Incursiones relámpago, estilo Sturmtruppen, en episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y las dos postguerras, con ocasionales singladuras a alta mar, a ultramar y si conviene incluso más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

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miércoles, 12 de marzo de 2014

Con el Cojo, antes del 'torb'

[Torb: tormenta de nieve en alta montaña, con vientos superiores a los 56 kilómetros/hora y temperaturas inferiores a los -12º]

Rafel Dalmau reimprime las memorias de guerra de Francesc Viadiu; el autor de Entre el torb i la Gestapo reivindica su papel en la represión de la violencia anarquista en el Alto Urgel y la Cerdaña.

La escena tiene lugar la madrugada del 28 de abril de 1937, justo en la entrada de Castellciutat, al lado de la Seo: Francesc Viadiu (Solsona, Lérida, 1900-Sant Llorenç de Morunys, Lèrida, 1992) y sus dos escoltas -los guardias de asalto Peiró y Cid- acaban de apearse del coche oficial y el comité de bienvenida lo forman seis hombres armados -pongámosles, venga, cinematográfica pinta de milicianos de Tierra y libertad- dispuestos a disparar a la mínima oportunidad. De momento le dedican a Viadiu un rosario de insultos más bien exóticos, teniendo en cuenta que nuestro hombre es en aquellos momentos el delegado de Orden Público de la Generalidad en Lérida: "¡Ya te tenemos! ¡Contrarrevolucionario, fascista, salvacapellanes!" Se entiende que Viadiu no lo acabara de ver claro y que tuviera serias dudas sobre sus posibilidades de salir con vida de aquel encontronazo con los célebres incontrolados: "La situación era francamente crítica. Aquella gente que me rodeaba no las tenía todas consigo y estaba claro que tenían miedo, mucho miedo. Sentía más aprensión de que me acabaran matando de forma accidental que no consciente y deliberadamente. Pero intentar hablar con ellos era un diálogo de sordos".

Portada de la última reimpresión de Delegat d'Ordre Públic a Lleida 'la Roja', que apareció en febrero de 2013. La primera edición es de 1979. Fotografía: Archivo.
Portada de la última edición -hasta el momento- de Entre el torb i la Gestapo, reimpresa en 2007 y con el célebre cartel de Pere Català Pich, Aixafem el feixisme. Fotografía: Archivo.

Es evidente que Viadiu sí que se salió con la suya. Con algo de fortuna, todo sea dicho, y una estratagema de lo más pintoresca: primero fue la oportuna y salvadora llegada del camión con una treintena de guardias procedentes de Lérida y que constituían en esa coyuntura su argumento más convincente: el ardid consistió en hacer creer a los pelagatos del control que los guardias no moverían un dedo si no era a sus órdenes, y u si se portaban bien tenían alguna posibilidad de escapar con vida de aquel percance. Contra pronóstico picaron, y se evitó lo que parecía un inminente baño de sangre: en cuanto los guardias ordenaron "¡Alto!", a los "escopeteros" -como él los denomina- les faltó tiempo para desaparecer gallardamente del campo de batalla. Tenían vía libre hasta Bellver.

No era poco, porque se trataba del segundo encontronazo poco amistoso de aquella intensa noche: en Orgaña, antes de llegar a Castellciutat, ya se las había tenido tiesas con un comisario del ayuntamiento de la Seo -dominado en aquel momento por los anarquistas de la FAI, gente expeditiva y poco dada a las sutilezas- que en una amable charla en el café de Picoy le adviertió amablemente de que a la altura de Tres Ponts -recuerde el lector que estamos en los mismos escenarios que un siglo y medio antes se había pateado Langlois- habían emplazado un nido de ametralladoras dispuesto a cerrarles el paso. Un farol, como la columna comprobó minutos después.

Fuenteovejuna... de la Cerdaña
Pero, ¿qué se le había perdido, a Viadiu, en este rincón de mundo, jugándose el pellejo en cada control de carretera? El autor de Entre el torb i la Gestapo era en aquel momento -ya se ha dicho- el responsable de Orden Público en Lérida, y se dirigía hacia Bellver exactamente para cumplir su cometido: para poner -o imponer- algo parecido a un cierto orden y un cierta legalidad. Los vecinos de la localidad acababan de liquidar a Antonio Martín, alias El Cojo de Málaga -funesto personaje, dice, "que dominaba todos los municipios de la comarca... excepto Bellver, el único que no se había dejado tiranizar"- y a un tal Fortuny, secuaz del Cojo y jefe del comité de la Seo -glups: ya empezamos. Seguro que a esas alturas ya se arrepentían de su heroicidad: alarmantes rumores indicaban que las tres columnas de incontrolados que había comandado el Cojo -procedentes de Puigcerdá, Alp y la Seo: más de 200 hombres armados, no era cosa de broma- convergían en Bellver y se preparaban para el asalto definitivo. Viadiu y su treintena de guardias eran la única esperanza de que la cosa no terminara en un baño de sangre. El problema es que venían de Lérida y corrían el riesgo de llegar tarde. Pero no fue así: a las 4 de la madrugada entraban en Bellver sin noticia de la fuerza enemiga: con la desaparición de Martín y la desbandada de sus esbirros parecía haberse conjurado el peligro de la venganza faista. Las dos comarcas parecían dispuestas a recobrar una cierta normalidad... porque la guerra continuaba ahí fuera.

Este es uno de los episodios recogidos en Delegat d'Ordre Públic a Lleida 'la Roja', las memorias de guerra de Viadiu que Rafael Damau acaba de reimprimir. Un texto de claro carácter reivindicativo en que el autor pasa revista a su controvertida peripecia bélica, justo antes de su mucho más conocida faceta como pasador de hombres al servicio del MI6 desde el hotel Palanques de la Massana. Los suyos lo acusaban de haber provocado el enfrentamiento con los faistas que terminó con la muerte del Cojo; él insistía que se había limitado a cumplir con la palabra dada -que socorrería a todos los pueblos bajo protección de la Generalidad que fuesen atacados por incontrolados- y que en cualquier caso, cuando él y sus guardias llegaron a Bellver, Martín y Fortuny ya habían sido abatidos por uno de los defensores. Gran tirador, por cierto, porque hizo blanco a una distancia de entre 600 y 800 metros, la que había entonces entre las primeras casas del pueblo y el río Segre: "¿Quién os mató?" se pregunta Viadiu. "No fue Fuenteovejuna. Fue Bellver de Cerdaña, este admirable pueblo que supo mantener a raya a los incontrolados".

El de Bellver es posiblemente el más célebre de los episodios en que Viadiu participó durante la Guerra Civil. Aunque hay otros, menos conocidos pero igualmente significativos: en Delegat d'Ordre Públic reivindica también su papel en los primeros compases de la contienda, cuando los faistas aspiraban a "limpiar Solsona de fascistas". Como delegado en el Solsonés, Viadiu puso entonces bajo su protección a los frailes benedictinos del santuario del Miracle, y ayudó a huir al prior del convento del Corazón de María y al mismísimo obispo de Solsona,Valentí Comellas, un "ultracarquista" a quienes los anarquistas buscaban para "peinarlo con raya". También de infausta memoria, este Comellas, porque una vez terminada la guerra y repuesto en la Mitra, dice Viadiu, el obispo no movió ni un dedo para salvar la vida de dos hombres que en plena fiebre anarquista se jugaron por él el pellejo y lo acompañaron hasta Andorra. Pero así se escribe la historia.

'Entre el torb i la Gestapo': crónica de un éxito editorial
No nos encontramos quizás ante un estricto best seller, pero sí de un primo hermano suyo: un long seller, especie aun más rara, estos libros de largo recorrido que superan las modas y las coyunturas y acaban convirtiéndose en títulos de fondo. Ejemplares con pátina de los que a los libreros les cuesta deshacerse porque con los años les han cogido cariño: son casi de la familia. Pues a esta rara raza pertenece por derecho propio Entre el torb i la Gestapo, a novela que recrea en clave de ficción -mucha ficción, quizás demasiada- las redes de pasadores de hombres que operaban durante la II Guerra Mundial desde Andorra al servicio del MI6, y que Viadiu conoció desde dentro con el nombre en clave de Alexis. La novela, publicada inicialmente por Hogar del Libro (1974) y Ruedo Ibérico (Cadena de evasión, 1976), fue reeditada en 2000 en una iniciativa conjunta de a familia Viadiu y de la librería La Puça de Andorra la Vella, coincidiendo con la emisión de la serie homónima por TV3 y Andorra Televisió -a misma serie que veteranos como Quimet Baldrich y Jaume Ros no se cansaron en vida de vilipendiar con acritud- y reimpresa en 2007. Un long seller que ahora roza los 10.000 ejemplares, sumando ediciones y reimpresiones: "Hablar en este caso de superventas es posiblemente exagerado; 10.000 ejemplares no son ciertamente una enormidad, pero sí que es una cifra muy, pero que muy buena: tres o cuatro veces la tirada habitual en la memorialística en lengua catalana", dice el editor Rafael Català, con la discreta trampa de colocar en la sección de memorias una obra de ficción como lo es Entre el torb i la Gestapo. Pero no nos vamos a poner ahora quisquillosos.

El caso es que el éxito sostenido del torb es el culpable de la segunda vida de Delegat d'Ordre Públic, publicado inicialmente en 1979 por Rafael Dalmau y hasta ahora inencontrable. La bibliografía de Viadiu -miembro de Estat Català, fundador de ERC y diputado por Lérida al Parlamento catalán, exiliado en 1939, retornado en1952, juzgado en consejo de guerra y condenado a 20 años de prisión, de los que cumplió once meses- se completa con Hostal d'Entença (Hogar del Libro, 1980), donde repasa precisamente su experiencia como inquilino de la cárcel Modelo, que se levanta en la calle de Entenza de Barcelona. Un título, este último, hoy descatalogado y carne de coleccionista. Hay que añadir para terminar que Viadiu y el editor Rafael Dalmau coincidieron en su juventud en las filas de Estat Català, y que el mismo Dalmau es uno de los personajes históricos que trufan las páginas de Delegat d'Ordre Públic. Así que publicarlo en el sello del editor fue -concluye el nieto, el también editor Rafael Català- una forma literaria de reecontrarse con un viejo amigo de los años de plomo.

[Este artículo se publicó el 14 de febrero de 2013 en El Periòdic d'Andorra]

jueves, 27 de febrero de 2014

La leyenda negra y el doctor Coco

Las memorias de Cyril Penna ofrecen nuevas pistas para una posible identificación del infausto médico.

Cómo son las cosas: días atrás dábamos aquí mismo noticia de Escape and Evasion, las apasionantes, magnéticas memorias de guerra del aviador británico Cyril Penna, que entre el 1 y el 10 de marzo de 1943 disfrutó de la proverbial hospitalidad andorrana. Un hombre sin duda afortunado, por otra parte, teniendo en cuenta que había sido abatido el 29 de noviembre de 1942 al norte de París -servía como artillero en un Short Stirling que regresaba de una misión sobre las factorías Fiat de Turín, y tuvo la mala pata de darse de bruces con el Messerschmitt 110 de Helmut Bergmann- y que el 16 de abril de 1943 llegaba sin novedad a Gibraltar después de la odisea que relata en el libro. El caso es que Penna deja en Escape and Evasion  constancia del trato casi sádico que un tal Antoni de barcia -médico mallorquín en aquella época instalado en Andorra- le dispensó en un improvisado quirófano en el hostal de Escaldes donde se alojaban al capitán Dick Adams, aviador norteamericano y compañero suyo de escapada. Recuerda Penna con espanto la sospechosa insistencia del tal Barcia en amputar el pie izquierdo de Adams, que había sufrido severas congelaciones durante el paso del Pirineo. La cosa no fue a más porque en el últim momento Penna consiguió sacar a Adams de aquel tugurio y trasladarlo a la consulta que el doctor Trias, eminencia de la cirugía española entonces refugiado en Andorra, habñia abierto en la Casa  Guillemó -que todavía existe- y en la que él mismo había sido tratado.

Espeluznante imagen de un médico tratando las gravísimas congelaciones en los pies de un refugiado que acaba de cruzar el Pirineo. Atención al cigarrillo. ¿Sería el doctor Trias? Y el paciente, ¿Cyril Penna? Fotografía: Archivo Nacional de Andorra.

En el detallado informe que redactó para el MI9 -la rama de la Inteligencia Militar británica que tomaba declaración a los evadidos que regresaban a casa- deja Penna constancia del incidente sin identificar al médico -"My feet were very badly frost botten, and a doctor in Andorra Clinic wished to amputate my left foot". En cambio, en Escape and Evasion sí le pone nombre y apellido: los de Antoni de Barcia. Claude Benet especula en Guies, fugitius i espies que podría tratarse, efectivamente, del doctor Coco, el alias con que Viadiu bautiza en Entre el torb i la Gestapo a un doctor de infausta memoria, alcohólico y cocainómano -de ahí el sobrenombre- y que curiosamente es el único personaje de la versión televisiva de la novela que no parece de cartón piedra. Aunque bien podría deberse a la estupenda interpretación de Fermí Reixach. Pero esta es otra historia y la cuestión es que, según Benet, este Barcia "intentaba amputar las manos, los pies o los miembros helados de los refugiados que transitaban por Andorra para entregarlos a la Gestapo. Nos falta la prueba definitiva que vincule a este Barcia con el doctor Coco, pero pondría la mano en el fuego que estamos hablando de la misma persona".

He aquí otro hilo que habrá que estirar, a ver qué sale. La solución quizás no esté tan lejos como parece: la historiadora catalana Rosa Sala Rose -autora de aquel estupendo volumen, La penúltima frontera, sobre el paso de fugitivos judíos por los Pirineos durante la II Guerra Mundial- prepara una monografía de pronta aparición que promete espectaculares revelaciones sobre la leyenda negra que históricamente ha ensombrecido la epopeya de los pasadores. Incluso ha abierto un blog -La leyenda negra en Andorra- en que solicita la colaboración de los internautas para poner algo de luz en materia hasta ahora rservada. A ver.

[Este artículo se publicó el 27 de agosto de 2013 en El Periòdic d'Andorra]

viernes, 3 de enero de 2014

Entre la farsa y el bostezo (a propósito de 'Entre el torb i la Gestapo' y II)

¡Qué vida, oigan, la de los pasadores! Todo el día viajando, alternando con gente de todas las nacionalidades -una atractiva agente del MI-6 por aquí y un oficial polaco por allá, un fotogénico maquis antifranquista (y señora) o un aviador gibraltareño, por aquello de la cosa exótica- o flirteando con alguna misteriosa francesita de la Resistencia. Pero no demasiado, porque eran gente decente que tenían a la santa esperando lealmente en casa con los chavales. Un chollo, en fin. Cuando el cuerpo no podía más, siempre cabía la posibilidad del reposo del guerrero en brazos de una de las putillas que pululaban por el Mirador. Y todo esto, bien aliñado con generosas dosis de champán francés -nada de cava, que es bebida de perdedores y mindundis. Bueno, de vez en cuando sí que podían tener algún encontronazo con la Gestapo, normalmente gentuza miserable que llevaban escrito en la cara que eran los malos del asunto, y afortunadamente obtusos como pocos. Un inconveniente fácilmente soportable con algo de deportividad británica porque al final, y con el permiso de Manel, "ja sabem que els guerrers s'avorreixen si no hi ha una mica d'acció".

En fin, que esta vida de color de rosa es la que les pintan el director Lluís Maria Güell y el guionista Joaquim Jordà a los pasadores que sacan la patita por Entre el torb i la Gestapo, la miniserie inspirada (?) en la novela homónima de Francesc Viadiu, producida el 2000 por TV3, subvencionada generosamente por el Gobierno de Andorra -con 130 de los 325 millones de pesetas del presupuesto- y reemitida la madrugada del día de San Esteban por el Canal 33. Es verdad que veníamos resabiados de casa: Joaquim Baldrch y Jaume Ros habían dicho pestes de la película, pero ingenuamente algunos pensábamos que quizás no había para tanto, que se trataba de ficción y que por lo tanto eran perfectamente comprensibles ciertas licencias poéticas.

Con este ánimo nos sentamos la madrugada del jueves delante de la televisión, ¡y cuánta razón tenían, Baldrich y Ros! ¿Por qué no les hicimos caso? Entre el torb i la Gestapo encarna y resume todos los tics, todos los vicios de la teleserie a la catalana. Todos. Y no se olvidan ni uno: personajes desprovistos de cualquier profundidad comenzando por el Viel de Antonio Valero, un blando a quien por nada del mundo confiaríamos nuestra vida; diálogos banales que se limian a remarcar lo que ya estamos viendo en la pantalla; personaje estereotipados, con buenos que lo son tanto que dan grima, como la jefa del Mirador o Joaquín, el pasador supuestamente vasco a quien algún iluminado obliga a hablar en un castellano macarrónico -¿desde cuándo los vascos chapurrean así?-, y malos a los que sólo faltan el rabo y los cuernos. Como el doctor Coco de Fermí Reixach, por ejemplo, curiosamente la criatura más simpática que desfila por esta Andorra de cartón piedra y a la que se le ven todas las cañerías, para decirlo a la manera de Marsé: Por no hablar de la producción artística, que confunde la verosimilitud con la exhibición de modelitos, automóbiles e interiores vintage, o del demoledor ritmo de caracol que lastra la trama. Más que de caracol, absoluta falta de ritmo: no ocurre nada (o casi nada) a lo largo de los 180 minutos de Entre el torb i la Gestapo, los personajes se limitan a intercambiar frases tópicas como si fueran autómatas, y todo esto en una serie se supone que de espías, en plena II Guerra Mundial.

El hotel Mirador de Andorra la Vella, según la versión televisiva de Entre el torb i la Gestapo: cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, comenzando por el hormigueo de gente que convierte la Andorra de 1943 -apenas 6.000 habitantes en todo el país- en las Ramblas barcelonesas en hora punta. O casi. [Fotografía: Televisió de Catalunya].

Prohibido aburrir
El asunto es todavía peor cuando al director le da por ponserse épico. Aquí sí que naufraga lastimosamente. Las escasísimas escenas de acción -el enfrentamiento, es un decir, entre el vasco (?) Joaquín y el colaboracionista Lemmonier en los túneles de la Massana, por no hablar del asalto al café Tout va bien- no tienen ninguna grandeza, invitan a la incredulidad y, lo que es peor, al bostezo. El momento culminante de este juego de despropósitos es la noche de Fin de Año en el Mirador en que los refugiados catalanes desafían a los agentes alemanes presentes en el hotel a golpe de Segadors. Es evidente, por no decir ingenuamente obvio, que pretende ser un homenaje a la Marsellesa que Laszlo y sus compis se marcan en Casablanca. Pero es que más que un homenaje, aquellos acaba conviertiéndose en una farsa. Involuntaria, por supuesto, con una batallita a tortzao (?) limpio que antes parece el vagón de los hermanos Marx que el Rick's del gran Humphrey. Hay que ser muy ingenuo, conocer muy poco el carácter local -que toleraba, sí, la presencia de refugiados, pero siempre que no llamasen demasiado la atención, y que no habría consentido jamás este abierto desafío al poder alemán- y hacer absoluta abstracción del momento bélico -Hitler es todavía el amo y señor de casi toda la Europa continental- para imaginar que un episodio así era posible en la Andorra de 1943.

Lo decía Ros en junio de 2000, con la sangre todavía caliente después de haber presenciado este burdo ejercicio de historia contrafactual: "Nos jugábamos la vida, no estábamos para alegrías como ponernos a cantar Els Segadors en la barra del bar. El himno lo llevábamos dentro, bien escondidito". ¿Y las putillas? "En el Mirador no había señoritas, y mucho menos champán. ¡Pero si era los años más duros del racionamiento! La vida del refugiado equivalía a miseria: puta miseria". Por todo lo que antecede sonó a completa impostura la entrevista masaje que Àlex Gorina, el crítico de cine oficial de TV3, le dispensó en el entreacto al director del artefacto, prodigando los elogios y vendiendo Entre el torb i la Gestapo poco menos que como una obra maestra del género, y comparándola repetidamente -atención, sacrilegio- con Casablanca, claro, y con Los cañones de Navarone. ¡Madre mía!

Llegamos al final y todavía no hemos hablado de la presunta participación andorrana en todo esto. Se ve que los 130 millones sólo daban derecho a colar algún remoto exterior nevado -con nieve de mentirijillas, claro- y un par de figuraciones de Xavi Fernández, aquí en la piel de un reluciente zapatero, y de Pere Tomàs, improbable mosén más improbablemente aún compinchado con la cadena de Viel. Ni una triste vista del casco antiguo de la capital -no sé, la plaza Monjó, la calle de la Vall, los restos del auténtico Mirador... Nada de nada. De hecho, el Mirador es puro cartón piedra recreado en el plató, y las calles de la capital parecen las Ramblas en hora punta -miren la foto de aquí arriba. Pues bien, resulta que la Andorra de 1943 era un país casi despoblado, con apenas 5.000 habitantes.

Uno de los momentos mas cómicos y reveladores, porque delata el absoluto desconocimiento del terreno que pisan director y guionista, es cuando Viel se despide de la casera del Mirador. Hay besos, hay lagrimitas y hay de todo, porque se quieren mucho -pero sin doblez, que estamos hablando de luchadores antifascistas- y les duele separarse. Como si se largara a la otra esquina del mundo. Pues no: Viel se muda a Sant Julià de Lòria, a apenas 10 kilómetros de Andorra la Vella. No parace distancia suficiente para justificar tanta efusión sentimental, y menos aún en un hombre acostumbrado a lidiar con agentes dobles, espias de todo pelaje y oficiales de la Gestapo.

Con todo, el mayor problema de Entre el torb i la Gestapo no es que confunda ficción y realidad, como denunciaban Baldrich y Ros -"Lo mínimo que se les debería exigir es que no mixtifiquen la historia, que expliquen los hechos tal como ocurrieron", decía el segundo. La primera obligación de una supuesta película de acción debería ser no aburrir al espectador. Por eso, lo peor de todo es que el engendro de Güell y compañía deviene una película larga, plana, mortalmente aburrida. Y con el material con el que contaban, esto sí que no tiene perdón de Dios. Vaya, que más que Entre el torb i la Gestapo, va y les salió Entre la farsa y el bostezo.

[Artículo publicado el 3 de enero de 2014 en El Periòdic d'Andorra]

martes, 24 de diciembre de 2013

Historia, ficción y licencias poéticas (a propósito de 'Entre el torb i la Gestapo' I)

Hoy constituye casi un lugar común historiográfico, pero trece años atrás, cuando TV3 produjo Entre el torb i la Gestapo -con una generosa aportación del gobierno de Andorra: 130 de los 325 millones de pesetas del presupuesto total- la gesta de los pasadores -ya saben: los contrabandistas y excombatientes republicanos reconvertidos en guías de montaña que condujeron a través de los Pirineos y hasta el consulado británico de Barcelona a centenares, quizás miles de refugiados procedentes de la Europa ocupada por los nazis- formaba parte de una nebulosa histórica que lindaba con la leyenda, incluso con la leyenda negra. Por este motivo, la miniserie basada en la novela homónima de Francesc Viadiu -180 minutos divididos en dos episodios estrenados por Andorra Televisió el 8 y el 9 de junio del 2000- significó para buena parte de la audiencia el descubrimiento de un episodio de nuestra historia que hasta entonces sólo conocían los lectores de la novela de Viadiu y de aquella serie fundacional de artículos inspirados en su experiencia personal que Antoni Forné publicó en los años 70 en el semanario Andorra 7.

La reemisión de la serie, el jueves en TV3, es una excelente ocasión para recordar como encajaron Entre el torb y la Gestapo dos testigos tan cualificados de los hechos que Viadiu relata como Joaquim Baldrich (el Pla de Santa Maria, Tarragona, 1916-Escaldes, 2012) y Jaume Ros (Agramunt, Lérida, 1918-Oliana, Lérida, 2005): el primero, miembro de la cadena que el mismo Forné dirigía desde el hostal Palanques de la Massana; el segundo, de la de Estat Català que operaba desde Perpiñán. Con ambos tuvimos la oportunidad de hablar con motivo del estreno de Entre el torb i la Gestapo, y los dos coincidían en criticar agriamente la visión edulcorada que ofrecía de una época oscura, en que lo habitual consistía en contemporizar con los nazis o, como mucho, intentar pasar desapercibidos. Ros se indignaba ante el burdo intento del director, Lluís Maria Güell, y del guionista, Joaquim Jordà, de convertir el hotel Mirador de Andorra la Vella, donde se alojaban los agentes alemanes destacados durante los años centrales de la II Guerra Mundial en Andorra, en el Rick's de Casablanca: "¡¿Cómo pueden decir que los refugiados catalanes cantaban Els Segadors en el comedor del hotel?! Pero si lo evitábamos tanto como podíamos, el Mirador, y andábamos todos cabizbajos..."

Portada de le edición en catalán de Entre el torb i la Gestapo, publicada en el 2000 por Rafael Dalmau i la librería La Puça; la traducción en castellano, titulada Cadena de evasión, la publicaron Hogar del Libro (1974) y Ruedo Ibérico (1976).

En este mismo sentido se expresaba Baldrich, que se escandalizaba de las farras que en la serie se montan en el Mirador, incluido un buen surtido de señoritas de compañía: "Todo esto de las putas y el champán y de las fiestas que se corrían... ¡Todo esto es mentira!" El caso es que ni uno ni otro le perdonaban a Entre el torb i la Gestapo que la versión de los hechos que daba no tenía nada que ver con la que ellos recordaban. Con la diferencia -a su favor- que tanto Baldrich como Ros sabían de lo que hablaban... porque lo habían vivido de primerísima mano. Ya les podías ir diciendo que se trataba de una serie de ficción inspirada en una novela. Para ellos, aquello era "mentira", y no había nada más que decir. Más aún: los dos cuestionaban el papel que Viadiu -Viel, en la ficción televisiva- se arroga en el funcionamiento de las cadenas de evasión que operaban a través de Andorra: para Baldrich, "era un hombre de letras, sí, pero de pasar montañas..." El único viaje en que ejerció de guía de un grupo de fugitvos, sostenía, acabó con el grupo dispersado a tiros en la estación de Manresa: "El consulado británico no volvió a confiar en él". Ros, lo mismo: "La supuesta cadena de Viadiu nunca ha tenido una explicación semioficial".

En cualquier caso, la reemisión de Entre el torb i la Gestapo es una estupenda ocasión para recuperar la novela original, publicada inicialmente en castellano con el título de Cadena de evasion por Hogar del Libro (1974) y Ruedo Ibérico (1976), y traducida en el 2000 al catalán por Rafael Dalmau y la librería La Puça de Andorra la Vella coincidiendo con el estreno de la adaptación televisiva.

[Este artículo se publicó el 24 de diciembre de 2013 en El Periòdic d'Andorra]