Incursiones relámpago, estilo Sturmtruppen, en episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y las dos postguerras, con ocasionales singladuras a alta mar, a ultramar y si conviene incluso más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

viernes, 21 de marzo de 2014

Baldrich, héroe de novela

Hugues Lafontaine convierte al pasador en personaje de su debut en la ficción, La princesse de San Julia; el historiador francés afincado en Andorra retrata el país durante la II Guerra Mundial a través de los ojos de una joven refugiada española.

Cómo son a veces las cosas: el 1 de enero [de 2012] fallecía Joaquim Baldrich, el penúltimo de los pasadores de la cadena que Antoni Forné dirigía desde el hotel Palanques durante la II Guerra Mundial, y esta misma semana Quimet, que ya había pasado por derecho propio a los libros de historia (Guies, fugitius i espies, Las montañas de la libertad, Andorrans als camps de concentració nazis) ingresaba en la nómina de héroes de ficción de nuestro rinconcito de Pirineo: el historiador francés Hugues Lafontaine (Avranches, 1954), afincado en Sant Julià de Lòria, lo ha convertido en uno de los muchos personajes que pululan por La princesse de San Julia, su debut en la ficción. El historiador normando retrata en la novela la Andorra que se vio obligada a convivir -en ocasiones, ay, muy a gusto- con los tumultuosos efectos colaterales de la Guerra Civil, de un lado, y de la subsiguiente guerra mundial, del otro: refugiados de todo pelaje, contrabandistas, pasadores, agentes de la Gestapo, resistentes, topos, superviventes vocacionales y, en fin, traidores de toda calaña.


Lafontaine, profesor de historia normando instalado en Sant Julià de Lòria desde 1998, descubrió el muy literario y poco explotado campo de los pasadores y la II Guerra Mundial a raíz del testimonio de Antoni Forné en aquella fundacional serie de artículos sobre la cadena del Palanques que publicó en 1977 en el semanario Andorra 7. Desde el punto de vista de la ficción, los dos títulos canónicos sobre los pasadores son La pau dins la guerra, de Norbert Orobitg -otro de nuestros olvidados- y claro, Entre el torb i la Gestapo, de Francesc Viadiu, que para cerrar el círculo es uno de los personajes de La princesse de San Julia. Fotográfia: El Periòdic d'Andorra.

Todo ello a través de los ojos de Marietta, la princesa del título y que a pesar de las dos tes del nombre es una niña nacida en la Seo -catalana, por lo tanto- que aterriza en Sant Julià huyendo de la violencia revolucionaria -como tantos otros de sus vecinos, y como acaba de documentar desde una perspectiva mucho más académica Francisco Javier Galindo en La Seu, 1936- y que entrará aquí en contacto con las redes de pasadores que operaban desde Andorra. Baldrich es uno de los personajes reales que aportan verosimilitud a la ficción de Lafontaine. Pero hay más: el mismo Forné, por supuesto, y también Eduard Molné, con el célebre episodio de su captura por la Gestapo, la aciaga noche del 29 de septiembre de 1943, y Francesc Viadiu, el cerebro de la otra gran cadena de pasadores -por lo menos, la que ha tenido mejor fortuna mediática, gracias a Entre el torb i la Gestapo- sin olvidarnos del síndico Cairat, el veguer francés -Émile Lesmartres, hombre de infausta memoria y, dice Lafontaine, uno de los malos que saca la cabeza en esta historia.

Vaya por delante que el autor se ha tomado la libertad de salpicar el relato con cameos de estos personaes reales, que aparecen siempre en episodios, momentos y lugares históricamente documentados: por ejemplo, el más que dudoso papel de Lesmartres en los años más oscuros de la contienda, lo desvelaron Roser Porta y Jorge Cebrián en Andorrans als camps de concentració nazis, donde lo describen -a partir del testimonio de su secretario, M. Larrieu- cmo un hombrede carácter violento y agresivo, despótico, avaro y odiado por el pueblo, a quien las autoridades locales evitaban, que no dudaba en extorsionar a los refugiados que caían en sus garras ni en entregar a los refractarios al destacamento alemán inquietantemente estacionado en el Pas de la Casa.

Romeo y Julieta a la andorrana
Hay que decir que la guerra y el contrabando, los nazis y los pasadores, los espías y los delatores funcionan sobre todo como telón de fondo del nudo argiumental de La princesse de San Julia, que no es otro que la historia de amor, ay, entre la protagonista, nuestra Marietta, y Roberto, originario también de la Seo que con el estallido de la Guerra Civil abraza la causa anarquista y que, cuando la Generalidad impone finalmente el orden republicano y desaloja del poder municipal a los comités revolucionarios -pasando por encima del cadáver del Cojo de Málaga, recuerden- se refugia a su vez en Sant Julià. Y ya los tenemos a los dos juntos otra vez. Aunque no todo será de color de rosa: Lafontaine define la trama como una especie de Romeo y Julieta pirenaico, un amor trágico y condenado al fracaso desde el momento en que Roberto es cómplice, ni que sea ideológico, de los anarqiustas que asesinaron al padre de Marietta. Pecado motrtal que el hermano de la heroína, Cheno (!), no olvidará jamás y que provocará un desenlace fatal.

Pero antes, Roberto tendrá la oportunidad de redimirse al ingresar en la red de pasadores de Forné y participar de la gesta épica -leyenda negra aparte- que constituyó el tráfico clandestino de fugitivos y que ha asegurado a héroes como Baldrich un lugar en la historia. Y es precisamente Baldrich, antiguo militante de la CNT y conmilitón por lo tanto de Roberto, quien en la ficción lo recluta, primero como contrabandista y después como pasador, y le da de esta manera la oportunidad de purgar sus pecados. El juego termina mal, claro: con una delación, la reglamentaria emboscada de la Guardia Civil... y no diremos más, porque esto es una reseña como Dios manda y sin espóilers.

Pero queda por explicar el asunto principesco del título: en un giro argumental con doble salto mortal, Lafontaine hace a su Marietta descendiente de... ¡Xipaguazin! Sí, hombre, la princesa de Moctezuma, aquella estupenda mixtificación histórica que un vendedor de humo convirtió en los 70 y 80 en una lucrativa expendiduría de títulos pseudonobiliarios. Para lo que nos interesa: Marietta regresa finalmente a Toloriu, a la casa solariega de sus antepasados y con la esperanza de recuperar el mítico, fabuloso tesoro de Moctezuma que -dicen- anda enterrado por ese rincón de mundo, y pagar con él el rescate de su Romeo. Esta rocambolesca, portentosa pirueta final no impide que La princesse de San Julia -sin t ni acento; ya saben: licencia poética- haya catapultado a nuestro Quimet y a la red de Forné a la muy justa e inmortal categoría de héroes de ficción, por primera vez con nombre y apellidos, y al lado de dos clásicos como son La pau dins la guerra, de Norbert Orobitg, i Entre el torb i la Gestapo. La lástima es que no llegara a tiempo para que Baldrich lo viera. Leer la novela puede ser un acto de homenaje póstumo.

[Este artículo se publicó el 7 de enero de 2012 en El Periòdic d'Andorra]




jueves, 20 de marzo de 2014

Los héroes del Palanques suben al escenario

La productora K-Das-Q debuta con Un any de la nostra vida, inspirada en la epopeya de los pasadores.

La cita es el 11 de noviembre [de 2013] en el teatro de Les Fontetes (la Massana, Andorra), en la primera de las seis funciones programadas de Un any de la nostra vida. Y empecemos por el principio: el año del título es 1943, en plena guerra mundial y con toda la carne en el asador: los nazis han ocupado el pedazo de Francia que le habían dejado a Pétain para mantener las apariencias, y grupos de pasadores integrados mayoritariamente por antiguos soldados republicanos, contrabandistas y miembros de la Resistencia inspirados por el MI6 se juegan la vida para conducir hasta el consulado británico Barcelona a miles de fugitivos de la Europa ocupada: aviadores aliados abatidos sobre el continente, jóvenes franceses refractarios al Servicio de Trabajo Obligatorio o que pretenden unirse a las fuerzas de la Francia Libre, y judíos de todas las nacionalidades -o peor aún, apátridas- destinados a los campos de exterminio.

Los actores de Un any de la nostra vida, obra de Martí Llimois estrenada el 11 de noviembre en el teatre de les Fontetes (la Massana, Andorra). De izquierda a derecha: Joan Sans (mosén Manel), Emma Laurent (Paquita), Xavi Fernández (Ton), Meri Rabassa (Glòria), María Alaminos (mademoiselle Laila), Marcos Rodríguez (Ramon) y Noemí Pagès (Sió). Fotografía: K-Das-Q.

En fin, la historia es suficientemente conocida porque la hemos contado aquí en repetidas ocasiones -y las que vendrán. No hace mucho, a cuenta de la defunción de Eduard Molné, el último superviviente -bueno, ahora ya no- de la cadena que Antoni Forné dirigía desde el hotel Palanques de la Massana. Y como ciertos acontecimientos tienen en ocasiones un raro, perturbador eco, he aquí que la productora K-Das-Q ha escogido para su debut en los escenarios Un any en la nostra vida, texto firmado por un tal Martí Llimois -les advertimos que se trata de un pseudónimo- que se estrena también como autor dramático con una peripecia ambientada -lo decíamos al comienzo- en 1943, con el telón de fondo de la contienda y el tráfico de refugiados de lo más variopinto que generó en nuestro rinconcito de la galaxia.

Antes de pasar al meolllo del asunto, digamos que K-Das-Q es la (pen)última aventura escénica de Xavi Fernández, el hombre-para-todo de la escena nacional -con minúsculas, atención, nada que ver con la Escena Nacional de verdad- que se ha decantado para su puesta de largo por un tema, dice -y con toda la razón- "fascinante y que incomprensiblemente no había sido llevado nunca a los escenarios". Un any en la nostra vida encarna por otro lado el ideario teatral de K-Das-Q y, por lo tanto, de Fernández: "Un proyecto nacido a partir del texto, que es el que ha marcado el equipo técnico y artístico que necesitábamos, y no al revés, como suele ser habitual en nuestros escenarios". Así funcionará en adelante la productora, una aventura -por cierto- inédita (y también incierta) por aquí arriba, donde nadie se juega un céntimo -ni en aventuras teatrales ni de ningún otro tipo- si no tiene detrás, o debajo, o dentro un buen cojín en forma de subvención. K-Das-Q procederá al revés: primero levantará el montaje y luego irá a buscar el patrocinio público y privado. Pobres: cómo diría Ash, el androide de Alien, "no tenéis ninguna posibilidad, pero contáis con toda mi simpatía..."

Micromecenazgo
Una opción arriesgada porque se juega el peculio, con un presupuesto que roza los 28.000 euros -sin cortarse un pelo, ya ven- astronómico para los estándares andorranos -y sospechamos que también para los catalanes- que espera reunir a través del micromecenazgo y de la taquilla, y que le reportará al director y productor una envidiable, rarísima libertad creativa: para empezar, ha prescindido de la clásica compañía estable, el sempiterno grupo de actores que cada curso busca una texto que se adapte a sus necesidades; Fernández, lo hemos dicho, procederá exactamente al contrario: es la productora la que irá a buscar a los intérpretes que considere más oportunos para cada proyecto en concreto. Como se estila en la escena profesional, vamos. El primero de todos es Un any de la nostra vida. El artefacto lo produce K-Das-Q a través de su -ejem- división teatral, Prou Ensemble, y lo dirige, claro, Fernández. Para esta singladura ha enrolado a cinco actores que provienen del Aula de Teatro de Andorra la Vella y de Lapsus, la joven compañía de Encamp -Meri Rabassa, Emma Laurent, María Alaminos, Marcos Rodríguez y Joan Sans. Y se ha permitido el lujo de repescar a Noemí Pagés, antigua alumna del Aula hoy embarcada en el Retaule de Sant Ermengol de la Seo.

Advierte el director, para que nadie se lleve  engaño, que el texto navega en las fecundas aguas de la ficción histórica: los protagonista -comenzando por Ramón, exiliado catalán de la Guerra Civil y contrabandista reconvertido en pasador, un trasunto, claro, de Joaquim Baldrich, y acabando por Ton, que dirige la cadena junto a mosén Manel- los resultarán muy, pero que muy familiares a los que hayan seguido la epopeya de nuestros pasadores exhumada por Claude Benet (Guies, fugitius i espies) y Josep Calvet (Las montañas de la libertad). Hasta el punto de que el cuartel general de Ramon, Ton i mosén Manel está ubicado en una fonda que recuerda abiertamente al Palanques, aunque sin citar ni una sola vez el nombre -y no acabamos de entender por qué.

Pero no se trata sólo de pasadores. El texto está trufado de episodios que remiten directamente a la estricta realidad histórica: Ramon es capturado por los alemanes precisamente la noche del 29 de septiembre del 1943, la misma fecha en que se produjo la aciaga incursión de la Gestapo que terminó con Eduard Molné en Saint Michel, y con los cuatro soldados polacos que viajaban en su taxi deportados: nunca más se supo. Un capítulo clave en la biografía de Molné y en la historia de los pasadores que el mismo Antoni Forné -que se libró de un pelo de acompañar a Molné- contó con todo detalle en aquella fundacional serie de artículos publicados en 1979 el semanario Andorra 7 -y novelado por otra parte por Francesc Viadiu (Entre el torb i la Gestapo) y Norbert Orobitg (Pau dins la guerra).

Radio Andorra, banda sonora
Para que no falte de nada, el autor -este Llimois tan recatado- ha aliñado la trama con algún elemento enteramente ficticio pero que, como verán, si non è vero è ben trovato. Por ejemplo, se ha sacado de la manga un programa de Radio Andorra -Café, copa y caliqueño- con dedicatorias que ocultan mensajes cifrados. Licencia poética que queda muy lejos de la realidad histórica porque Radio Andorra -matiza Fernández- emitía "como mucho" canciones para notificar de la llegada a territorio andorrano o a su desitno final en Barcelona de cierto grupo de refugiados (lo contamos, ejem, en la entrada Tout va rès bien, madame la marquise de este mismo blog). La guerra de las ondas -qué lástima- era cosa de la BBC. Pero este detalle le basta para involucrar a la estación -no falta la voz de una locutora que recuerda sospechosamente a la de Victoria Zorzano- y dotar a la obra de una estupenda banda sonora por donde desfilan los hits de aquel 1943, desde Perfidia hasta Rascayou, y desde Glenn Miller hasta Edit Piaf. 

Un any en la nostra vida, en fin combina la gran historia -la peripecia de los pasadores y la infiltración de un topo con el objetivo de dinamitar la cadena: hubo en realidad uno, Nicodème, alias Nico, el falso polaco que delató a Molné- con una subtrama digamos doméstica que se centra en el affaire de Ramon, nuestro héroe, con mademoiselle Laila, enviada por la Resistencia para desenmascarar al traidor. La cosa se complica con el pequeño detalle de que Ramon está casado -y bien casado- con una pubilla del país, y la cosa traerá naturalmente cola. Atención también a los cameos ilustres: especialmente, al del obispo Iglesias Navarri, que aparece en la obra -cortesía del No-Do- en la jura como copríncipe, el 1 de mayo de 1943, con la chiquillería de Sant Julià saludando tan tranquilamente, glups, brazo en alto, y al de Gastó de Canillo, nuestro último condenado a muerte (y ejecutado: cualquier día hablamos de él). Si han tenido la paciencia de seguirnos hasta aquí, ¿no se mueren de ganas de que llegue el 11 de noviembre?

[Este artículo se públicó el 2 de octubre del 2013 en El Periòdic d'Andorra]

miércoles, 19 de marzo de 2014

Vida, pasión y muerte del maquis hermafrodita (La Pastora II)

El historiador José Calvo reconstruye la trayectoria de La Pastora, protagonista del premio Nadal 2011 que Alicia Giménez Bartlett obtuvo con Donde nadie te encuentre.

"¡Te cortaré el cuello!" Esta amenaza fue la perdición de Florencio, el maquis hermafrodita, el terror del Mestrazgo, donde todavía hoy -medio siglo después- se le recuerda con el sobrenombre con el que ha pasado a la crónica negra espanyola: La Pastora. El destinatario de la amenazaera el Cisco de Pessonada, reconocido contrabandista a quien Florencio reclamaba una deuda de 12.000 pesetas que el de Pessonada se negaba a devolverle porque -alegaba- no constaba en ningún documento. De repente, el señor contrabandista se había vuelto un leguleyo. En fin, que todo esto ocurría en Andorra, donde Florencio se había refugiado en 1956 dejando atrás un luctuoso y quien sabe si apócrifo rastro de sangre: la policía franquista le endosaba una treintena de asesinatos, que no está mal -exactamente, 21 guardias civiles, siete alcaldes e incluso un ermitaño- cometidos en la zona del Maestrazgo entre 1949 y 1954.

"¡Te cortaré el cuello!" El tal Cisco lo denunció, y a partir de aquí todo fue de mal en peor para Florencio: el 5 de mayo de 1960 la policía andorrana lo detuvo, muy probablemente en la borda de Les Pardines de Sant Julià de Lòria, donde trabajaba cuidando los rebaños de la casa. Como pastor, vamos. ¿La excusa? Que se trataba de un ciudadano extranjero indocumentado. Ni más ni menos que los últimos cinco años, pero ahora mediaba denuncia del Cisco, y vete tú a saber los hilos que podía mover un contrabandista bien situado. Esa misma tarde, para que no hubiera lugar a pensárselo do veces, era entregado a la guardia civil en el puente de Arcavell, y La Pastora iniciaba un via crucis judicial -una condena a muerte y sendas penas a 30 y 40 años de reclusión, conmutadas después por otra de sólo 20 años- que no terminaría hasta el 22 de septiembre de 1977, cuando salió del penal cántabro del Dueso. Los años siguientes, hasta su muerte en 2004, los pasó en la localidad valenciana de Olocaut y acogido a la hospitalidad de Marino Vinuesa, funcionario de prisiones con quien había coincidido en Valencia.

Esta es a grandes rasgos la historia de Florencio Pla Meseguer (Vallbona, Castellón, 1917-2004) según la ha podido reconstruir el periodista castellonense José Calvo en Del monte al mito. Una vida que combina en dosis similares aventura, drama y también truculencia y que ha proveído a Alicia Giménez Bartlett del material con que pergeñar Donde nadie te encuentre, la novela ganadora del premio Nadal 2011. Bartlett sigue el periplo de La Pastora exactamente hasta su huida a Andorra. Es decir, los años de plomo, cuando Teresa deja de ser Teresa -o Teresot, como también era conocida-, se convierte en Florencio, ingresa en la Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón (AGLA) y se erige en uno de los maquis más buscados de España.

Mala estrella
El caso es que Florencio había nacido niño -padecía un cuadro de pseudohermafroditismo, según la terrorífica terminología médica- pero fue inscrito en el registro civil como mujer. Y como mujer vivió hasta que en 1949 la Guardia Civil liquida a una cuadrilla del maquis que se había refugiado en la cabaña que Florencio utilizaba para cobijar a sus cabras. Cayó también el propietario de la cabaña, y Teresa, temiendo las represalias que le podían caer de rebote, huye al monte e ingresa en el AGLA. Su padrino en el maquis es Jesús Caelles, jefe del 23º sector, que la lleva a su casa en La Senia, le corta el pelo y la (lo) viste con ropas masculinas. Acababa de nacer Florencio.

La aventura en el maquis durará sólo 20 meses. Abandona la guerrilla en compañía de un tal Francisco Serrano, alias El Rubio, se emplean durante un tiempo en Andorra pero -dice Calvo- terminan volviendo al Maestrazgo y retomando ahora una vida más próxima al bandolerismo que al (supuestamente) romántico maquis: se suceden secuestros, extorsiones y sí, también asesinatos. "Él aseguraba que se había limitado a vigilar mientras sus compañeros ejecutaban sus fechorías; mantenía que jamás había matado a nadie. Lo creo, pero también es cierto que se le condenó como cooperador necesario de las muertes en las que se vio implicado", matiza el historiador.

En cualquier caso, lo cierto es que en 1954 se le agota la fortuna. El Rubio muere en un enfrentamiento a tiros con los propietarios del mas del Reguer, en Tarragona, a los que pretendía extorsionar. Florencio se refugia en una cueva de Chert (Castellón) donde permanecerá durante dos años sin mantener contacto con persona alguna, dice Calvo.Y en 1956 salta a Andorra: "Su sueño era pasar a Francia, donde parece que tenía un hermano, pero temía las represalias de sus antiguos compañeros de armas". En este rincón del Pirineo ejercerá su oficio de pastor, pero también como contrabandista y como hombre de confianza de los propietarios de unos almacenes de Andorra la Vella. Incluso tendrá por lo visto el tiempo y la oportunidad de enamorarse. Una chica -continúa Calvo, que entrevistó a Florencio en 1988, tres décadas después de estos hechos- que lo marcó pero que desaparece del mapa al cabo de poco tiempo. Mala suerte que vuelve a visitarlo cuando confía sus ahorros, pura inocencia, en un individuo de dudosa reputación, un tal Constante que se iba a Francia y se había comprometido a esperarlo en su nuevo destino. Con el dinero, claro. Pero Constante también desaparece y es en ese momento cuando Florencio se topa con el Cisco de Pessonada. Todavía no lo sabe, pero acaba de firmar su sentencia.

Dice Calvo que la Guardia Civil sólo le encontró encima seis fotos del de Pessonada, uno de los dos únicos amigos que por lo visto hizo durante su aventura andorrana. Teniendo en cuenta el otro fue el dichoso Constante, no es que tuviera mucho ojo para las amistades. En fin, según Calvo parece que en el primer momento los agentes de la Seo no lo reconocieron como La Pastora, el buscadísimo maquis dels Maestrazgo. La única fotografía de que disponían era la de una mujer, y ellos tenían ante sí a un fornido hombretón que se identificaba como Florencio Pla. Una marca en el labio superior -leporino- que reconoció un teniente natural como él de Castellón fue lo que finalmente lo delató.

[Este artículo se publicó el 17 de enero de 2011 en El Periòdic d'Andorra]

martes, 18 de marzo de 2014

Sala Rose: "González Ruano fue un personaje profundamente amoral, un oportunista y un egoista"

González Ruano... ¡¿un vulgar estafador que se dedicaba al sucio negocio de extorsionar a los fugitivos judíos que intentaban huir de la Francia ocupada a través de los Pirineos?! Pues esta es la tesis de El marqués y la esvástica (Anagrama), un tocho de 500 páginas en que la filóloga y germanista Rosa Sala Rose y el periodista Plàcid Garcia-Planas, reportero de La Vanguardia, cartografían la nada gloriosa peripecia del autor de Mi medio siglo se confiesa a medias en el París ocupado. El resultado es demoledor, una lectura tan subyugante como inquietante... aunque no consigan su propósito: demostrar la implicación de Ruano (Madrid, 1903-1965) en la matanza organizada de judíos por falsos pasadores. Pero se quedan cerca, muy cerca.

La filóloga y germanista Rosa Sala Rose, autora, entre otros, del Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo y de La penúltima frontera, vuelve ahora a la carga con El marqués y la esvástica, a cuatro manos con Plàcid Garcia-Planas y que se abre con la sorprendente confesión de un íntimo de nuestro hombre: "A César le hubiera entusiasmado este libro". Pues a eso se le llama masoquismo... Fotografía: Daniela Dentel.


-Conclusión: González Ruano fue un extorsionador, un estafador, pero no un asesino...
-Lo único que tenemos es el testimonio de Pons Prades en Los senderos de la libertad, y las notas manuscritas que se conservan en su archivo personal y que difieren sensiblemente de lo publicado en su libro. Ciertamente, no lo pudimos probar... pero tampoco desmentir. Aunque evidentemente hay que respetar la presunción de inocencia.

-De lo que no caben dudas es de su participación en el tráfico de judíos.
-Lo hemos demostrado. Como también que denunció a sus compañeros de celda en la prisión de Cherche Midi donde lo encerró tres meses la Gestapo. También hemos averiguado que los tribunales franceses lo juzgaron y condenaron por estos hechos a 20 años de trabajos forzados.

-¿Cómo se les escapó un detalle como éste a sus biógrafos?
-Es extraño porque él mismo lo cuenta, aunque sea de refilón, en un rincón de sus diarios. En ellos admite que su situación legal en Francia es confusa, sabe que lo han condenado pero parece que no conoce la sentencia. Por raro que parezca, es un hecho en el que no había reparado hasta ahora ningún ruanista, y desde luego nadie había localizado el proceso. Quizás porque no lo habían buscado. Nosotros, sí.

-¿Cuál es concretamente el delito por el que lo condenan?
-Oficialmente, por "inteligencia con el enemigo", que es un concepto algo muy flexible. Si examinamos el sumario, comprobamos que básicamente lo procesan por haber delatado a sus compañeros de celda, en su mayor parte resistentes, y de los que había ejercido como confidente. Se chivó por ejemplo del sistema clandestino de correo en el interior de la prisión, y de que uno de los reclusos guardaba una lima en la celda, en la mejor tradición carcelaria. Lo más insidioso no es la delación en sí, sino que no cantó bajo tortura: les delató voluntariamente. Entre la documentación del sumario se conserva la denuncia de uno de ellos: cuenta la falsa promesa de tráfico de influencias que le había hecho a un judío encerrado con Ruano en Cherche Midi. Pues bien: Ruano salió a los tres meses; el judío aquel murió en Auschwitz.

-¿Cómo es que acabó en manos de la Gestapo?
-Esta es la gran pregunta. A juzgar por lo que cuenta Joan Estelrich en sus Dietaris -testimonio especialmente fiable porque fue compañero de Ruano, escribe justo después de estos hechos y sus Dietaris no estaban destinados a ser publicados- parece que la Gestapo estaba convencida de que Ruano prestaba desinteresadamente ayuda a los judíos que pretendían huir de Francia. Sólo después de los interrogatorios y registros llegan a la conclusión de que se trata de un simple, de un vulgar estafador, como él mismo admitió a sus interrogadores.

-Al negocio de la extorsión, ¿se dedica de forma puntual o sistemática?
-Desde luego no fue un caso sólo. Tenemos constancia del judío que compartió con él la celda de Cherche Midi, y también nos consta que desvalijó el piso de otro judío que tuvo que huir y que le dejó su casa, 850 metros cuadrados en la mejor zona de París, a Ruiz Aranda, que a su vez se la prestó a Ruano, que era amigo suyo. Nos pusimos en contacto con el hijo de Aranda, que nos aportó un testimonio muy interesante: entre otras cosas nos contó que Ruano se dedicó a ir vendiendo los muebles y las obras de arte que encontró en el piso.

-Después de estos tres años de investigación y de estas 500 demoledoras páginas, ¿cómo juzga a González Ruano?
-Era un oportunista dispuesto a cualquier cosa por dinero. Y esto lo dicen tanto los fascistas italianos como la Gestapo y los mismos tribunales franceses que lo juzgaron. A mi entender, lo mas grave es que violó sistemáticamente todos los códigos deontológicos imaginables, trabajando al dictado del ministerio de propaganda nazi. Llegó incluso a firmar artículos escritos por otros, y eran siempre piezas de un antisemitismo furibundo, hasta el punto que la misma Falange tuvo que llamarle la atención. Y lo que me parece todavía más grave es que un individuo de esta calaña diera hasta este mismo año nombre a uno de los premios de periodismo mejor dotados... ¡del mundo!

-Le han cambiado el nombre y lo han dejado en premio Mapfre, por la fundación que lo patrocina. ¿Por su culpa, quizás?
-Desde la Fundación Mapfre lo niegan; pero nos consta que es así.

-¿Cómo ha afectado el descubrimiento del lado oscuro de González Ruano a la percepción que usted tenía de su obra?
-Es un escritor de talento irregular pero con momentos realmente brillantes. Me interesan mucho su obra memorialística y sus diarios, y algunas de sus crónicas. Pero estamos ante el viejo dilema sobre si el hecho de que escribiera más o menos bien permite que se le perdone todo lo demás. Es un discusión bizantina, y al final nos encontramos ante un personaje profundamente amoral, un oportunista, un egoista que estaba convencido de que había nacido para ser príncipe, nada menos -y es capaz de decirlo él mismo- y que se pasó la vida pensando que el mundo le debía lo mejor. Si no se lo daba, se lo tomaba. Arrastró toda su vida este síndrome de hijo único y mimado.

-Pues la detención a manos de la Gestapo debió de ser un golpe de dura realidad.
-Fueron tres meses. En realidad no lo torturaron. No le tocaron un pelo, salvo un simulacro de fusilamiento que él mismo cuenta y que no hemos podido comprobar, aunque es posible que así fuera. Estos tres meses fueron probablemente la experiencia más intensa de su vida.. Tanto, que en su obra posterior sigue dándole vueltas a esta experiencia, llega incluso a hacer literatura con las confidencias de los compañeros de celda a los que luego delató a la Gestapo. Era, en fin, un hombre obsesionado con las joyas y con el sexo, con vicios caros, especialmente en el París ocupado. Esto le obligaba a buscar dinero de donde fuese, y sin tener en cuenta las consecuencias que esto pudiera acarrearles a los demás.

-Vayamos a la sección andorrana de El marqués y la esvástica. Con Puigdellívol pasa algo parecido que con González Ruano, pero sin sombras probadas: le someten a un juicio sumarísimo para acabar exculpándolo de toda sospecha.
-Más que nosotros, quien le somete a juicio son los tribunales franceses...

-...que también lo terminaron exculpando, como recogen en el libro. ¿Tuvo quizá Puigdellívol la mala suere de que lo citara Bayo en Reporter y de que haya dejado rastro documental? Lo digo porque todos los que han hurgado en su papel en el paso de fugitivos no han conseguido involucrarlo en la leyenda negra, por mucho que lo han intentado.
-Es cierto, pero el capítulo tiene cierta relevancia porque explica con cifras y datos concretos cómo funcionaba el negocio del pasaje de judíos. A Puigdellívol le hemos incorporado al libro porque uno de los testimonios que cita Pons Prades y del que partimos es el pasaje de judíos en camiones. Algo que no estaba al alcance de muchos pasadores en una época en que los controles, aduaneros y volantes, era constantes y muy estrictos. Hacían falta salvoconductos para todo, y el hecho de pasar a fugitivos judíos en camiones conducidos por militares alemanes lo convierte en un caso único, excepcional.

-Citan también a Barberan.
-Así es, aunque él en camiones sólo pasaba mercancías de contrabando; a los judíos los pasaba a pie, disfrazados de contrabandistas y con la colaboración también de soldados alemanes. Un caso sin duda insólito. El caso es que nos llamó la atención que Puigdellívol utilizara camiones, porque este detalle coincidía con el testimonio del que parte la investigación. Hemos intentado ir analizando todos los elementos, ofreciéndoselos al lector para que él extraiga sus conclusiones. Puigdellívol tenía además confidentes de la Gestapo en su equipo. Todo esto puede no significar nada, pero implica una serie de connivencias y sobornos y, desde luego, es un juego preligroso.

-Que se lo digan a él, que terminó en Buchenwald.
-Sí: con los miembros de su cadena y los judíos que transportaba el día que lo capturaron.

-Hagamos balance: en el libro registran cuatro "matanzas" en zona de -digamos- influencia andorrana, con el resultado de diez fugitivos judíos muertos. En el contexto bélico y teniendo en cuenta de que por Andorra circularon probablemente miles de huidos -Baldrich decía que había pasado a cerca de 300- no parece que sea lo más propio hablar de "matanzas masivas" como hace Daniel Arasa, uno de los expertos que citan en El marqués y las esvástica.
-Hay que tener en cuenta que documentar este tipo de muertes es dificilísimo. La única manera de hacerlo de forma fehaciente es desenterrando fosas, y en el epílogo contamos que han aparecido fuentes de última hora, y fidedignas, de que en Andorra, cuando se descubrían restos humanos sospechosos al levantar por ejemplo un edificio, la práctica habitual era cubrirlos sin avisar a nadie. Estas muertes raramente dejan rastro en los archivos, aunque tal vez puedan encontrarse en uno que nos ha cerrado la puerta a cal y canto: el del obispado de Urgel.

-Un clásico.
-Es un fortín. No hubo manera. Aunque, ¿qué rastro documental podemos esperar que se conserve ahí? Sus parientes quizás sabían que una familia de judíos atrapados en la ratonera europea tenía intención de huir pasando por Andorra. Pero incluso esto es mucho suponer, una huida así no es algo que se anuncie por correo. Supongamos que los familiares estaban informados de que iban a cruzar por Andorra, pero que nunca llegaron. ¿Qué hacen? ¿Dirigirse a gobiernos hostiles como los de la España franquista o la Francia de Pétain para interesarse por estas personas? Si así ocurrió, quizás podríamos encontrar correspondencia de este tipo en el archivo del obispado.

-El capítulo final en Envalira, armados con un detector de metales a la búsqueda de restos humanos en la curva de la muerte... ¿Es una escenificación, una licencia digamos literaria, o tenían de verdad la esperanza de encontrar algo?
-No fue una escenificación, sino un pronto. No queríamos dejar ningún cabo suelto, y por una serie de motivos que explicamos en el libro creíamos que esa zona de frontera era ideal para una matanza de este tipo. Todos los indicios apuntaban a este lugar. Fuimos con un arqueólogo, Albert Roig, que nos hizo ver que si alguna vez hubo allí cadáveres enterrados, el deshielo y las riadas se los habrían llevado tiempo atrás.

-Para terminar: buena parte de la leyenda negra nace con los reportajes de Eliseo Bayo para Reporter. Y para mi gran sorpresa, el propio Bayo admite en el libro que pudo ser engañado. Y surge la sospecha de que quizás en 1977, cuando escribió estos reportajes, ya tenía esta llamémosle intuición, y que a pesar de todo siguió adelante.
-No es justo. Los documentos que nos facilitó demuestran que él investiga honestamente una pista que cree cierta. No inventa ni fabula. Él vio y fotografió huesos. Lo que ocurre es que cuando uno paga por un testimonio inmediatamente surge la sospecha de si no será todo un montaje para hacerse con ese dinero. Bayo acepta esta posibilidad, y es cierto que Reporter era una revista amarillista. Pero dentro de sus parámetros él emprende una investigación honesta, busca testimonios, aporta documentos, visita los escenarios... Nadie hace todo esto si es consciente de que está contando una mentira.

-¿Decepcionados, con los resultados de sus pesquisas?
-Es muy difícil probar nada de esto sin la implicación a gran escala del gobierno [de Andorra]. Hemos removido cielo y tierra, hemos hablado con Bayo -cosa nada fácil y que no había conseguido hasta ahora ningún historiador- hemos desenterrado el proceso de Puigdellívol, que no demuestra que estuviera implicado en la entrega de judíos, pero sí que lo estuvo en una red de salida de jerarcas nazis a través de un bar de Hospitalet que regentaba su familia. Hemos desentrañado cómo funcionaba la maquinaria económica de este tipo de pasaje y, en fin, hemos rescatado el testimonio de Barberan, que como el de Pons Prades, estaba bastante olvidado.

lunes, 17 de marzo de 2014

Una veterana de Ypres, ¿en el CAEE?

La exposición La Gran Guerra en imágenes se completa con una máscara antigás que perteneció a un soldado británico; reconstruimos la biografía posible del artilugio con su actual propietario, Lluís Kallís.

Lo decíamos semanas atrás aquí mismo: La Gran Guerra en imágenes -hasta el 2 de junio [de 2012] en el Centre d'Art d'Escaldes: no se la pierdan- tiene algo de adictiva, constituye una mina de anécdotas de aquellas que suelen quedarse en la letra pequeña, en las notas a pie de página de los libros de historia -y que el lector y yo sabemos que acostumbran a deparar bocados de lo más suculento: prueben con el cargamento de notas de Pax Britannica, la magistral trilogía imperial de Jan Morris, y me cuentan. Buena prueba de ello es el artefacto que tienen aquí abajo: una auténtica máscara antigás de manufactura inglesa, veterana de la I Guerra Mundial -la guerra grande del título de la exposición- que perteneció a un soldado británico que combatió en el frente occidental. Un tommy de los pies a la cabeza, vamos. Desconocemos dónde, pero puestos a especular, ¿por qué no en Ypres, donde en julio de 1917 las tropas alemanas utilizaron por primera vez el terrorífico gas mostaza?

La E95, máscara antigás de fabricación inglesa que se expone en el CAEE, con el filtro que el soldado llevaba colgando; a la izquierda, filtro de rosca del modelo alemán de máscara, que se fijaba al bozal y ahorraba la molesta maleta. Fotografía: Àlex Lara / El Periòdic d'Andorra.
Soldados australianos con la máscara E95 calada, esperando un ataque químico en el frente occidental. Fotografía: Archivo.

Esta es la concisa información que el actual propietario de la pieza, Lluís Kallís, ha podido reunir. No es mucho, de acuerdo, pero es un comienzo. Adquirió la máscara en 2004 en Chipre, nada menos, de manos del hijo de aquel anónimo tommy -¡¿cómo no le preguntaste, Lluís?!- y movido, dice, por un estricto interés profesional: Kallís se dedica a la comercialización de vestuario profesional en su tienda de Escaldes (Andorra), y su catálogo incluye, ya ven, máscaras antigás, así que esta veterana de guerra le aportaba una visión digamos que histórica de uno de los productos de su ramo. Dice que fue amor a primera vista y que lo que lo enganchó fue el cristal derecho. Miren la fotografía: agrietado, pero no roto. A partir de aquí se abre un campo abonado para la divagación pseudohistórica, una de las artes más fascinantes de este oficio: Kallís especula que un obús alemán debió de caer en las proximidades de la trinchera donde nuestro tommy sudaba la gota gorda esperando que acabara la preparación artillera: "Lo que es seguro es que el impacto no le dio de lleno porque el cristal derecho resistió. Posiblemente lo peor para nuestro hombre fue la onda expansiva".

También lo es que el soldado sobrevivió al ataque, porque la E95 inglesa -este es el nombre oficial del modelo- era una máscara de aspecto quizás rudimentario, pero relativamente evolucionada -mucho más en cualquier caso que las simples toallas impregnadas en agua o... ¡pipí! a las que se recurrió en los primeros momentos de la guerra química- y capaz de cumplir con eficacia contrastada las funciones profilácticas para las que había sido diseñada: el hombre que la llevaba podía estar relativamente seguro, dice Kallís, de que sobreviviría a un ataque con cloro o -glups- gas mostaza, las estrellas de los arsenales químicos de la I Guerra Mundial. La teoría no dejaba lugar a dudas: cuando saltaba la alarma -una campana o un potente cláxon de aire comprimido que se oía a 15 kilómetros de distancia- el soldado cogía la máscara de la bolsa que llevaba siempre colgada del cuello -y que le daba un aspecto algo equino- y se la encasquetaba para evitar los efectos del gas. El aire que llegaba a sus pulmones había pasado primero por el filtro, una masa compacta de tejidos impregnados de otros productos químicos que desactivaban el gas, y podía respirar sin peligro. Al menos, en teoría. Nuestro hombre así lo hizo, y la mejor prueba es que tuvo tiempo de concebir al hijo que ocho decenios después le vendió a Kallís la máscara... Eso sí: mientras duraba la alerta de un ataque químico los soldados tenían que dejarlo todo: con la máscara puesta no podían combatir y tenían que esperar a que se disipara la nube tóxica. El caso es que dependían de los elementos: si soplaba un buen levante, podían confiar en que la alarma se levantara en cuestión de minutos; si les pillaba una calma chicha, la espera se podía hacer eterna.

Una amenaza más psicológica que real
El gas mostaza, que era de color acaramelado tirando a amarillento, es el que se ha llevado la peor fama. Se estrenó en Ypres -ya se ha dicho- en el verano de 1917, y tenía sobre todo un efecto psicológico: las tropas sentían un comprensible pánico -¿y quién no?- cuando veían avanzar la nube de gas hacia sus posiciones, pero solo les atacaba si lo inhalaban -y para evitarlo disponían de su inseparable máscara- o si entraba en contacto directo con la piel. Entonces sí, era extremadamente doloroso, causaba ampollas monumentales y ceguera transitoria -son conocidas las imágenes de soldados con los ojos vendados que avanzan con los brazos extendidos sobre los hombres de sus compañeros- y si legaban a los órganos internos era potencialmente mortal. Hay que añadir que los primeros batallones escoceses atacados con gas mostaza se vieron obligados a protegerse lo de debajo del kilt con medias de señora. Por si acaso. Pero lo que está claro es que nadie les mandaba ir a la guerra con faldas.

Ahora bien, el primer gas que entró en combate no fue el mostaza sino el cloro, y los primeros en utilizarlo, el ejército francés, en fecha tan temprana como agosto de 1914. Conviene añadir que si bien en los inicios de la guerra química los británicos mostraron unas nobles reticencias a recurrir a tan podo deportiva arma, al final resultó que fueron los ejércitos de Jorge V los que hicieron un uso más masivo y entusiasta del gas. Conviene también, ya puestos, deshacer otros tópicos. Por ejemplo, el de la mortalidad extrema que causaba el gas. Nada más lejos de la realidad: se calcula que sol causó el 3% de los 9 millones de muertos de la contienda. Y la mayoría, en el frente oriental, donde los soldados rusos eran enviados al combate a pelo. Entre las razones de esa relativamente escasa eficacia destaca por encima de todas el hecho de que después de la sorpresa inicial los ejércitos dotaron a sus tropas de defensas cada vez más efectivas: la máscara británica ya la hemos visto, una careta de goma, hierro y cristal, que se conectaba a través de un tubo con un filtro externo -la malea metálica e la fotografía, habitualmente protegida a su vez por una funda de tejido- y que había que llevar colgando del cuello. Un artefacto como se intuye altamente incómodo y que pronto quedó atrás ante los modelos alemanes: los ingenieros militares del káiser diseñaron unas máscaras antigás con un filtro enroscado en el, ejem, bozal, cosa que además de dotarlos de un aspecto sorprendentemente moderno las hacía mucho menos aparatosas y más manejables. De hecho, Kallís acompaña la E95 con un filtro alemán. Digamos para terminar que en el CAEE se expone otro gadget de la Gran Guerra que reclama atención urgente: el fusil austríaco Manlicher del 1903 cedido por otro coleccionista privado y éste, ay, anónimo que en el anonimato quiere seguir. He aquí una historia que está pidiendo que alguien cuente. A gritos.

[Este artículo se publicó el 18 de mayo de 2012 en El Periòdic d'Andorra]

sábado, 15 de marzo de 2014

Pepe Csoka: el húngaro errante

Formó parte del Honved, el legendario equipo de Puskas, Czibor y Kocsis que la revolución húngara (y la consiguiente represión soviética) condenaron al exilio español. Josef Pepe Csoka militó en el Atlético, el  Mallorca y el Hércules, y colgó las botas como jugador-entrenador en el FC Andorra. Medio siglo después de aterrizar en Madrid, y coincidiendo con la desaparición de Puskas, evoca la diáspora de una de las mejores generaciones que ha dado el fútbol mundial.

El azar lo hizo coetáneo de la mejor generación del fútbol húngaro,del  europeo y posiblemente del mundial: la de Puskas, Czibor, Kocsis, Hidegkuti y Boszic. Nombres míticos que ejercerán de magdalena proustiana entre los aficionados de cierta edad y que la muerte de Puskas, el 17 de noviembre [de 2006], ha rescatado de las hemerotecas. Porque en la primera mitad de los 50, los Might Magyars -los Poderosos Magiares, como la prensa de la época bautizó a la selección húngara- fueron los grandes dominadores del fútbol mundial, desde que se proclamaron campeones en los Juegos Olímpicos de Helsinki hasta que la revolución húngara -y la consiguiente represión soviética- condenaron al exilio a la columna vertebral de aquel equipo. Cuatro años de supremacía balompédica en que infligieron la primera derrota a domicilio de la selección inglesa -el 25 de noviembre de 1953 en Wembley, con el resultado de 3 a 6 a favor de Puskas y compañía- y establecieron el récord, todavía vigente, de 32 partidos consecutivos sin conocer la derrota, antes de caer por 3 a 2 ante Alemania Federal en la final del Mundial de Suiza en 1954.


Procedente del Honved húngaro, uno de los tres grandes de la liga magiar y en el que había coincidido con Bozsik, Kocsis, Puskas, Czibor, Machos y Tichy, Csoka se fugó a Austria en las Navidades de 1956, tras la invasión soviética, e inmediatamente después lo fichó el Atlético de Madrid de Pazos, Peiró, Collar i Vavá, aunque su primer destino español fue el Huelva. Fotografía: Archivo Csoka.

Csoka fichó por el Mallorca en la temporada 1959-60 con la mejor ficha del equipo, 275.000 pesetas, y el objetivo de ascender a Primera, que se consiguió esa misma temporada (Csoka es el primero por la izquierda en la fila de los agachados). Tras su paso por las islas, en 1963 recaló en el Hércules, su último destino como futbolista profesional, y después de instaló en Encamp; mató el gusanillo todavía unos años como jugador y entrenador del FC Andorra. Fotografía: Archivo Csoka.

El futbolista húngaro, fotografiado en 2012 en la terraza de su domicilio en Encamp, Andorra, donde se istaló a principios de los años 60 tras casarse con la encampadana Pepita Llopis. Fotografía: Tony Lara / El Periòdic d'Andorra.

Josef Pepe Csoka (Voessentlaszlo, 1936) coincidió con la mayoría de sus ilustres colegas en las filas del Honved, que junto con el Ferencvaros y el MTK era (y todavía es hoy) uno de los tres grandes de la liga magiar. Tras pasar por las categorías inferiores del club, debutó con el primer equipo en 1954 de la mano del técnico Janos Kalmar. Todavía es capaz de recitar de una tacada la alineación: Grossics, Rakoczi, Lorant, Bozsik, Kotasz, Budai, Kocsis, Puskas, Czibor, Machos, Tichy... Con este último compartió Csoka hasta 17 convocatorias con la selección juvenil, y parecían llamados a tomar el relevo de la gloriosa generación precedente. Pero la política interfirió decisivamente en sus carreras: el 23 de octubre de 1956 estallaba la revolución en Budapest. La paciencia soviética duró exactamente once días: el 4 de noviembre, 19 divisiones y 6.000 tanques del Ejército Rojo ponían fin a la vía húngara hacia el socialismo.

El terremoto político coincidió con la primera aventura del Honved -vigente campeón de liga- en la Copa de Europa: el 22 de noviembre de 1956 se enfrentaban al Athlétic de Bilbao en San Mamés. El resultado -3 a 2 a favor de los vascos- ya no tenía ninguna importancia, porque la mayoría de los jugadores del Honved había tomado la decisión de no regresar a Hungría. Por eso la vuelta ya no se jugó en Budapest sino en Bruselas, territorio neutral. El empate a 3 final significó la eliminación del Honved y el inicio de un periplo transoceánico de exhibición -jugaron en Italia, Suiza, España y el Brasil- para recaudar fondos y financiar el exilio, al estilo del Hungaria capitaneado por Kubala que seis años antes se había paseado por media Europa. Hasta que el gobierno húngaro y la misma FIFA les prohibieron competir con el nombre del Honved. La columna vertebral del equipo se desperdigó por el continente: Puskas se enroló en el Real Madrid; Kocsis y Czibor, por el Barcelona; otros, como Bozsik, regresaron a su país.

Csoka no había sido convocado para la eliminatoria europea, así que se perdió el peregrinaje de aquel equipo de de repente se había quedado sin patria. Pero en diciembre del mismo 1956 aprovechó la relativa y temporal laxitud soviética en la frontera para huir a Austria: "Me habían invitado a Viena para jugar el torneo de Navidad con el Rapid. Fui con un compañero, Ilku Peter. Nunca hasta entonces se nos había pasado por la cabeza abandonar a nuestro familia y nuestro país. Pero Hungría se había sumido en el desastre: las perspectivas eren nulas. Tras la entrada de los tanques soviéticos, cerca de 200.000 personas había huido del país. Nosotros teníamos suerte porque para jugar al fútbol no necesitas hablar la lengua del país al que has ido a parar. Pero los obreros sí que lo pasaron mal".

Csoka no se considera ni un exiliado ni un refugiado, porque "ni entonces ni ahora me interesaba la política". Había abandonado Hungría para labrarse un futuro laboral, y resultó que las mismas circunstancias políticas que lo forzaron a emigrar jugaron a su favor una vez en el extranjero. Mientras estaba todavía en Viena, y a través de un hermano de Jorge Nemes residente en la capital austríaca -Nemes era otro futbolista húngaro que se había instalado en España en los años 40- el Atlético de Madrid solicitó al Rapid dos jugadores jóvenes para incorporarlos al primer equipo. Peter y Csoka fueron los escogidos. Y la avanzadilla de aquella oleada de ases de la pelota que estaba a punto de hacer historia en el fútbol español: el 4 de enero de 1957 se plantaron en Madrid y ficharon por el equipo colchonero; Puskas, Czibor y Kocsis no se incorporaron a sus nuevos equipos hasta la temporada siguiente porque la FIFA había castigado su deserción con un año de inhabilitación.

Csoka y Peter tuvieorn algo más de fortuna y -como sus compatriotas más adelante- recibió además un trato privilegiado por parte de un régimen franquista que no iba a dejar pasar este regalo. Sólo pretendían ganarse la vida jugando al fútbol, dice Csoka, pero acabaron convirtiéndose en munición para la guerra de la propaganda. Tras jurar la nacionalidad española -trámite que se resolvió en cuestión de meses y que les ahorró el canon de 150.000 pesetas que los clubs tenían que abonar a la Federación por cada jugador extranjero inscrito en la Liga- el mismísimo dictador los recibió en audiencia en el Pardo: "Franco estaba tan obsesionado con el comunismo que no se le ocurrió otra cosa que preguntarnos -pero en serio, ¿eh?- si n lo seríamos nosotros, comunistas. 'Si lo fuésemos, Excelencia, no estaríamos aquí', le respondí."

Hasta aquí, los flecos políticos de aquella pequeña odisea húngara. En adelante, Csoka se limitaría a jugar al fútbol. Primero, en el Huelva, donde recaló unos meses cedido por el Atlético mientras se resolvían los trámites administrativos. Y las dos temporadas siguientes, ya en el conjunto madrileño, que entonces entrenaba Daucik -extécnico del Barcelona y cuñado de Kubala. Quizás ya no era la edad de oro de principios de los 50, cuando los rojiblancos habían ganado dos ligas consecutivas bajo la dirección de Helenio Herrera, y con Benbarek como estrella indiscutible, pero Csoka vivió una edad de plata al lado de jugadores como el portero Pazos, los delanteros Peiró y Collar, y el brasileño Vavá. Con ellos protagonizó el debut del Atlético en la Copa de Europa, la temporada 1958-59, ante el Drumcondra de Dublín. El resultado global de la eliminatoria, muy de la época: 13 a 1 a favor de los chicos de Daucik. El CSKA de Sofía y el Schalke 04 alemán fueron las siguientes víctimas antes de caer en semifinales contra el Real Madrid, que al final se llevaría ante el Stade Reims el cuarto título consecutivo de la máxima competición continental.

¿El mejor equipo de la historia?
Claro que aquel era el Madrid de Puskas, Di Stefano, Gento y Kopa. Una máquina de fabricar goles y a juicio de Csoka el mejor conjunto de la historia... junto con el Honved anterior a la desbandada: "Mejores que el Barça de Cruyff y que el actual de Rijkaard", opina. Por cierto: la gira europea del Honved de 1957, todavía con todas sus estrellas en la plantilla, lo enfrentó al Madrid. El resultado, 5 a 5 (al Barcelona los húngaros lo habían liquidado por 3 a 4). Csoka recuerda la admiración fraternal que le profesaba a Puskas: "Fue el número 1. Lo tenía absolutamene todo: dríbling, pase, toque y sentido de la anticipación. Es cierto que llegó al Madrid con algunos kilos de más, pero allí lo resolvieron atándole un cinturón de plástico alrededor del estómago y haciéndole sudar la gota gorda. Fue un crack, mejor incluso que Di Stefano, que cuando lo vi jugar reconoció enseguida el talento que había en Puskas y le cedió los lanzamientos de falta y de penalti, que hasta entonces era exclusiva suya en el Madrid. También fue Puskas quien enseñó a Gento, que ya era el más rápido, a correr con el balón controlado hasta el córner y a centrar con intención. Y fue esto lo que le convirtió en el mejor extremo del mundo. Era tan, pero tan bueno, que una vez lo cogí por los hombros y le pregunté: '¿Por qué no me das tus piernas?' Y va su mujer y me responde: 'Si es a cambio de su cabeza, hecho..."

En el terreno de juego sólo se vieron una vez las caras: fue en noviembre de 1958, la primera temporada de Puskas en el Madrid. El Atlético llegaba líder a Chamartín, pero salió con el rabo entre las piernas tras el 5 a 0 que les endosaron los blancos. Csoka todavía lo recuerda: "Para que veas cómo se jugaba entonces, Daucik puso diez delanteros ante el portero. ¡Contra el Real! El más defensivo era el lateral Calleja. A mí me puso en el lateral izquierdo, para tapar a Kopa, que tenía una constitución y unas condiciones similares a las mías. '¡Te lo comes!', me decía el entrenador. Era la primera ocasión en que jugaba como marcador, pero en el fútbol profesional tienes que hacer lo que te mandan. Pero era un partido decisivo, y fallamos. Aquella liga la ganó el Madrid, pero es que eran imparables".

Csoka había aterrizado en el fútbol español con el aura de estrella. Se lo llevó el Atlético con una oferta estilo Corleone, de aquellas que no se pueden rechazar: la misma ficha que sus mejores jugadores, Peiró y Collar, es decir, 250.000 pesetas, más otras 5.000 mensuales en concepto de salario: "Piensa que en aquella época un operario cobraba como mucho 2.000 pesetas al mes. Así que nosotros éramos dos chavales de 20 años que de repente nos vimos cobrando una millonada. Claro que no se puede comparar con las estrellas de hoy. Todavía recuerdo cómo se lamentaba Kubala, y con razón, de que en sus 17 temporadas como profesional no llegó a ganar lo que un crack de hoy en un solo año". Y eso que Csoka no puede quejarse: todos los equipos en que militó le conservaron el estatus de estrella. En el Mallorca recaló la temporada 1959-60 con la ficha más alta de la plantilla: 275.000 pesetas y, a cambio, el compromiso de llevar al equipo a Primera. Lo consiguió aquel mismo año. De hecho, en marzo de 2006 y dentro de los actos del 90º aniversario de la fundación del club, el Mallorca homenajeó a los supervivientes de aquella gesta: Arqué, Cobo, Bolao, Forteza, Llopis, Mir, Oviedo y... Csoka. Precisamente de su etapa mallorquina es su mejor recuerdo como futbolista: un eslálom con el balón controlado desde campo propio hasta la portería contraria que terminó en gol: "Parecido a la jugada de Deco contra el Werder Bremen, pero con final feliz". El rival de aquella memorable ocasión fue el Murcia.

Tres temporadas aguantó Csoka en las islas. En 1963 cogió los bártulos y se plantó en Alicante. El Hércules fue su último destino como futbolista profesional. Llegó como el abanderado de un ambicioso proyecto deportivo que tenía que culminar -como en el caso del Mallorca- con el conjunto en Primera. Pero la cosa se torció: "Estiraron más el brazo que la manga, y no llegué a completar mis tres años de contrato porque se quedaron sin dinero". Había llegado la hora de hacer caso de su esposa, Pepita Llop, a quien había conocido en 1957 en unos de los partidos de fiesta mayor que Kubala acostumbraba a organizar en Andorra. Se casaron en 1959: "Decía que el fútbol era cosa de gitanos, siempre de aquí para allá y sin saber nunca dónde estaríamos al año siguiente. Quizás tenía razón..." El caso es que Csoka cambió los campos de fútbol por el supermercado que durante cuatro décadas regentó en encmap (Andorra), y mató el gusanillo jugando y entrenando unas temporadas más con el FC Andorra en la época de los Dolsa, Llovera, Coll, Arias, Reguer, Llopis, Muñoz... "Éramos capaces de llenar el campo con 2.000 espectadores. Ahora a un partido del FC Andorra con suerte van medio centenar de aficionados. ¡Son cifras de un partido de infantiles!"

Mira atrás y se considera un afortunado. Quizás no tenía las piernas de Puskas ni el talento de Kubala, los dos grandes amigos suyos -"A Kubala le decía que se instalara en Andorra, que le darían la nacionalidad y que así no tendría que cargar maletas hacia Suiza, pero no me hizo caso"- pero tuvo en cambio y a diferencia de Puskas suficiente cerebro para levantar un negocio con el que sobrevivir tras la retirada de los campos: "Es mucho más de lo que pueden decir la mayoría de los ases de aquella época, que no diré que hayan muerto en la indigencia, pero casi. ¿Por qué? Una vez te has acostumbrado a un determinado ritmo de vida es muy difícil frenar, y cuando dejas de ser una estrella o te jubilas, los ingresos también se jubilan contigo y los ahorros enseguida se agotan. Muchos no lo supieron prever".

Conserva Csoka hoy parte de su trayectoria deportiva en los recortes de periódicos de la época que avalan un pasado dorado como jugador esencialmente polivalente, un perfil muy actual. No era ni un delantero ni tampoco un extremo nato, pero dominaba las diversas suertes del juego y era sobre todo un buen pasador: "Tenía un buen juego de cintura y recortaba bien. Y aunque no era un goleador -Ronaldinho tampoco lo es- la temporada del ascenso con el Mallorca marqué 17 goles, que no está mal". Se compara con Xavi, Iniesta y -atención, sorpresa- con Soldado. También tuvo la suerte de que las lesiones y las defensas contrarias lo respetaron: "Y eso que eran duros. Los había que si te cazaban te dejaban cojo. Pero yo era más hábil y siempre saltaba más y antes de que los defensas sacaran la segadora. Pero hubo tres, eso sí, con los que nunca pude: Verde, del Extremadura; Navarro, del Rácing, y Heriberto Herrera, un paraguayo que medía dos metros y con el que había coincidido en el Atlético, y que después jugó en el Elche. El caso es que me habían cogido el truco y que si jugaba contra ellos cambiaba de banda para que no me amargaran la tarde".

El exilio español no le salió a Csoka tan caro como a alguno de sus colegas más célebres. Mientras que Puskas y Czibor tardaron un cuarto de siglo en conseguir la autorización para regresar a su país, él lo pudo hacer tan solo diez años después de su salida. Y ni él ni la familia que había quedado atrás -padres y un hermano- tuvieron que hacer frente a ninguna represalia. Hoy vuelve cada año a la casa del barrio de Budapes adonde la familia Csoka se trasladó cuando el pequeño Josef tenía 5 años desde la vecina localidad de Voessentlaszlo. Y es uno de los escasos supervivientes de aquella excepcional generación de jugadores: "¿Que por qué éramos tan buenos? Quizás porque aprendimos a jugar en la calle, con balones hechos a mano, con las medias de mamá rellenas de tela. Éramos pobres pero llevábamos el fútbol en la sangre, y lo seguiremos llevando hasta la tumba". Literalmente, por lo que parece, porque Pepe sigue hoy los partidos de la liga española desde los tres televisores instalados en el comedor de su casa en Encamp, sobre el supermercado del que ha vivid todos estos años. Y como banda sonora, el Carrusel deportivo de Radio Nacional de España. Como si el tiempo no hubiera pasado y en cualquier momento el locutor vaya a narrar el eslálom que un húngaro llamado Csoka se marcó hace 50 años contra el el Murcia.

[Este artículo se publicó el 13 de diciembre de 2006 en la revista Informacions]

viernes, 14 de marzo de 2014

González Ruano, los camiones y la leyenda negra

Sala Rose y Garcia-Planas retratan el lado oscuro del autor de Mi medio siglo se confiesa a medias y revisan el mito de los pasadores en El marqués y la esvástica: César González Ruano y los judíos en el París ocupado.

Comencemos por el final. Ya verán que merece por una vez la pena: imagine el lector que los autores de El marqués y la esvástica -el periodista Plàcid Garcia-Planas, reportero de guerra de La Vanguardia, y la filóloga y germanista Rosa Sala Rose- armados con un detector de metales y acompañados por un arqueólogo, caminan por los alrededores de cierta curva de la N-20, la carretera que une el Ospitalet, del lado francés, con el Pas de la Casa, la última población andorrana. Por la zona del río Palomeres: el Pla de la Vaca Morta. Buscan con más entusiasmo que esperanzas los restos -huesos, hebillas, cualquier cosa- de los fugitivos judíos que durante la II Guerra Mundial sospechan, fueron asesinados justo en este recóndito tramo de carretera por los pasadores que los iban a conducir a la libertad. A Andorra. Imagine también el lector que en un momento dado va Sala y en un arrebato de buena surte da, que sí, con un prometedor y alargado hueso: "¡Un húmero"!, se dice. Por fin, la prueba definitiva que han buscad sin éxito durante tres años de investigaciones que les han llevado a sumergirse por una veintena de archivos de ochos países. Lástima que el arqueólogo de la expedición les dé un baño de realismo: aquel pingajo no es lo que queda de un húmero humano, sino tan solo "un huso ovocaprino". La dura realidad, insiste el arqueólogo, es que si alguna vez aquel rincón de montaña sirvió como cementerio de los judíos asesinados por sus presuntos salvadores, hace tiempo que sus restos hubieran sido arrastrados por el deshielo.

César González Ruano, periodista y escritor, que residió entre 1942 y 1944 en el París ocupado por los nazis y a quien Sala Rose y Garcia-Planas vinculan con la extorsión de fugitivos judíos en El marqués y la esvástica. Hasta hace dos meses daba nombre al premio de periodismo mejor dotado de España -y del mundo entero-  patrocinado por la Fundación Mapfre, que casualmente decidió cambiarle el nombre ante la inminente publicación del libro. Fotografia: ABC.
El Pas de la Casa en los años 50: siguiendo por la N-20, ya en el lado francés, se encuentra la curva en que los autores sospechan que pudieron ser ametrallados los grupos de fugitivos judíos traicionados por sus supuestos guías. Fotografía: APA / El marqués y la esvástica.
Manfred Katz, confidente de la Gestapo del que autores insinúan que delató al grupo de Puigdellívol, capturado por la Gestapo en Mont-Lluís en junio de 1944. El pasador andorrano terminó de estas en Buchenwald, de donde no salió hasta la liberación de los campos con el fin de la II Guerra Mundial. Fotografía: El marqués y la esvastica.

Esta es la culminación pelín esperpéntica de El marqués y la esvástica, tocho de medio millar largo de páginas que sigue el rastro del escritor y periodista César González Ruano en el París ocupado de los primeros años 40, que prueba la infame participación del autor de Mi medio siglo se confiesa a medias en la extorsión de fugitivos judíos a los que ayudaba a abandonar Francia a través de los Pirineos, y que tirando del hilo fueron a parar a Puigcerdá, pongamos que en la primavera de 1943, cuando André Parent, aduanero francés de Bourg-madame y colaborador de la Resistencia, sospecha que la caravana de camiones Berliet parada en la frontera transporta en realidad un cargamento de hombres. Fugitivos judíos de camino hacia Andorra. Una pista que concuerda con otra más: la que dejó el exguerrillero anarquista Eduardo Pons Prades -el mismo que sostenía en El mensaje de otros mundos haber sido abducido, ejem, por un ovni en cierto paraje de la Cerdaña francesa- en Los senderos de la libertad: un libro relativamente reciente -lo publicó en 2002 La Rosa de los Vientos- que pasó por aquí totalmente desapercibido y donde el autor recoge el testimonio de un tal Rosenthal, ingeniero químico y judío de Coblenza.

Otro fugitivo, éste con la particularidad de que sobrevivió al ametrallamiento al que sus supuestos salvadores sometieron a su grupo de fugitivos de camino hacia la salvación: "Les dijeron que iban a entrar en Andorra a pie por la montaña y que en menos de una hora estarían a salvo. Pero de pronto estallaron ráfagas de ametralladora y el griterío de las víctimas. Como el ingeniero caminaba detrás del todo sólo fue alcanzado en un hombro. A la luz de las linternas los asesino se paseaban entre los moribundos a los que desvalijaban, luego abrieron una zanja en la que medio enterraron los cadáveres". Un testimonio que Pons Prades recogió a su vez de su compañero de armas Manuel Huet -ex nano d'Eroles durante la Guerra Civil y quien en 1946 se instaló, por cierto, en Andorra, muerto en 1984 a consecuencia de un accidente de tráfico. Auxiliado por un grupo de la Resistencia que lo rescató en la montaña y le hizo curar las heridas en Cacasona, nada menos que por el doctor Joaquim Trias, Rosenthal explicó cómo él y su grupo -incluidos sus padres y hermana- fueron engañados por un supuesto funcionario de la embajada española en París. Un funcionario que según Pons Prades y como el mismo maquis se encargó de confirmar, era ni más ni menos que González Ruano.

Esta es la principal revelación de El marqués y la esvástica, que no es propiamente un libro de historia sino la crónica de la investigación que los autores emprenden por media Europa para tratar de probar la implicación de Ruano en las escabechinas de fugitivos judíos que -sospechan- podían terminar en la curva de la Vaca Morta de la N-20. Sin demasiado éxito, todo sea dicho. Porque la conclusión final es que nuestro hombre de hoy se dedicó a la extorsión sistemática de los judíos que tenían la mala pata de ir a caer en sus garras, pero en cambio se reconocen incapaces de probar documentalmente los vínculos con las matanzas como aquella a la que Rosenthal sobrevivió. Por el camino exhuman el juicio al que Ruano fue sometido en Francia y que en 1947 lo condenó a 20 años de trabajos forzados por "inteligencia con el enemigo". Por concretar: colaboración con la Gestapo y delación de los reos -miembros de la Resistencia y un judíos que por lo visto acabó en Auschwitz- con los que durante tres meses compartió celda en la prisión de Cherche Midi. Cortesía, paradójicamente, de la Gestapo, que lo detuvo, sostienen los autores, creyéndolo cómplice en el paso clandestino de judíos, hasta que los convenció de que se trataba tan solo de un vulgar estafador. Estos tres meses de cautiverio le suministraron material que más tarde reutilizó en alguna de sus novelas, e incluye un oscuro episodio de simulacro de fusilamiento, por el que pasa de puntillas en sus diarios. Ni que decir tiene que Ruano no cumplió ni un solo día de los 20 años de trabajos forzados a los que fue condenado por los tribunales franceses: en 1947 hacía tres años que había regresado a España.

La leyenda negra: un balance (provisional)
Tozudos como son Sala Rose y Garcia-Planas siguen más pistas, y así es como -atención- Antoni Puigdellívol se cuela en esta historia: él era el único pasador, dicen los autores, que en la época se dedicaba a cruzar por la zona de Puigcerdá a grupos de fugitivos que cargaba en camiones... ¡conducidos por soldados alemanes! Untados, por supuesto. Un juego peligrosísimo, este de Puigdellívol, porque en junio de 1944 fue sorprendido por la Gestapo a la altura de Mont-Lluís al frente de una expedición. Puigdellívol acabó en Buchenwald, con su mano derecha, el también andorrano Pepito Gelabert, y el grupo que pretendía pasar. Parece que fue un confidente infiltrado en la cadena el que los delató. Y le ponen nombre: Manfed Katz, que tras la guerra se refugió en Barcelona. Puigdellívol, en fin, no saldría del campo de concentración hasta el final de la contienda, en mayo de 1945.

El caso es que este episodio no impidió que la justicia francesa le abriera en 1946 juicio: le acusaba de la muerte de madame Espira, una judía que formaba parte del convoy en que la Gestapo cazó al mismo Puigdellívol. El proceso se alargó dos años pero al final salió de él limpio como una patena: no se pudo probar la acusación, y el pasador contó con el aval de un reputado testimonio: el exministro de Defensa francés André Diethelm. Puigdellívol alegaba haber pasado a la mujer y a la hijastra de Diethelm; Sala y Garcia-Planas demuestran que no fue así. Un personaje, en fin, de claroscuros, como tantos que pululan por este libro, y del que también sacan a colación la controversia con Isabel del Castillo, que lo acusa en El incendio de haberse quedado con el dinero que le confió cuando la ayudaron a cruzar los Pirineos, y -todavía más inquietante- la supuesta implicación del bar que la familia regentaba en Hospitalet, Barcelona, en una trama que acabada la guerra se ocupaba de pasar a España a gerifaltes nazis como Georges Delfanne, alias Masuy, "sádico gestapista conocido por la invención del suplicio de la bañera". Glups.

Hay que añadir que Puigdellívol no fue el único pasador motorizado y que recurrió al soborno de los militares alemanes en el tráfico clandestino de hombres: en nuestro rincón de Pirineo hubo por lo menos otro, Paul Barberan, que utilizaba camiones para el contrabando de neumáticos por el Pas de la Casa, y que para pasar judíos había ideado un estratagema tan insólito como audaz y, por lo visto, eficaz: Barberan disfrazaba a sus fugitivos de contrabandistas, fardo incluido, y los hacía desfilar a pie por los pasos de montaña, con la aquiescencia y en ocasiones con la colaboración entusiasta como porteadores de los mismos alemanes. Claro que también Barberan acabó arrestado por la Gestapo, en abril de 1944. Con más suerte que Puigdellívol, porque tan solo tres días después lo encontramos sopechosamente en libertad. Sala especula que quizás la compró vendiendo al mismo Puigdellívol...

El marqués y la esvástica constituye, en fin, una mina de información, mucha de la cual rigurosamene inédita: los procesos de Ruano y Puigdellívol, por ejemplo, por no hablar de la aproximación digamos que contable al negocio del tráfico de fugitivos, con billetes que podían salir por la astronómica cifra de 100.000 francos por persona -es lo que Del Castillo sostiene haberle pagado a Puigdellívol- y  un beneficio neto por cada fugitivo efectivamente pasado que ascendía a 20.000 francos de media. Tiene también un interés mayúsculo el balance de la, ejem, leyenda negra: los autores han documentado cuatro "matanzas" de judíos -esto de "matanzas" lo dicen ellos- con una decena de víctimas en total: los dos matrimonios belgas que Joaquim Baldrich afirmaba haber visto semienterrados en la nieve cerca del Estany Negre, a los que habían liquidado dos guías aragoneses, Mulero y Trallero; Jacques Grumbach, diputado socialista francés y director del diario Le Populaire, a quien su guía, Lázaro Cabrero, decerrejó un tiro en la nuca: le costó un proceso en el que resultó sorprendentemente absuelto; el caso del matrimonio Allerhand, Gustave e Ida, judíos franceses que en septiembre de 1942 salieron de Ussats les Bains con destino a España de los que nunca más se tuvo noticia -reseñado por Josep Calvet en Las montañas de la libertad; y las tres chicas judías cuyos cadáveres José Bazán cuenta en sus memorias, Jo, un nen de la guerra, que fueron rescatados en 1942 del valle del Madriu (Andorra).

Diez muertos que constituyen indudablemente diez tragedias, pero que difícilmente admiten la cualificación de "matanzas", sobre todo si tenemos en cuenta no sólo el contexto bélico sino también que por Andorra cruzaron miles de fugitivos: el mismo Baldrich afirmaba haber pasado más de 300, aunque los autores sospechan que hay muchísimos casos más que no se podrán probar jamás por la misma naturaleza del paso clandestino... y si no aparecen los restos que Sala y Garcia-Planas buscaban en la N-20. Como Eliseo Bayo, el periodista de Reporter, en los años 70...

Más contundente aun se muestra el historiador Daniel Arasa (La guerra secreta del Pirineu), cuyo testimonio también es recogido en El marqués y la esvástica, y que no se corta un pelo. Perdonará el lector la cita kilométrica: "En Andorra hubo mucha gente, andorrana y de fuera, que de forma directa o indirecta colaboraron con las cadenas de evasión. La inmensa mayoría no se caracterizaron por el altruismo. Es cierto que el humanitarismo tampoco abundó en muchos otros lugares, pero el caso andorrano es el más extremo de mercantilismo en los pasos pirenaicos. Salvo honrosas excepciones, en Andorra el ideal sólo tenía un nombre: oro. Algunas de las grandes fortunas de Andorra tienen su origen en el paso de gente por el Pirineo. En determinados casos, el dinero se hizo con la sangre de los fugitivos, a los que se expolió, abandonó en la montaña o incluso mató a fin de robarles. Algunos fueron entregados a los alemanes para cobrar la recompensa. Hay que puntualizar que estos abusos extremos fueron hechos aislados, no una actuación generalizada como algunas veces se ha dicho. La mayor parte de los guías cobraban precios elevados por su trabajo, pero no eran asesinos".

Gravísimas acusaciones, con o sin sangre de por medio, que lanza al aire sin aportar, en fin, prueba alguna. Y en este plan, no nos iremos sin mencionar de nuevo a Bayo, el autor de aquella fundacional serie de reportajes sobre la leyenda negra publicados en 1977 en Reporter -ya se ha dicho. Pues bien, tras décadas de silencio, en El marqués y la esvástica admite que pagó a los testimonios -supuestos pasadores que lo condujeron a los rincones donde yacían las supuestas víctimas- y que no podía estar seguro de la veracidad de lo que entonces le contaron -y él mansamente publicó: "A lo mejor lo amañaron, quizás cogiendo huesos de un cementerio... La verdad es que no estoy muy seguro". A lo mejor, en fin, eran huesos ovocaprinos.

[Este artículo se publicó el 13 de marzo de 2014 en El Periòdic d'Andorra]