Incursiones relámpago, estilo Sturmtruppen, en episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y las dos postguerras, con ocasionales singladuras a alta mar, a ultramar y si conviene incluso más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

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domingo, 17 de mayo de 2015

Una de cátaros

El historiador Carles Gascón lo tiene claro: Andorra y los andorranos -o lo que fuésemos por entonces: estamos hablando de la primera mitad del siglo XIII, antes incluso de los Pareatges- tuvieron en el asunto cátaro un papel más bien marginal, y el hecho de que nuestro rincón de universo se convirtiera durante una década larga, pongamos que entre 1235 y 1240, en una especie de refugio para los Hombres Buenos es antes fruto de una imposición condal -del conde de Foix, se entiende- que de una repentina conversión en masa de nuestros tatarabuelos a la herejía occitana. De hecho, y según Gascón, autor de Càtars al Pirineu català (Salòria), los andorranos del segundo tercio del siglo XIII se vieron casi literalmente entre la espada y la pared. O mejor dicho, entre la espada y el crucifijo.

Monumento a Arnaldeta de Caboet, pubilla de les Valls d'Andorra, que puso por su matrimonio con el vizconde Arnau de Castellbó las tierras de Andorra en la órbita de Foix y, por lo tanto, del catarismo. Una aproximación que un siglo después sancionarían los Pareatges de 1278 y 1288. La pieza, obra del tallista y grabador Sergi Mas, se encuentra en el Prat Gran de Escaldes. Fotografía: Máximus.

Por una parte, el poder efectivo que el conde de Foix detentaba sobre el territorio andorrano -y nunca mejor dicho, porque faltaba todavía medio siglo para los Pareatges, y el de Foix podía tener muchas pretensiones, pero ninguna jurisdicción sobre él- le permitía embarcarse en aventuras tan descaradas como erigir en la Bastida de Ponts -justo frente a la Farga de Moles, donde hoy se encuentra la frontera hispanoandorrana- una especie de fortaleza con el objetivo de proteger a los fugitivos de la escabechina de Castellbó, el reducto o, más bien, la avanzadilla cátara en el obispado de Urgel. Fortificación que fundamenta uno de los agravios que el obispo Ponç de Vilamur repasa en el Memorial de danys donats per lo comte de Foyx a l'iglesia d'Urgell, documento redactado en 1239, exhumado por Cebrià Baraut y que constituye la primera (y última) referencia explícita a las peligrosas relaciones cátaras de Andorra.

Del otro lado se encontraba el obispo de Urgel, legítimo señor feudal de estos parajes y que pese a encontrarse en horas bajas -y las que vendrían- podía hacer la puñeta, y mucho, a los pastores andorranos: "Conde y obispo tenían la llave de paso para los rebaños trashumantes que constituían la base de la economía andorrana del momento. Se imponía por lo tanto actuar con tacto extremo. Abrazar la causa cátara de forma activa les podría haber granjeado a los andorranos -de hecho, les habría granjeado- la inquina episcopal. Y consecuencias tan terrenales como que les impidieran el paso a los pastos del sur."

Un precio que no se podían permitir. Así que se dedicaron a lo que mejor sabían: hacer el andorrano. Dice Gascón que el país servirá durante estos años de "puente" para los cátaros catalanes que huyen hacia el norte de Italia, y poco más. No se imagina la existencia de "casas" cátaras que actuaran como foco activo de la herejía del estilo de las que en esos mismos años sí funcionaban en Castelló. El caso es que la huella cátara por aquí arriba es más bien escasa. Por no decir inexistente al margen de los cuatro pedruscos de la Bastida de Ponts que han sobrevivido hasta nosotros. En cambio, sí que hay noticia -sucinta, pero no nos vamos a poner ahora tiquis miquis- de paisanos más o menos comprometidos con la herejía. Para empezar, cita Gascón a un tal Joan "de la Vall d'Andorra", así se le designa, de quien el obispo de Tarragona sospecha que se ha pasado al bando de Foix: en 1237 lo reclama por prófugo -al mismo conde de Foix: iluso que era el obispo- y se le pierde inmediatamente la pista. Igualmente de puntillas pasan por esta historia otros posibles paisanos y correligionarios suyos: un tal Ramon Boer, "hereticus, qui fuit de Andorra", es denunciado en 1274 y de nuevo en 1278 por dos cátaros capturados por la Inquisición de Tolosa.

Parece, dice Gascón, que el buen Ramon abandonó Andorra hacia 1250. En cualquier caso, en 1264 lo reencontramos establecido en la Campania y acompañando al diácono de Cataluña, hecho que podría sugerir, especula, que Andorra se convirtiera en algún momento en refugio de la jerarquía cátara catalana. Pero de nuevo carecemos de toda evidencia documental al respecto. Telegráfica es también la noticia sobre un Michael Andorrà que entre 1234 y 1239 asiste regularmente a las prédicas heréticas en Montsegur. Por lo menos tuvo el buen tino de desaparecer para cuando el sitio de la plaza, en 1244. Pero desconocemos si los apelativos -"de la Vall d'Andorra", "qui fuit d'Andorra", "Andorra"- se debían al lugar de origen de los interesados o los habían heredado de sus padres. O simplemente, que Andorra fue su última parada antes del exilio.

Lo más sorprendente de todo es que la penetración del catarismo en las tierras de lo que hoy es el Alto Urgel, sobre todo en Castellbó, fue una maniobra del vizconde Arnau, puro cálculo político para cohesionar a los suyos antes sus rivales: el obispo y el conde de la Cerdaña. Una forma de atizar las diferencias y de fomentar -no sé si les suena- una identidad supuestamente propia. Esto explicaría el auge del catarismo en una zona que queda, advierte Gascón, en la periferia de las rutas de entrada de la herejía en Cataluña, que seguían los caminos que comunicaban las grandes ciudades occitanas -Tolosa y Foix- con Lérida, a través del Valle de Arán y la Cerdaña. Lo que hoy es el Alto Urgel quedaba definitivamente a trasmano de todo este barullo herético. Una lumbrera, Arnau, a la altura -ya lo ven- de ciertos políticos actuales que juegan a revolver el avispero identitario, no por nada, solo por ver si pillan cacho. Lo peor de todo es que la jugada le salió medio bien: los Pareatges reconocieron una singularidad que ha perdurado hasta hoy. Lástima -para él- que no fuera la de Castellbó, sino la de Andorra.

¿Exageramos unos y otros, en fin, el papel del catarismo en la historia medieval pirenaica, movidos quizás por el gancho de la hecatombe gloriosa de Montsegur y el indudable atractivo que tienen los perdedores, especialmente si les da por perder con épica y más todavía si cultivan con cariño un lado ocultista? Gascón se decanta por un punto intermedio entre esta historiografía cautiva por el gesto wagneriano de Montsegur y la que en épocas algo más reculadas simplemente ninguneó el papel de la herejía cátara. Lo cierto, insiste, es que fue lo suficientemente peligrosa -o por lo menos así lo percibió la jerarquía católica- como para que en Cataluña se instaurase la Inquisición. Dos siglos antes, por cierto, que en Castilla. Y recordemos que la Inquisición sobrevivió hasta la Constitución de Cádiz. La de 1812

[Este artículo se publicó el 14 de mayo de 2015 en el diario Bon Dia Andorra]

lunes, 10 de febrero de 2014

Cuando vivíamos en castillos

El yacimiento de La Margineda, en Santa Coloma (Andorra), conserva la mayor fortaleza medieval jamás excavada en la vertiente sur de los Pirineos; los arqueólogos sitúan el momento de esplendor a mediados del siglo XIII; los muros llegaban hasta los cinco metros de altura y los seis de grosor.

Retrocedamos 800 años, hasta 1190. El conde de Urgel acaba de ceder la fortaleza de Sant Vicenç d'Enclar al vizconde de Castellbò y, según un documento citado por el historiador Roland Viader- le ha dado permiso para levantar nuevas defensas "en la parte baja del monte Enclar". Es decir, en La Margineda. Esta es por lo visto la primera y única referencia documental del castillo que desde hace dos temporadas la propiedad de la finca, Casa Molines, excava en Santa Coloma (Andorra). Un yacimiento que emerge a escasos cien metros de la carretera general y donde se han localizado los vestigios de lo que -según el arqueólogo catalán Ivan Salcedo, director de las excavaciones- constituye la mayor fortaleza medieval exhumada en la vertiente sur de los Pirineos.

La excavación del yacimiento de la Roureda de la Margineda, en Santa Coloma (Andorra), se inició en 2007. Hasta el momento se ha excavado el llamado recinto soberano, el corazón de la casa fuerte, que se extiende por una superficie de unos 1.500 metros cuadrados. Fotografía: Tony Lara / El Periòdic d'Andorra.
El recinto soberano desde el exterior: los muros podían llegar hasta los cinco metros d altura, y en determinados puntos, hasta los seis de grosor. El recinto soberano, el corazón del castillo, constaba de edificio residencial de dos plantas y, posiblemente, una tercera rematada con una terraza defensiva; en la planta baja se concentraban las dependencias funcionales -cocina, fresquera, forja y despensa-, más el patio de armas y una pequeña capilla de planta absidial. Ilustración: Molines Patrimonis.
 La fortificación del recinto empezó hacia 1190, mientras que con la firma de los Pareatges de 1288 decae el uso militar y el castillo retorna a sus primitivos usos agrícolas. Los muros se utilizaron como cantera y se adosaron nuevas casas al recinto. La peste negra de 1348 comporta el abandono del asentamiento. Ilustración: Molines Patrimonis.

El castillo sigue la estructura habitual de las casas fuertes catalanas de la época: edificio residencial de dos plantas y posiblemente una tercera rematada con una terraza defensiva. En los bajos se concentraban las dependencias funcionales -cocina con lar, fresquera, forja y despensa- más un patio de armas y hasta una pequeña capilla de planta absidial. En el primer piso residía la familia del castlá -el señor del castillo por cuenta del vizconde de Castellbò- más los sirvientes y una pequeña guarnición de hombres de armas.

Pero lo más espectacular e insólito del yacimiento es el perímetro amurallado que rodeaba el recinto llamado soberano que constituía el corazón del castillo: una faja de piedra que podía llegar en algunos tramos hasta los seis metros de grosor -la altura no se ha podido determinar: una lástima. Una estructura defensiva condicionada por la topografía, ya que la fortificación se levantaba sobre un  pedregal que impedía la excavación de fosos, y al estar ubicada en un terreno en pendiente, había que proteger especialmente el flanco expuesto a un hipotético ataque desde una posición superior. Es en este tramo donde se levantaron los muros ciclópeos que la distinguen respecto a otras casas fuertes hermanas excavadas en yacimientos catalanes como el castillo de Mataplana, en Barcelona. Como éstas, tampoco la de La Margineda luce torre del homenaje, aunque sí bastiones y baluartes que denotan unos depurados conocimientos de arquitectura militar en el maestro que diseñó la fortaleza. El recinto soberano, que es el único que se ha excavado, se extiende por una superficie de unos 1.500 metros cuadrados, pero las prospecciones en la zona exterior han permitido deducir la existencia de una muralla que protegía el llamado recinto jussà y que completaba el perímetro defensivo. Sumados ambos, el yacimiento se va hasta los 4.000 metros cuadrados.

La vida útil de castillo fue sin embargo efímera: según los Pareatge de 1288, el obispo de Urgel y el conde de Foix acuerdan no erigir en lo sucesivo edificaciones defensivas en los Valles de Andorra e inutilizar las entonces existentes. Decae a partir de entonces la función militar que había tenido la fortaleza y comienza una nueva etapa que se prolongara hasta 1350, y que está  marcada por el retorno a los usos agrícolas que había tenido el primitivo asentamiento de la Margineda. Se conserva el edificio residencial, pero las murallas se arrasan y se aprovecha la piedra para levantar nuevos edificios. Hasta que a mediados del siglo XIV se abandona definitivamente el asentamiento.Se pierde entonces su rastro hasta el siglo XIX, cuando se rellena con tierra y se reutilizan como bancales las estructuras supervivientes. Es en este contexto en el que hay que situar la leyenda de la bruja que es arrastrada por una yunta de bueyes hasta La Margineda. Según Pere Canturri, que realizó las primeras prospecciones en la zona en los años 50, los mayores del lugar contaban que por el camino que había seguido la bruja en cuestión no crecía ni una brizna de hierba. Pues bien: parece que estos puntos yermos podrían coincidir con los cimientos de los muros.

La utilización militar del yacimiento data del siglo XII, pero el primer asentamiento humano se remonta según Salvadó al siglo XI. De esta época se han excavado los restos de una pequeña construcción y se han recuperado tres piedras procedentes de prensas primitivas. Y poca cosa más se sabe. En la tercera campaña arqueológica se excavarán los pavimentos de losa y piedra así como los nivelamientos del recinto soberano. Según Montserrat Cardelús, consejera delegada de Molines Patrimonis, faltará una cuarta campaña para que el castillo sea visitable, objetivo último de las excavaciones. Así que habrá que esperar por lo menos hasta 2010.

[Este artículo se publicó el 3 de julio de 2009 en El Periòdic d'Andorra]


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¿Víctimas de la peste negra?
Los arqueólogos que excavan el yacimiento de La Margineda plantean la hipótesis de que el castillo fuera abandonado a causa de la pandemia que liquidó a un tercio de la población europea en el siglo XIV; hasta tres decenas de hombres residían en la fortaleza en los años de esplendor

Las noticias sobre la previsible mortalidad que la llamada gripe nueva provocará en invierno son cada día que pasa más inquietantes. Quizás no servirá de gran consuelo, pero hace 700 años, a mediados de siglo XIV, otra pandemia arrasó Europa: la peste negra o, glups, bubónica, cuyo sólo nombre ya da algo de miedo. Se calcula que liquidó entre un cuarto y un tercio de la población europea de la época. Incluida la andorrana.

Hasta aquí, nada que no se supiese. La novedad es que la peste negra fue probablemente la causa del abandono del castillo de La Margineda, que se produjo precisamente a mediados del mismo siglo XIV. Esta es la hipótesis con la que trabaja el arqueólogo catalán Ivan Salvadó, que dirige desde hace tres temporadas las excavaciones de la fortaleza. Una hipótesis todavía no sustentada documentalmente, pero que considera plausible. La cronología coincide y -dice Salvadó- "es relativamente habitual toparse con yacimientos de esta época que de repente son abandonados sin una causa aparente; y esta causa acostumbra a ser la peste negra". Sólo así se explica la evacuación de un recinto que había estado ininterrumpidamente habitado por lo menos desde el siglo XI, protegido por murallas que medían hasta cinco metros de alto y seis de grosor, rodeado de campos de cultivo y erigido en un promontorio privilegiado, al pie de Sant Vicenç d'Enclar y dominando todo el valle.

Las últimas huellas humanas en el yacimiento las fecha Salvadó entre 1325 y 1350. Y la peste negra llega a la ciudad italiana de Mesina a bordo de un barco genovés procedente del Mar Negro en septiembre de 1347. Si la cronología y la hipótesis son correctas, la evacuación del castillo de La Margineda fue fulminante. El hombre no volvió a instalarse en el lugar hasta el siglo XIX, cuando lo que quedaba de las murallas ciclópeas se rellenó de tierra y se aprovechó para construir bancales. Pero con estos antecedentes todavía sorprende menos la leyenda de la bruja que rodea el yacimiento. Aunque lo cierto es que cuando la peste arrasó o simplemente vació por precaución el asentamiento de La Margineda ya había pasado el momento de esplendor de la fortaleza, que el arqueólogo sitúa entre 1190, cuando el conde de Urgel autoriza a Arnau, vizconde de Castellbò, a erigir un castillo "en la parte baja del monte Enclar", y la firma del segundo Pareatge, en 1288.

Es en este período cuando se levanta el recinto amurallado: un conjunto de cerca de 4.500 metros cuadrados de superficie que tenía su centro neurálgico en la casa fortificada ahora exhumada, que constaba de dos o tres plantas, más patio de armas y una pequeña capilla. Hoy quedan los cimientos y poco más. La levantaron los mismos vasallos del vizconde bajo la supervisión de un maestro de obra que -aventura Salvadó- tenía sólidos conocimientos de arquitectura militar, "por la forma como sabe defender las puertas, el punto más vulnerable de un castillo de estas características, de manea que un hipotético enemigo que penetrara en el recinto quedara siempre expuesto al contraataque de los defensores desde un posición elevada". Calcula que tardaron entre tres y cinco años en levantar el conjunto. Un caso especialmente singular porque en toda Andorra sólo se tiene constancia de otros tres castillo: el de Bragafolls, en Aixovall, del que tan sólo se conserva un lienzo del muro; el de San Vicenç d'Enclar, estrechamente relacionado con el de La Margineda, y el de las Bons, en Encamp- y sobre todo porque conserva la estructura original de una fortaleza del siglo XII, sin añadidos ni modificaciones posteriores.

Efecto psicológico
Salvadó aventura que en los años dorados, cuando ejercía como centro estratégico para el control de los valles de Andorra, residían en la casa fortificada el castlá con su familia, los sirvientes y una pequeña guarnición de hombres de armas. En total, entre 20 y 30 almas. Los soldados, probablemente en dependencias adosadas a las murallas del recinto soberano, el corazón del castillo y la única parte que hasta ahora se ha excavado: "Pero no debemos imaginarnos ni grandes ejércitos ni soldados uniformados; probablemente eran hombres a sueldo, algo así a los guardaespaldas de hoy". Tampoco podemos esperar ni operaciones de sitio ni grandes batallas: "Como mucho, algún golpe de mano con nobles rivales en los años previos a los Pareatge". Lo cual no significa que las murallas del castillo fueran un lujo inútil y absurdo: "Hay que pensar que los campesinos de la época, que mantenían al clero y a la nobleza, vivían en casas que eran poco más que chozas; para ellos, una casa fortificada como esta, con sus pisos y sus murallas, debía de parecerles un edifico imponente, probablemente el más grande que nunca vieron". El castillo constituía, además, el simbolo del poder, la sede de la justicia y el lugar donde estaba la mazmorra en que se encerraba a los reclacitrantes: "Hoy lo vemos con nuestros ojos de turistas, pero en la Edad Media un castillo tenía un efecto psicológico y disuasorio importantísimo para mantener el orden feudal. Y la gente del pueblo lo debía ver con una mezcla de admiración, temor y reverencia".

[Este artículo se publicó el 20 de julio de 2009 en El Periòdic d'Andorra]