Incursiones relámpago, estilo Sturmtruppen, en episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y las dos postguerras, con ocasionales singladuras a alta mar, a ultramar y si conviene incluso más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

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viernes, 5 de junio de 2015

Vivir y morir en los años de la peste

Los historiadores Valentí Gual y Jordi Buyreu avanzan las primeras conclusiones del estudio sobre la demografía andorrana entre los siglos XVI y XIX; el país calca los patrones y tendencias de las comarcas y valles vecinos excepto en un aspecto: la peste y otras enfermedades epidémicas tardaban una media de dos años en cruzar el cordón sanitario que las autoridades locales establecían en las puertas del país para evitar el contagio. Unas medidas de eficacia limitada, porque la peste terminaba imponiéndose, y con efectos igual de devastadores que en casa del vecino.

"Vui a catorse de juliol de mil sis cents y vuit, aresta lo concell que de esta hora en avant se tinga guardes a Soldeu y també a Llorts". Guardias de ocho días en las que se iban a suceder, por lo que respecta a la zona de Soldeu, un tal Pallarés de Encamp, un Vidal de Prats y un Areny, también de Encamp, mientras que por el lado de Llorts el muerto les toca a un Giberga de la Aldosa, a un Babot de Ordino y a un tal Jovany de quien no consta vecindad. Parece que se ha declarado una epidemia de peste en la Arieja, y el Consell toma las medidas profilácticas habituales en estos casos: sellar la frontera e impedir el paso de los forasteros "encara que portant certificatorias". Lo cuenta en documento número 1.165 del Archivo Nacional.

El cordón sanitario se relajará esta vez muy pronto -"Aresta que de avuy endevant no.s tinga sino una guarda a Llorts y altra a Soldeu y Pradaderodo, y asò per lo morbo, en pena del quot de la terra", decreta el Consell tres semanas después- pero constituye la prueba documental de una de las particularidades de la historia demográfica de nuestro rincón de Pirineos: el cierre más o menos hermético de las fronteras retrasaba la llegada de las grandes epidemias de peste que hasta el siglo XVIII castigaron Europa Occidental de forma recurrente. Y aunque la alarma de julio de 1608 solo se prolongó por espacio de dos meses, "lo morbo" tardaba una media de dos años en cruzar la frontera.

El problema era previsible: mantener un retén de guardia era caro. Cuando la vigilancia se relajaba, cosa que acababa pasando, la peste aprovechaba para colarse. Y lo hacía, de esto no cabe la menor duda, y enseguida lo comprobaremos. Pero este retraso es precisamente uno de los fenómenos mas interesantes -y diferenciales- que ha constatado el historiador tarraconense Valentí Gual, y una de las conclusiones del Estudi demogràfic de l'Andorra moderna -es decir, entre 1563, cuando el Concilio de Trento instituye la obligatoriedad de los libros de bautismos, matrimonios y defunciones, y 1838, fecha del primer censo moderno, obra de fra Tomàs Junoy- que todavía tardará un curso en completar.

Pero hablábamos de la peste negra. Y no nos engañemos: la Humanidad no ha tenido enemigo más letal ni peligroso. Ni el Sida, ni el Ebola, insiste Gual: sostienen los epidemiólogos que la peste ha sido la única enfermedad que hubiera podido liquidar a la especie humana. La buena noticia es que la última aparición estelar del bacilo en Europa se remonta a 1725, en la zona de Marsella, y que nunca más ha rebrotado con la virulencia y morbilidad de siglos anteriores. Pero subsiste en determinadas zonas de África y de Asia. En fin, nada mejor que una ducha de datos para comprender el alcance de la amenaza que representaba la peste: en 1590 se registraron en Encamp 13 defunciones, cuatro veces la cifra anual ordinaria. ¿Culpable? La peste. Un siglo más tarde es la capital, Andorra a Vella, la que sufre el devastador azote de la epidemia: de una media de 25 óbitos anuales, en 1694 pasa a 76. De nuevo, la peste, que hace de las suyas. Son los que Gual denomina, de forma gráfica, "años de mortalidad catastrófica".

Vivir hasta los 60
Será, en fin, la retirada de la peste uno de los grandes argumentos que explican la explosión demográfica del siglo XIX, con un descenso acusado de la mortalidad y el mantenimiento de altísimas tasas de natalidad. Pero esta es otra historia. Volvamos atrás: sostiene Gual que la demografía andorrana de los siglos XVI, XVII y XVIII se mueve en los parámetros habituales de las regiones vecinas. Es decir, una natalidad elevada, entre el 35 y el 45 por mil -para hacernos una idea, en Europa Occidental hoy no supera el 10 por mil- con una mortalidad que rozaba el 25 por mil -hoy, el 3,5 por mil- pero que escalaba hasta un dramático 450 por mil en el caso de niños y jóvenes -hoy oscila entre el 20 y el 25 por mil. Esta última variante, la mortalidad infantil, es la principal diferencia entre la demografía moderna y la contemporánea, concluye.

Aventura el historiador, basándose en unas primeras proyecciones a partir del número de bautismos registrados en el siglo XVIII, que la población de Andorra oscilaba entre los 4.000 y los 5.000 habitantes; que Sant Julià de Lòria y Andorra la Vella concentraban la mitad de la población total, y que las parroquias altas -la Massana, Ordino, Encamp y Canillo- mostraban una clara tendencia a la endogamia que se traduce, dice, en el sistema de patronímicos y alias que se repiten una generación tras otra. En este punto, Gual y su colaborador, el también historiador Jordi Buyreu, tienen entre manos un proyecto tan fascinante como monumental: reconstruir a partir de los libros sacramentales ni más ni menos que la genealogía de las familias que vivieron por aquí arriba durante este período: "Es el único país de Europa donde algo así es posible", advierte. Y calcula que entre 1563 y 1838 les saldrán entre 70.000 y 80.000 personas: curiosamente, la población de Andorra en la actualidad.

Más cifras: según los casos estudiados -de momento, una parte ínfima del total- los hombres se casaban a los 24 o 25 años; las mujeres, un poco antes, a los 21 o 22. Y tenían entre 8 y 10 hijos por pareja: tres, cuatro, incluso cinco de ellos no llegaban a la edad adulta: "Eran familias prolíficas, es evidente, pero no numerosas". Con estos devastadores índices de mortalidad infantil, no es extraño que la esperanza de vida no superara los 30 años. Pero es una cifra engañosa: pasada la primera infancia, pongamos que los 5 años y de largo la etapa más vulnerable, nuestros tatarabuelos podían razonablemente esperar vivir hasta los 60 años; hasta los 70 con algo de suerte. "Nos falta comprobar si existen diferencias substanciales entre hombres y mujeres a la hora de morir -en Cataluña se han obtenido resultados contradictorios- y también entre parroquias, y en el caso de que las haya, proponer una interpretación", dice Gual.

También les interesa la estacionalidad. Es decir, la época del año en que se concentraban las defunciones: de momento, se ha confirmado que los picos de mortalidad infantil se registraban en verano, mientras que en los adultos se repartían durante todo el año... excepto en caso de peste, que por lo visto tenía especial predilección por la primavera y el verano. ¿Y de qué moríamos, por aquí, hace tres, cuatro siglos? Los registros callan, en este punto; los libros de óbitos se limitan a decir en la inmensa mayoría de los casos que el difunto ha fallecido de muerte "natural", y solo en caso de muerte accidental o violenta el párroco de turno se digna a registrar las causas. Porque sí: había en Andorra muertes violentas. Entre tres y cuatro por década, a finales del XVII, dice Gual. Pero todo esto es solo el entrante. Para que vayamos salivando. Gual y Buyreu han descubierto una mina. En unos meses, más.

[Este artículo se publicó el 3 de junio de 2015 en el diario Bon Dia Andorra]

martes, 24 de junio de 2014

La Margineda: los 'Pareatges' en piedra

La ubicación del castillo de Enclar en el yacimiento de la Roureda de la Margineda aporta luz sobre los orígenes del coseñorío de Andorra.

Pocos yacimientos andorranos, por no decir ninguno, se han mostrado tan generosos como el de la Roureda de la Margineda: desde que Casa Molines, propietaria de la finca, inició las prospecciones arqueológicas, en 2007, no ha habido campaña que no haya deparado suculentas aportaciones a la arqueología y la historia de este rincón nuestro de Pirineo. En enero pasado, el servicio de Patrimonio presentaba la reconstrucción de dos recipientes de la Edad del Bronce, pongamos que entre 2200 y 1600 aC, a partir de los más de 700 fragmentos cerámicos recuperados en el yacimiento: la última campaña de excavaciones, en el verano pasado [2011] permitió identificar los restos de una rudimentaria cabaña fechada también en la Edad del Bronce, cuando por lo visto ocurrieron muchas cosas y muy interesantes por aquí arriba: ni más ni menos que el primer habitáculo construido por la mano del hombre que se ha excavado en Andorra, hace cuatro milenios; y en 2011, Casa Molines restauraba una docena de piezas de hierro y bronce fechadas entre los siglos XI y XIV, entre los cuales se encuentran sendas puntas de lanza y flecha, una funda de espada, un juego de llaves e incluso unas tijeras.
Pero la estrella del yacimiento son sin duda los restos de la mayor fortaleza medieval jamás excavada en la vertiente sur de los Pirineos: un recinto que se extendía sobre una superficie de 1.500 metros cuadrados, protegido por murallas que podían alcanzar los cinco metros de altura  los seis de grosor, y con una casa fuerte -residencia del castellano- que en los momentos de máximo esplendor probablemente se levantó dos o tres plantas. Un conjunto, en fin, que estuvo habitado ininterrumpidamente desde el siglo XI hasta mediados del siglo XIV, originalmente bautizado con el nombre de Sonplosa pero que las últimas hipótesis historiográficas parecen indicar que se corresponde con el hasta ahora desaparecido castillo de Sant Vicenç d'Enclar. Las cosas transcurrieron más o menos así: la relectura de los tres únicos documentos que han llegado hasta nosotros y que mencionan la existencia del castillo de Enclar -el acta de consagración de la iglesia de Sant Feliu de Ciutat (952), la donación del castillo de Enclar a Arnau de Castellbó (1190) y el Segundo Pareatge, que obligaba al conde de Foix a demoler el castillo (1288)- permite aventurar como hipótesis "sólida y plausible" que la fortaleza de Sant Vicenç  se levantaba en el paraje de la Roureda de la Margineda, el emplazamiento de la excavación, y no en la roca de Enclar, donde hasta ahora se la había buscado (infructuosamente).

Más campañas a la vista
Lo dice Albert Villaró, el novelista, aquí en su doble faceta de historiador y director del Área de Investigación histórica de Andorra la Vella -que tiene un departamento con este flamante nombre, menuda suerte- que insiste en que se trata tan solo y por el momento de esto, de una "hipótesis" pendiente de confirmación. ¿Y cómo se podría confirmar que el recinto defensivo que Arnau de Castellbó permite en el documento de 1190 levantar en la "arrel" -"raíz", así lo dice, literalmente- de la montaña es efectivamente el castillo de Enclar? "Difícilmente aparecerá nueva documentación que lo corrobore", advierte Villaró: "Las esperanzas las hemos depositado en las próximas campañas de excavaciones. Pero somos optimistas porque es un yacimiento abierto, que todavía deparará muchas sorpresas, y el registro arqueológico admite perectamente la hipótesis que hemos planteado". Un registro que incluye la parafernalia guerrera de aquí arriba -puntas de flecha, lanza y balesta, fundas de espada, y más- que podría haber pertenecido sin alejarnos mucho de la verosimilitud histórica a la guarnición del castillo, a las órdenes del castellano, el representante del conde de Foix, y que ejercía en nombre de éste funciones jurisdiccionales: sobre todo, impartir justicia y recaudar impuestos. Dos funciones francamente impopulares, por cierto.
La pregunta, en fin, es: ¿qué transcedencia tendría que se confirmara esta prometedora conjetura, que el yacimiento de la Margineda esconde los restos del castillo de Enclar? Para Villaró, equivaldría a la "materialización" del Segundo Pareatge, es decir, del acta de nacimiento del coseñorío por el que el conde Foix y el obispo de Urgel se repartían la soberanía sobre los valles de Andorra. En resumen, y por decirlo de una vez: la peculiarísima forma política que constituye la esencia del entramado político institucional del país. Significaría, concluye, "la concreción en piedra de un concepto tan etéreo como es el coseñorío: en la Margineda podremos comprobar cómo se materializó físicamente el Pareatge: con la demolición del castillo, tal como ordena el documento".
Hay que decir que nos estamos refiriendo en todo momento al Segundo Pareatge, el de 1288. La ocupación del recinto, en adelante dedicado a usos agrícolas, se prolongó todavía un siglo, y sus últimos habitantes lo abandonaron probablemente a causa de la peste negra. Villaró no lo ve claro -"No tenemos ninguna prueba que lo demuestre", alega- pero no deja de ser otra hipótesis también plausible, que quizás un dia confirme el registro arqueológico y que explicaría por ejemplo las prisas del último inquilino del castillo, que se largó tan raudo que ni se acordó de llevarse con él las llaves.

[Este artículo se publicó el 19 de marzo de 2012 en El Periòdic d'Andorra]

Las torres del castillo, a examen
Una nueva campaña de excavaciones confirmará (o no) si se trata de estructuras defensivas, como se ha sostenido hasta ahora, o de simples y humildes habitáculos.

Que la Margineda es una mica lo sabíamos desde que en 2007 Casa Molines encargó un primera campaña para exhumar los restos de lo que se creía que iban a ser los restos de unos humildes corrales, y ante la sorpresa de todos lo que emergió fueron los restos de la mayor fortaleza medieval jamás excavada$ en la vertiente sur de los Pirineos: seguro que lo recuerdan, porque hemos hablado aquí mismo en todo esto en ocasiones precedentes: 1.500 metros cuadrados en los que se reparten las dependencias de lo que las últimas hipótesis apuntan que era el (hasta ahora) desaparecido castillo de Sant Vicenç d'Enclar: patio de armas, cocina, talleres y almacén.
Esto, solo en la planta baja, que es lo que ha llegado hasta nosotros en un relativo buen estado de conservación. Fatan los dos pisos superiores, que naturalmente hay que dejar a la imaginación porque no han dejado registro arqueológico. Y todo esto, planta baja y las dos plantas superiores, protegido en su día por lienzos de muralla que en algunas secciones podían levantarse hasta los cinco metros de altura. Lo han podido visitar este mismo verano, el segundo en que el yacimiento abre al público. Ahora les llega el turno a los arqueólogos: el servicio de Patrimonio del gobierno de Andorra acometerá una campaña centrada en dos puntos muy concretos del yacimiento: por un lado, se excavaran los tramos de calle que comunicaban unas habitaciones con las otras; por el otro, también se excavaran los restos de lo que se supone que eran las torres defensivas del complejo. Y decimos bien: se supone, porque uno de los objetivos de la campaña consiste en determinar la funcionalidad de estas estructuras. 
Los arqueólogos tienen, por lo tanto, dudas razonables sobre este extremo -y no deja de ser sorprendente después de casi un lustro publicitando el yacimiento como "la mayor fortaleza medieval jamás excavada en el lado sur del Pirineo"- pero conviene de dejarse llevar por el desánimo y el pesimismo. Una fortaleza sin torres defensivas es sin duda algo mucho menos imponente  se aleja irremisiblemente de lo que la generación Exin Castillos puede tener en mente cuando evoca una fortaleza medieval. Quizás por este motivo el arqueólogo que dirigirá la excavación, Álex idal, se mosraba ayer prudente y evitaba especular sobre los resultados de la campaña: "Hasta que no excavemos no podremos decir nada con un mínimo de certeza".
Esta misma certeza esperan obtenerla excavando las calles del recinto fortificado: se trata, dice, de retirar los escombros de los tramos que todavía no se han exhumado con la esperanza de que debajo aparezcan los restos del pavimento original y que se pueda confirmar que se trata efectivamente de calles o pasadizos, y no de habitáculos no identificados. La campaña no tiene todavía calendario definitivo, aunque de este otoño no pasa. Y tampoco será la última en el yacimiento, augura Vidal, Difícil predecir si serán tres, cinco o diez campañas más, pero lo que llevará más tiempo y más esfuerzos es la conservación y restauración de las estructuras excavadas. No se trata, que quede claro, de reconstruir ninguna de las dependencias, ni tan solo de un lienzo de la muralla -pues que lástima...- sino de asegurar la parte superior de las estructuras excavadas, que al haber quedado a la intemperie y sometidas a la acción de los elementos se degradan con pasmosa celeridad: "Aseguraremos la última línea de los muros para que no se desmorone el coronamiento, pero no los elevaremos".

Un tesoro oculto
Pero decíamos al comienzo que la Margineda es una mina. Con o sin torres defensivas -pero crucemos los dedos para que sean unas estupendas, ciclópeas, invulnerables torres. Así que una mina. ¿Exgaremos? Las campañas previas han ido regalando un tesoro tras otro: se trata, no lo olvidemos, de un yacimiento inicialmente ocupado en la Edad del Bronce, pongamos que hacia el 2200 aC, y que en su última fase, la medieval, fue habitado ininterrumpidamente entre los siglos XI y mediados del XIV.
Por eso han aparecido desde una pequeña multitud de fragmentos cerámicos hasta los restos del primer habitáculos construido por la mano del hombre que se ha conservado en territorio andorrano, una rudimentaria cabaña fechada hacia el 2200 aC, otra vez, así como dos centenares de piezas correspondientes al último período de ocupación del yacimiento entre los que destacan unas llaves y unas tijeras, una hebilla y un anillo de bronce, y -atención- abundante panoplia militar: una punta de lanza de unos 25 centímetros , otra punta de flecha de tan solo seis centímetros, una funda de espada y por ahí.
Todo este material, convenientemente restaurado, se presentó en sociedad a principios del 2011 y con el compromiso de la entonces ministra de Cultura, Susanna Vela, de organizar una exposición. Tres años después y un cambio de ejecutivo mediante, todo esto se ha guardado en el cajón de las buenas intenciones y os tesoros de la Margineda continúan ocultos en el depósito de Patrimonio. Quizás si los tuviésemos que ir a buscar a algún remoto museo norteamericano -y va por Les aysannes d'Andorre, el dibujo de Picasso- tendrían más posibilidades de pasar de las palabras a los hechos.

[Este artículo se publicó el 12 de septiembre de 2013 en El Periòdic d'Andorra]

domingo, 26 de enero de 2014

De Andorra al infierno

Roser Porta y Jorge Cebrián siguen en Andorrans als camps de concentració nazis el periplo de los trece ciudadanos del Principado que terminaron en el sistema concentracionario; seis de ellos no regresaron jamás.

Cuando el 19 de enero de 1944 Josep Franch (Prats de Canillo, Andorra, 1903) ingresó con el número de registro 40.525 en el campo de concentración de Buchenwald y lo asignaron al barracón 52 tuvo que llevarse una sorpresa mayúscula: entre los internos que malvivían en aquel "establo para caballos" -como define el barracón el hijo de unos d los deportados- se encontró a cinco paisanos, cosa que tiene mérito porque a mediados de los años 40 Andorra apenas sobrepasaba los 6.000 habitantes: Bonaventura Casal, Francesc Mora, Bonaventura Bonfill, Càndid Rossell y Pere Mandicó. Sólo los tres últimos escaparon de las zarpas del sistema concentracionario nazi. Ni Franch ni Mora ni Casal volvieron jamás a Andorra. Casal (Santa Coloma, Andorra, 1911) experimentó al menos el consuelo de asistir a la liberación del campo por los aliados, el 11 de abril de 1945. Pero después de dos años largos de confinamiento -fue detenido el 28 de marzo de 1943, e ingresó en Buchenwald en enero del año siguiente- su organismo dijo basta y murió en junio de 1945... libre y en el hospital. Un destino que sufrieron muchos de sus compañeros de cautiverio. Un fin más penoso todavía tuvo Mora (Sispony, Andorra, 1912): lo enrolaron en las mortíferas caravanas de la muerte que organizaron los alemanes en los estertores de la guerra, en plena retirada: "No pudo seguir el ritmo, las SS le pegaron un tiro y lo abandonaron en un rincón. Muerto", cuenta su hermano Amadeu. Según los registros del campo, Franch murió el 17 de junio de 1944, exactamente a las 5.30 horas de la madrugada a consecuencia, supuestamente, de una infección pulmonar y reglamentariamente acompañado por un médico. Una rara y muy sospechosa precisión burocrática que enmascara las torturas que le propinaron sus carceleros y que llevó a Franch a la tumba, según la Resistencia comunicó a la familia.

Bonaventura Casal (Santa Coloma, 1911) fue uno de los seis ciudadanos andorranos que coincidieron en el campo de Buchenwald; los otros cinco fueron Josep Franch (Prats de Canillo, 1903), Francesc Mora (Sispony, 1912), Bonaventura Bonfill, Càndid Rossell y Pere Mandicó. Ni Franch, que ingresó en el campo el 19 de enero de 1944, ni los dos últimos sobrevivieron a la guerra. Fotografía: Andorrans als camps nazis.

Éstas son seis de las trece historias recogidas por los periodistas Roser Porta (la Seo de Urgel, 1971) y Jorge Cebrián (Gijón, 1977) en Andorrans als camps de concentració nazis, libro reportaje editado por el ministerio de Exteriores del gobierno de Andorra, que parte de sendas investigaciones periodísticas que los autores emprendieron por separado en El Periòdic d'Andorra -donde Porta publicó a principios de 2007 una serie de cuatro reportajes sobre el asunto que nos ocupa- y en Andorra Televisíó (ATV), para la que Cebrián dirigió en junio de 2007 el documental Lluitant per la vida. La confluencia temática, el padrinazgo intelectual de la ministra Meritxell Mateu y una exhaustiva labor de documentación que los ha llevado a sumergirse en los archivos nacionales de París y Washington, en el de la veguería francesa depositado en los archivos departamentales de Nantes, en el del Memorial de la Shoah y en el de Buchenwald, entre otros, ha cristalizado en una obra que sigue el rastro y reconstruye el periplo vital -y en ocasiones la muerte, como hemos visto- de los trece ciudadanos andorranos que acabaron en los campos nazis. A los seis infortunados que en enero de 1944 se encontraron compartiendo barracón en Buchewald hay que añadir para completar la lista los nombres de Francesc Vidal (la Margineda, Andorra, 1919), Josep Calvó (1913), Miquel Adellach (Llorts, Andorra, 1908), Anton Vidal (Prats de Canillo, 1900) y Antoni Puigdellívol (la Seo de Urgel, 1917). Todos ellos fueron clasificados como presos políticos: algunos, como Franch, cayeron efectivamente por colaborar con la Resistencia; otros, como Puigdellívol, por colaborar con las redes de pasadores que ayudaban a cruzar los Pirineos a judíos, franceses refractarios al Servicio de Trabajo Obligatorio y a pilotos aliados abatidos sobre la Europa ocupada. Y hubo casos de auténtica mala suerte, como el de Mora, que venía de Tolosa en tren y tenía que bajara en l'Hospitalet, el último pueblo antes de la frontera andorrana, pero se durmió y fue capturado por la Gestapo en Latour de Querol.


Postal remitida por Bonaventura Cazal a su familia, residente en Besiers, fechada en Buchenwald el 3 de febrero de 1842. En el remite se pueden leer los datos de Cazal: su número de interno, el 40.493, y el bloque al que estaba destinado, el 52. Fotografía: Familia Casal / Andorrans als camps de concentració nazis.


El libro del año
Como advierten los autores, la lista no está cerrada y es posible que en el futuro aparezca el rastro y los nombres de otros andorranos que han quedado enterrados entre las montañas de papel que generó la burocracia concentracionario. Franch, Casal y Mora no fueron, con todo, las únicas víctimas mortales de los nazis: Vidal murió el 29 de marzo de 1945 en Mauthausen, oficialmente a causa de una enfermedad del intestino grueso. A saber que cómo murió realmente; Pons pereció en el campo de Melk en noviembre de 1944, y de Vidal y Calvó se desconoce su final: sólo se sabe que no regresaron de Alemania.

Pero Andorrans als camps de concentració nazis no es una lectura fascinante sólo porque rescata del olvido un episodio dramático. No. La exhumación de documentos inéditos en archivos de Europa y América -excepto los archivos de la veguería episcopal, en la Seo de Urgel, incomprensiblemente inaccesibles a investigadores como Porta y Cebrián- ha permitido a los autores profundizar en el papel de Andorra en uno de los capítulos más apasionantes de la historia del siglo XX: la II Guerra Mundial. En el libro aparecen las redes de pasadores con sede en el país, con los Forné, Baldrich, Ros y compañía, y también el dosier -no muy complaciente- que los servicios secretos norteamericanos consagraron a Viadiu; las tirantes relaciones entre el síndico Cairat y el veguer francés, Lasmartres, y el dudoso papel del segundo, que no dudó en entregar a la Gestapo a refugiados en nuestro rincón de Pirineos. Hay un esclarecedor apartado dedicado a las peligrosas amistades alemanas de Trémoulet, el factótum de Radio Andorra, y también se documentan las represalias francesas contra colaboracionistas en tierra andorrana, una vez terminada la contienda. Hay épica, drama y también lírica -ésta última, en las cartas personales de los deportados a las familias que habían dejado atrás. Lo tiene todo. Porta y Cebrián han escrito el libro de año. Sin duda.

La unión los hizo más fuertes
El origen de Andorrans als camps de concentració nazis hay que buscarlo en Españoles deportados en los campos nazis, donde el historiador Benito Bermejo documenta el paso por el sistema concentracionario de Adellach y de Mandicó, además del de Vidal, el único andorrano que Montserrat Roig había consignado en Els catalans als camps nazis, el título fundacional en la materia. Porta y Cebrián estiraron del hilo, cada uno por su cuenta, en sendos reportajes periodístico, y el curso pasado unieron sus fuerzas para elaborar Andorrans als camps de concentració nazis. Por lo que respecta a los autores, Porta -filóloga de formación- ha consagrado dos monografías a Mercè Rodoreda; Cebrián, por su parte, ha dirigido los documentales Lluitant per la vida y Pena capital.

Roser Porta y Jorgé Cebrián, autores de Andorrans als camps de concentració nazis, en la presentación del libro en marzo de 2009. Fotografía: Tony Lara / El Periòdic d'Andorra.


De Prats de Canillo a Mauthausen
Hasta el año 2007, Anton Vidal Felipo era el único ciudadano andorrano que oficialmente había pisado un campo de concentración durante la II Guerra Mundial. Vidal, como acabamos de ver, figuraba en la lista de deportados que Montserrat Roig había consignado en Els catalans als camps nazis, libro canónico. Aquel año, el Archivo Nacional de Andorra ingresó Españoles deportados a los campos nazis, tocho en que el historiador Benito Bermejo -el mismo que desenmascaró a Enric Marco, el falso deportado que llegó a presidir la Amical de Mauthausen de Barcelona- añadía a esta lista los nombres de Miquel Adellach y Pere Mandicó. La consiguiente nota de prensa que la archivera Susana Vela y el historiador Pere Cavero facilitaron a los medios de comunicación despertó el instinto periodístico de Roser Porta y de Jorge Cebrián, que elaboraron sendos reportajes para El Periòdic d'Andorra y ATV siguiendo el rastro que los deportados andorranos dejaron en archivos e Francia, Alemania, Austria y los EEUU.

La entonces ministra de Investigación, Meritxell Mateu, los contactó para profundizar en aquella inicial pesquisa periodística, responder a la pregunta que la atormentaba -¿por qué ciudadanos de un país neutral como Andorra terminaron en manos de los nazis?- y convertirla en el exhaustivo ensayo que ahora ve la luz: un título denso y a la vez accesible, que combina el rigor de un estudio histórico con la amenidad de un libro destinado al público interesado en la materia pero no especializado, que huye tanto de la idealización que lastra Entre el torb i la Gestapo como del sensacionalismo que destilaban los reportajes que Eliseo Bayo publicó a finales de los años 70 en la revista Reporter. Además de lo que promete el título -es decir, la vida y en algunos casos la muerte de los trece andorranos en los campos nazis- Porta y Cebrián aportan luz sobre un puñado de episodios mal documentados de la historia reciente de Andorra (y cercanías): señaladamente, las incursiones alemanas durante la II Guerra Mundial y el secuestro de refugiados judíos en territorio andorrano, la ocupación relámpago de Radio Andorra perpetrada por la España franquista, y el indigno, infame papel que jugó en todo este asunto el veguer francés de la época, Émile Lasmartres.

[Este artículo se publicó el 16 de marzo de 2009 en El Periòdic d'Andorra]