Incursiones relámpago, estilo Sturmtruppen, en episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y las dos postguerras, con ocasionales singladuras a alta mar, a ultramar y si conviene incluso más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

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jueves, 29 de mayo de 2014

Jordi Panyella, autor de 'Salvador Puig Antich. Cas obert': "El antifranquismo no hizo suyo el caso hasta el día siguiente de la ejecución"

¿Otro libro sobre Puig Antich? Pero, ¿no estaba todo dicho, sobre todo después de que la película de Manuel Huerga estableciera la verdad sobre el caso? Pues resulta que no: el periodista Jordi Panyella (Barcelona, 1966) ha conseguido en Cas obert el milagro de localizar testigos inéditos que aportan nueva luz sobre lo que ocurrió el 25 de septiembre de 1973 en el número 70 de la calle Gerona de Barcelona. Testigos que sostienen, por ejemplo, que el joven militante anarquista no fue el único que disparó en aquella infausta jornada, que el policía Anguas murió probablemente víctima de fuego amigo, y que todo el proceso estuvo manipulado desde el principio para encubrir la chapuza policial en que derivó la operación para capturar a la célula anarquista y con un único objetivo: castigar a Puig Antich con la pena de muerte. Fue, en fin, el último ajusticiado con garrote vil de la historia (negra) de España: el 2 de marzo de 1974. Hace 40 años.

El periodista catalán firma ejemplares de Salvador Puig Antich. Cas obert, en la librería La Puça de Andorra la Vella.

-¿Qué era el Movimiento Ibérico de Liberación (MIL)?
-Una organización anarquista y revolucionaria, antisistema y anticapitalista, con un componente nacional y de lucha contra el franquismo; pero sobre todo, obrerista y de clase. Para entendernos: si Puig Antich tuviera hoy 18 años, sería uno de esos que de vez en cuando quema contenedores por las calles.

-¿Qué papel tenía él en el MIL?
-Simpatizó desde muy joven con el anarquismo; en 1972 se integró en la formación y paso a formar parte de su brazo digamos operativo. Básicamente, un comando armado que se dedicaba a atracar bancos. Ellos lo llamaban "expropiaciones".

-¿No tenía delitos de sangre?
-En cierta ocasión la cosa se les fue de la mano e hirieron de un tiro a un empleado de una sucursal del Banco Hispanoamericano. Fue su gran golpe... y también el que puso a la policía en estado de alerta. Eran muy jóvenes y también muy inexpertos. Fíjate, que alquilaron el coche que después utilizarían en el asalto... ¡con su propio DNI! La policía, claro, los fichó inmediatamente.

-¿Por qué lo detienen, el 25 de septiembre de 1973?
-Tres militantes del MIL habían acordado una cita: eran Santi Solé, Xavier Garriga y el mismo Puig Antich. Resulta que a Solé lo detiene antes la policía y lo utiliza como cebo; se pensaban que a la cita iba a acudir sólo otro militante pero se presentaron los otros dos. A partir de aquí el operativo policial hace aguas, se ven superados por las circunstancia, y se produce el tiroteo final, que le endosan en exclusiva a Puig Antich.

-¿Iba armado, él?
-Llevaba dos pistolas, pero la policía procedió de forma tan chapucera que cuando lo cachearon sólo le encontraron una de las dos; la otra la llevaba a la espalda, y es la que acabó esgrimiendo y disparando, pero con la intención de escapar, no de matar. Pero los policías también desenfundaron las suyas, cosa que en su día se silenció.

-¿Cuál es el delito concreto por el que lo condenan a garrote?
-Asesinato terrorista, según el código militar. Pero es que el MIL ya se había autodisuelto y, por lo tanto, Puig Antich ya no formaba parte de ninguna banda terrorista. Otra manipulación de la ley.

-La gran aportación del libro son los testigos hasta hoy inéditos. ¿Por qué no habían hablado hasta ahora?
-Los localizo en la causa, donde aparecen citados con nombres y apellidos. Los abogados defensores de Puig Antich solicitan que declaren, pero el tribunal militar los rechaza uno a uno. Yo he ido a buscar a los que ni entonces ni hasta ahora habían hablado, quizás porque otros investigadores que se han acercado al caso los consideraban testigos secundarios. Y he tenido la fortuna de dar con dos que en mi opinión resultan decisivos porque podrían llegar a sustentar la reapertura del caso ante el Tribunal Supremo.

-Pues vamos a por ellos: ¿el primero?
-El que en el libro -y en el sumario- aparece baj el seudónimo de Valero, mozo que se encuentra prsente en el momento en que le practican la autopsia al guardia Anguas. Pues este Valero sostiene que en el cadáver aparecieron cinco orificios de bala.

-¿Y qué demuestra, este dato?
-Según la versión oficial, sólo había disparado Puig Antich: cuatro disparos, de los que tres impactaron en el policía Anguas. Por eso la autopsia sólo habla de tres orificios: para ajustarse a la versión oficial. Pero resulta que no fue exactamente así: los policías también dispararon. Por otra parte, la autopsia sólo la practicó uno de los dos doctores que la firmó -Sánchez Maldonado-, hecho que constituye una flagrante irregularidad.

-¿Y el segundo de los testigos clave?
-El alférez Enric Palau, que prestaba su servicio militar en el juzgado militar número 3, el que instruyó finalmente la causa. Palau se encargaba de tareas administrativas, y fue partícipe de la manipulación del sumario, cuando la policía le ordenó expurgar ciertos documentos, que desaparecieron de esta manera de cuerpo central de la causa. Recuerda que estos documentos probaban que Puig Antich no había sido el único que disparó.

-También ha entrevistado a las enfermeras -Margarida Jansà y Natividad Viguera- que trataron a Puig Antich en el Clínico. ¿Qué relevacia tienen en el caso?
-Demuestran que una prueba de cargo como lo fue la confesión del reo fue un burdo montaje policial: Puig Antich había recibido un tiro en la mandíbula y por lo tanto no estaba en condiciones de hablar; pero se presentó el fiscal con dos policías y salieron de la habitación con una declaración de ocho folios. Ellas sostienen que Puig Antich tenía la boca cosida y que tenía que alimentarse sorbiendo por una cañita. No podía hablar, en suma, y por lo tanto aquella declaración era imposible. Un montaje.

-Hubo médicos del Clínico que vieron el cadáver de Anguas y que también afirmaron que tenía presentaba cinco orificios...
-Los doctores Barjau, Latorre y Muné; los dos primeros aparecen gracias al proceso de revisión del caso emprendido en 2005. Vieron el cadáver del guardia la misma tarde de los hechos, justo después de ingresa en el Clínico. A Munné lo he localizado yo mismo. Y los tres testimonios concuerdan con el de Valero.

-El último de sus testigos: Garriga, el compañero de Puig Antich. ¡Que extraño, que hasta hoy no se haya decidido a hablar, después de 40 años?
-Se trata de un amigo de la infancia de Puig Antich, que siempre ha tratado de evitar que todo aquello se convirtiera en un circo, en un espectáculo. Es su decisión y hay que respetarla. Y si habla hooy es por su voluntad de que se haga justicia.

-¿Estaba teledirigida, la condena?
-El caso se plantea en los estertores del franquismo, con la tensión subsiguiente entre los sectores más inmobilistas del Régimen y los más... posibilistas. A este tenso contexto hay que añadirle el asesinato de Carrero Blanco en el atentado del 20 de diciembre de 1973. Aquello hizo crecer las ansias de venganza y la voluntad de aplicar un castigo ejemplar. Por esto mismo creo que el caso Puig Antich es la expresión máxima de la tiranía del franquismo.

-¿Quién hay detrás de este encarnizamiento con el militante de base de un grupúsculo anarquisa ya disuelto?
-No creo que existiese una mano negra sino que confluyeron una serie de factores: los errores de la operación en que fue detenido, con la policía manipulando los hechos y las pruebas; la connivencia de la justicia militar para escarmentar a la sociedad catalana, y por último, el factor político, con las luchas intestinas a que se veían abocado el Régimen.

-En su opinión, ¿Puig Antich disparó contra Anguas?
-Si. Otra cosa es si fue él quien lo mato. Esto no podemos saberlo. Puig Antich, en fin, no era inocente, pero tampoco era culpable del delito por el que fue procesado y condenado, porque no le dejaron demostrar que la suya no fue la única pistola que disparó en aquella jornada.

-¿No hubiera sido más fácil liquidarlo in situ, sin la pantomima del jucio?-
-Lo intentaron, de ahí procede la herida en la mandíbula que lo manda al Clínico. Y lo intentan de nuevo cuando la policía llega al Hospital y se encuentra con el cadáver de su compañero. Entonces pidieorn a los médicos que les entregaran a su hombre. Pero se negaron, claro.

-¿Por qué el caso Puig Antich tiene, me parece a mí, más transcendencia hoy que hace 40 años?
-Por desgracia, tuvo más eco al día siguiente de la ejecución que en los días y semanas y meses precedentes; la oposición organizada en torno a la Assemblea de Catalunya no le prestó apoyo por su militancia en un grupo anarquista y, lo que era mucho peor, armado. No era e los suyos.También hay q€ue decir que probablemente no se esperaban que Franco fuera capaz de llegar a ejecutarlo. A partir de entonces, el caso ha ido creciendo hasta convertirse en sinónimo de injusticia, de revuelta, de ataque contra Cataluña.

-¡¿Contra Cataluña, dice?! ¿Se veía él como representante de Catalña?
-No tenía intención de convertirse en mártir de ninguna causa; lo que quería era vivir. Pero el Régimen aprovecho el caso para imponer un castigo ejemplar. Es a partir de aquí que el país [Cataluña] se lo hace suyo y lo convierte en un referente de la libertad.

[Esta entrevista se publicó el 16 de abril en El Periòdic d'Andorra]


sábado, 26 de abril de 2014

Barcelona era un patíbulo

Colgados, quemados, descuartizados, despellejados, degollados, ahogados, fusilados o agarrotados, y convertidos en protagonistas de un sádico espectáculo de masas. Así morían nuestros criminales hasta 1897: Joan de Déu Domènech nos lo cuenta en L'espectacle de la pena de mort (La Campana).

En Barcelona se ha ejecutado: mucho, en público y hasta hace poco más de un siglo: la última pena de muerte concebida como un espectáculo publico tuvo lugar en julio de 1897. Domènech (Barcelona, 1954) retrocede hasta el siglo XIII y deja constancia de las causas que podían conducir a un ciudadano -mas bien un súbdito, cuando no un vasallo- al patíbulo, así como de las modalidades, los rituales y los lugares donde se ejecutaba a los delincuentes de por aquí arriba. Y lo hace con el mismo tono ameno y erudito con que años atrás sorprendió al personal con la dulcísima Xocolata cada dia.

Nos horrorizamos al contemplar las imágenes de la última lapidación pública en el Irán de los ayatolás o en el Irak post-Sadam, y nos estremecemos al recordar el tiro en la nuca a la supuesta adúltera en el estadio de Kandahar, en el Afganistan de los talibanes, esas almas puras. Pero nos consolamos con la convicción que son barbaridades que ocurren en el Tercer Mundo. Nosotros somos europeos cultos y civilizados, ciudadanos sostenibles y moderadamente progresistas que nos podemos permitir el lujo de patrocinar la última película de Woody Allen: más modernos, imposible. Pero no siempre fue así. De hecho, hasta antes de ayer, como quien dice, Barcelona fue un inmenso patíbulo donde se ejecutaba de las formas más crueles, sádicas y sanguinarias a los pobres diablos que iban a parar a manos de la justicia. En público, ante masas igual de alienadas que las de Kandahar, Bagdad y Teherán que vemos por televisión. Unas masas en las que probablemente encontraríamos a alguno de nuestros abuelos repartiendo collejas entre los más pequeños -"Para que te acuerdes de este día!"- y para los que una ejecución era un espectáculo en mismo sentido en que hoy lo son el fútbol, el cine y el boxeo. Espectáculos que -casualidad o no- comenzaron a despuntar cuando las ejecuciones dejaron la plaza pública y pasaron a concretarse en la intimidad de las prisiones.

Ramon Casas refleja en Garrote vil (1894) el ritual que rodeaba la pena, con los actores principales -reo y verdugo- y los secundarios -capellanes, cofrades- y el respetable público, indispensable en todo espectáculo digno de este nombre. Parece que la ejecución a la que asistió Casas fue la de un tal Aniceto Peinador, encuadernador de 19 años convicto de asesinato; fue ajusticiado en el patio de la prisión de la calle Reina Amalia, actual plaza de Folch i Torres, en julio de 1892. Aun hubo en Barcelona un último agarrotado en público: Silvestre Luis, reo de doble parricidio, ejecutado en junio de 1897. Fotografia: Centro de Arte Reina Sofía.

Esta es la tesis central de L'espectacle de la pena de mort, uno de los libros más singulares de los últimos tiempos. Por el tema, radicalmente inédito en una oferta bibliográfica tan previsible como la que padecemos- y también por la perspectiva, porque Domènech se desmarca de la autocomplacencia habitual y carga de paso -y temerariamente, vistos los vientos que soplan en el noreste peninsular- contra la "memoria histórica", un concepto "antitético", dice, porque "mientras que la memoria actúa de manera arbitraria y selectiva, a la historia no le valen los olvidos, intencionados o no, y parece como sia los encargados de velar por la cosa esta de la memoria histórica solo miraran a un lado, y encima a muy poca distancia". Lo que decíamos: un francotirador y un temerario. Que conste que el objetivo de Domènech no es erigir un memorial en cada rincó de la ciudad en que alguna se levantó un patíbulo -en Barcelona los hay a docenas- ni ampliar la nómina de reos ilustres, hoy limitada a tres de los mártires oficiales de una cierta Cataluña -el general Moragues, el president Companys y Puig Antich- sino denuncia el "pacto de silencio" consistente, dice, en dar gusto a la buena conciencia propalando las barbaridades de los otros mientras disimulamos las propias: "Lo que me rebela es el olvido, no solo de los ejecutados sino sobre todo del hecho de que aquí se liquidaba al personal. Mucho, y no hace tanto". Tocado de un cierto pesimismo antropológico, Domènech concluye que todo lo que rodeaba a la pena de muerte era garantía de éxito entre el público, y que "muy probablemente, si si hoy tuviesen lugar en Barcelona ejecuciones en públicas, la gente asistiría con el mismo entusiasmo que hace uno, tres o cinco siglos". O con que lo hacen hoy Teherán. Que no va tan desencaminado lo demuestra la existencia de un comercio tan secreto y nauseabundo como lo es el de las snuff movies. Pero atención: no es que Barcelona fuera una ciudad especialmente sanguinaria, pero tampoco es un consuelo que el mismo gusto por los espectáculos sádicos sea extrapolable a todo Occidente.

El arte de dar mala muerte
La penúltima ejecución en y con público en Barcelona se remonta al mes de julio de 1892. El reo fue Aniceto Peinador, un encuadernador de 19 años convicto del asesinato de un hombre al que pretendía robar el reloj -con tan mala pata, recuerda el cronista Xavier Theros, que liquidó de paso a uno de sus cómplices. La ejecución tuvo lugar en el patio de la prisión de Reina Amalia, actual plaza de Folch i Torres, en pleno Raval, donde se levantaba el garrote vil del presidio, y Ramon Casas dejó dejó un impresionante testimonio pictórico del momento. Según Theros, parece que todavía hubo en este mismo escenario una ejecución pública posterior a la de Peinador: la de un tal Silvestre Luis, acusado de un doble parricidio -mujer e hija, glups- y ajusticiado en junio de 1897. Para nuestra desgracia, no hubo ese día un Casas para tomar apuntes del espectáculo...

Domènech retrocede, en fin, hasta el siglo XIII -exactamente hasta el Domingo de Pascua de 1285- para rescatar del anonimato y del olvido a su primer reo: Berenguer Oller, "caudillo de una revuelta ciudadana", condenado por Pedro el Ceremonioso a ser arrastrado, atención, de la cola de un mulo por todas las calles de la ciudad para acabar siendo colgado de un olivo en la montaña de MontjuIch, como castigo a un frustrado regicidio -según las fuentes oficiales, claro. A partir de aquí pasa cronológicamente revista a las modalidades con que los catalanes han tenido el gusto de darse legalmente muerte unos a otros -la llamada "mala muerte"- así como al ritual escénico que acompañaba al reo hasta el cadalso para escarmiento del pueblo. Resulta que el método más recurrente ha sido históricamente la horca. También el mas barato y sencillo -sólo se necesita un nudo corredizo y un tronco o palo más alto o largo que la víctima, esto último es esencial- y uno de los más crueles, porque la agonía podía prolongarse hasta 20 minutos. Aparte, pero esto quizás al reo le trajese en última instancia si cuidado, "del más vil e ignominioso, y por eso mismo destinado a la gente del pueblo".

Ladrones, bandoleros, homicidas, falsificadores y, en menor medida, violadores eran los principales candidatos a acabar en la horca. Las de Barcelona eran de buena ley y estaban preparadas para afrontar cualquier contingencia: en una sola jornada de abril de 1573 fueron ahorcados en ellas hasta 21 bandoleros. Dos siglos más tarde, ocho colegas de la misma partida fueron a su vez colgados de una sola tacada. Y funcionaron regularmente hasta 1832, para fortuna del verdugo, individuo de mala fama del que se decía que comerciaba con los restos del ajusticiado, que se arriesgaba a ser apedreado por el populacho si fallaba el golpe, que estaba obligado a vestir capa amarilla, sombrero blanco y guantes, en el mercado no podía tocar los alimentos con las manos y que, en fin, hasta tenía que llevar consigo su propia escudilla cuando iba a una taberna. Como para pensárselo dos veces. Un intocable, vamos, que según se terciara igual torturaba que ejecutaba o descuartizaba a su cliente... después, eso sí, de solicitarle retorcidamente perdón por lo que estaba a punto de hacerle. La última posición en el escalafón de la muerte lo ocupaba el estiracordetes, glups, que debe su nombre a la siniestra función que desempeñaba en todo este sórdido asunto: era el individuo que llegado el caso tenía que colgarse de las piernas del reo que se resistía a morir para acelerar la asfixia...

Hay que añadir que la ejecución comenzaba mucho antes de que el reo llegara al patíbulo. Previamente le obligaban a pasar la llamada "pena de la verguenza", algo así como la actual pena del telediario, pero a lo bestia: la víctima era paseada en comitiva por las principales vías de la ciudad, y los verdugos aprovechaban la ocasión para mutilarlo, azotarlo, atenazarlo (!), desorejarlo (!!) o marcarlo a fuego, atenciones todas ellas que recibia el pobre diablo para regocijo del respetable. El caso paradigmático es el de Joan de Canyamars, que el 7 de diciembre de 1492 fracasó en el intento de matar al rey Fernando y que fue condenado a morir "de crudelísima muerte, para ejemplo y castigo de los otros", dice la condena. Juzgue el lector si la sentencia se cumplió escrupulosamente (o no): "En la plaza del Blat le fue cortado un puño; en el Born, el otro. En la plaza de San Jaime le cortaron la nariz y una pierna, y le sacaron un ojo; en la plaza Nova, un muslo; en la plaza de Santa Ana, la otra pierna y el otro muslo, y en la calle de San Pedro acabaron de descuartizarlo". Si es que quedaba algo, claro. Una vez muerto, el cuerpo del ajusticiado se dejaba pudrir en el patíbulo, o bien se descuartizaba y los pingajos se exhibían en el lugar en que había cometido el crimen o a las puertas de la ciudad, como aviso a navegantes. La cabeza de Joan Sala, el bandolero Serrallonga, fue expuesto en el portal de San Antonio (1634), y el del general Moragues colgó en una jaula del portal del Mar entre 1715 y 1727. Y uno se pregunta por qué doce años, precisamente. Y que hicieron después con lo que quedaba de la cabeza. En fin.

De la horca al garrote
Justo en este punto hay que añadir que Moragues no murió en la horca sino agarrotado. Porque también a la hora de morir había clases, y las altas -nobles, militares, religiosos y bastardos (reales, se entiende)- morían como los señores que eran. Es decir, ahogados en agua, decapitados de un tajo de espada o bien agarrotados como el general austracista. Una de las sorpresas mayúsculas del libro es precisamente el decubrimiento de que el garrote constituyó una auténtica y, atención, humanista revolución en el arte de dar mala muerte: cuando Fernando VII jubiló la horca y decretó en 1832 que en adelante las penas de muerte de ejecturían a garrote acababa de dar un paso decisivo hacia la democratización patibularia: a partir de entonces todos los ciudadanos serían iguales ante el verdugo, sin distinción de crimen ni de clase.

No podían faltar, en fin, en el listado del arte de ejecutar ni la hoguera, método preferido por la Inquisición -que dejaba el trabajo sucio al brazo secular, eso sí- ni el fusilamiento. Y hay que decir que a pesar de la mala fama que arrastra, entre la primera (1488) y la última ejecución en la hoguera (1726), sólo un centenar de desgraciados (y desgraciadas) fueron ejecutados en Barcelona a instancias del Santo Oficio: judaizantes, renegados, luteranos, brujas, sodomitas y, agárrense, reos de bestialismo. En este último caso parece que se ejecutaba también, y por si acaso, a la bestia. A la de cuatro patas, se entiende. Lo que no sabemos es cómo.

La última ejecución pública tuvo lugar como se ha visto en 1897. Pero en la ciudad se continuó matando legalmente durante otras ocho décadas, aunque fuera en la intimidad. El último ajusticiado fue Salvador Puig Antich, agarrotado el 2 de marzo de 1974 en la Modelo. Aquel mismo día, pero en Tarragona, el verdugo daba garrote a Heinz Chez: ya saben, la torna de Boadella. Pero el siniestro honor de ser el último preso ejecutado en Cataluña no corresponde ni a Puig Antich ni a Chez, sino al etarra Juan Paredes Manot, alias Txiqui, fusilado en un bosque de los alrededores de Cerdañola el 27 de septiembre de 1975. Cuando al cabo de dos meses cayó por fin la estaca, con ella se fue también al otro barrio la pena de muerte. De momento, porque como recuerda muy oportunamente Domènech, "el suplicio y la pena de muerte son una de las carcaterísticas de la humanidad".

Un cadalso en cada plaza
Lo denominaban "pasar la vergüenza" y consistía en pasear al reo en comitiva "subido a un burro, atado de manos y desnudo de cintura para arriba, y con un rótulo colgado del pecho en el que se enunciaba el delito cometido": el calvario comenzaba en la prisión de la plaza del Ángel y pasaba por las calles de la Bòria, Corders, plaza Marcús, Consolat, Fusteria, Ample, Regomir, Ciutat, Bisbe, plaza Nova, Corríbia, Tapineria y vuelta a la prisión. Un viacrucis que en condiciones normales hubiera podido recorrerse en tres cuartos de hora pero que entre azotes, tenazas, marcas al fuego y otras atenciones podía prolongarse durante horas, dependiendo de la resistencia del reo y de la pericia del verdugo. De ahí que haya quedado en la memoria popular de los barceloneses la expresión "pasar Bòria abajo", sinónimo de que las cosas van mal dadas. Otras locuciones procedentes del lenguaje patibulario so "levantar la camisa", "curt de gambals" -literalmente, piernicorto, o mejor aun, grilletes cortos, que viene a significar algo así como tonto del bote- o "irse a la quinta forca" -a la quinta horca. Hablando de horcas, éstas se levantaban en lo que hoy es el Pla de la Boqueria, en Pla de Palau y la explanada de la Ciudadela, donde a partir e 1832 también se agarrotaba y se fusilaba. El portal de Sant Antoni también fue a partir de 1839 escenario del garrote. Y las hogueras de la Inquisición humearon en el Poblenou hasta 1726. Por otra parte, los reos no se iban solos al otro barrio: las cofradías de la Sangre y de los Desamparados les prestaban asistencia espiritual y material en los últimos momentos. Los cofrades acompañaban al reo en procesión hasta el patíbulo: son los hábitos y capirotes que no faltan en los testimonios gráficos de la época, y que dieron lugar a un luctuoso y nefando negocio consistente en alquilar los hábitos para asistir a la ejecución desde primera fila.

El garrote catalán: el otro hecho diferencial
La historia del garrote vil es una caja de sorpresas. Ya se ha visto cómo la instauración de este sistema de ejecución, en 1832, jubiló a la horca e igualó a nobles, religiosos y plebeyos ante la pena de muerte. Hasta 1897 fueron agarrotados en Barcelona unas setenta personas. Más sorprendente aún es la taxonomía de tan singular instrumento: la historia universal de la infamia reserva el adjetivo catalán para la versión más brutal del garrote, con un punzón de hierro que -dice Domènech- "penetra y quiebra las vértebras cervicales a la vez que empuja el cuello hacia delante, aplastando la tráquea contra el cuello: la muerte sobreviene por asfixia y por la destrucción de la médula espinal, y el punzón no sólo impide que el desenlace sea rápido sino que incrementa las posibilidades de una larga agonía". Un instrumento, como se ve, sofisticadísimo, a la altura de la delicadísima y proverbial sensibilidad catalana y que convertía en un artefacto rudimentario el vulgar garrote español, donde la muerte sobrevenía por vulgar asfixia al atornillar la soga metálica que se le encasquetaba al reo.

[Este artículo se publicó el 27 de julio de 2007 en el semanario Presència]