Incursiones relámpago, estilo Sturmtruppen, en episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y las dos postguerras, con ocasionales singladuras a alta mar, a ultramar y si conviene incluso más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

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lunes, 12 de mayo de 2014

Padre Tragan: "Si Bonaventura Ubach viera hoy Irak, se le caería el alma a los pies"

¡Bonaventura Ubach! Sí, hombre, el monje benedictino, biblista y viajero catalán (Barcelona, 1879-Montserrat, 1960) que en las primeras décadas del siglo XX recorrió Tierra Santa y más allá -Palestina, Siria, el Líbano e Irak- y volvió convertido en el primer orientalista con credenciales científicas del país. El novelista Martí Gironell lo convirtió en héroe de ficción en El arqueólogo, y la monumental colección de gadgets arqueológicos que reunió se conserva hoy en el monasterio de Montserrat, donde ingresó en 1894. Años atrás el Museo del Tabaco de Sant Julià de Lòria (Andorra) expuso una parte de esta colección (Viaje al Oriente bíblico), y el Centre d'Art d'Escaldes hace ahora lo propio con un puñado de recipientes, ungüentarios y vasos de vidrio y cerámica de origen árabe que forman parte de la exposición El Antiguo Egipto y tejidos coptos de Montserrat. Comisariada, y no es casualidad, por el padre Pius Tragan. Atención: el último discípulo vivo de Bonaventura Ubach. Por eso hablamos con él.

El padre Tragan posa en el Centre d'Art d'Escaldes ante algunos de los recipientes reunidos por el padre Ubach -el arqueólogo- que forman parte de la exposición El Antiguo Egipto y tejidos coptos de Montserrat. Fotografía: Tony Lara / El Periòdic d'Andorra.

-¿Se hubiera reconocido, el padre Ubach, en El arqueólogo de Gironell?
-La novela es muy fiel a su trayectoria, y aprovecha con acierto el hecho evidente de que el padre Ubach llevó una vida muy novelesca. Lo que ocurre es que el autor le ha añadido algún condimento que no acaba de encajar con la realidad.

-Ahora nos lo tendrá que contar.
-El sacerdote que lo acompañó al Sinaí, el monje belga Joseph Vandervorst, se queda obnubilado en la novela contemplando la danza de una bailarina beduina. Tanto, que lo deja todo y no vuelve. El padre Vandervorst existió, pero no tuvo una crisis de fe por culpa de ninguna bailarina. Ni beduina ni nada.

-Una licencia poética puede perdonarse...
-Por supuesto: una novela debe tener algo de sal y algo de pimienta, así que se comprende perfectamente.

-¿La hubiera leído, el padre Ubach?
-Hmmm... Estaría contento por lo menos por una cosa: porque lo que él escribió es muy académico, muy serio, incluso espeso. De muy difícil acceso para el lector no especializado. El arqueólogo ha dado a conocer su figura en todas partes. Si no se le conoce por su ciencia, por lo menos que se le conozca por su vida. Aunque sea novelada.

-Casa poco con la modestia que se le supone a un monje...
-Su obsesión era divulgar el conocimiento de la Biblia. Y hablando de él y de su vida, aunque sea a través de El arqueólogo, estamos hablando de la Biblia, de los escenarios donde transcurren los Evangelios. Pero aplicarle los criterios de hoy al padre Ubach es muy difícil. Es un hombre de otra época. Casi de otro mundo.

-¿Cómo le sentaría, esto de verse convertido en una especia de Indiana Jones a la catalana?
-Esto sí que no, porque a Indiana Jones le falta la dimensión religiosa, que para el padre Ubach lo era todo.

-Me imagino que el material que fue coleccionando está debidamente justificado. Vaya, que no se dedicó a practicar este expolio encubierto y con coartada cultural a que éramos tan aficionados los occidentales hasta hace cuatro días.
-Normalmente lo compraba. Pero también fue un hombre a quien la fortuna sonreía con cierta frecuencia. Una de las piezas más destacads que trajo de sus periplos por Oriente fue un talento babilonio...

-¡¿Un talento?! Ejem: ¿una moneda?
-Una medida de peso: un talento de oro equivalía a 32 kilos de oro. Pues este talento en concreto lo localizó en una morada muy humilde: la puerta del edificio giraba sobre un agujero en el que había una piedra encajada. El padre Ubach se percató de que la piedra aquella no era del mismo color que la tierra de los alrededores. En fin, que le pidió a la señora de la casa que le dejara observar la piedra en cuestión más de cerca. Y la buena mujer, y mejor negociante, contestó: "Si me paga usted la puerta, adelante". Y así lo hizo.

-¿Era un talento de oro?
-De asfalto. Y se lo llevó debajo del brazo, tan satisfecho porque por dos libras esterlinas que para aquella mujer eran una pequeña fortuna, él había podido salvar un talento.

-¿Qué ocurrió con la puerta?
-La dejó, por supuesto.

-Supongo que tenía algún mecenas detrás. ¿Cuál?
-El padre Antoni Marcet, en la época abad de Montserrat. Hay que decir que el padre Ubach y el abad habían sido compañeros en el noviciado...

-Así, cualquiera.
-La cuestión es que se entendieron a la perfección y que el abad hizo lo que estuvo en su mano para ayudarlo en sus viajes. Hay que tener en cuenta que eran los años en que se estaba reconstruyendo el monasterio, destruido durante la Guerra de la Independencia.

-Asi que tenía una buena billetera.
-No exactamente. Cuando por el camino se topaba con una excavación arqueológica, sabía ganarse a los arqueólogos de turno y con frecuencia le caía alguna pieza interesante. Uno de estos amigos que fue haciendo a lo largo del camino le obsequió con un ladrillo del palacio del rey de Babilonia. ¡Nabucodonosor! ¿Te lo puedes imaginar? Y no le costó ni un duro.

-¿Qué pensaría, si viera en lo que se ha convertido Irak?
-Lo hubiera vivido de una forma trágica. El Bagdad que és conoció era la ciudad de la paz, donde convivían musulmanes, judíos y cristianos, tanto católicos como ortodoxos. Si pudiera ver lo que ha ocurrido, se le caería el alma a los pies.

-¿Cómo se explica que un personaje que, como se ha visto, daba tanto juego, haya estado a la sombra durante tanto tiempo? ¿Falta de márketing montserratino, quizás?
-En Montserrat queda mucho trabajo por hacer. Cuando regresé de Roma, donde ejercí durante 35 años como profesor, pensé que había llegado el momento de hacer algo por el monasterio. Me fijé en el legado del padre Ubach, por si había alguna manera de darle la importancia que merecía. La sorpresa fue que había muchas piezas que ni se conocían. Arreglamos una sección del museo para exponer la colección, contactamos con el museo egipcio de Turín y pusimos en movimiento un patrimonio que estaba en Montserrat pero al que nunca ante nadie le había prestado atención.

-Regálenos una exclusiva: por ejemplo, una joya de la colección que aun espere ser descubierta...
-La colección de monedas romanas acuñadas en Egipto, desde la época griega hasta la bizantina. Hay cerca de 300 y es única. Excepcional, precisamente por el hecho de haber sido acuñadas en Egipto.

[Esta entrevista se publicó el 27 de marzo de 2013 en El Periòdic d'Andorra]

domingo, 11 de mayo de 2014

El ajuar de la momias

El Centre d'Art d'Escaldes expone una colección de tejidos coptos fechados entre los siglos III aC y XII de nuestra era conservados en el Museo de Montserrat y restaurados con la colaboración de Crèdit Andorrà.

No se hagan ilusiones: en esta ocasión no encontrarán en el CAEE ni momias ni sarcófagos. Ni tan solo de un humilde minino, como hace cuatro temporadas a cuenta de aquella estupenda exposición que fue Egipto, el paso a la eternidad. Pero quien no se consuela es porque no quiere: El Antiguo Egipto y tejidos coptos de Montserrat expone hasta el 8 de junio [de 2013] lo que podríamos denominar el fondo de armario de los difuntos que fueron inhumados en el cementerio del barrio cairota de Fustat entre los siglos II aC y XII de nuestra era. Unos cuantos, como habrá intuido el lector. Una colección adquirida en 1951 por el canónigo barcelonés Ramon Roca-Puig, que ingresó en 1997 en el Museo de Montserrat, que rara vez ha salido del santuario catalán, y que ha sido parcialmente restaurada con el patrocinio de la Fundación Crèdit Adorrà. En el CAEE recalan tapices, túnicas, mantas, cojines y cortinajes. Bueno, más bien habría que decir que recalan los fragmentos de estas piezas que han sobrevivido hasta nosotros, y a veces hace falta un notable esfuerzo de imaginación para reconstruir mentalmente la pieza entera. Y aun así. La buena noticia es que este esfuerzo lo han hecho por nosotros los comisarios -el padre Pius Tragan, erudito de otra época con cierto aire a Julio Caro Baroja, director del Scriptorium Biblicum et Orientale de Montserrat, y la egiptóloga italiana Elvira d'Amicone- con el aparato gráfico y las réplicas de las túnicas tejidas expresamente para la ocasión que ilustran la muestra.






Tejidos funerarios decorados con motivos geométricos con los que se amortajaba a los difuntos enterrados en el cementerio cairota de Fustat; proceden de la colección reunida por el canónigo barcelonés Ramon Roca-Puig, que en 1997 ingresó en el Museo de Montserrat; los recipientes de la fotografías inferiores -vasos, frascos de perfumes y ungüentarios- proceden a su vez de la colección del padre Bonaventura Ubach, el Indiana Jones de la arqueología catalana, rescatado del (semi)olvido por el novelista Martí Gironell en El arqueólogo. Fotografias: Tony Lara / El Periòdic d'Andorra.


El caso es que los tejidos del CAEE proceden de la necrópolis de Fustat y que, como dice el padre Tragan sirvieron en su momento para amortajar los cuerpos de los difuntos y hacer algo más acogedora la morada eterna. De hecho, d'Amicone recuerda el caso de una momia que se conserva en cierto museo de Bruselas que apareció vestida de arriba abajo y con sendos cojines bordados, uno bajo la cabeza y el otro bajo los pies. Especula que los (micro)fragmentos que ahora recalan en Escaldes fueron utilizados de manera similar por los inquilinos de Fustat. Y créanme, produce cierta impresión imaginar que las telas de aquí arriba sirvieron un día de sudario un coetáno de Cleopara. O de Cesarión, por decirlo de una forma que seguro que a Terenci Moix le molaría. Y quien dice un día, dice veinte siglos. Glups.

Alta costura post mortem
Constituyen, en fin, el testimonio más fidedigno de la vida cotidiana de los egipcios de los primeros siglos de nuestra vida. Y que las palabras no nos lleven a engaño: copto significa egipcio en griego, independientemente de la religión profesada, y aquí se utiliza en este exacto sentido; no nos hagamos ahora los listillos y pensemos que se trata de una exposición sobre el vestuario de los egipcios de fe cristiana. Porque no. Por otra parte, tampoco se trata de los ropajes que vestían los egipcios de a pie: los elaborados diseños de motivos florales, zoológicos y geométricos que ilustran los trapos montserratinos no estaban al alcance del egipcio común y corriente y eran de hecho un indicativo del estatus social y económico de su afortunado poseedor. Aunque probablemente a él estas cosas ya le trajeran sin cuidados. Casi, casi alta costura, porque se elaboraban según las indicaciones del cliente -cuando estaba vivo, se entiende- cada pieza era única y, en fin, faltaban aun dos milenios para que se inventara el prêt à porter. Un indicativo de clase que acompañaba al copto en el tránsito de la otra vida: no era lo mismo que te momificaran con una humilde túnica lisa adquirida en el Zara de la época por cuatro denarios de nada que con otra que luciese profusión de cenefas y filigranas.

Otra aclaración: estamos hablando de tejidos; es decir, trama, urdidumbre y todo lo demás. Y decorados con tintes de origen animal y mineral de tan alta calidad que el cromatismo conserva su intensidad después de dos milenios. Nada de bordados: demasiado vulgar, el bordado, debían pensar. Advierte el padre Tragan sobre la sorprendente continuidad temporal de esta antiquísima y compleja técnica, introducida en Egipto en la época de los faraones, que sobrevivió al helenismo, a la romanización y al Cristianismo, y que llegó a la perfección con la islamización. También de la progresiva simplificación de los motivos decorativos, que pasan del naturalismo inicial a una especie de protoabstracción.

Si empiezan a estar algo ahítos de trapos, no desesperen: El Antiguo Egipto y tejidos coptos de Montserrat se completa con una breve pero interesantísima colección de recipientes -vasos, frascos de pefumes y ungüentarios- que permiten hacernos una idea de cómo era la toilette de la copta pija del siglo III, por ejemplo. Y lo mejor de todo: estas piezas en concreto proceden de la colección del padre Bonaventura Ubach. Sí, hombre, el Indiana Jones a la catalana que el novelista Martí Gironell rescató del (semi)olvido en la novela El arqueólogo. Un secreto: el padre Tragan es el último discípulo vivo de Ubach. Y conoce de primera mano algunas de sus intimidades. Pero no se lo cuenten a nadie, porque volveremos a hablar aquí mismo de él en los próximos días. Mientras tanto, y para ir haciendo boca, prueben con El arqueólogo. Chssst.

[Este artículo se publicó el 21 de marzo de 2013 en El Periòdic d'Andorra]

lunes, 28 de abril de 2014

Al Más Allá, en buena compañía (o así)

El Centre d'Art d'Escaldes expone un centenar de piezas procedentes del ajuar funerario de las culturas precolombinas y conservadas en el Museo Egipcio de Barcelona.

"...metiéndose en la garganta hasta el epiglotis, o digamos la campanilla, la paleta que cada uno lleva siempre a mano en estos días, evacuaban el estómago hasta no dejar nada..." Así describe el cronista Pedro Mártir de Anglería (1457-1526) la extraña, pintoresca y francamente desagradable costumbre que practicaban los indios de La Española -la isla que actualmente se reparten Haití y la República Dominicana- para vaciar los intestinos antes del ritual que los tenía que poner en contacto con los dioses. Un ritual algo aparatoso y donde, todo sea dicho, los hongos alucinógenos jugaban un papel decisivo. Enseguida volveremos sobre ello. De momento, quedémonos con la imagen de un indio -taíno, que da más miedo: eran antropófagos, glups- que se introduce una especie de palo hasta la epiglotis, por decirlo como el bueno de Pedro Mártir, y se pone a (ejem) potar. En el Centre d'Art d'Escaldes (CAEE) no tenemos al taíno, pero si el artefacto en cuestión: por motivos obvios, se le llama espátula vómica, para que sólo con el nombre vengan arcadas. Ésta es de madera, pero las había también de concha de caracol, que no está nada mal, e incluso de costilla de manatí, que vete tú a saber que clase de bicho era. Está fechada entre el año 1000 y el 1500, en todo caso, antes de la llegada de Colón -¡qué banquetes humanos se debió pegar su feliz poseedor!- y forma parte del centenar de piezas de la colección de arte precolombino del Museo Egipcio de Barcelona -ya saben, el chiringuito del hotelero Jordi Clos- que bajo el título de La pasión de Tórtola Valencia se exponen en el CAEE hasta el 27 de septiembre.



De arriba abajo: diosa azteca de entre el 1300 y el 1500; guerrero con macama de la cultura de Veracruz (siglos II-IX), y chamán nayarit del siglo III. Footgrafías: Àlex Lara / El Periòdic d'Andorra.

Aztecas, sí; mayas, no
Tiempo de sobra para visitar -y revisitar, ya lo verán- una colección sin parangón en la península y que muy probablemente no volverá a salir de casa: el Museo Egipcio está a punto de culminar una nueva ampliación de las instalaciones y los guerreros, sacerdotes, dioses, máscaras, exvotos y otros objetos procedentes del ajuar funerario de incas, aztecas y -atención- un puñado de culturas más o menos remotas que -además de los bien conocidos Jalisco, Nazca, Teotihuacán y los mismos Taíno- responden a nombres poco habituales cuando nos referimos a la América precolonial -Nayarit, Colima, Veracruz, Tlamalaneque, Tumaco, Bahía y Chamcay- se quedarán definitivamente en Barcelona. Se trata de un centenar largo de piezas fundamentalmente de cerámica procedentes -ya se ha dicho- de estas culturas precolombinas. Bueno, mejor amerindias, que es como por lo que se ve se les ha de llamar ahora para que nadie se sienta ofendido. Y si precolombinas no vale, imagínese el lector prehispánicas...

En fin, que la espátula vómica está bien, no lo negarán, pero la estrella de la exposición es el chamán nayarit de aquí arriba. Está fechado entre el 200 y el 300 de nuestra era -contemporáneo del emperador Diocleciano, para que se hagan una idea, cuando a los cristianos todavía se los zampaban los leones en el Coliseo- y si se fijan bien, verán que de la cabezota le salen unas extrañas protuberancias que le confieren un familiar e inquietante aspecto de alienígena de serie B: ricitos, opinan los bienintencionados; setas alucinógenas, sostienen los (probablemente) mejor informados. Concretamente, psiolacybe mexicana, que consumía el chamán de turno mientras tocaba el tambor que sostiene entre los muslos. Entre unas cosas y otras, le quedaba la cabeza como un bombo. Ideal para hablar con los antepasados, por lo visto.

Hay más, muchas más piezas singulares. Miren si no el Carita Sonriente [sic] de la cultura de Veracruz, que floreció en el actual México entre el 300 y el 900. Un nombre, este de Carita Sonriente, que describe un tipo de figura antropomórfica con la cabeza deformada y que retrata a un individuo en tránsito -colocado, vamos, que estos amerindios se lo pasaban en grande; por lo menos, los chamanes, listos ellos- que es lo que se llevaba en los ritos en honor de Tlazolteaotl, diosa de -ohhh- la carnalidad. También pueden fijarse en el perro pelón de la cultura Colima, allá por los siglos II, III y IV en la región de Panamá: se ve que sus propietarios los cebaban para que sirviesen de manjar en los ritos funerarios. Los allegados del difunto se zampaban al pobre animal, y el finado se llevaba una réplica en cerámica del bicho para que lo acompañara en su tránsito al Más Allá. Atención también al yugo y al hacha de piedra de -otra vez- la cultura de Veracruz: son réplicas de los elementos que se utilizaban en el juego de pelota que -parece- se practicaba de forma generalizada en las culturas amerindias. Un juego, por cierto, en el que mejor no verse involucrado, porque terminaba fatal: o bien los vencedores o bien los perdedores eran sacrificados. Menuda incertidumbre. Hay, en fin, hasta una minúscula jarra antropomórfica de los nazcas, la cultura de los petroglifos y las célebres líneas, una estupenda diosa azteca -con la mirara un poco estrábica y que da algo de miedo- y cuatro cositas incas. Pero no busquen nada ni de los olmecas ni de los mayas. Esto, no. Es que no se puede tener todo.

[Este artículo se publicó el 9 de junio de 2011 en El Periòdic d'Andorra]

lunes, 17 de marzo de 2014

Una veterana de Ypres, ¿en el CAEE?

La exposición La Gran Guerra en imágenes se completa con una máscara antigás que perteneció a un soldado británico; reconstruimos la biografía posible del artilugio con su actual propietario, Lluís Kallís.

Lo decíamos semanas atrás aquí mismo: La Gran Guerra en imágenes -hasta el 2 de junio [de 2012] en el Centre d'Art d'Escaldes: no se la pierdan- tiene algo de adictiva, constituye una mina de anécdotas de aquellas que suelen quedarse en la letra pequeña, en las notas a pie de página de los libros de historia -y que el lector y yo sabemos que acostumbran a deparar bocados de lo más suculento: prueben con el cargamento de notas de Pax Britannica, la magistral trilogía imperial de Jan Morris, y me cuentan. Buena prueba de ello es el artefacto que tienen aquí abajo: una auténtica máscara antigás de manufactura inglesa, veterana de la I Guerra Mundial -la guerra grande del título de la exposición- que perteneció a un soldado británico que combatió en el frente occidental. Un tommy de los pies a la cabeza, vamos. Desconocemos dónde, pero puestos a especular, ¿por qué no en Ypres, donde en julio de 1917 las tropas alemanas utilizaron por primera vez el terrorífico gas mostaza?

La E95, máscara antigás de fabricación inglesa que se expone en el CAEE, con el filtro que el soldado llevaba colgando; a la izquierda, filtro de rosca del modelo alemán de máscara, que se fijaba al bozal y ahorraba la molesta maleta. Fotografía: Àlex Lara / El Periòdic d'Andorra.
Soldados australianos con la máscara E95 calada, esperando un ataque químico en el frente occidental. Fotografía: Archivo.

Esta es la concisa información que el actual propietario de la pieza, Lluís Kallís, ha podido reunir. No es mucho, de acuerdo, pero es un comienzo. Adquirió la máscara en 2004 en Chipre, nada menos, de manos del hijo de aquel anónimo tommy -¡¿cómo no le preguntaste, Lluís?!- y movido, dice, por un estricto interés profesional: Kallís se dedica a la comercialización de vestuario profesional en su tienda de Escaldes (Andorra), y su catálogo incluye, ya ven, máscaras antigás, así que esta veterana de guerra le aportaba una visión digamos que histórica de uno de los productos de su ramo. Dice que fue amor a primera vista y que lo que lo enganchó fue el cristal derecho. Miren la fotografía: agrietado, pero no roto. A partir de aquí se abre un campo abonado para la divagación pseudohistórica, una de las artes más fascinantes de este oficio: Kallís especula que un obús alemán debió de caer en las proximidades de la trinchera donde nuestro tommy sudaba la gota gorda esperando que acabara la preparación artillera: "Lo que es seguro es que el impacto no le dio de lleno porque el cristal derecho resistió. Posiblemente lo peor para nuestro hombre fue la onda expansiva".

También lo es que el soldado sobrevivió al ataque, porque la E95 inglesa -este es el nombre oficial del modelo- era una máscara de aspecto quizás rudimentario, pero relativamente evolucionada -mucho más en cualquier caso que las simples toallas impregnadas en agua o... ¡pipí! a las que se recurrió en los primeros momentos de la guerra química- y capaz de cumplir con eficacia contrastada las funciones profilácticas para las que había sido diseñada: el hombre que la llevaba podía estar relativamente seguro, dice Kallís, de que sobreviviría a un ataque con cloro o -glups- gas mostaza, las estrellas de los arsenales químicos de la I Guerra Mundial. La teoría no dejaba lugar a dudas: cuando saltaba la alarma -una campana o un potente cláxon de aire comprimido que se oía a 15 kilómetros de distancia- el soldado cogía la máscara de la bolsa que llevaba siempre colgada del cuello -y que le daba un aspecto algo equino- y se la encasquetaba para evitar los efectos del gas. El aire que llegaba a sus pulmones había pasado primero por el filtro, una masa compacta de tejidos impregnados de otros productos químicos que desactivaban el gas, y podía respirar sin peligro. Al menos, en teoría. Nuestro hombre así lo hizo, y la mejor prueba es que tuvo tiempo de concebir al hijo que ocho decenios después le vendió a Kallís la máscara... Eso sí: mientras duraba la alerta de un ataque químico los soldados tenían que dejarlo todo: con la máscara puesta no podían combatir y tenían que esperar a que se disipara la nube tóxica. El caso es que dependían de los elementos: si soplaba un buen levante, podían confiar en que la alarma se levantara en cuestión de minutos; si les pillaba una calma chicha, la espera se podía hacer eterna.

Una amenaza más psicológica que real
El gas mostaza, que era de color acaramelado tirando a amarillento, es el que se ha llevado la peor fama. Se estrenó en Ypres -ya se ha dicho- en el verano de 1917, y tenía sobre todo un efecto psicológico: las tropas sentían un comprensible pánico -¿y quién no?- cuando veían avanzar la nube de gas hacia sus posiciones, pero solo les atacaba si lo inhalaban -y para evitarlo disponían de su inseparable máscara- o si entraba en contacto directo con la piel. Entonces sí, era extremadamente doloroso, causaba ampollas monumentales y ceguera transitoria -son conocidas las imágenes de soldados con los ojos vendados que avanzan con los brazos extendidos sobre los hombres de sus compañeros- y si legaban a los órganos internos era potencialmente mortal. Hay que añadir que los primeros batallones escoceses atacados con gas mostaza se vieron obligados a protegerse lo de debajo del kilt con medias de señora. Por si acaso. Pero lo que está claro es que nadie les mandaba ir a la guerra con faldas.

Ahora bien, el primer gas que entró en combate no fue el mostaza sino el cloro, y los primeros en utilizarlo, el ejército francés, en fecha tan temprana como agosto de 1914. Conviene añadir que si bien en los inicios de la guerra química los británicos mostraron unas nobles reticencias a recurrir a tan podo deportiva arma, al final resultó que fueron los ejércitos de Jorge V los que hicieron un uso más masivo y entusiasta del gas. Conviene también, ya puestos, deshacer otros tópicos. Por ejemplo, el de la mortalidad extrema que causaba el gas. Nada más lejos de la realidad: se calcula que sol causó el 3% de los 9 millones de muertos de la contienda. Y la mayoría, en el frente oriental, donde los soldados rusos eran enviados al combate a pelo. Entre las razones de esa relativamente escasa eficacia destaca por encima de todas el hecho de que después de la sorpresa inicial los ejércitos dotaron a sus tropas de defensas cada vez más efectivas: la máscara británica ya la hemos visto, una careta de goma, hierro y cristal, que se conectaba a través de un tubo con un filtro externo -la malea metálica e la fotografía, habitualmente protegida a su vez por una funda de tejido- y que había que llevar colgando del cuello. Un artefacto como se intuye altamente incómodo y que pronto quedó atrás ante los modelos alemanes: los ingenieros militares del káiser diseñaron unas máscaras antigás con un filtro enroscado en el, ejem, bozal, cosa que además de dotarlos de un aspecto sorprendentemente moderno las hacía mucho menos aparatosas y más manejables. De hecho, Kallís acompaña la E95 con un filtro alemán. Digamos para terminar que en el CAEE se expone otro gadget de la Gran Guerra que reclama atención urgente: el fusil austríaco Manlicher del 1903 cedido por otro coleccionista privado y éste, ay, anónimo que en el anonimato quiere seguir. He aquí una historia que está pidiendo que alguien cuente. A gritos.

[Este artículo se publicó el 18 de mayo de 2012 en El Periòdic d'Andorra]

miércoles, 29 de enero de 2014

Sangre y vísceras en la Gran Guerra

El Centre d'Art d'Escaldes expone un centenar de fotografías de la I Guerra Mundial procedentes del Archivo General de Palacio

El rostro de la derrota: soldado británico capturado por los alemanes en la última ifensiva aliada sobre Flandes, en septiembre de 1917. Fotografía: Bild und Film Amt. / Patrimonio Nacional, Archivo General de Palacio.


Hace días que ven al pobre hombre de aquí arriba en las banderolas de publicidad de las calles de Escaldes. Seguro: no se les puede haber escapado la mirada desconfiada, perdida y derrotada que gasta. Con toda la razón, porque este tommy -sobrenombre genérico del soldado británico, reconozcamos que algo más eufónico que el boche germano, por no hablar del poilou francés- fue hecho prisionero por los alemanes en la ofensiva aliada sobre Flandes, en junio de 1917. Los libros de historia dicen que fue una victoria británica, pero para este soldado aquella victoria debió de significar el inicio de un penoso e incierto cautiverio.

Él es, en fin, el gancho publicitario de La Gran Guerra en imágenes, estupenda, monumental exposición que reúne en el Centre d'Art d'Escaldes (CAEE) un centenar de fotografías que transportan al espectador hasta el barro de las trincheras, que le contagian el pánico cerval que precedía a un asalto a la bayoneta o, peor aún, los tensos momentos de espera ante la inminente descarga de una descarga de obuses del calibre 870 -en el CAEE ha caído como por casualidad la vaina de uno de ellos, glups- o ante la visita de las tropas de asalto alemanas, las temidas Strumtruppen -¡¿patrullas relámpago?!-que liquidaban expeditivamente y con diabólica eficacia a todo bicho viviente, de dos o de cuatro patas. El filósofo Ernst Jünger, que sirvió en un batallón relámpago, dejó un relato de sus intervenciones que pone los pelos de punta: Tempestades de acero...

Pero volvamos al CAEE, que ha recuperado una exposición producida por el Museu d'Història de Catalunya en 2008 y con motivo del 90º aniversario del fin de la I Guerra Mundial. La gracia de todo esto es que se trata de material rigurosamente inédito recolectado por la Oficina Pro Cautivos, creada durante la contienda por la Casa Real española y por la Cruz Roja Internacional para asistir a los prisioneros de guerra -España se mantuvo neutral- y actualmente conservada en una entidad que recibo el extraño nombre de Archivo General de Palacio. La mayor parte de las imágenes -la colección supera los 4.000 positivos- procede del Bild und Film Amt. Así que por una vez el punto de vista alemán es el que predomina.

El momento decisivo: tropas de asalto alemanas salen de la trinchera y se adentran en tierra de nadie. Fotografía: Bild und Film Amt / Patrimonio Nacional, Archivo General de Palacio.

Unidades de sanitarios retiran a los heridos de la primera oleada tras un asalto a la bayoneta a las trincheras enemigas. Escena captada en Montdidier y Noyon (Picardía, Francia) en abril de 1918. Fotografía: Bild und Film Amt./ Patrimonio Nacional, Archivo General de Palacio.

Soldados búlgaros descansan en la trinchera en el frente de Doiran, el 18 de septiembre de 1918; enfrente, griegos y británicos. Fotografía: Bild und Film Amt. / Patrimonio Nacional, Archivo General de Palacio.

Soldados británicos en una trinchera sin identificar del frente occidental observan los movimientos enemigos a través del periscopio. Fotografía: Associated llustrated Agencies Ltd. / Patrimonio Nacional, Archivo General de Palacio.


Cuartel general de Manfred von Richtofen, el Barón Rojo; atención a las matrículas de aviones enemigos abatidos que decoran las paredes, y al motor de un aparato inglés reciclado y reconvertido en lámpara. A Richtofen, con 80 aviones abatidos, le siguen en el rànquing de ases de la Gran Guerra el francés René Fonck, con 75, y los británicos Edward Mannock (73) y Albert Ball (49). Fotografía: W. Braemer / Patrimonio Nacional, Archivo General de Palacio.


La Gran Escabechina
Que no espere el visitante de la exposición otra descripción cronológica de la Gran Guerra, contienda que movilizó a 65 millones de soldados, que se cobró 9 millones de vidas -murieron uno de cada ocho soldados que tomaron parte en ella, a un ritmo de... ¡6.000 hombres cada día!- y que de paso liquidó cuatro imperios -el alemán, el austrohúngaro, el ruso y el turco- y tres dinastías -los Hohenzollern, los Habsburgo y los Romanov. Todo esto lo puede encontrar el visitante en Wikipedia. Lo que propone el CAEE no tiene afortunadamente nada de académico y nos propulsa inmediatamente hasta los campos de batalla de una guerra que mezclaba de forma surrealista armas casi medievales -o sin el casi- con los últimos gadgets tecnológicos de la revolución industrial: miren al caballero alemán de aquí abajo, armado con lanza clásica y que luce al mismo tiempo una estupenda máscara de gas. No son las armas químicas -el terrorífico gas mostaza, utilizado por primera vez en abril de 1915- las únicas que se estrenan en la Gran Guerra: también debutan la aviación y los carros de combate -los célebres Mark británicos-, los submarinos y la radio. Y si hubiera que buscarle alguna cosquilla a la exposición, sería sin duda el escaso, casi nulo caso que les presta a la guerra en el mar: ni Jutlandia ni la epopeya de los U-Boot tienen ni un solo rinconcito.

Pero no se puede tener todo y quizás para compensar uno de los protagonistas con nombre, apellido y fotografía es Manfred von Richtofen, el Barón Rojo, sí, el mayor as de la guerra con 81 victorias confirmadas a bordo de su Fokker Dr 1 pintado, claro, de color rojo. En el CAEE lo vemos con Moritz, su perro preferido -y hasta ayer mismo mi cerveza preferida- porque en el fondo tenía buen corazón, y atención, en la intimidad del cuartel general, decorado con las matrículas de los aviones enemigos abatidos -hasta aquí, todo más o menos normal- y el motor de un aparato inglés convertido en lámpara de techo, lo que le da al conjunto un tétrico aire kitsch, la verdad: la fiesta se terminó para Richtofen el 21 de abril de 1918, cuando él mismo fue herido de muerte -pero no abatido: todavía tuvo tiempo para un último, casi post mortem aterrizaje de emergencia- por un piloto canadiense. Bueno, esto es lo que sostiene el piloto canadiense.

Carro de combate inglés de la clase mark estrellado contra un ábrol en la batalla de Cambrai, en noviembre de 1917; el bautismo de fuego de los tanques, un invento inglés, tuvo lugar en el Somme en septiembre de 1916. Fotografía: Bild und Film Amt. / Patrimonio Nacional, Archivo General de Palacio.

Transporte de tropas británicas hacia el Somme, en el frente occidental, en otoño de 1916. Fotografía: Associated Illustrated Agencies Ltd. / Patrimonio Nacional, Archivo General de Palacio.

Después de la batalla: soldados rusos caídos a manos de tropas austrohúngaras que avanzaban hacia la Galitzia Oriental. Fotografía: Bild und Film Amt. / Patrimonio Nacional, Archivo General de Palacio.

El rostro de la derrota: soldados británicos cautivos son conducidos desde el frente de Arrás, en el norte de Francia, tras la frustrada ofensiva aliada de abril de 1917. Fotografía: Bild und Film Amt. / Patrimonio Nacional, Archivo General de Palacio.

Nos hemos detenido, claro, en el Barón Rojo, pero la verdad es que el grueso de la exposición tiene por escenario las trincheras del Este y del Oeste: aquí sí que hay vísceras y sangre, fango y bang, y uno espera que en cualquier momento ruja el silbato de Kirk Douglas ordenando a la tropa que avance a la bayoneta hacia la posición de Anthill. Uno se siente tentado de pillar el fusil que se expone en el CAEE -un Manlicher austríaco de 1903- por si la cosa se pone mala de verdad... Y lo más probable es que se ponga no mala sino peor, como a los pobres poilous de Kirk, que acaban en Senderos de gloria ante el pelotón de ejecución. Hay también heridos, muchos, y unos cuantos muertos -rusos en Galitzia y británicos en Roupy, pero en cambio ningún alemán, cómo se nota de dónde vienen las fotos. Hay también la cara de comprensible estupor mezclado con miedo del soldado de cualquier bando enviado al frente, y eso que ellos no saben todavía lo que les espera, y hay para terminar el rostro de la derrota y del cautiverio. En fin, una última advertencia: si se pasan por el CAEE, yo de ustedes me agenciaba un pickhaub prusiano, por si acaso.

[Este artículo se publicó el 10 de mayo de 2012 en El Periòdic d'Andorra]