Incursiones relámpago, estilo Sturmtruppen, en episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y las dos postguerras, con ocasionales singladuras a alta mar, a ultramar y si conviene incluso más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

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viernes, 27 de febrero de 2015

1943: el lado oculto de la sentencia

Los milagros existen. Y si no, que se lo digan al conservador de los fondos fotográfico del Archivo Nacional de Andorra, Isidre Escorihuela, y a su directora, Susanna Vela, que seis meses atrás se quedaron estupefactos cuando el historiador Climent Miró se presentó en las dependencias con su último descubrimiento: tres instantáneas inéditas de la fatídica jornada del 18 de octubre de 1943. Seguro que lo recuerdan porque lo hemos contado aquí mismo en otras ocasiones: la lectura de la sentencia de muerte de Pere Areny Aleix, autor confeso del parricidio de su medio hermano, Antoni, la madrugada del 31 de julio de ese mismo año en el dormitorio que compartían en el domicilio familiar de Casa Gastó, en el lugar de Ransol (Canillo). Areny fue pasado por las armsas a mediodía del 18 de octubre, previa lectura pública de la sentencia en plaza Benlloch de Andorra la Vella, en un episodio convertido en espectáculo y del que hasta la fecha conocíamos tan solo gracias a la muy divulgada y canónica fotografía de Valentí Claverol, tomada desde el edificio del Comú, y a los dos minutos de película rodados por Bonaventura Rebés desde el balcón de la casa familiar en la misma plaza. Hasta ahora, insistimos: las tres imágenes exhumadas por Miró mientras revisaba fondos fotográficos para L'Abans: la Seu d'Urgell -monumental ejercicio de memoria gráfica de la que un día les hablaremos- forman parte de la colección particular de Manuel Pomares (la Seo, 1924-2014) que su nieta, Anna Solans, ha depositado en el Archivo Comarcal del Alto Urgel. Tres fotografías de autor vamos a decir que desconocido y de las que Solans ha cedido copia digital al Archivo Nacional de Andorra. Un tesoro documental que complementa la visión que hasta ahora teníamos de este trágico y decisivo capítulo de nuestra historia reciente, porque Areny fue el último reo condenado a muerte y ejecutado en este rincón de los Pirineos.


18 de octubre de 1943: el reo, Pere Areny Aleix, es conducido desde la prisión, ubicada en  la Casa de la Vall, hasta la plaza Benlloch de Andorra la Vella, donde se ha concentrado una pequeña multitud -que parece más numerosa en la fotografía de Claverol- para asistir a la lectura pública de la sentencia, que lo condenará a muerte. Las fotografías de Pomares están tomadas desde el lateral de la misma plaza, frente al Comú, probablemente desde el primer piso de Casa Cintet. Claverol era el único fotógrafo autorizado por el Consell General para documentar el episodio, por eso las imágenes de Pomares, que por otra parte era un fotógrafo aficionado, son de peor calidad, poco nítidas e incluso "sucias" : no dejan de ser imágenes robadas. Fotografía: Colección Pomares / Archivo Comarcal del Alto Urgel / Archivo Nacional de Andorra.

La fotografía canónica de Claverol, autor de las únicas imágenes de la lectura pública de la sentencia conocidas hasta la fecha. Claverol disparó desde el Comú de Andorra la Vella; Pomares, dese el segundo piso de Casa Cintet, que no aparece (por poco) en la fotografia de Claverol. En cambio, quien sí que sale con toda claridad es Bonaventura Rebés, que rodó dos impresionantes minutos de película: es el hombre trs la cámara a la derecha del balcón que preside la escena. Fotografia: Fundación Valentí Claverol / Todos los derechos reservados.

La más borrosa y probablemente la más impresionante de la fotografías aparecidas en el archivo de Pomares: tras la lectura de la sentencia y cuando ya conoce el veredicto, Pere Areny es conducido en comitiva hasta el patíbulo, situado al lado del cementerio de Andorra la Vella, a unos 500 metros escasos de este lugar. Aquí todavía está en la plaza, escoltado por un agente de policía y por mossèn Lluís Pujol, arcipreste de los Valles de Andorra, que le auxiliará en este último trance.  Fotografía: Colección Pomares / Archivo Comarcal del Alto Urgel / Archivo Nacional de Andorra.

Las fotografías de Pomares están tomadas desde el lateral de la plaza Benlloch que queda frente al Comú -el ayuntamiento de Andorra la Vella. Es decir, desde el ángulo inverso al de Claverol, que -lástima- no aparece en las fotografías de Pomares. Seguramente, por poco. Opina Escorihuela que nuestro hombre -hablamos ahora de Pomares, no de Claverol- debía encontrarse en el segundo piso de Casa Molines o, más probablemente, de Casa Cintet. Iconográficamente no aportan, advierte, novedad alguna al material hasta ahora conocido. Pero revelan una perspectiva absolutamente inédita del episodio: Calverol, que era el único fotógrafo autorizado por el Consell General para documentar la escena, tomó la versión oficial que ha permanecido hasta hoy en la memoria colectiva.

Por eso vemos de frente a consellers, batlles y veguers, así como al resto de las autoridades que presiden el espectáculo. Nuestro fotógrafo va por libre, moviéndose como un reportero en tierra hostil, dispara a escondidas y por eso el resultado recuerda -en opinión de nuevo de Escorihuela y salvando todas las distancias- la fotografía "sucia" de los corresponsales de guerra de la época. Especialmente, arguye, la impresionante instantánea tomada a pie de calle, claramente robada y con el reo escoltado por un agente de policía y por mossèn Lluís Pujol, arcipreste de los Valles de Andorra, que lo atenderá en sus últimos momentos. Porque no olvidemos que este hombre a quien el mismo tribunal ha descrito en la sentencia como un individuo de mentalidad "bastante simple" y por quien no tendrá clemencia se dirige con la cabeza gacha, humilde y resignadamente al patíbulo, un poste de madera levantado al efecto en la Roureda de Moles, al lado del cementerio de Andorra la Vella, donde lo atarán, le vendarán los ojos y lo fusilarán.

La perspectiva de Pomares ayuda a hacerse una composición de lugar y una idea cabal de la escena: la plaza Benlloch no parece tan abarrotada como en las fotografías de Claverol, y asistimos, con mucha mayor nitidez que en la película de Rebés, al trágico, patético paseíllo que le obligaron a recorrer al reo desde la cárcel, un habitáculo entonces en la Casa de la Vall, hasta el centro de la plaza donde tendrá lugar la lectura de la sentencia. Pomares nos muestra también cómo el círculo de espectadores que asiste al espectáculo va cerrándose a su paso, cómo escucha el veredicto y cómo se lo llevan a pie, maniatado y escoltado, camino del patíbulo.

Estas tres fotografías son la prueba, en fin, de que todavía es posible que aparezcan documentos históricos inéditos, de que en este ámbito no está todo dicho, aunque lo parezca. En este caso, los negativos de material plástico y del formato estándar en la época, 6 por 7 centímetros- forman parte de la colección de Pomares, contable de profesión y fotógrafo aficionado durante toda su vida, que se interesó sobre todo en las escenas, fiestas y celebraciones familiares. Un archivo que depositó en manos de la nieta con el encargo de no divulgarlo hasta su fallecimiento. Quizás era consciente de la transcendencia histórica del documento, algo que se les escapó a Solans pero que Miró supo detectar a tiempo. Por lo que respecta a la autoría, el mismo Miró especula con que fuese Pomares el autor de la serie; su nieta, en cambio, descarta la hipótesis y se decanta por alguno de los amigos de juventud del abuelo, que lo acompañaron hasta Andorra para asistir a un episodio que sin duda dio mucho que hablar en la comarca. El enigma está servido y esta historia parece que no se termina nunca. Estén atentos, porque habrá más.

[Este artículo se publicó, con alguna modificación, en el diario Bon Dia Andorra el 13 de febrero de 2015]

miércoles, 27 de agosto de 2014

El Mirador: vida y leyenda de un hotel

El hotel Mirador es un pozo sin fondo, una mina de anécdotas donde realidad y ficción se dan la mano para construir un relato con toques de épica, lírica y también de drama. Pero la inconfundible silueta del hotel, con su balconada de ladrillo visto y dudosísimo gusto,  ya no rivaliza con la vecina Casa de la Vall. Las màquinas han arrasado el solar donde se levantará la nueva sede del Consell General y se han cargado el escenario de medio siglo de historias y de alguna leyenda, desde que Alexandre Amigó abrió las puertas del primer Mirador, en 1934, hasta que Gerard Sasplugas las cerró, en 1987.

A lo largo de los años y por diversas sendas confluyen en el Mirador refugiados de la Guerra Civil, maquis, espías, agentes de la Gestapo, colaboracionistas, resistentes, pasadores, contrabandistas, conspiradores antifranquistas, literatos de leyenda e incluso un nazi clandestino que terminó como portero del hotel. Tambien la llamada colonia de los russos, los parranos que venían de Lérida, las sucesivas oleadas de turistas y una marabunta de nobres propios, desde Samuel Pereña, alma mater del Mirador, hasta los hermanos Joan y Antoni Sasplugas, que tomaron el relevo, el maestro Florit, el cocinero Martínez, el notario Doret, la señora Carmen, a la que los años convirtieron en una institución del lugar, o el misterioso personaje conocido simplemente como Monsieur. A todos ellos los evocan Ramona Marsinyach, Pilar Buesa, Pilar Triquell y el mismo Gerard Sasplugas, todos ellos estrechamente vinculados al hotel.

El jardín del Mirador en los días de esplendor: al fondo, las escaleras, elemento característico del hotel  y un escenario clásico para inmortalizar en fotografías; a la derecha, la galería de ladrillo visto que colgaba sobre el valle central de Andorra la Vella, con unas altísimas columnas también de ladrillo que le conferían un aspecto de barraca improvisada y a medio acabar. Fotografía: Escudo de Oro.

El Mirador cerró definitivamente las puertas en 1987; enseguida se convirtió en refugio de las bandas de chavales del barrio, y el proceso de degradación fue imparable; los últimos arrendatarios intentaron sin éxito una rehabilitación integral del establecimiento, pero el tiempo del Mirador ya había pasado. Finalmente, el Consell General adquirió el solar para levantar la nueva sede del parlamento. La demolición se llevó a cabo en 2002. En las imágenes superiores se aprecian algunos de los elementos característico del hotel como las escaleras del jardín y los balcones del pabellón de habitaciones, a la derecha. Fotografía: Tony Lara / El Periòdic d'Andorra. 
El nuevo Consell General, a la izquierda, se levanta en el solar que hasta 2002 ocupaba el hotel Mirador, en la calle de la Vall de Andorra la Vella. El parlamento se inauguró oficialmente el 11 de marzo de 2011, y sustituye a la vecina Casa de la Vall, al fondo de la imagen, un caserón erigido en el siglo XVI adquirido en 1702 por el Consell de la Terra -antecedente del actual Consell General. Fotografía: Máximus.

Buesa nació en 1935 en can Tonet del Carbonell, en el número 20 de la calle de la Vall. Es decir, frente al Mirador. Ella es la niña que sostiene las llaves de Casa de la Vall en una célebre fotografía de Claverol. La terraza de su casa, en fin, se alza casi encima del solar que hasta el 30 de septiembre [de 2002] ocupaba el complejo del Mirador. Buesa ha sido testigo privilegiado de la historia del hotel y de la progresiva degradación del edificio desde su poco glorioso final, en 1987, cuando se convirtió en refugio improvisado de los chavales del barrio. Suyos -de Buesa, vamos- son los recuerdos más antiguos de esta historia. Imágenes en sepia de los primeros años 40, cuando el hotel acogía una abigarrada humanidad integrada básicamente por refugiados catalanes, gendarmes franceses y agentes nazis. Es el ambiente que recoge Entre el torb i la Gestapo, donde Francesc Viadiu retrató la red de pasadores que tenía en el hotel uno de sus centros de operaciones: "Todo el mundo iba a lo suyo. Era una relación correcta pero distante. Los huéspedes se saludaban pero nada más. Recuerdo que de vez en cuando aparecía por el hotel un militar que parecía un oficial y que departía con los agentes alemanes destacados en el país. Los refugiados, en cambio, solo estaban de paso. Incluso tuvimos algunos en casa, hijos de amigos de mi abuelo, que había sido director de escuela en Mollerussa. Una de las mayores satisfacciones que tuvo mi padre fue cuando uno de aquellos chicos que se había hospedado en casa camino de Francia, volvió años después, ya casado con una chica francesa, para agradecerle personalmente el trato recibido".
A Buesa se le ilumina el rostro al recordar los multitudinarios bailes de Carnaval que organizaba Samuel Pereña, abogado leridano que sucedió a Alexandre Amigó al frente del establecimiento y al que considera el alma de los años dorados del Mirador. Como Buesa, también Marsinyach conserva un recuerdo entrañable de Pereña, que confirió al hotel el característico toque familiar que lo distinguió a lo largo de los años: "Pereña tenía las puertas abiertas para todo el mundo. En ocasiones se habían llegado a hospedar en el Mirador una treintena de parientes suyos, que él acogía generosamente. Y al final, con toda su hombría de bien, fue a morir solo en una residencia de ancianos de Figueras". Marsinyach (Vilasana, Lérida, 1927), llegó al Mirador en 1945: "Vine a parar aquí porque una tía mía trabajaba en el hotel como encargada. Y con la intención de quedarme una sola temporada. En fin, no me he vuelto a mover de aquí. Cuando en casa me dijeron que era hora de volver a casa, les dije que no. Venía de un pueblo pequeño y sin expectativas, mientras que aquí lo pasábamos bien y me ganaba la vida". En el Mirador sirvió hasta que se casó, en 1950. Entre los personajes que cada noche se reunían en el bar del hotel a jugar a la botifarra recuerda al doctor Vilanova -hoy con una calle vecina a su nombre- y a Bartumeu Rebés, el señor de la también vecina casa Rebés, a los que habitualmente se añadía Ramon Villeró, que ayudaba a Pereña en las tareas de administración: "En verano se organizaban bailes en los jardines, el señor Pereña hacía venir a orquestas de Orgañá o sacaba la gramola al jardín, y venía gente de todas las parroquias. Antes de la renovación del hotel [que Jan Sasplugas acometió en la segunda mitad de los años 50] se organizaban unas timbas de póquer muy concurridas, y eran célebres las comilonas y las fiestas animadas por grupos de parranos, que es como llamábamos a los gitanos blancos que venían de Lérida".

Un nazi en el Mirador
En 1952 se jubila Pereña y lo suceden al frente del Mirador Joan Sasplugas y Magda Triquell, que se habían incorporado al personal tras su llegada al país, en 1940 y que mediada la década se habían establecido por s cuenta en el restaurante Metropol. Pilar Triquell (Castelldans, Lérida, 1941) vivió los inicios de esta segunda época. A partir de 1955 acostumbraba a pasar los veranos en el Mirador ayudando a sus tíos: "Para mí, aquella experiencia fue como asistir a un curso de andorranidad: por el Mirador pasaba todo el mundo, desde los consejeros que iban a tomar el aperitivo o a comer tras una sesión del Consell General, hasta los habituales de las partidas de botifarra. En el bar del Mirador es donde por primera vez oí hablar del contrabando. Andorra era entonces minúscula, un pueblecito de nada, pero con la mentalidad muy abierta: a los que veníamos de fuera, como yo misma, nos trataban estupendamente, diría que incluso mejor que en nuestros lugares de origen". Entre los trabajadores con que coincidió, Triquell recuerda al maître, Pau, "siempre vestido de oscuro". Las camareras, seis o siete en verano, vestían uniformes impecables, con sus bordados y la cofia para los días señalados. En la cocina mandaba Martínez, el chef, una institución que estuvo al frente de los fogones del Mirador durante casi tres décadas: "Cuando me casé no había cocinado en mi vida", cuenta Triquell. "Me espabilé recordando cómo lo hacía Martínez". A este singular personaje, siempre con un puro en la boca, lo retrató el maestro Florit en una recreación del Moulin Rouge que colgaba sobre la barra del bar, y que al cerrar el Mirador Gerard Sasplugas se llevó a su nuevo establecimiento. Otro personaje que dejó huella en la memoria de Triquell es Carme, "una auténtica mula que no descansaba jamás y que hacía de todo: hasta que vinieron las lavadoras era ella quien se encargaba de lavar a mano toda la colada del hotel, en un lavadero cubierto que había en el jardín; y cuando terminaba, todavía le quedaban ánimos para subir a ayudar a la cocina".
Pero quizás el personaje más fascinante, por oscuro, de toda esta historia sea el Monsieur, "hombre educadísimo, que hablaba cuatro o cinco idiomas y que lo mismo te lo encontrabas ejerciendo de mozo que de maître. Después de su muerte nos enteramos de que había sido el secretario de un jerarca del partido nazi belga", evoca Gerard Sasplugas (Andorra la Vella, 1948), que tenía cuatro años cuando sus padres se hicieron cargo el Mirador. Él lo regentó desde que en 1974 cogió el relevo de su hermano, Jordi, y fue el encargado de bajar el telón, en 1987: "Cuando hoy paso por delante de lo que había sido el Mirador me duele el corazón. Es natural, porque es un pedazo muy grande y muy importante de mi vida. Fue una lástima que no prosperara el proyecto de levantar un hotel de nueva planta que sirviera de nexo entre el Prat del Call y el barrio antiguo, con un concepto similar al que plantea el nuevo edificio del Consell General. Pero la propiedad [la familia Cerqueda] no lo vio claro. Aunque también diré que el destino final del solar, acoger el nuevo parlamento, tampoco está mal".
Los recuerdos de Sasplugas incluyen anécdotas vividas en el Metropol pero perfectamente extrapolables, dice, al Mirador, como cierto maquis que se hospedó en una ocasión en el hotel y que dejó los bártulos en el rincón donde le indicaron los dueños: "Mi hermano, que entonces debía tener 8 o 10 años, husmeó entre los bultos y apareció en el bar con una cosa verde en la mano: ¡una granada! la concurrencia se quedó de piedra, claro. Aquel tipo había venido con todo el arsenal a cuestas". El ambiente que los Sasplugas supieron dar al Metropol lo trasladaron al Mirador cuando volvieron a casa, en 1952. Un ambiente que mantuvieron con las importantes reformas del final del decenio, con la ampliación de 27 a 44 habitaciones y con el turismo -sobre todo francés- convertido en la clientela habitual. Se habían acabado los aventureros de otros tiempos: "Siguieron viniendo algunos de los habituales de la etapa anterior. Se congregaban alrededor de una estufa de leña y con el frío el grupo se iba juntando. Hasta una veintena de personas. Recuerdo al notario Doret, el que pronunció la última sentencia de muerte, que se casó con una chica que trabajaba en el hotel. Hay que decir que Doret vivió el resto de su vida más limpio y arreglado que nunca antes. Estaba también el Tetu, personaje singular que de vez en cuando se encaramaba a una silla para impartir a la concurrencia imaginarias clases de esgrima". El Mirador también era parada obligatoria para los consellers, que después de cada sesión del parlamento celebraban tradicionalmente un ágape en el hotel: "Por la mañana asistían al Consell, más protocolario, pero las decisiones se tomaban durante la comida. Había cierto conseller abstemio como el que más, pero que insistía en que todo el mundo tuviera la copa llena... También acostumbraban a comer en el Mirador los batlles [jueces de primera instrucción], que se reunían aquí antes de impartir justicia. Hasta que uno de ellos, no tan resistente como sus colegas a los efluvios del alcohol, o quizás porque le pilló en un mal día, resulta que dictó una sentencia extaordinariamente más severa de lo que requería el caso, por no decir incongruente. Vamos, que se terminaron aquella comilonas de trabajo". Entre los huéspedes ilustres que desfilaron por el establecimiento, Sasplugas evoca a Narcís Casals, Rafael Benet y Cèsar Martinell, que se hospedaron en el hotel mientras restauraban las pinturas del salón de los Pasos Perdido de Casa de la Vall, a mediados de los 60: "Martinell era un señor muy afable que tenía un especial interés en Andorra porque había diseñado la Casa dels Russos, la primera y única que se levantó de aquel confuso episodio que pretendía erigir en Andorra una especia de comuna libertaria..."

El Mirador: un espacio literario
El Mirador ha dejado una huella más considerable en la literatura y el cine. De hecho, mucho más que cualquier otro lugar de nuestro rincón de Pirineos. Isabelle Sandy, para empezar, ubicó en este mismo lugar la Solana, la casa pairal de los Asnurri, la saga protagonista de su novela Les hommes d'Airain. La primera edición es de 1922, una década larga antes de que Alexandre Amigó inaugurara el primer Mirador. La novela de Sandy dio pie a un segundo episodio, el rodaje de su adaptación a la pantalla grande, un proyecto dirigido por el cineasta frances Émile Couzinet y que se concretó en el otoño de 1941, en plena ocupación alemana de Francia. El equipo se instaló en el Mirador mientras se rodaban los exteriores de la película. Los interiores, en cambio, se rodaron en los estudios Burgus Films, en Royan, en la costa atlántica francesa. Fue la primera película que se rodaba tras la ocupación, cosa que no queda del todo claro si le pone o le quita mérito. En cualquier caso, y para rizar el rizo, el rodaje de Les hommes d'Arain dio a su vez pie a Guerra, terra i estrelles, en que el historiador Jean Claude Chevalier novela la azarosa filmación de la película. Pero si el Mirador ha pasado a los anales de la literatura -aunque sea en una nota a pie de página- es por Entre el tor i la Gestapo, donde Francesc Viadiu pasa por el tamiz de la ficción su propia experiencia como cabecilla de una cadena de pasadores con sede en el hotel durante la II Guerra Mundial. A su vez, Entre el torb i la Gestapo tuvo también versión televisiva, en una miniserie dirigida en el 2002 por Lluís Maria Güell. La productora reprodujo en el estudio el interior del Mirador, entonces ya en ruinas, y contó con el asesoramiento del mismo Jordi Sasplugas. Pero algunos no quedaron en absoluto satisfechos con el resultado: "Nos jugábamos la vida y no estábamos para gestos de cara a la galería como desafiar a los alemanes cantando Els Segadors en el bar del hotel. Y por allí no corrían las putillas, y mucho menos el champán", se lamenta Jaume Ros, él mismo pasador por cuenta de una cadena de Estat Català. Para finaliza, Josep Pla también evoca la hospitalidad del Mirador en un rincón de Un petit món al Pirineu.

[Este artículo se publicó en la revista Informacions en 2002]

lunes, 14 de abril de 2014

La última condena a muerte, a juicio

Los parientes de Pere Areny Aleix, ejecutado en 1943 tras la última sentencia capital dictada en Andorra, cuestionan los argumentos del Tribunal de Corts; accedemos a los interrogatorios a los que fue sometido el homicida, y les ponemos rostro a él y a la víctima, su hermano Anton.

Lo habíamos visto hasta ahora en la dramática fotografía tomada por Claverol a mediodía del fatídico 18 de octubre de 1943: de espaldas, esposado, con la cabeza gacha y humillado ante las autoridades, el servicio de orden y la pequeña multitud congregada en la plaza Benlloch de Andorra la Vella para asistir a la lectura de la que resultará la última sentencia de muerte dictada en nuestro rincón de Pirineo. Lo habíamos entrevisto también en la no menos dramática filmación de Bartomeu Rebés, dos minutos escasos de película en que intuimos al reo ahora sí de frente pero sin llegar nunca a verle el rostro, porque no levanta ni una sola vez la cabeza y porque la calidad de la imagen es más bien justita. Pero nunca hasta hoy le habíamos visto la cara a Pere Areny Aleix, el protagonista de aquel infausto episodio, el hombre que la madrugada del 1 de agosto había matado de un tiro a su medio hermano, Anton Areny Baró. Unos hechos que la sentencia dictada el 15 de octubre por el Tribunal de Corts describen así: "Hacia las 3 de la madrugada, el citado Pere Areny, después de asegurarse de que su hermano dormía profundamente, tomó una escopeta calibre 12 (...) y disparó sobre su hermano produciéndole una herida en la región derecha (...) mortal de necesidad".

Pere Areny y su hermano Anton. Fotografía: Tony Lara.
Lectura de la sentencia que condenaba a "ser pasado por lar armas" a Pere Areny Aleix, el lunes, 18 de octubre de 1943, en la plaza Benlloch de Andorra la Vella. E lreo aparece a la izquierda de la imagen, con la cabeza gacha. Fotografía: Fundació Valentí Claverol / Todos los derechos reservados.

Hasta hoy, decíamos, que los descendientes de Casa Gastó se han decidido a abrir los archivos familiares, a mostrar los rostros de las dos víctimas -las dos- de aquella jornada negra, y a cuestionar abiertamente los argumentos con que el Tribunal de Corts -la instancia penal en Andorra- castigó con la pena capital -"El condenado será pasado por las armas", concluye fríamente la sentencia- a Pere Areny, un hombre de 29 años que, según Jordi Mas Bentanachs, erigido en portavoz de la familia, padecía de problemas psíquicos, extremo que era de dominio público: "Transcurridos 70 años quizás ha llegado el momento de reflexionar sobre los hechos y no limitarnos a recordar la parte más escabrosa de la muerte de Anton y la ejecución de Pere", dice Mas, que dispara inmediatamente el desasosiego que lo carcomía y que le ha impulsado a hablar por primera vez en público sobre el caso: "Nadie se ha planteado jamás si tuvo un juicio justo ni si se respetaron las garantías judiciales mínimas. Se dan por válidas las conclusiones de la sentencia, pero si tenemos en cuenta las declaraciones de Pere y leemos con atención la instrucción, podemos sacar otras conclusiones", alega.
Se ve venir que ni Mas ni la familia comulgan con la versión oficial, la que consta como "hechos probados en la sentencia -depositada en el Archivo Nacional de Andorra y disponible para cualquier curioso- y la única, de hecho, que habíamos conocido hasta ahora. Una versión que declara a Pere "autor del delito de asesinato de su hermano (...) con los agravantes de alevosía, premeditación, nocturnidad y uso de medios desproporcionados", y que, aunque reconoce que "el inculpado ha revelado tanto en el sumario cmo en la audiencia una mentalidad bastante simple", concluye su "plena responsabilidad penal".

Revisión del caso
Mas rebate los argumentos del Tribunal de Corts con las diligencias del caso, a las que ha tenido acceso en calidad de pariente del reo, unos documentos que nunca hasta ahora habían visto la luz. Enseguida los analizaremos con detalle, pero avancemos la conclusión que extrae. El mismo 1 de agosto, dice, se practican hasta tres interrogatorios: Pere y su hermana, Àngela, declaran por separado ante el batlle francés, Joan Solsona; de nuevo Pere vuelve a prestar declaración, esta vez ante el jefe de policía. Al día siguiente, 2 de agosto, el batlle francés vuelve a interrogar al todavía presunto aunque ya confeso fratricida. Después de esto, nada más: "Hasta el 15 de octubre, cuando se reúne el Tribunal de Corts, no consta ninguna otra diligencia", se lamenta. Un hecho sorprendente porque, según parece, el Tribunal debería de haber tomado declaración a un sospechoso acusado de delito mayor -como era el caso de Pere.
Con las cinco páginas, cinco, que contienen las diligencias del batlle y de la policía -se sorprende mas, casi se escandaliza- "tuvieron suficiente para condenarlo a muerte; no fue un juicio justo; ha llegado el momento de que se reconozca que la manera como se condujo el proceso no fue ni corecta ni humana". Comprobémoslo yendo al fondo del asunto. El Tribunal le endosaba a Pere todo el repertorio imaginable de agravantes. Y Mas procede a desmontarlos a partir de las diligencias. El jefe de policía le pregunta a Pere "cómo procedió a ejecutar" el homicidio de su "medio hermano", que era en aquel momento el heredero de Casa Gastó y con quien compartía habitación y cama. Y responde el "declarante" -es decir, Pere- que "hacia las tres horas de la madrugada, encontrándose en un estado muy excitado, se levantó de la cama y tomando la escopeta, teniendo como de costumbre la luz encendida, disparó sin mirar a su hermano Anton Areny (...) que quedó muerto" (las cursivas son nuestras).
¿Hubo en verdad premeditación y alevosía, se pregunta Mas, cuando el mismo Pere dice que se levantó "en un estado muy excitado" y que disparó "sin mirar", y si tenemos además en cuenta que la escopeta -una de las tres que había en Casa Gastó, "como en la mayor parte de las casas de la Andorra de la época"- se encontraba en la misma habitación de los hechos, és decir, muy a mano? También el móvil del crimen plantea dudas razonables: la sentencia declara probado que Pere mató a Anton para "hacerse con la herencia de su hermano, puesto que este último tenía proyectado contraer matrimonio y el procesado dedujo que se le escapaba de manera definitiva la posibilidad de adquirir un día la herencia". Pues resulta que a la pregunta directa del batlle de si "tenía pretensiones de ser el heredero de los bienes y derechos de Casa gastó", Pere responde lapidariamente "que no", que "lo que pretendía como medio hermano era que lo ayudara a reunir un capitalito por su cuenta". Ante la policía se reafirma en su declaración -"Cuando [Pere] le pedía [ayuda] para tener alguna cabeza de ganado de la propiedad del declarante, [Anton] siempre se la negó"- pero admite, eso sí, que "habían tenido en alguna ocasión discusiones por lo expresado". Como se ve, de aquí a concluir que lo mató "para hacerse con la herencia de su hermano" va un mundo. Con los documentos disponibles, pura rumorología.
También discrepa amargamente Mas de la sentencia por lo que respecta a la imputación de Pere, de quien -recuerden- había concluido la "plena responsabilidad penal" aun habiendo constatado durante las diligencias una "mentalidad bastante simple" y apuntar que su hermana Àngela -la misma que el 1 de agosto presta declaración ante el batlle, y la tercera de los hermanos Areny que quedaban en Casa Gastó- "sufre de debilidad mental". Pues bien: resulta que esta misma Àngela será internada inmediatamente después de los hechos en un sanatorio psiquiátrico de Barcelona, donde morirá en 1980: "Existen indicios de que Pere podría sufrir la misma enfermedad mental -esquizofrenia paranoide- que se le diagnosticó a su hermana, pero no se solicitó ningún informe forense para conocer el alcance de la afección de Pere", se sorprende de nuevo Mas. Y eso que tenían a los doctores a mano: los dos que firmaron el acta de defunción del reo -y los dos con calle en Andorra la Vella: Esteve Nequi y Antoni Vilanova.

¿Dura? ¿Inhumana? ¿Injusta?
Aún más: "Uno de los síntomas de la esquizofrenia es la apatía,  la indolencia que Anton le reprochaba a Pere [cuando éste le pedía dinero dinero y le respondía que era un "gandul", que lo que tenía que hacer era ganárselo, según consta en las declaraciones ante el batlle]". Otro síntoma de la enfermedad es, recuerda, "la extrema agresividad, que acostumbra además a focalizarse en el círculo más íntimo". Por todo lo que antecede, "y habiendo hablado con personas que conocieron a los hermanos, me atrevo a afirmar que Pere probablemente padecía también de esquizofrenia".
La diatriba no se acaba aquí. Mas reserva también una dura reflexión sobre la poca compasión que la sociedad andorrana de la época mostró para con Pere: "Al final de la lectura de la sentencia, cuando según es tradición se dio la oportunidad de solicitar clemencia para el reo, el silencio fue sepulcral. Nadie dijo nada". Uno de los escasos gestos de humanidad que se registró en aquellas jornadas infaustas fue la renuncia de uno de los seis agentes de policía -no había más- para evitarse el trance de formar parte del pelotón de ejecución. Aquí sigue un extracto de la carta de dimisión del agente: "El abajofirmante, agente de policía, de la parroquia de Sant Julià de Lòria, con todo el respeto se dirige a vuestra jefatura (...) que no encontrándome en situación de ejercer mi cargo de policía(...) os ruego aceptéis mi dimisión". Lo firma el 17 de octubre, el día antes de la ejecución.
Mas termina pasando lista a las leyendas y mixtificaciones que se han ido repitiendo sobre el caso hasta adquirir carta de naturaleza. Por ejemplo, el rumor -recogido en el breve que La Vanguardia le dedicó al caso, publicado el 9 de noviembre de 1943- que Pere "no solamente se confesó autor del fratricidio sino que también declaró haber dado muerte, hace diez años, a una hermana, delito este que había quedado en la más completa impunidad". Nada de esto. En primer lugar, porque la hermana en cuestión, Antònia Areny Aleix, había muerto en 1942, y no "diez años antes". Y sobre todo, recuerda Mas, "porque en ninguna diligencia ni en un ningún documento consta que la muerte la provocara Pere. No existe, por lo tanto, ningún hecho cierto que permita llegar a esta conclusión".
¿Fue, en fin, una sentencia dura? ¿Inhumana? ¿injusta? ¿O sólo hija de su tiempo y del contexto bélico -estamos en plena guerra mundial? Dejémosle hoy, por primera vez y después de 70 años la última palabra a Mas, en nombre de Pere Areny: "Afortunadamente, Andorra es hoy un esatdo de derecho que ha suprimido la pena capital y que fija unas garantías para los acusados. Se ha recorrido un camino importante, pero no hay que bajar jamás la guardia. Las garantías en un proceso judicial son uno de los pilares de nuestra libertad. este caso debería servir de ejemplo de lo que jamás tendría que volver a producirse".

Casa Gastó: cinco siglos de historia y diecisiete generaciones
La genealogía conocida de la familia arranca en 1552 con un tal Miquel Abella.


Casa Gastó de Ransol, en la parroquia de Canillo. La historia documentada de la casa se remonta a mediados del siglo XVI. Pere Areny (1913-1943) era el menor de los nueve hijos que tuvo Antoni Areny Duedra con sus dos esposas, Rosa Baró Duró -madre de Anton- y Josepa Aleix Solsona -madre de Pere. El homicidio tuvo lugar en el cuerpo principal de la casa, en el centro de la imagen; una vez cometido el crimen, Pere se refugió en el pajar, a la izquierda, hoy ampliamente reformado. Fotografía: Àlex Lara / El Periòdic d'Andorra.

Pere Areny Aleix (1913-1943) era el menor de los nueve hijos que tuvo Antoni Areny Duedra: los dos primeros, Antoni (1887-19439 y Rosa, con su primera esposa, Rosa Baró Duró; los siete últimos -Gil, Josepa, Josep, Antònia (1900-1942), otra Josepa, Àngela (1905-1980) y Pere- con la segunda, Josepa Aleix Solsona. Sólo cuatro de los nueve hermanos -Anton, Antònia, Àngela y Pere- llegaron a la edad adulta: los otros cinco murieron antes de los 5 años. El caso es que con la muerte de Antòjnia, Anton y Pere, que quedó como heredera de Casa Gastó fue Àngela, diagnosticada de esquizofrenia paranoide e ingresada en un sanatorio psiquiátrico el mismo año de 1943. Jordi Mas Bentanachs (1961) es uno de los herederos vivos de casa Gastó a través de su abuela, Antònia Areny Baró, prima hermana de Anton y de Pere.
Las primeras noticias documentales de la familia y de Casa gastó de Ransol, en Canillo, se remontan según el libro Nostres arrels a 1552, año en que falleció el primer heredero de quien conocemos la identidad: Miquel Abella. Cinco siglos y diecisiete generaciones separan a Abella de Mas Bentanachs, erigido hoy en portavoz familiar. Los hechos de 1943 tuvieron lugar en la  casa familiar, deshabitada desde 1943 y hoy prácticamente intacta.Una vez hubo matado a Anton, Pere se dirigió primero al dormitorio de Àngela, con la precaución de cerrar la habitación donde había disparado a su hermano "a fin de que ella no se diera cuenta de la desgracia fatal". Àngela no quiso por lo visto levantarse -eran las tres de la madrugada- así que Pere se fue al pajar -la construcción a la izquierda de la fotografía inferior, hoy completamente reformada- y ocultó el arma del crimen -una escopeta de 12 milímetros, un cañón y fuego central, según el atestado policial- "bajo la pared". En el pajar se quedó hasta las cinco de la madrugada, cuando fue a despertar a los segadores para ir a trabajar, e inmediatamente después avisó a los vecinos de la muerte de Anton, "pero sin confesarse autor del crimen".

[Este artículo se publicó el 7 de noviembre de 2013 en El Periòdic d'Andorra]

domingo, 23 de marzo de 2014

La última pena capital, en 8 milímetros

Se cumplen 70 años de la última sentencia a muerte que dictaron los tribunales andorranos; Bartomeu Rebés filmó desde el balcón de su casa la lectura pública de la pena, el 28 de octubre de 1943; el Archivo Nacional conserva una copia de la filmación, una película (muda) de dos minutos escasos.

De acuerdo: 70 años no es una cifra tan redonda como los 25, los 50 y no digamos los 100. Pero no siempre tendremos la suerte que tuvimos con la carretera [la General 1, desde la frontera a Andorra la Vella, que se inauguró el 24 de agosto de 1913], y digámoslo claro, la prudencia más elemental nos dice que el 18 de octubre del 2033 algunos de nosotros ya no estaremos en condiciones de recordarlo como merece. Así que aprovechemos la oportunidad que nos brinda el calendario y evoquemos hoy la lectura y ejecución de la última sentencia capital que se dictó en nuestro rincón de Pirineo. Lo haremos, además, no con la celebérrima fotografía de Valentí Claverol -estupenda, sí, pero mil veces vista- sino con los fotogramas de los dramáticos dos minutos filmados por Bartomeu Rebés desde el balcón de su casa, en la plaza Benlloch de Andorra la Vella. De hecho, si tienen a mano la fotografía de Claverol y observan bien, verán a Rebés en acción: es el hombre situado a la derecha del todo del balcón, con la cámara al hombro y grabando la escena.













Capturas de la película de dos minutos de duración que Bartomeu Rebés, cineasta aficionado, filmó el 18 de octubre de 1943 desde el balcón de su casa -Casa Rebés- en la plaza Benlloch de Andorra la Vella; bajo él, los batlles proceden a la lectura pública de la sentencia que condena a muerte a Pere Areny Aleix, autor del disparo que la madrugada del 31 de julio mató a su hermanastro, Anton Areny Baró; el fratricida fue fusilado el mismo 18 de octubre en el cementerio de la capital. Película: Bartomeu Rebés / Archivo Nacional de Andorra.


Hemos retrocedido hasta el 18 de octubre de 1943: una pequeña multitud se concentra en la plaza, en el mismo lugar -y no es casualidad- donde hoy crece un frondoso... ¿un almez? para oír al honorable señor batlle -el juez, vamos. Es lunes, pero el ambiente es de gran solemnidad, comenzando con los consejeros generales con el vestuario ceremonial: tricornio y gambeto. No es para menos, porque estamos a punto de asistir a un acontecimiento auténticamente insólito: no se guarda memoria de la anterior pena de muerte dictada en el país -Manel Bacó de Engordany, en una escena muy similar a la captada por Claverol y reproducida en su momento por L'Illustration, fue condenado en 1896 a trabajos forzados por haber liquidado a su madre- y de hecho, Pere Areny Aleix, nuestro protagonista de hoy, tendrá el dudoso honor de ser el último ejecutado en Andorra. No discutiremos aquí ni la dureza ni la oportunidad de la pena -esto lo haremos más adelante, y con los parientes vivos más cercanos del reo- pero el caso es que el Tribunal de Corts lo tuvo clarísimo y la sentencia -que se puede consultar en el Archivo Nacional, y que encontrarán aquí arriba- declaró a Gastó de Canillo, como también se conocía al fratricida, "autor del delito de asesinato de su hermano, Anton Areny Baró, con las agravantes de alevosía, premeditación, nocturnidad, uso de medios desproporcionados y otros no especificados, condenándolo a sufrir la pena capital".

Una pena capital que según la costumbre local -conservada en el Manual Digest, el mamotreto de Fiter i Rossell- la debería haber ejecutado un verdugo traído expresamente de España o de Francia pero que los mismos batlles especificaron que "dadas las circunstancias" -el contexto bélico, con la II Guerra Mundial en marcha y poniéndoles las cosas difíciles a los verdugos profesionales, ya es paradoja- el reo fuese "pasado por las armas". Fusilado, en fin, una misión que se encomendó a los seis miembros del servicio de orden de la época, que en la película de Rebés forman marcialmente con el mosquetón al hombro y dibujando el círculo fatídico en que transcurre la acción.

Estos agentes y el somatén, que también forma en un segundo plano con las armas listas, le confieren a la escena un aire de trágica inminencia. La sentencia la había dictado el Tribunal de Corts el 15 de octubre, y se ejecutó el mismo día 18, inmediatamente después de la lectura pública, en el cementerio de Andorra la Vella, hasta donde el reo es conducido por una fúnebre comitiva. Una crónica de la agencia Cifra publicada en La Vanguardia el 9 de octubre de 1943 nos ofrece los detalles algo morbosos del episodio: "En el exterior del cementerio el reo fue atado a un mástil empotrado en el suelo y fusilado por miembros de la Policía. Para evitarle sufrimientos en sus últimos instantes, le fueron vendados los ojos y el jefe del pelotón dio la señal de fuego con signos". Lo que no recoge la crónica de La Vanguardia es la... ¿leyenda? de que uno de los agentes no tuvo estómago suficiente estómago para disparar y presentó la dimisión antes del fatídico día.

El texto de la sentencia sí que se extiende en los, digamos, antecedentes de hecho y reconstruye el crimen con detalle: el caso es que considera probado que la noche del 31 de julio de 1943 Pere Areny, natural y vecino de la Cosa de Canillo -de ahí el sobrenombre- "dormía como era habitual con su hermano consanguíneo, Anton Areny Baró". Sobre las 3 de la madrugada, "y después de asegurarse de que su hermano dormía profundamente, tomó una escopeta del calibre 12 que cargada con balines guardaba la misma habitación y disparó sobre su hermano". El disparo le produjo a Anton "una herida en la región derecha que interesaba masa encefálica, mortal de necesidad". La sentencia establece también, ya se ha dicho, que el fratricida actuó con premeditación y que el móvil del crimen era la herencia del hermano. Un clásico, vamos. Los batlles lo cuentan como sigue: "Dado que este último [Anton] tenía proyectado contraer matrimonio, el procesado dedujo que se le escapaba definitivamente la posibilidad de adquirir un día la herencia".

Reincidente
Además de la premeditación, Areny según sus jueces -y su pétrea prosa- con todos los agravantes del repertorio: "Había aprovechado el momento en que Anton dormía encontrándose en la imposibilidad de defensa (...), actuó de noche y utilizando un medio, el arma de fuego, que imposibilitaba cualquier reacción de la víctima", con un móvil "bajo" y sin que mediara provocación ni enemistad previa. En resumen: indefensión, nocturnidad, alevosía y fuerza desproporcionada. Hay que reconocer que el tribunal admite que Gastó había manifestado durante la instrucción del sumario "una mentalidad bastante simple" y que una hermana sufría de "debilidad mental". Pero ni uno ni otro lo considera motivo suficiente para declararlo irresponsable. Al contrario, establece la "plena responsabilidad" del reo. Su suerte está dictada, a pesar, concluye algo hipócritamente la sentencia, "del ánimo del tribunal habitualmente inclinado a la indulgencia". Pues no: pena capital.

Lo que no dicen los jueces, pero en cambio sí que recoge el breve de La Vanguardia, es que por lo visto Areny había confesado durante la instrucción haber liquidado a otra hermana suya diez años atrás, "delito este que había quedado en la más completa impunidad", dice el diario barcelonés. Otro clásico, este del reincidente confiado en su suerte que vuelve a actuar con manifiesta temeridad y, claro, lo terminan pillando.
Pero volvamos con Rebés: los dos minutos escasos de filmación que se conservan en el Archivo Nacional carecen de sonido y la copia es de pésima calidad, pero se intuye la habilidad del autor para el encuadre, confiriéndoles a la escena un marcado dramatismo: a diferencia de la fotografía de Claverol, tomada con el reo de espaldas y las autoridades de frente, la película arranca con Areny solo, en el centro de la plaza, la cabeza gacha y esposado con las manos por delante; el plano se va abriendo y poco a poco aparece el personal que que ha ido formando un círculo a su alrededor, el jefe de policía atento a las órdenes de las autoridades antes de llevarse escoltado a Areny, hay que suponer que directo al patíbulo. Un momento, éste último, especialmente tétrico porque justo entonces cruza por el fondo de la pantalla un inoportuno y famélico chucho. Areny no levanta la cabeza ni una sola vez. Y cuando la comitiva ha desaparecido por la avenida Benlloch camino del cementerio y la multitud rompe el círculo, surgen del lado de la iglesia de Sant Esteve un grupo de mujeres en procesión. Puro Solana.

La película de Rebés sólo se ha visto en dos ocasiones: en el especial Tele-Fira de 1988 y en el documental Pena capital, el documental sobre el caso Areny que el periodista Jorge Cebrián dirigió en 2008. Pero como en tantas otras ocasiones -y pensemos en Borís, nuestro monarca preferido, para no eternizar el asunto- el mérito del pionero hay que ponerlo en el zurrón de Antoni Morell, que fue quien en 1981 exhumó la última sentencia de muerte y la convirtió en material literario en Set lletanies de mort, su debut en la ficción y el título fundacional de la novela andorrana contemporánea. Que conste. Así que en adelante, tengamos cuando crucemos por la plaza Benlloch un piadoso recuerdo para todos los protagonistas de aquella infausta jornada. Por cierto, ¿andaría por allí el veguer Lasmartres?

[Este artículo de publicó el 18 de octubre de 2013 en El Periòdic d'Andorra]

viernes, 21 de febrero de 2014

Cuando Josemaría fue un fugitivo

Son las 14 horas del viernes, 10 de diciembre de 1937. Un grupo de ocho hombres -el que posa en la portada del libro de aquí abajo, en la plaza Benlloch de Andorra la Vella, para el objetivo de Valentí Claverol- espera a que los gendarmes del puesto de aduanas del Pas de la Casa acaben de revisar la documentación para subir al autobús y cruzar la frontera, camino de l'Ospitalet, Lourdes y finalmente San Sebastián, ya en la España nacional. Se encuentran en la última etapa de un periplo que había comenzado el 8 de octubre de aquel mismo 1937, cuando la expedición abandonó la relativa seguridad que les ofrecía el consulado de Honduras en Madrid dispuestos a dejar atrás la zona republicana. El itinerario: Madrid-Valencia-Barcelona-Peramola-Pallerols-Sant Julià de Lòria. Entre estos ocho hombres se encuentra Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote aragonés que en 1928 había fundado la prelatura del Opus Dei y que había de ser canonizado en 2002. En tiempo récord, por cierto, pero esta es otra historia.

Volvamos a la escapada: habían entrado en Andorra el 2 de septiembre por el Mas d'Alins, después de recorrer a pie los últimos 100 kilómetros del trayecto, con el guía del Pallars Josep Cirera al frente, y para ellos -como para tantos otros antes y después- nuestro rincón de Pirineo iba a convertirse en sinónimo de libertad. El periplo andorrano de San Josemaría se prolongó ocho días, y hace tres años Alfred Llahí y Jordi Piferrer lo reconstruyeron al detalle en Terra d'acollida, volumen que pasó injustamente desapercibido y que acaba de ser publicado en castellano por Rialp -claro. Una edición que se distribuirá en España y la América Latina y que -atención- coincidirá con el estreno, previsto para el 6 de marzo, de There be dragons, la superproducción dirigida por Roland Joffe (La Misión) que recrea la peripecia bélica del fundador del Opus Dei.

Portada de Andorra: tierra de acogida, originalmente publicado en catalán (Terra d'acollida) y que ahora Rialp edita en castellano. Fotografía: Archivo.

Oportunidad de oro, como se ve, para recuperar Tierra de acogida y descubrir la mina de anécdotas vividas de primera mano y por aquí arriba por uno de los hombres clave -claroscuros incluidos- de la Iglesia Católica del siglo XX. La jornada andorrana de San Josemaría tenía que durar exactamente eso: un día. Estaba previsto que el 3 de diciembre los recogiera en el Pas de la Casa un automóvil enviado por el marqués de Embid, hermano de uno de los miembros de la expedición -José María Albareda. Siempre vienen bien estar  bien relacionado. La nieve que cayó al día siguiente de llegar a Andorra cerró el puerto de Envalira -2.800 metros: no es broma- y fue retrasando la partida de la expedición. No les quedó más remedio que prolongar la estancia en el hotel Palacín de Escaldes -que todavía existe: rebautizado Siracusa. El diario que llevaron los ocho expedicionarios -y que constituye la fuente documental del volumen de Llahí y Piferrer- pasa lista a amigos, conocidos y saludados que les salen al paso en tierra andorrana. Entre los primeros se encuentra mosén Lluís Pujol, arcipreste de los Valles de Andorra, y también los monjes benedicitinos de la congregación que dirigía el colegio de Nuestra Señora de Meritxell, también en Escaldes, y las monjas del colegio de la Sagrada Familia.

Entre los conocidos que desfilan por el diario se encuentra un misterioso Sr. C., que los autores identifican con Joan Fornesa, banquero de la Seo, así como el coronel Baulard, huésped también del mismo hotel Palacín. También rinden cuentas: con el guía Cirera, a quien adeudan 5.000 pesetas por los servicios prestados -deuda que saldarán religiosamente después de la contienda- y con la familia Palacín-Fiter, que les hace no obstante un precio de amigos y les arregla la factura. Vean: ocho huéspedes, ocho noches, por unos módicos 1.300 francos. A 20 francos por barba y día, una sustancial rebaja de l10% sobre la tarifa estándar para no refugiados... En fin, que Tierra de acogida es una mina de anécdotas de este estilo: sin doctrina, sin sermones, sin grandes aspavientos, pero un retrato exacto de las penalidades y de las miserias cotidianas de un grupo de desplazados en tierra extranjera -aunque sea de acogida. Se lee de un tirón y tendrá continuidad con la entrada El Paso de los Pirineos que el mismo Llahí prepara para el monumental Diccionario de San Josemária Escrivá de Balaguer que la editorial Monte Carmelo publicará en 2012. Figurar en la geografía y en el imaginario del Opus Dei es un filón -religioso, por supuesto, pero también cultural y sobre todo turístico- que hasta ahora se ha omitidode forma obtusa y que alguien -ayuntamientos, ministerio- tendría que lanzarse a explorar.

[Este artículo se publicó el 8 de febrero de 2011 en El Periòdic d'Andorra]

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Josemaría, gancho turístico

El Diccionario del fundador del Opus Dei, recientemente publicado, consagra una entrada a la huida de la zona republicana a través de los Pirineos.

Somos un país sin memoria o, en el mejor de los casos, con una memoria a la altura de Dory. Ya saben, la amigiuta de Nemo. Qué le vamos a hacer. Ni una humilde placa evoca e lpasp por nuestro rinconcito de Pirineo de la plétora de personajes de toda condición que han tenido el detalle de visitarnos -por gusto o forzados por las circunstancias- no diremos ya a lo largo de la historia, sino de nuestro mucho más familiar siglo XX. Anteayer, como quien dice: ni Josep Trueta, ni Pablo Casals, ni García Márquez, ni Josep Pla ni tan siquiera Martí i Pol han merecido tan alto honor. A duras penas el obispo Benlloch, el benfeactor, y aún. A Miguel Mateu, otro prohombre con calle -en Escaldes, a cuenta de la central de Fhasa que él contribuyó decisivamente a construir- se la quitaron hace unnos años. Por franquista.

Bronce de la escultora catalana Rebeca Muñoz en la iglesia parroquial de Sant Julià de Lòria. Se instaló en diciembre de 2012 y conmemora la primera Misa que San Josemaría celebró en tierra andorrana, la mañana del 2 de diciembre de 1937. Fotografía: Tony Lara / El Periòdic d'Andorra.

Vista actual del hotel Siracusa, en la avenida Pont de la Tosca de Escaldes (Andorra): en 1937 era el hotel Palacín, y en él se hospedó entre el 2 y el 10 de diciembre el grupo de San Josemaría. Abonaron una factura de 1.300 francos, con una sustancial rebaja del 10% sobre la tarifa habitual, recuerda Alfred Llahí en Tierra de acogida. Fotografía: Àlex Lara / El Periòdic d'Andorra.

Bueno: pues por eso mismo tiene doble mérito la ocurrencia de Alfred Llahí, que pretende marcar con una pequeña rosa de Rialp los escenarios principales de la jornada andorrana de San Josemaría -ya saben, el fundador del Opus Dei- en el episodio conocido como El Paso de los Pirineos que el mismo periodista ha contado con pelos y señales en Tierra de acogida. Esos ocho días, entre el 2 y el 10 de diciembre, que el futuro santo pasó entre nosotros huyendo de la persecución religiosa desencadenada en la España republicana -los incontrolados y tal- y que protagonizan una de las 288 entradas del Diccionario de San Josemaría Escrivá de Balaguer (Monte Carmelo), tocho considerable que roza las 1.400 páginas y que pretende resumir en estas 288 pastillas la vida, la obra y la doctrina del santo. Que conste que más de la mitad de las voces son de contenido estrictamente teológico, así que el Diccionario no es precisamente para todos los paladares.

Hay que decir que Llahí no se ha limitado al copy/paste de turno, ni tampoco a extractar los datos de Tierra de acogida, sinpo que lo ha completado con las peripecias anteriores y posteriores a la jornada andorrana, que habían quedado fuera del primer volumen: es decir, lo que ocurrió entre el 8 de octubre de 1937, cuando Escrivá y sus compañeros abandonan la embajada de Honduras en Madrid, donde se habían refugiado, y la madrugada del 2 de diciembre, cuando entran en Andorra por el Mas d'Alins. El 10 de diciembre cruzan la frontera andorranofrancesa por el Pas de la Casa, para plantarse al día siguiente en Hendaya, después de dormir en Saint Gaudens y previa parada en Lourdes para celebrar la reglamentaria Misa.

Pero regresemos a Llahí y a la idea esta de amojonar el rastro andorrano del fundador de la prelatura. Una ocurrencia si se quiere modesta, pero ensayada (con éxito) en todo el Occidente civilizado para aprovechar el gancho de celebrities de primera, segunda o quinta fila. En el caso que nos ocupa, se trata de  un turismo religioso de proporciones modestas -"Sería abusrdo soñar en un turismo de masas", advierte- pero fidelísimo y reincidente: sólo hay que ver los centenares de peregrinos que cada junio se congregan en el aplec de San Josemaría convocado por la Associació d'Amics del Camí de Pallerols de Rialp a Andorra, y que en diciembre pasado, en la también anual jornada Camins de Llibertat, reunió a una pequeña multitud en el Centro de Congresos de Andorra la Vella: un millar de personas son la prueba física del poder de convocatoria de nuestro santo de hoy.

En fin, que lo que Llahí propone es tan discreto como eficaz: una rosa de Rialp -el símbolo de Josemaría- en el hotel Siracusa de Escaldes, donde los refugiados se instalaron en 1937; otra en el Centro de Arte, también en Escaldes, donde en la época la orden benedictina regentaba el colegio Nuestra Señora de Meritxell, y -por qué no- una tercera en la parroquial de Sant Julià de Lòria, la primera iglesia sin profanar que San Josemaría pisaba desde julio de 1936, donde celebró su primera Misa en libertad, y donde hace un año se instaló un bronce de la escultora catalana Rebeca Muñoz que evoca y conmemora aquel momento epifánico. Ya que hablamos de todo esto, alguien podría tomar nota y dedicarse a localizar y marcar nuestros escenarios de la -ejem- memoria. Como dice Llahí, si los mallorquines han convertido en una rentable industria turística los 15 días escasos que Chopin pasó en Valldemossa, ¿por qué no tomamos debida nota? La verdad, otras de más verdes han madurado.

[Este artículo se publicó el 21 de noviembre de 2013 en El Periòdic d'Andorra]