Blog de temática preferente pero no exclusivamente bélica que se fijará sobre todo en los episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y la postguerra, con ocasionales singladuras a alta mar, ultramar y si conviene más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

viernes, 3 de enero de 2014

Entre la farsa y el bostezo (a propósito de 'Entre el torb i la Gestapo' y II)

¡Qué vida, oigan, la de los pasadores! Todo el día viajando, alternando con gente de todas las nacionalidades -una atractiva agente del MI-6 por aquí y un oficial polaco por allá, un fotogénico maquis antifranquista (y señora) o un aviador gibraltareño, por aquello de la cosa exótica- o flirteando con alguna misteriosa francesita de la Resistencia. Pero no demasiado, porque eran gente decente que tenían a la santa esperando lealmente en casa con los chavales. Un chollo, en fin. Cuando el cuerpo no podía más, siempre cabía la posibilidad del reposo del guerrero en brazos de una de las putillas que pululaban por el Mirador. Y todo esto, bien aliñado con generosas dosis de champán francés -nada de cava, que es bebida de perdedores y mindundis. Bueno, de vez en cuando sí que podían tener algún encontronazo con la Gestapo, normalmente gentuza miserable que llevaban escrito en la cara que eran los malos del asunto, y afortunadamente obtusos como pocos. Un inconveniente fácilmente soportable con algo de deportividad británica porque al final, y con el permiso de Manel, "ja sabem que els guerrers s'avorreixen si no hi ha una mica d'acció".

En fin, que esta vida de color de rosa es la que les pintan el director Lluís Maria Güell y el guionista Joaquim Jordà a los pasadores que sacan la patita por Entre el torb i la Gestapo, la miniserie inspirada (?) en la novela homónima de Francesc Viadiu, producida el 2000 por TV3, subvencionada generosamente por el Gobierno de Andorra -con 130 de los 325 millones de pesetas del presupuesto- y reemitida la madrugada del día de San Esteban por el Canal 33. Es verdad que veníamos resabiados de casa: Joaquim Baldrch y Jaume Ros habían dicho pestes de la película, pero ingenuamente algunos pensábamos que quizás no había para tanto, que se trataba de ficción y que por lo tanto eran perfectamente comprensibles ciertas licencias poéticas.

Con este ánimo nos sentamos la madrugada del jueves delante de la televisión, ¡y cuánta razón tenían, Baldrich y Ros! ¿Por qué no les hicimos caso? Entre el torb i la Gestapo encarna y resume todos los tics, todos los vicios de la teleserie a la catalana. Todos. Y no se olvidan ni uno: personajes desprovistos de cualquier profundidad comenzando por el Viel de Antonio Valero, un blando a quien por nada del mundo confiaríamos nuestra vida; diálogos banales que se limian a remarcar lo que ya estamos viendo en la pantalla; personaje estereotipados, con buenos que lo son tanto que dan grima, como la jefa del Mirador o Joaquín, el pasador supuestamente vasco a quien algún iluminado obliga a hablar en un castellano macarrónico -¿desde cuándo los vascos chapurrean así?-, y malos a los que sólo faltan el rabo y los cuernos. Como el doctor Coco de Fermí Reixach, por ejemplo, curiosamente la criatura más simpática que desfila por esta Andorra de cartón piedra y a la que se le ven todas las cañerías, para decirlo a la manera de Marsé: Por no hablar de la producción artística, que confunde la verosimilitud con la exhibición de modelitos, automóbiles e interiores vintage, o del demoledor ritmo de caracol que lastra la trama. Más que de caracol, absoluta falta de ritmo: no ocurre nada (o casi nada) a lo largo de los 180 minutos de Entre el torb i la Gestapo, los personajes se limitan a intercambiar frases tópicas como si fueran autómatas, y todo esto en una serie se supone que de espías, en plena II Guerra Mundial.

El hotel Mirador de Andorra la Vella, según la versión televisiva de Entre el torb i la Gestapo: cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, comenzando por el hormigueo de gente que convierte la Andorra de 1943 -apenas 6.000 habitantes en todo el país- en las Ramblas barcelonesas en hora punta. O casi. [Fotografía: Televisió de Catalunya].

Prohibido aburrir
El asunto es todavía peor cuando al director le da por ponserse épico. Aquí sí que naufraga lastimosamente. Las escasísimas escenas de acción -el enfrentamiento, es un decir, entre el vasco (?) Joaquín y el colaboracionista Lemmonier en los túneles de la Massana, por no hablar del asalto al café Tout va bien- no tienen ninguna grandeza, invitan a la incredulidad y, lo que es peor, al bostezo. El momento culminante de este juego de despropósitos es la noche de Fin de Año en el Mirador en que los refugiados catalanes desafían a los agentes alemanes presentes en el hotel a golpe de Segadors. Es evidente, por no decir ingenuamente obvio, que pretende ser un homenaje a la Marsellesa que Laszlo y sus compis se marcan en Casablanca. Pero es que más que un homenaje, aquellos acaba conviertiéndose en una farsa. Involuntaria, por supuesto, con una batallita a tortzao (?) limpio que antes parece el vagón de los hermanos Marx que el Rick's del gran Humphrey. Hay que ser muy ingenuo, conocer muy poco el carácter local -que toleraba, sí, la presencia de refugiados, pero siempre que no llamasen demasiado la atención, y que no habría consentido jamás este abierto desafío al poder alemán- y hacer absoluta abstracción del momento bélico -Hitler es todavía el amo y señor de casi toda la Europa continental- para imaginar que un episodio así era posible en la Andorra de 1943.

Lo decía Ros en junio de 2000, con la sangre todavía caliente después de haber presenciado este burdo ejercicio de historia contrafactual: "Nos jugábamos la vida, no estábamos para alegrías como ponernos a cantar Els Segadors en la barra del bar. El himno lo llevábamos dentro, bien escondidito". ¿Y las putillas? "En el Mirador no había señoritas, y mucho menos champán. ¡Pero si era los años más duros del racionamiento! La vida del refugiado equivalía a miseria: puta miseria". Por todo lo que antecede sonó a completa impostura la entrevista masaje que Àlex Gorina, el crítico de cine oficial de TV3, le dispensó en el entreacto al director del artefacto, prodigando los elogios y vendiendo Entre el torb i la Gestapo poco menos que como una obra maestra del género, y comparándola repetidamente -atención, sacrilegio- con Casablanca, claro, y con Los cañones de Navarone. ¡Madre mía!

Llegamos al final y todavía no hemos hablado de la presunta participación andorrana en todo esto. Se ve que los 130 millones sólo daban derecho a colar algún remoto exterior nevado -con nieve de mentirijillas, claro- y un par de figuraciones de Xavi Fernández, aquí en la piel de un reluciente zapatero, y de Pere Tomàs, improbable mosén más improbablemente aún compinchado con la cadena de Viel. Ni una triste vista del casco antiguo de la capital -no sé, la plaza Monjó, la calle de la Vall, los restos del auténtico Mirador... Nada de nada. De hecho, el Mirador es puro cartón piedra recreado en el plató, y las calles de la capital parecen las Ramblas en hora punta -miren la foto de aquí arriba. Pues bien, resulta que la Andorra de 1943 era un país casi despoblado, con apenas 5.000 habitantes.

Uno de los momentos mas cómicos y reveladores, porque delata el absoluto desconocimiento del terreno que pisan director y guionista, es cuando Viel se despide de la casera del Mirador. Hay besos, hay lagrimitas y hay de todo, porque se quieren mucho -pero sin doblez, que estamos hablando de luchadores antifascistas- y les duele separarse. Como si se largara a la otra esquina del mundo. Pues no: Viel se muda a Sant Julià de Lòria, a apenas 10 kilómetros de Andorra la Vella. No parace distancia suficiente para justificar tanta efusión sentimental, y menos aún en un hombre acostumbrado a lidiar con agentes dobles, espias de todo pelaje y oficiales de la Gestapo.

Con todo, el mayor problema de Entre el torb i la Gestapo no es que confunda ficción y realidad, como denunciaban Baldrich y Ros -"Lo mínimo que se les debería exigir es que no mixtifiquen la historia, que expliquen los hechos tal como ocurrieron", decía el segundo. La primera obligación de una supuesta película de acción debería ser no aburrir al espectador. Por eso, lo peor de todo es que el engendro de Güell y compañía deviene una película larga, plana, mortalmente aburrida. Y con el material con el que contaban, esto sí que no tiene perdón de Dios. Vaya, que más que Entre el torb i la Gestapo, va y les salió Entre la farsa y el bostezo.

[Artículo publicado el 3 de enero de 2014 en El Periòdic d'Andorra]

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