Blog de temática preferente pero no exclusivamente bélica que se fijará sobre todo en los episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y la postguerra, con ocasionales singladuras a alta mar, ultramar y si conviene más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

viernes, 25 de abril de 2014

Juegos de guerra en Encamp

Las memorias de Josep Carner-Ribalta reconstruyen la conexión andorrana de los Fets de Prats; el político catalán evoca el paso por el país de uno de los batallones que tenían que invadir Cataluña a las órdenes de Macià.

Es sin duda uno de los capítulos, tan abundantes en el siglo XX andorrano, en que la memoria ha ido cediendo el recuerdo a la rumorología y finalmente a la mixtificación histórica: el paso por Encamp (Andorra), a finales de 1925 de uno de los batallones de aquel Ejército Catalán que, inspirado por Macià, se preparaba para la invasión de Cataluña. Fue ésta una quimérica y al final frustrada operación maquinada por Estat Català, grupo paramilitar fundado en 1922 y que propugnaba la lucha armada como vía para acceder a la independencia (de Cataluña, claro). Procedente del Rosellón, este Ejército Catalán -en realidad, dos columnas integradas por medio millar de hombres- tenía que entrar por el Coll d'Ares-entre la localidad española de Molló (Gerona) y la francesa de Prats de Molló (Pirineos Orientales)- y por Sant Llorenç de Morunys, en el noreste de Lérida, confluir sobre la población de Olot (Gerona) y proclamar desde aquí la República Catalana, con la esperanza de que el resto de plazas caerían como fichas de dominó por efecto de la presión popular.

Son los conocidos como Fets de Prats de Molló, que deben el nombre a la localidad del Vallespir -en el departamento de los Pirineos Orientales- donde el mismo Macià y su estado mayor fueron capturados por la policía francesa el 1 de noviembre de 1926, precisamente el día fijado para la insurrección. Los había delatado Ricciotti Garibaldi, miembro del contingente de (supuestos) antifascistas italianos enrolados en la causa independentista, pero en realidad un topo a sueldo de Mussolini. Se practicaron un centenar de detenciones, pero sólo diecisiete de ellos -entre los cuales, por cierto, Josep Fontbernat, decenios después instalado en Andorra y creador del Glossari andorrà, la primera emisión radiofónica en catalán de la posguerra- fueron finalmente juzgados y condenados a leves penas de prisión.

Se sabía que un grupo de militantes de Estat Català se concentró durante unos meses en Encamp preparar la invasión, y se especulaba con la posibilidad de que hubieran recibido aquí algún tipo de entrenamiento militar. Pero no disponíamos ni de los detalles ni de los nombres de los hombres que participaron en estos juegos de guerra a la andorrana. La reedición de las Memòries de Josep Carner-Ribalta (Balaguer, Lérida, 1898-California, 1988) aportan algo de luz sobre un episodio que terminó pareciéndose antes a una acampada de boy scouts -con esperpéntica sorpresa final, enseguida lo verán- que a los preparativos para una operación bélica con pies y cabeza. El político catalán, uno de los lugartenientes de Macià en el complot de Prats, dedica un capítulo entero de sus memorias a la aventura andorrana del Ejército Catalán: el origen de la ocurrencia hay que situarlo en la necesidad de establecer un lugar de reunión entre los militantes en el interior de Cataluña y los que organizaban la invasión desde Francia. Un punto seguro como Andorra. Y dentro de Andorra, Encamp. Para no levantar suspicacias ante las autoridades francesas para "justificar la presencia de una brigada de trabajadores catalanes en territorio andorrano, se simuló la existencia de unas minas de cobre en una montaña de la zona de Soldeu", cuenta Carner-Ribalta.

El hombre sobre el terreno fue Pere Musela, nacido en Solsona (Lérida). Carner-Ribalta sitúa en el otoño de 1925 -antes de las primeras nieves, dice- la llegada de un primer pelotón con una veintena de "minyons", según la terminología puramente escoltista del autor, que acto seguido y con algunas pretensiones asegura que la auténtica misión del destacamento era "constituir una aduana libre para el paso de propaganda, correspondencia y ocasionalmente armas; revisar itinerarios y rutas fronterizas, y servir de campo de entrenamiento para las fuerzas de la futura gesta". Operaciones más o menos clandestinas que había que compaginar, claro, con la coartada de la explotación minera. Por eso, continúa Carner-Ribalta, "cada mañana, los minyons que no estaban ausentes por otros servicios salían con el pico a cuestas y ofrecían una performance como nunca jamas se había visto en aquellas montañas". Cosa que es mucho decir -y mucho ignorar- porque históricamente ha habido en Andorra una intensa actividad minera con extracción del mineral de hierro que se trabajaba en las fargas locales. Claro que todo esto no tenía por qué saberlo Carner-Ribalta, y tampoco iba a hacer sombra a las gestas de sus minyons.

Pobre Musella
Pues el mismo Carner-Ribalta no duda en calificar de "éxito moral y material" la incursión andorrana, que según él dio salida a los excesos de testorerona de los elementos más incontinentes de Estat Català -quizás por aquello que canten Manel: "Ja sabem que els guerrers s'avorreixen si no hi ha una mica d'acció..." Tal y como lo recuerda, "Macià sabía que en aquellos momentos unas migajas de acción de verdad, por incipiente que fuese, calmaría la inquietud de estos jóvenes". Los minyons, ya saben. También aporta los nombres de algunos de los soldados que desfilaron por la base de Encamp -Samper Mononelles, Gual, Nunyes (!), Carbonel, Armengol, Tarragó...- y evoca el ambiente de camaradería algo kumbayá que se respiraba en el campamento: "Por la noche, los que no habían ido a Encamp o a el Hospitalet [la primera población francesa, al otro lado del Pas de la Casa] se explayaban alrededor de una rutilante hoguera con sus pensamientos.

Era casi una costumbre pasar la primera parte de la velada entonando canciones catalanas..."
Carner-Ribalta no concreta, es una lastima, cuándo terminaron estos campamentos andorranos. Dice, eso sí, que se convirtieron en una actividad "que cumplía su cometido y que no causaba problemas", pero termina la crónica de tan idílica peripecia independentista con un giro estrambótico que le da a todo el asunto un inconfundible aire de sainete, de aventura orquestada por unos aficionados: el mismo Musella a quien se le había ocurrido la coartada de la mina de cobre en Soldeu -dice el autor- "pretendió obligar a los minyons a trabajar de verdad, enloqueció y se pasaba el día y pare de la noche cavando". Añade para rematarlo que meses después, cuando todo el mundo "se había olvidado de lo de Andorra", apareció por Bois-Colombes, cuartel general de Macià, "un hombre pequeñajo y de aspecto rústico": era Musella, que cargaba con un enorme saco que depositó sobre la mesa de Carner-Ribalta. Un saco... con el mineral de cobre que había conseguido extraer de la mina andorrana y que le llevaba lealmente a su comandante para que dispusiera del fruto de sus desvelos en favor de la causa. "¡¿Dónde tiene usted la cabeza, Musella?!", dice que le espetó el Avi.

Para completar el rompecabezas, el historiador Arnau González-Vilalta le pone en La cruïlla andorrana de 1933 nombre y rostro a uno de los minyons de las jornadas andorranas: Bonaventura Armengol, el mestre Orelleta (Andorra la Vella, 1898-1991), todo un personaje, que un documento de la embajada española en París fechado en 1933 describe como un "maestro catalanista, expulsado durante la Dictadura de Primo de Rivera y complicado en el asunto de Prats de Molló". Casi exactamente los mismos términos con que lo despachaba ese mismo año el diario catalán L'Opinió: Catalanista de tradición, revolucionario de temperamento y andorrano de nacimiento, que participó de manera directa en el intento revolucionario de Prats de Molló". Y cierra el círculo otro historiador, el leridano Climent Miró, que ha profundizado en la conexión andorrana de los Fets de Prats zambulléndose en la correspondencia generada por el Ejército Catalán.

Así es como ha identificado exactamente la explotación que los independentistas catalanes utilizaron como tapadera: se trata de la mina de l'Orri, en los Cortals de Encamp, y -siempre según el investigador- el ciudadano andorrano que solicitó y obtuvo la concesión fue Benito Mas, vecino de Encamp, que actuó de prestanoms -hombre de paja, una institución muy, muy andorrana- y que no tuvo ningún otro papel en la insurrección. Miró avanza hasta principios de 1925 la llegada del pelotón de minyons, perteneciente al Tercio de Tolosa -uno de los tres en que, sobre el papel, se dividía el Ejército Catalán- y que fue reduciendo paulatinamente la dotación hasta quedarse en los huesos: ¡seis hombres, seis! Se repartieron entre una borda de los Cortals y casas particulares de simpatizantes de la causa. Duda Miró que llevaran a cabo ningún tipo de entrenamiento militar y no ha localizado ningún documento que pruebe que la pista andorrana fue utilizada para transportar armas. Se trataba sencillamente, concluye, "de un lugar de avanzada por donde circulaban hombres y documentos", que se desmanteló justo antes de la invasión. De Musella, el pobre, ni una palabra.

[Este artículo de publicó el 3 de mayo de 2010 en El Periòdic d'Andorra]

No hay comentarios:

Publicar un comentario