Blog de temática preferente pero no exclusivamente bélica que se fijará sobre todo en los episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y la postguerra, con ocasionales singladuras a alta mar, ultramar y si conviene más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

martes, 28 de enero de 2014

Rostros que huían del horror

La historiadora catalana Rosa Sala Rose reúne en 'La penúltima frontera' el periplo de 23 fugitivos detenidos por las autoridades franquistas al cruzar los Pirineos durante la II Guerra Mundial.

Esta es, con el permiso de Ford Madox Ford, una de las historias más tristes que jamás me hayan contado. La protagoniza -es un decir- Karol Radewicz, adolescente polaco originario de Lwow detenido por la clásica pareja de la Guardia Civil el 5 de junio de 1941, cuando caminaba por la carretera Nacional de Gerona a Barcelona. Venía de Marsella y el nefando delito del que se le acusaba era el de paso clandestino de frontera. En fin, que fue recluido en la prisión provincial de Gerona, primero, e inmediatamente después y en atención, por lo visto, a su corta edad, en la Casa de Misericordia. En el hospicio, vaya. Por cierto: Karol era mudo. Había perdido la voz, según declaró él mismo -y hay que pensar que por escrito- en los inicios de la contienda, en el mismo bombardeo que lo dejó huérfano, y había cruzado media Europa solo y a pie, con la remota esperanza de reunirse un día y en algún lugar con lo que quedaba de su familia. Pero parece que el internamiento el hospicio de Gerona terminó con sus escasas fuerzas. Una semana después de su ingreso en el centro, elevaba una carta al director anunciándole sus intenciones suicidas y -atención- pidiendo perdón por adelantado por las molestias que ello pudiera conllevar: "No puedo quedarme aquí porque mi mundo se ha acabado y no querría matarme en esta casa porque hacerlo le causaría a usted tristeza. Me doy cuenta de que no podré llegar a Portugal ni tampoco regresar a Francia"... Una carta que obtuvo el silencio como respuesta. El caso de Radewicz se resolvió el 5 de julio, un mes después de su detención, cuando la Guardia Civil lo acompañó hasta la frontera y lo obligó a entrar en Francia.

Jenny Kehr y su marido, Nathan, matrimonio de judíos alemanes originario de Appenheim que fue detenido por la Guardia Civil el 8 de octubre de 1942 en Coll de Nargó (Lérida), y deportados el 11 de diciembre. Fotografia: La penúltima frontera.

Paulino Coll Meseguer, gobernador civil de Gerona entre 1939 y 1942; dice Sala que "nunca se permitió ningún comentario que sonara remotamente antisemita", pero en octubre de 1940 ordenó la detención de los Levi, refugiados judíos procedentes de Francia, porque en el hotel del Perthus donde se alojaban les habían oñido dirigirse al perro de la familia con el nombre de Franco. Fotografía: La penúltima frontera.


La bailarina y streaper Dora Poch, judía polaca originaria de Sosnowice, fue detenida en octubre de 1942 e internada en la prisión de Figueras; logró salir e inició en el teatro Tívoli de Barcelona una nueva carrera artística con el nombre de Dora Henríquez. Fotografía: La penúltima frontera.


"No sabemos qué fue de Radewicz, ni si llegó a cumplir su propósito de poner fin a su trágica vida", dice la filóloga y germanista Rosa Sala Rose (Barcelona, 1969), que ha rescatado de las profundidades de los archivos del gobierno civil de Gerona la historia de Karol y la de otra veintena de fugitivos de la Europa ocupada por los nazis que fueron a parar a las prisiones franquistas por "paso clandestino de frontera" y, en casos como el de este joven polaco, amablemente retornados a Francia. Los ha reunido todos en La penúltima frontera (Papel de liar), libro que destila una rara emoción y que revela los nombres, las peripecias y hasta los rostros de los refugiados -especialmente, de los judíos- que cruzaron los Pirineos con la esperanza de escapar a un destino fatal en los campos de exterminio. Una historia que nos ha sido contada en otras ocasiones desde la perspectiva de los pasadores -recuerden las monografías canónicas sobre la materia: Guies, fugitius i espies, de Claude Benet, i Las montañas de la libertad, de Josep Calvet- pero que ahora cede la voz a sus auténticos protagonistas, los fugitivos para quienes la aventura era cuestión de vida o muerte.

En el caso de Radewicz queda margen para la esperanza: que lo volviese a intentar, burlara la vigilancia de las autoridades españolas y llegara finalmente a Portugal, donde él veía su salvación. Pero no queda ni la más remota esperanza en el caso de Jenny Kehr, joven judía originaria de Appenheim (Alemania) detenida el 8 de octubre de 1942 en Coll de Nargó (Alto Urgel). Se había fugado en agosto del campo de concentración de Gurs, en los Pirineos Atlánticos, justo antes de que los judíos de este campo fuesen transferidos al Este. El periplo de Kehr por las prisiones franquistas incluye el calabozo de la de la Seo de Urgel, el campo de Miranda de Ebro y la Modelo de Barcelona, donde ingresa la madrugada del 10 de diciembre. Su destino está sellado: al día siguiente la iban a deportar a Francia. Pero nunca llegó, porque esa misma madrugada se colgó en su celda de la Modelo: "cansada de vivir", dice el parte oficial.

Culpable de judía
Lo que convierte a Kehr, esta mujer "cansada de vivir", en un caso aparte es que el gobernador civil de Lérida en la época, Juan Antonio Cremades, había ordenado su expulsión del territorio español precisa y exactamente "por ser judía". Un caso auténticamente insólito que destaca en la práctica habitual de las autoridades franquistas, que acostumbraban a alegar "paso clandestino de frontera" como causa de expulsión. El caso de Kehrs, opina Sala, obliga a replantear el papel de España en la historia oficial de la Shoah y contradice -o ´por lo menos, lo matiza- al historiador Patrick von zur Mühlen, que en 1992 afirmaba sin ambages que "no existe el menor indicio de que España participara indirectamente en el Holocausto entregando fugitivos a sus verdugos en virtud de su filiación". A partir de ahora, hay por lo menos uno: el de Jenny Kehr.

Hay que añadir que el antisemitismo esgrimido por Cremades -que llega a referirse a la ciudadana hebrea Jenny Sara Kehr, asumiendo por su cuenta y riesgo la legislación nazi que obligaba a las mujeres judías a interponer el apelativo de Sara entre el nombre y el apellido- contrasta vivamente con la práctica habitual de los gobernadores civiles de Gerona, "que nunca se permitieron ningún tipo de comentario que sonara remotamente antisemita". Los detenidos en Gerona lo son bajo la conocida acusación de paso ilegal de frontera. No por su condición de judíos. Ahora bien, continúa Sala, "el documento de Cremades revela una sangre fría terrorífica, porque supone la entrega de una mujer judía en un momento en que la Solución Final ya está en marcha".

Por otra parte, el de Kehr no es el único caso de un refugiado judío entregado a los alemanes por su filiación religiosa y, ejem racial: Calvet ha documentado una decena más, extremo éste que le permite reclamar en el prólogo de La penúltima frontera una reformulación del análisis sobre la conducta de España con respecto a los refugiados porque, dice, "la mayor parte de los expulsados por el gobierno español terminaron en campos de concentración, y la participación española en el Holocausto es por lo tanto evidente".

Dora, la streaper, y Franco, el perrillo
No todas las historias que relata Sala terminan como la de Jenny Kehr. También nos cuenta el pintoresco episodio de los Levi, familia de judíos franceses detenida en La Junquera en octubre de 1940. ¿El delito? Por lo visto, según el delator de turno y durante su estancia en un hotel de la localidad vecina del Perthus, todavía en territorio francés, los había oído referirse a su perrillo con el nombre de Franco, "ofensa grave a la persona de nuestro Caudillo por lo que los he ingresado en la cárcel", justificaba el gobernador civil de Gerona, un tal Coll Meseguer que quizás no era antisemita como Cremades pero que tenía la piel muy fina a la hora de defender el honor ultrajado del Caudillo. Los Levi tuvieron que abonar una multa de 5.000 pesetas antes de ser deportados. Pero tuvieron más suerte al segundo intento: el 28 de diciembre de 1940 toda la familia embarcaba en Lisboa con rumbo al Brasil. Toda la familia... menos Franco. Se desconoce lo que fue del animal.

También deja un buen sabor de boca el periplo de los Poch, familia de judíos polacos originarios de Sosnowice detenida en Vilallovent en octubre de 1942. La hija pequeña, Dora, tenía 20 años en el momento de la detención y había sido bailarina en el Bal Tabarin, el primer coro femenino de París que saltaba al escenario completamente desnudo. Una strepaer, vamos. No sólo se las arregló para salir de la prisión de Figuera en que la habían internado sino que inició una sólida carrera en el Tívoli de Barcelona con el nombre artístico de Dora Henríquez hasta que en abril de 1944 embarca con rumbo a Casablanca. Por La penúltima frontera asoman, claro, otros fugitivos judíos (atención a la peripecia de los Furtmuller), pero también antifascistas italianos (Franco Venturi), un desertor alemán (Otto Pieric), un agente del servicio de inteligencia británico (James Scott Hopkins), el pasador Valeri Pinto -con sede en Oseja y excombatiente republicano, del que se dice que había pertenecido a la partida del Cojo de Málaga, ay- e incluso un descendiente del capitán Dreyfuss, el de J'accuse.

Todos tuvieron que pasar el trago de la hospitalidad que las autoridades franquistas dispensaban a los refugiados que cruzaban los Pirineos huyendo de Hitler: una celda en la prisión provincial -la de Figueras, en la mayoría de los casos reseñados por Sala- y en el célebre campo de Miranda de Ebro (Burgos). Algunos tuvieron la mala suerte de ser deportados a Francia; otros consiguieron legar a Portugal y desde aquí saltar a la Gran Bretaña y la América Latina. ¿Qué juicio le merece a la autora la política española respecto a estos refugiados? Sala evita la contundencia de Calvet, pero no exime al régimen de una cierta responsabilidad: a todos los detenidos, mujeres y niños incluidos, les esperaba un período más o menos largo de reclusión, mientras que los hombres eran internados por un tiempo aleatorio en Miranda. Por supuesto, comparado con los campos de concentración y de exterminio nazis, "no hay color", dice, "pero la mayoría de los refugiados que pasaron por Miranda -y algunos estuvieron recluidos durante tres años- lo consideraban una iniquidad. Y más si se tiene en cuenta que España era un país que se proclamaba neutral. Y eso, sin olvidar los casos de los judíos deportados a Francia. Los hubo, como se ha demostrado".

[Este artículo se publicó el 1 de marzo de 2011 en El Periòdic d'Andorra]

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