Incursiones relámpago, estilo Sturmtruppen, en episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y las dos postguerras, con ocasionales singladuras a alta mar, a ultramar y si conviene incluso más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

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jueves, 24 de julio de 2014

El ángel era él

Identificamos al Niño del Paraguas, el angelito retratado por Catalá-Roca en el Pesebre Viviente de Engordany de 1954, una de las obras maestras del fotógrafo que integran la antológica que le consagra la Pedrera hasta el 25 de septiembre.

Hace una semana planteábamos en las páginas de El Periòdic d'Andorra un enigma histórico-fotográfico: ¿quién era el Niño del Paraguas, el angelito del Pesebre Viviente de Engordany que Català-Roca retrató en 1954 y que hoy forma parte de la antológica del fotógrafo tarraconense que, bajo el lema -poco imaginativo, la verdad- de Català-Roca y hasta el 25 de septiembre Catalunya Caixa le consagra en la Pedrera? Pues enigma resuelto: el Niño del Paraguas es el hombre de aquí abajo, Antoni Sánchez (1951), hijo y vecino del mismo Engordany, a quien El Periòdic ha localizado gracias a la colaboración de los lectores. Recupera así el nombre el protagonista de una de las fotografías emblemáticas de Català-Roca, una imagen que desde mayo de 2010, y antes de recalar en Barcelona, se ha expuesto en Vigo y Valladolid junto a otras 200 fotografías del padre del fotoperiodismo español. Atención, porque estamos hablando de una selección que incluye auténticos iconos de la fotografía española del segundo tercio del siglo XX (y más allá), desde El piropo y las putillas del Barrio Chino barcelonés hasta la serie sobre los gitanos de Montjuic, el guardia urbano que posa orgulloso a lomos de su montura y frente a un pirulí con publicidad de papillas y La esquina, la estampa de un padre y un hijo en una Barcelona neblinosa y desolada que ilustra la portada de La sombra del viento, el superventas de Ruiz Zafón.

Fotografía original de la que salió la portada de la Revista de Actualidades, con Antoni Sánchez con su traje de angelito alado y armado con un paraguas de pastor. Cuenta Antoni que no recuerda que nadie le sacara este retrato, pero sí que identifica el escenario: los prados de Casa Sucarana de Engordany, hoy engullidos por edificios. Ignoró la existencia de la fotografía hasta 1987, cuando el Angelito -así la tituló el mismo Català-Roca- fue seleccionada para una retrospectiva que le dedicó el Spanish Institute de Nueva York. Hoy preside el salón familiar. Fotografía: Fondo Francesc Català-Roca / Colegio de Arquitectos de Cataluña.
Antoni, en la puerta del comercio familiar que regenta en Engordany, sostiene la fotografía de Català-Roca. El Archivo Nacional de Andorra conserva un ejemplar de la Revista de Actualidades de enero de 1955 con el reportaje del Pesebre Viviente, cuyo texto firma el periodista José María Carrascosa. Fotografía: Àlex Lara.

Foto de familia del Pesebre Viviente: Antoni es el pastorcillo con bastón, faja y barretina, de pie en la fila de abajo. La imagen no forma parte del legado de Català-Roca, pero también está fechada en 1954 -un día que a Antoni le tocó hacer de pastorcillo, y no de angelito. La tomó el desaparecido Jaume Puig, otro personaje hoy injustamente semiolviado. Los Sánchez tienen en ella un protagonismo destacadísimo; aparte de Antoni también aparecen los abuelos, Elvira, que ejercía de hilandera, y Joan, de mulero; de hecho, hasta la mula del Pesebre era de Casa Becaina. Falta Carles, uno de los hermanos de Antoni, que también formó parte de la cuadrilla de angelitos alados. En la fotografia también aparecen, entre otros, Elena Altimir, como Virgen María -la quinta de la fila de atrás- y el Panxut, que ejercía de pastor -el hombre con americana del fondo, en fila aparte. Fotografía: Casa Becaina. 

A diferencia de la mayoría de sus compañeras y de sus personajes hoy caídos en el anonimato, el Niño del Paraguas tiene nombre y apellidos. Y no es extraño que sean los de Antoni Sanchez, el menor de los cuatro hermanos de Casa Becaina de Engordany (Andorra), porque los Sánchez se enrolaron casi en pleno y desde el primer momento en el Pesebre Viviente, aventura escénica en que el polífgrafo Esteve Albert embarcó a todo el pueblo y que se convirtió, junto a la sintonía de Radio Andorra y la hoy denostada economía del bazar en uno de los símbolos de la Andorra de finales de los 50 y principios de los 60. Otro hermano, Carles, formaba también parte de la escuadrilla de angelitos alados de Albert, y un tercero, Albert, ejercia como contrabandista (de ficción, por supuesto). Todavía hay más: los mayores de Casa Becaina, los abuelos Joan y Elvira, ejercían de mulero y de hilandera, y la nuera, Pepita Prat, cuidaba del hogar y preparaba el vino hervido para calentar los ánimos de unos inviernos que todo el mundo recuerda durísimos.
Antoni tenía tres años cuando Català-Roca realizó su primer safari andorrano: eran las Navidades de 1954, la primera edición del Pesebre, y publicó un reportaje tituado Las cien figuras vivientes de Engordany, con texto del periodista José María Carrascosa, en el número de enero de 1955 de la Revista de Actualidades. Antoni mereció los honores de portada. Lo curioso es que el momento se le ha borrad del todo de la memoria: "No recuerdo que nadie me sacara ninguna fotografía. Si que identifico el lugar, justo en los prados de Casa Sucarana, hoy engullidos por los edificios, y me imagino que debió de ser después de la función, mientras esperábamos que nos recogieran". Eran, en su memoria infantil, sesiones maratonianas, que empezaban a media tarde y que se podían alargar hasta bien entrada la medianoche. Dos funciones semanales, los viernes y losa sábados, que se convirtieron en un atractivo turístico: subían hasta Engordany convoyes de autocares con cargamentos de turistas que eran alojados en unas gradas primero improvisadas pero que con los años acabaron incorporando incluso calefacción, aprovechando las aguas termales de la localidad. Participaban en el Pesebre un centenar de vecinos bajo las órdenes de Albert, "buen hombre pero a la hora de actuar, severo". Hay que decir en su honor que el de Engordany fue el primero de todos los Pesebres Vivientes que después fueron proliferando por la geografía catalana. Así que suyo es el mérito del pionero.

Niño suplente
El disfraz de angelito, recuerda Antoni, se lo habían cosido en casa -la cuñada era modista- con lo que quedaba de un vestido de comunión de los hermanos mayores. Las alas las fabricaban -y parece lógico, no dirán que no- las monjas de la Sagrada Familia, "ya había que devolverlas" (!). Y el paraguas con el que en la fotografía se protege de la lluvia es un paraguas de pastor, "porque en el Pesebre también había un rebaño de corderos que vigilaba el Panxut, todo un personaje en aquella época". Lo cierto es que Antoni ignoró la existencia de esta fotografía hasta 1987, cuando el Angelito -así es como la tituló el mismo Català-Roca- fue seleccionada para una magna exposición sobre su obra que le dedicó el Spanish Institute de Nueva York. Desde entonces preside el comedor familiar al lado de otras imágenes del Pesebre Viviente como la de aquí arriba: "Los niños que hacíamos de ángel éramos siete u ocho. Nos vestíamos y nos soltaban, si ensayar ni nada. A veces te tocaba acompañar a San José y a la Virgen; otras, a los Reyes Mahos... Y hay que añadir que es casualidad que me pillara vestido de ángel porque en el Pesebre hice de todo, desde pastorcillo hasta Niño Jesús. Como era tan pequeño, era el Niño suplente cuando no había disponible un bebé de verdad". Digamos también que en el reportaje de la Revista de Actualidades, y según Carrascosa, el papel estelar de Niño Jesús le tocó a Nico -no dice el apellido- "rubio como el trigo castellano, de dos años y medios y unos ojos tan grandes como he visto muy pocos".
Pero, ¿qué tiene el Niño del Paraguas para figurar entre las obras maestras de un maestro de la fotografía? Según el comisario de Català-Roca, Chema Conesa, la obra resume el ideario artístico del fotógrafo y encarna el toque Català, la captura del instante decisivo teorizado por Cartier Bresson que el tarraconense practicaba de manera intuitiva: "No hay en esta fotografía nada de artificioso; la naturalidad, la espontaneidad y por tanto la verdad es absoluta. Se limita a ser un testimonio mudo, sin participar ni intervenir en la escena. Así es como eleva un momento anodino a la categoría de obra de arte". El Niño del Paraguas encarna también otra de las virtudes que convierten a Català-Roca en un humanista con cámara: la empatía que transmite su objetivo, que se advierte en la mirada cándida y en la inocencia que emanan de Antoni, con su paraguas, sus alitas, su vestidito y sus zapatones. Una empatía que tenía truco, porque el fotógrafo disparaba con la cámara a la altura del estómago, lo que le confería a la escena un punto de vista que elevaba al personaje. Con estos antecedentes, en fin, quizás no sea del todo utópico pensar que esta estupenda exposición que es Català-Roca recale un día en Andorra. Y ya puestos, ¿y completarla con la treintena de imágenes de Català-Roca que constituyen la serie completa que dedicó al Pesebre Viviente? ¿Y con el resultado, parcialmente publicado por El Periòdic d'Andorra, de las dos otras visitas que Català-Roca giró por nuestro rincón de Pirineos, cámara en ristre, y que hoy se conservan en el Colegio de Arquitectos de Cataluña?

[Este artículo de publicó el 2 de agosto de 2011 en El Periòdic d'Andorra]  

martes, 20 de mayo de 2014

Ursula Simpson: de la Shangai de Ballard al Cairo de Rommel (o casi)

Nació en el Shangai de entreguerras que Ballard y Spielgberg retrataron en El imperio del sol. Vivió desde El Cairo, y con la angustia en el cuerpo, la derrota del Afrika Korps de Rommel. En los años 50 la crítica la considero la Françoise Sagan de la novela británica, y en 1957 se instaló -quién lo iba a decir- en Engordany. Fue un amor a primera vista. Pero Ursula Simpson, esta perfecta expatriada hija del Imperio, ha conocido las dos Andorras, y de la de hoy no sabe si se enamoraría.

Ursula Simpson, en los primeros años 30, en la época en que su familia residía en Shangai. Fotografía: Archivo Simpson. 
Adenmás de Shangai, Ursula Simpson ha vivido enEl Cairo, Londres, Christchurch, Buenos Aires, Glasgow y Engordany, adonde llegó en 1957 con su padre, el ingenierio Stanley Simpson. El chalet que levantaron nada más instalarse en el país -en la fotografía, el salón de la casa- es hoy el reducto de una Andorra periclitada, enclaustrado entre anodinos, más bien vulgares bloques de pisos. Fotografia: Máximus.

En la carretera de Engordany se levanta el chalet Simpson, una sorprendente construcción inspirada en la borda pirenaica y de una cierta apariencia marina. Lo erigió Stanley Simpson, el padre de Ursula, en 1957. Es una visión casi turbarbora, porque el chalet sobrevive hoy enclaustrado entre bloques de pisos de dudosa personalidad y la suya es una presencia cada vez más incongruente, claramente anacrónica y que parece -sabe mal decirlo- condenada a la extinción. El contraste ofrece una metáfora de ladrillo y piedra de las dos Andorras que ha conocido Ursula y, como ella, todos los andorranos de una cierta edad: el país de postal que atrajo como un imán a personalidades como el escultor Josep Viladomat, el compositor Josep Fontbernat, el lingüista Manel Anglada, el polígrafo Esteve Albert, el memorialista Lluís Capdevila o el ingeniero Simpson, y como si no cupiese término medio, el ultramoderno centro comercial y financiero en que se ha convertido medio siglo después, sin tiempo ni tampoco ganas de mirar al pasado reciente.

El chalet, en fin, es una caja de sorpresas, lleno a rebosar de los recuerdos de las vidas viajeras, marineras y aventureras de quienes la han morado en el último medio siglo: una escultura totémica de la Polinesia, la viga tallada de una mansión castellana del siglo XVI, una imagen budista, dibujos orientales a la tinta china... Desde que Stanley Simpson murió, en 1990 -y a los 100 años: ¡cómo son estos expatriados!- quien gestiona la memoria de esta nave varada en la confluencia de los dos Valiras es Ursula. Y lo hace, además, a través de sus novelas, porque biografía y bibliografía están en este caso estrechamente vinculadas. La suya fue una carrera literaria precoz y prometedora, hasta el punto de que a principios de los 50 la crítica la despachó como la François Sagan británica.

Una comparación fácil, basada en la juventud de las dos escritoras y en el hecho de que ambas compartían unos exóticos orígenes coloniales. Una etiqueta que, dice, encajó con más resignación que entusiasmo. El caso es que la bibliografía de Ursula arranca con The Sun Behind Me, recreación -y empieza el sarao- de su experiencia vital en el Cairo de la postguerra: "Quise reflejar el impacto que el advenimiento del nacionalista Nasser tuvo en una sociedad tan cosmopolita como lo era la egipcia del momento; una sociedad que hasta entonces había sido un ejemplo de convivencia y de multiculturalismo: en mi escuela estudiábamos niños de todas la religiones y de un montón de nacionalidades, y nos entendíamos bien. Con Nasser, todo esto se acabó: tenía la obsesión de expulsar a todos los que no fueran musulmanes, empezando por los judíos y terminando por los cristianos. La debí escribir a la vez con el corazón y con el estómago, porque incluso ganó un premio del Daily Mail a la mejor novela del mes..."

¿Valió la pena?
Ursula, que había empezado escribiendo relatos y reportajes para revistas literarias, se encontró de repente convertida en una escritora profesional, su sueño desde siempre. Y si con The Sun Behind Me causó sensación, la consagración le llegó con la segunda novela, The Vintage, en la que otra vez recurrió a su memoria personal para levantar un drama rural con todas las de la ley y con la vendimia de Beaujolais de fondo: "Era algo completamente diferente. Lo que pretendía era reflejar el alboroto que causaban los temporeros italianos que cada otoño aterrizaban en el Beaujolais, y que yo conocía bien había pasado allí algunos veranos". La fortuna le sonrió: la Metro compró los derechos para adaptar la novela al cine, en una película -hoy semiolvidada, todo hay que decirlo- que dirigió el entonces debutante Jeffrery Hayden -después prolífico director de teleseries más o menos míticas, desde Falcon Crest y Magnum hasta, ejem, El coche fantástico- con un reparto de primer nivel en que por primera y única vez actuaron juntas dos de las estrellas del cine de los años 50: Mel Ferrer y Michèle Morgan. Ursula se encargó de escribir ella misma el guión, y la cosa le debió gustar porque durante toda la década trabajó para el cine... contra la opinión de su editor de Collins: "No se cansaba de advertirme de que si me vendía al cine acabaría dilapidando el talento que pudiera tener. Y lo malo es que tenía razón, pero aquel trabajo me permitía ingresar unos buenos dineros".

Tras este éxito inicial, Ursula abandonó también precozmente su carrera literaria: no volvió a publicar ninguna otra novela, aunque tiene cuatro manuscritos en el cajón: "No he dejado jamás de escribir, pero soy incapaz de dar una novela por acabada. Esteve Albert siempre me decía que tenía que publicar, pero supongo que me falta confianza en mis posibilidades: hay tantos escritores, y tan buenos, que... ¿qué puedo aportar, yo?" Y se pone a repasar en voz alta la lista de sus escritores: Durrell, Virginia Woolf, las hermanas Bronte, Wilde y, oh, sorpresa, Jane Francesca Elgee... ¡la made de Oscar! Pero la pátina cinematográfica de Ursula no se termina aquí, porque el Shangai donde nació en 1930 es exactamente el que recrea J. C. Ballard, estricto coetáneo suyo y amigo de la familia, en El imperio del sol, que como el lector recordará Spielgberg llevó a la gran pantalla: "Era aquel un mundo de contrastes durísimos: al lado de una enorme miseria, de pobre gente que se moría literalmente de hambre, había una especie de euforia típicamente americana, con las fastuosas fiestas sociales de la colonia extranjera. En fin: a Jamie [Ballard] no le gustaba nada. Y a mí, tampoco. O sea que los sábados nos quedábamos en las habitaciones jugando. Era algo parecido a un acuerdo que habían tomado las familias, así nos evitábamos tener que participar en aquel paripé".

Por lo que Ursula no tuco que pasar, afortunadamente, fue por el campo de concentración adonde Ballard fue a caer tras la invasión japonesa. Los Simpson habían abandonado el Extremo Oriente en 1937, y se habían trasladado brevemente a Christchurch, la capital de la Isla Sur (Nueva Zelanda), de donde era originaria la familia paterna. Aquello fue un paréntesis que Ursula recuerda por el contraste con la vida de señores que habían llevado en Shangai: "Acostumbrada a estar permanentemente rodeada del servicio doméstico, poder espavilarme casi completamente sola, solo bajo la lejana vigilancia de una abuela con la manga muy ancha, representó para mí el descubrimiento de la libertad". El siguiente destino de Simpson padre -ingeniero al servicio de la petrolera Shell- fue El Cairo, donde los sorprendió el estallido de la II Guerra Mundial. Una época sorprendentemente plácida, tocada incluso de un halo romántico en el recuerdo de Ursula: "La guerra había llevado al Cairo a gentes de todas las nacionalidades, y cuando los soldados venían a recuperarse del servicio en el desierto, tan morenos... Por supuesto que a lo lejos, pero no tanto, oíamos de vez en cuando el sonido de los disparos, pero no recuerdo haber sentido miedo de una inminente ocupación alemana. De todas formas, los amigos egipcios de la familia lo habían preparado todo por si finalmente llegaba el día fatídico. El plan consistia en disfrazarnos de indígenas y huir a una propiedad que tenían en el delta del Nilo, donde viviríamos como si fuéramos egipcios mientras durara la ocupación. Como comprenderás, me moría de ganas de que llegara el momento de poder embarcarme en una aventuras al más puro estilo Durrell. Pero ese momento no llegó jamás."

En 1948 los Simpson abandonan la vida nómada y regresan a Londres, con Ursula decidida a convertirse en escritora. Y lo consiguió, a los 18 años y a instancias de su padre, el ingeniero: "Harto de oír cómo me quejaba, un día me cogió y me soltó el sermón: 'si es lo que de verdad quiere, coge unas cuartillas y lleváselas aquí'.Y me señalaba la delegación de una revista canadiense que entonces tenía mucho prestigio. Lo hice y eso fue mi salvación, porque allí intimé con escritores de verdad que me ayudaron a pulir el estilo". Hasta que en 1957, precisamente el año que se estrena The Vintage, Andorra se cruza en el camino de los Simpson: "Mi padre sufría de bronquitis, y el médico le recomendó vivir en un país elevado, porque los inviernos mediterráneos con húmedos y traicioneros. Teníamos Andorra en la lista, y aquel otoño vino para conocerlo personalmente. Enseguida le entusiasmó. El primer invierno alquilamos un piso, pero ya estaba decidido a adquirir una roca, como decía él, para construirse una casita". Así fue como aquel hombre excepcionalmente longevo y de gran sentido del humor -según los que lo recuerdan-, que había combatido en la I Guerra Mundial enrolado en la Royal Navy, y que se había pateado medio mundo por cuenta de la Shell recaló finalmente en Andorra: "Viladomat nos habló de una borda que estaba en los terrenos del Panxut, al lado de su taller. La compramos y él mismo hizo lo planes del chalet, que levantamos el año siguiente. Y hasta hoy."

Así que el año que viene [2007] se cumplirá medio siglo que los Simpson se instalaron en Engordany. Es cierto que Ursula abrió en los 60 una paréntesis de casi una década -su marido trabajaba como editor en Collins- y se trasladó a Glasgow hasta que en 1970, tras el fallecimiento repentino de su esposo, regresó esta vez definitivamente a Andorra. Engordany, en Escaldes, se convirtió en el centro de operaciones de una familia paradójicamente enamorada de la mar. La prueba es que Stanley matriculó la primera embarcación andorrana, el velero Pareora II, alma luminosa en lengua maorí: "Siempre había cultivado la afición por la vela, y antes incluso de la guerra había sido campeón de la Isla Sur. Y tenía una barca amarrada en el puerto de Tarragona con el que hacíamos largas travesías cuando llegaba el buen tiempo. Así que matriculó el Pareora II en Andorra: si los suizos, que tampoco tienen mar -que se sepa- son una potencia en deportes náuticos, ¿por qué no nosotros?" De esta afición marinera surgió una novela inédita, The Calms of January, ambientada en la Jávea del Desarrollismo, que los Simpson conocieron de primera mano porque se contaban entre los fundadores de su club náutico. Como también conocieron de primera mano las glorias y las miserias de la Argentina de Perón, donde la familia vivió en 1950 -siguiendo otra vez el periplo laboral del patriarca- y que Ursula plasmó en The Hills of Cordova, que también ha quedado inédita: "No me gustaba la buena sociedad de Buenos Aires, aquellas gentes tan estirada y orgullosa. Para ellos, las provincias del interior era un territorio primitivo, casi salvaje, que miraban de lejos y con condescendencia. Así que pensé que la provincia sería muy probablemente mi lugar, y apara allí me fui con mi madre. Acertamos de pleno, porque aquí nos reencontramos con la libertad".

Llega la hora del balance. A Ursula se le encienden los ojillos al evocar la Andorra preindustrial -o mejor, precomercial- que la hechizó: "Nos conocíamos todos, en cada casa tenías a un amigo, y existía una buena voluntad general, un espíritu que el tiempo ha ido arrinconando, así de simple. Éramos una comunidad minúscula, donde te interesabas por los problemas del vecino de una forma natural, sana y cálida. Hoy sólo se trata de hacer dinero. Es lo que único que cuenta. La Andorra que yo conocí ya no existe. Pienso que si llegara hoy a este país sin saber nada de él, de la misma manera que llegué en 1957, no me enamoraría de él como entonces. Definitivamente, no". Tras media vida aquí, la conclusión no deja de tener un regusto amargo, triste, algo desolador, y que invita finalmente a la reflexión: ¿ha valido la pena?

[Este artículo se publicó el 8 de febrero de 2006 en Informacions]