Incursiones relámpago, estilo Sturmtruppen, en episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y las dos postguerras, con ocasionales singladuras a alta mar, a ultramar y si conviene incluso más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

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sábado, 26 de abril de 2014

Barcelona era un patíbulo

Colgados, quemados, descuartizados, despellejados, degollados, ahogados, fusilados o agarrotados, y convertidos en protagonistas de un sádico espectáculo de masas. Así morían nuestros criminales hasta 1897: Joan de Déu Domènech nos lo cuenta en L'espectacle de la pena de mort (La Campana).

En Barcelona se ha ejecutado: mucho, en público y hasta hace poco más de un siglo: la última pena de muerte concebida como un espectáculo publico tuvo lugar en julio de 1897. Domènech (Barcelona, 1954) retrocede hasta el siglo XIII y deja constancia de las causas que podían conducir a un ciudadano -mas bien un súbdito, cuando no un vasallo- al patíbulo, así como de las modalidades, los rituales y los lugares donde se ejecutaba a los delincuentes de por aquí arriba. Y lo hace con el mismo tono ameno y erudito con que años atrás sorprendió al personal con la dulcísima Xocolata cada dia.

Nos horrorizamos al contemplar las imágenes de la última lapidación pública en el Irán de los ayatolás o en el Irak post-Sadam, y nos estremecemos al recordar el tiro en la nuca a la supuesta adúltera en el estadio de Kandahar, en el Afganistan de los talibanes, esas almas puras. Pero nos consolamos con la convicción que son barbaridades que ocurren en el Tercer Mundo. Nosotros somos europeos cultos y civilizados, ciudadanos sostenibles y moderadamente progresistas que nos podemos permitir el lujo de patrocinar la última película de Woody Allen: más modernos, imposible. Pero no siempre fue así. De hecho, hasta antes de ayer, como quien dice, Barcelona fue un inmenso patíbulo donde se ejecutaba de las formas más crueles, sádicas y sanguinarias a los pobres diablos que iban a parar a manos de la justicia. En público, ante masas igual de alienadas que las de Kandahar, Bagdad y Teherán que vemos por televisión. Unas masas en las que probablemente encontraríamos a alguno de nuestros abuelos repartiendo collejas entre los más pequeños -"Para que te acuerdes de este día!"- y para los que una ejecución era un espectáculo en mismo sentido en que hoy lo son el fútbol, el cine y el boxeo. Espectáculos que -casualidad o no- comenzaron a despuntar cuando las ejecuciones dejaron la plaza pública y pasaron a concretarse en la intimidad de las prisiones.

Ramon Casas refleja en Garrote vil (1894) el ritual que rodeaba la pena, con los actores principales -reo y verdugo- y los secundarios -capellanes, cofrades- y el respetable público, indispensable en todo espectáculo digno de este nombre. Parece que la ejecución a la que asistió Casas fue la de un tal Aniceto Peinador, encuadernador de 19 años convicto de asesinato; fue ajusticiado en el patio de la prisión de la calle Reina Amalia, actual plaza de Folch i Torres, en julio de 1892. Aun hubo en Barcelona un último agarrotado en público: Silvestre Luis, reo de doble parricidio, ejecutado en junio de 1897. Fotografia: Centro de Arte Reina Sofía.

Esta es la tesis central de L'espectacle de la pena de mort, uno de los libros más singulares de los últimos tiempos. Por el tema, radicalmente inédito en una oferta bibliográfica tan previsible como la que padecemos- y también por la perspectiva, porque Domènech se desmarca de la autocomplacencia habitual y carga de paso -y temerariamente, vistos los vientos que soplan en el noreste peninsular- contra la "memoria histórica", un concepto "antitético", dice, porque "mientras que la memoria actúa de manera arbitraria y selectiva, a la historia no le valen los olvidos, intencionados o no, y parece como sia los encargados de velar por la cosa esta de la memoria histórica solo miraran a un lado, y encima a muy poca distancia". Lo que decíamos: un francotirador y un temerario. Que conste que el objetivo de Domènech no es erigir un memorial en cada rincó de la ciudad en que alguna se levantó un patíbulo -en Barcelona los hay a docenas- ni ampliar la nómina de reos ilustres, hoy limitada a tres de los mártires oficiales de una cierta Cataluña -el general Moragues, el president Companys y Puig Antich- sino denuncia el "pacto de silencio" consistente, dice, en dar gusto a la buena conciencia propalando las barbaridades de los otros mientras disimulamos las propias: "Lo que me rebela es el olvido, no solo de los ejecutados sino sobre todo del hecho de que aquí se liquidaba al personal. Mucho, y no hace tanto". Tocado de un cierto pesimismo antropológico, Domènech concluye que todo lo que rodeaba a la pena de muerte era garantía de éxito entre el público, y que "muy probablemente, si si hoy tuviesen lugar en Barcelona ejecuciones en públicas, la gente asistiría con el mismo entusiasmo que hace uno, tres o cinco siglos". O con que lo hacen hoy Teherán. Que no va tan desencaminado lo demuestra la existencia de un comercio tan secreto y nauseabundo como lo es el de las snuff movies. Pero atención: no es que Barcelona fuera una ciudad especialmente sanguinaria, pero tampoco es un consuelo que el mismo gusto por los espectáculos sádicos sea extrapolable a todo Occidente.

El arte de dar mala muerte
La penúltima ejecución en y con público en Barcelona se remonta al mes de julio de 1892. El reo fue Aniceto Peinador, un encuadernador de 19 años convicto del asesinato de un hombre al que pretendía robar el reloj -con tan mala pata, recuerda el cronista Xavier Theros, que liquidó de paso a uno de sus cómplices. La ejecución tuvo lugar en el patio de la prisión de Reina Amalia, actual plaza de Folch i Torres, en pleno Raval, donde se levantaba el garrote vil del presidio, y Ramon Casas dejó dejó un impresionante testimonio pictórico del momento. Según Theros, parece que todavía hubo en este mismo escenario una ejecución pública posterior a la de Peinador: la de un tal Silvestre Luis, acusado de un doble parricidio -mujer e hija, glups- y ajusticiado en junio de 1897. Para nuestra desgracia, no hubo ese día un Casas para tomar apuntes del espectáculo...

Domènech retrocede, en fin, hasta el siglo XIII -exactamente hasta el Domingo de Pascua de 1285- para rescatar del anonimato y del olvido a su primer reo: Berenguer Oller, "caudillo de una revuelta ciudadana", condenado por Pedro el Ceremonioso a ser arrastrado, atención, de la cola de un mulo por todas las calles de la ciudad para acabar siendo colgado de un olivo en la montaña de MontjuIch, como castigo a un frustrado regicidio -según las fuentes oficiales, claro. A partir de aquí pasa cronológicamente revista a las modalidades con que los catalanes han tenido el gusto de darse legalmente muerte unos a otros -la llamada "mala muerte"- así como al ritual escénico que acompañaba al reo hasta el cadalso para escarmiento del pueblo. Resulta que el método más recurrente ha sido históricamente la horca. También el mas barato y sencillo -sólo se necesita un nudo corredizo y un tronco o palo más alto o largo que la víctima, esto último es esencial- y uno de los más crueles, porque la agonía podía prolongarse hasta 20 minutos. Aparte, pero esto quizás al reo le trajese en última instancia si cuidado, "del más vil e ignominioso, y por eso mismo destinado a la gente del pueblo".

Ladrones, bandoleros, homicidas, falsificadores y, en menor medida, violadores eran los principales candidatos a acabar en la horca. Las de Barcelona eran de buena ley y estaban preparadas para afrontar cualquier contingencia: en una sola jornada de abril de 1573 fueron ahorcados en ellas hasta 21 bandoleros. Dos siglos más tarde, ocho colegas de la misma partida fueron a su vez colgados de una sola tacada. Y funcionaron regularmente hasta 1832, para fortuna del verdugo, individuo de mala fama del que se decía que comerciaba con los restos del ajusticiado, que se arriesgaba a ser apedreado por el populacho si fallaba el golpe, que estaba obligado a vestir capa amarilla, sombrero blanco y guantes, en el mercado no podía tocar los alimentos con las manos y que, en fin, hasta tenía que llevar consigo su propia escudilla cuando iba a una taberna. Como para pensárselo dos veces. Un intocable, vamos, que según se terciara igual torturaba que ejecutaba o descuartizaba a su cliente... después, eso sí, de solicitarle retorcidamente perdón por lo que estaba a punto de hacerle. La última posición en el escalafón de la muerte lo ocupaba el estiracordetes, glups, que debe su nombre a la siniestra función que desempeñaba en todo este sórdido asunto: era el individuo que llegado el caso tenía que colgarse de las piernas del reo que se resistía a morir para acelerar la asfixia...

Hay que añadir que la ejecución comenzaba mucho antes de que el reo llegara al patíbulo. Previamente le obligaban a pasar la llamada "pena de la verguenza", algo así como la actual pena del telediario, pero a lo bestia: la víctima era paseada en comitiva por las principales vías de la ciudad, y los verdugos aprovechaban la ocasión para mutilarlo, azotarlo, atenazarlo (!), desorejarlo (!!) o marcarlo a fuego, atenciones todas ellas que recibia el pobre diablo para regocijo del respetable. El caso paradigmático es el de Joan de Canyamars, que el 7 de diciembre de 1492 fracasó en el intento de matar al rey Fernando y que fue condenado a morir "de crudelísima muerte, para ejemplo y castigo de los otros", dice la condena. Juzgue el lector si la sentencia se cumplió escrupulosamente (o no): "En la plaza del Blat le fue cortado un puño; en el Born, el otro. En la plaza de San Jaime le cortaron la nariz y una pierna, y le sacaron un ojo; en la plaza Nova, un muslo; en la plaza de Santa Ana, la otra pierna y el otro muslo, y en la calle de San Pedro acabaron de descuartizarlo". Si es que quedaba algo, claro. Una vez muerto, el cuerpo del ajusticiado se dejaba pudrir en el patíbulo, o bien se descuartizaba y los pingajos se exhibían en el lugar en que había cometido el crimen o a las puertas de la ciudad, como aviso a navegantes. La cabeza de Joan Sala, el bandolero Serrallonga, fue expuesto en el portal de San Antonio (1634), y el del general Moragues colgó en una jaula del portal del Mar entre 1715 y 1727. Y uno se pregunta por qué doce años, precisamente. Y que hicieron después con lo que quedaba de la cabeza. En fin.

De la horca al garrote
Justo en este punto hay que añadir que Moragues no murió en la horca sino agarrotado. Porque también a la hora de morir había clases, y las altas -nobles, militares, religiosos y bastardos (reales, se entiende)- morían como los señores que eran. Es decir, ahogados en agua, decapitados de un tajo de espada o bien agarrotados como el general austracista. Una de las sorpresas mayúsculas del libro es precisamente el decubrimiento de que el garrote constituyó una auténtica y, atención, humanista revolución en el arte de dar mala muerte: cuando Fernando VII jubiló la horca y decretó en 1832 que en adelante las penas de muerte de ejecturían a garrote acababa de dar un paso decisivo hacia la democratización patibularia: a partir de entonces todos los ciudadanos serían iguales ante el verdugo, sin distinción de crimen ni de clase.

No podían faltar, en fin, en el listado del arte de ejecutar ni la hoguera, método preferido por la Inquisición -que dejaba el trabajo sucio al brazo secular, eso sí- ni el fusilamiento. Y hay que decir que a pesar de la mala fama que arrastra, entre la primera (1488) y la última ejecución en la hoguera (1726), sólo un centenar de desgraciados (y desgraciadas) fueron ejecutados en Barcelona a instancias del Santo Oficio: judaizantes, renegados, luteranos, brujas, sodomitas y, agárrense, reos de bestialismo. En este último caso parece que se ejecutaba también, y por si acaso, a la bestia. A la de cuatro patas, se entiende. Lo que no sabemos es cómo.

La última ejecución pública tuvo lugar como se ha visto en 1897. Pero en la ciudad se continuó matando legalmente durante otras ocho décadas, aunque fuera en la intimidad. El último ajusticiado fue Salvador Puig Antich, agarrotado el 2 de marzo de 1974 en la Modelo. Aquel mismo día, pero en Tarragona, el verdugo daba garrote a Heinz Chez: ya saben, la torna de Boadella. Pero el siniestro honor de ser el último preso ejecutado en Cataluña no corresponde ni a Puig Antich ni a Chez, sino al etarra Juan Paredes Manot, alias Txiqui, fusilado en un bosque de los alrededores de Cerdañola el 27 de septiembre de 1975. Cuando al cabo de dos meses cayó por fin la estaca, con ella se fue también al otro barrio la pena de muerte. De momento, porque como recuerda muy oportunamente Domènech, "el suplicio y la pena de muerte son una de las carcaterísticas de la humanidad".

Un cadalso en cada plaza
Lo denominaban "pasar la vergüenza" y consistía en pasear al reo en comitiva "subido a un burro, atado de manos y desnudo de cintura para arriba, y con un rótulo colgado del pecho en el que se enunciaba el delito cometido": el calvario comenzaba en la prisión de la plaza del Ángel y pasaba por las calles de la Bòria, Corders, plaza Marcús, Consolat, Fusteria, Ample, Regomir, Ciutat, Bisbe, plaza Nova, Corríbia, Tapineria y vuelta a la prisión. Un viacrucis que en condiciones normales hubiera podido recorrerse en tres cuartos de hora pero que entre azotes, tenazas, marcas al fuego y otras atenciones podía prolongarse durante horas, dependiendo de la resistencia del reo y de la pericia del verdugo. De ahí que haya quedado en la memoria popular de los barceloneses la expresión "pasar Bòria abajo", sinónimo de que las cosas van mal dadas. Otras locuciones procedentes del lenguaje patibulario so "levantar la camisa", "curt de gambals" -literalmente, piernicorto, o mejor aun, grilletes cortos, que viene a significar algo así como tonto del bote- o "irse a la quinta forca" -a la quinta horca. Hablando de horcas, éstas se levantaban en lo que hoy es el Pla de la Boqueria, en Pla de Palau y la explanada de la Ciudadela, donde a partir e 1832 también se agarrotaba y se fusilaba. El portal de Sant Antoni también fue a partir de 1839 escenario del garrote. Y las hogueras de la Inquisición humearon en el Poblenou hasta 1726. Por otra parte, los reos no se iban solos al otro barrio: las cofradías de la Sangre y de los Desamparados les prestaban asistencia espiritual y material en los últimos momentos. Los cofrades acompañaban al reo en procesión hasta el patíbulo: son los hábitos y capirotes que no faltan en los testimonios gráficos de la época, y que dieron lugar a un luctuoso y nefando negocio consistente en alquilar los hábitos para asistir a la ejecución desde primera fila.

El garrote catalán: el otro hecho diferencial
La historia del garrote vil es una caja de sorpresas. Ya se ha visto cómo la instauración de este sistema de ejecución, en 1832, jubiló a la horca e igualó a nobles, religiosos y plebeyos ante la pena de muerte. Hasta 1897 fueron agarrotados en Barcelona unas setenta personas. Más sorprendente aún es la taxonomía de tan singular instrumento: la historia universal de la infamia reserva el adjetivo catalán para la versión más brutal del garrote, con un punzón de hierro que -dice Domènech- "penetra y quiebra las vértebras cervicales a la vez que empuja el cuello hacia delante, aplastando la tráquea contra el cuello: la muerte sobreviene por asfixia y por la destrucción de la médula espinal, y el punzón no sólo impide que el desenlace sea rápido sino que incrementa las posibilidades de una larga agonía". Un instrumento, como se ve, sofisticadísimo, a la altura de la delicadísima y proverbial sensibilidad catalana y que convertía en un artefacto rudimentario el vulgar garrote español, donde la muerte sobrevenía por vulgar asfixia al atornillar la soga metálica que se le encasquetaba al reo.

[Este artículo se publicó el 27 de julio de 2007 en el semanario Presència]

lunes, 7 de abril de 2014

No seas bruja, o acabarás en la horca (Una historia de la brujería andorrana)

El vínculo de Andorra con la brujería viene de lejos: el Roc de les Bruixes de Sant Julià de Lòria y la leyenda de Engolasters son sólo dos ejemplos que dejan constancia de esta larga, enraizada y en ocasiones -lo veremos enseguida- trágica historia brujeril. El periodista e historiador Robert Pastor se ha sumergido en el archivo del Tribunal de Corts -la jurisdicción penal andorrana- para exhumar los nombres y apellidos, así como las andanzas, de un centenar de supuestas brujas que entre los siglos XV y XVII fueron víctimas de los prejuicios y de las supersticiones de la sociedad (y de los jueces) de la época. Hasta quince de ellas fueron ejecutadas en la horca. Lo cuenta en Aquí les penjaven, premio Principado de Andorra de investigación histórica 2003.

Ha costado casi cuatro siglos rescatar del anonimato al centenar de brujas (y cuatro brujos) que entre 1471 y 1661 desfilaron ante el Tribunal de Corts. Mujeres como Margarida Anglada, de Encamp, primera acusada de quien se conserva el proceso; Maria Guida, la única bruja andorrana que terminó en la hoguera, dado que por aquí arriba lo suyo era ahorcarlar, no quemarlas; Maria Galoxa, del Vilar de Ordino, que inaugura en 1622 la tercera y última de las grandes cacerías de brujas locales, y Petronilla Gascona, que tuvo el dudoso honor de ser la última que probó los expeditivos métodos de la justicia de la época. Pues las brujas andorranas salieron del trance judicial con fortuna diversa: desde la pena pecuniaria hasta los azotes, destierro y en un número inusualmente elevado de casos, la ejecución "de forca ben alta". Y siempre con la tortura como procedimiento habitual (e infalible, como para negarse a declarar lo que los interrogadores querían oír: lo verán enseguida) para obtener la confesión del reo, prueba definitiva que demostraba la culpabilidad de la acusada. Una muestra de la implacabilidad de los jueces: tan solo dos de las encausadas -Joana Montanya, alias Toneta de Caldes (1575), y Antònia Ponta, de Les Bons (1622)- se libraron de cualquier castigo y fueron absueltas de toda culpa.

El autor de Aquí les penjaven posa ante los escaños del Tribunal de Corts, en la Casa de la Vall: las brujas andorranas fueron juzgadas por este tribunal, que en los siglos XVI y XVII no se ubicaba todavía en la planta baja de Casa de la Vall. Fotografía: Tony Lara / El Periòdic d'Andorra.
Las brujas de Salem fueron colgadas de "forca ben alta" a finales del siglo XVII, como sus colegas andorranas, y a diferencia de la suerte habitual de las condenadas por este delito, que solían terminar en la hoguera.

En Aquí les penjaven (Consell General, 2004), Pastor ha expurgado ls actas judiciales e un centenar de procesos para determinar la procedencia y situación de las acusadas; los cargos y prácticas que les adjudican, la identidad de denunciantes, jueces e incluso de uno de los verdugos, los tormentos a que las sometían para obtener confesión, los lugares en que se erigía el patíbulo... El resultado es un volumen que combina la erudición del reportaje de investigación con el rigor del ensayo histórico, y que completa y amplía el clásico de referencia sobre la materia -La réligion populaire en Andorre, de Galinier-Pallerola. Pastor explica la eclosión de la brujería andorrana en el siglo XV en el marco catalán y pirenaico, y detalla sus especificidades, desde un especial encarnizamiento con las sospechosas hasta la peculiar forma de ejecución en la horca que se impuso en este rincón del Pirineo, a diferencia de la clásica hoguera que habitualmente se aplicaba en el resto del mundo cristiano a brujas y herejes.

No menos suculentas son algunas de las reflexiones colaterales que emergen del núcleo central del liro, como la revisión de la leyenda negra que acompaña a la Inquisición, el conflicto de competencias entre la jurisdicción ordinario y el mismo Santo Oficio, la misoginia imperante en las sociedades modernas -detalle que explica la extraordinaria desproporción entre el número de brujas y el de brujos que cayeron en las zarpas de los tribunales, y la persistencia hasta nuestros días de prácticas tradicionalmente relacionadas con la brujería -plantas medicinales, nigromancia, adivinación. El autor enriquece el volumen con una introducción a la historia general de la brujería europea que presta especial atención a los grandes procesos de los siglos XVI y XVII, con las figuras centrales del magistrado francés Pierre de Lancre y del inquisidor español Alonso de Salazar y Frías. Aquí les penjaven captura al lector con un estilo ameno, una ironía sutil y un bagaje erudito que lo emparentan directamente con el gran clásico de la brujería peninsular -Las brujas y su mundo, de Caro Baroja- y lo convierten en la obra definitiva sobre la brujería andorrana. Y muy probablemente, también de la pirenaica.

-Según sus cuentas, entre 1604 y 1609 los tribunales andorranos condenaron a más brujas que la Inquisición de Barcelona en el siglo y medio anterior. ¿Fue este rincón de mundo un nido de brujería?
-La incidencia de la brujería en Andorra es comparable a la de los valles pirenaicos donde el fenómeno se manifestó con más intensidad, como en el norte de Navarra y Vallferrera (Lérida). Hay que tener en cuenta que se trataba de sociedades muy cerradas, casi endogámicas, claustrofóbicas, con lazos familiares muy estrechos. Si todavía hoy en estos lugares cualquier cosa que afecte a uno de sus vecinos acaba siendo de dominio público, imaginemos lo que podía ocurrir en una sociedad como las del siglo XVI, cuando en Andorra quizá no había más de 4.000 habitantes. Más todavía en vecindarios que podían tener cuatro casas, dicho esto en sentido literal, como la Mosquera, Segudet y El Vilar. Por esta razón, la caída de de una bruja enseguida repercutía en su círculo más íntimo, y por este mismo motivo son relativamente abundantes los casos en que diversos miembros de una misma familia son acusados de brujería.

-¿Por que tienen lugar precisamente en los siglos XVI y XVII el grueso de las grandes persecuciones?
-En estos dos siglos se registra en toda Europa lo que podríamos denominar el núcleo duro de las persecuciones, en el marco de una sociedad que no sólo otorgaba verosimilitud a la existencia de la brujería sino que estaba absolutamente convencida de que las brujas eran las causantes de muchos, por no decir de todos los males. Cuando se producía algún accidente, una enfermedad o una epidemia, la única alternativa para la mayor parte de aquella gente era hacerse visitar por el curandero del lugar o por la remeiera -la mujer, habitualmente una señora de cierta edad, que conocía las virtudes curativas de hierbas y plantas, fueran estas virtudes reales o imaginarias. Si tenía la mala suerte que el paciente fallecía o la contagiaba a familiares y vecinos, no era extraño que le endosaran la culpa al sanador o a la remeiera, y que le atribuyeran poderes maléficos. Lo mismo ocurría si moría algún animal de forma más o menos inesperada, la helada arruinaba la cosecha o caía una tempestad especialmente virulenta. El mal siempre viene de fuera y hay que buscarle la causa que lo provoca.

-¿Fueron, pues, siglos especialmente crédulos?
-Caro Baroja explica la emergencia de la brujería a partir del siglo XIII porque hasta entonces la Iglesia no se había sentido con la fuerza suficiente para enfrentarse a las prácticas paganas que habían sobrevivido a una cristianización tan solo superficial. Recordemos que es en el siglo XIII cuando emergen -y son duramente perseguidas- las primeras herejías medievales: entre otras, el catarismo, que nos toca muy cerca. La Iglesia se siente preparada para conquistar el monopolio ideológico de la sociedad, y es en estos parámetros en los que hay que ubicar la persecución del sustrato pagano precristiano.

-¿También en Andorra, donde el Obispo de Urgel ejerce desde el siglo XIII como copríncipe?
-Los procesos más antiguos por brujería que se han conservado en las actas del Tribunal de Corts se remontan al siglo XV, pero estoy convencido que en Andorra la persecución comienza también dos siglos antes, como en toda Europa. Así se infiere de un documento otorgado por el conde de Castellbò que reconoce a los andorranos la facultad de constituir corts -es decir, tribunal de lo penal- "también para juzgar los casos de brujería", dice textualmente. En cualquier caso, la brujería se remonta a la prehistoria, y aunque el último proceso que incoa el Tribunal de Corts data de 1661, prácticas tradicionalmente relacionadas con la brujería persisten hasta el siglo XX. Incluso hasta hoy mismo.

-¿Por ejemplo?
-No hay que buscar demasiado: los apósitos de trementina se utilizaron habitualmente por estas comarcas hasta bien entrados los años 70. Y hay quien todavía visita al curandero de turno para hacerse colocar los huesos en su sitio. Hace tres siglos, tanto lo uno como lo otro hubieran sido consideradas en según qué circunstancias prácticas sospechosas. Por no hablar del repertorio de hierbas y plantas más o menos medicinales que todos conocemos aunque sea de oídas.

-Entre los 93 acusados a quienes el tribunal, el fiscal o los testigos atribuyen prácticas brujeriles, sólo hay cuatro hombres. ¿Hay que deducir que la sociedad andorrana era especialmente misógina?
-Era la misoginia habitual en la Europa coetánea, ni más ni menos. Por el solo hecho de ser hombre, un curandero estaba más cerca de la respetable figura del médico. En cambio, una mujer que se atribuyera dotes de curandera -o la que se los atribuyeran- tenía todos los números para ser antes o después sospechosa de brujería. Es significativo que los cuatro hombres acusados fueran condenados a penas relativamente leves: Pere y Joan Rectoret, de la Mosquera, acusados en 1638 de haber envenenado a la esposa del primero y madre del segundo, sólo tuvieron que pagar una multa de 20 libras. Y a un tal T. Palleta, de Encamp, protagonista del último proceso por brujería (1661), lo sueltan gratis.

-¿De qué se las acusa, a las supuestas brujas?
-Habitualmente, de provocar enfermedades, sobre todo el bocio. Pero también pueden tener la culpa de vómitos, fiebres repentinas, pérdida de peso o enfermedad mental. Hay casos en verdad grotescos, como el de una tal Joanita de Sant Julià de Lòria, de quien decían que hacía que se les cayeran las orejas a los hombres que se atrevían a entrar en su casa.

-¿Cómo se supone que lo hacían, todo esto?
-Con venenos cuya composición, curiosamente, ningún veguer se siente en la necesidad de investigar. Sólo ocasionalmente las actas describen los supuestos ingredientes de estos brebajes, según confesión de las acusadas o declaración de algún testigo.

-A ver: una receta.
-Citan sustancias como la adelfa, la "aranya grossa" -araña grande- e incluso el hígado de recién nacido, que Maria Galoxa confiesa haber extraído "con un gancho de hierro por el culo". En los veinte procesos y documentos adjuntos que he examinado, se las acusa de la muerte de 41 personas. La más letal vuelve a ser esta Galoxa, a quien en 1621 imputan la muerte de los nueve miembros de casa Nafreu, en el Vilaró de Ordino. Hay también casos de supuesto parricidio, como Antònia Martina, que admite haber matado a su marido y a su yerno; y de infanticidio, como Jaumeta Arenya, Peyrona Gastona y La Sucarana, acusadas de dar muerte a sus hijos.Era práctica habitual la adoración del diablo tras el rito del renec, que no consistía en el beso negro -en el trasero de un macho cabrío- típico de la tradición vasco-navarra, sino en levantarse la falda y sentarse sobre una cruz dibujada con tiza en el suelo.

-Teniendo en cuenta que Toneta de Caldes, la única que fue juzgada por la Inquisición, fue también una de las dos brujas andorranas que resultó absuelta en los dos siglos que ha investigado, ¿hay que concluir que era mucho mejor caer en manos del Santo Oficio que de los tribunales ordinarios?
-Con la Inquisición nos hemos llevado varias sorpresas: la primera y más gorda de todas, comprobar cómo los hechos contradicen la leyenda negra, por lo menos en lo que respecta a la brujería: los magistrados del Santo Oficio se mostraban mucho menos crédulos y más garantistas que la jurisdicción ordinaria. Un solo ejemplo: el procedimiento judicial estaba en las dos jurisdicciones enfocado a obtener la confesión del reo, pero mientras que ante el Santo Oficio la confesión y el arrepentimiento espontáneo garantizaban una pena relativamente leve -por lo menos, salvar la vida- con el Tribunal de Corts ocurría lo contrario: la confesión era la prueba definitiva, concluyente, que condenaba irremisiblemente al acusado. Es curioso también el conflicto jurisdiccional que se infiere del proceso de Toneta de Caldes, a quien el magistrado doctor Jeroni Morell se llevó a Barcelona -salvándola, por cierto, de una muerte más que probable. El inquisidor se lamenta del "exceso" del veguer andorrano al invadir competencias del Santo Oficio, el único que podía actuar en casos de brujería, y propone que sea llamado, juzgado y condenado de forma ejemplar a una pena pecuniaria.

-¿En qué consistía, las torturas? ¿Dónde y quién las aplicaba?
-Del único verdugo de quien conocemos el nombre es Domingo de l'Hort, que participó en la cacería de 1604 -debió ganarse el peculio porque terminó con tres de las acusadas en el cadalso, y otras tres fueron castigadas al látigo. La tortura habitual era la llamada del cordel, que consistía en colgar al reo por los pulgares, en ocasiones con un peso en los pies, y que en el siglo XVII fue sustituida por el potro.

-¿Y las penas?
-La más leve era la multa. La pena capital consistía en Andorra en morir "de forca ben alta". Entra la una y la otra, azotes y destierro -normalmente a perpetuidad, y con amenaza de pena de muerte si el reo regresaba, aunque se registraron casos como el de la Ponta, que se salto con éxito la prohibición de egresar. La tortura se aplicaba en la prisión, que suponemos que se encontraba bajo las escaleras exteriores de Casa de la Vall. El patíbulo, en Andorra la Vella, creemos que se levantaba en el "foro del tossal", por la zona donde hoy se encuentran los grandes almacenes Pyrénnées: aquí fue ahorcada en 1629 Magdalena Riba, alias Naudina, de Meritxell. A la Galoxa consta que la ejecutaron en el Mas d'en Soler, en la Cortinada.

-En el capítulo final, significativamente titulad Però n'hi ha, insiste en la pervivencia, incluso en la sobreabundancia de las prácticas mágicas en la sociedad actual. ¿Un golpe de efecto al estilo Cuarto Milenio, para asustar al personal?
-La brujería ha sido una constante en la historia de la humanidad desde las épocas más remotas. Y no hay que pensar que es algo del pasado. ¿Dónde hay que situar, si no, el auge actual de la videncia, reconvertido en floreciente negocio, así como del espiritismo y el satanismo? En los primeros años 80 se documentaron actividades relacionadas con la magia negra durante las obras de restauración de la iglesia de San Miguel de Engolasters: fueron desenterrados del templo dos corazones (de animales) con sendas agujas negras clavadas, y en el ábside apareció un día un perro estrangulado con una cuerda también negra. Una carta al director del Diari d'Andorra fechada en marzo de 2002 reivindicaba el buen nombre de una autodenominada Iglesia de Satán, y la noche de San Juan de 2003, en el paraje de Els Escorpiders, en Ansalonga, los vecinos avisaron al servicio de atención ciudadana porque habíaan divisado unas extrañas luces; cuando se acercaron al lugar descubrieron un inquietante cuadro formado por tres velas clavadas en el suelo alrededor de un papel que nadie se atrevió a leer...

[Esta entrevista se publicó en abril de 2004 en la revista Informacions]