Blog de temática preferente pero no exclusivamente bélica que se fijará sobre todo en los episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y la postguerra, con ocasionales singladuras a alta mar, ultramar y si conviene más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

miércoles, 23 de abril de 2014

Esplugas City: el Far West al lado de casa

El poblado del Oeste levantado en esta localidad vecina de Barcelona por la productora Balcázar fue en los años 60 escenario de medio centenar largo de spaghetti westerns.

En septiembre de 1964 se estrenaba Por un puñado de dólares en un cine de barrio de Florencia, casi con nocturnidad y sin ninguna pretensión comercial ni mucho menos artística. Sin siquiera proponérselo, Sergio Leone acababa de revolucionar el género y de dar carta de naturaleza al spaghetti western. Por un puñado de dólares se había rodado en el pionero poblado de Hoyo de Manzanares, en un Oeste de cartón piedra situado al norte de Madrid y al que le acababa de salir competencia en Esplugas (Barcelona): ese mismo verano la productora Balcázar terminaba el rodaje de Pistoleros de Arizona, el primero de los más de setenta westerns -o películas de vaqueros, para decirlo con la terminología de la época- que produjo entre 1964 y 1972. Fue una premonición del tándem que formaban los hermanos Balcázar -Francisco y Alfonso, que se repartían las funciones de productor, el primero, y director, el segundo- y Esplugas City llegó a contar con medio centenar de edificios -incluidos el hotel, el saloon, la oficina del sheriff, herrero, establos, iglesia, barbería, banco y, claro está, patíbulo, una estupenda horca- y hasta con dos poblados temáticos anexos: uno indio y otro mexicanos.

En total, unos 10.000 metros cuadrados, aproximadamente, situados al lado del cementerio municipal de la localidad y que enseguida fueron bautizados con el nombre con el que han pasado a la pequeña historia del cine español: Esplugas City. El artífice de este Oeste del Llobregat fue el escenógrafo Juan Alberto Soler, que se inspiró abiertamente en El hombre de las pistolas de oro -dirigida por Edward Dmytryk, y con Henry Fonda y Richad Widmark como protagonistas- y que en la época todavía no había pisado ni una sola vez el auténtico Far West. Y hay que decrilo: Soler realizó un trabajo impecable, porque como indica el historiador Rafael de España, autor de Más allá de Esplugas City, "aun levantados al lado del núcleo urbano de Esplugas, los edificios estaban dispuestos de tal manera que el director podía poner la cámara donde le pareciera sin el peligro de que se le colara ninguna antena de televisión ni la chimenea de ninguna de las fábricas vecinas.

Vista aérea de Esplugas City: abajo, a la izquierda, el cementerio municipal; la construcción de la A-7, en 1967, obligó a trasladar el poblado 500 metros más allá, justo hasta donde hoy se levanta el IES La Mallola. Fotografía: Más allá de Esplugas City.

Los cowboys impusieron su ley en Esplugas City entre 1964 y 1972: Pistoleros de Arizona fue la primera película que se rodó en el poblado, y Le llamaban Calamidad, la última. Footgrafia: Más allá de Esplugas City.

Fotograma de El retorno de Gringo, secuela de Una pistola para Ringo, dirigida por Duccio Tessari y protagonizada por tres habituales de los estudios Balcázar: Giulianno Gemma, Fernando Sancho y George Martin. Fotografia: Más allá de Esplugas City.
Duelo final en Pistoleros de Arizona (1964). Fotograma: Más allá de Esplugas City.
El mexicano indolente y borrachín que interpretaba el actor aragonés Fernando Sancho -a la izquierda, comparte escena con Robert Wood en ¡Viva Carrancho!, rodada en Esplugas City- se convirtió en uno de los iconos del spaghetti western. Fotografía: Más allá de Esplugas City.
Richard Harris, a la derecha, en Un hombre llamado Caballo, que se dobló en los estudios Balcázar. Fotograma: Más allá de Esplugas City.
Daniel Martin en El último mohicano (1964), probablemente en el papel de Uncas. Fotograma: Más allá de Esplugas City.
Ejecución sumarísima en Esplugas City: Luis Induni, con la soga al cuello, Augusto Pesarini, el verdugo, y George Martin, que aparece al fondo al rescate de Induni, en El retorno de Clint el Solitario (1971). Fotograma: Más allá de Esplugas City.

El poblado de Esplugas permitió a una productora modesta como había sido hasta entonces Balcázar levantar una infraestructura industrial que en la España de la época sólo se podía comparar a lo que Samuel Bronston había proyectado en las afueras de Madrid para rodar superproducciones históricas como El Cid y Rey de reyes. Además de Esplugas City, los Balcázar construyeron estudios de rodae y de doblaje en unas naves del vecino polígono Montesa, aprovecharon la asociación con la distribuidora Filmax para conseguir subvenciones a la producción, y hasta habilitaron un hotel en el Paseo de Gracia de Barcelona -el Cristal- para alojar a las estrellas contratadas para sus películas. La nómina de éstas es larga y refulgente: Janet Leigh, Ernest Borgnine, Edward G. Robinson, Lex Barker, Charles Boyer y Robert Taylor, que rodó para Balcázar su última película, El rublo de dos caras. El resultado es que hacia 1966 ya era la principal productora "no solo de España sino probablemente de Europa, y podía competir de tú a tú con los americanos".

En la década que duraron las vacas gordas, los Balcázar produjeron -o coprodujeron- cerca de dos centenares de películas. El grueso de esta filmografía, y por lo que han pasado a la historia, se concentró en el spaghetti western, pero también financiaron decenas de títulos de lo que se podría denominar serie B europea: péplums (El triunfo de los diez gladiadores), parodias de Bond (Kiss, Kiss, Bang, Bang), exóticas aproximaciones locales al cine negro (Crónica de un atraco) y naturalmente, las inevitables españoladas (El señorito y las seductoras). Ligeramente más memorables son las películas de vaqueros: Oklahoma John, Viva Carrancho, Sangre sobre Texas, Dinamita Jim, Cuatro dólares de venganza, Doc, manos de plata...) Todas ellas, carne de cañón de las sesiones dobles de los sábados de la época.
El mérito de los Balcázar fue el de los pioneros porque, dice España, tuvieron la visión de apostar por el western en un momento en que el futuro del género no estaba en absoluto claro, porque el éxito de Por un puñado de dólares, que se estrenó después de la erección de Esplugas City, pilló por sorpresa incluso a sus artífices, que la habían concebido casi como un subproducto, con un presupuesto mínimo y un actor semidesconocido como era en aquellos momentos Clint Eastwood. Pero lo cierto es que supieron aprovechar el tirón y que más del 10% de los cerca de 600 spaghetti westerns que se rodaron en España e Italia entre 1964 y 1976 -cuando se estrenó Keoma, con Franco Nero, la carat de defunción oficial del género- tuvieron por escenario Esplugas City.

Entre estas setenta películas rodadas a este lado del Llobregat abundan los productos de ocasión destinados al consumo inmediato -y al consiguiente olvido. Pero hay también títulos memorables: Una pistola para Ringo y su secuela, El retorno de Ringo, dirigidas por el italiano Duccio Tessari, asi como Pistoleros de Arizona, Clint el Solitario -que no se rodó en Esplugas sino en el parque nacional de Aigüestortes- y sobre toto, Sonora, la obra maestra de la factoría Balcázar y el punto álgido de la filmografía de Alfonso, el director oficial de la casa. En la lista no figuran, por supuesto, los títulos mayores del género, casi todos con capital, equipo técnico y artístico mayoritariamente italianos. La muerte tenía un precio, El bueno, el feo y el malo y Hasta que llegó su hora -la trilogía canónica de Leone- se rodaron el Almería, donde a partir de 1965 -justo tras el boom del género- se levantaron los poblados Fraile y Juan García en el desierto de Tabernas, y el de Tecisa, en Gérgal: "El problema de Esplugas City es que sólo se podía rodar en el poblado y en plató; para los exteriores, había que desplazarse hasta Huesca para rodar en Serós (Texas Kid, Sangre sobre Texas) o Cardell. Y el Cinca se convertía en un Río Grande más bien enano. En cambio, el Almería lo tenían todo a mano, interiores y exteriores, incluso un desierto de verdad, y claro, les salía más barato", argumenta España. La preponderancia italiana no deja de sorprender, sobre todo si tenemos en cuenta que los primeros westerns europeos se rodaron en Alemania y en España: de hecho, el poblado de Hoyo de Manzanares e construyó para el rodaje de Tres hombres buenos (1963), de Joaquín Luis Romero Marchent, auténtico pionero rápidamente eclipsado por el gran Leone. En aquellos momentos, continúa, los italianos desconfiaban del western y sólo abrieron los ojos ante el éxito estratosférico y totalmente inesperado de Por un puñado de dólares. Pero una vez metidos en faena resultaron imbatibles. En Italia existía una industria potentísima, la más importante del continente; la cinematografía española estaba a años luz, tanto en medios como en talento.

Esplugas City tuvo, en fin, una vida efimera. El primer aviso que aquello no iba a durar eternamente llegó en 1967, cuando la construcción de la A-7 obligó a trasladar el poblado medio kilómetro más allá. Hacia 1970 la estrella del spaghetti western comienza a declinar de manera definitiva: de tan repetida, la fórmula -una violencia de corte tarantiniano que roza el sadismo, un machismo nada disimulado y el permanente cuestionamiento de la moral tradicional del western clásico- acabará perdiendo el favor del público. Sólo el éxito, de nuevo inesperado, de un subproducto paródico como Le llamaban Trinidad (1970) y de sus múltiples y cada vez más chusqueras secuelas permitió un tímido repunte de un género que tenía los días contados. Fue el canto del cisne. Balcázar sólo resistió tres años más. En 1972 Alfonso rodó Le llamaban Calamidad, una parodia de la parodia: el súmum. Fue el último western que se rodó en Esplugas, después de que el ayuntamiento había decidido no prorrogar el permiso para el asentamiento. Y el principio del fin de la productora. En 1977 cerraban los estudios de doblaje, y Balcázar -en ocasiones con otros nombres- derivó hacia subproductos eróticos y se fue apagando hasta la quiebra final, en 1988.

A pesar de este final tan poco épico, España y el coautor de Más allá de Esplugas City, Salvador Juan i Babot, reivindican el papel de Balcázar en la historia del cine español: "Fue una oportunidad desaprovechada de crear una industria cinematográfica homologable a la de otros países europeos, donde los productores invertían con un espíritu esencialmente comercial. Balcázar intentó producir un cine que diera beneficios, que fuera rentable, a diferencia del pozo sin fondo del cine de arte y ensayo que practicaban Saura, Regueiro Picazo, Summers y Martín Patiño, ruinoso, y de otros muchos productores que se limitaban a tender la mano a esperar que les cayera la reglamentaria subvención oficial para desentenderse inmediatamente de la viabilidad comercial del producto. En fin, que no había ni en la Barcelona ni en el Madrid de la época nada remotamente similar a Balcázar". The End.

La pequeña historia del cine
Rafael de España (Barcelona, 1950) y Salvador Juan i Babot (Esplugas, 1953) llevan el virus del cine en la sangre. Han compaginado su profesión -médico y arquitecto, respectivamente- con la investigación de uno de los capítulos menos transitados de la historia del cine nacional. En el caso del primero, la faceta de cinéfilo lo ha llevado a interesarse por el péplum (La Antigüedad en el cine), la visión cinematográfica del descubrimiento de América (España y América: cuatro siglos de historia a través del cine) y la utilización de la gran pantalla por la propaganda nazi (El cine de Goebbels). A Esplugas City llego a través del spaghetti western (Breve historia del western mediterráneo) y con la colaboración de Juan, largamente vinculado al cineclub Recerca. El próximo proyecto conjunto es una retrospectiva sobre el legado de Juan Alberto Soler, el escenógrafo titular de Balcázar.

De Sean Flinnn a Espartaco Santoni y la Escuela de Barcelona
El spaghetti western dio lugar a diversas series protagonizadas protagonizadas por un mismo personaje que con frecuencia no mantenía ninguna otra relación, aparte del nombre, con los títulos precedentes: los casos paradigmáticos son los de Django, Sabata, Sartana y Ringo. Los dos últimos lucieron sus habilidades con el revólver en Esplugas City. Ringo, con las facciones de Giuliano Gemma, y Sartana, de las de George Marttin, que también protagonizó otra miniserie: Clint el Solitario y El retorno de Clint el Solitario: por lo visto, a la hora de decidir el título de les terminó el presupuesto. Por cierto, en esta última también saca la nariz un jovencísimo Klaus Linski. El reparto de los westerns de Balcázar depara otras sorpresas como la presencia de Sean Flinn, el hijo del gran Errol, en una modestísima producción cuyo título lo dice todo: Siete pistolas para Timothy. El siete será, en fin, un recuro habitual en los títulos de las italianadas de la época, como también la inclusión de la palabra "dólares", así, en plural, a ver si se les pegaba algo del puñado original.

La faceta más comercial de la factoría Balcázar se completa con las películas de aventuras (El salvaje del Kurdistán, con Lex Barker, el ex de Tita Cervera), las de espías (Agente End, una rareza con la Sagrada Familia de Barcelona convertida en sede de la Spectra de turno) y las de piratas (Tormenta sobre el Pacífico). La polivalencia de los estudios la demuestra el hecho de que Jess Franco -antes de derivar el también hacia los subproductos eróticos- rodó para ellos El castillo de Fu-Manchú, secuela de la serie creada por Sax Rohmer. Otros nombres más o menos célebres que en un momento más o menos dulce de su carrera desfilaron por los estudios Balcázar son Michèle Morgan (Un halcón sobre el infierno), José Luis López Vázquez (Totó de Arabia), Sara Montiel (La dama de Beirut), Espartaco Santoni -vaya, otro ex de Tita (Goldface)- y Anita Ekberg (Crónica de un atraco). Incluso Claude Chabrol rodó en ciera ocasión en Esplugas: El tigre se perfuma con dinamita. En cambio, no llegaron a pisar el poblado del Llobregat actores como Franco Nero, William Berger y Lee van Cleef, la crema del spaghetti que rodaba en Almería con las primeras figuras italianas.

Vista la selecta nómina de productos diseñados para el consumo inmediato, sorprende la faceta digamos experimental que Balcázar se atrevió a ensayar, y que lo convirtió en el mecenas a la sombra de la más prestigiosa que vista Escuela de Barcelona: directores como Pere Portabella (Nocturn, 29), José María Nunes (Sexperiencias), Carlos Durán (Liberxina 90), Ricardo Bofill (No compteu amb els dits) y Joaquim Jordà (Dante no es únicamente perfecto) rodaron gracias a la generosidad de los productores, que les cedía los estudios. Incluso Serrat desfiló por Esplugas, donde rodó Paraules d'amor, con Serena Vergano, en una especie de compensación por la renuncia al festival de Eurovisión a raíz del caso a, la, la. Al final, resultó que para los Balcázar no sólo contaban los dólares.

Aquellos días felices al Oeste del Llobregat
Una de las claves del éxito (efímero) de Balcázar fue el trabajo en equipo. Como advierte España, "salvo a los directores de la Escuela de Barcelona, no producían películas de autor, ni remotamente. El resultado era el fruto de un trabajo casi en cadena en que intervenía mucha gente de la factoría". El primero de todos, Alfonso Balcázar (Barcelona, 1926-Sitges, 1993), que debutó con La encrucijada (1960) y que dirigió una treintena de títulos, mayoritariamente westerns y siempre para la productora familiar excepto en su última etapa, cuando ocn el seudónimo de Al Bagran dirigió un puñado de películas de destape: "José Luis Guarner lo criticó cruelmente. 'Dirigir no se puede comprar con dinero' Pero es profundamente injusto porque Alfonso no puede ser juzgado con los mismos criterios que Rossellini". Su obra maestra es Sonora (1968), inspirada en La muerte tenía un precio, protagonizada por dos estrellas en horas bajas, Gilbert Rolan y Jack Elam, y un actor de la casa, George Martin, pseudónimo de Francisco Martínez Celeiro (Barcelona, 1937).

Martin fue un eficaz secundario en muchos de los títulos de Balcázar e incluso adquirió cierta notoriedad en Italia con títulos como Clint el Solitario, que protagonizó. Aun más cachet adquirió Fernando Sancho (Zaragoza, 1916-Madrid, 1990), auténtica figura del spaghetti western y rostro habitual en las películas rodadas en Esplugas gracias al personaje del mexicano indolente, borrachín y pendenciero -y hoy decididamente incorrecto- que convirtió en icono. Con tanta convicción que en México, su patria adoptiva, lo declararon persona non grata. Casi se comprende. Su prolífica filmografia arranca con Ni pobre, ni rico sino todo lo contrario, e incluye mas de 200 películas. Pero pasará a la historia del cine como la encarnación del mexicano malo.

Menos conocido es Juan Albert Soler (Barceona, 1919.1993), pionero de la escenografía catalana y el cerebro que concibió Esplugas City. Lo hizo además con singular eficacia: hasta 1966 -cuando trabajaba para Antonio Isasi en el rodaje de Las Vegas, 500 millones- no visitó un auténtico poblado del Oeste, en esa ocasión en el desierto de Mojave. Otros nombres que se movieron en la órbita de los Balcázar fueron los guionistas Miguel Cussó y Jose Antonio de la Loma, así como el pequeño de la saga, Jaime Jesús Balcázar, que se estrenó en la dirección con Crónica de un atraco y que en 1978 inauguró la nueva línea erótica en que desde entonces se adentró la productora con Inés de Villalonga.

[Este artículo se publicó en agosto de 2006 en la revista Presència]



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