Incursiones relámpago, estilo Sturmtruppen, en episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y las dos postguerras, con ocasionales singladuras a alta mar, a ultramar y si conviene incluso más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

jueves, 9 de enero de 2014

El ángel de la guarda de los pilotos aliados

Edward Allcard evoca su peripecia bélica en el Servicio de Rescate Aéreo de la RAF.

Lo que toca este año, con la excusa del centenario, es hablar de la I Guerra Mundial. Pero vayan ustedes a buscar un superviviente de, no sé, pongamos que Verdún o el Somme, a ver si lo encuentran. Nosotros lo intentamos pero, hay que reconocerlo, fue imposible. En cambio, sí que dimos, casi por casualidad, con un veterano de la Segunda Guerra Mundial: Edward Allcard, al timón del coqueto y muy británico chalecito que navega por la parte alta de la Aldosa, valga la redundancia, subiendo a mano derecha. Un lobo de mar, él también casi, casi centenario -tiene cita con el siglo este mismo 2014: ¡casi nada!- de quien días atrás les hablábamos aquí mismo a cuenta de Rodamons de la mar -seguro que lo recuerdan: las aventuras de la tribu de los Allcard a bordo del queche Johanne Regina- y la verdad, era un pecado que no compartiéramos con los lectores (si los hay) la peripecia bélica de Edward.

"Usted debe de ser el joven que quiere saber cómo gané la guerra, ¿verdad'", nos suelta a modo de bienvenida. Y sí, porque eso es exactamente lo que hicieron hombres de una pieza como él, como Ken Charney -el as angloargentino enterrado en el cementerio de la Quera (la Massana)- y, atención, otro vecino ilustre de este rincón nuestro de mundo: Norman Westby, veterano del Bomber Command y uno de los hombres de Bomber Harris que trituraron la Alemania nazi (y cercanías). Pero habíamos venido a hablar de Allcard, ingeniero naval que antes de lanzarse a la aventura de navegar en velero -y siempre en solitario, "por supuesto; si no, ¿para qué?"- se enroló nada más estallar la guerra en el Air-Sea Rescue Service, sección de la RAF de lema glorioso -y pelín temerario: "The sea shall not have them"- consagrada a rescatar las tripulaciones de los cazas y bombarderos abatidos sobre el Canal antes de que el mar se los zampara.

Edward Allcard, ingeniero naval, nacido en 1914 y desde mediados de los años 80 residente en la Aldosa (Andorra). Durante la guerra sirvió en el Air-Sea Rescue, y fue el 14º hombre en dar la vuelta al mundo en solitario. Fotografía: Tony Lara.

¿Qué hacía, él, en el ASR? Consolarse, exactamente, porque tenía un ojo escacharrado que le impidió alistarse en la Royal Navy, su destino natural. Ironías de la vida -y de sus casi 100 años- hoy ve perfectamente del ojo tonto, y por lo tanto sería declarado apto para el servicio en la mar. En fin, que la Navy perdió un marino pero la ASR ganó un hombre que durante toda la guerra se dedicó a diseñar y probar los botes con que los hombres del ASR se hacían a la mar para pescar a los tripulantes de los Bristol, Spitfire, Hurricane y demás animalitos que participaron en la Batalla de Inglaterra.. Una trabajo, éste de recuperar pilotos abatidos, que se parece enormemente al de nuestros pasadores, y que como se ha visto no estaba a signado a la Royal Navy sino a la RAF.

No se trataba, recuerda Edward, de diseñar buques desde cero sino de adaptar modelos ya existentes a las específicas necesidades de tan peculiar servicio: el resultado eran unas naves de pequeña eslora que lo fiaban todo a la velocidad. El modelo estándar apenas llegaba a los 30 metros, pero podía alcanzar los 20 nudos, que no está nada mal. Pero los había aún menores, casi unos botes salvavidas de 10 metros, fabricados en madera y con forma de canoa, que se anclaban bajo el fuselaje de los aviones del ASR -primero, bombarderos Lancaster; después, Vickers- que los llevaban hasta donde se encontraban las tripulaciones siniestradas y se los lanzaban con paracaídas desde 200 metros de altura. Sólo hacía falta que los aviadores rescatados supieran manejar uno de aquellos artefactos. Y para eso les adjuntaban... ¡un libro de instrucciones! Pónganse en situación: noche cerrada, un par de náufragos en medio del Canal, quizás heridos, medio muertos de frío... como para ponerse a leer un manual. Y en inglés.

Pues el sistema debía funcionar razonablemente bien porque al final de la guerra el ASR había rescatado un total de 10.663 personas, 5.271 de las cuales resultaron ser aviadores aliados, y 277, enemigos. A esto se le llama llevar una buena contabilidad. Pero, ¿rescataban también alemanes? ¿Qué sentido tenía, salvar a las tripulaciones de un Messerschmitt, un Junkers o un Heinkel? Mucho, dice Edward: "Los servicios de inteligencia les sacaban información". Pero no todos lo veían con esta británica clarividencia: los polacos enrolados en el ASR, recuerda, no hilaban tan fino y ametrallaban sin contemplaciones y con más bien escaso fair play a los alemanes abatidos que encontraban en el mar: "Así que si sospechábamos que íbamos a encontrarnos con algún alemán, intentábamos dejar a los polacos en la base".

Las escuadrillas del SAR, en fin, estaban repartidas por bases móviles a lo largo de la costa para evitar ser descubiertas y atacadas por la Luftwaffe. Gran parte del trabajo de Edward consistía en peregrinar de astillero en astillero y de base en base para supervisar la construcción de los botes. Y fue en una de estas visitas de trabajo cuando más cerca estuvo de dejarse el pellejo por Su Graciosa Majestad. Y paradójicamente, a bordo del avión que lo llevaba desde Irlanda del Norte hasta una base en la isla escocesa de Islay: "Era una noche de lluvia y niebla. Mucha niebla. El piloto intentó una maniobra de descenso para vislumbrar la superficie del mar y tener una referencia. Pero era imposible: no se veía nada de nada. Debíamos haber bajado a menos de 30 metros cuando de repente notamos un fuerte golpe de timón, nos pegamos a los asientos y ascendimos bruscamente". ¿Ataque enemigo? No. ¿Las clásicas turbulencias? Tampoco. Entonces, ¿qué? "Cuando hubo pasado todo, va y el piloto nos dice: 'Quizás le interese saber que acabamos de cruzar entre los dos mástiles de un acorazado norteamericano'". Una maniobra, no dirán que no, digna de William Overstreet, el piloto yanqui recientemente traspasado que en la primavera de 1944 hizo pasar su P-51 Mustang entre las patas de la Torre Eiffel cuando perseguía a un caza alemán.

Uno de los buques de rescate que Allcard diseñó durante sus seis años de carrera en el Air-Sea Rescue Service. El modelo estándar medía 30 metros de eslora y podía desarrollar 20 nudos de velocidad; los había mucho menores, como otro en forma de canoa que era transportado por vía aérea hasta el punto exacto donde se encontraban los náufragos, momento en que se les lanzaba el bote en paracaídas. Fotografía: Archivo.

Del Blitz al Cabo de Hornos
Edward ha sido sin duda alguna un hombre con suerte. Acrobacias aéreas aparte, a bordo del Johanne Regina sobrevivió a un huracán en el Caribe, a un tifón en el Índico, a un ataque pirata en el estrecho de Malaca y a un asalto anfibio de la Camorra en Nápoles. Pero volvamos a la guerra, cuando le faltó muy poco para convertirse en una de las 43.000 víctimas que causó el Blitz entre septiembre de 1940 y mayo de 1941. Su puesto estaba en el cuartel general del ASR, al lado del Puente de Londres, hasta donde se desplazaba cada mañana a pie desde el barrio de Chelsea, donde residía: "Lo más cerca del río que me era posible, porque era la zona con menos edificios y, por lo tanto, la menos peligrosa en caso de ataque aéreo".

Con el tiempo desarrolló la habilidad de reconocer por el silbido que emitían en la fase final de la aproximación el momento aproximado en que las bombas harían blanco: "Cuando se les terminaba el combustible, caían a peso con un ruido muy característico". En cierta ocasión vio venir una, por increíble que parezca; entró en un café próximo abarrotado de parroquianos para advertirles del peligro inminente; le hicieron caso y huyeron por patas. Con la mala suerte de que la bomba cayó como había previsto Edward en la misma calle, y la onda expansiva liquidó a muchos de los que pretendía salvar. Él, en cambio, se negó a salir corriendo -"Por una cuestión de principios", dice- y la explosión le pilló todavía dentro del local. Las heridas -le quedó el cuerpo lleno de fragmentos de cristal- requirieron tres meses de hospitalización. Pero cinco años después todavía la extraían de vez en cuando un pedazo de metal de la cabezota. Durante la convalescencia tuvo como vecino de camilla a un soldado italiano capturado: "No sé si ellos hubieran hecho lo mismo con uno de los nuestros".

La buena estrella también lo acompañó en cierta ocasión en que visitó Portsmouth. Edward adelantó un día el viaje de regreso a Londres y resultó que el hotel donde tenía que haberse alojado fue borrado literalmente del mapa en el bombardeo del día siguiente. En fin, que entre bombardeo y rescate Edward se pasó toda la guerra en el ASR. Y con la paz pudo retomar el viejo proyecto de navegar en solitario que en 1939 había tenido que guardar en el armario de los buenos propósitos. Una segunda vida que ha explicado en un puñado de libros que huelen a salitre -Single-handed passage, Voyage alone, Temptress Returns- tanto o más azarosa que la bélica, con unas cuantas gestas sensacionales, imprescindibles: principalmente, la travesía del Atlántico -en cuatro ocasiones: primero, a bordo del Temptress; después, del Sea Wanderer- y, atención, la circunnavegación del globo, odisea que le llevó doce años, doce -desde 1961 hasta 1973- y que le convirtió en el 14º hombre -el segundo entre los británicos- en conseguirlo.

He aquí Edward Allcard, un hombre que ha sobrevivido al Blitz y que ha cruzado el Cabo de Hornos en solitario y sin ayuda externa. No encontrarán muchos con un currículum semejante, aunque él se quite importancia: "Yo pasé Hornos a la segunda, después de refugiarme de oído en la Isla de los Estados para escapar de una tempestad que me dejó el queche como un queso Gruyere, lleno de vías de agua, y me obligó a darle a las bombas durante cinco días seguidos. Pero encontré tierra, descansé unos días y cuando volví a intentarlo, hacía un sol radiante. Chupado. Nada que ver con los navegantes de siglos anteriores, que tenían que cruzar hiciese el tiempo que hiciese. Lo suyo sí que era mérito". En fin Edward: un trago de ron a su centenaria salud. Esta ronda la pago yo.

[Este artículo se publicó el 9 de enero de 2014 en El Periòdic d'Andorra]

miércoles, 8 de enero de 2014

'SS Andorra Star': tocado y hundido

El U-47 de Günther Prien, as de la flota submarina nazi, torpedeó el 2 de julio de 1940 el SS Arandora Star, transporte de pasajeros que el boca-oreja histórico ha convertido, como en el juego del teléfono, en el Andorra Star.

Días atrás les hablábamos aquí mismo, a cuenta de Radio Andorra y ni que fuese de refilón, de Günther Prien. Sí, hombre, el as de la flota submarina nazi, el capitán del U-47 que la madrugada del 14 de octubre de 1939 humilló a la orgullosa Royal Navy colándose en el santuario de Scapa Flow y hundiendo el acorazado Royal Oak -y a 800 de sus tripulantes. Pues hoy, cómo son a veces las cosas, nos volvemos a encontrar con Prien. Ahora, a cuenta de una mixtificación histórica que ha creado escuela -tanta, que incluso el Imperial War Museum le concede carta de naturzaleza- y nos toca de lleno, ni que sea nominalmente, en seguida lo verán.

Resulta que el 2 de julio de 1940, en plena Batalla del Atlántico, en los Tiempos felices -para los alemanes, claro- en que la flota submarina de Dönitz -la U-Bootwaffe, glups- se hartaba a enviar al otro barrio buques aliados, el U-47 patrullaba la costa noroeste de Irlanda a ver qué presa se podía cobrar. Así es como hacia las 6.15 de la mañana descubrió al SS Arandora, crucero de pasajeros de la Blue Star requisado en los inicios de la II Guerra Mundial y reconvertido en transporte de tropas -con una notable hoja de servicios, por cierto: participó en la evacuación de Dunkerke, no diremos más. El caso es que Prien no se lo pensó demasiado: aquel buque pintado de gris, sin los distintivos de la Cruz Roja, parecía una presa de buena ley. Y le disparó un torpedo. Uno solo, con la buena fortuna -o mala, según se mire- que impactó de lleno al lado de babor del Arandora, que sólo tardó 25 minutos en hundirse... y a llevarse con él a 805 de los 1.500 civiles que viajaban a bordo.

El Arandora Star atraca en Hamburgo, en una fotografía de antes de la guerra; a babor se intuye el nombre del buque. Fotografía: Archivo.

Después volveremos con las víctimas de Prien. Pero si hablamos hoy aquí de uno de los peores desastres que la marina británica tuvo que digerir durante la II Guerra Mundial es porque un persistente, curioso lapsus linguae ha acabado convirtiendo el Arandora en el Andorra, en una degeneración que recuerda los errores y absurdos del juego infantil del teléfono. Y con este nombre, SS Andorra, es como consta en muchas referencias del naufragio, incluido, atención, el testimonio de algunos de los supervivientes y sorprendentemente -lo decíamos hace un momento- los archivos del Imperial War Museum, que parecen creer que existieron dos buques, el SS Andorra y el SS Arandora, y que los dos fueron tocados y hundidos el 2 de julio por el U-47 de Prien, y precisamente -ya es casualidad- en el mismo rincón del Atlántico: a escasas 75 millas náuticas al Oeste del condado de Donedal, en el extremo norte de Irlanda.

La mancha británica
Pero volvamos a las víctimas, que ya vemos que nos tocan muy de cerca. El caso es que la tragedia del Arandora ha pasado casi desapercibido para la historiografía militar -nada que ver con los casos celebérrimos del Lusitania y del Wilhelm Gustloff, por ejemplo- es porque a bordo viajaban -es un decir, en seguida lo verán- cerca de 1.300 pasajeros, en su gran mayoría ciudadanos de origen alemán, austríaco e italiano instalados en la Gran Bretaña y a los que el gabinete de Churchill -recuerde el lector que nos encontramos en 1940, inmediatamente después de la retirada de Dunkerke y del armisticio francés, y que la victoria de Hitler era una amenaza muy plausible- había internado en los campos porque los consideraba sospechosos de quintacolumnismo.

En cualquier caso, una mancha en el historial de guerra británico, porque entre los 1.300 pasajeros del Arandora había, sí, alemanes que eran nazis convictos, pero también judíos que habían tenido la suerte de huir a tiempo de la Alemania de Hitler -lo explica William Rabinowitz en Tails of Norman, a cuenta del judío Otto Braun, de Dusseldorf- y descendientes de antiguos emigrantes italianos instalados en Inglaterra desde varias generaciones atrás. Todos ellos, sin distinción, fueron empaquetadors en el Arandora, que había zarpado el 1 de julio de Liverpool rumbo a la localidad de Saint John's, en Terranova. Una deportación como la copa de un pino que se asemeja mucho a la que los EEUU iban a poner meses después en práctica con sus ciudadanos de origen japonés -recuerden Bienvenidos al paraíso, la estupenda película de Alan Parker- y que, las cosas como son, cesó casi por completo tras el desastre del Arandora.

Günther Prien, héroe de Scapa Flow y capitán del U-47, el submarino que el 2 de junio de 1940 torpedeó y hundió el Arandora 75 millas al oeste de Donedal, en el extremo septentrional de Irlanda. Fotografía: Archivo.

De hecho, y según recuerda el historiador irlandés Michael Kennedy en The sinking of Arandora Star: drowned like rats -artículo de referencia sobre este episodio- ésta fue la única consecuencia que tuvo la cadena de errores y despropósitos que condujo al naufragio, porque el ministerio de la Guerra corrió un espeso muro de silencio sobre el asunto. Tenía mucho que ocultar: entre otras cosas, que las cubiertas del buque estaban recubiertas para la ocasión con alambre de espino, oficialmente para evitar incidentes. De ahí el título de Kennedy, extractado del comentario que hizo el capitán del Arandora, Edward Moulton, cuando vio la trampa mortal en que habían convertido su barco: "En caso de naufragio, moriremos como ratas".

Y así fue. Para los anales queda el balance del audaz golpe de Prien: se dejaron la piel en el Arandora 470 italianos -los que salieronpeor librado porque los encasquetaron en las cubiertas inferiores-, 243 alemanes y 37 soldados ingleses, la mayoría miembros del cuerpo de guardia, pero también el capitán Moulton, que siguiendo una tradición muy británica -"Faithfull in duty, friendly in spirit, firm in command, fairless in disaster"- murió en el puente de mando. Dicen las crónicas locales que en agosto de 1940 continuaban llegando cuerpos de los desventurados náufragos a las costas de Donedal. Para que la cosa tenga un cierto sabor de justicia poética, digamos para acabar que el U-47 y Prien, el héroe de Scapa Flow y el villano del Arandora, desaparecieron en algún lugar del Atlántico el 1 de marzo de 1941. Eso sí, después de haber hundido 30 buques aliados. Incluido el Andorra Star.

[Este artículo de publicó el 2 noviembre de 2013 en El Periòdic d'Andorra]

martes, 7 de enero de 2014

La última bronca del Cojo de Málaga

El número 7 de la revista Cadí/Pedraforca reconstruye la profanación de la sepultura del anarquista que tiranizó la Cerdaña y el Alto Urgel durante la Guerra Civil.

Hace unos días hablábamos aquí mismo de Antonio Martín Escudero, (a) El Cojo de Málaga, de infausta memoria. Sí, hombre, el faista que tiranizó durante los primeros compases de la Guerra Civil la Cerdaña y el Alto Urgel. Un capítulo negro -porque el malo de esta historia era de los buenos, no sé si me entienden, y porque el anarquismo conserva aún hoy una sorprendente buena prensa, sólo hay que ver Tierra y libertad y demás- que acabó el 27 de abril de 1937 en Bellver con la muerte a tiros del Cojo, que es como suelen acabar estas cosas. A la altura del puente sobre el Segre, por concretar, cuando al frente de dos centenares de conmilitones libertarios pretendía tomar la localidad y dar una lección a los poco dóciles vecinos, los únicos de toda la Cerdaña que se habían atrevido a plantarle cara y resistir el dominio de los incontrolados. Y lo explicábamos a cuenta de Francesc Viadiu -el d'Entre el torb i la Gestapo, seguro que lo recuerdan- que da su versión de los hechos en Delegat d'ordre públic a Lleida la roja. Con conocimiento de causa, cabe añadir, porque Viadiu se presentó en Bellver al día siguiente del tiroteo con la misión de poner algo de orden y evitar las represalias anarquistas.

Hasta aquí, los antecedentes. Bien conocidos, por otra parte. Pero, ¿no se había quedado el lector con las ganas de saber el destino del cuerpo del Cojo? Pues la historiadora Queralt Solé nos lo explica en el número 7 de la revista Cadí/Pedraforca. Y como era de prever, el periplo post mortem de nuestro hombre también fue algo tumultuoso. Solé ha localizado en el Archivo comarcal de la Cerdaña el expediente que da cuenta de la profanación de la sepultura del Cojo, enterrado según el documento -y para que lo tengan en cuenta si un día pasan por el cementerio de Puigcerdá- en el nicho nº 48, piso 1º, letra B. Un ultraje que fue descubierto la mañana del 2 de noviembre de 1941. Los dos enterradores y el sereno certifican la identidad del inquilino del nicho, y el último, dice Solé, añade que se ignora quiénes han sido los autores de tan vil acto, aunque se permite especular, atención, "que por su criminal actuación durante el dominio rojo, el llamado Cojo de Málaga tiene mucho enemigos en el pueblo y en toda la comarca". Muchos, e insistentes, por lo que se ve.

Una vista del camposanto de Puigcerdá, donde fue enterrado el cadáver del Cojo, muerto en abril de 1937; su sepultura, en el nicho número 47, piso 1º, letra B, fue profanada el 2 de noviembre de 1941. Fotografía: El Periòdic d'Andorra.

En la senda del conde de España
Los detalles tirando a gore los pone el cuarto testigo recogido por el juez de istrucción. Según e lpaleta que dio la alerta, el nicho "había sido violado, habiendo sacado la caja de madera en la que el cadáver se lahhalaba depositado y trasaldada a un extremos del cementerio". Una diligencia posterior del juez ayuda a aclarar los hechos: los restos del Cojo fueron abandonados en el osario "donde se encuentran los restos de los ataúdes que se van sacando de los nichos paulatinamente". Detalle curioso: a llado de la caja -que conserva las iniciales del difunto "perfectamente visibles"- aparece una insginia "masónica comunista", consistente en "dos manos en ademán de saludo". El juzgado prefiere no complicarse la vida y ventila rápidamente el asunto: el 13 de niviembre cierra el expediente, no hay noticia que ni caja ni huesos sean repuestos en el nicho 48, piso 1º, letra B, así que habrá que suponer que los restos del Cojo se quedan en el osario. Por lo menos, ni Solé ni el señor presidente de la junta del cementerio en el cargo aquel 1941 nos lo aclaran.

No és el único detalle de esta escabrosa historia que nos quedaremos con las ganas de saber: la historiadora tampoco ha encontrado rastro de la inhumación del Cojo, los días posteriores a la escabechina de Bellver, y probablemente en un ambiente algo cargado. Así que se agradecerá cualquier referencia al respecto. Añadamos para terminar que esta de profanar sepulturas es una costumbre por lo que parece bastante nuestra: muy cerca tenemos el caso del conde de España -otra tipo tirando a bestia- asesinado en 1838 al lado de Orgañá, enterrado en Col lde Nargó, y cuyo cráneo fue robado en 1840 por un tal doctor Solé -frenólgo solsonés, nada que ver con nuetsra historiadora- para iniciar inmediatamente un periplo ultramarino que habñia de pasar por las Filipinas para acabar en el despacho del célebre Marià Cubí, el mismo del callejero barcelonés, que hizo con él cosas rarísimas. Mientras tanto, a la familia del malhadado conde le dieron gato porliebre cuando años después reclamó el cuerpo para darle seultura en el panteón familiar en mallorca: un esqueleto entero, cráneo incluido, que obviamente no era el del ínclito pariente. Y todo, para ahorrarse problemas con gente tan dada al pistolón. En fin, que al lado del infausto conde, el Cojo aun salió razonablemente bien librado.

[Este artículo se publicó el 7 de enero de 2014 en El Periòdic d'Andorra]

domingo, 5 de enero de 2014

La autopista de los bombarderos

La guerra aèria a Catalunya, de David Gesalí y David Íñiguez, recupera episodios inéditos de la Guerra Civil en la Cerdaña, el Alto Urgel y Andorra.

5 de junio de 1938. A los vecinos de Ax-les-Thermes -en el Ariège, justo en la raya entre Andorra, Francia y España- los saca de la cama el petardeo de un rosario de bombas caídas del cielo y muy cerca de la llocalidad. Los testimnios del ataque hablan de "nueve aviones grises o plateados" que la prensa y la opinión pública francesa en seguida identificarán con aparatos de la aviación franquista. El paso siguiente es la santa indignacion por la temeraria violación de los facciosos: de acuerdo, el bombardeo no causa víctimas, ni tan siquiera heridos, y la única baja registrada es un poste de teléfonos que dejará a la región incomunicada durante unas horas. Pero es que los nacionales, según esta apresurada versión, se acaban de pasar por el forro el acuerdo según el cual se comprometían a respetar una zona de exclusión aérea de 50 kilómetros de profundidad a lo largo de la frontera hispanofrancesa, habían violado el espacio aéreo galo y, para colmo, habían bombardeado territorio de la República. Por si todo esto no constiyera poca ofensa, al día siguiente las baterías antiaéreas abren fuego contra otra formación de aviones (supuestamente) franquistas que, añadiendo mofa a la provocación, osa sobrevolar Osséja y Palau de Cerdaña, en la Cerdaña francesa. No tocaron ninguno, pero el revuelo que se armó fue tan monumental que el mismísimo presidente francés, Édourad Daladier, se ve obligado a visitar Ax para tranquilizar los ánimos de una población que ha visto cómo la guerra les entraba en el huerto de casa.

Hasta aquí, los hechos tal como habían quedado fijados en la prensa de la época y en la memoria popular. Han tenido que pasar 75 años para localizar a los auténticos responsables de aquellos dos raids sobre territorio francés, un incidente sin duda menor en el maremágnum de la Guerra Civil española, pero que nos toca sorprendentemente de cerca. Se trata de uno de los muchos, fascinantes y en ocasiones casi desconocidos episodios que los historiadores catalanes David Gesalí y David Íñiguez han reconstruido y documentado en La guerra aéria a Catalunya (editorial Rafael Dalmau), mamotreto de 600 páginas, profusamente ilustrado y una auténtica mina de información por la que sobrevuelan máquinas legendarias como los Katiuskas, los Chatos y los Moscas republicanos, por no hablar de los Junkers 51, los Messerschmitt Me-109 y, glups, los temibles Stuka, los bombarderos en pipcado de la Luftwaffe que en los inicios de la II Guerra Mundial se conviertireon en el terror de los ca mpos de batalla europeos (y también de la población civil que huía de primera línea). Pues su bautizo de fuego fue en España.

Columnas de humos sobre Puigcerdà (Gerona), estratégico nudo ferroviario atacado por sendas escuadrillas de S-79 el 23 de enero y el 21 de abril de 1938 con el resultado de 33 víctimas mortales. Fotografía: Fondo M. Buades / La guerra aèria a Catalunya.

Pero volvamos al bombardeo de Ax y al raid sobre Osséja, porque resulta -dicen los autores- que no fue obra de la aviación nacional sino de la republicana. Incluso han localizado a uno de los escasos pilotos supervivientes de aquella incursión: el barcelonés Dionisi Calvarons, en la época enrolado en la 3a escuadrilla de Katiuskas con base en Bañolas (Gerona). Y recuerda Calvarons que la mañana de aquel 5 de junio la escuadrilla despegó con el objetivo de atacar a las tropas nacionales destacadas en Llavorsí, en la vecina comarca del Pallars Sobirà, hasta donde había llegado el frente; las nubes les impidieron localizar el objectivo pero -continúa el piloto- tenían que deshacerse de la carga de bombas para evitar el riesgo de explosion en el aterrizaje, así que, a una señal del jefe de escuadrilla, "las lanzamos todas a la vez: al día siguiente nos dimos cuenta de que habíamos bombardeado territorio francés y de que la prensa francesa lo achacaba a Franco. Pero todo dios calló..."

El 6 de junio se repite la historia, pero ahora con una escuadrilla de nueve bombarderos Natacha procedentes de la Garriga (Barcelona) que, después de bombardear, ellos sí, Llavorsí, sobrevuelan de regreso a la base Andorra y, por error, Osséja y Palau, donde los recibe el comité de bienvenida de la defensa antiaérea gala. Especula Gesalí que esta flagrante violación del espacio aéreo andorrano (!?) debía ser práctica habitual en la época: el plan de vuelo establecía una aproximación al campo de batalla que permitiera a los aparatos escapar en dirección a las líneas propias por si eran tocados o perseguidos por los cazas enemigos. Es decir: describir una gran vuelta por el norte para luego bajar hasta Llavorsí, descargar las bombas y salir volando (!) en dirección a la zona republicana, pasando si hacía falta sobre Andorra, cuya fuerza militar se limitaba en esos momentos a seis policías, seis, desplegados por todo el país, y donde no se arriesgaban por lo tanto a un recibimiento como los que brindaban los siempre hospitalarios franceses.

Foto de familia de los pilotos de la 3a escuarilla de Katiuskas de la aviación republicana, responsable del bombardeo accidental de Osséja, el 5 de junio de 1938. Dionisi Calvarons es el primero por la izquierda. Fotografía: Asociación de aviadores de la República / La guerra aèria a Catalunya.

Puigcerdá bajo las bombas
Ya que estamos, digamos antes de acabar con este episodio que así como el Katiuska era el bombardero estrella de la aviación republicana -un bimotor de fabricación soviética capaz de transportar hasta 700 kilos de bombas- el Natahca, que también era un bimotor, era desesperantemente lento que había quedado obsoleto y que en caso de contacto con el enemigo no tenía ninguna posibilidad. Todo lo contrario de los flamantes Savoya S-79 de la Aviazione Legionaria italiana, orgullo de Mussolini, que en sendas incursiones sobre Puigcerdá -el 23 de enero y el 21 de abril de 1938- causaron 34 víctimas mortales. La primera la perpetraon tres escuadrillas de S-79 -nueve aviones- pilotados por tripulaciones españolas, con el magro consuelo de que unos de los savoya fue tocado y se vio obligado a un aterrizaje de emergencia, quedando fuera de combate; la incursión del 21 de abril, por las escuadrillas 4G-28 y 5G-28, cinco o seis aparatos que hacen blanco en la estación de tren de la localidad, como prueba la espectacular fotografía de aquí arriba.

Esta condición de nudo ferroviario confería a Puigcerdá la desventurada condición de objetivo estratégico. Un caso similar al de Adrall: el bombardeo de la central térmica de este pueblo del Alto Urgel, en la primavera de 1938, formaba parte de la ofensiva nacional contra la infraestructura eléctrica que abastecía de fluido a la industria de guerra catalana. La operación corrió también de cuenta de una escuadrilla de S-79, trimotor de gran capacidad -hasta 1.200 kilos de bombas, superior incluso a los Katiuskas- y tan rápido que quedaba fuera del alcance de los cazas republicanos: no abatieron ni uno en toda la guerra. Pero a veces la guerra depara unas migajas de jsuticia digamos poética: dice Gesalí que las victorias de sus Savoya en España dieron a Mussolini una falsa sensación de superioridad que pagó cara, carísima, cuando la Aviazione hubo de enfrentarse a los Spitfire y Hurricane británicos, rivales mucho más temibles que los entrañables y obsoletos Chatos republicanos.

Bombardeo de la central térmica de Adrall, Lérida, a cargo de una escuadrilla de S-79, en la primavera de 1938. Fotografía: La guerra aèria a Catalunya.

La guerra aèria a Catalunya es, en fin, un pozo sin fondo: también asoma por aquí el sevillano Francisco Alférez, el único piloto republicano que abatió un Stuka aleman en combate: fue el 21 de enero de 1939, durante el despiadado ataque final contra el puerto de Barcelona -370 toneladas de bombas en cuatro días- y a los mandos, atención, de un humilde Chato. También recogen los autores el duelo involuntario que enfrentó a dos de los ases de la guerra civil: el republicano Francesc Vinyals y el nacional Carlos de Haya, que el 21 de febrero de 1938, en plena batalla de Teruel, le cayó literalmente encima de su Chato para entrar inmediatamente en barrena, momento que Vinyals aprovechó para ametrallarlo: no parece un dechado de fair play, pero es la guerra.

Iñiguez y Gesalí tienen además el raro detalle de no sermoenar al personal ni de caer en la penosa y fácil tiranía del lugar común: los dos bandos -los dos- perpetraron bombardeos de represalia sobre ciudades de la retaguardia enemiga: los nacionales, en la jornada de negra de San Felipe Neri, en Barcelona; los republicanos, en Zaragoza, Teruel y Salamanca. Aprovechan para desmontar tópicos (erróneos) como los bombardeos aparentemente gratuitos de Lérida, el 2 de febrero de 1937; el Masnou, el 29 de septiembre del mismo año, y Granollers, el 31 de mayo de 1938. Por citar sólo tres de ellos. Lo que les decíamos hace un momento: una mina. Y un consejo final: corran al bazar Valira a buscar la maqueta de un Savoya; ármenla mientras leen La guerra aéria a Catalunya... y miren de vez en cuando hacia arriba, por si acaso. Charney no se lo perdería, seguro.

[Este artículo de publicó el 7 de febrero de 2013 en El Periòdic d'Andorra]

viernes, 3 de enero de 2014

Entre la farsa y el bostezo (a propósito de 'Entre el torb i la Gestapo' y II)

¡Qué vida, oigan, la de los pasadores! Todo el día viajando, alternando con gente de todas las nacionalidades -una atractiva agente del MI-6 por aquí y un oficial polaco por allá, un fotogénico maquis antifranquista (y señora) o un aviador gibraltareño, por aquello de la cosa exótica- o flirteando con alguna misteriosa francesita de la Resistencia. Pero no demasiado, porque eran gente decente que tenían a la santa esperando lealmente en casa con los chavales. Un chollo, en fin. Cuando el cuerpo no podía más, siempre cabía la posibilidad del reposo del guerrero en brazos de una de las putillas que pululaban por el Mirador. Y todo esto, bien aliñado con generosas dosis de champán francés -nada de cava, que es bebida de perdedores y mindundis. Bueno, de vez en cuando sí que podían tener algún encontronazo con la Gestapo, normalmente gentuza miserable que llevaban escrito en la cara que eran los malos del asunto, y afortunadamente obtusos como pocos. Un inconveniente fácilmente soportable con algo de deportividad británica porque al final, y con el permiso de Manel, "ja sabem que els guerrers s'avorreixen si no hi ha una mica d'acció".

En fin, que esta vida de color de rosa es la que les pintan el director Lluís Maria Güell y el guionista Joaquim Jordà a los pasadores que sacan la patita por Entre el torb i la Gestapo, la miniserie inspirada (?) en la novela homónima de Francesc Viadiu, producida el 2000 por TV3, subvencionada generosamente por el Gobierno de Andorra -con 130 de los 325 millones de pesetas del presupuesto- y reemitida la madrugada del día de San Esteban por el Canal 33. Es verdad que veníamos resabiados de casa: Joaquim Baldrch y Jaume Ros habían dicho pestes de la película, pero ingenuamente algunos pensábamos que quizás no había para tanto, que se trataba de ficción y que por lo tanto eran perfectamente comprensibles ciertas licencias poéticas.

Con este ánimo nos sentamos la madrugada del jueves delante de la televisión, ¡y cuánta razón tenían, Baldrich y Ros! ¿Por qué no les hicimos caso? Entre el torb i la Gestapo encarna y resume todos los tics, todos los vicios de la teleserie a la catalana. Todos. Y no se olvidan ni uno: personajes desprovistos de cualquier profundidad comenzando por el Viel de Antonio Valero, un blando a quien por nada del mundo confiaríamos nuestra vida; diálogos banales que se limian a remarcar lo que ya estamos viendo en la pantalla; personaje estereotipados, con buenos que lo son tanto que dan grima, como la jefa del Mirador o Joaquín, el pasador supuestamente vasco a quien algún iluminado obliga a hablar en un castellano macarrónico -¿desde cuándo los vascos chapurrean así?-, y malos a los que sólo faltan el rabo y los cuernos. Como el doctor Coco de Fermí Reixach, por ejemplo, curiosamente la criatura más simpática que desfila por esta Andorra de cartón piedra y a la que se le ven todas las cañerías, para decirlo a la manera de Marsé: Por no hablar de la producción artística, que confunde la verosimilitud con la exhibición de modelitos, automóbiles e interiores vintage, o del demoledor ritmo de caracol que lastra la trama. Más que de caracol, absoluta falta de ritmo: no ocurre nada (o casi nada) a lo largo de los 180 minutos de Entre el torb i la Gestapo, los personajes se limitan a intercambiar frases tópicas como si fueran autómatas, y todo esto en una serie se supone que de espías, en plena II Guerra Mundial.

El hotel Mirador de Andorra la Vella, según la versión televisiva de Entre el torb i la Gestapo: cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, comenzando por el hormigueo de gente que convierte la Andorra de 1943 -apenas 6.000 habitantes en todo el país- en las Ramblas barcelonesas en hora punta. O casi. [Fotografía: Televisió de Catalunya].

Prohibido aburrir
El asunto es todavía peor cuando al director le da por ponserse épico. Aquí sí que naufraga lastimosamente. Las escasísimas escenas de acción -el enfrentamiento, es un decir, entre el vasco (?) Joaquín y el colaboracionista Lemmonier en los túneles de la Massana, por no hablar del asalto al café Tout va bien- no tienen ninguna grandeza, invitan a la incredulidad y, lo que es peor, al bostezo. El momento culminante de este juego de despropósitos es la noche de Fin de Año en el Mirador en que los refugiados catalanes desafían a los agentes alemanes presentes en el hotel a golpe de Segadors. Es evidente, por no decir ingenuamente obvio, que pretende ser un homenaje a la Marsellesa que Laszlo y sus compis se marcan en Casablanca. Pero es que más que un homenaje, aquellos acaba conviertiéndose en una farsa. Involuntaria, por supuesto, con una batallita a tortzao (?) limpio que antes parece el vagón de los hermanos Marx que el Rick's del gran Humphrey. Hay que ser muy ingenuo, conocer muy poco el carácter local -que toleraba, sí, la presencia de refugiados, pero siempre que no llamasen demasiado la atención, y que no habría consentido jamás este abierto desafío al poder alemán- y hacer absoluta abstracción del momento bélico -Hitler es todavía el amo y señor de casi toda la Europa continental- para imaginar que un episodio así era posible en la Andorra de 1943.

Lo decía Ros en junio de 2000, con la sangre todavía caliente después de haber presenciado este burdo ejercicio de historia contrafactual: "Nos jugábamos la vida, no estábamos para alegrías como ponernos a cantar Els Segadors en la barra del bar. El himno lo llevábamos dentro, bien escondidito". ¿Y las putillas? "En el Mirador no había señoritas, y mucho menos champán. ¡Pero si era los años más duros del racionamiento! La vida del refugiado equivalía a miseria: puta miseria". Por todo lo que antecede sonó a completa impostura la entrevista masaje que Àlex Gorina, el crítico de cine oficial de TV3, le dispensó en el entreacto al director del artefacto, prodigando los elogios y vendiendo Entre el torb i la Gestapo poco menos que como una obra maestra del género, y comparándola repetidamente -atención, sacrilegio- con Casablanca, claro, y con Los cañones de Navarone. ¡Madre mía!

Llegamos al final y todavía no hemos hablado de la presunta participación andorrana en todo esto. Se ve que los 130 millones sólo daban derecho a colar algún remoto exterior nevado -con nieve de mentirijillas, claro- y un par de figuraciones de Xavi Fernández, aquí en la piel de un reluciente zapatero, y de Pere Tomàs, improbable mosén más improbablemente aún compinchado con la cadena de Viel. Ni una triste vista del casco antiguo de la capital -no sé, la plaza Monjó, la calle de la Vall, los restos del auténtico Mirador... Nada de nada. De hecho, el Mirador es puro cartón piedra recreado en el plató, y las calles de la capital parecen las Ramblas en hora punta -miren la foto de aquí arriba. Pues bien, resulta que la Andorra de 1943 era un país casi despoblado, con apenas 5.000 habitantes.

Uno de los momentos mas cómicos y reveladores, porque delata el absoluto desconocimiento del terreno que pisan director y guionista, es cuando Viel se despide de la casera del Mirador. Hay besos, hay lagrimitas y hay de todo, porque se quieren mucho -pero sin doblez, que estamos hablando de luchadores antifascistas- y les duele separarse. Como si se largara a la otra esquina del mundo. Pues no: Viel se muda a Sant Julià de Lòria, a apenas 10 kilómetros de Andorra la Vella. No parace distancia suficiente para justificar tanta efusión sentimental, y menos aún en un hombre acostumbrado a lidiar con agentes dobles, espias de todo pelaje y oficiales de la Gestapo.

Con todo, el mayor problema de Entre el torb i la Gestapo no es que confunda ficción y realidad, como denunciaban Baldrich y Ros -"Lo mínimo que se les debería exigir es que no mixtifiquen la historia, que expliquen los hechos tal como ocurrieron", decía el segundo. La primera obligación de una supuesta película de acción debería ser no aburrir al espectador. Por eso, lo peor de todo es que el engendro de Güell y compañía deviene una película larga, plana, mortalmente aburrida. Y con el material con el que contaban, esto sí que no tiene perdón de Dios. Vaya, que más que Entre el torb i la Gestapo, va y les salió Entre la farsa y el bostezo.

[Artículo publicado el 3 de enero de 2014 en El Periòdic d'Andorra]

jueves, 2 de enero de 2014

Andorra durante la II Guerra Mundial: una recapitulación sobre la epopeya de los pasadores

[He aquí un primer intento de ordenar de forma más o menos sistemática los datos, fechas, lugares y nombres que cuando se publicó el artículo -agosto de 2006, en la desaparecida revista Informacions- había ido recopilando en entrevistas y reportajes que empezaban a tener cierta unidad temática y cierto peso físico, pero a los que faltaba un hilo conductor, quizás por la inexistencia de bibliografía específica sobre la materia. Conviene tener en cuenta que aun no se habían publicado las dos monografías hoy canónicas sobre la epopeya de los pasadores en Andorra y en Cataluña, Las montañas de la libertad, de Josep Calvet, y Guies, fugitius i espies, de Claude Benet]

La historiografía académica comienza a ocuparse del papel decisivo que contrabandistas, maquis y particulares, pero también oportunistas, vividores y aventureros de todo pelaje, tuvieron durante la II Guerra Mundial en el paso de los Pirineos de pilotos aliados abatidos en los cielos de la Europa ocupada y de refugiados de todas las nacionalidades que huían de los nazis. El historiador leridano Josep Calvet se ha sumergido en los archivos del Pallars Sobirà y del Alto Urgel, ha sistematizado los datos y ha recogido el testimonio de los últimos supervivientes de aquella epopeya.

La historia de los pasadores combina épica, tragedia e idealismo, así como una persistente leyenda negra que la ha convertido en materia ideal para la ficción literaria y cinematográfica, incluso para el periodismo sensacionalista -aquella serie de reportajes de la revista Reporter de los años 70...- pero en cambio la historiografía más o menos oficial se había olvidado de ella. Sólo ahora, cuando apenas queda un puñado de supervivientes de aquella gesta que puedan evocar los hechos, los historiadores profesionales comienzan a interesarse por un episodio quizás marginal en el maremágnum de la guerra, pero que constituye la principal contribución de los vecinos de los Pirineos -convertidos en puerta de la libertad- al esfuerzo de guerra y finalmente a la victoria aliada. Calvet, que prepara una tesis doctoral sobre la materia, ha investigado los registros de las prisiones de la Seo de Urgel y de Sort, y ha sistematizado e interpretado los datos disponibles: cantidad y nacionalidad de los evadidos que acabaron en el calabozo; el periplo que seguían los que llegaban a España y eran capturados por la guardia civil de fronteras; las diferentes fases que el goteo de fugitivos experimentó durante la guerra; las peculiaridades de Andorra en este juego, y la credibilidad de los rumores de expolios, incluso de asesinatos, que salpican el episodio de los pasadores.

Sobre este último punto, el más controvertido y el que hasta la fecha ha hecho correr más tinta, Joaquim Baldrich (el Pla de Santa Maria, Tarragona, 1917-Escaldes, Andorra, 2012) ha explicado cómo en cierta ocasión en que volvía de Acs-les-Bains con dos aragoneses que como él ejercían de guías, al llegar a la cima del Port Negre le oyó decir a uno de ellos: "Aquí descansan". Los que descansaban eran dos parejas de refugiados belgas a los que, continúa Baldrich, habían asesinado y robado, después de violar a las mujeres. Calvet no cuestiona el testimonio de Baldrich -que sostiene que llegó a ver el brazo congelado de una de las víctimas enterradas en la nieva- pero tampoco oculta sus reservas sobre la rumorología que se ha generado alrededor de este oscuro punto: "Sólo he podido documentar el caso de una familia de judíos que salió de Luzenac y que se dirigía a Barcelona a través de Andorra. Después de dos meses sin tener noticias de ellos, los familiares se pusieron en contacto con el consulado español en Lyon. Se abrió una investigación y resultó que el guía los había liquidado cuando todavía se encontraban en territorio francés. Lo detuvieron. Se sabe que hubo casos de pasadores que cuando llegaban a las proximidades de la frontera abandonaban a los fugitivos, incluso los engañaban y les indicaban caminos erróneos que los acababan conduciendo a manos de los alemanes. Pero si los asesinatos hubiesen sido tan habituales como en ocasiones que ha dicho, tendríamos más denuncias como las de esta familia judía. Además, hay que tener en cuenta que todo este asunto se presta a la especulación y al sensacionalismo, y acusaciones tan graves hay que probarlas. No vale con los rumores."

Calvet ha determinado que fueron alrededor de 60.000 los fugitivos detenidos por la guardia civil después de cruzar los Pirineos. De esta cifra infiere que el total de los evadidos -incluidos los que no fueron capturados- podría oscilar entre los 80.000 y los 100.000 para toda la cadena. Por lo que respecta a nacionalidades, y tomando como referencia los detenidos en 1943, entre el 70 y el 80% eran ciudadanos franceses o canadienses -en realidad, muchos de estos últimos eran franceses que se hacían pasar por quebequeses; les seguían en orden de importancia los polacos (un 5% del total), belgas (4%), y británicos, norteamericanos y holandeses (un 3% para cada una de estas nacionalidades).

El paso de refugiados experimentó tres fases bien diferenciadas: hasta mediados de 1941 no había otro obstáculo que el burocrático. Aunque no se trataba de un obstáculo menor: había que presentar pasaporte en regla, visado de tránsito por Francia y España, y atención, un pasaje de barco que acreditara que aquella persona estaba efectivamente en tránsito.A partir de esta fecha, los consulados españoles dejan de expedir visados, se impermeabiliza la frontera y toda persona capturada en una franja de cinco kilómetros a partir de la frontera era inmediatamente repatriada. Una disposición que sólo se aplicaba -y no siempre- en lugares como el Ampurdán, donde la repatriación era sencilla. En el Pirineo central catalán, los detenidos eran mayoritariamente internados. Judíos, polacos y pilotos aliados conforan mayoritariamente estas primeras oleadas de refugiados. Los franceses empezaron a aumentar en número a partir de la ocupación de Vichy, en noviembre de 1942: huían del Servicio de Trabajo Obligatorio (STO) decretado por los alemanes, o pretendían unirse a las tropas de la Francia Libre que operaban en África. El destino habitual de los franceses era Casablanca; la de ingleses y norteamericanos, Gibraltar. El goteo de judíos comienza a declinar en los primeros meses de 1943, cuando los que se habían concentrado en Vichy han conseguido huir o han sido capturados y deportados a los campos de exterminio.

Una vez en manos de las autoridades españolas, y si conseguían evitar la repatriación fulminante, el primer paso era el confinamiento en la prisión del partido judicial -el actual parador de turismo, en el caso de la Seo- y la expedición más o menos inmediata al seminario viejo de Lérida, y de aquí a los campos de internamiento, especialmente Miranda de Ebro -nada que envidiar a los tristemente célebres de Argélers, Barcarès i Sant Cebrià-, Rocallaura i Figueras. Este era el destino habitual de los hombres en edad militar, entre los 18 y los 40 años. El internamiento, que podía prolongarse hasta seis meses, se fue acortando, especialmente a partir de enero de 1943, cuando la batalla de Stalingrado despejó dudas y dejó claro que la derrota alemana era sólo cuestión de tiempo, y convenció a las autoridades franquistas que convenía estar a buenas con los aliados. Los aviadores recibían habitualmente un trato privilegiado, dentro de este contexto: en la Seo, por ejemplo, los derivaban a los hoteles Andria y Mundial; en Sort, al Pessets. Mujeres y niños quedaban en libertad si eran detenidos en Lérida, y la política oficiosa era la de no separarlos del cabeza de familia. En Gerona, en cambio, hombres, mujeres y niños eran separados: ellos acababan en el campo de internamiento; ellas, en la prisión de mujeres; los pequeños, en el hospicio.

El campo de internamiento ha dejado un recuerdo nefasto en muchos de los que experimentaron en carne propia, sobre todo el superpoblado de Miranda. Es el caso del político luxemburgués Emile Krieps (1920-1998), ministro de Defensa en los años 80 y que, según ha comprobado Calvet, pasó por los Pirineos -probablemente a través de Andorra, quizás de la Cerdaña- en noviembre de 1942: "Conservó durante toda la vida un cierto resentimiento hacia España. Como él, hay muchos otros que no perdonan el trato que recibieron como refugiados. Pero si bien son ciertas las privaciones que padecieron, así como las durísimas condiciones de vida en los campos, también lo es que no se pueden comparar con las que imperaban en los campos nazis. Como me explicó una vez uno de estos fugitivos, judío en su caso, el internamiento era tan sólo una etapa de un camino que en su caso terminó en los EEUU. Su hermano, que prefirió quedarse en Bélgica, fue deportado y no sobrevivió".

¿Cuál es el papel de Andorra en todo este tráfico? Las cadenas de evasión descubrieron el Principado en 1942, cuando españoles y alemanes estrechan la vigilancia de los pasos más accesibles, como el Ampurdán y el País Vasco. La escasa bibliografía existente ha dejado constancia de que desde Andorra operaban como mínimo las cadenas Alexis, la de Francesc Viadiu; la de Antoni Forné y Joaquim Baldrich -bautizada a posteriori como Tolosa-la Massana-Barcelona- y la mucho más célebre línea Ponzán, con base en el hotel París de Tolosa. "Teniendo en cuenta que Andorra era relativamente accesible desde el punto de vista orográfico -y por lo tanto, especialmente apta para familias con niños y personas mayores- era previsible una amplia lista de detenidos en la caserna de la Seo. Pero sorprendentemente, sólo constan unos 400 nombres. Poquísimos si lo comparamos con los alrededor de 3.000 registrados en Sort, etapa final de una vía mucho más difícil. ¿Por qué se produce, este fenómeno? Quizás porque los guardias de la Seo estaban más untados que los de otros puestos fronterizos. Quizás porque los pasadores andorranos obtuvieron unas altas cotas de eficacia debido a que eran en su mayoría contrabandistas profesionales, y no aventureros ocasionales". Añadamos que Badrich sostiene que a lo largo de su carrera como guía pasó a 380 refugiados -y sin ninguna baja, como le gusta recordar- una cifra que ella sola casi iguala la de los que fueron capturados por las autoridades españolas en la Seo. Y por lo que parece, por aquí había unos cuantos Baldrichs más.

Aparte de los guías sin escrúpulos que se aprovecharon del estado de necesidad de los fugitivos, Calvet ha seguido la pista de otro aventurero que vio la ocasión de pescar en río revuelto: un tal Fornesa, agente de bolsa que había tenido cierto papel político en la Seo antes de 1936, refugiado en París durante la guerra civil y que reaparece en 1940 en la capital del Alto Urgel: según el historiador, los servicios secretos españoles lo tenían fichado como agente de una cadena que operaba desde Sant Julià de Lòria.

Si el paso de fugitivos es un hecho contrastadísimo y relativamente conocido, no lo es tanto -por no decir en absoluto- la última aportación de Calvet: el tráfico de refugiados no se acabó en Andorra con el desembarco de Normandía y la liberación de Francia, en el segundo semestre de 1944. Al contrario, hasta 1949 -cuatro años después del fin de la guerra- las rutas de evasión continuaron abiertas y activas. Ahora ya no eran judíos perseguidos, ni pilotos aliados abatidos, ni personalidades políticas de los países ocupados, sino oficiales alemanes, militantes o simpatizantes del partido nazi -Calvet se atreve a hablar de decenas, quizás un centenar de ellos- que habían conseguido evadirse de los campos de prisioneros aliados. Esperaban encontrar refugio en la España franquista, y quizás ayuda para trasladarse a la América del Sur: "No eran jerarcas como Léon Degrelle o Pierre Laval, sino cuadros medios u oficiales de baja graduación, y Franco no dudó en entregarlos a los aliados si los cazaba". En estos casos, y contrariamente a las cadenas que operaban durante la guerra -que desembocaban mayoritariamente en el Alto Urgel o la Cerdaña por Os de Civís, la Portella de Joan Antoni y el valle de Incles- las rutas seguidas por los epígonos del nazismo penetraban en el Pallars Sobirà por el lugar de Tor, que añade sí otro elemento siniestro a su peculiar y sangrienta historia.

Mientras Calvet encarna a la nueva generación de investigadores que aborda sistemáticamente uno de los momentos más apasionantes y mal conocidos de nuestra historia reciente, el empresario Claude Benet representa al historiador aficionado que lucha -con frecuencia contra los elementos- para salvar del olvido los últimos esbozos de memoria de esta gesta. Estirando el hilo de Baldrich, Benet ha llevado a cabo un trabajo detectivesco para localizar a supervivientes de aquella epopeya. Suyos son testimonios inéditos como el de Réné Felez, passeur de Acs dels Tèrmens, que transportaba personas y documentos a través de Andorra y que en cierta ocasión presenció, sostiene, cómo una patrulla alemana entraba en el valle de Incles, en territorio andorrano y, por tanto, fuera de la jurisdicción de las tropas germanas. "Tuvo la fortuna de que no se les ocurrió entrar en la cabaña -todavía hoy existente- en que se había ocultado. Pero la anécdota demuestra que, contra lo que se acostumbra a decir, los alemanes sí que patrullaban por Andorra, aunque fuera discretamente."

Entre los nombres propios rescatados por Benet están los de Maurice Roth, judío francés residente actualmente en Haifa (Israel), a quien sus padres habían ocultado en una granja gentil a la edad de 7 años para evitarle la deportación: "De Andorra sólo recuerda el nombre, y desde entonces esta palabra ha sido para él sinónimo de libertad. Tenemos que ponernos en la piel de esta pobre gente que llegaba a un lugar, Andorra, del que probablemente nunca antes habían oído hablar, después de haber caminado decenas, puede que centenares de kilómetros en condiciones generalmente muy precarias". Roth ha escrito parte del periplo en sus memorias, L'enfant coq. Benet también contactó con el sargento Maurice Collins, piloto del 226 escuadrón de bombardeo de la RAF, abatido en el norte de Francia y que llegó por sus propios medios a Andorra a finales de 1942.

Una tercera historia es la de monsieur Tonneau, cónsul belga en la ciudad francesa de Foix y antinazi notorio, pero a quien su afición a la bebida convirtió en un delator involuntario. Cuando su indiscreción se convirtió en una amenaza para la seguridad de las cadenas de evasión, los servicios secretos ingleses lo hicieron nombrar cónsul de Bélgica en Andorra. Y monsieur Tonneau desapareció sin dejar rastro cuando se dirigía a tomar posesión de su nuevo cargo... Más incierto, pero mucho más flamante, es el caso del mariscal Lattre de Tassigny, que había dado a las fuerzas bajo su mando la orden de resistir la ocupación alemana de la Francia de Vichy, y que por esta razón fue recluido en Riom: "Un passeur me explicó que había conducido a un alto oficial francés que al llegar a Andorra se desabrochó la guerrera y sacó una bandera tricolor que llevaba oculta en el pecho. Quizás fuese Lattre..." Una escena sospechosamente cinematográfica convendrá el lector, que obliga a consignarla entre interrogantes, como piadosamente indica Benet. De hecho, otras fuentes aseguran que el futuro mariscal -y jefe de las fuerzas francesas en Indochina- escapó a bordo de un avión de la RAF que lo recogió en la localidad de Manziat dans l'Ain...

Sea o no cierto -como el supuesto paso por Andorra de parte de la familia Rotshchild, que Alberto Poveda apunta en Paso clandestino, la historia de Lattre pone en evidencia la necesidad de poner algo de orden y de rigor académico en una materia tan apropiada para la mistificación. El mismo Benet se sorprende del escaso eco que ha despertado el caso de Baldrich, hasta el punto que ha tenido un historiador foráneo, el mismo Calvet, quien ha recogido el testimonio del último de nuestros pasadores para un documental: "Es un tema difícil, en el que no todos sus participantes jugaron limpio. Hay quien cree que es mejor dejarlo como está y no revolver el asunto. Pero precisamente por este mismo motivo, considero que hay que recordar y honrar a los muchos que sabemos que actuaron honorablemente. Entiendo que justo después de la guerra, cuando afluyeron a Andorra inmigrantes de muy diverso color político, evitar según qué temas evitaba incómodas confrontaciones. Pero ha pasado mucho tiempo y no debemos tener miedo a conocer nuestro pasado".

[Este reportaje se publicó en agosto de 2006 en la revista Informacions]

miércoles, 1 de enero de 2014

Raginis: una evasión de película

Se lo presentábamos días atrás en este mismo rincón de blog: Witold Raginis, un chaval polaco, casi un niño, nacido en 1923 y que constituye la última aportación del historiador Claude Benet -vía Portella- a la epopeya de los pasadores. Raginis es otro de los aviadores con nombre y apellidos abatido en los cielos de la Europa ocupada durante la II Guerra Mundial que pasaron por Andorra huyendo de los nazis y camino del consulado británico en Barcelona después de una peripecia digna de película y de quien Benet ha localizado el rastro. Con mejor fortuna para nuestro protagonista de hoy, digámoslo antes de continuar, que oara Francis Owens, William Plasket y Harold Bailey, de los que dábamos cienta en juna entrada anterior y que se dejaron la piel en el intento.

El caso es que la historia de Raginis la recoge su paisano Wilhelm Ratusynski en un documentadísimo, fascinante portal -Polish Squadrons Remembered- que repasa la trayectoria de un buen puñado de entre los miles de militares polacos que sirvieron en las fuerzas aéreas aliadas, especialmente en la Royal Air Force. De nuestro héroe del día ha recuperado, e incluso clogado, hasta el informe oficial de evasión, clasificado en su momento como "most secret" por el MI-9 -el departamento de la Inteligencia Militar británica que se encargaba de infiltrar agentes tras las líneas enemigas y de recoger (y verificar) el testimonio de los evadidos- y contiene suculentos detalles de la odisea de Raginis. Veámoslos.

El periplo de este antiguo estudiante de 19 años que había residido en Francia desde 1923 y que en septiembre de 1941 había pasado a Inglaterra para enrolarse en la RAF -"Sin el permiso de mis padres", dice en el informe- acabó felizmente, ya lo habíamos avanzado, con su llegada a Andorra el 3 o el 4 de noviembre de 1943, diez días después de que Owens y compañía murieran de frío en el Port del Rat. Pero arranca quince meses antes. Exactamente, el 20 de agosto de 1942, cuando el bombardero Wellington IV del 305 escuadrón de la RAF donde servia como artillero de cola fue tocado por las defensas antiaéreas germanas -los temibles y eficaces Flak, el cañón de 88 milímetros que perforaba cualquier blindaje que se le ponía por delante y que fue incluso utilizado como letal arma antitanque- en una misión para sembrar de minas la rada de Brest y se ve obligado a un amerizaje de emergencia. Ya vemos que la cosa empieza bien. Los cinco hombres de la tripulación son rescatados por pescadores locales y entregados a la guarnición alemana de la ciudad, que los trata con sorprendente humanidad, y comienza para Raginis un larguísimo peregrinaje como P/W, las siglas inglesas para Prisionero de Guerra. Primero, los interrogatorios de turno, en París y luego en Frankfurt. Los oficiales de inteligencia -¿recuerdan el fulano que mutila a Willem Dafoe en El paciente inglés?- muestran un comprensible interés por averiguar su escuadrón, la misión en que fue abatido y los nombres del resto de la tripulación. Raginis se niega a responder. Primero lo consigue -"No recurrieron ni a amenazas ni a violencia alguna, el interrogador mostró maneras amables", afirma- pero en seguida se cansan del juego, se olvidan de las buenas maneras, le ordenan mantenerse en posición de firmes cuando le interrogan y le someten a una dieta de pan y agua.

Un Wellington IV de los escuadrones polacos de la RAF. El sargento artillero Witold Raginis tripulaba unos de estos aparatos cuando fue derribado en una misión sobre Brest, el 20 de agosto de 1942.

Pero vuelve a salirse con la suya, y sin chivarse. Al menos, esto es lo que parece deducirse del informe oficial. Lo transfieren a un campo de P/W en Lamsdorf (Alemania), donde permanecerá durante seis meses, "la mayor parte del tiempo encadenado". Aquí cambia de identidad con otro P/W, el soldado raso Edward Lehem, y ya con su nueva identidad lo envían a un nuevo campo de trabajo, ahora a Tarnoweskie, en la Silesia alemana, donde contactara con un futuro compañero de escapada andorrana -el sargento Piotr Bakalarski, polaco como él y piloto del 300 escuadrón de bombardeo de la RAF abatido el 27 de julio de 1942 al norte del estuario del Elba, cuando regresaba a bordo del Wellington que pilotaba de una incursión sobre Hamburgo. Raginis i Bakalarski -de quien también conocemos el informe de evasión- se presentan voluntarios para un kommando de mineros y los trasladan a la localidad polaca de Beuthen, donde protagonizarán el primer intento de fuga por el sencillo expediente de cortar la reja del campo.

Estamos ya en septiembre de 1943, más de un año después de caer en manos alemanas. Bakalarski tiene la mala fortuna de ser interceptado por una patrulla de la Gestapo que justo en ese momento, y en ese lugar, se encontraba cazando miembros de la Resistencia polaca. Pero tuvo suerte: a su guía lo liquidan sin contemplaciones. Raginis, siempre afortunado, se oculta en una granja, contacta con la Resistencia, lo conducen a Cracovia -donde permanecerá siete semanas, tiempo suficiente para reencontrarse con Bakalarski, que se había vuelto a fugar- y haciéndose pasar por trabajadores polacos consiguen llegar a Francia: el 18 de agosto se encuentran en Sarrenbourg; el 15 de septiembre, en Luneville; y el 25 de octubre comienzan la travesía de los Pirineos. Su grupo lo forman cuatro militares aliados -Raginis, Bakalarski, un tal sargento Philo, y un soldado neozelandés a quien llaman Hatson- más un guía local.

La excursión hasta Andorra, que tenía que durar ocho horas, se prolonga de forma inquietante: a las 6 de la tarde, después de 18 horas andando, todavía no han llegado ni a la frontera, Hatson no puede más y Raginis y el guía deciden adelantarse para pedir ayuda. A la altura de Fontargent, el guía lo abandona. Raginis está a punto de ser sorprendido por una patrulla alemana, pero con su fortuna habitual da con un grupo de trabajadores que le permiten quedarse tres días en su cabaña; llega como puede a Aston, roba una bicicleta en la carretera de Ax y contacta en Urs con el guía español que había desaparecido en Fontargent, que le presta un último servicio -quizás para hacerse perdonar la felonía- y lo acompaña en tren hasta Merens, lo empaqueta hacia Ospitalet y el 3 o el 4 de noviembre por la noche -no queda claro el día- comienza la última y ahora sí definitiva etapa: en cinco horas se planta "a 8 quilómetreos al sudeste de Soldeu" -que para un fugitivo de la Gestapo ya es concretar- donde encuentra un hombre que le confirma que sí, que se encuentra por fin en Andorra, tierra de promisión. Está salvado. Continúa a pie, incansable, hasta Escaldes, y el final es digno de un hombre que ha sobrevivido al impaxto de un Flak, a un amerizaje forzoso, a los interrogatorios de la Gestapo y, en fin, a quince meses de hospitalidad nazi: "El viaje a España me lo gestioné yo mismo". Raginis se encuentra el 29 de noviembre de 1943 en Gibraltar, y al día siguiente, en Whitchurch, Inglaterra. Toma ya.

La lástima es que, a diferencia de los compañeros de escapada de Owens, lo ignoramos todo -de momento, claro- sobre qué fue de Raginis después de su odisea bélica: ¿volvió a su puesto de artillero de cola de los escuadrones de bombarderos polacos de la RAF? ¿Sobrevivió a la guerra? ¿Volvió quizás a Montluçon, la localidad auvernesa donde residía en tiempos de paz? ¿Y a Andorra? ¿Acabó, en fin, sus interrumpidos estudios?

Ni idea. Pero volvamos a Fontargent: ¿qué ha pasado mientras tanto con Bakalarski, Philo y Hatson? Según el primero, el soldado neozelandés murió en la montaña, en algún lugar al norte del pico de Rhule, dice Bakalarski, el mismo 25 de octubre que perdieron de vista a Raginis y al guía. Al día siguiente tiene que curar los pies congelados de su compañero Philo, y el 27 encuentran refugio en otra cabaña de pastor, siempre tan oportunas, después de haber evitado, continúa Bakalarski, a los "gendarmes de montaña andorranos"... Un cuerpo por otra parte en aquellos tiempos inexistente. Pero tampoco nos vamos a poner ahora quisquillosos con la memoria del bueno de Baka. Habían tardado dos días y una noche en recorrer el camino entre Luneville y Andorra. A Raginis todavía le quedaban diez de maratón. Pero por lo menos no se quedó en la montaña como Hatson.

[Este artículo se publicó el 13 de junio de 2013 en El Periòdic d'Andorra]