Incursiones relámpago, estilo Sturmtruppen, en episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y las dos postguerras, con ocasionales singladuras a alta mar, a ultramar y si conviene incluso más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

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martes, 24 de junio de 2014

La Margineda: los 'Pareatges' en piedra

La ubicación del castillo de Enclar en el yacimiento de la Roureda de la Margineda aporta luz sobre los orígenes del coseñorío de Andorra.

Pocos yacimientos andorranos, por no decir ninguno, se han mostrado tan generosos como el de la Roureda de la Margineda: desde que Casa Molines, propietaria de la finca, inició las prospecciones arqueológicas, en 2007, no ha habido campaña que no haya deparado suculentas aportaciones a la arqueología y la historia de este rincón nuestro de Pirineo. En enero pasado, el servicio de Patrimonio presentaba la reconstrucción de dos recipientes de la Edad del Bronce, pongamos que entre 2200 y 1600 aC, a partir de los más de 700 fragmentos cerámicos recuperados en el yacimiento: la última campaña de excavaciones, en el verano pasado [2011] permitió identificar los restos de una rudimentaria cabaña fechada también en la Edad del Bronce, cuando por lo visto ocurrieron muchas cosas y muy interesantes por aquí arriba: ni más ni menos que el primer habitáculo construido por la mano del hombre que se ha excavado en Andorra, hace cuatro milenios; y en 2011, Casa Molines restauraba una docena de piezas de hierro y bronce fechadas entre los siglos XI y XIV, entre los cuales se encuentran sendas puntas de lanza y flecha, una funda de espada, un juego de llaves e incluso unas tijeras.
Pero la estrella del yacimiento son sin duda los restos de la mayor fortaleza medieval jamás excavada en la vertiente sur de los Pirineos: un recinto que se extendía sobre una superficie de 1.500 metros cuadrados, protegido por murallas que podían alcanzar los cinco metros de altura  los seis de grosor, y con una casa fuerte -residencia del castellano- que en los momentos de máximo esplendor probablemente se levantó dos o tres plantas. Un conjunto, en fin, que estuvo habitado ininterrumpidamente desde el siglo XI hasta mediados del siglo XIV, originalmente bautizado con el nombre de Sonplosa pero que las últimas hipótesis historiográficas parecen indicar que se corresponde con el hasta ahora desaparecido castillo de Sant Vicenç d'Enclar. Las cosas transcurrieron más o menos así: la relectura de los tres únicos documentos que han llegado hasta nosotros y que mencionan la existencia del castillo de Enclar -el acta de consagración de la iglesia de Sant Feliu de Ciutat (952), la donación del castillo de Enclar a Arnau de Castellbó (1190) y el Segundo Pareatge, que obligaba al conde de Foix a demoler el castillo (1288)- permite aventurar como hipótesis "sólida y plausible" que la fortaleza de Sant Vicenç  se levantaba en el paraje de la Roureda de la Margineda, el emplazamiento de la excavación, y no en la roca de Enclar, donde hasta ahora se la había buscado (infructuosamente).

Más campañas a la vista
Lo dice Albert Villaró, el novelista, aquí en su doble faceta de historiador y director del Área de Investigación histórica de Andorra la Vella -que tiene un departamento con este flamante nombre, menuda suerte- que insiste en que se trata tan solo y por el momento de esto, de una "hipótesis" pendiente de confirmación. ¿Y cómo se podría confirmar que el recinto defensivo que Arnau de Castellbó permite en el documento de 1190 levantar en la "arrel" -"raíz", así lo dice, literalmente- de la montaña es efectivamente el castillo de Enclar? "Difícilmente aparecerá nueva documentación que lo corrobore", advierte Villaró: "Las esperanzas las hemos depositado en las próximas campañas de excavaciones. Pero somos optimistas porque es un yacimiento abierto, que todavía deparará muchas sorpresas, y el registro arqueológico admite perectamente la hipótesis que hemos planteado". Un registro que incluye la parafernalia guerrera de aquí arriba -puntas de flecha, lanza y balesta, fundas de espada, y más- que podría haber pertenecido sin alejarnos mucho de la verosimilitud histórica a la guarnición del castillo, a las órdenes del castellano, el representante del conde de Foix, y que ejercía en nombre de éste funciones jurisdiccionales: sobre todo, impartir justicia y recaudar impuestos. Dos funciones francamente impopulares, por cierto.
La pregunta, en fin, es: ¿qué transcedencia tendría que se confirmara esta prometedora conjetura, que el yacimiento de la Margineda esconde los restos del castillo de Enclar? Para Villaró, equivaldría a la "materialización" del Segundo Pareatge, es decir, del acta de nacimiento del coseñorío por el que el conde Foix y el obispo de Urgel se repartían la soberanía sobre los valles de Andorra. En resumen, y por decirlo de una vez: la peculiarísima forma política que constituye la esencia del entramado político institucional del país. Significaría, concluye, "la concreción en piedra de un concepto tan etéreo como es el coseñorío: en la Margineda podremos comprobar cómo se materializó físicamente el Pareatge: con la demolición del castillo, tal como ordena el documento".
Hay que decir que nos estamos refiriendo en todo momento al Segundo Pareatge, el de 1288. La ocupación del recinto, en adelante dedicado a usos agrícolas, se prolongó todavía un siglo, y sus últimos habitantes lo abandonaron probablemente a causa de la peste negra. Villaró no lo ve claro -"No tenemos ninguna prueba que lo demuestre", alega- pero no deja de ser otra hipótesis también plausible, que quizás un dia confirme el registro arqueológico y que explicaría por ejemplo las prisas del último inquilino del castillo, que se largó tan raudo que ni se acordó de llevarse con él las llaves.

[Este artículo se publicó el 19 de marzo de 2012 en El Periòdic d'Andorra]

Las torres del castillo, a examen
Una nueva campaña de excavaciones confirmará (o no) si se trata de estructuras defensivas, como se ha sostenido hasta ahora, o de simples y humildes habitáculos.

Que la Margineda es una mica lo sabíamos desde que en 2007 Casa Molines encargó un primera campaña para exhumar los restos de lo que se creía que iban a ser los restos de unos humildes corrales, y ante la sorpresa de todos lo que emergió fueron los restos de la mayor fortaleza medieval jamás excavada$ en la vertiente sur de los Pirineos: seguro que lo recuerdan, porque hemos hablado aquí mismo en todo esto en ocasiones precedentes: 1.500 metros cuadrados en los que se reparten las dependencias de lo que las últimas hipótesis apuntan que era el (hasta ahora) desaparecido castillo de Sant Vicenç d'Enclar: patio de armas, cocina, talleres y almacén.
Esto, solo en la planta baja, que es lo que ha llegado hasta nosotros en un relativo buen estado de conservación. Fatan los dos pisos superiores, que naturalmente hay que dejar a la imaginación porque no han dejado registro arqueológico. Y todo esto, planta baja y las dos plantas superiores, protegido en su día por lienzos de muralla que en algunas secciones podían levantarse hasta los cinco metros de altura. Lo han podido visitar este mismo verano, el segundo en que el yacimiento abre al público. Ahora les llega el turno a los arqueólogos: el servicio de Patrimonio del gobierno de Andorra acometerá una campaña centrada en dos puntos muy concretos del yacimiento: por un lado, se excavaran los tramos de calle que comunicaban unas habitaciones con las otras; por el otro, también se excavaran los restos de lo que se supone que eran las torres defensivas del complejo. Y decimos bien: se supone, porque uno de los objetivos de la campaña consiste en determinar la funcionalidad de estas estructuras. 
Los arqueólogos tienen, por lo tanto, dudas razonables sobre este extremo -y no deja de ser sorprendente después de casi un lustro publicitando el yacimiento como "la mayor fortaleza medieval jamás excavada en el lado sur del Pirineo"- pero conviene de dejarse llevar por el desánimo y el pesimismo. Una fortaleza sin torres defensivas es sin duda algo mucho menos imponente  se aleja irremisiblemente de lo que la generación Exin Castillos puede tener en mente cuando evoca una fortaleza medieval. Quizás por este motivo el arqueólogo que dirigirá la excavación, Álex idal, se mosraba ayer prudente y evitaba especular sobre los resultados de la campaña: "Hasta que no excavemos no podremos decir nada con un mínimo de certeza".
Esta misma certeza esperan obtenerla excavando las calles del recinto fortificado: se trata, dice, de retirar los escombros de los tramos que todavía no se han exhumado con la esperanza de que debajo aparezcan los restos del pavimento original y que se pueda confirmar que se trata efectivamente de calles o pasadizos, y no de habitáculos no identificados. La campaña no tiene todavía calendario definitivo, aunque de este otoño no pasa. Y tampoco será la última en el yacimiento, augura Vidal, Difícil predecir si serán tres, cinco o diez campañas más, pero lo que llevará más tiempo y más esfuerzos es la conservación y restauración de las estructuras excavadas. No se trata, que quede claro, de reconstruir ninguna de las dependencias, ni tan solo de un lienzo de la muralla -pues que lástima...- sino de asegurar la parte superior de las estructuras excavadas, que al haber quedado a la intemperie y sometidas a la acción de los elementos se degradan con pasmosa celeridad: "Aseguraremos la última línea de los muros para que no se desmorone el coronamiento, pero no los elevaremos".

Un tesoro oculto
Pero decíamos al comienzo que la Margineda es una mina. Con o sin torres defensivas -pero crucemos los dedos para que sean unas estupendas, ciclópeas, invulnerables torres. Así que una mina. ¿Exgaremos? Las campañas previas han ido regalando un tesoro tras otro: se trata, no lo olvidemos, de un yacimiento inicialmente ocupado en la Edad del Bronce, pongamos que hacia el 2200 aC, y que en su última fase, la medieval, fue habitado ininterrumpidamente entre los siglos XI y mediados del XIV.
Por eso han aparecido desde una pequeña multitud de fragmentos cerámicos hasta los restos del primer habitáculos construido por la mano del hombre que se ha conservado en territorio andorrano, una rudimentaria cabaña fechada hacia el 2200 aC, otra vez, así como dos centenares de piezas correspondientes al último período de ocupación del yacimiento entre los que destacan unas llaves y unas tijeras, una hebilla y un anillo de bronce, y -atención- abundante panoplia militar: una punta de lanza de unos 25 centímetros , otra punta de flecha de tan solo seis centímetros, una funda de espada y por ahí.
Todo este material, convenientemente restaurado, se presentó en sociedad a principios del 2011 y con el compromiso de la entonces ministra de Cultura, Susanna Vela, de organizar una exposición. Tres años después y un cambio de ejecutivo mediante, todo esto se ha guardado en el cajón de las buenas intenciones y os tesoros de la Margineda continúan ocultos en el depósito de Patrimonio. Quizás si los tuviésemos que ir a buscar a algún remoto museo norteamericano -y va por Les aysannes d'Andorre, el dibujo de Picasso- tendrían más posibilidades de pasar de las palabras a los hechos.

[Este artículo se publicó el 12 de septiembre de 2013 en El Periòdic d'Andorra]

lunes, 28 de abril de 2014

El tesoro de Sonplosa

Molines Patrimonis y el ministerio de Cultura restauran los dos centenares de piezas de hierro y bronce recuperadas en el yacimiento de la Roureda de la Margineda, la mayor fortaleza medieval excavada en la vertiente sur de los Pirineos.

Los objetos hablan. Observe el lector si no lo cree las llaves de hierro de aquí abajo. De acuerdo: a primera vista no parece muy prometedor, pero resulta que datan de la primera miad del siglo XIV y fueron recuperadas en el yacimiento de la Roureda de la Margineda (Andorra), que Casa Molines -propietaria de la finca- excava desde 2007 y donde ha aparecido por sorpresa e incluso contra pronóstico la mayor fortaleza medieval jamás exhumada en la vertiente sur de los Pirineos. Seguro que lo recuerdan, porque no es la primera vez -ni será la última- que hablamos de esta fascinante aventura arqueológica: un recinto amuralladao de unos 1.500 metros cuadrados de superficie donde se conservan los restos de lo que parece una casa fortificada habitada ininterrumpidamente entre los siglos XI y XIV. La cuestión, en fin, es: ¿qué puerta abrían estas llaves? ¿Qué mano fue la última que la abandonó en un rincón de la fortaleza?¿Qué prisas incitaron a su último poseedor a largarse del lugar dejando las llaves atrás, como si hubiera decidio que jamás regresaría? ¿Quizás la peste negra, que arrasó la Europa de mediados de siglo XIV y que -según el arqueólo Ivan Salvadó, que dirigió las primeras temporadas de la excavación- podría haber precipitado la evacuació del castillo?







Algunos de los 187 objetos de hierro y bronce recuperados en el yacimiento y restaurados por Casa Molines y el ministerio de Cultura. De arriba abajo, llaves de hierro fechadas en la primera mitad del siglo XIV; punta de flecha de seis centímetros de longitud y vaina de espada; olla cerámica del siglo XIV; vellón acuñado en Valencia en 1271, tijeras y hebilla de cinturón también de hierro. Fotografías: Tony Lara / El Periòdic d'Andorra.
Piedra con inscripción en latín (pendiente transcripción) exhumada en Sonplosa. Fotografía. Tony Lara / El Periòdic d'Andorra.
Vista general del yacimiento, abierto al público en 2012. El grupo de visitantes entra en el recinto soberano por la puerta principal de la fortaleza. En primer término, restos de lo que se supone que era la capilla del conjunto residencial. Fotografía: Tony Lara / El Periòdic d'Andorra.

Pues las llaves on sólo una de las 200 piezas de hierro y bronce que han aflorado en la Rouoreda -que recibe también el nombre de Sonplosa, sin duda mucho más sonoro. Casa Molines y el ministerio de Cultura restauyraron el año pasado una docena de ellas, entre las que se encuentran objetos muy poco habituales en yacimientos de estas características: principalmente, unas tijeras también de hierro, una hebilla y un anillo de bronce, y -atención, los aficionados a la parafernalia bélica- abundante material de uso militar: una punta de lanza de unos 25 centímetros de largo, otra punta -ésta, de flecha- de tan solo seis, y para acabar, la vaina de una espada. El tesoro excavado en la Margineda y hasta ahora restaurado se completa con una moneda de vellón acuñada en Valencia en 1271; una olla de cerámica del siglo XIV, y tres piezas más de pizarra fechadas entre los siglos XI y XIV que incorporan motivos bélicos, un nudo de Salomón -emblema por cierto del yacimiento de Sonplosa- y un texto en latín pendiente de transcripción.

Todo el material apareció en un estado de conservación "sorprendente" -según la restauradora Aida Alarcos- y una vez restaurado se conservará en el servicio de Patrimonio. El resto del tesoro, hasta llegar a las 187 piezas mayores -así como los miles de fragmentos de cerámica y los restos de dos molinos también exhumados- tendrán que conformarse de momento con ser catalogados, descritos y conservados, eso sí, en las condiciones de temperatura óptimas. Habrá una exposición, por lo que parece, pero en un futuro que la ministra de Cultura, Susanna Vela, no supo concretar.

De momento, el futuro inmediato es la inminente campaña que Casa Molines llevará a cabo en primavera para consolidar y asegurar los muros más degradados del yacimiento. El objetivo final es abrirlo a lpúblico este mismo verano. Siempre en pequeños grupos y citas concertadas, y con la posibilidad de que se convoquen jornadas de puertas abiertas coincidiendo con acontecimientos como las Jornadas Europeas de patrimonio. La campaña de primavera se prolongará durante todo un mes y tendrá un presupuesto de 20.000 euros, a portados por Casa Molines y el ministerio. Será la quinta desde 2007 y se completará con un estudio de las posibiidades de dinamización y museización del recinto. Los arqueólogos que lo redactarán se han inspirado en el poblado ibérico de Calafell, el parque arqueológico de Gavà, fechado hacia el 6000 a. C. y que constituye la explotación minera más antigua de Europa. Ah, sí, y también en yacimiento de Atapuerca. Ambición no les falta, desde luego. 

Cuatro siglos de ocupación humana

El recinto soberano desde el exterior de las murallas, en una reconstrucción ideal del yacimiento. Carecía de torre del homenaje y los muros podían llegar hasta los cinco metros de altura y los seis de espesor. Ilustración: Molines Patrimonis.

Molines Patrimonis inició en 2007 la excavación del yacimiento de la Roureda de la Margineda. Las tres campañanas precedentes han dado como resultado la exhumación del recinto soberano de la fortaleza, un área de 1.500 metros cuadrados protegida por murallas que podían alcanzar los 5 metros de altura y los 6 de espesor. En el interior de la zona noble se levantaba una casa fortificada de dos o tres plantas, sin torre del homenaje pero con patio y capiulla. Los restos más antiguos corresponden a un edificio de uso agrícola fechado entre los siglos XI y XII. La fortificación del recinto comenzó hacia 1190, mientras que con la firma del Pareatge de 1288 decae el uso militar y el castillo regresa a su primigenio uso agrícola. Sus últimos residentes lo abandonan a mediados del siglo XIV, probablemente a causa de la peste negra.

[Este artículo se publicó el 28 de enero de 2011 en El Periòdic d'Andorra]

lunes, 10 de febrero de 2014

Cuando vivíamos en castillos

El yacimiento de La Margineda, en Santa Coloma (Andorra), conserva la mayor fortaleza medieval jamás excavada en la vertiente sur de los Pirineos; los arqueólogos sitúan el momento de esplendor a mediados del siglo XIII; los muros llegaban hasta los cinco metros de altura y los seis de grosor.

Retrocedamos 800 años, hasta 1190. El conde de Urgel acaba de ceder la fortaleza de Sant Vicenç d'Enclar al vizconde de Castellbò y, según un documento citado por el historiador Roland Viader- le ha dado permiso para levantar nuevas defensas "en la parte baja del monte Enclar". Es decir, en La Margineda. Esta es por lo visto la primera y única referencia documental del castillo que desde hace dos temporadas la propiedad de la finca, Casa Molines, excava en Santa Coloma (Andorra). Un yacimiento que emerge a escasos cien metros de la carretera general y donde se han localizado los vestigios de lo que -según el arqueólogo catalán Ivan Salcedo, director de las excavaciones- constituye la mayor fortaleza medieval exhumada en la vertiente sur de los Pirineos.

La excavación del yacimiento de la Roureda de la Margineda, en Santa Coloma (Andorra), se inició en 2007. Hasta el momento se ha excavado el llamado recinto soberano, el corazón de la casa fuerte, que se extiende por una superficie de unos 1.500 metros cuadrados. Fotografía: Tony Lara / El Periòdic d'Andorra.
El recinto soberano desde el exterior: los muros podían llegar hasta los cinco metros d altura, y en determinados puntos, hasta los seis de grosor. El recinto soberano, el corazón del castillo, constaba de edificio residencial de dos plantas y, posiblemente, una tercera rematada con una terraza defensiva; en la planta baja se concentraban las dependencias funcionales -cocina, fresquera, forja y despensa-, más el patio de armas y una pequeña capilla de planta absidial. Ilustración: Molines Patrimonis.
 La fortificación del recinto empezó hacia 1190, mientras que con la firma de los Pareatges de 1288 decae el uso militar y el castillo retorna a sus primitivos usos agrícolas. Los muros se utilizaron como cantera y se adosaron nuevas casas al recinto. La peste negra de 1348 comporta el abandono del asentamiento. Ilustración: Molines Patrimonis.

El castillo sigue la estructura habitual de las casas fuertes catalanas de la época: edificio residencial de dos plantas y posiblemente una tercera rematada con una terraza defensiva. En los bajos se concentraban las dependencias funcionales -cocina con lar, fresquera, forja y despensa- más un patio de armas y hasta una pequeña capilla de planta absidial. En el primer piso residía la familia del castlá -el señor del castillo por cuenta del vizconde de Castellbò- más los sirvientes y una pequeña guarnición de hombres de armas.

Pero lo más espectacular e insólito del yacimiento es el perímetro amurallado que rodeaba el recinto llamado soberano que constituía el corazón del castillo: una faja de piedra que podía llegar en algunos tramos hasta los seis metros de grosor -la altura no se ha podido determinar: una lástima. Una estructura defensiva condicionada por la topografía, ya que la fortificación se levantaba sobre un  pedregal que impedía la excavación de fosos, y al estar ubicada en un terreno en pendiente, había que proteger especialmente el flanco expuesto a un hipotético ataque desde una posición superior. Es en este tramo donde se levantaron los muros ciclópeos que la distinguen respecto a otras casas fuertes hermanas excavadas en yacimientos catalanes como el castillo de Mataplana, en Barcelona. Como éstas, tampoco la de La Margineda luce torre del homenaje, aunque sí bastiones y baluartes que denotan unos depurados conocimientos de arquitectura militar en el maestro que diseñó la fortaleza. El recinto soberano, que es el único que se ha excavado, se extiende por una superficie de unos 1.500 metros cuadrados, pero las prospecciones en la zona exterior han permitido deducir la existencia de una muralla que protegía el llamado recinto jussà y que completaba el perímetro defensivo. Sumados ambos, el yacimiento se va hasta los 4.000 metros cuadrados.

La vida útil de castillo fue sin embargo efímera: según los Pareatge de 1288, el obispo de Urgel y el conde de Foix acuerdan no erigir en lo sucesivo edificaciones defensivas en los Valles de Andorra e inutilizar las entonces existentes. Decae a partir de entonces la función militar que había tenido la fortaleza y comienza una nueva etapa que se prolongara hasta 1350, y que está  marcada por el retorno a los usos agrícolas que había tenido el primitivo asentamiento de la Margineda. Se conserva el edificio residencial, pero las murallas se arrasan y se aprovecha la piedra para levantar nuevos edificios. Hasta que a mediados del siglo XIV se abandona definitivamente el asentamiento.Se pierde entonces su rastro hasta el siglo XIX, cuando se rellena con tierra y se reutilizan como bancales las estructuras supervivientes. Es en este contexto en el que hay que situar la leyenda de la bruja que es arrastrada por una yunta de bueyes hasta La Margineda. Según Pere Canturri, que realizó las primeras prospecciones en la zona en los años 50, los mayores del lugar contaban que por el camino que había seguido la bruja en cuestión no crecía ni una brizna de hierba. Pues bien: parece que estos puntos yermos podrían coincidir con los cimientos de los muros.

La utilización militar del yacimiento data del siglo XII, pero el primer asentamiento humano se remonta según Salvadó al siglo XI. De esta época se han excavado los restos de una pequeña construcción y se han recuperado tres piedras procedentes de prensas primitivas. Y poca cosa más se sabe. En la tercera campaña arqueológica se excavarán los pavimentos de losa y piedra así como los nivelamientos del recinto soberano. Según Montserrat Cardelús, consejera delegada de Molines Patrimonis, faltará una cuarta campaña para que el castillo sea visitable, objetivo último de las excavaciones. Así que habrá que esperar por lo menos hasta 2010.

[Este artículo se publicó el 3 de julio de 2009 en El Periòdic d'Andorra]


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¿Víctimas de la peste negra?
Los arqueólogos que excavan el yacimiento de La Margineda plantean la hipótesis de que el castillo fuera abandonado a causa de la pandemia que liquidó a un tercio de la población europea en el siglo XIV; hasta tres decenas de hombres residían en la fortaleza en los años de esplendor

Las noticias sobre la previsible mortalidad que la llamada gripe nueva provocará en invierno son cada día que pasa más inquietantes. Quizás no servirá de gran consuelo, pero hace 700 años, a mediados de siglo XIV, otra pandemia arrasó Europa: la peste negra o, glups, bubónica, cuyo sólo nombre ya da algo de miedo. Se calcula que liquidó entre un cuarto y un tercio de la población europea de la época. Incluida la andorrana.

Hasta aquí, nada que no se supiese. La novedad es que la peste negra fue probablemente la causa del abandono del castillo de La Margineda, que se produjo precisamente a mediados del mismo siglo XIV. Esta es la hipótesis con la que trabaja el arqueólogo catalán Ivan Salvadó, que dirige desde hace tres temporadas las excavaciones de la fortaleza. Una hipótesis todavía no sustentada documentalmente, pero que considera plausible. La cronología coincide y -dice Salvadó- "es relativamente habitual toparse con yacimientos de esta época que de repente son abandonados sin una causa aparente; y esta causa acostumbra a ser la peste negra". Sólo así se explica la evacuación de un recinto que había estado ininterrumpidamente habitado por lo menos desde el siglo XI, protegido por murallas que medían hasta cinco metros de alto y seis de grosor, rodeado de campos de cultivo y erigido en un promontorio privilegiado, al pie de Sant Vicenç d'Enclar y dominando todo el valle.

Las últimas huellas humanas en el yacimiento las fecha Salvadó entre 1325 y 1350. Y la peste negra llega a la ciudad italiana de Mesina a bordo de un barco genovés procedente del Mar Negro en septiembre de 1347. Si la cronología y la hipótesis son correctas, la evacuación del castillo de La Margineda fue fulminante. El hombre no volvió a instalarse en el lugar hasta el siglo XIX, cuando lo que quedaba de las murallas ciclópeas se rellenó de tierra y se aprovechó para construir bancales. Pero con estos antecedentes todavía sorprende menos la leyenda de la bruja que rodea el yacimiento. Aunque lo cierto es que cuando la peste arrasó o simplemente vació por precaución el asentamiento de La Margineda ya había pasado el momento de esplendor de la fortaleza, que el arqueólogo sitúa entre 1190, cuando el conde de Urgel autoriza a Arnau, vizconde de Castellbò, a erigir un castillo "en la parte baja del monte Enclar", y la firma del segundo Pareatge, en 1288.

Es en este período cuando se levanta el recinto amurallado: un conjunto de cerca de 4.500 metros cuadrados de superficie que tenía su centro neurálgico en la casa fortificada ahora exhumada, que constaba de dos o tres plantas, más patio de armas y una pequeña capilla. Hoy quedan los cimientos y poco más. La levantaron los mismos vasallos del vizconde bajo la supervisión de un maestro de obra que -aventura Salvadó- tenía sólidos conocimientos de arquitectura militar, "por la forma como sabe defender las puertas, el punto más vulnerable de un castillo de estas características, de manea que un hipotético enemigo que penetrara en el recinto quedara siempre expuesto al contraataque de los defensores desde un posición elevada". Calcula que tardaron entre tres y cinco años en levantar el conjunto. Un caso especialmente singular porque en toda Andorra sólo se tiene constancia de otros tres castillo: el de Bragafolls, en Aixovall, del que tan sólo se conserva un lienzo del muro; el de San Vicenç d'Enclar, estrechamente relacionado con el de La Margineda, y el de las Bons, en Encamp- y sobre todo porque conserva la estructura original de una fortaleza del siglo XII, sin añadidos ni modificaciones posteriores.

Efecto psicológico
Salvadó aventura que en los años dorados, cuando ejercía como centro estratégico para el control de los valles de Andorra, residían en la casa fortificada el castlá con su familia, los sirvientes y una pequeña guarnición de hombres de armas. En total, entre 20 y 30 almas. Los soldados, probablemente en dependencias adosadas a las murallas del recinto soberano, el corazón del castillo y la única parte que hasta ahora se ha excavado: "Pero no debemos imaginarnos ni grandes ejércitos ni soldados uniformados; probablemente eran hombres a sueldo, algo así a los guardaespaldas de hoy". Tampoco podemos esperar ni operaciones de sitio ni grandes batallas: "Como mucho, algún golpe de mano con nobles rivales en los años previos a los Pareatge". Lo cual no significa que las murallas del castillo fueran un lujo inútil y absurdo: "Hay que pensar que los campesinos de la época, que mantenían al clero y a la nobleza, vivían en casas que eran poco más que chozas; para ellos, una casa fortificada como esta, con sus pisos y sus murallas, debía de parecerles un edifico imponente, probablemente el más grande que nunca vieron". El castillo constituía, además, el simbolo del poder, la sede de la justicia y el lugar donde estaba la mazmorra en que se encerraba a los reclacitrantes: "Hoy lo vemos con nuestros ojos de turistas, pero en la Edad Media un castillo tenía un efecto psicológico y disuasorio importantísimo para mantener el orden feudal. Y la gente del pueblo lo debía ver con una mezcla de admiración, temor y reverencia".

[Este artículo se publicó el 20 de julio de 2009 en El Periòdic d'Andorra]