Incursiones relámpago, estilo Sturmtruppen, en episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y las dos postguerras, con ocasionales singladuras a alta mar, a ultramar y si conviene incluso más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

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miércoles, 5 de febrero de 2014

El hombre que mató a Franco

Llega a las librerías Els ambaixadors, la novela con que el escritor Albert Villaró se adjudicó el último premio Josep Pla de narrativa en catalán.

Atención: esta especie de reseña contiene spoilers. Varios, además. Lo sentimos mucho pero ya lo advirtió el mismo Villaró la misma noche que se llevó el Josep Pla: es difícil hablar de Els ambaixadors sin reventar la trama, el sofisticadísmo engranaje argumental que sostiene este auténtico tocho de más 600 páginas -con el regalo del dramatis personae: un centenar de páginas más por donde desfilan los protas, claro, pero también lo secundarios con línea(s) e incluso los terciarios que asoman de paso la nariz, como quien no quiere la cosa, desde Alejandro Magno, el Cid y el general Custer -se lo prometo- hasta Samaranch, Pau Casals y, atención de nuevo, Aleksandr Grebènnikov, agente del NKVD, glups, e hijo de Ekaterimburgo, cuyo nombre nos recuerda a alguien pero que ahora mismo no sabríamos decir exactamente a quién. Por no hablar de Delfina Coma, la mayordoma del señor rector de Ordino -legendaria es poco cuando se llega a los 117 años, como ella: le pega más portentosa- que ya tenía un papel destacado en La selva moral -colección de biografías pirenaicas más o menos fabulosas que Villaró acaba de reeditar- y que se permite un cameo de lujo en la novela.  Bueno, pues son aproximadamente unos 300, los personajes, para que se hagan a la idea. Y a todos ellos les telegrafía el autor su periplo vital. En fin, que si el lector quiere afrontar con la mirada limpia y perpleja de una niña de once meses la lectura de Els ambaixadors, ya lo puede dejar aquí mismo.

Villaró, autor de Obaga, Azul de Prusia y L'escala del dolor, y ganador del premio Carlemany, obtuvo el último Josep Pla de narrativa en catalán con Els ambaixadors. Editorial Destino lo publica hoy.

Ya saben que el asunto empieza con Companys proclamando la República Catalana gracias al apoyo de Batet. Justo lo contrario de lo que ocurrió en octubre de 1933, cuando el general se mantuvo fiel al gobierno legítimo de la República (española). Saben también que en esta historia alternativa que Villaró pergeña Franco murió en un oportuno accidente del Dragon Rapide, no hubo Guerra Civil pero que a cambio Hitler invadió Cataluña, Sanjurjo -que sucede a Franco en la jefatura del Estado- mantuvo a España neutral durante la II Guerra Mundial y que en fin, España y Cataluña conviven en una especie de paz armada. Pues si al lector no le asusta un spoiler de vez en cuando, quizá le hará gracia saber que Villaró -o Esteve Farràs, su álter ego y el protagonista de la novela, lo más parecido a un superespía, pero en catalán- no solo se permite el lujo portentoso de pasar cuentas con Franco -vamos, lo que no fue capaz de conseguir la voluntariosa pero algo ineficaz oposición, tanto la interior como la exterior- sino que además resucita a algunos de los difuntos más célebres de la República y la Guerra Civil, desde Primo de Rivera hasta los hermanos Badia, pasando por el trotskista Andreu Nin y el reportero Josep Maria Planes. Ninguno de ellos murió de mala muerte -bueno, uno de los Badia sí, pero después- sino que sobrevivieron a la guerra. Incluso hicieron carrera, como Planes, a quien le fue de perilla y tocó el cielo al llegar a director de La Vanguardia. Mejor así, mal que le pese a Salvador Sostres, que acabar muerto de un tiro en la cuneta de la Arrabassada. Y no nos olvidaremos de Companys, el president màrtir, a quien Villaró perdona la vida -si no hubo Guerra Civil, tampoco exilio, ni Gestapo, ni deportación, ni pelotón de fusilamiento- convierte en el primer presidente de la República Catalana, con mayúscula, y le hace perder las primeras elecciones de la postguerra (mundial) como si fuera un Churchill con barretina. También procede el autor en ocasiones a la inversa y liquida sin contemplaciones a Santiago Carrillo y a Onésimo Redondo en fecha tan primeriza como 1935, dejando de paso la saca de Paracuellos sin su principal sospechoso.

Pero lo que el lector se preguntará con toda la razón es que misión hipersecreta le encarga la Generalitat al buen mosén Farràs, el autor material -atención, spoiler- del sabotaje del Dragon Rapide que en esta historia alternativa nos deja sin Franco -ohhh- en 1936. La cosa va de bombas, ya se lo avanzamos. Resulta que en el mundo s.V. (según Villaró) la primera bomba atómica no la lanzaron los norteamericanos sobre Hiroshima sino los soviéticos sobre Hamburgo. Hubo una segunda bomba, esta vez sí en Japón pero en Kyoto. Cosas. A Hitler le fue de muy poco de tener listo su primer ingenio nuclear, que -ya que lo mencionamos- hubiera estrenado sobre Moscú, o quizás Minsk. Nunca sobre Ekaterimburgo. El caso es que los ingenieros alemanes tuvieron tiempo de desmantelar el laboratorio donde estaban a punto de culminar el Proyecto Götterfunken -La chispa de los dioses, que da muy wagneriano- y llevárselo a Suecia. Y de aquí, claro, pasa a manos del pérfido Sanjurjo, que ríete tú de Franco, y que llegado el momento no dudará en utilizarlo contra los irredentos catalanes. No teman que no les reventaremos el final estricto de la novela, digno de un episodio de Mision: Impossible, con Josep Pla y la estupenda, muy aria Adi Enberg convertidos en improbables agentes secretos, y Tísner en persona -sí, el de Opoton el Vell- al rescate del heroico comando; tampoco los alternativos: tres, por cierto, uno de los cuales bien próximo a la escena apocalíptica de Terminator 2, pero en Barcelona, y el otro, una arcádica y muy new age visión ubicada en los parajes de Tor, hay que suponer que sin el Sansa ni sobre todo el Palanca pululando por ahí.

En fin, que Els ambaixadors constituye un prometedor ejercicio, lo decíamos aquí arriba, de ucronía histórica -género que los anglosajones dominan como pocos: lo denominan What if...?- que barre sin tapujos para casa, alimenta de una forma sutil el deporte nacional catalán -que no es la botifarra, ni tampoco es El gran dictat, ni son los castellers, sino el victimismo- y que salpica el texto con una dosis supervitaminada y supermineralizada de referencias historicoliterarias, contrahechas o no, ideales para los amantes del Trivial. En fin, que también está Caitlín. Y una cosa muy triste que se llama Weltschmerz. No dejen de leer hasta que la descubran. Nos lo agradecerán.

[Este artículo se publicó el 6 de febrero de 2014 en El Periòdic d'Andorra]

viernes, 17 de enero de 2014

Albert Villaró: "Batet apoyó a Companys, Cataluña se independizó y no hubo Guerra Civil..."

Terenci Moix, Baltasar Porcel, Teresa Pàmies, Llorenç Villalonga, Josep Maria Castellet... ¡Ufff! Estos son algunos de los figurones de la literatura catalana -y, por qué no, peninsular- con los que el novelista andorrano Albert Villaró (la Seo de Urgel, 1964) comparte desde la noche de Reyes el palmarés del premio Josep Pla de narrativa en catalán, que con una bolsa de 6.000 euros no forma ni remotamente parte, cosa curiosa, de los galardones mejor dotados de la literatura catalana, pero que es de los pocos que se ha mantenido al margen de los pucherazos que todos sospechamos en los premios mayores. O por lo menos, eso es lo que nos han vendido con cierto éxito los editores; es decir, Destino.

Villaró se lo adjudicó con Els ambaixadors, novela en la que el padre de Boix el Viudo -el prota de Azul de Prússia y de L'escala de dolor- se estrena en el prometedor campo de la ucronía literaria.Sí, hombre, este género que juega con la historia alternativa -¿qué hubiera pasado si...? Por eso los anglosajones lo llaman What if...?- y que en España (y alrededores) es prácticamente desconocido, con la excepción que el mismo autor nos dirá enseguida. Un tocho de 800 páginas, en fin, Els ambaixadors, que si traemos hoy aquí a colación es porque por él desfilan cerca de 300 personajes, la mitad de los cuales históricos, dese Companys, Franco y Sanjurjo hasta el obispo de Urgel, Iglesias Navarri, copríncipe que fue de Andorra, y Esteve Albert, y todo a cuenta de una premisa oportunísima, visto cómo está el patio en el noreste peninsular: estamos en 1949 y Cataluña, independiente desde los Fets d'Octubre de 1934 -ya saben, Companys saliendo al balcón de la Generalitat en la plaza de San Jaime y proclamando la República catalana... ¡con el apoyo del general Batet!- intena recuperarse de las secuelas de una II Guerra Mundial en que se implicó -siempre en la imaginación de Villaró- al lado de los buenos, claro, al precio de una invasión alemana. La red de espías que la Gene mantenía en Madrit ha sido desarticulada, y el ministerio del Interior catalán envía  la capital española a Esteve Farràs, falso mosén retirado en  Andorra y antiguo elemento de las cloacas de la seguridad del estado catalán, para cazar al topo y resolver el marrón. Unos cuantos que ustedes y yo sabemos se estarán relamiendo solo con pensar que todo esto pudo pasar... En fin, que el 6 de febrero lo encontrarán en las librerías. De momento, en catalán.

-¿Pesa, todo un Josep Pla en el bolsillo?
-Pues sí. Mucho. Por el palmarés y por el prestigio que tiene. Es un galardón bien considerado entre la profesión, con mucha proyección y bien situado de cara al Día del Libro. Todo esto me obligará, claro, a poner toda la carne en el asador y a estar a la altura de las expectativas. Con mucho gusto, por supuesto. Pero déjame añadir que pesan más sus Obras Completas que el galardón.


-Ya que lo tenemos casualmente con nosotros, ¿nos avanza la trama de la novela?
-La premisa inicial es la siguiente: en lugar de reprimir a Companys y a los suyos cuando el 6 de octubre de 1934 proclamó el Estado Catalán, Batet le presa su apoyo. A partir de aquí, la historia será muy diferente a como la hemos conocido; se proclama una República catalana y no estalla la Guerra Civil, por ejemplo.

-Así que Batet desobedeció órdenes, en esta fascinante historia alternativa...
-Sí, porque tuvo la premonición de que acabaría fusilado por los suyos. Y así fue: juzgado en consejo de guerra por los nacionales, fue condenado a muerte y ejecutado en febrero de 1937.

-...y que así nos ahorramos una Guerra Civil...
-Así es, aunque persistió cierta hostilidad entre España y Cataluña.

-...pero Cataluña se vio involucrada en la II Guerra Mundial. No se puede tener todo.
-Efectivamente, se aliena al lado de las democracias parlamentarias europeas. España, en cambio, juega la carta de la neutralidad, la misma que jugó Franco -pero ahora, con Sanjurjo como jefe del estado- y se ahorra la visita de las tropas nazis.

-Por cierto, ¿qué pasó con Franco?
-Pues que murió el 18 de julio de 1936. El Dragon Rapide se estrelló. ¡Sabotaje!

-Pues usted es una de las escasas personas que podrá responder a esta pregunta: ¿qué se siente al liquidar a un dictador (aunque sea de forma preventiva)?
-Una gran satisfacción literaria.

El novelista andorrano Albert Villaró, la noche de Reyes en el hotel Ritz de Barcelona, donde desde 1968 tiene lugar la entrega del premio Josep Pla de narrativa en catalán. Patrocina editorial Destino. Fotografía: Joan Puig (El Periòdic de Catalunya).

-Y Andorra, ¿qué pinta en todo este embrollo?
-Pues se erige en una isla de neutralidad, como sucedió en la realidad histórica.

-¿Quién es mosén Farràs, el protagonista?
-Hijo de Tor, en el Pallars, estudia en el seminario de la Seo,  y antes de cantar Misa deja los hábitos y se va a Barcelona. Estamos en los años 30, en plena fiesta, así que mi Farràs se mete en todos los fregados y siempre desde primera línea.

-Ideológicamente, ¿dónde lo ubicamos?
-En un sector intermedio entre ERC y Estat Català. Cuando se proclama la República catalana, y en atención a su impecable currículum de hombre de acción, ingresa en las fuerzas de choque y se mueve como pez en el agua en las cloacas del nuevo estado.

-Hasta que acaba en Andorra. ¿Por algún motivo en concreto?
-Evidentmente, pero no lo puedo desvelar porque incurriría en un caso inédito de autospoiler.

-Volvamos con el pobre Batet, burro y apaleado: apoyando a Companys en 1934, ¿no se habría convertido en un general golpista, exactamente igual que Franco y compañía dos años después?
-Hummm... Es una cuestión de legitimidad.

-¿No estamos hablando más bien de legalidad?
-Yo no: creo que estamos hablando de legitimidad. Pero no entraré en debates de este tipo porque Els ambaixadors es pura especulación. He escrito una novela, no una tesis de filosofía política.

-La ucronía que construye en ella, ¿coincide con la forma en que a usted le hubiera gustado que discurriera la historia?
-Lo que yo querría es que las cosas hubiesen ido de otra manera desde mucho antes. Pongamos que desde Atenas. Mi ideal seria que el mundo se pareciera a la Florencia de finales del siglo XV. La de mi novela es sólo una historia posible. Un juego. Y como juego, tendría mucha menos gracia si la situara en una Arcadia.

-Se trata en cualquier caso de un género, este de la historia alternativa, muy poco transitado en las literaturas peninsulares.
-Que recuerde, existe por lo menos una estupenda novela en catalán, Paraules d'Opoton el Vell, de Tísner, en que especula con que fueron los aztecas los que descubrieron Europa en 1492, desembarcando en la costa gallega. En castellano, En el día de hoy, de Jesús Torbado, imagina una victoria republicana en la Guerra Civil. Y en inglés está Fatherland, de Richard Harris, magnífica: nos transporta a los años 60, a una Europa bajo la férula nazi. Las tres las leí hace tiempo, y no me atrevería a afirmar que me han servido de modelo. Recuerdo, eso sí, la mucha gracia que me hizo en su momento esta reelaboración, por no decir corrección de la historia en que consiste el género.

-En Els ambaixadors combina la novela histórica que ha cultivado en L'any dels francs con el género negro de Guárdame las vacas y Azul de Prusia. La cuadratura del círculo.
-Yo no le pondría etiquetas. En mi novela hay un poco de todo, como en las que me gusta leer: hay acción, por supuesto, pero también momentos más reflexivos y digresivos... Una novela de Le Carré, salvando las obvias distancias, no la puedes despachar diciendo que es una de espías. Le Carré reflexiona siempre sobre la condición humana, sobre la triste condición humana. Y esto le hace trascender el género concreto.

-¿Quiénes son, los malos ?
-Muchos, de todo pelaje y de todo el espectro ideológico. Malos, antagonistas y némesis. De todo.

-Permítame que insista: estamos en 1949 y la Generalitat mantiene una red de espías en Madrid. Esto quiere decir que las relaciones entre los dos... estados no son precisamente idílicas.
-Digamos que Cataluña y España tienen puntos de vista diferentes. España continúa siendo una dictadura, solo que con Sanjurjo en lugar de Franco. Pero con los mismos ingredientes esencialmente fascistas.

-Le hemos oído afirma que la novela la está cociendo desde hace por lo menos diez años. Vamos, que no tiene nada que ver con el -digamos- proceso soberanista. Y el jurado, ¿cree que también lo ha visto así? ¿No habrá visto la ocasión de subirse a la ola?
-Pienso que han escogido la novela que les ha gustado más. Así me lo han hecho saber y no tengo por qué dudar de su palabra.

-En cualquier caso, ¡qué casualidad! ¿No le parece?
-Pienso que no es una novela oportunista. ¡¿Que coincide con un momento digamos propicio?! Pues perfecto. Pero un artefacto de 800 páginas no lo escribes ni en un año ni en dos. No me he apuntado a ninguna moda.

-¡800 páginas! Ostras, si juega usted en la liga de Las benévolas. ¿Era necesario, tanto papel?
-Es una novela de larga gestación y, si se me permite, ambiciosa. Cuando haces el esfuerzo de crear un mundo alternativo no te puedes quedar en 300 páginas. La trama es compleja y necesita recorrido. Pero es a la vez ágil, o eso creo, con capítulos breves donde continuamente ocurren cosas. Es un artefacto complejo por donde pulula una pequeña multitud de personajes.

-¿Cuántos, para que nos hagamos una idea?
-Unos 300, la mitad de los cuales, reales. Hasta 1934, claro. A partir de entonces, sus peripecias son ficticias. Y al final incluyo una breve biografía de cada uno donde cuento lo que les ocurrió después de la novela.

-¿Hay banda sonora, como en L'escala de dolor y en La primera pràctica?
-Pues sí: la Novena de Beethoven.

-¿A cargo de alguien en concreto?
-Claro. Pero hasta aquí puedo leer.

-¿Quiénes son los embajadores del título?
-Hay unos cuantos. Y me temo que cada lector encontrará los suyos.

-Con el trabajo de promoción que se le avecina, sospecho que aparcará por unos meses las nuevas peripecias del  viudo Boix. Qué lástima.
-Estoy agotado, así que no veo el momento de volver a escribir. Tengo seis o siete imágenes en la cabeza -así es como empiezan mis novelas- pero todavía no sé cuál será la siguiente.

-Para acabar: y ya que es el nuevo Josep Pla, ya sabe que él acostumbraba a decir que leer novela después de los 40 es una...
-...bobada.

-Exactamente. Y entonces, escribir, ¿qué sería?
-Pla me encanta, por supuesto. Pero lo que opine un personaje como Pla sobre cuestiones morales no me preocupa en exceso, como comprenderás.

[Esta entrevista se publicó el 8 de enero de 2014 en El Periòdic d'Andorra]