Incursiones relámpago, estilo Sturmtruppen, en episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y las dos postguerras, con ocasionales singladuras a alta mar, a ultramar y si conviene incluso más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

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viernes, 29 de agosto de 2014

Jacinto Bonales, autor de 'Història territorial de la Vall d'Andorra': "Los conflictos por las lindes fronterizas resurgirán con la aparición de nuevos recursos en los territorios en disputa"

El historiador leridano Jacinto Bonales (Tremp, 1969) se ha llevado las dos últimas ediciones del premio Principado de Andorra de investigación histórica [2012 y 2013] con Història territorial de la Vall d'Andorra, abstruso título bajo el que se oculta un exhaustivo tocho que estudia la influencia mutua entre hombre y paisaje, o entre hombre y territorio, y cómo esta estrecha interrelación ha ido configurando a lo largo de los siglos -¡y de los milenios!- las actuales divisiones administrativas. Una perspectiva absolutamente inédita, ya ven, que entre nosotros sólo había practicado el mismo Bonales en Andorra la Vella sense límits (2011).

-Parece que el territorio andorrano haya sido siempre el que es hoy, pero no. ¿A cuándo se remonta el perfil actual del país?
-Se empieza a configurar entre los siglos XI y XIII, estimulado por el conflicto con los señores feudales, y en los siglos XIV y XV se consolida tal como lo conocemos. Con un detalle: los andorranos conservaron ciertos derechos de aprovechamiento -emprius, según el derecho consuetudinario catalán- fuera del territorio.

-¿Queda alguno vigente?
-El tratado de 1863 que delimita la frontera entre Andorra y España reconocía por ejemplo del derecho de pasto, leña y agua en la montaña de Setúria, por el lado de Tor y de Os de Civís. Pero este, como otros, ha prescrito por desuso.

-Ya que hablamos del tratado de 1863: ¿este convenio y el firmado con Francia en 2012, delimitan oficialmente y definitivamente el territorio andorrano?
-El de 1863 baja al detalle y marca la frontera con hitos sobre el terreno, algunos de los cuales todavía se conservan hoy. El acuerdo con Francia, en cambio, se refiere sólo a la zona del Pas de la Casa. Se entiende que el resto de la frontera la delimita la vertiente.

-¿Podemos imaginar que en la época romana ya existía una Proto-Andorra diferenciada de los valles vecinos? ¿O es mucho imaginar?
-Podemos, pero era muy, muy Proto-Andorra, aquella Andorra. Roma colonizó sin ningún género de dudas lo que hoy es el Alto Urgel y la Cerdaña, dividiendo el territorio en centurias; Andorra, en cambio, era un vicus, un territorio plenamente romano pero que organizaba de forma diferente la explotación de sus recursos.

-¿Ocurre en algún otro valle pirenaico, o se trata de una especificidad andorrana?
-Suponemos que en el Pallars se produjo un proceso de romanización similar al andorrano, como en los valles más elevados de Aragón y Navarra.

-Andorra, ¿estaba geográficamente predestinada a convertirse en lo que es hoy?
-No lo creo. Lo que ocurre es que desde los mismos inicios de la feudalización la oligarquía local juega a dos cartas, buscando ahora el apoyo de un señor -los Caboet- o del otro -el obispo de Urgel. Eso sí: la destrucción de los castillos de Bragafolls y la Margineda son dos auténticos hitos contra el feudalismo... logrados jugando con las cartas y las reglas del mismo feudalismo. Un obra maestra de los políticos andorranos del momento.

-La delimitación territorial, ¿es una cuestión zanjada?
-En la medida en que surjan nuevos intereses por la explotación de los recursos, aparecerán nuevos conflictos o se reproducirán los antiguos. ¿Cómo? Podría ocurrir que una parte recurriera a antiguos derechos quizás caídos en desuso, o que cuestionara fronteras no del todo consolidadas. Pensemos que en un momento dado el término de Arcavell se comía -según sus vecinos, claro- casi la mitad de lo que hoy es Sant Julià de Lòria. Una reclamación que podría resucitar en condiciones adecuadas.

-¿Existe alguna zona potencialmente conflictiva?
-En el interior de Andorra, sí: los tres límites que se han discutido a lo largo del último milenio.

-Que son...
-...Los límites entre Andorra la Vella y Sant Julià de Lòria; entre la Massana y Ordino, y entre Encamp y Canillo. Pero si recurrimos a la documentación medieval es posible saber exactamente por dónde transcurría cada línea de término.

-Por lo tanto, está claro quién tiene razón y quién, no.
-Lo está. Pero hay que tener en cuenta que más allá de los límites hay otros derechos -como el de empriu- que pueden desdibujar, matizar o discutir esta línea.

-Intentémoslo: entre Andorra la Vella y Sant Julià de Lòria, ¿quién tiene las de ganar?
-Según la documentación, el límite pasa por la cruz de Santa Teresa, como sostiene la capital, y no por la Margineda, como pretende Sant Julià. Y así lo han reconocido los mismos lauredianos en diversos momentos de la historia. Pero también es cierto que Sant Julià ha explotado durante tanto tiempo esta zona que casi podría considerarse un espacio medianero.

-¿Y entre Ordino y la Massana?
-Otro término medianero: la zona de la Gonarda. Según los papeles, era una franja de administración conjunta entre el comú de la Massana y el quart de Ordino. Pero a caballo entre los siglos XX y XXI tiene poco sentido, reconozcámoslo, referirnos a términos medianeros.

-En el caso de Concòrdia, el juez ya ha dicho la última palabra.
-Todos los mojones están sentenciados. Unos, recientemente; otros, desde hace siglos. Y muchos de ellos, en repetidas ocasiones. Pero la conflictividad resurge cuando aparecen nuevos recursos por explotar.

-¿Hay algún episodio especialmente sangriento, en este proceso de consolidación del territorio andorrano?
-Muchos. Por ejemplo en el siglo XIV, cuando los andorranos topan con los señores feudales de la Cerdaña en Cantabrà, por un derecho de empriu que Andorra la Vella tenía sobre el término de Lles. Se sucedieron una serie de incursiones y las consiguientes represalias que terminaron con cuatro muertos por parte catalana.

-Los andorranos vencieron. Por lo menos en esta ocasión.
-A medias, porque el litigio derivó en un juicio que condenó a la parte andorrana a resarcir al señor de Lles el valor de los cuatro desgraciados que se dejaron el pellejo en el incidente.

-¿Qué tesis propone en su Historia territorial...?
-Si miramos un mapa de Andorra actual, comprobaremos que muchas de las divisiones administrativas existentes no aparecen reflejadas en él.

-¿Por ejemplo?
-Los límites entre Andorra la Vella y Sant Julià de Lòria. Pero aún hay más: tampoco coinciden exactamente los límites entre Andorra y España... según nos fijemos en el mapa oficial de uno u otro país.

-¿Ah, no?
-Pues no. Por la parte del coll de Vallcivera, por ejemplo. Esto no quiere decir que se trate de un territorio en disputa, sino que los mapas reflejan interpretaciones diferentes. El mismo caso se registra en los límites entre Sant Julià de Lòria y Os de Civís, en la montaña de Cervellà.

-¿Y por qué ocurre, esto?
-La hipótesis que planteo es que a lo largo de los siglos los andorranos han ido dando forma al espacio y han creado una serie de instituciones en un proceso en el que también han intervenido fuerzas externas como la romanización y el feudalismo, y que han influido en la concreción de los límites actuales. Unos límites cuyos orígenes pueden rastrearse perfectamente desde la Edad Media, por lo menos.

-Tan "perfectamente" no será, cuando se dan estas dudas y estas vacilaciones en algo aparentemente tan claro como es por donde pasa una frontera.
-El hecho de que algunos de estos límites no aparezcan en los mapas actuales no significa que no existan desde, pongamos, el siglo XV.

-Pues tendrá que explicarme por qué han desaparecido del mapa, estos límites.
-Por las disputas cíclicas que se irán sucediendo en la época moderna y contemporánea, muchas veces por la incapacidad de interpretar correctamente lo que un antiguo pergamino dice sobre los límites en discordia.

-¿Cuáles son los puntos más calientes en la delimitación territorial de Andorra?
-Hay un buen puñado de ellos, desde el derecho de empriu de la Massana sobre el término de Encodina, en Ordino, o el del término catalán de Arcavell sobre el bosque de la Rabassa, en Sant Julià de Lòria.

-¿Y los momentos más conflictivos?
-Los siglos XII y XIII, cuando los señores feudales intentaron establecer dominicaturas con castillo incluido en el interior de Andorra: tenemos los casos bien conocidos de la Margineda y Bragafolls.

-Lo intentaron... Les salió el tiro por la culata, me temo.
-Exactamente: tuvieron que demoler las fortalezas, y esto gracias a la reacción a tiempo de las parroquias, que habían visto lo que ocurría en los términos vecinos: en Os, por ejemplo, la erección del castillo comportó que el pueblo se convirtiera en un dominio señorial. Por supuesto, la acción señorial y la consiguiente reacción popular tuvo consecuencias en la configuración de las divisiones administrativas.

-A ver, a ver.
-Cuando se destruye el castillo de Bragafolls, el conde reparte el territorio y establece qué parte de él será gestionada por el quart [la parroquia, o municipio, se subdivide en diferentes quart, o vecindarios con entidad propia] y qué parte, no. Por eso el mas de Tolse quedó bajo el dominio del monasterio de Sant Serni de Tavèrnoles: una isla feudal dentro de la parroquia de Sant Julià de Lòria.

-¿Por qué la feudalización fracasa en Andorra y triunfa en el resto de los Pirineos? ¿Qué nos hizo ser diferentes?
-La unidad de los andorranos, una circunstancia que en parte también se registró en los valles vecinos de Àneu y de Arán. En las zonas próximas del Alto Urgel y de la Cerdaña la población estaba muy polarizada, con unos pocos vecinos poderosos al servicio del conde y titulares de dominicaturas; no es que en Andorra no existieran, estas familias prominentes y cercanas al poder, pero el pueblo supo jugar la carta de la dualidad de poderes, buscando apoyos en el conde o en el obispo, según la coyuntura y las necesidades. Por este motivo el feudalismo no fue en Andorra un elemento disgregador.

-¿Cuándo comienza el hombre a intervenir en el territorio de lo que hoy es Andorra?
-En el Neolítico, cuando arranca la agricultura. Los andorranos practicaron la quema de bosque y sotobosque para mantener los pastos mucho antes que en la vertiente norte de los Pirineos. Esto implica, a su vez, que crearon unos circuitos ganaderos antes de la configuración de las fronteras actuales.

-¿De qué época estamos hablando?
-De la Edad del Bronce, sobre el 1500 aC.

-¿En qué otros momentos se intensifica la modificación del paisaje?
-La antropización del territorio empieza mucho antes de la época romana. La explotación intensiva del bosque para alimentar las fargues -fraguas- durante los siglos XVII y XVIII fue muy aparatosa, pero no hay que olvidar que se registró una explotación no menos intensiva desde la Edad del Bronce para convertir el bosque en pastos.

-¿Y cuándo se produce la mayor presión sobre el paisaje?
-En el siglo XIV: pensemos que en aquella época el cultivo del cereal llegaba hasta lo alto del coll de Montaner... ¡A más de 2.000 metros! Lo que ocurre es que con las crisis demográficas que se sucedieron inmediatamente después l zona de cultivo se retiró a cotas más bajas.

-Por lo tanto, ya podemos ir desterrando el prejuicio de que la montaña y el bosque no han estado nunca tan amenazados como en la actualidad.
-Al contrario: desde los años 50 y 60 se han ido abandonando cultivos de altura y el bosque ha crecido como nunca antes. Si observamos cualquier fotografía de principios de siglo XX, veremos las montañas completamente peladas, casi no existía el bosque. Paradójicamente, es a partir de la urbanización, del abandono de la agricultura intensiva y de la ganadería extensiva y de la explotación forestal cuando el bosque crece de forma nunca vista.

-¿No hubo nunca peligro cierto de sobreexplotación?
-Eran muy conscientes de lo que se jugaban: cuando se detectaba un desequilibrio entre población y recursos inmediatamente articulaban mecanismos para evitar la depredación, con cotos y límites al ganado que podía pastar en determinado lugar.

-¿Y de superpoblación?
-El máximo demográfico se registra en Occidente a finales del siglo XIII y principios del XIV. Y precisamente para evitar la superpoblación se impuso un sistema que favorecía la emigración de los segundones. Así conseguían mantener un índice demográfico bajo que garantizaba la suficiencia de los recursos, e incluso un pequeño excedente. A partir del siglo XIV, el cambio climático, las malas cosechas y la peste alejaron durante muchos siglos el peligro de una explosión malthusiana.

-¿Existen rincones vírgenes, no tocados por la mano del hombre?
-No. Hasta las zonas hoy más boscosas han prosperado en los últimos 40 o 50 años: Costafreda o Palomera, en Sant Julià de Lòria, que hoy son bosques frondosísimos, eran hace un siglo parajes prácticamente desforestados.

-¿Cuál es el momento álgido de la agricultura en Andorra?
-Los siglos XII, XIII y XIV, cuando el cereal y la viña e incluso algo de olivo se cultivaban en todo el país.

-¿Y qué lugar ocupa el valle del Madriu, hoy patrimonio de la Humanidad, en toda esta historia?
-Fundamental: es un paisaje antropizado, de bosques y pastos donde podemos leer la historia de los últimos 2.000 años, y no sólo la de Andorra sino la de todo el Pirineo.

-Para terminar, ¿por qué un hijo del Pallars vecino de Mequinenza se ha especializado en la historia del paisaje andorrano?
-Hace diez años me encargaron un estudio de la Solana de Andorra la Vella. Entonces comprobé que la documentación conservada en los archivos del país era mucho más abundante y rica que la que se ha conservado en Cataluña, y que estudiar esta documentación nos ayudaría a comprender el funcionamiento de las comunidades de montaña no sólo de Andorra sino también -otra vez- de todo el Pirineo.

[Este artículo refunde dos entrevistas publicadas el 2 de noviembre de 2012 y el 16 de octubre de 2013 en El Periòdic d'Andorra]




lunes, 10 de febrero de 2014

Cuando vivíamos en castillos

El yacimiento de La Margineda, en Santa Coloma (Andorra), conserva la mayor fortaleza medieval jamás excavada en la vertiente sur de los Pirineos; los arqueólogos sitúan el momento de esplendor a mediados del siglo XIII; los muros llegaban hasta los cinco metros de altura y los seis de grosor.

Retrocedamos 800 años, hasta 1190. El conde de Urgel acaba de ceder la fortaleza de Sant Vicenç d'Enclar al vizconde de Castellbò y, según un documento citado por el historiador Roland Viader- le ha dado permiso para levantar nuevas defensas "en la parte baja del monte Enclar". Es decir, en La Margineda. Esta es por lo visto la primera y única referencia documental del castillo que desde hace dos temporadas la propiedad de la finca, Casa Molines, excava en Santa Coloma (Andorra). Un yacimiento que emerge a escasos cien metros de la carretera general y donde se han localizado los vestigios de lo que -según el arqueólogo catalán Ivan Salcedo, director de las excavaciones- constituye la mayor fortaleza medieval exhumada en la vertiente sur de los Pirineos.

La excavación del yacimiento de la Roureda de la Margineda, en Santa Coloma (Andorra), se inició en 2007. Hasta el momento se ha excavado el llamado recinto soberano, el corazón de la casa fuerte, que se extiende por una superficie de unos 1.500 metros cuadrados. Fotografía: Tony Lara / El Periòdic d'Andorra.
El recinto soberano desde el exterior: los muros podían llegar hasta los cinco metros d altura, y en determinados puntos, hasta los seis de grosor. El recinto soberano, el corazón del castillo, constaba de edificio residencial de dos plantas y, posiblemente, una tercera rematada con una terraza defensiva; en la planta baja se concentraban las dependencias funcionales -cocina, fresquera, forja y despensa-, más el patio de armas y una pequeña capilla de planta absidial. Ilustración: Molines Patrimonis.
 La fortificación del recinto empezó hacia 1190, mientras que con la firma de los Pareatges de 1288 decae el uso militar y el castillo retorna a sus primitivos usos agrícolas. Los muros se utilizaron como cantera y se adosaron nuevas casas al recinto. La peste negra de 1348 comporta el abandono del asentamiento. Ilustración: Molines Patrimonis.

El castillo sigue la estructura habitual de las casas fuertes catalanas de la época: edificio residencial de dos plantas y posiblemente una tercera rematada con una terraza defensiva. En los bajos se concentraban las dependencias funcionales -cocina con lar, fresquera, forja y despensa- más un patio de armas y hasta una pequeña capilla de planta absidial. En el primer piso residía la familia del castlá -el señor del castillo por cuenta del vizconde de Castellbò- más los sirvientes y una pequeña guarnición de hombres de armas.

Pero lo más espectacular e insólito del yacimiento es el perímetro amurallado que rodeaba el recinto llamado soberano que constituía el corazón del castillo: una faja de piedra que podía llegar en algunos tramos hasta los seis metros de grosor -la altura no se ha podido determinar: una lástima. Una estructura defensiva condicionada por la topografía, ya que la fortificación se levantaba sobre un  pedregal que impedía la excavación de fosos, y al estar ubicada en un terreno en pendiente, había que proteger especialmente el flanco expuesto a un hipotético ataque desde una posición superior. Es en este tramo donde se levantaron los muros ciclópeos que la distinguen respecto a otras casas fuertes hermanas excavadas en yacimientos catalanes como el castillo de Mataplana, en Barcelona. Como éstas, tampoco la de La Margineda luce torre del homenaje, aunque sí bastiones y baluartes que denotan unos depurados conocimientos de arquitectura militar en el maestro que diseñó la fortaleza. El recinto soberano, que es el único que se ha excavado, se extiende por una superficie de unos 1.500 metros cuadrados, pero las prospecciones en la zona exterior han permitido deducir la existencia de una muralla que protegía el llamado recinto jussà y que completaba el perímetro defensivo. Sumados ambos, el yacimiento se va hasta los 4.000 metros cuadrados.

La vida útil de castillo fue sin embargo efímera: según los Pareatge de 1288, el obispo de Urgel y el conde de Foix acuerdan no erigir en lo sucesivo edificaciones defensivas en los Valles de Andorra e inutilizar las entonces existentes. Decae a partir de entonces la función militar que había tenido la fortaleza y comienza una nueva etapa que se prolongara hasta 1350, y que está  marcada por el retorno a los usos agrícolas que había tenido el primitivo asentamiento de la Margineda. Se conserva el edificio residencial, pero las murallas se arrasan y se aprovecha la piedra para levantar nuevos edificios. Hasta que a mediados del siglo XIV se abandona definitivamente el asentamiento.Se pierde entonces su rastro hasta el siglo XIX, cuando se rellena con tierra y se reutilizan como bancales las estructuras supervivientes. Es en este contexto en el que hay que situar la leyenda de la bruja que es arrastrada por una yunta de bueyes hasta La Margineda. Según Pere Canturri, que realizó las primeras prospecciones en la zona en los años 50, los mayores del lugar contaban que por el camino que había seguido la bruja en cuestión no crecía ni una brizna de hierba. Pues bien: parece que estos puntos yermos podrían coincidir con los cimientos de los muros.

La utilización militar del yacimiento data del siglo XII, pero el primer asentamiento humano se remonta según Salvadó al siglo XI. De esta época se han excavado los restos de una pequeña construcción y se han recuperado tres piedras procedentes de prensas primitivas. Y poca cosa más se sabe. En la tercera campaña arqueológica se excavarán los pavimentos de losa y piedra así como los nivelamientos del recinto soberano. Según Montserrat Cardelús, consejera delegada de Molines Patrimonis, faltará una cuarta campaña para que el castillo sea visitable, objetivo último de las excavaciones. Así que habrá que esperar por lo menos hasta 2010.

[Este artículo se publicó el 3 de julio de 2009 en El Periòdic d'Andorra]


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¿Víctimas de la peste negra?
Los arqueólogos que excavan el yacimiento de La Margineda plantean la hipótesis de que el castillo fuera abandonado a causa de la pandemia que liquidó a un tercio de la población europea en el siglo XIV; hasta tres decenas de hombres residían en la fortaleza en los años de esplendor

Las noticias sobre la previsible mortalidad que la llamada gripe nueva provocará en invierno son cada día que pasa más inquietantes. Quizás no servirá de gran consuelo, pero hace 700 años, a mediados de siglo XIV, otra pandemia arrasó Europa: la peste negra o, glups, bubónica, cuyo sólo nombre ya da algo de miedo. Se calcula que liquidó entre un cuarto y un tercio de la población europea de la época. Incluida la andorrana.

Hasta aquí, nada que no se supiese. La novedad es que la peste negra fue probablemente la causa del abandono del castillo de La Margineda, que se produjo precisamente a mediados del mismo siglo XIV. Esta es la hipótesis con la que trabaja el arqueólogo catalán Ivan Salvadó, que dirige desde hace tres temporadas las excavaciones de la fortaleza. Una hipótesis todavía no sustentada documentalmente, pero que considera plausible. La cronología coincide y -dice Salvadó- "es relativamente habitual toparse con yacimientos de esta época que de repente son abandonados sin una causa aparente; y esta causa acostumbra a ser la peste negra". Sólo así se explica la evacuación de un recinto que había estado ininterrumpidamente habitado por lo menos desde el siglo XI, protegido por murallas que medían hasta cinco metros de alto y seis de grosor, rodeado de campos de cultivo y erigido en un promontorio privilegiado, al pie de Sant Vicenç d'Enclar y dominando todo el valle.

Las últimas huellas humanas en el yacimiento las fecha Salvadó entre 1325 y 1350. Y la peste negra llega a la ciudad italiana de Mesina a bordo de un barco genovés procedente del Mar Negro en septiembre de 1347. Si la cronología y la hipótesis son correctas, la evacuación del castillo de La Margineda fue fulminante. El hombre no volvió a instalarse en el lugar hasta el siglo XIX, cuando lo que quedaba de las murallas ciclópeas se rellenó de tierra y se aprovechó para construir bancales. Pero con estos antecedentes todavía sorprende menos la leyenda de la bruja que rodea el yacimiento. Aunque lo cierto es que cuando la peste arrasó o simplemente vació por precaución el asentamiento de La Margineda ya había pasado el momento de esplendor de la fortaleza, que el arqueólogo sitúa entre 1190, cuando el conde de Urgel autoriza a Arnau, vizconde de Castellbò, a erigir un castillo "en la parte baja del monte Enclar", y la firma del segundo Pareatge, en 1288.

Es en este período cuando se levanta el recinto amurallado: un conjunto de cerca de 4.500 metros cuadrados de superficie que tenía su centro neurálgico en la casa fortificada ahora exhumada, que constaba de dos o tres plantas, más patio de armas y una pequeña capilla. Hoy quedan los cimientos y poco más. La levantaron los mismos vasallos del vizconde bajo la supervisión de un maestro de obra que -aventura Salvadó- tenía sólidos conocimientos de arquitectura militar, "por la forma como sabe defender las puertas, el punto más vulnerable de un castillo de estas características, de manea que un hipotético enemigo que penetrara en el recinto quedara siempre expuesto al contraataque de los defensores desde un posición elevada". Calcula que tardaron entre tres y cinco años en levantar el conjunto. Un caso especialmente singular porque en toda Andorra sólo se tiene constancia de otros tres castillo: el de Bragafolls, en Aixovall, del que tan sólo se conserva un lienzo del muro; el de San Vicenç d'Enclar, estrechamente relacionado con el de La Margineda, y el de las Bons, en Encamp- y sobre todo porque conserva la estructura original de una fortaleza del siglo XII, sin añadidos ni modificaciones posteriores.

Efecto psicológico
Salvadó aventura que en los años dorados, cuando ejercía como centro estratégico para el control de los valles de Andorra, residían en la casa fortificada el castlá con su familia, los sirvientes y una pequeña guarnición de hombres de armas. En total, entre 20 y 30 almas. Los soldados, probablemente en dependencias adosadas a las murallas del recinto soberano, el corazón del castillo y la única parte que hasta ahora se ha excavado: "Pero no debemos imaginarnos ni grandes ejércitos ni soldados uniformados; probablemente eran hombres a sueldo, algo así a los guardaespaldas de hoy". Tampoco podemos esperar ni operaciones de sitio ni grandes batallas: "Como mucho, algún golpe de mano con nobles rivales en los años previos a los Pareatge". Lo cual no significa que las murallas del castillo fueran un lujo inútil y absurdo: "Hay que pensar que los campesinos de la época, que mantenían al clero y a la nobleza, vivían en casas que eran poco más que chozas; para ellos, una casa fortificada como esta, con sus pisos y sus murallas, debía de parecerles un edifico imponente, probablemente el más grande que nunca vieron". El castillo constituía, además, el simbolo del poder, la sede de la justicia y el lugar donde estaba la mazmorra en que se encerraba a los reclacitrantes: "Hoy lo vemos con nuestros ojos de turistas, pero en la Edad Media un castillo tenía un efecto psicológico y disuasorio importantísimo para mantener el orden feudal. Y la gente del pueblo lo debía ver con una mezcla de admiración, temor y reverencia".

[Este artículo se publicó el 20 de julio de 2009 en El Periòdic d'Andorra]