Incursiones relámpago, estilo Sturmtruppen, en episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y las dos postguerras, con ocasionales singladuras a alta mar, a ultramar y si conviene incluso más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

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sábado, 1 de marzo de 2014

El último viaje de Joan Català

Muere en la Seo de Urgel el veterano anarquista y pasador de hombres durante la II Guerra Mundial.

En enero de 2012 nos dejaba Joaquim Baldrich, pedazo de hombre que hace una década rompió medio siglo de silencio y aireó la heroica, fascinante peripecia de los pasadores de hombres. Ya saben: antiguos combatientes republicanos, contrabandistas o simplemente aventureros que se pusieron durante la contienda al servicio de los aliados y ayudaron a huir de la Europa ocupada por los nazis a centenares, quien sabe si miles de fugitivos, pilotos abatidos sobre suelo alemán, judíos de todas las nacionalidades, franceses en edad militar y políticos de todas las tendencias. Baldrich era probablemente el más carismático de entre nuestros pasadores, aparte del primero de estos hombres de acción que habló abiertamente de su pasado. Pero no fue el único. Además de la cadena de Baldrich, que dirigía Antoni Forné desde el hotel Palanques de la Massana, durante la guerra operaron desde nuestro rincón de Pirineo otras muchas redes, células y grupos. En uno de ellos, el que dirigía desde Tolosa el anarquista aragonés Francisco Ponzán, se enroló Joan Català (Llavorsí, Lérida, 1913-la Seo de Urgel, Lérida, 2012), uno de los últimos supervivientes de aquella gesta, que murió el 14 de octubre [de 2012].  Tenía 99 años y un pasado tan plagado de peripecias de todos los colores que a veces costaba creer lo que contaba. Para que nadie hablara en su nombre él mismo lo explicó en El eterno descontento, atribulada autobiografía que merece la pena revisar para conocer desde dentro y en boca de unos de sus protagonistas algunos de los episodios más oscuros del siglo XX.

Català hojea un ejemplar de su autobiografia, El eterno descontento, en su domicilio de la Seo de Urgel, en el invierno de 2007. Fotografía: Màximus.

El caso es que la vida de Català es una y múltiple, como una matrioshka rusa. Y el historiador Josep Calvet, autoridad máxima sobre la materia, la ha reconstruido también en Las montañas de la libertad. Pasará probablemente a nuestra pequeña historia pirenaica como miembro del grupo Ponzán, como correo de la central anarquista CNT y como agente libre al servicio del consulado británico de Barcelona. Pero su trayectoria bélica arranca con la Guerra Civil española -voluntario primero en la celebre columna Durruti, espía al final de la contienda del Servei d'informació especial perifèric, el SIEP, donde contactó con Ponzán- y continúa tras la derrota republicana: se evade del campo de concentración de Vernet, se refugia en Andorra -en el hotel Paulet de Escaldes- y se recicla como contrabandista, como tantos otros de sus colegas. Ponzán lo ficha entonces como correo para su cadena, en 1940 es detenido en Cádiz, ingresa en prisión y protagoniza la primera de sus fugas: de la madrileña prisión del Cisne. Regresa a Andorra, de nuevo al servicio de Ponzán, pero ahora ya como pasador, utilizando en sus misiones las rutas que cruzaban el Pirineo por Andorra y la Cerdaña, a pie hasta Manresa, donde cogían el tren hasta Barcelona.

El destino final, como es sabido, era el consulado británico ubicado inicialmente en la plaza Urquinaona. En 1941 vuelve a caer, esta vez en la estación de Francia de Barcelona y en compañía de dos pilotos aliados. Otra vez es encerrado y por segunda ocasión se fuga; la historia se repetirá en 1942 y el 1943, y Català se convierte con toda legitimidad en el Houidini de los pasadores. En fin, que desarticulado el grupo Ponzán -al servicio a su vez de la Línea Pat O'Leary, mantenida por los servicios secretos de Churchill- Català se pone directamente a las órdenes del Servicio de Operaciones Especiales de Su Graciosa Majestad y se especializa -dice Calvet- en ayudar a cruzar los Pirineos a militares polacos, bien por la ruta de la Cerdaña o por los mucho más accesibles -y por eso mismo, mucho más vigilados- pasos del Ampurdán. Hasta que el 25 de junio de 1944 es de nuevo capturado en Adrall por la policía franquista.

Termina aquí la segunda vida de Català, la de pasador, y comienza la de fugitivo: en 1946 es condenado a 12 años de prisión, pero para mantener la tradición al año siguiente se escapa del penal madrileño de Carabanchel; pasa a Francia, donde es nuevamente detenido -por indocumentado, ¿les suena?- y liberado, decía, gracias a la intervención de los servicios secretos galos y en reconocimiento a su papel en las cadenas de evasión durante la guerra. No tendrá tanta suerte en 1951: la policía lo pilla tras atracar un furgón correo en Lyon: pasará los siguientes 14 años como inquilino de las prisiones francesas. Sale en liberad en 1965 y se instala otra vez en Andorra, penúltima estación antes de recalar definitivamente, ahora sí, en La Seo. Una vida como se ve intensa como pocas, hoy difícilmente concebible -fuera de la gran pantalla, claro- y una mezcla de heroísmo, temeridad n inconsciencia que a veces parece salida de una entrega de Hazañas bélicas, y otras, de un reportaje de El Caso, y que él aliñaba con silencios y sobreentendidos que la hacían todavía más suculenta. Sus últimos años, especialmente a partir de la publicación de El eterno descontento, recibió el reconocimiento público que casi siempre le fue esquivo.

[Este artículo se publicó el 17 de octubre de 2012 en El Periòdic d'Andorra]


jueves, 13 de febrero de 2014

Las tres muertes del anarquista Eroles

Roland Eroles investiga el papel de su primo, Dionisio, en la represión en la retaguardia catalana durante la Guerra Civil; militante de la CNT y faista, fue jefe de las patrullas de control y orden público de la Generalitat entre octubre de 1936 y mayo de 1937.

Hubo un tiempo en que el apellido Eroles imponía en Barcelona respeto, temor e incluso terror. Normal, si tenemos en cuenta que Dionisio Eroles (Barcelona, 1900-¿Andorra, 1941?) fue entre octubre de 1936 y mayo de 1937 -justo en los inicios de la Guerra Civil- el jefe del servicio de orden público de la Generalitat. De la poli, vamos. Y que entre las responsabilidades de este histórico militante libertario, miembro de la FAI -la vanguardia política del sindicato y núcleo duro del anarquismo catalán, al lado de hombres como Aurelio Fernández, Manuel Escorza y José Asens- figuraba la de dirigir las célebres patrullas de control (!), que durante los primeros meses de la contienda impusieron su revolucionaria ley a sangre y fuego en la retaguardia catalana. Una represión en muchos casos extrajudicial que se saldó con cifras terroríficas: 8.360 vítimas mortales, según las cuentas del historiador catalán Jordi Albertí en El silencio de las campanas. El reinado de Eroles terminó abruptamente cuando en mayo de 1937 los anarquistas fueron desalojados de la posición de fuerza que desde los inicios de la guerra habían ocupado con el beneplácito del presidente de la Generalitat, Lluís Companys. Son los Fets de Maig. Desde entonces, Eroles se dedicó a sobrevivir, esquivando las represalias de los antiguos compañeros de lucha antifascista y evitando hábilmente acabar en el frente. Con relativa buena fortuna, porque fue unos de los miles de catalanes que con la derrota republicana emprendieron el camino del exilio. Otros no llegaron vivos a la debacle.

Foto sin fechar de nuestro hombre. Fotografía: Archivo.

Dionisio Eroles en noviembre de 1936, cuando era jefe de orden público de la Generalitat: sentado, en el centro y rodeado de Els Nanos d'Eroles, su guardia pretoriana, en la época en que su nombre imponía respeto, temor y terror en las calles de Barcelona. Fotografía: Mi revista.
 
Era febrero de 1939, y si hablamos de Eroles aquí y hoy es en parte por este motivo: su trayectoria bélica, que ya durante el último tramo de la contienda es difícil de reconstruir, entra a partir del exilio en el campo de la pura y fascinante leyenda. Lo cierto es que en un momento indeterminado de 1940 se le pierde definitvamente la pista. Dos hipótesis explicaban hasta ahora la desaparición de Eroles: la primera, sustentada en una carta del aragonés Antonio Ortiz Ramírez -como él mismo, antiguo militante libertario- fechada en 1977, sostiene que nuestro hombre fue capturado entre la primavera y el verano de 1940 en el campo de concentración de Vernet por un comando del grupo Ponzán -la célebre red de pasadores en que militó Joan Català, recientemente fallecido- que iba tras un supuesto botín cuyo paradero se supone que Eroles conocía.

Para sorpresa de Ortiz, consiguió escapar con vida de sus captores. La alegría no le duró mucho: al cabo de unas semanas volvieron a pillarle y esta vez no hubo contemplaciones. Lo liquidaron. Según esta versión, sus antiguos conmilitones, que como se ve no se endaban con tonterías, lo enterraron "dans un coin des Pyrénées". La segunda versión es todavía más inquietante: Eroles habría conseguido refugiarse en Montalban, en el departamento del Tarn, hasta que fue localizado por las autoridades francesas, detenido y entregado a la polícia franquista, que en lugar de trasladarlo a España para juzgarlo optó por la expeditiva solución de ejecutarlo... ¡en territorio andorrano! De confirmarse esta segunda hipótesis, uno de los hombres a los que tradicionalmente se ha atribuido la responsabilidad del terror rojo yace, glups, entre nosotros.

En busca de la verdad (en la medida de lo posible)
Pelín rebuscado, la verdad, pero en cualquier caso una nueva y prometedora página en el libro de la Guerra Civil que nos toca -o que nos podría tocar- de bien cerca: ¿fue un hecho puntual, o era práctica habitual, que la policía franquista ejecutara a sus huéspedes incómodos en tierra andorrana? ¿Tuvieron alguna noticia de ello, las autoridades locales? Y si es así: ¿prefirieon mirar hacia otro lado? Hay veces en que lo mejor es no saber... Para determinar cuánto hay de verdad, cuánto, de acusación malintencionada, y cuánto, de pura fabulación en esta figura escurridiza, Roland Eroles (Andorra la Vella, 1967) emprendió un decenio atrás una maratoniana investigación con la que pretende "restablecer la verdad, saber quién fue y qué fue de Dionisio, para lo bueno y para lo malo".

Como habrá intuido el lector, Roland parte de un interés muy personal, casi íntimo en el asunto: Dionisio era primo hermano de su padre, Francesc Eroles, exiliado también de primera hora y que -casualidades sinistras que depara la vida- se instaló en Andorra en 1948. Roland se ha sumergido en archivos españoles, franceses y holandeses -los de la CNT están depositados en Amsterdam- siguiendo el rastro de su pariente. Y a las dos hipótesis digamos que tradicionales sobre el mutis de Dionisio añade ahora una tercera pista: que cambiase de identidad y que embarcara rumbo a la América Latina para emprender una nueva vida. A favor de esta hipótesis juega, arguye Roland, el ejemplo de otros correligionarios como el mismo Escorza, que se instaló en la ciudad chilena de Valparaíso hasta su muerte, en 1968. Incluso podría darse el caso de que hubiera formado una nueva familia. Pero también hay algún contra: "Aunque en un contexto bélico y ante el temor de represalias nunca se sabe cómo va uno a reaccionar, parece que esto de desaparecer sin dejar rastro no se avenía con su talante".

Pero es un hilo y por lo tanto, una esperanza. Además, Roland tampoco acaba de ver claras las otras dos alternativas: de la solución franquista no le cuadra la falta de publicidad que hicieron las mismas autoridades españolas de la época, que utilizaban la captura de figuras como Eroles como munición para la batalla propagandística: "No he encontrado ni rastro en los archivos policiales". Que los culpables fueran los anarquistas de Ponzán tampoco lo ve claro: "El único testimonio que hay es el de un antiguo militante que habla de oídas y treinta años después de los hechos de un botín que Dionisio difícilmente se hubiera podido llevar consigo a Francia, porque a los exiliados las autoridades francesas les confiscaban absolutamente todas sus pertenencias al cruzar la frontera".

¿Cabeza de turco?
Así que el enigma Eroles continúa vigente. Pero retrocedamos unos años y regresemos a la Guerra Civil: ¿fue este hombre de aquí arriba -en una de las escasa fotografías que se conservan: ésta se publicó en el número de diciembre de 1936 del semanario barcelonés Mi revista: en el apogeo de su reinado- uno de los responsables del terror que imperó en la retaguardia catalana en los primeros meses de la contienda? Roland sospecha que Dionisio, como tantos otros anarquistas, sirvieron como cabeza de turco a quien endosar las culpas del llamado terror rojo. Un deporte, éste, al que se aplicaron con entusiasmo no sólo el bando franquista sino también los que hasta mayo de 1937 habían sido compañeros de armas de CNT y FAI: es decir, ERC, PSUC, POUM, Estat Català...: "Se  habla de Eroles y de los anarquistas como de elementos incontrolados, sanguinarios, siniestros y criminales. Pero lo cierto es que la violencia en la calle remite a partir de octubre de 1936, justo cuando él es nombrado jefe del servicio de orden".

Pero, ¿hasta qué punto estaba pringado Dionisio? ¿Qué parte alícuota de responsabilidad le corresponde entre las 8.360 muertos de la represión? "El Comité de milicias antifascistas lo integraban miembros de todos los partidos; fijémonos en su composición y en la proporción y sabremos qué parte de culpa le corresponde a cada cual", insiste. ¿Es Eroles, en fin, un hombre inocente a quien la historia -que escriben, ya saben, los vencedores- ha colocado injustamente del lado de los malos? Entre 1920 y 1935 estuvo constantemente entrando y saliendo de prisión acusado de atentados y sabotajes varios. Pero nunca, jamás se le pudo endosar ni un solo muerto, sostiene. Tampoco durante su mandato como jefe de la policía de la Generalitat -y de las patrullas de control- se le puede imputar, asegura, ningún delito de sangre.

Eso sí: su nombre aparece en el sumario por la extorsión y asesinato de 46 hermanos maristas que pretendían escapar a Francia. Según esta acusación, se podría haber apropiado de parte de los 200.000 francos que la orden había pagado en concepto de rescate. "Pero se trata de un solo testimonio que dice que le parece que quizás le habían entregado a él el dinero. Y tampoco llegó a demostrarse. Así que la acusación hay que tomarla con muchísimas reservas", recalca Roland. Llegados a este punto, convendrá el lector que se hace inevitable especular: ¿y si era este rescate el botín que perseguían los anarquistas de Ponzán? En un relato como este, construido a base de sombras, de suposiciones y de suplantaciones, no constituiría la hipótesis más estrambótica.

[Este artículo se publicó el 11 de diciembre de 2012 en El Periòdic d'Andorra]