Incursiones relámpago, estilo Sturmtruppen, en episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y las dos postguerras, con ocasionales singladuras a alta mar, a ultramar y si conviene incluso más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

jueves, 8 de mayo de 2014

Dien Bien Phu: Jacques Quillacq estuvo allí

El patrón de Chez Jacques, uno de los primeros restaurantes gastronómicos de Andorra, fue uno de los 11.700 soldados franceses capturados por Giap en la debacle del 7 de mayo de 1954: el miércoles se cumplió el 60º aniversario.

Dice que cuando fue liberado pesaba 35 kilos: la mojama que tienen aquí abajo. Vale que en condiciones normales tampoco era lo que se dice un hombre corpulento -por lo menos, de joven: al alistarse en la Legión, con 16 años, apenas llegaba a los 55 kilos- pero es que Jacques Quillacq (París, 1929-Andorra la Vella, 2011) se quedó en piel y huesos en tan solo cuatro meses: los que pasó en cautiverio en el campo de prisioneros vietnamita después de que los 11.721 soldados franceses que sobrevivieron al sitio de Dien Bien Phu fuesen capturados por las fuerzas del Viet Min a las órdenes del mítico general Giap. Y si hablamos de Dien Bien Phu es porque hoy precisamente se cumple el sexagésimo aniversario de aquella jornada. Una efeméride que ha pasado más o menos desapercibida. Y no es para menos, porque se trataba de la primera derrota de una potencia colonial a manos de fuerzas insurgentes y no en una operación de guerrilla -el recurso de los pobres- sino digamos convencional. Descontado, claro, el desastre de Annual. Pero esta es otra historia y el mérito es hoy de la Francia de la IV República.

Quillacq, herido tras la batalla de Tü Le, en octubre de 1952: toda su sección del 61º batallón de paracaidistas cayó en manos enemigas, menos él, que consiguió llegar a las líneas francesas tras caminar 150 kilómetros... ¡con siete balas en el cuerpo! Es el tipo con el brazo enyesado y a lomos de un burro. Fotografía: Archivo Familia Quillacq / Chez vous comme chez Jacques.
Quillacq cayó prisionero del VIetmin con la capitulación de Dien Bien Phu, al lado de otros 11.720 camaradas; estuvieron cuatro meses en cautiverio, sólo regresaron a casa uno de cada cuatro, y Quillacq fue uno de los afortunados: pesaba 35 kilos. Fotografía Archivo Familia Quillacq / Chez vous comme chez Jacques.
El exparacaidista, veterano de las campañas de Suez, Vietnam y Argelia, en Chez Jacques, el restaurante que regentaba en Terra Vella (Andorra la Vella); fue su tercer local en el país, después del que abrió en las galerías de París -hoy desaparecidas, en frente de Pyrénées- y del Rally. Fotografía: Archivo Familia Quillacq / Chez vous comme chez Jacques.

Dien Bien Phu, pues. Sólo oir el nombre ya da un poco de canguelo, la verdad: un sitio en toda regla y al estilo clásico de la posición fortificada de este nombre con que el ejército francés pretendía cortar las vías de comunicación del Viet Min con la vecina Laos. Pero el tiro les salió por la culata, porque lo que se suponía que constituía una posición infranqueable -porque el alto mando galo consideraba logísticamente inviable transportar armamento pesado a través de la jungla- se convirtió en una larguísima batalla que se prolongó desde el 13 de marzo hasta el 7 de mayo de 1954, cuando capitularon las tropas expedicionarias al mando del coronel Christian de Castries. De los aproximadamente 20.000 soldados franceses que fueron lanzados en paracaídas sobre la posición, 2.300 dejaron el pellejo en Dien Bien Phu. Y de los 11.700 que cayeron prisioneros, solo la tercera parte regresó a casa.

Quillacq fue uno de los afortunados. Y su hija Patrícia recuerda en Chez vous comme chez Jacques que la fórmula para sobrevivir al campo consistía para él en hablar continuamente de los ágapes pantagruélicos, estilo Carpanta, que se zamparía una vez recobrada la libertad: "Los primeros días de cautiverio hablaba de platos finos, souflés y cosas así; pero a medida que el hambre se volvía más implacable, Jacques pasó a evocar los humildes confites, las judías, los pies de cerdo que le cocinaba su madre". Sus compañeros, reducidos como él al puro hueso, le suplicaban que abandonara esta cruel tortura psicológica; los mismos compañeros que una vez en libertad -sigue Patrícia- le reconocían que aquella labia había salvado a más de uno de caer en la desesperación.

17 años alistado: de la Legión a los paracaidistas
Dicen los que lo conocieron en los fogones de su restaurante -primero el Rally, después las galerías París y finalmente el Chez Jacques de Terra Vella, siempre en Andorra la Vella- que Jacques era generoso con sus clientes a la hora de contar sus batallitas. Por eso se ganó en el ejército el sobrenombre de Baratinovich: cuentista, charlatán y por ahí. Los que no tuvimos ese privilegio nos tendremos que conformar con ls migajas recogidas en este recetario póstumo, porque Quillacq jamás se decidió a escribir lo que sin duda hubieran sido unas memorias suculentas como pocas. Aparte de la demoledora, humillante derrota de Dien Bien Phu, nuestro hombre participó en otras campañas clave de los años centrales del siglo XX: desde la crisis de Suez, en otoño de 1956, con la ocupación anglofrancesa del Canal en respuesta a la nacionalización decretada por Naser, hasta la guerra de Argelia, que concluyó en noviembre de 1962 con la independencia del país acordada en Evian.

¿Cómo se lo hizo Quillacq para estar presente en todos estos fregados? Fácil: alistándose con apenas 17 años en la Legión -¡como Beau Geste!- para limpiar su expediente judicial, manchado por lo visto por un pecado de juventud: el atraco a una joyería... En fin, que el tipo va y para alistarse se hizo pasar por belga. Lo consiguió, y borrada la mancha se mudó a los paracaidistas -le iba la marcha, está claro- donde se pasó los siguientes 17 años, justo hasta el final de la campaña de Argelia, una guerra sucia cuyo desenlace -cuenta Patrícia- "lloró por lo menos tanto como había llorado en Dien Bie Phu, no por la capitulación en sí, sino porque Francia iba a abandonar a los argelinos que habían luchado con ellos: los harkis. Sabía que los nacionalistas irían a por ellos y a por sus familias. Fue un comportamiento vil, aunque -como él decía- 'las guerras no son nunca blancas o negras; son negras y con mucho gris". Con los paracaidistas tuvo tiempo de todo: de matar -"Decía que esto ya lo hablaría cara a cara con Dios, si es que existe"- y de ver morir a muchos de sus compañeros de armas.

Entre ellos, la sección entera del 6º batallón de paracaidistas -¡400 hombres!- que quedó rodeada en la batalla de Tû Le, en octubre de 1952. El único francés que consiguió escapara de aquel infierno colándose entre las líneas enemigas fue nuestro héroe de hoy, que caminó solo los 150 kilómetros que lo separaban de las líneas propias -en el río Negro- ¡y con siete balas en el cuerpo! Es el tipo del brazo enyesado que monta a lomos de un burro en la fotografía de aquí arriba. Un colador. Compárenla con la siguiente y se harán una idea aproximada de lo que supuso el paso por el campo de prisioneros. Una experiencia, esta última, de la que sólo contaba anécdotas para todos los públicos -los interrogatorios a que los sometían los comisarios políticos, al más puro estilo El cazador; las partidas de ping pong con los carceleros vietnamitas: siempre les ganaba, dice Patrícia- guardandose para él, qué lástima, el repertorio gore. Vio más acción, Quillacq, en Vietnam: por ejemplo, la reconquista del puesto de Dong Khé, tras un audaz salto del 3r batallón colonial de comandos paracaidistas al mando del jefe de escuadrón Decorse y en el que él estaba encuadrado. Le valió una Cruz de guerra con palma.

Parece, en fin, que la dieta salvaje chez Giap fue la causa de que se dejara un mostacho que formaría parte en adelante de su personaje. Como adoptó los platos vietnamitas que conoció (y apreció) durante la guerra y que se convertirían en clásicos de Chez Jacques, desde el nem hasta el pollo con bambú. De hecho, terminó en Andorra casi por casualidad, mediados los 60. Por lo visto lo que vio por aquí lo convenció, hasta el punto de que renunció a sus planes inmediatos, que pasaban por reengancharse con los paracaidistas y largarse a Tahití. Quillacq, ¡qué tío!

[Este artículo se publicó el 8 de mayo de 2014 en El Periòdic d'Andorra]

miércoles, 7 de mayo de 2014

'Time', 75 años: "vellans", "escaldans" y un sicario de Dillinger

La hemeroteca digital de la revista norteamericana  permite el acceso en línea a las noticias publicdas desde la fundación de la revista, en 1923, incluido el medio centenar de referencias andorranas; el tono paternalista que dedica sistemáticamente a la "feudal relic" perdura hasta  bien entrados los años 70.

Tres cuartos de siglo dan inofrmativamente para mucho. O deberían dar. Pues a la revista Time, el siglo XX andorrano le dio exactamente para medio centenar escaso de referencias. Un puñado de noticias que arrancan en 1923, apenas seis meses después de la aparición de la decana de las revistas de su género en los EEUU, y a cuenta de los ciudadanos andorranos que eran incluidos en la lista Other Europe -¡other!- a la hora del recuneto de las cuotas de inmigración para julio de ese año. A Andorra, Gibraltar, Liechtenstein, Malta, Mónaco y San Marino -esa otra Europa- les tocaron 17 plazas, a repartir entre todas ellas. Tampoco está tan mal si se tiene en cuenta que según Time, "strictly speaking, all these countries are not countries". Un tono como se ve entre condescendiente y paternalista que persistirá hasta bien entrados los años 70: durante más de medio siglo se repetirán los trillados tópicos que identifican Andorra como una "reliquia feudal", una "minúscula república" y un país "de pastores y contrabandistas".

Un país de opereta, en fin, escenario ideal para las andanzas del aventurero de turno: el número del 30 de noviembre de 1942, en plena guerra mundial, sigue la pista de un "americano" que ocho años antes había ofrecido la fabulosa cantidad de 54.000 dólares por todo el país. Afortunadamente, dice Time, "el pequeño consejo escogido por llos cabezas de familia declinó la oferta". En octubre de 1930 merece una discreta mención la aparcición de una compañía, esta vez francesa, dispuesta a invertir 4,5 millons de dólares -esto es una oferta, y no la propina del "americano"- para convertir Andorra en un "segundo Monte Carlo, con casino, ruleta y hotel de lujo". Les faltó añadir una familia real con glamour -aunque quizás lo hubieran hecho tres años después, cuando apareció Borís Skossyreff- y sobre todo, un buen trozo de mar, con su playa, su puerto, sus yates y sus millonarios. Pero es que no se puede tener todo.

Hay referencias, claro, a las convulsiones sociales de la época. En abril de 1932 Time cuenta como la República Neutral de Andorra -esta es ahora la terminología de la revista- ha declarado la ley marcial y mobilizado a sus ciudadanos "más robustos" para controlar a los "escasos" trabajadores extranjeros que han convocado una huelga en la "pequeña central hidroeléctrica del país". Bueno, "ciudadanos robustos" es lo que el redactor de turno creyó que debía ser el somatén; y le debían paracer "escasos" el cerca de medio millar de trabajadores que construían la primera central del país... En fin, que como se ve para Time todo lo que tiene que ver con Andorra es pequeño, escaso o directamente minúsculo. Hay que añadir que los andorranos del momento son retratados poco menos que como unos esquiroles, cosa que no deja de tener algo que ver con la realidad: "El Gobierno, integrado exclusivamente por rudos montañeses, arrojó contra los huelguistas españoles a los hijos de las mejores familias [deben de ser los ciudadanos "robustos" de más arriba], que reventaron fácilmente la huelga y les expulsaron del país". Estos mismos y robustos hijos de las "mejores familias" son los que al año siguiente secuestrarán por unas horas el Consell General -el parlamento local- exigiendo el sufragio universal (masculino, por supuesto). Pero esto Time ya no lo cuenta.

Mas pintoresca, a la altura quizás del nuestr gran Borís -de quien por cierto no hay ni una sola referencia- es la crónica del 17 de enero de 1938. Bajo el prometedor título de Andorra: no admittance, el cronista explica que un tipo que se hace llamar Alex Abraham Sikorski -¿judío, quizás?- se había presentado en Bourgmadame, al otro lado de la frontera hispanofrancesa en Puigcerdá, con la inusitada pretensión de instalarse en Andorra. Ofrecía a cambio la construcción de un "sanatorio" en el país. Y atención, alegaba como carta de presentación su pasado como sicario de John Dillinger. "Soy un gánster, es verdad, pero no un criminal. Jamás he secuestrado a nadie". En el fondo, no era malo, sólo lo habían dibujado así. En fin, según la crónica, este tal Sikorski pretendía ser el hombre que la banda había enviado a Europa tras los pasos de Anna Sage, la putilla rumana que había delatado a John al FBI de Hoover. "Impresionados por el alegato", concluye Time, "Andorra respondió: No admitido". En cambio, por lo visto sí que admitieron a Sikorski las autoridades republicanas, necesitadas -dice la revista con ese tono bufón tan propio- de "buenos pistoleros". Time concluye el episodio de forma bien pintoresca: "En Europa puede ser tan exótico hacerse pasar por gánster americano como pretenderse príncipe en los EEUU".

Tres copríncipes y una pequeña república
Qiuzás por esto mismo, los grandes momentos de Andorra llegaran de la mano de los tres copríncipes franceses: el primero de todos, Vincent Auriol, a cuenta de la Guerra de las radios. Atención, porque estamos en octubure de 1953 y el redactor recurre otra vez al tópico del país "feudal" habitado poruna "feliz comunidad de pastores y contrabandistas hispanohablantes". Error fatal que merecerá una carta al director firmada el 26 de octubre de ese mismo año por un tal George Engerrand, de la Universidad de Texas, que aclara que "el pueblo de Andorra no habla español sino catalán, una de las ocho lenguas de raíz latina". Bravo por el texano.

En septiembre de 1962 asoma brevemente la nariz por Time el entonces síndico, Julià Reig -uno de los escasos andorranos que merece el honor de ser citado con nombre y apellido por la revista. Pues he aquí que Reig ha de dirimir lo que para Time, tan aficionada al exótico guerracivilismo peninsular, constituye una especie de lucha fratricida entre los "vellans" -hay que suponer que se refiere así a los vecinos de Andorra la Vella- y los "escaldans" -los de la vecina localidad de Escaldes, entonces todavía agregada a la capital. Una "guerra" que terminará según Time con la frontera clausurada por orden de la Mitra y la advertencia del veguer francés de que Andorra se podía convertir en un "nuevo Berlín" -entonces en estado de shock por el Muro que la URSS comenzaba a erigir. El rigor, por encima de todo. El momento estelar será la visita de Charles de Gaulle, en octubre de 1967, la primera de un copríncipe francés y -como remata la revista con malicia- efectuada con sus habituales maneras "monárquicas".

Espectacular, vean: por motivos de seguridad, la "milicia" andorrana no pudo rendirle la reglamentaria salva de honor, el país fue ocupado por un millar de gendarmes, y surgieron fricciones cuando el ilustre huésped reclamó que se relajara la estricta ley de la nacionalidad que impedía la naturalización de los -entonces- 15.000 residentes extranjeros: los andorranos, dice Time, se rebelaron, desafinando ostensiblemente en el momento de entonar la Marsellesa. Momento glorioso que tendrá un epígono mucho menos tenso diez años después con la vista de Giscard d'Estaing y Joan Martí Alanis -el copríncipe episcopal, que por cierto ejerce en la crónica un puro papel de comparsa. Hasta el redactor del Time, siempre tan perspicaz, deja constancia de la muy andorrana institución del prestanoms -que permitía a los ciudadanos extranjeros invertir en el país a través de un hombre de paja local. Una institución, por cierto, vigente como quien dice hasta anteayer. Pero esta es otra historia. Como diría Forges, "¡País!"

[Este artículo se publicó el 18 de mayo del 2011 en El Periòdic d'Andorra]

martes, 6 de mayo de 2014

La Pastora rió la última (La Pastora III)

El historiador catalán Josep Albert Planes reconstruye el periplo de Ciscu de Pessonada, el hombre que delató al maquis hermafrodita; "El contraban de frontera al Pirineu català" (Farell) retrata el tráfico ilegal de mercancías en la Andorra de los años 40 y 50.

¡El Ciscu de Pessonada! Seguro que lo recuerdan. Sí, hombre, el tipo aquel que un mal día de mayo de 1960 delató a Florencio Pla Meseguer, alias la Pastora, el maquis hermafrodita que -ya saben- se había refugiado cuatro años antes en Andorra y llevaba una vida más o menos tranquila. Hasta que topó con el tal Ciscu, claro. Así lo contaba el mismo Florencio en 1988 en una entrevista publicada en la revista El Temps: "Un contrabandista a quien llamaban el Ciscu me debía 12.000 pesetas y le reclamé que saldara la deuda. Fue y me delató al teniente coronel de la Pobla de Segur. Me cogieron cuando iba a sacar el rebaño. Y la policía andorrana me entregó a la Guardia Civil en la frontera". Una peripecia fascinante, la de Florencio, recogida por su biógrafo José Calvo en Del momnte al mito y recuperada literariamente por Alicia Giménez Bartlett en Donde nadie te encuentre, premio Nadal de novela 2011.

Colla de contrabandistas de Aransa con los fardos al hombro y burro (andorrano, por cierto) en el puerto de Perafita en 1952. Fotografía Archivo Isidre Navarro / El contraban de frontera al Pirineu català.

Añadamos a lo que antecede que la delación le costó a la Pastora una condena a muerte, después conmutada por otra de 20 años de presidio: la policía le imputaba nada más y nada menos que una treintena de asesinatos. 21 guardias civiles, siete alcaldes e incluso un ermitaño. Probablemente, todos los casos no resueltos del Maestrazgo y alrededores. Hasta aquí, nada que no supiésemos gracias a Calvo. Pero quedaba por dilucidar unno de los grandes enigmas de esta trucluenta historia de la negra postguerra: ¿quién era, este misterioso Ciscu de Pessonada capaç de vender a un colega por 12.000 pesetas? Pues hete aquí que el historiador barcelonés Josep Albert Planes nos lo cuenta en El contraban de frontera al Pirineu català, colección de testimonios de los protagonistas del intenso y lucrativo tráfico ilegal de mercancías -tabaco, perfume, medicinas, lana, medicinas, botones, aceite, gasolina, anethol...- que tuvo lugar en las comarcas fronterizas en los años 40 y 50, con Andorra, ejem, como centro neurálgico del tinglado.

Seguro que de haberlo podido leer, a Florencio le hubiera alegrado sus últimos días, porque resulta que el cadáver del tal Ciscu apareció flotando en el pantano de Oliana cierto día de 1962. Muerto de un tiro. terminaba en las aguas del pantano la vida aventurera de quien Planes describe como un tipo "bajito y corpulento, decidido, de carácter abierto y extrovertido" -que se lo digan a Florencio...- aunque también como "el mayor contrabandista de Pessonada", que por lo visto es mucho decir. El mayor y probablemente el más longevo, porque su inquietante y ambigua trayectoria arranca -recuerda el historiador- en los días de la GUerra Civil -contemporáneo por lo tanto de Barberan- cuando era un destacado miembro de la CNT en la comarca del Pallars Sobirà y de paso alcalde de Pessonada. Con los buenos, ya se ve, hasta que cambia oportunamente de chaqueta y se convierte en requeté. En los años 40 ya es uno de los reyes del contrabando de la zona junto con un tal Eusebio, primo suyo y también originario de Pessonada.

Las dotes de supervivencia del Ciscu y también su falta de escrúpulos los demostró con la delación de la Pastora, pero venía de lejos: en los días finales de la contienda no dudó en entregar a las nuevas autoridades franquistas a dos soldados republicaons refugiados en su casa. Así que con estos antecedentes no podemos decir que sorprenda el final sórdido con cadáver y bala en el pantano de Oliana. En fin, que si alguna vez lo supo, seguro que la Pastora rió la última.

Como se ha dicho, la historia de Ciscu es una de las muchas que recoge Planes en este apasionante viaje por uno de los períodos peor conocidos de la postguerra española y mundial en zona pirenaica. Unos años en que Andorra, qué casualidad, se convierte en epicentro de un submundo por donde pululan aventureros profesionales, carabineros sobornados, supervivientes de todas las derrotas y perdedores vocacionales. Entre una España que se moría de hambre y la Francia ocupada por los alemanes, los más listos de la clase supieron convertir la coyuntura bélica en una oportunidad para forrarse: en las tres jornadas que duraba un viaje estándar entre Vilamur, en el Palars, hasta Sant Julià de Lòria, ya en Andrra, el contrabandista podía ganar la friolera de 200 pesetas, dice Planes. El equivalente al salario mensual de un jornalero de la época. Como ra aresistirse, aun habiendo de restar de este monto las 50 pesetas que costaba el silencio del guardia civil de la aduana. En el trayecto de ida, los contrabandistas cargaban lana: en Esoaña se pagaba a 17 pesetas el kilo; en Andorra la revendían por 50 a los franceses...

El negocio era como se ve redondo, porque de vuelta los contrabandistas llenaban el fardo sobre todo con tabaco procedente de las fábricas de Sant Julià de Lòria: tabletas de picadura, paquetes de caliqueños, cortarons de cuarto de kilo y en los años 50, Carmela y Carlemany. Compraban el tabaco andorran a 70 pesetas el kilo; en Sort y Tremp lo revendías por 105. Las rutas desde el Pallars pasaban por el Mas d'Alins -¡como San Josemaría!- y Arduix, el Coll de la Galina, Civís y Ras d'Ars. El chollo de la lana terminó con la guerra mundial, y el tabaco se convirtió en el producto de contrabando estrella. Pero atención a la gasolina: el truco consistía en desplazarse hasta Andorra con el depósito de la furgoneta vacío y llenarlo a tope. En un viaje podían trasegar hasta 200 litros de carburante. Así es como la Seo de Urgel se llenó de gasolineras. Todo el mundo sacaba beneficio: hasta los coches de línea ,que cargaban garrafas de aceite en la Seo para revenderlo en Andorra a los franceses. Con la peculiaridad de que lo que en territorio español era constitutivo de un delito de estraperlo, al atravesar la frontera se convertía por arte de magia en otro de contrabando.

[Este artículo se publicó el 17 de marzo de 2011 en El Periòdic d'Andorra]

lunes, 5 de mayo de 2014

Maria Escrihuela: la primera "mademoiselle Aquí" de Radio Andorra

Localizamos en Badalona a Maria Escrihuela, la locutora que en abril de 1940 reinauguró las emisiones de Radio Andorra, interrumpidas con el estallido de la II Guerra Mundial; fue la primera en locutar por antena la célebre sintonía "Aquí Radia Andorra, emisora del Principado de Andorra" que después popularizaría su sucesora, Victoria Zorzano.

3 de abril de 1940. En el flamante edificio de Radio Andorra en Encamp se registra un movimiento inusitado. Entre las autoridades presentes figuran el consejero Picart, uno de los hombres fuertes del Consell General, y también Jacques Trémoulet, el rey de la radiodifusión francesa que ha osado desafiar el monopolio estatal de las ondas, y el gran patrón de la emisora. Es un día histórico: Radio Andorra está a punto de volver a la vida después de que las emisiones experimentales, inauguradas el 7 de agosto de 1939, se interrumpieran inopinadamente a final de ese mismo mes, cuando el estallido de la II Guerra Mundial era ya inminente. Volvamos al 3 de abril de 1940. De repente se hace el silencio, suena un golpe de gong y una voz femenina pronuncia una sintonía destinada a formar parte de la historia de la radiodifusión: "Aquí Radio Andorra, emisora del Principado de Andorra". No es sólo una sintonía sino también una leyenda destinada a clavarse en la memoria colectiva de varias generaciones de radiooyentes de todo el mundo, y que sobrevivirá hasta el enmudecimiento definitivo de la estación, ordenado por el Consell General -el parlamento andorrano- y ejecutado manu militari (o casi) el 9 de abril de 1981.





Abril de 1940: Maria Escrihuela posa en la gran sala de máquinas de la estación, en el edificio de Encamp, y en el exterior de la emisora. Escrihuela se incorporó Radio Andorra procedente de Radio Badalona, de la que era copropietario el empresario francés Jacques Trémoulet, el gran patrón de la estación andorrana y donde la locutora había debutado en abril de 1939. aventura andorrana empezó el 3 de abril de 1940; al cabo de un mes Escrihuela decidió regresar a casa. La  Fotografías: Archivo Maria Escrihuela.



Escrihuela ha conservado durante casi siete décadas el cuaderno en que sus compañeros de Radio Andorra le escribieron unas notas en la hora de las despedidas. Está su colega francés, Edmond Abouly, que se refiere a ella como "ma jeune et charmante collègue". Lástima que Abouly haya caído en un olvido todavía más contumaz que Escrihuela... Está también el testimonio del gran capataz, Trémoulet en persona, que dice que la voz de la locutora catalana es "aussi belle et aussi gaie que le ciel d'Espagne". Y el del consejero Antoni Picart, que la llama "gentil senyoreta" y glosa su vos "de oro", en un alarde de originalidad. Footgrafías: Archivo Maria Escrihuela.
La emisora de Radio Andorra, en Encamp, hacia 1939; los primeros estudios estaban ubicados en la torre, según cree recordar Escrihuela. Fotografía: Archivo Jean-Marc Printz.  
La primera locutora de Radio Andorra, hoy nonagernaria, fotografiada en su domicilio de Badalona, en octubre del 2009. Fotografía: Máximus.




Tradicionalmente se había atribuido a Victoria Zorzano, la celebérrima speakerine de los años 40, el honor de aquel primer "Aquí Radio Andorra..." Pues no fue Zorzano, sino la locutora catalana Maria Escrihuela (Badalona, 1916) quien lanzó por primera vez al éter aquella histórica sintonía. Lo recuerda como si fuera ayer: "Vinieron todos los consellers [como se denominan los diputados del parlamento andorrano] y hubo una gran fiesta. A mí me habían traído el día anterior de Badalona. Me pusieron ante el micrófono -creo que el estudio, una mesa muy sencilla, se encontraba en la torre del edificio- y me hicieron locutar la sintonía. Ya la traían preparada, claro. No lo improvisaron. A mi lado tenía a monsieur Edmond Abouly, que venía de Radio Toulouse y que se iba a encargar de las emisiones en francés. Dije 'Aquí Radio Andorra, emisora del Principado de Andorra', y empezó todo".

Escrihuela fue a parar a Andorra de una manera casi rocambolesca: en abril de 1939, con 22 años y sin ninguna experiencia previa, se había incorporado al equipo que iba a relanzar Radio Badalona en la inmediata postguerra. En agosto de ese mismo año, y a través de su hombre de confianza, Estanislau Puiggròs, Trémoulet se convirtió en copropietario de la emisora catalana: "El señor Puiggròs venía con frecuencia y cierto día apareció diciendo que necesitaban una locutora para Andorra. Me miró y me soltó a bote pronto: '¿Por qué no viene usted, señorita Maria?' Hay que decir que yo entonces estaba prometida y que como quien dice no había salido de casa. Ante las reticencias de mi madre, mi futuro marido soltó que no se me comerían, en Andorra, y me convenció para que me lanzara a la aventura. A partir de aquí todo fue muy rápido. Quizás fue al día siguiente que el mismo señor Puiggròs vino a buscarme para llevarme a Andorra. Me instalaron en el hotel Modern de Escaldes. Y enseguida me vi en Encamp, ante el micrófono y toda aquella gente..."

Un mes, prorrogable
Según el acuerdo con Puiggròs, la aventura andorrana de Escrihuela tendría una vigencia de un mes. Transcurrido este primer período, le propusieron renovar cada tres meses. Pero ella no aceptó -"Estaba prometida y en lo único en que pensaba era en volver a casa"- y fue entonces cuando le pusieron una chica para que aprendiese a su lado el oficio y la pudiera substituir. Era Victoria Zorzano, que tampoco tenía cuando aterrizó en Radio Andorra -recuerda Escirhuela- ningna experiencia ante un micrófono. El relevo se produjo a mediados de 1940, en una fecha que no logra concretar. Zorzano heredó no sólo el micrófono, sino la sintonía de "Aquí, Radio Andorra..." que a iba a convertir en uno de los iconos radiofónicos de los años 40: "Había que decirlo medio riendo, porque si no, no funcionaba", dice Escrihuela: "Acabamos haciéndonos amigas, pero ella no se lo terminaba de creer, que yo me iba, debía temer que me lo repensara y decidiera quedarme, porque de vez en cuando me lo repetía: '¿Seguro, que te vas?'" No iba tan desencaminada, Zorzano: "Me dijeron que si alguna vez quería regresar, siempre tendría un sitio en Radio Andorra. Así que un día subimos con mi marido a Andorra y fuimos a ver al doctor Picart. Le propusimos que si le daban el puesto de director de programas, podríamos venir los dos y quedarnos en Andorra. Pero no hubo manera: '¿No ve que al cabo de dos días estarían hartos de Andorra, y que su marido tiene una carrera musical por delante?' Hay que decir que en toda Andorra la Vella, en aquellos momentos -hablo de 1940- quizás había dos tiendas..."

La aparición de Maria Escrihuela tras décadas de silencio aporta luz sobre algunos de los misterios de la primerísima etapa de la estación: ¿en qué consistía la programación? ¿En qué idiomas se emitían? Según la locutora, durante los primeros meses de emisiones Radio Andorra se limitó a emitir publicidad -Anís la Andorrana era una de las marcas que causaban furor- y a los tradicionales discos dedicados: "A nuestro querido padre, en el día de su santo..." recita Escrihuela. Fórmula importada de Radio Badalona, donde Puiggròs había comprobado su tirón popular y comercial. También radiaban bandos institucionales, y la sorpresa salta cuando cree recordar que algunas emisiones se hacían regularmente en catalán. Incluso recita espontáneamente la versión catalana de la sintonía: "Aquí Ràdio Andorra, emissora del Principat d'Andorra". Lo que no cabía en la programación -todo un signo de identidad que perduró durante toda la historia de la estación- eran las noticias, ni espacios diferenciados como fueron en los decenios siguientes el popularísimo Concierto de los radiooyentes. En estos primeros meses de vida, tampoco se había establecido todavía la estricta segmentación lingüística posterior, que había de destinar la franja horaria diurna a la audiencia francesa, y la nocturna, a la española.

Escrihuela y Abouly compartían estudio y se alternaban al micrófono. Entre las anécdotas de esta auténtica edad de los pioneros cuenta la bronca que le soltó el locutor francés, más veterano, cuando cierto día se le cruzaron los cables y cantó en antena: "Aquí Radio Badalona, emisora de la costa..." "Lo mejor, dice Escrihuela, es que al día siguiente fue al mismo Abouly a quien se les escapó un 'Ici Radio Toulouse...'" La memoria de Escrihuela, casi centenaria, conserva datos dispersos pero suculentos que no acierta a interpretar: por ejemplo, los dos bandos en que estaban divididos los gerifaltes de la emisora: "Venía uno y nos ordenaba decir tal cosa; luego venía otro, y todo lo contrario. I monsieur Abouly terminaba decidiendo: 'Lo haremos como queramos nosotros'". Evoca también el clima de crispación -en plena guerra mundial, y con las cicatrices de Guerra Civil todavía sangrando- que se vivía en la Andorra de la época: "En más de una ocasión apedrearon la camioneta de Radio Andorra que venía a recogerme al hotel para llevarme a Encamp. Eran los obreros que trabajaban en la carretera. No sé por qué lo hacían, aquello, pero se terminó cuando el señor Puiggròs vino a buscarme personalmente".

"La vida de tu m'allunya..."
Radio Andorra era todavía una aventura incierta y precaria en un mundo que se lanzaba de cabeza a una larga y sangrienta guerra mundial. Pero comenzaba a convertirse en el fenómeno de masas que seria ya a mediados de los años 40. Así se explica que, a las pocas semanas de retomar las emisiones, el conseller Picart -que en los recuerdos de Escrihuela era uno de los hombre que cortaba el bacalao en la emisora- le pidió que firmara las primeras tarjetas postales para los admiradores: "Estaba muy incómodo, el día que vino a proponérmelo. Y eso que yo le había dicho que por mi parte no habría ningún problema. Resultó que lo que me colocaron encima de la mesa eran las fotografías que le habían hecho a una maniquí profesional, una chica rubia y preciosa que se parecía a Grace Kelly. ¡Por lo visto yo no les parecía lo suficientemente guapa! Peor firmé, claro que sí".

La carrera posterior de Escrihuela fue breve. A mediados de los años 40 siguió a su marido -el compositor y director barcelonés Joan Pich i Santasusana- a las Islas Canarias para hacerse cargo de la Filarmónica de Las Palmas, y abandonó por lo tanto Radio Badalona, donde se había reincorporado tras la incursión andorrana. Ya no volvería a ponerse ante un micrófono.

En la hora de las despedidas, y aparte de los sentidos mensajes que le dedicaron sus colegas de Radio Andorra y que ella ha conservado durante casi siete décadas, Escrihuela escribió unos versos en el libro de oro de la emisora, que vete tú a saber dónde se encuentra: en paradero desconocido como tantos otros elementos del patrimonio histórico de la estación, comenzando por el gong. Pero esta es otra historia. Vamos con los versos de Escrihuela, que dicen así: "La vida de tu m'allunya,/ però et sentiré al meu costat./ I quan seré a Catalunya/ recordaré les besades que t'he dat" ("La vida de ti me aleja,/ pero te llevaré a mi lado./ Y cuando esté en Cataluña,/ recordaré los besos que te di"). Una declaración de amor que ha tardado casi siete decenios en ver correspondida y que debería servir para restituir el lugar de honor que le corresponde a Maria Escrihuela en la historia de la radiodifusión. Hubo otras y mucho más populares, sin duda. Pero ella fue la primera "mademoiselle Aquí" -como fueron conocidas las locutoras de Radio Andorra a partir de mediados los 40. A cada uno lo suyo.

domingo, 4 de mayo de 2014

Hernández Xulvi, autor de "La ciutat de les flors": "Fue de un pelo que Ifni no se convirtiera en un segundo Annual"

El 23 de noviembre de 1957 el autodenominado Ejército de Liberación -simples "bandas armadas" para la prensa franquista de la época- atacaba las posiciones españolas en el interior de la colonia de Ifni -minúsculo enclave en territorio marroquí- y lanzaba una operación para capturar la capital del territorio, Sidi Ifni. Comenzaba así una guerra nunca declarada por la que desfilaron miles de soldados de reemplazo, aparte de la Legión y dos banderas paracaidistas, y que terminó siete meses después con un alto el fuego oficioso: España conservaba la capital -una franja de apenas 20 kilometros cuadrados- pero renunciaba al resto del territorio, que antes del 23 de noviembre abarcaba una superficie de 2.000 kilómetros cuadrados. Una guerra que el régimen silenció, que se saldó con 300 bajas mortales, por parte española, y que tuvo un poco honorable epílogo en junio de 1969, con la cesión de Sidi Ifni a Marruecos, que desde 1958 ya ocupaba de hecho el resto de la colonia. Pues esta guerra secreta es el contexto de La ciutat de les flors (Pagès), novela con que el valenciano Albert Fernández Xulvi (Catarroja, 1943) se llevó el último premio Fiter i Rossell, que convoca el Cercle de les Arts i de les Lletres de les Valls d'Andorra, y donde sigue los pasos del legionario Badenes y sus amores con la esposa del cacique local.

El escritor valenciano Albert Hernández Xulvi, con el trofeo que lo acredita como ganador de la última edición del premio Fiter y Rossell de novela, que convoca el Cecle de les Arts i de les Lletres y que dota el ministerio de Cultura de Andorra con 15.000 euros. Las obras más conocidas de Xulvi son El tango del anarquista (Milenio, 2010) y la novela erótica No miréis por el ojo de la cerradura (Ediciones Libertarias, 1993). Fotografía: Tony Lara / El Periòdic d'Andorra.

-Sidi Ifni, en pleno desierto, ¿la ciudad de las flores? Tendrá que explicármelo...
-Se ve que en 1934, Capaz y los hombres que ocuparon el territorio con él la bautizaron así de lo exótico y exuberante que les pareció. Y le quedó el sobrenombre.

-Para hacernos una idea: ¿nos encontramos ante una novela de amor? ¿O de guerra?
-La ciutat de les flors tiene tres partes: en la primera sigo la adolescencia del protagonista, Carles Badenes, hasta el correccional, donde ingresa tras apuñalar al hombre que intentaba violar a su madre; luego se alista en la Legión, con la que vive en primera persona la guerra de Ifni, adonde lo destinan; y por último, un buen día decide largarse de allí y huye al sur de Francia, donde empieza una nueva vida. Así que tiene de todo: amor y también guerra.

-Para los que no estábamos, la guerra de Ifni suena a cosa remota: Carmen Sevilla, Gila y poco más.
-Ella acababa de estrenar La venganza, con Ralf Valones, con la que pretendían lanzarla como actriz; era la mujer del momento, y por lo visto a alguien del régimen se le ocurrió emular a los norteamericanos, que tres años antes habían enviado a MarilyMonroe y a Bob Hope a animar a sus tropas a Corea.

-Badenes, ¿se inspira en algún personaje real?
-Hice una intensa labor de campo con dos legionarios valencianos veteranos de la guerra. Como Franco impuso una censura estricta -una guerra con todas las de la ley, que costó 300 muertos y medio millar de heridos, quedó reducida a unos meros "incidentes"- en la Península no se sabía prácticamente nada de lo que ocurría en el África Occidental Española. Sólo veíamos llegar ataúdes: en cierta ocasión, cuarenta de una tacada. Eran las bajas de Edchera, donde los moros hicieron una auténtica escabechina. Badenes, en fin, vive algunos de los episodios que me contaron mis veteranos.

-¿Incluido el affaire con la esposa del mandamás de turno?
-Esto ya es de mi cosecha.Se llama Agnés; su marido, Enrique Cañada, se había enriquecido exportando a la Península capellans [capellanes] que criaba en una piscifactoría que había montado en Río de Oro. Vaya, que el tío estaba forrado.

-¿Capellans, dice?
-Sí: pescado desecado que se tomaba como aperitivo... En fin, que un día que a Badenes le toca guardia, se disfraza de moro, con chilaba y todo, y despluma a Cañada cuando sale del casino. Sospecha que ha sido un soldado, pero como se veían venir la guerra, prefiere no importunar a los militares. Y no explico más, que no me gusta nada destripar la novela. Léela.

-Algo sí que nos debería avanzar, digo yo, ya que estamos aquí...
-Llega un momento en que Badenes se da cuenta de que los han enviado a una guerra absurda y sin sentido: cierto día que le toca salir de patrulla, se queda dormido por la grifa en la haima donde ha estado yaciendo con una bailarina que le hace tilín, y cuando despierta se da cuenta de que sus compañeros ya han salido. Los va a buscar y os encuentra en otra haima: los moros los han liquidado a todos después de torturarlos salvajemente, amputándoles los testículos y colgándoselos de las orejas como si fueran pendientes. Aquella macabra escena es demasiado para Badenes, que en ese mismo instante toma la decisión de desertar.

-¿Y lo hace?
-Por supuesto: roba una Ossa y no para hasta que llega al norte de África. Esto es lo que simboliza la estupenda ilustración de la portada, con la motocicleta abandonada en la paya justo después de embarcar para Marsella para instalarse en Le Grass. Aquí será, por cierto, vecino de Picasso, que tiene un cierto papel en la novela. Para Badenes, Francia es el símbolo de la libertad; no tienen ninguna intención de regresar a Valencia.

-La forma como murieron los compañeros de Badenes, ¿se la contaron sus informantes? ¿Ha podido documentar casos de torturas y asesinatos de que fueran víctimas los soldados españoles que capturados por la bandas armadas -perdón, por el Ejército de Liberación?
-Por supuesto. Pero los moros no eran los únicos. También lo hacían los españoles, que cuando pilaban a un cabecilla rebelde y pretendían hacerle hablar abrían un cerdo en canal, le metían la cabeza dentro y el tipo vaya si cantaba: cantaba por bulerías. En siete meses de guerra de perpetraron auténticas barbaridades.

-Una curiosidad: en la novela juega un cierto papel el cartel de Arroz amargo, con Silvana Mangano, que por lo visto proyectan en el cine de Sidi Ifni. ¿Una anécdota histórica?
-Es un guiño generacional. Recuerdo perfectamente cuando estrenaron Arroz amargo en Valencia: cuando llegaba la escena del campo de arroz, pura carnalidad, el maquinista paraba el proyector paa volverla a pasar, porque es lo que los espectadores querían ver una y otra vez. El caso es que Badenes es hijo del Palmar, al lado mismo de la Albufera -Cañas y barro, ¿recuerdas?- y tierra de arroz. Y la película le hace evocar su pueblo.

-¿Ha estado alguna vez en Sidi Ini?
-Es un viaje que tengo pendiente. Cuando a Gila le preguntaron qué se había encontrado, en la colonia, ¿sabes qué respondió?

-Pues no.
-"Arena, piedras y lagartos"

-Con la información de primera mano que ha recogido, ¿qué visión tiene usted de aquella guerra?
-Que Franco tenía allí un ejército de cartón piedra, plagado de reliquias de la II Guerra Mundial. Piensa que para suplir la falta de artillería improvisaron unos bidones de gasolina que lanzaban desde los aviones -viejos Heinkel alemanes- y que tenían un efecto similar al napalm. Las bautizaron como bombas Frías, por el teniente que las inventó. Hay que tener en cuenta que en 1957 España todavía vivía en la pura y dura postguerra.

-En su opinión, ¿podría haberse repetido un desastre como el de Annual?
-Diría que sí. Si los moros hubieran tenido un ejército como Dios manda, nos hubieran echado de allí a patadas. Y lo cierto es que nos fue de un pelo: por lo visto, la cuñada de un policía nativo de chivó de que los moros planeaban liquidar a la guarnición de Sidi Ifni, y el policía tuvo la lealtad de informar a su capitán. Parece que fue gracias a este chivatazo que se salvó la plaza. Pero el territorio de Ifni, que antes de la guerra abarcaba 2.000 kilómetros cuadrados, quedó reducido al área de la capital: apenas 20 kilómetros cuadrados.

-Si ponemos La ciutat de les flors en el mismo saco que El tiempo entre costuras, ¿se me enfada?
-Enfadarme, no. No tengo nada contra esta novela, pero la mía la registré hace siete años -con el título La ciutat de les flors. Sidi Ifni. Quiero decir que no me ha influido en nada.

-Tampoco le iría mal, ponerse al rebufo de la ola de novela colonial que parece que viene.
-Pero es que no es una novela colonial. Sólo transcurre en Ifni la tercera parte de la historia.

-Suficiente, en cualquier caso, para dedicarle el título, que no es poco.
-Te contaré cuál es exactamente el detonante de la novela: un amigo mío, algo mayor que yo y que era una Barrabás, se alistó en la Legión y acabó luchando en la guerra. En una emboscada que los moros tendieron a su batallón, el teniente cae herido, mi amigo se lo carga a la espalda y lo saca del fregado. Como en una película. Pasa el tiempo, termina la guerra, deja la Legión -porque había expirado su contrato, no porque desertara- y en los años 70 se ve involucrado en un atraco en que resulta herido un sereno. En prisión se le ocurre dar el nombre del teniente, al que no había vuelto a ver, y éste se mobiliza para sacarlo del trullo: en lugar de los tres años que le  podían haber caído, sólo estuvo tres meses encerrado. Este legionario amigo mío es la base de la historia, aunque no tenga nada que ver con la de Badenes.

-¿Por qué cree que hasta ahora ha tenido tan poco éxito la novela -si me lo permite- colonial? ¿Por mala conciencia, quizás?
-Insisto: no he escrito una novela colonial. Cuando me embarco en una historia no lo hago porque el tema esté de moda. Y en cualquier caso, La ciutat de les flors es muy anterior a El tiempo entre costuras.

[Esta entrevista se publicó el 3 de mayo de 2014 en El Periòdic d'Andorra]


viernes, 2 de mayo de 2014

Barberan: feliz y locuaz

Paul Barberan recoge en Le passe-débout su legendaria trayectoria como contrabandista y pasador de hombres durante la Guerra Civil y la II Guerra Mundial, y evoca el ambiente enrarecido que se respiraba en la neutral Andorra de la época, con agentes de la Gestapo controlando a resistentes y refugiados desde el hotel Mirador de la capital.

Lo decía días atrás y en este mismo rincón de diario la lectora Elena Aranda: entre la marabunta de títulos clónicos con los que Sant Jordi nos tortura un año y otro año, siempre cae la posibilidad de que salte la sorpresa, el título remoto que un librero audaz saca a pasear por si las moscas y que sin el sarao libresco jamás habríamos descubierto. Pues esto es exactamente lo que ocurrió el último 23 de abril en la plaza del Poble de Andorra la Vella: Jordi Rossell, el capitán de Antic Rossell tuvo la feliz ocurrencia de rescatar de los fondos abisales de su librería de viejo -lo más parecido a la extinta Canuda que queda por aquí arriba- un ejemplar de Le passe-débout. Sí, hombre, las memorias de guerra de Paul Barberan (Azillanet, Hérault, 1906-¿?), contrabandista legendario de los años heroicos, pasador de hombres durante la Guerra Civil y la II Guerra Mundial y probablemente el único hombre de su generación -¡que es la de nuestro Quimet Baldrich, decenio arriba, decenio abajo!- que nos dejó una detallada, suculenta bitácora de los años dorados del oficio más viejo del mundo. Un volumen publicado en 1979, que hoy es carne de bibliófilo, del que la Biblioteca Nacional conserva un ejemplar, y que Rosa Sala Rose y Plàcid Garcia-Planas citan profusamente en El marqués y la esvástica, ya saben, la monografía donde prueban la implicación de César González Ruano en el infame tráfico de refugiados judíos en el París de la Ocupación, con deriva andorrana incluida. Lo definen con tino como "el contrabandista feliz". Nosotros le añadiremos locuaz. Pero no es lo mismo -convendrá el lector- leerlo por referencias que tenerlo en las manos y comprobar de paso que, aparte de un tipo tan locuaz como decidido, Barberan estaba dotado de un muy saludable sentido del humor, tenía otro don innato para el relato.


Foto de familia del clan Barberan, antes de la guerra mundial: Paul aparece marcado con una cruz; a su izquirda, Marguerite, la esposa leal. Barberan se istaló e Andorra en 1934, huyendo de una más que probable condena que le cocinaba la Cour d'appel de Tolosa; rápidamente se gestionó un pasaporte local a nombre de Pablo Vitals, natural de la Massana. Fotografía: P. B. / Le passe-débout.

Pues bien: este es el raro milagro que nos deparó el último Día del Libro. Barberan. De él hablamos aquí mismo semanas atrás porque él es el hombre que pergeñó el sistema más audaz, temerario y a la vez eficaz -en Le passe-débout se jacta legítimamente de que jamás perdió uno solo de sus clientes en la montaña, ni tampoco a manos de los alemanes- para pasar refugiados judíos por la frontera francoandorrana: la cita era en Hospitalet, la última localidad en suelo francés, en el hotel que regentaba una tal Mariette y donde hacía que la expedición de turno -una docena de hombres, habitualmente- cambiaran las ropas de civil por el uniforme oficioso de contrabandista; les hacía cagar las escasas pertenencias que llevaban encima en el fardo reglamentario, y se hacía acompañar por el destacamento de soldados alemanes que tenía untado y que participaba alegremente en el negocio haciendo de porteadores. La cosa era por supuesto tan exótica que alguno de los refugiados se ponía nervioso: uno de ellos sufrió, dice, una crisis epiléptica cuando descubrió la insólita escolta que iba a acompañarlos hasta la boda de la Palomera, ya en el lado andorrano de la frontera y punto final del trayecto, donde Barberan entregaba pasaje y fardos -porque aprovechaba el viaje para contrabandear- a los socios que se hacían cargo del género hasta Barcelona.

Sostiene Barberan que su grupo jamás cobró ni un céntimo a ninguno de los fugitivos que ayudaron a cruzar los Pirieneos. Otra cosa, añade, eras los socios españoles de la cadena, que sí que ponían la mano y que tenían -recuerda- un curioso método para establecer la cuantía del pasaje, "en función de la simpatía que les suscitaba el fugitivo en cuestión". "Quizás no era un método de facturación muy objetivo", admite, "pero tenía la ventaja de que tranquilizaba la conciencia de quien prestaba el servicio". El caso es que Barberan sí que aceptaba, y de buen grado, gratificaciones a posteriori: en 1946 recibió de forma anónima un millón de francos, y cree adivinar su procedencia: de la familia judía -padre, madre, hija, yerno y bebé- que pasó en cierta ocasión: "Hicieron falta diez de mis hombres para la operación: a la criatura tuvimos que colocarla dentro de un fardo, y buena parte del trayecto hubo que transportar a los mayores a horcajadas". Claro que la mayor parte de los fugitiovos, advierte, "se olvidan de todo esto cuando amaina la tormenta".

Pues esta familia no lo olvidó, y tampoco un tal Racine (!), otro fugitivo judío al que Barberan conoció en Andorra la Vella mientras se recuperaba -el judío, no Barberan- de las graves congelacioones en los pies que había sufrido durante el pasaje. Tuvo que quedarse un año por aquí arriba, y Barberan se ocupó durante este tiempo de traerle botas ortopédicas desde Perpiñán, así como dinero de mano que le enviaba su familia -gentil, para más señas. Pues este Racine, que no había sido cliente de nuestro hombre, "me demostró después de la guerra una gratitud inmensa, diría que incluso desmesurada para los humildes servicios que le había prestado".

Pero tampoco en Andorra era oro todo lo que relucía, ni se había terminado su via crucis cuando los fugitivos cruzaban la frontera. En absoluto. En uno de los capítulos más fascinantes del libro, el locuaz Barberan se explaya sobre este espinoso asunto y lo hace además de forma bien poco complaciente para su país adoptivo, en la línea -para entendernos, de Jaume Ros y del mismo Baldrich. Pone el contrabandista nombre y apellido al "secuaz" que la Gestapo destacó en nuestro rincón de galaxia, con cuartel general en el Mirador -ya saben, aquel hotel donde los iluminados que adapataron a la televisión la novela Entre el torb i la Gestapo ponen a un grupo de refugiados catalanes a cantar Els Segadors en los morros de la SS. Pues en el Mirador, continúa barberan, "reinaba Sapëy von Engelen, hombre de confianza de la Gestapo e individuo infecto que recogía los soplos de agentes nazis en todos los departamentos limítrofes con los Pirineos."

Las SS, Spaëy y el doctor Coco
Spaëy... ¿No les suena, el nombre? Por el currículum tiene que tratarse del mismo Marcos von Spaein que semanas atrás sacaba por aquí la oreja a cuenta de las aventuras andorrana de Germain Soulié, el contorvertido secretario de la veguería durante la guerra. El hombre -Spaëy, no Soulié, aunque quien sabe si éste también. tenía en el punto de mira a los resistentes franceses y a los refugiados españoles, y reportaba directamente a la Gestapo de Ax-les-Thermes y de Foix. Pero hacía mucho más, y le cedemos en este punto la palabra a Barberan porque, como verán enseguida, no tiene pelos en la lengua: "Spaëy los hacía arrestar en territorio andorrano, o mejor secuestrar, por esbirros del Sicherheitsdient [el servicio de información de las SS] vestidos de civil y venidos expresamente de Francia para estas operaciones".

En una de ellas debieron de caer los polacos capturados junto a Eduard Molné en el célebre raid del 29 de septiembre de 1943. Y miren por dónde, también saca la cabeza por aquí "cierto doctor" -quizás el doctor Coco, nuestro viejo conocido- a quien los fugitivos más incautos eran conducidos "con el pretexto de facilitarles el viaje hacia la libertad". En casa del señor médico eran liquidados in situ -sostiene Barberan- y naturalmente expoliados, o bien entregados a la Gestapo, a la policía de Vichy o a las autoridades franquistas si se destapaban como género con un cierto valor de cambio. Una joya, en fin, este Spaëy y compañía, entre la cual -según el mismo y demoledor informe que repasa la carrera de Marcos von Spaein- se contaban un tal Vecchi, otra tal Hallic y un tal Trouve.

Tampoco salen mucho mejor parados los nativos, de quien Barberan acponseja encarecidamente "desconfiar": "Los pronazis andorranos eran uña y carne con los alemanes, y ni siquiera las autoridades ocultaban sus simpatías hitlerianas: de hecho, la veguería francesa era  más pétainista que Pétain (...) pero tenían que respetar aunque solo fuera exteriormente la neutralidad andorrana y gracias a esto los colaboracionistas locales no pudieron cometer todos losc crímenes que les pedía el cuerpo". Igual de demoledor e igual de vago se muestra a la hora de despachar la leyenda negra -y conviene en este punto tener en cuenta que Barberan escribe con el recuerdo aun fresco de la serie de reportajes de Eliseo Bayo en la revista Reporter. Sostiene que sí, que hubo pasadores que asesinaron sin piedad a sus clientes. Pero como ocurre con el doctor, otra vez se queda a medias y pone como ejemplo a cierto guía de P. (por la localidad de donde este cierto guía debía ser originario) "que se pagó la empresa de transporte gracias a la genrosidad involuntaria de una pareja de abuelo que le confió la maleta llena de joyas; recuperaron el cadáver del hombre cosido a balas en el vall de Ora; el de la mujer nunca apareció, y la maleta con las joyas, tampoco..." Un guía... "de P.": ¿no se parece mucho a hacer tarmpa, decirlo así? ¿Se vale, esto de poner la puntita, nada más?

Hasta aquí, en fin, la trayectoria de Barberan como pasador. Una actividad digamos que paralela al oficio de contrabandista con que se ganaba la vida desde siempre. De hecho, aterrizó en Andorra en fecha tan temprana como 1934 cuando la Cour d'appel de Tolosa lo amenaza con una multa de 15 millones de francos y 15 meses de prisión, y opta sabiamente por quitarse de enmedio. No es casualidad que se deje caer por Andorra, uno de los puntos por donde hacía entrar en Francia cantidades industriales de atenol -el ingrediente principal para la elaboración de pastís, ese potingue. Rápidamente se gestiona un pasaporte andorrano a nombre de Pablo Vitals, natural de la Massana, con la digamos connivencia de la policía, que se lo pone muy fácil, y la miopía no sabemos si interesada de la veguería.

Tráfico de armas y de pornografía
Como era un tipo emprendedor, enseguida se asocia con un tal Bago, ruso blanco huido tras la Revolución, estafador profesional que tenía el dudoso honor de figurar en la lista negra de las policías de media Europa -menos en la andorrana, por lo visto- y que levantó un pequeño imperio a partir de la estafa -se hacía enviar hasta Andorra muestras gratutas de los mejores fabricantes de relojes, estilográficas, encendeddores y orfebrería, muestras que revendía con el consiguiente- y atención, el tráfico de pornografía, con género que le facilitaba su esposa y cómplice desde Hamburgo, o que producía él mismo con modelos españolas venidas expresamente hasta Andorra. La lástima es que el hombre no se explaye más sobre los negocios de Bago: ¡dónde debía tener su estudio? En fin, que a Barberan lo tenía en nómina como transitario, gracias a su pasaporte. La legendaria figura del hombre de paja -o prestanoms, según la muy gráfica denominación local.

Pero claro, Andorra de le queda enseguida pequeña y Barberan emigra a Barcelona en busca de mejor fortuna. Aquí descubrirá las infinitas posibilidades del tabaco como objeto de contrabando. Otra vez a escala industrial, como con el atenol pero más: llegó incluso a fletar tres barcos que iban arriba y abajo, con agentes locales destacados no sólo en las Canarias, un clásico, sinó también en Ceuta y Melilla. Así que es en Barcelona donde lo pilla el estallido de la Guerra Civil, pero hábil como es enseguida sabrá encontrar una oportunidad de negocio en la nueva coyuntura: entre otros productos, lo prueba ahora con el tráfico de armas -a favor de la República, faltaría más. Un negocio de altos vuelos para el que pergeña una coartada por lo menos tan pintoresca como aquella de disfrazar de porteadores a los soldados de la Werhmchat: la construcción de una central hidroeléctrica en Andorra, que justificaba el tráfico local de "convoys excepcionales" con maquinaria industrial procedente de Suiza y Bélgica: "Estas caravanas entraban por el Pas de la Casa y cruzaban majestuosamente y ruidosamente el país sin tan siquiera parar, y salían por el lado español, donde el ejército republiocano se hacía cargo del material y lo custodiaba en un desfile triunfal hasta Barcelona". No nos vayamos a pensar que por aquí pasaron tanques ni cazas ni cañones: armas ligeras, munición de pequeño calibre y, como muhco, unos pocos obuses de artillería antiaérea. Nada, conlcuye, que tuviera ninguna influencia en el desenlace de la contienda. Vaya, que sólo sirvió para lenar los bolsillos de unos cuantos espabilados (como él).

Pero cuando demostrará que todavía podía dar mucho más de sí será durante la guerra mundial, cuando traslada el cuartel general a Hospitalet, confraterniza con los alemanes desplegados en la zona -el teniente Rolf von Wigginhaus, el sargento Max y el también teniente Schawahl: estos dos últimos terminarán fusilados- y pone el negocio bajo la protección ni que fuese involuntaria de la Werhmacht: además de convertir a los soldados en porteadores, Barberan conseguirá también que camiones del ejército escolten caravanas de decenas de vehículos -Hotchkiss, Juvaquatre, Primaquatre, Peugeot 202, Studebaker, Fiat, Ford-  que adquiría en Francia, hacía pasar por Andorra ante la impotencia de los aduaneros franceses, y revendía en España con pingüe beneficio. Como comprenderá el lector, los coches eran el género que más le molaba.

Con este historial a sus espaldas, no es extraño que Barberan terminara detenido por la Gestapo -él sostiene que por culpa de Spaëy- y que algunos de sus paisanos sospecharan que si fue liberado al cabo de tres días y sin que los alemanes le tocaran un solo pelo, fue a cambio de algo. De hecho, dedica los últimos capítulos de Le passe-débout a argumentar tan sospechosa deferencia. Y la verdad es que no logra disipar la sombra de la duda. Pero qué quieren que les diga: nos cae bien, el dicharachrero de Paul, que acabó arruinado (por el fisco) y abriendo un restaurante de carretera no con Mariette, compinche de los años heroicos, sino con Marguerite, esposa leal y madre de sus dos hijos.

[Este artículo se publicó el 2 de mayo de 2014 en El Periòdic d'Andorra]

jueves, 1 de mayo de 2014

Lluís Capdevila, cronista de guerra

Formó parte de aquella generación de hombres de acción y también de letras, republicanos de una pieza, individuos de personalidad proteica y humanistas practicantes -los Orobitg, Fontbernat, Albert, Anglada, Griera y Ros, la relación no pretende ser exhaustiva- a quienes la Guerra Civil y el posterior exilio acabaron llevando a Andorra. Como la mayor parte de sus colegas de exilio que protagonizaron el despertar artístico e intelectual del país, también Lluís Capdevila (Barcelona, 1895-Andorra la Vella, 1980) ha desaparecido hoy casi absolutamente de la memora pública. Sólo nos quedan las sombras: viejos ejemplares descatalogados del Llibre d'Andorra o de L'alba dels primers camins, el primer volumen de sus oceánicas memorias, saldados en los puestos de La Paperassa, el mercado del libro usado semanal en la Rotonda de Andorra la Vella. En fin. Para paliar ni que sea muy parcialmente este olvido culposo, la Fundación Josep Irla acaba de recoger en un volumen profusamente ilustrado y precedido de un amplio estudio biográfico la obra digamos bélica de nuestro hombre: bajo el título Les cròniques de guerra de Lluís Capdevila (Duxelm) se rescatan de la hemeroteca 46 artículos escritos entre 1936 y 1939, aparecidos en La Humanitat -el diario de Esquerra Republicana de Catalunya que él mismo dirigió- y otras publicaciones en catalán y en castellano como Amic, Meridià, Catalans!, Mi revista y Hora de España.

Capdevila, en la época en que ejerció como comisario de la columna Macià-Companys y envió a diferentes diarios catalanes un alud de crónicas; de las 227 que publicó, Duxelm ha rescatado 46 en Les cròniques de guerra de Lluís Capdevila. Fotografía Duxelm.

El resto, hasta completar las 227 crónicas, se pueden consultar en línea en www.irla.cat.publicacions. Merecen atenció especial los reportajes escritos desde el frente -Capdevila fue comisario des la columna Macià-Companys- y la serie L'ofensiva contra Belchite, una docena de piezas que relatan uno de los episodios más célebres de la contienda: El comissari del poble, Rosa Domènec, alferes, La mort heroica del capità Molino, Diàleg de l'estilogràfica i la pistola, La guerra i els periodistes, L'ofrena d'una bandera y Teatre en el front de guerra son otros ejemplos de este periodismo de trinchera que Capdevila practicó durante le guerra, cuando ya era un intelectual de renombre -periodista, novelista y. sobre todo, comediógrafio de enorme éxito popular: suya es la letra de la zarzuela Cançó d'amor i de guerra. Entre los muchos datos que aporta el editor, Josep Maria Figueres, en el estudio introductorio, conviene recordar la existencia de un epistolario inédito fechado en Poitiers y Sant Julià de Lòria, así como las monumentales memorias en una docena de volúmenes de los que sólo se llegaron a publicar los dos primeros, L'alba dels primers camins (1968) y De la Rambla a la presó (1975). Ahora que se pbulica casi todo, quizás va siendo hora de que alguien se acuerde de Capdevila.

[Este artículo se publicó el 14 de abril de 2011 en El Periòdic d'Andorra]

Un olvidado con mucha memoria
Cossetània publica el tercer volumen de la monumental autobiografia de Lluís Capdevila: La República, el periodisme, el teatre repasa los años de madurez, como director del diario La Humanitat y amigo íntimo del presidente Companys.

En nuestra muy transitada galería de ilustres olvidados, Lluís Capdevila es uno de los más conspicuos. Cosa que le hemos pagado como sólo saben nuestras ilustres autoridades: ni plaza, ni calle, ni un triste rincón que honre su memoria. Nada.Como si por este rincón de Pirineo nuestro abundaran los tipos de una pieza -de muchas piezas, en este caso- como Capdevila: dramaturgo de éxito en los años dorados del Paralelo barcelonés; coautor de Canción de amor i de guerra -probablemente la más célebre de las zarzuelas catalanas-, reportero de primera hora y protagonista de los años mas gloriosos del periodismo catalán -los de la República, que él vivió en primera fila como director de La Humanitat, el diario de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC). Pero aún hay más: amigo íntimo del presidente Companys, comisario de propaganda y cronista bélico durante la Guerra Civil, exiliado tras la derrota republicana -primero en Poitiers y desde finales de los años 60, en Andorra- y autor, atención, de Història de la meva vida i dels meus fantasmes, monumentales memorias en doce volúmenes de los que hasta la fecha tan sólo se habían publicado los dos primeros -y como quien dice, en la Prehistoria: L'alba dels primers camins, en 1968; De la Rambla a la presó, en 1975. Los dos son hoy carne de bibliófilo. Como el Llibre d'Andorra, ya que hablamos de ejemplares raros, probablemente la introducción más suculenta a las cosas andorranas jamás salida de pluma humana. Y lo dice Sergi Mas, que conste.
Pero hablábamos de los dos primeros volúmenes de Història de la meva vida.Primeros y únicos... hasta hoy, claro, que Cossetània rescata la tercera entrega: un tocho de tres centenares y medio de páginas editado por el periodista catalán Francesc Canosa y titulado precisamente La República, el periodisme, el teatre. Es decir, los años de plenitud de Capdevila, que coinciden con el segundo experimento republicano en España y que él vivirá detrás o mejor, al lado de los protagonistas como director de La Humanitat, militante destacado de ERC y hombre con privilegiado hilo directo con el presidente Companys. Canosa lo define como "un francotirador, un outsider y un rara avis" sin pelos en la lengua a la hora de juzgar -muy críticamente- los Fets d'Octubre -ya saben, Companys proclamando el Estat Català desde el balcón de la Generalidad en la plaza de Sant Jaume. Por la falta de realismo de los golpistas, dice Canosa: "Capdevila lo interpretó como una llamarada, un disparo a la nada que terminó con la supresión del Estatuto y con Companys en prisión; la prueba, en fin, de que el país, la sociedad no estaba preparado para un régimen como el republicano".
Era, eso sí, un hombre de partido: catalanista, republicano y de izquierdas, que debe ser casi lo máximo que se puede ser en esta vida. Facción sindicalista. Por eso mismo Companys lo colocó como director del diario de ERC, en un fenómeno -éste de la prensa de partido, por no decir sectaria- hoy algo exótico pero en la época absolutamente necesario para hacer política. Pero si una característica define a Capdevila es su personalidad intelectualmente poliédrica: "Un personaje con inquietudes y ámbitos de actuación muy diversos, emparentado con un humanismo en cierta manera muy actual", dice Canosa, y que no tendrá problemas en apartarse del discurso oficial y -siendo como es fue un miembro del establishment- criticar la incapacidad maniefiesta de los hombres de la República.

Memorialista ingente
Y es precisamente en las memorias donde emerge con toda la potencia el carácter proteico de Capdevila: "Es su territorio, donde más cómodo se siente como escritor, donde más él se siente, donde más se deja ir". Un cóctel donde sacan la nariz todas sus facetas. La de hombre de mundo, por ejemplo: Por las páginas de La República, el periodisme, el teatre desfilan multitud de personajes, desde Companys y García Lorca hasta Margarida Xirgu y H. G. Wells. Capdevila, como se ve, apuntaba alto a la hora de alternar y buscarse compañías interesantes.
Atención también porque los doce volúmenes de Història de la meva vida no tienen parangón en la literatura catalana del siglo XX. Así que no es extraño que Canosa coloque esta obra monumental en lo más alto de la bibliografía de nuestro hombre, por delante de su obra como dramaturgo, como novelista e incluso como reportero de guerra. ¿Cómo es posible que un personaje así haya caído en el olvido? El autor (se) lo explica por la debacle republicana, que terminó con el 80% de los periodistas catalanes, dice, en el exilio: "Es lo que denomino la Cataluña iceberg, la Cataluña congelada: todo lo que existía antes de la guerra queda interrumpido y ya no tendrá jamás continuidad". Y lo que había antes del 18 de julio de 1936 era mucho. Tanto, insiste, que difícilmente estamos en condiciones de imaginarlo: el periodismo catalán de los años 30 había alcanzado un nivel que no tenía nada que envidiar a los grandes nombres que triunfaban en EEUU, Francia o Alemania, sostiene Canosa, a quien se le va algo la mano: mucho antes de que Truman Capote inventara el Nuevo Periodismo, en Cataluña ya se practicaba un reporterismo de raíz inequívocamente moderna. Doménech de Bellmunt, sin ir más lejos, uno de sus principales valedores y -vaya por donde- otro ilustre olvidado que terminó exiliándose en Andorra. Pero donde el periodismo catalán daba la medida de lo que hubiera podido llegar a ser es en la clase media del ecosistema comunicativo local: gente como Irene Polo, Just Cabot, Josep Maria Planes, Plató Peig, Josep Amic... y nuestro Capdevila. Ellos y otros muchos como ellos, continúa Canosa, son los que le confirieron por ejemplo al Barrio Chino -hoy, anodinamente rebautizado como Raval- categoría mediática: los sucesos ligados a la prostitución, a la droga y al alcohol los procesaban como material de ficción y los regurgitaban en los dramas, sainetes y novelas que ellos mismos escribían y estrenaban en los teatros del Paralelo, "la primera cultura de masas que se genera en Barcelona". Y Capdevila era uno más de la tropa de autores de esta edad de oro.
Su papel durante la Guerra Civil, como comisario de propaganda de la columna Macià-Companys -con la que cubrió por ejemplo la campaña de Brunete- queda para próximas entregas de las memorias, en manos de la familia y que Canosa confía -sin mucho entusiasmo, todo sea dicho- que irán viendo la luz. Unas memorias que comenzó a redactar en Poitiers -donde ejercía como profesor de literatura española en la universidad local- y que tendrán en Andorra su acto final. Así que ahora es quizás el momento de ceder la palabra a Sergi Mas, que retrata no solo al autor, sino también y sobre todo al personaje. Por ejemplo, en la anécdota quien sabe si apócrifa y que otras fuentes atribuyen gozosamente al filósofo Francesc Pujols. Cuenta la leyenda que al dirigirse al exilio y justo en la frontera, Capdevila se cambió la cazadora de cuero y la gorra de comisario por el sombrero de copa, la corbata de diplomático, los pantalones de mil rayas y los botines de charol: "En fin, que ante un individuo de rango tan elevado el batallón de gendarmes que vigilaba la frontera no tuvo más remedio que cuadrarse y rendirle los honores debidos. ¡Menudo personaje, Capdevila!" El mismo, dice, que se personaba en el frente con monóculo, hecho un dandy, y que los días de vino y rosas, cuando triunfaba en Madrid como dramaturgo y alternaba con Valle Inclán, Benavente y Echegaray en la tertulia del Pombo, se hacía llevar de un lado a otro a bordo de un automóvil conducido por un chófer negro. Como Cela -nadie es perfecto- pero medio siglo antes. Un dandismo que lo acompañó en sus días andorranos, cuando ejercía como asesor de Editorial Andorra -a él se debe buena parte del impresionante catálogo que el sello fue capaz de publicar en los años 60: Sender, Aub y compañía- e iba a pasar los veranos a Can Nagol de Sant Julià de Lòria, "con la pipa siempre cargada con tabaco Dunhill, coñac francés y el sueño de adquirir una capillita románica para instalarse definitivamente en ella". Si quieren un trago de los años dorados de Capdevila, ya lo saben: La República, el periodisme, el teatre. Y a poner velas para que alguno de nuestros audaces editores se atreva de una vez con los otro nueve volúmenes de la la historia de su vida y de sus fantasmas.

[Este artículo se publicó el 12 de febrero de 2013 en El Periòdic d'Andorra]