniente Jan Sarnicki, el soldado Cselaw Giejsztowt, y Josef Lewicki, que sólo era civil- y afirma que acabaron en un campo de concentración. Más allá se extiende el silencio. La noche y la niebla. El caso es que el fondo que el historiador alemán Gerhard Lang -ya saben, el hombre que sintió la llamada de Borís Skossyreff- ha depositado en el Archivo Nacional de Andorra es una auténtica mina, y además de nuestro buen rey apócrifo, entre los centenares de documentos andorranos que ha ido recolectando en archivos europeos, rusos y norteamericanos se esconde el cartapacio de cartas, mensajes y telegramas -cifrados, por supuesto- que se cruzaron el consulado británico en Barcelona, la embajada de Madrid y el Foreign Office a cuenta esta vez de lo que los ingleses bautizaron como "German raid on Andorra".

En el Archivo Nacional disponemos de la secuencia completa de los hechos, desde los primeros informes que el consulado remite el 4 de octubre hasta la resolución del caso, el 31 de mismo mes. Bueno, una resolución a medias, porque lo que quita el sueño a los diplomáticos británicos es sobre todo la identidad de los cinco polacos "secuestrados" por la Gestapo. Y no pararán hasta conseguirlas. El caso es que a partir de aquí los National Archives enmudecen. O quizás es que el periplo administrativo de los fugitivos sigue en adelante un camino diferente del de Andorra. Una auténtica lástima porque... ¿no querrían conocer, la suerte -o más probablemente, la desgracia- de aquellos cinco hombres?



Tres de los documentos referidos a la incursión de la Gestapo en Andorra perpetrada el 29 de septiembre de 1943 y que se saldó con la detención de Eduardo Molné y los cinco fugitivos polacos que conducía en su taxi. Los cinco fueron trasladados a Tolosa, y sólo se conoce el destino de Molné, que dos semanas después fue devuelto a Andorra. Fotografía: National Archives / Fondo Lang / Archivo Nacional de Andorra.

Pero volvamos al principio de esta historia: todo empieza con un despacho del consulado con la noticia de que "dos o tres coches con personal de la Gestapo vestidos de civil" capturan la noche del 29 de septiembre y en el mismo hotel Palanques a un hombre conocido como Elias, así como a Fernando Molné [sic] y a los cuatro refugiados que conduce en su taxi. Continúa el informe diciendo que el incidente "ha infringido la neutralidad andorrana y generado indignación entre los andorranos", y que el golpe de mano alemán "pone en grave peligro a los prisioneros de guerra británicos que en número considerable cruzan la frontera para ponerse bajo la protección de un país neutral". Sostiene que la preservación de la neutralidad andorrana constituye para la Gran Bretaña una cuestión "de principio". Además, alerta de que la situación degenere en una ocupación abierta de Andorra -por parte alemana, se entiende- y apara evitarlo sugiere presionando a las autoridades españólas. ¿Cómo? Adviertiendo a Franco que la violación de la neutralidad andorrana provocaría antes o después represalias aliadas en contra de España.

Klisnie desaparece del mapa
El caso es que los diplomáticos británicos no tienen muy claro cómo han de proceder en un caso que implica a Andorra, dada su "peculiar situación constitucional" y la nacionalidad -polaca, ya lo hemos visto- de los refugiados capturados, y que finalmente se inclinan por esta presión indirecta sobre Madrid, para que Franco haga respetar a los alemanes el statu quo andorrano. Una manera muy británica, qué les vamos a contar, de lavarse las manos y endosar a otros el trabajo sucio. En fin, que lo que les interesa de verdad es la identidad de los infortunados polacos: conocida desde el primer momento la de Molné, el Foreign Office insta el 26 de octubre a la embajada en Madrid para que indague los nombres de los polacos. A la mañana siguiente ya tienen el nombre del "más prominente" -así lo denominan los cables- de ellos, este tal Elias que por lo visto es un agente británico, y un alias bajo el que se oculta Alexander Klisnie. Al cabo de tres días más, el consulado envía el telegrama definitivo con  cinco nombres: Bokowski, Daniez, Sarnicki, Giejsztowt y Lewicki- ahora ya sin rastro ni de Elias ni de Klisnie. Tampoco aparece en ningún momento de este abundante y detallado intercambio epistolar el nombre de Nico, el agente doble que delató al grupo de Molné. Ni se cita a Forné ni a Viadiu. Una lástima, pero es que no se puede tener todo.

En fin, que produce una rara emoción tener en las manos documentos que relatan un incidente hoy bien conocido pero que en aquel momento les debía sonar a los burócratas del Foreig Office a cosa remota, casi marciana. Pero ellos insisten, convencidos de que la guerra también se ganaba sabiendo lo que ocurría en la ignota Andorra y preocupándose ni que fuese a la muy británica manera por el destino de seis desconocidos capturados por los nazis. Si tienen un momento, háganse un regalo y pasen por el Archivo Nacional. Es como tocar un pedazo de historia. Aunque sean fotocopias.

[Este artículo se publicó el 30 de enero de 2014 en El Periòdic d'Andorra]

jueves, 2 de enero de 2014

Andorra durante la II Guerra Mundial: una recapitulación sobre la epopeya de los pasadores

[He aquí un primer intento de ordenar de forma más o menos sistemática los datos, fechas, lugares y nombres que cuando se publicó el artículo -agosto de 2006, en la desaparecida revista Informacions- había ido recopilando en entrevistas y reportajes que empezaban a tener cierta unidad temática y cierto peso físico, pero a los que faltaba un hilo conductor, quizás por la inexistencia de bibliografía específica sobre la materia. Conviene tener en cuenta que aun no se habían publicado las dos monografías hoy canónicas sobre la epopeya de los pasadores en Andorra y en Cataluña, Las montañas de la libertad, de Josep Calvet, y Guies, fugitius i espies, de Claude Benet]

La historiografía académica comienza a ocuparse del papel decisivo que contrabandistas, maquis y particulares, pero también oportunistas, vividores y aventureros de todo pelaje, tuvieron durante la II Guerra Mundial en el paso de los Pirineos de pilotos aliados abatidos en los cielos de la Europa ocupada y de refugiados de todas las nacionalidades que huían de los nazis. El historiador leridano Josep Calvet se ha sumergido en los archivos del Pallars Sobirà y del Alto Urgel, ha sistematizado los datos y ha recogido el testimonio de los últimos supervivientes de aquella epopeya.

La historia de los pasadores combina épica, tragedia e idealismo, así como una persistente leyenda negra que la ha convertido en materia ideal para la ficción literaria y cinematográfica, incluso para el periodismo sensacionalista -aquella serie de reportajes de la revista Reporter de los años 70...- pero en cambio la historiografía más o menos oficial se había olvidado de ella. Sólo ahora, cuando apenas queda un puñado de supervivientes de aquella gesta que puedan evocar los hechos, los historiadores profesionales comienzan a interesarse por un episodio quizás marginal en el maremágnum de la guerra, pero que constituye la principal contribución de los vecinos de los Pirineos -convertidos en puerta de la libertad- al esfuerzo de guerra y finalmente a la victoria aliada. Calvet, que prepara una tesis doctoral sobre la materia, ha investigado los registros de las prisiones de la Seo de Urgel y de Sort, y ha sistematizado e interpretado los datos disponibles: cantidad y nacionalidad de los evadidos que acabaron en el calabozo; el periplo que seguían los que llegaban a España y eran capturados por la guardia civil de fronteras; las diferentes fases que el goteo de fugitivos experimentó durante la guerra; las peculiaridades de Andorra en este juego, y la credibilidad de los rumores de expolios, incluso de asesinatos, que salpican el episodio de los pasadores.

Sobre este último punto, el más controvertido y el que hasta la fecha ha hecho correr más tinta, Joaquim Baldrich (el Pla de Santa Maria, Tarragona, 1917-Escaldes, Andorra, 2012) ha explicado cómo en cierta ocasión en que volvía de Acs-les-Bains con dos aragoneses que como él ejercían de guías, al llegar a la cima del Port Negre le oyó decir a uno de ellos: "Aquí descansan". Los que descansaban eran dos parejas de refugiados belgas a los que, continúa Baldrich, habían asesinado y robado, después de violar a las mujeres. Calvet no cuestiona el testimonio de Baldrich -que sostiene que llegó a ver el brazo congelado de una de las víctimas enterradas en la nieva- pero tampoco oculta sus reservas sobre la rumorología que se ha generado alrededor de este oscuro punto: "Sólo he podido documentar el caso de una familia de judíos que salió de Luzenac y que se dirigía a Barcelona a través de Andorra. Después de dos meses sin tener noticias de ellos, los familiares se pusieron en contacto con el consulado español en Lyon. Se abrió una investigación y resultó que el guía los había liquidado cuando todavía se encontraban en territorio francés. Lo detuvieron. Se sabe que hubo casos de pasadores que cuando llegaban a las proximidades de la frontera abandonaban a los fugitivos, incluso los engañaban y les indicaban caminos erróneos que los acababan conduciendo a manos de los alemanes. Pero si los asesinatos hubiesen sido tan habituales como en ocasiones que ha dicho, tendríamos más denuncias como las de esta familia judía. Además, hay que tener en cuenta que todo este asunto se presta a la especulación y al sensacionalismo, y acusaciones tan graves hay que probarlas. No vale con los rumores."

Calvet ha determinado que fueron alrededor de 60.000 los fugitivos detenidos por la guardia civil después de cruzar los Pirineos. De esta cifra infiere que el total de los evadidos -incluidos los que no fueron capturados- podría oscilar entre los 80.000 y los 100.000 para toda la cadena. Por lo que respecta a nacionalidades, y tomando como referencia los detenidos en 1943, entre el 70 y el 80% eran ciudadanos franceses o canadienses -en realidad, muchos de estos últimos eran franceses que se hacían pasar por quebequeses; les seguían en orden de importancia los polacos (un 5% del total), belgas (4%), y británicos, norteamericanos y holandeses (un 3% para cada una de estas nacionalidades).

El paso de refugiados experimentó tres fases bien diferenciadas: hasta mediados de 1941 no había otro obstáculo que el burocrático. Aunque no se trataba de un obstáculo menor: había que presentar pasaporte en regla, visado de tránsito por Francia y España, y atención, un pasaje de barco que acreditara que aquella persona estaba efectivamente en tránsito.A partir de esta fecha, los consulados españoles dejan de expedir visados, se impermeabiliza la frontera y toda persona capturada en una franja de cinco kilómetros a partir de la frontera era inmediatamente repatriada. Una disposición que sólo se aplicaba -y no siempre- en lugares como el Ampurdán, donde la repatriación era sencilla. En el Pirineo central catalán, los detenidos eran mayoritariamente internados. Judíos, polacos y pilotos aliados conforan mayoritariamente estas primeras oleadas de refugiados. Los franceses empezaron a aumentar en número a partir de la ocupación de Vichy, en noviembre de 1942: huían del Servicio de Trabajo Obligatorio (STO) decretado por los alemanes, o pretendían unirse a las tropas de la Francia Libre que operaban en África. El destino habitual de los franceses era Casablanca; la de ingleses y norteamericanos, Gibraltar. El goteo de judíos comienza a declinar en los primeros meses de 1943, cuando los que se habían concentrado en Vichy han conseguido huir o han sido capturados y deportados a los campos de exterminio.

Una vez en manos de las autoridades españolas, y si conseguían evitar la repatriación fulminante, el primer paso era el confinamiento en la prisión del partido judicial -el actual parador de turismo, en el caso de la Seo- y la expedición más o menos inmediata al seminario viejo de Lérida, y de aquí a los campos de internamiento, especialmente Miranda de Ebro -nada que envidiar a los tristemente célebres de Argélers, Barcarès i Sant Cebrià-, Rocallaura i Figueras. Este era el destino habitual de los hombres en edad militar, entre los 18 y los 40 años. El internamiento, que podía prolongarse hasta seis meses, se fue acortando, especialmente a partir de enero de 1943, cuando la batalla de Stalingrado despejó dudas y dejó claro que la derrota alemana era sólo cuestión de tiempo, y convenció a las autoridades franquistas que convenía estar a buenas con los aliados. Los aviadores recibían habitualmente un trato privilegiado, dentro de este contexto: en la Seo, por ejemplo, los derivaban a los hoteles Andria y Mundial; en Sort, al Pessets. Mujeres y niños quedaban en libertad si eran detenidos en Lérida, y la política oficiosa era la de no separarlos del cabeza de familia. En Gerona, en cambio, hombres, mujeres y niños eran separados: ellos acababan en el campo de internamiento; ellas, en la prisión de mujeres; los pequeños, en el hospicio.

El campo de internamiento ha dejado un recuerdo nefasto en muchos de los que experimentaron en carne propia, sobre todo el superpoblado de Miranda. Es el caso del político luxemburgués Emile Krieps (1920-1998), ministro de Defensa en los años 80 y que, según ha comprobado Calvet, pasó por los Pirineos -probablemente a través de Andorra, quizás de la Cerdaña- en noviembre de 1942: "Conservó durante toda la vida un cierto resentimiento hacia España. Como él, hay muchos otros que no perdonan el trato que recibieron como refugiados. Pero si bien son ciertas las privaciones que padecieron, así como las durísimas condiciones de vida en los campos, también lo es que no se pueden comparar con las que imperaban en los campos nazis. Como me explicó una vez uno de estos fugitivos, judío en su caso, el internamiento era tan sólo una etapa de un camino que en su caso terminó en los EEUU. Su hermano, que prefirió quedarse en Bélgica, fue deportado y no sobrevivió".

¿Cuál es el papel de Andorra en todo este tráfico? Las cadenas de evasión descubrieron el Principado en 1942, cuando españoles y alemanes estrechan la vigilancia de los pasos más accesibles, como el Ampurdán y el País Vasco. La escasa bibliografía existente ha dejado constancia de que desde Andorra operaban como mínimo las cadenas Alexis, la de Francesc Viadiu; la de Antoni Forné y Joaquim Baldrich -bautizada a posteriori como Tolosa-la Massana-Barcelona- y la mucho más célebre línea Ponzán, con base en el hotel París de Tolosa. "Teniendo en cuenta que Andorra era relativamente accesible desde el punto de vista orográfico -y por lo tanto, especialmente apta para familias con niños y personas mayores- era previsible una amplia lista de detenidos en la caserna de la Seo. Pero sorprendentemente, sólo constan unos 400 nombres. Poquísimos si lo comparamos con los alrededor de 3.000 registrados en Sort, etapa final de una vía mucho más difícil. ¿Por qué se produce, este fenómeno? Quizás porque los guardias de la Seo estaban más untados que los de otros puestos fronterizos. Quizás porque los pasadores andorranos obtuvieron unas altas cotas de eficacia debido a que eran en su mayoría contrabandistas profesionales, y no aventureros ocasionales". Añadamos que Badrich sostiene que a lo largo de su carrera como guía pasó a 380 refugiados -y sin ninguna baja, como le gusta recordar- una cifra que ella sola casi iguala la de los que fueron capturados por las autoridades españolas en la Seo. Y por lo que parece, por aquí había unos cuantos Baldrichs más.

Aparte de los guías sin escrúpulos que se aprovecharon del estado de necesidad de los fugitivos, Calvet ha seguido la pista de otro aventurero que vio la ocasión de pescar en río revuelto: un tal Fornesa, agente de bolsa que había tenido cierto papel político en la Seo antes de 1936, refugiado en París durante la guerra civil y que reaparece en 1940 en la capital del Alto Urgel: según el historiador, los servicios secretos españoles lo tenían fichado como agente de una cadena que operaba desde Sant Julià de Lòria.

Si el paso de fugitivos es un hecho contrastadísimo y relativamente conocido, no lo es tanto -por no decir en absoluto- la última aportación de Calvet: el tráfico de refugiados no se acabó en Andorra con el desembarco de Normandía y la liberación de Francia, en el segundo semestre de 1944. Al contrario, hasta 1949 -cuatro años después del fin de la guerra- las rutas de evasión continuaron abiertas y activas. Ahora ya no eran judíos perseguidos, ni pilotos aliados abatidos, ni personalidades políticas de los países ocupados, sino oficiales alemanes, militantes o simpatizantes del partido nazi -Calvet se atreve a hablar de decenas, quizás un centenar de ellos- que habían conseguido evadirse de los campos de prisioneros aliados. Esperaban encontrar refugio en la España franquista, y quizás ayuda para trasladarse a la América del Sur: "No eran jerarcas como Léon Degrelle o Pierre Laval, sino cuadros medios u oficiales de baja graduación, y Franco no dudó en entregarlos a los aliados si los cazaba". En estos casos, y contrariamente a las cadenas que operaban durante la guerra -que desembocaban mayoritariamente en el Alto Urgel o la Cerdaña por Os de Civís, la Portella de Joan Antoni y el valle de Incles- las rutas seguidas por los epígonos del nazismo penetraban en el Pallars Sobirà por el lugar de Tor, que añade sí otro elemento siniestro a su peculiar y sangrienta historia.

Mientras Calvet encarna a la nueva generación de investigadores que aborda sistemáticamente uno de los momentos más apasionantes y mal conocidos de nuestra historia reciente, el empresario Claude Benet representa al historiador aficionado que lucha -con frecuencia contra los elementos- para salvar del olvido los últimos esbozos de memoria de esta gesta. Estirando el hilo de Baldrich, Benet ha llevado a cabo un trabajo detectivesco para localizar a supervivientes de aquella epopeya. Suyos son testimonios inéditos como el de Réné Felez, passeur de Acs dels Tèrmens, que transportaba personas y documentos a través de Andorra y que en cierta ocasión presenció, sostiene, cómo una patrulla alemana entraba en el valle de Incles, en territorio andorrano y, por tanto, fuera de la jurisdicción de las tropas germanas. "Tuvo la fortuna de que no se les ocurrió entrar en la cabaña -todavía hoy existente- en que se había ocultado. Pero la anécdota demuestra que, contra lo que se acostumbra a decir, los alemanes sí que patrullaban por Andorra, aunque fuera discretamente."

Entre los nombres propios rescatados por Benet están los de Maurice Roth, judío francés residente actualmente en Haifa (Israel), a quien sus padres habían ocultado en una granja gentil a la edad de 7 años para evitarle la deportación: "De Andorra sólo recuerda el nombre, y desde entonces esta palabra ha sido para él sinónimo de libertad. Tenemos que ponernos en la piel de esta pobre gente que llegaba a un lugar, Andorra, del que probablemente nunca antes habían oído hablar, después de haber caminado decenas, puede que centenares de kilómetros en condiciones generalmente muy precarias". Roth ha escrito parte del periplo en sus memorias, L'enfant coq. Benet también contactó con el sargento Maurice Collins, piloto del 226 escuadrón de bombardeo de la RAF, abatido en el norte de Francia y que llegó por sus propios medios a Andorra a finales de 1942.

Una tercera historia es la de monsieur Tonneau, cónsul belga en la ciudad francesa de Foix y antinazi notorio, pero a quien su afición a la bebida convirtió en un delator involuntario. Cuando su indiscreción se convirtió en una amenaza para la seguridad de las cadenas de evasión, los servicios secretos ingleses lo hicieron nombrar cónsul de Bélgica en Andorra. Y monsieur Tonneau desapareció sin dejar rastro cuando se dirigía a tomar posesión de su nuevo cargo... Más incierto, pero mucho más flamante, es el caso del mariscal Lattre de Tassigny, que había dado a las fuerzas bajo su mando la orden de resistir la ocupación alemana de la Francia de Vichy, y que por esta razón fue recluido en Riom: "Un passeur me explicó que había conducido a un alto oficial francés que al llegar a Andorra se desabrochó la guerrera y sacó una bandera tricolor que llevaba oculta en el pecho. Quizás fuese Lattre..." Una escena sospechosamente cinematográfica convendrá el lector, que obliga a consignarla entre interrogantes, como piadosamente indica Benet. De hecho, otras fuentes aseguran que el futuro mariscal -y jefe de las fuerzas francesas en Indochina- escapó a bordo de un avión de la RAF que lo recogió en la localidad de Manziat dans l'Ain...

Sea o no cierto -como el supuesto paso por Andorra de parte de la familia Rotshchild, que Alberto Poveda apunta en Paso clandestino, la historia de Lattre pone en evidencia la necesidad de poner algo de orden y de rigor académico en una materia tan apropiada para la mistificación. El mismo Benet se sorprende del escaso eco que ha despertado el caso de Baldrich, hasta el punto que ha tenido un historiador foráneo, el mismo Calvet, quien ha recogido el testimonio del último de nuestros pasadores para un documental: "Es un tema difícil, en el que no todos sus participantes jugaron limpio. Hay quien cree que es mejor dejarlo como está y no revolver el asunto. Pero precisamente por este mismo motivo, considero que hay que recordar y honrar a los muchos que sabemos que actuaron honorablemente. Entiendo que justo después de la guerra, cuando afluyeron a Andorra inmigrantes de muy diverso color político, evitar según qué temas evitaba incómodas confrontaciones. Pero ha pasado mucho tiempo y no debemos tener miedo a conocer nuestro pasado".

[Este reportaje se publicó en agosto de 2006 en la revista Informacions]

domingo, 29 de diciembre de 2013

El pasador discreto (y II)

[Segunda y última entrega sobre la peripecia de Albert Moles Damunt, capturado en septiembre de 1943 al frente de un grupo de diez aviadores aliados en la cima del Port Negre, y detenido en la prisión de la Seo de Urgel; las autoridades andorranas, incluida la Mitra, se movilizaron para conseguir su liberación: salió de la prisión el 5 de enero de 1944, previo pago de una multa gubernativa de 500 pesetas.]

Otra vez con los pasadores, sí, porque nunca nos cansaremos de volver a uno de los escasos capítulos del siglo XX en que Andorra jugó un papel de cierta relevancia. Y encima, del lado de los buenos. Lo haremos de nuevo con Albert Moles (Barcelona, 1923-Quillan, Arièja, Francia, 2007), el pasador discreto y el último -de momento, claro- en unirse a las filas de los Forné, Viadiu, Baldrich y compañía. Porque así se lo prometimos al lector, y nosotros cumplimos. Bueno, casi siempre... Empezaremos por el final, con la notificación de la libertad de nuestro hombre firmada el 5 de enero de 1944 por el inspector jefe del destacamento de la guardia civil en la Seo de Urgel: "El individuo Alberto Moles Demunt que se hallaba en esta prisión de mi cargo [...] en el día de la fecha ha sido puesto en libertad..." Concluía así un pequeño calvario -más burocrático que otra cosa, enseguida lo verán- que había comenzado con la captura de la partida que Moles conducía, un grupo de diez hombres que el 4 de septiembre de 1944 cayó en las zarpas de la guardia civil de fronteras a la altura del Port Negre, cuando iniciaban la última etapa del camino que les tenía que conducir al consulado británico en Barcelona: la libertad.

A sus diez compañeros de escapada -aviadores aliados, sostiene el historiador Josep Calvet, autor de la monografía canónica sobre la materia, Las montañas de la libertad, y que ha exhumado de los archivos del gobierno civil de Lérida el expediente de donde procede la información que hoy revelamos: la prosa burocrática los despacha lacónicamente como "súbditos extranjeros"- se les pierde enseguida la pista: el 9 de septiembre son transferidos a la prisión provincial de Lérida y es de suponer que acabarán como tantos de sus colegas en el campo de Miranda de Ebro, el peaje previo a la libertad que tenían que abonar los oficiales aliados capturados en España. Era malo; pero era todavía peor ser entregado a la Gestapo.

En fin, que de Moles podemos reconstruir el periplo carcelario, cuatro meses intensos en que veremos interceder por él y en dos ocasiones nada menos que al delegado de la Mitra [recuerde el lector que el obispo de Urgel era y es el copríncipe de Andorra: el jefe del Estado], al síndico Francesc Cairat y al cónsul de Andorra la Vella, Joaquim Marfany, así como un abundante intercambio de notas entre el director de la prisión, el inspector jefe de la comandancia de la guardia civil en la Seo, el gobernador civil de Lérida y -atención, que no está nada mal- la mismísima Dirección General de Seguridad de Franco, en Madrid. Porque hasta la capital española llegó el caso Moles.



Expediente de Moles exhumado por Calvet del archivo del Gobierno civil de Lérida: el 10 de septiembre de 1943 el inspector jefe de la Seo informa de la detención del grupo de Moles; el 6 de noviembre, el secretario de la Mitra se interesa en el caso: las autoridades andorranas certifican que es "persona de buena conducta", y nota manuscrita del director de la prisión de la Seo decretando la puesta en libertad del pasador andorrano, fechada el 5 de enero de 1944.

Calvet ha comprobado cómo Moless alió bastante bien librado: cuatro meses en prisión y una multa de 500 pesetas, que debía de ser una cantidad importante en la época, pero que hay que situar en su contexto: a Moles lo había contratado según consta en el expediente un tal Jaime, "residente también en las Escaldes", por 700 pesetas; y según el testimonio de Joaquín Baldrich, el consulado británico no escatimaba recursos y pagaba 3.000 por cada hombre que llegaba a Barcelona. Así que la broma le salió a Moles relativamente bien... si no hubiese sido, claro, por los cuatro meses a la sombra que se tiró. En cualquier caso, el destino de nuestro pasador de hoy ilustra el trato más o menos benévolo que las autoridades franquistas reservaban a los reos de "paso clandestino de fronteras" -éste era el delito del cual se acusaba a Moles y compañía- especialmente desde que el desembarco aliado en en el norte de África, a finales de 1942, comienza a quedar claro el resultado de la II Guerra Mundial. E ilustra también la movilización de las autoridades locales, que no dudaron en interceder una y otra vez, hasta salirse con la suya, a favor de un "súbdito andorrano".

Lo sabíamos por el caso de Eduard Molné, capturado en la célebre operación de la Gestapo en el hotel Palanques, en septiembre de 1943, y encerrado en la prisión de Saint Michel, en Tolosa. Pero ahora lo comprobaremos con los documentos en la mano. El 14 de septiembre -es decir, diez días después que los capturaran en el Port Negre- la Mitra toma la iniciativa y Fornesa solicita al gobernador civil que "se digne interesarse por Alberto Moles [...] con objeto de que pueda ser aclarada la situación del detenido y se le conceda la libertad si la naturaleza de los cargos lo permite". El 6 de noviembre vuelve a la carga, a instancias del síndico, según dice, y ya sin tantos miramientos le conmina a que "tan pronto como sea posible sea puesto en libertad". La última muestra de esta solidaridad activa la encontramos el 30 de marzo de 1944. Hace ya casi tres meses que está felizmente en libertad, pero Moles solicita que se le devuelva el pase especial de fronteras que los ciudadanos andorranos necesitaban para circular por España, pase que se le había confiscado al ser capturado. Alega en defensa propia que lo necesita "para ayudar a mis padres, pobres y ancianos, y ganar honradamente mi vida, al objecto de poder trabajar como ayudante de chófer en el comercio de D. Alejandro Lluelles e las Escaldas". El caso pasa a manos del inspector jefe de la Seo, que a estas alturas ya debía set casi un íntimo de Moles. El hombre se lo piensa, pero sin demasiada convicción, porque -dice- "el reseñado individuo se dedicaba con anterioridad al contrabando y paso clandestino de extranjeros", pero no le cuesta mucho dejarse convencer: "En la actualidad parece que es su propósito enmendar su forma de vida trabajando honradamente al servicio de Alejandro Lluelles".

Así que si el señor inspector no tiene nada en contra, el gobernador civil tampoco y el 15 de abril decreta que se le permita a Moles "la entrada y circulación por España al igual que al resto de los residentes en los Valles de Andorra". El expediente de Moles acaba aquí, y también su carrera como pasador, porque según su hermano Josep el episodio le hizo ver las orejas al lobo y no se atrevió a volver al peligroso negocio del paso clandestino de frontera. El intercambio epistolar entre inspector, gobernador y director general de seguridad da en cualquier caso la sensación de que a las autoridades franquistas Moles más bien les estorba, que se lo quieren sacar de encima y que se agarran a cualquier coartada más o menos verosímil para deshacerse de él y devolverlo a Andorra salvando la cara.

El 8 de octubre el gobernador civil había puesto a Moles "a disposición" de la Dirección General de Seguridad; quince días después, es el director general el que responde que "como en esta Dirección no tiene ningún antecedente y por tanto responsabilidad pendiente, quedará detenido a disposición de V. I. para imponerle la sanción mayor o menor según su importancia social y política". Una importancia que tiene medida exacta: 500 pesetas. Ésta es la multa que el gobernador le impone el 31 de diciembre, después de haber recibido informes andorranos que lo definen, por supuesto, "como persona de buena conducta, según antecedentes y opinión general"... aunque el inspector no lo acaba de ver claro y advierte de que "se puede afirmar sin ningún género de dudas que se dedica en la actualidad al contrabando". Pero la suerte de Moles está dictada: el 5 de enero de 1944 sale de la prisión. ¡Menudo regalo de Reyes!

[Este artículo se publicó el 9 de diciembre de 2013 en El Periòdic d'Andorra]