Incursiones relámpago, estilo Sturmtruppen, en episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y las dos postguerras, con ocasionales singladuras a alta mar, a ultramar y si conviene incluso más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

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viernes, 9 de mayo de 2014

Tierra y Libertad, o el terror planificado

El historiador Jordi Albertí desmonta en El silenci de les campanes el mito libertario y acusa a la CNT y a la FAI de planificar la eliminación física del estamento religioso en Cataluña durante los primeros meses de la Guerra Civil; el historiadpor catalán reconstruye la ejecución del sacerdite andorrano mosén Jaume Calvet y la de los sacerdotes de Salás beatificados en 2005.

Este es el libro que deberían haber leído intelectuales  modélicamente progresistas como Ken Loach y Vicente Aranda antes de perpetrar películas como Tierra y Lubertad y Libertarias, corresponsables de que el movimiento libertario -para entendernos, la CNT y la FAI- goce hoy de una aureola romántica, e´pica e idealista que no se corresponde de ninguna manera con la realidad histórica. Por lo menos, a la que Jordi Albertí (Casà de la Selva, Gerona, 1950) ha reconstruido en El silenci de les campanes, donde deconstruye uno a uno los tópicos y los lugares colmunes pacientemente pergeñados a lo largo de siete décadas por una historiografía con sospechosa tendencia a la amnesia selectiva.

Comencemos por las cifras: la represión en la retaguardia durante la Guerra Civil se cobró en Cataluña 8.360 víctimas mortales, de las que 2.441 fueron eclesiásticos. Esta última cifra supone más de un tercio de los hombres (y mujeres) de iglesia asesinados en toda España, que ascendieron a 6.818. Un porcentaje desproporcionadamente elevado, sobre todo si se tiene en cuenta -como destaca Albertí- que la Iglesia catalana mostró un talante mucho más concciliador -hacia la República, se entiende- que la jerarquía española, abiertamente decantada hacia el bando franquista. Esta es una de las paradojas: "De las crónicas de las matanzas se infiere que cuanto más querido por el pueblo un capellán, o cuanto más cultivado, o cuanto más indefenso se encontraba, con más sadismo se le atacaba. Lo cual tiene una lógica, aunque sea una lógica perversa".

La FAI, culpable
Albertí insiste desde el subtítulo en denunciar lo que tilda sin ambages de "persecución religiosa" y en refutar el mito de los "incontrolados", a quienes históricamente se ha endosado la escabechina en un intento de eludir responsabilidades propias: "Los congresos de la FAI de 1933 y de 1936 ordenan claramente que, en cuanto estalle el golpe de estado contra la República que ya se veía venir, hay que rentabilizar el caos y el vacío de poder subsiguiente para implantar la revolución proletaria. Y si hace falta, mediante el terror. Nos encontramos, por lo tanto, ante una estrategia en abvsoluto improvisada sino largamente planificada que se dirigía en primer lugar contra la Iglesia, el más débil, geográficamente disperso e ideológicamente simbólico de los tres enemigos tradicionales del pueblo: los otros dos son el Ejñercito y el capital". Está perfectamente documentado, remacha el historiador, cómo los elementos más "activos" de los comités locales y de las patrullas de control que sembraron el terror en los primeros meses de la contienda pertenecían a la FAI. Incluso se atreve a poner nombre y apellidos a los cerebros de la "persecución": Joan García Oliver, Bonaventura Durruti y los hermanos Ascaso, el núcleo duro de la FAI, los guardianes de las esencias libertarias, todos ellos miembros del grupo Solidarios -posteriormente, Nosotros.

La represión en la retaguardia comenzó a remitir en diciembre de 1936. La toma de conciencia de las autoridades y la creciente oposición a las matanzas en nombre de la revolución -especialmente, por parte de los democristianos de Unió Democràtica de Catalunya (UDC), por la que Albertí siente una clara predilección- fueron sólo dos de los factores que influyeron en el giro político de la Generalitat; a ellos habría que añadir, sobre todo, la oposición de los agricultores a las colectivizaciones forzosas -recuerde el lector le hechos de la Fatarella- a la usurpación del poder judicial que perpetraron los llamados tribunales populares, la desfavorable evolución de la guerra, y la creciente influencia del PSUC en detrimento del movimiento libertario.

Albertí juzga de forma muy poco complaciente la actuación de la Geenralitat durante este período, con el presidente Companys como primer responsable de los desmanes: "Se le puede imputar, por ejemplo, la decisión de no impedir el asalto a las casernas de Sant Andreu y las Atarazanas, donde militantes de la CNT-FAI se incautaron de más de 20.000 fusiles con los que se hicieron los dueños de la calle. Esta es una responsabilidad por acción, no por omisión. También se le debe recriminar cierta complicidad ideológica: esta convicción de que todo lo que fuese atacar a la Iglesia era bueno para la sociedad, que abonó el clima de pasividad inicial. Cuando los elementos más avisados se dan cuenta de la magnitud de las matanzas, ya ha transcurrido medio año. Y en este punto hay que advertir que si la persecución no fue más mortífera fue porque en diciembre de 1936 la mayoría de los que no habían sido asesinados se habían ocultado o se habían marchado al exilio".

Y el mito continúa
Las matanzas, concluye, no fueron obra de incontrolado que actuaban de forma espontánea. Y tampoco fueron inevitables: "Hubo una docena de comités especialmente activos, como los de Orriols, Puigcerdà, Tremp y Lérida que implantaron el terror en su zona de influencia y siempre -no lo olvidemos- con la anuencia y complicidad de conmilitones locales". En este marasmo moral también hubo lugar para el heroísmo: como el alcalde de Cassà de la Selva, Josep Delmàs, que evitó que en el pueblo hubiese un solo muerto. Ejemplos como éste demuestran -contra lo que arguyó el mismo Companys- que era posible hacer frente al terror: pero hacía falta actuar con el coraje que requería el momento y que muchos no supieron o pudieron hallar.

Ante la siniestra responsabilidad que Albertí adjudica a la CNT y sobre todo a la FAI, ¿cómo se explica que haya persisitido hasta hoy esta imagen casi angelical del movimiento libertario que encontramos en panfletos como las susodichas películas de Loach y Aranda? El autor lo tiene claro: "Por una parte, durante mucho tiempo pareció que husmear en la represión en la retaguardia conllevaba el desprestigio de la República y hacerle el juego al franquismo. Por otra, anticlericalismo y anarquismo todavía mantienen hoy en ciertos ambientes y sectores un aura que sólo se explica desde la ignorancia de los hechos históricos".

La persecución en el Obispado de Urgel
En el Obispado de Urgel las estadísticas ofrecen unas conclusiones ligeramente más benignas que en el conjunto de Cataluña: de los 458 clérigos diocesanos censados en 1936, sólo 107 muerieon asesinados: apenas el 20% del total. Cabría pensar que la proximidad de la frontera y el tradicional papel de Andorra como tierra de refugio jugaron aquí a favor de los perseguidos, pero Albertí lo duda: "El índice de víctimas de la represión en las comarcas limítorfes de la Cerdaña y el Alto Urgel -3,8 y 4,4 por mil, respectivamente- fue muy superior a la media de Cataluña. Un dato que permite concluir que las autoridades andorranas "no fueron  especialmente activas en la defensa y acogida de los religiosos perseguidos".

Reconstruye el historiador la ejecución sumarísima de los sacerdotes fusilados el 13 de agosto de 1936 en el cementerio de Salàs de Pallars, que atribuye al comité de Lérida: Josep Tàpies, Pere Martret, Silvestre Arnau, Francesc Castells, Pasqual Araguàs, Josep Poblet i Josep Joan Perot. Todos ellos fueron beatificados en octubre de 2005. "El delito, dice Albertí, quedó claro cuando la primera vez que detienen a Martret salieron en su defensa unos parientes de la Seo: '¿Por qué lo queréis matar?' 'Porque es sacerdote, y con esto es suficiente'". Entre el centenar largo de víctimas mortales de la persecución religiosa en el Obispado de Urgel se cuenta mosén Jaume Calvet, asesinado junto con su hermano Samuel, ciudadano francés, el 18 de agosto de 1936, "más allá de Cortingles, en la entrada del Pont Trencat, sobre el Valira, a manos de una patrulla de la FAI. Fue enterrado cerca del río, y sus restos desaparecieron con las crecidas de octubre de 1937".

[Este artículo se publicó el 15 de mayo de 2007 en el Diari d'Andorra]


viernes, 4 de abril de 2014

Puerto de Envalira, invierno del 36

Fermí Rubiralta reconstruye en Vida i mort d'un separatista la trayectoria de Miquel Badia, político independentista y excomisario de Orden Público de la Generalitat asesinado en Barcelona hace 75 años.

Ayer se cumplieron 75 años. Miquel Badia (Torregrossa, Lérida, 1906-Barcelona, 1936), antiguo comisario general de Orden Público de la Generalitat, cabeza visible de los comandos paramilitares de Estat Català, veterano de los Fets d'Octubre e independentista de largo recorrido que acababa de regresar a Cataluña después de dos años de exilio, era abatido a tiros en la calle Muntaner de Barcelona -número 38, esquina Diputación: una placa recuerda hoy el episodio- por cuatro pistoleros de la CNT, la principal central anarquista del momento. Faltaban tres meses escasos para que estallara la Guerra Civil, y el sector más radical del separatismo catalán perdía a un hombre de acción que como número 2 de Josep Dencàs en la consejería de Interior de la Generaliat había impuesto el orden -a tortazos, cuando convenía- en la turbulenta Barcelona de 1933 y 1934.

10 de febrero de 1936: Miquel Badia, a la izquierda, departe con Secundino Tomàs, jefe de la policía andorrana, en la actual plaza Benlloch de la capital; atención al campanario de San Esteban, al fondo, antes de la remodelación a la que lo sometió Puig i Cadafalch en 1940: salió de ella con un piso más. Fotografía: Archivo Arnau González i Vilalta.

Badia, hoy figura casi legendaria para cierta izquierda irredenta y que nuestro Jaume Ros -él también militante de Estat Català de primera hora- había retratado cuando nadie se acordaba del personaje en Un defensor oblidat de Catalunya, dispone ya de su primera biografía académica. se titula Vida i mort d'un separatista (Duxelm) y la firma el historiador Fermí Rubiralta. Biografía que tiene, por cierto, una curiosa, poco conocida y finalmente decisiva deriva andorrana: porque Badia, exiliado desde los Fets d'Octubre -de 1934: ya saben, cuando Companys salió al balcón de la Generalitat para proclamar por su cuenta y riesgo y saltándose la legalidad republicana el Estat Català- y que había sido todopoderoso comisario general de la Generalitat, apareció el 19 de enero de 1936 en el refugio del puerto de Envalira.

Hasta el 13 de febrero de aquel mismo año, cuando se le pierde definitivamente la pista andorrana, fue una de las vedettes de la vida social, política y también policial del momento: el batlle episcopal primero -Antoni Tomàs, en la época- y el secretario del veguer francés, después -Paul Larrieu, que últimamente nos aparece en todas partes- sometieron a aquel incómodo huésped a sendos interrogatorios que el historiador Arnau González i Vilalta -a quien Rubiralta sigue en este punto- rescató de las profundidades abisales del archivo de la veguería francesa en Nantes. Sostiene Rubiralta que la aventura andorrana de Badia constituye la última etapa del exilio que había estrenado dos años atrás y que lo había llevado a Francia, Colombia, México, Alemania y Bélgica. Se trataba de estar lo más cerca posible de Cataluña para cuando se consumara el esperado triunfo de las izquierdas en las municipales de febrero de 1936. Unas elecciones que, esperaba, le abrirían las puertas del regreso: él era el hombre destinado a reorganizar a las juventudes de Estat Català descabezadas tras los Fets d'Octubre. Pero no tuvo tiempo: los pistoleros de la CNT, con un tal Justo Bueno como jefecillo del comando, lo liquidaron en el atentado del 28 de abril que les costó la vida a él y a su hermano Josep.

Un conspirador de altura
El invierno andorrano del 36 fue, por lo tanto, el último de su breve y agitada existencia. El 19 de enero había entrado clandestinamente en el país bajo el nombre falso de Miquel Comes -según Vilalta, que recoge el episodio en Miquel Badia: documents sobre el seu pas per Andorra- y después de recorrer esquiando los 20 kilómeros que separan Pimoren de Envalira. Los excursionistas que se encontraban aquel día en el refugio -que por otra parte se convirtió en su hogar durante las siguientes cuatro semanas, con ocasionales escapadas a la capital y Escaldes, donde se hospedaba en el hotel Palacín: ¡el mismo donde el invierno siguiente pernoctaría Escrivá de Balaguer!- reportan la llegada de un individuo "vestido de esport, con el pecho al aire y con semblante patibulario, que vestía armilla especialmente corta y muy falto de elementos económicos..." Él ni se inmuta: dedica las siguientes jornadas a entrevistarse con sus conmilitones de Estat Català -Miquel Xicota y Manuel Masaramon- con la consecuencia que el 6 de febrero las autoridades locales empiezan a inquietarse ante la frenética actividad más o menos conspirativa que despliega Badia. Con la excusa de unas supuestas injurias que podría haber proferido contra los veguers con motivo de la lejana expulsión de Enric Canturri, alcalde de la Seo que tras los Fets d'Octubre se había refugiado en Andorra, el batlle Tomás lo cita a declarar. Y Badia, claro, lo niega todo: "En el ánimo del declarante sólo hay un poso de agradecimiento hacia las autoridades y hacia el pueblo andorrano donde ha encontrado acogida", manifiesta con algo de peloteo.

El veguer francés también mete baza y envía al secretario Larrieu para que lo interrogue en el mismo refugio de Envalira. Donde, por cierto, tiene que esperarlo cinco horas hasta su regreso de una jornada de esquí con un periodista de La Dépéche du Midi. Lo más sospechoso que le sonsaca Larrieu es alguna baladronada y una luctuosa premonición -"Se ha jactado de algunos golpes de fuerza en que tuvo que esgrimir el revólver con cierto virtuosismo, y teme ser víctima de una muerte violenta, que por otra parte espera lejana...- y le asegura que se opondrá a una eventual extradición a España. El veguer concluye que llegado el caso habría que expulsarlo a la fuerza. Una eventualidad que afortunadamente para todos no llegó a producirse porque Badia desapareció el 13 de febrero exactamente igual a como había llegado: por sorpresa y sin encomendarse ni a Dios ni al diablo.

Tampoco a las autoridades andorranas, que se quitaron un peso de encima mientras Badia se encaminaba con paso firme a su cita con la muerte. El atentado del 28 de abril levantó mucha polvareda. Todavía hoy la sigue levantando. La versión oficial sostiene que los autores materiales del asesinato fueron cuatro anarquistas de la CNT -Manuel Costas, Ignacio de la Fuente, José Villagrasa y Bueno, el cabecilla- como venganza porque Badia, al frente de las juventudes de Estat Català les había reventado en 1934 una huelga de tranvías. A eso se le llama tener memoria. Esta es también la tesis de Rubiralta, que niega verosimilitud a hipótesis más rocambolescas: la extrema derecha, las mafias del juego y hasta Companys (?), por un oscuro asunto de faldas a cuenta de Carme Ballester, entonces esposa del presidente de la Generalitat.

Lo cierto, concluye el historiador, es que la enemistad con Companys era manifiesta desde los Fets d'Octubre, cuando los separatistas de Estat Català se sintieron engañados por el presidente. Le reprochaban haber hecho, según ellos, todo lo posible para que el golpe fracasara. Según esta tesis, Companys sólo buscaba un golpe de efecto de cara a la galería; Estat Català, la efectiva separación de España: "A Badia lo asesinan el 28 de abril de 1936", concluye Rubiralta. "Pero políticamente ya estaba muerto desde el 6 de octubre de 1934. Es entonces cuando fracasa su estrategia y la de Dencàs, el ideólogo de Estat Català, de profundizar en la nacionalización [glups] de Cataluña aprovechando la hegemonía política de ERC y, si se presentaba la ocasión, lanzarse por el atajo hacia la independencia. Este atajo tenían que ser los Fets d'Octubre: cuando fracasa el golpe, fracasa Badia". Con algún matiz, todo este asunto suena inquietantemente familiar.

[Este artículo se publicó el 29 de abril de 2011 en El Periòdic d'Andorra]

martes, 25 de marzo de 2014

José Bazán: "Para alguien como yo, que había pedido limosna en la calle, Andorra era la gloria"

Se instaló en Escaldes en 1939, con sus padres y tres hermanos: todos ellos, refugiados de la Guerra Civil. José Bazán (Monzón, 1930) deja constancia en Jo, un nen de la guerra (Editorial Andorra) de una infancia marcada por la derrota, la miseria y el exilio, así como de la Andorra de los primeros años 40: años de estraperlo, contrabando y lucha por la supervivencia, con la II Guerra Mundial y el tráfico clandestino de refugiados como telón de fondo. La vida de Bazán encarna y resume la de centenares de hombres y de mujeres que, como él, rehicieron su vida en Andorra y colaboraron decisivamente -y silenciosamente- a construir la, ejem, prosperidad actual. Rosa Sala Rose y Plàcid Garcia-Planas tiran de los recuerdos de nuestro hombre para documentar uno de los casos de la leyenda negra que reseñan en El marqués y la esvástica, reciente libro-reportaje que desenmascara el dudoso papel de César González Ruano en el sucio negocio del contrabando de hombres.

El aragonés José Bazán, en abril de 2008 en su domicilio de Escaldes (Andorra): hijo de anarquistas, fue enviado a Lieja y terminó en Andorra cuando su padre encontró trabajo como mecánico en la central hidroeléctrica de Fhasa. Se puso a trabajar a los 12 años, y en la segunda mitad de los años 40 ejerció como intermediario de los correos que la CNT enviaba a España durante el bloqueo internacional del régimen. Fotografía: Tony Lara / El Periòdic d'Andorra.

-A los 9 años ya conocía de primera mano buena parte de la geografía del exilio republicano: Portbou, Perpiñán, Lieja... y Escaldes. ¿Que ocurrió para que su familia acabara aterrizando en Andorra?
-El fin de la Guerra Civil nos pilló en Belgica, adonde habíamos ido a para muchos hijos de anarquistas. Mi padre había encontrado trabajo como mecánico en Fhasa; mi madre, encerrada en la prisión de Lérida y condenada a muerte por roja, se salvó del paredón gracias a la intercesión de un primo falangista. En cuanto tuvimos la oportunidad, nos reunimos con mi padre. Para alguien como yo, que venía de pasar hambre, de pedir limosna por las calles de Zaragoza, de sobrevivir gracias al Auxilio Social y de superar una sarna que estuvo a punto de enviarme al otro barrio, Andorra era la gloria.

-¿Y cómo era la gloria en 1939?
-El país estaba lleno de refugiados, pero había poco trabajo: Fhasa, la agricultura y las serradoras, en la época un auténtico negocio por la demanda española de madera para la construcción. La única alternativa era el contrabando, una ocupación durísima, inhóspita, sólo apta para valientes: cada año morían un par de chicos en la montaña. Recuerdo a un chaval gallego que vivía realquilado en casa y que contrabandeaba de todo: botones de nácar, ruedas de coche y de camión, y lana, mucha lana, que acarreaba en fardos que debían pesar por lo menos 30 kilos cada uno. Pero era esto o largarte a Francia, porque no había nada más.

-¿Qué trato recibían en el país unos refugiados quellegaban con una mano delante y otra detrás?
-Tuvimos que oír muchas veces aquello de "espanyolots refugiats". Pero eran cuatro fanfarrones. La mayoría no se portó mal con nosotros. De hecho, si no hubiera sido por el refugio que encontramos en Andorra, muy probablemente yo habría muerto hace muchísimos años. A mí, este país me resucitó, así que siempre le estaré agradecido. Y estoy seguro que lo mismo podrían contar la mayor parte de los refugiados que llegamos entonces.

-Las autoridades, ¿también era tan... acogedoras?
-Lo importante era tener trabajo. Si trabajabas, la policía te toleraba. Entonces no te pedían los papeles, por la sencilla razón de que nadie los tenía y hubieran tenido que echar a todo el mundo. El problema, como ya he dicho, es que había poco trabajo: la construcción estaba casi parada y la agricultura era de pura subsistencia. Las chicas se ponían a servir en seguida que podían; yo encontré trabajo en la ferretería Lanau donde mi padre me colocó a los 12 años. Un día que no fui a trabajar para bañarme en el pozo de los Dos Valiras me pegó el único guantazo que jamás me dio. Después me colocó en la serradora de Amadeu Cintet, entonces en la plaza del Roc Blanc de Escaldes. Y allí me quedé durante 40 años.

-¿Cuál era el ambiente político en la Andorra de la época?
-Como los refugiados éramos muchos, se nos toleraba. a gran decepción vino al final de la guerra mundial. Era el momento de echar a Franco, pero no fue así por culpa de los ingleses, que lo mantuvieron en el poder para frenar al comunismo. Franco no fue más que un instrumento de los intereses estratégicos británicos durante la Guerra Fría.

-¿Tuvo usted algún papel en la lucha antifranquista?
-Muy tangencialmente: la CNT pidió voluntarios para franquear paquetes postales que no podían circular directamente entre España y Francia por el aislamiento internacional del régimen. La alternativa era hacerlos pasar a través de Andorra: nos los enviaban a nuestra dirección a través de Correos, y dentro colocaban otro sobre con la dirección francesa a la que teníamos que reenviarlo a través de La Poste.

-En sus memorias habla del estraperlo: parecía que el mercado negro era una miseria estrictamente española.
-En Andorra empezamos a pasarlo mal de verdad a partir de 1941, el segundo año de la guerra. El país tenía que subsistir con lo que era capaz de producir, que era más bien poco. Los únicos alimentos que había eran patatas, col, algún cereal, leche, de vez en cuando algo de carne y... ¡pan! Y se producían fenómenos de lo más... curioso: en 1941 se acabó la harina, pero en cambio en el mercado negro jamás faltó el pan. A precios abusivos, naturalmente.

-Imagino que no todo el mundo sufría el racionamiento de la misma manera.
-Exactamente: mi padre ganaba en Fhasa 450 pesetas al mes, y pagábamos 150 de alquiler. Con las 300 que quedaban teníamos que subsistir toda la familia. Y ten en cuenta que un litro de aceite podía costar 60 pesetas. Escalofriante. Por eso hubo gente que en aquel estado de miseria general pudo levantar mansiones: el estraperlo generó más de una fortuna.

-¿Hasta cuándo duró, esta época de vacas raquíticas?
-Las cosas empezaron a mejorar hacia 1944, con la retirada alemana de Francia, y sobre todo al finalizar la contienda. Pero lo pasamos muy mal: en casa, lo único que se comió durante mucho tiempo era la cesta de coles que nos traía una payesa de Engordany. El menú era siempre el mismo: col con patatas. Si aceite ni grasa, que sólo podías obtener de estraperlo. Lo único asequible era la grasa de cordero, que hay que ver lo mal que llega a saber. Para hacerlo algo más comible, mi madre aliñaba aquel rancho con un chorrito de... ¡leche!

-Otro episodio de la crónica negra de la época afecta a los pasadores que traicionaban a sus clientes y los abandonaban en la montaña. Y evoca en Jo, un nen de la guerra, uno especialmente miserable que tuvo lugar en Ràmio.
-Debía ser hacia 1942. Lo recuerdo porque todo el pueblo se concentró en el cementerio para enterrar a tres chicas que habían sido encontradas muertas entre Ràmio y Entremesaigües. Probablemente el guía se había cargado a sus familias, quizás ellas pudieron huir, pero cayeron luego de frío y de agotamiento. Las enterramos en el suelo, bajo unas sencillas cruces de madera y sin nombre, porque no lo sabíamos. Y con una muda indignación porque todos sospechábamos que los culpables de aquellas muertes se encontraban probablemente en el cortejo fúnebre, remedando la pena que los demás sentíamos...

[Esta entrevista se publicó el 19 de abril de 2008 en El Periòdic d'Andorra]

sábado, 1 de marzo de 2014

El último viaje de Joan Català

Muere en la Seo de Urgel el veterano anarquista y pasador de hombres durante la II Guerra Mundial.

En enero de 2012 nos dejaba Joaquim Baldrich, pedazo de hombre que hace una década rompió medio siglo de silencio y aireó la heroica, fascinante peripecia de los pasadores de hombres. Ya saben: antiguos combatientes republicanos, contrabandistas o simplemente aventureros que se pusieron durante la contienda al servicio de los aliados y ayudaron a huir de la Europa ocupada por los nazis a centenares, quien sabe si miles de fugitivos, pilotos abatidos sobre suelo alemán, judíos de todas las nacionalidades, franceses en edad militar y políticos de todas las tendencias. Baldrich era probablemente el más carismático de entre nuestros pasadores, aparte del primero de estos hombres de acción que habló abiertamente de su pasado. Pero no fue el único. Además de la cadena de Baldrich, que dirigía Antoni Forné desde el hotel Palanques de la Massana, durante la guerra operaron desde nuestro rincón de Pirineo otras muchas redes, células y grupos. En uno de ellos, el que dirigía desde Tolosa el anarquista aragonés Francisco Ponzán, se enroló Joan Català (Llavorsí, Lérida, 1913-la Seo de Urgel, Lérida, 2012), uno de los últimos supervivientes de aquella gesta, que murió el 14 de octubre [de 2012].  Tenía 99 años y un pasado tan plagado de peripecias de todos los colores que a veces costaba creer lo que contaba. Para que nadie hablara en su nombre él mismo lo explicó en El eterno descontento, atribulada autobiografía que merece la pena revisar para conocer desde dentro y en boca de unos de sus protagonistas algunos de los episodios más oscuros del siglo XX.

Català hojea un ejemplar de su autobiografia, El eterno descontento, en su domicilio de la Seo de Urgel, en el invierno de 2007. Fotografía: Màximus.

El caso es que la vida de Català es una y múltiple, como una matrioshka rusa. Y el historiador Josep Calvet, autoridad máxima sobre la materia, la ha reconstruido también en Las montañas de la libertad. Pasará probablemente a nuestra pequeña historia pirenaica como miembro del grupo Ponzán, como correo de la central anarquista CNT y como agente libre al servicio del consulado británico de Barcelona. Pero su trayectoria bélica arranca con la Guerra Civil española -voluntario primero en la celebre columna Durruti, espía al final de la contienda del Servei d'informació especial perifèric, el SIEP, donde contactó con Ponzán- y continúa tras la derrota republicana: se evade del campo de concentración de Vernet, se refugia en Andorra -en el hotel Paulet de Escaldes- y se recicla como contrabandista, como tantos otros de sus colegas. Ponzán lo ficha entonces como correo para su cadena, en 1940 es detenido en Cádiz, ingresa en prisión y protagoniza la primera de sus fugas: de la madrileña prisión del Cisne. Regresa a Andorra, de nuevo al servicio de Ponzán, pero ahora ya como pasador, utilizando en sus misiones las rutas que cruzaban el Pirineo por Andorra y la Cerdaña, a pie hasta Manresa, donde cogían el tren hasta Barcelona.

El destino final, como es sabido, era el consulado británico ubicado inicialmente en la plaza Urquinaona. En 1941 vuelve a caer, esta vez en la estación de Francia de Barcelona y en compañía de dos pilotos aliados. Otra vez es encerrado y por segunda ocasión se fuga; la historia se repetirá en 1942 y el 1943, y Català se convierte con toda legitimidad en el Houidini de los pasadores. En fin, que desarticulado el grupo Ponzán -al servicio a su vez de la Línea Pat O'Leary, mantenida por los servicios secretos de Churchill- Català se pone directamente a las órdenes del Servicio de Operaciones Especiales de Su Graciosa Majestad y se especializa -dice Calvet- en ayudar a cruzar los Pirineos a militares polacos, bien por la ruta de la Cerdaña o por los mucho más accesibles -y por eso mismo, mucho más vigilados- pasos del Ampurdán. Hasta que el 25 de junio de 1944 es de nuevo capturado en Adrall por la policía franquista.

Termina aquí la segunda vida de Català, la de pasador, y comienza la de fugitivo: en 1946 es condenado a 12 años de prisión, pero para mantener la tradición al año siguiente se escapa del penal madrileño de Carabanchel; pasa a Francia, donde es nuevamente detenido -por indocumentado, ¿les suena?- y liberado, decía, gracias a la intervención de los servicios secretos galos y en reconocimiento a su papel en las cadenas de evasión durante la guerra. No tendrá tanta suerte en 1951: la policía lo pilla tras atracar un furgón correo en Lyon: pasará los siguientes 14 años como inquilino de las prisiones francesas. Sale en liberad en 1965 y se instala otra vez en Andorra, penúltima estación antes de recalar definitivamente, ahora sí, en La Seo. Una vida como se ve intensa como pocas, hoy difícilmente concebible -fuera de la gran pantalla, claro- y una mezcla de heroísmo, temeridad n inconsciencia que a veces parece salida de una entrega de Hazañas bélicas, y otras, de un reportaje de El Caso, y que él aliñaba con silencios y sobreentendidos que la hacían todavía más suculenta. Sus últimos años, especialmente a partir de la publicación de El eterno descontento, recibió el reconocimiento público que casi siempre le fue esquivo.

[Este artículo se publicó el 17 de octubre de 2012 en El Periòdic d'Andorra]


jueves, 13 de febrero de 2014

Las tres muertes del anarquista Eroles

Roland Eroles investiga el papel de su primo, Dionisio, en la represión en la retaguardia catalana durante la Guerra Civil; militante de la CNT y faista, fue jefe de las patrullas de control y orden público de la Generalitat entre octubre de 1936 y mayo de 1937.

Hubo un tiempo en que el apellido Eroles imponía en Barcelona respeto, temor e incluso terror. Normal, si tenemos en cuenta que Dionisio Eroles (Barcelona, 1900-¿Andorra, 1941?) fue entre octubre de 1936 y mayo de 1937 -justo en los inicios de la Guerra Civil- el jefe del servicio de orden público de la Generalitat. De la poli, vamos. Y que entre las responsabilidades de este histórico militante libertario, miembro de la FAI -la vanguardia política del sindicato y núcleo duro del anarquismo catalán, al lado de hombres como Aurelio Fernández, Manuel Escorza y José Asens- figuraba la de dirigir las célebres patrullas de control (!), que durante los primeros meses de la contienda impusieron su revolucionaria ley a sangre y fuego en la retaguardia catalana. Una represión en muchos casos extrajudicial que se saldó con cifras terroríficas: 8.360 vítimas mortales, según las cuentas del historiador catalán Jordi Albertí en El silencio de las campanas. El reinado de Eroles terminó abruptamente cuando en mayo de 1937 los anarquistas fueron desalojados de la posición de fuerza que desde los inicios de la guerra habían ocupado con el beneplácito del presidente de la Generalitat, Lluís Companys. Son los Fets de Maig. Desde entonces, Eroles se dedicó a sobrevivir, esquivando las represalias de los antiguos compañeros de lucha antifascista y evitando hábilmente acabar en el frente. Con relativa buena fortuna, porque fue unos de los miles de catalanes que con la derrota republicana emprendieron el camino del exilio. Otros no llegaron vivos a la debacle.

Foto sin fechar de nuestro hombre. Fotografía: Archivo.

Dionisio Eroles en noviembre de 1936, cuando era jefe de orden público de la Generalitat: sentado, en el centro y rodeado de Els Nanos d'Eroles, su guardia pretoriana, en la época en que su nombre imponía respeto, temor y terror en las calles de Barcelona. Fotografía: Mi revista.
 
Era febrero de 1939, y si hablamos de Eroles aquí y hoy es en parte por este motivo: su trayectoria bélica, que ya durante el último tramo de la contienda es difícil de reconstruir, entra a partir del exilio en el campo de la pura y fascinante leyenda. Lo cierto es que en un momento indeterminado de 1940 se le pierde definitvamente la pista. Dos hipótesis explicaban hasta ahora la desaparición de Eroles: la primera, sustentada en una carta del aragonés Antonio Ortiz Ramírez -como él mismo, antiguo militante libertario- fechada en 1977, sostiene que nuestro hombre fue capturado entre la primavera y el verano de 1940 en el campo de concentración de Vernet por un comando del grupo Ponzán -la célebre red de pasadores en que militó Joan Català, recientemente fallecido- que iba tras un supuesto botín cuyo paradero se supone que Eroles conocía.

Para sorpresa de Ortiz, consiguió escapar con vida de sus captores. La alegría no le duró mucho: al cabo de unas semanas volvieron a pillarle y esta vez no hubo contemplaciones. Lo liquidaron. Según esta versión, sus antiguos conmilitones, que como se ve no se endaban con tonterías, lo enterraron "dans un coin des Pyrénées". La segunda versión es todavía más inquietante: Eroles habría conseguido refugiarse en Montalban, en el departamento del Tarn, hasta que fue localizado por las autoridades francesas, detenido y entregado a la polícia franquista, que en lugar de trasladarlo a España para juzgarlo optó por la expeditiva solución de ejecutarlo... ¡en territorio andorrano! De confirmarse esta segunda hipótesis, uno de los hombres a los que tradicionalmente se ha atribuido la responsabilidad del terror rojo yace, glups, entre nosotros.

En busca de la verdad (en la medida de lo posible)
Pelín rebuscado, la verdad, pero en cualquier caso una nueva y prometedora página en el libro de la Guerra Civil que nos toca -o que nos podría tocar- de bien cerca: ¿fue un hecho puntual, o era práctica habitual, que la policía franquista ejecutara a sus huéspedes incómodos en tierra andorrana? ¿Tuvieron alguna noticia de ello, las autoridades locales? Y si es así: ¿prefirieon mirar hacia otro lado? Hay veces en que lo mejor es no saber... Para determinar cuánto hay de verdad, cuánto, de acusación malintencionada, y cuánto, de pura fabulación en esta figura escurridiza, Roland Eroles (Andorra la Vella, 1967) emprendió un decenio atrás una maratoniana investigación con la que pretende "restablecer la verdad, saber quién fue y qué fue de Dionisio, para lo bueno y para lo malo".

Como habrá intuido el lector, Roland parte de un interés muy personal, casi íntimo en el asunto: Dionisio era primo hermano de su padre, Francesc Eroles, exiliado también de primera hora y que -casualidades sinistras que depara la vida- se instaló en Andorra en 1948. Roland se ha sumergido en archivos españoles, franceses y holandeses -los de la CNT están depositados en Amsterdam- siguiendo el rastro de su pariente. Y a las dos hipótesis digamos que tradicionales sobre el mutis de Dionisio añade ahora una tercera pista: que cambiase de identidad y que embarcara rumbo a la América Latina para emprender una nueva vida. A favor de esta hipótesis juega, arguye Roland, el ejemplo de otros correligionarios como el mismo Escorza, que se instaló en la ciudad chilena de Valparaíso hasta su muerte, en 1968. Incluso podría darse el caso de que hubiera formado una nueva familia. Pero también hay algún contra: "Aunque en un contexto bélico y ante el temor de represalias nunca se sabe cómo va uno a reaccionar, parece que esto de desaparecer sin dejar rastro no se avenía con su talante".

Pero es un hilo y por lo tanto, una esperanza. Además, Roland tampoco acaba de ver claras las otras dos alternativas: de la solución franquista no le cuadra la falta de publicidad que hicieron las mismas autoridades españolas de la época, que utilizaban la captura de figuras como Eroles como munición para la batalla propagandística: "No he encontrado ni rastro en los archivos policiales". Que los culpables fueran los anarquistas de Ponzán tampoco lo ve claro: "El único testimonio que hay es el de un antiguo militante que habla de oídas y treinta años después de los hechos de un botín que Dionisio difícilmente se hubiera podido llevar consigo a Francia, porque a los exiliados las autoridades francesas les confiscaban absolutamente todas sus pertenencias al cruzar la frontera".

¿Cabeza de turco?
Así que el enigma Eroles continúa vigente. Pero retrocedamos unos años y regresemos a la Guerra Civil: ¿fue este hombre de aquí arriba -en una de las escasa fotografías que se conservan: ésta se publicó en el número de diciembre de 1936 del semanario barcelonés Mi revista: en el apogeo de su reinado- uno de los responsables del terror que imperó en la retaguardia catalana en los primeros meses de la contienda? Roland sospecha que Dionisio, como tantos otros anarquistas, sirvieron como cabeza de turco a quien endosar las culpas del llamado terror rojo. Un deporte, éste, al que se aplicaron con entusiasmo no sólo el bando franquista sino también los que hasta mayo de 1937 habían sido compañeros de armas de CNT y FAI: es decir, ERC, PSUC, POUM, Estat Català...: "Se  habla de Eroles y de los anarquistas como de elementos incontrolados, sanguinarios, siniestros y criminales. Pero lo cierto es que la violencia en la calle remite a partir de octubre de 1936, justo cuando él es nombrado jefe del servicio de orden".

Pero, ¿hasta qué punto estaba pringado Dionisio? ¿Qué parte alícuota de responsabilidad le corresponde entre las 8.360 muertos de la represión? "El Comité de milicias antifascistas lo integraban miembros de todos los partidos; fijémonos en su composición y en la proporción y sabremos qué parte de culpa le corresponde a cada cual", insiste. ¿Es Eroles, en fin, un hombre inocente a quien la historia -que escriben, ya saben, los vencedores- ha colocado injustamente del lado de los malos? Entre 1920 y 1935 estuvo constantemente entrando y saliendo de prisión acusado de atentados y sabotajes varios. Pero nunca, jamás se le pudo endosar ni un solo muerto, sostiene. Tampoco durante su mandato como jefe de la policía de la Generalitat -y de las patrullas de control- se le puede imputar, asegura, ningún delito de sangre.

Eso sí: su nombre aparece en el sumario por la extorsión y asesinato de 46 hermanos maristas que pretendían escapar a Francia. Según esta acusación, se podría haber apropiado de parte de los 200.000 francos que la orden había pagado en concepto de rescate. "Pero se trata de un solo testimonio que dice que le parece que quizás le habían entregado a él el dinero. Y tampoco llegó a demostrarse. Así que la acusación hay que tomarla con muchísimas reservas", recalca Roland. Llegados a este punto, convendrá el lector que se hace inevitable especular: ¿y si era este rescate el botín que perseguían los anarquistas de Ponzán? En un relato como este, construido a base de sombras, de suposiciones y de suplantaciones, no constituiría la hipótesis más estrambótica.

[Este artículo se publicó el 11 de diciembre de 2012 en El Periòdic d'Andorra]