Incursiones relámpago, estilo Sturmtruppen, en episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y las dos postguerras, con ocasionales singladuras a alta mar, a ultramar y si conviene incluso más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

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sábado, 19 de septiembre de 2015

El otro éxodo de la Guerra Civil (2)

El historiador Jordi Rubió publica L'èxode català de 1936, la primera monografía consagrada a los fugitivos que huyeron a través de los Pirineos durante la conflagración.


Guardias franceses a las órdenes del coronel Baulard atienden en Sant Julià de Lòria a un refugiado aparentemente enfermo (arriba); sobre estas líneas, la chenille, ambulancia semioruga -¡como los half track de La Nueve!- que el destacamento sanitario francés utilizaba para rescatar a los fugitivos heridos en la montaña. Fotografías: Archivos departamentales de los Pirineos Orientales. 

Se lamentaba días atrás el historiador Ferran Sánchez Agustí del desinterés académico por los fugitivos de la zona republicana que durante la Guerra Civil se evadieron por los Pirineos, en una especie de ensayo general -pero en sentido inverso- de lo que iba a ocurrir a partir de 1942 con las redes de evasión aliadas. Antes lo hubiéramos dicho, porque precisamente esta semana llega a las librerías L'èxode català de 1936 a través dels Pirineus (Gregal), la primera monografía consagrada a un episodio que hasta ahora solo se había tocado de forma tangencial. El volumen parte de la tesis doctoral del autor, el historiador gerundense Jordi Rubió (Olot, 1983), constituye algo así como la precuela de Las montañas de la libertad, la biblia de Josep Calvet sobre la evasión pirenaica en la II Guerra Mundial, y el complemento ideal a Andorra durant la Guerra Civil espanyola, de nuestra Amparo Soriano. 

Vaya por delante que Rubió presta especial, muy especial atención -y aquí radica la novedad- en los fugitivos de la Cataluña bajo control -más o menos, sobre todo en los primeros meses- de la Generalitat, lo que él mismo denomina "el primer éxodo de la Guerra Civil" y que hay que distinguir -porque no tienen nada que ver- con el éxodo por antonomasia, el republicano de 1939, por otro lado profusamente estudiado. Es decir, añade, militares y políticos catalanes comprometidos con el golpe de estado obligados a huir tras el fracaso del Alzamiento en Cataluña, pero también eclesiásticos -sobre todo en los primeros meses- y después comerciantes y pequeños empresarios, profesionales y propietarios, desertores del ejército republicano e insumisos -hay que tener en cuenta, advierte, que el ejército republicano se nutrió inicialmente de milicianos, y que las quintas no empezaron a ser movilizadas hasta mediados de 1937. Incluso políticos afectos al régimen legítimo y altos cargos de la misma Generalitat. Dicho esto, advierte el autor de la escasa, por no decir nula homogeneidad ideológica de este éxodo, unido tan solo -y como mucho- por "un único componente transversal": las convicciones católicas.Y entre los movimientos más o menos masivos de refugiados registrados en los dos últimos siglos a través de los Pirineos -desde los exiliados de las guerras carlistas hasta las redes de evasión aliadas en la II Guerra Mundial, pasando por el exilio por excelencia, que es el de la España republicana en febrero de 1939, Rubió opina que el más semejante al que nos ocupa es el de los insumisos y desertores franceses de la I Guerra Mundial, otro capítulo prácticamente desconocido del que pronto nos ocuparemos.

Pero pongámosle de una vez cifras: Agustí consideraba recientemente -y a cuenta de la reciente publicación de La Guerra Civil al Montsec- que cerca de 30.000 personas huyeron por los Pirineos de la España republicana; Rubió, por su parte, ha contabilizado 15.000 en los archivos franceses, de los que entre 9.000 y 10.000 con nombre y apellidos. Esta es la cantidad "mínima" de evadidos, dice. "Quizás la podríamos doblar con los que no constan en los archivos, que no son exhaustivos, y si añadiéramos los evadidos que huyeron en tren o por vía marítima, más los de otras zonas de España que pasaron por los Pirineos catalanes, no resultaría exagerado hablar de unos 50.000 fugitivos".

Un éxodo con todas las de la ley en que Andorra jugó -como lo haría en la II Guerra Mundial- "un papel importantísimo", tanto por el volumen de evadidos que huyó por aquí -a finales de agosto de 1936 cuenta 2.000 refugiados, para una población que a duras penas llegaba a las 6.000 almas; en septiembre había un centenar de religiosos, y en abril de 1938, 1.200 hombres en edad militar, entre los 18 y los 45 años- como por la ayuda que les prestó el destacamento a las órdenes del comisario Baulard, con sus tres compañías de guardias móviles -en total, 140 hombres- que llegaron el 27 de septiembre de 1936, a los que hay que añadir los "bomberos" del 28º Génie de Montpellier y una unidad sanitaria al mando del teniente médico Bertrezene que, entre otros cometidos, vacunaba sistemáticamente a los refugiados y les prestaba primeros auxilios muy necesarios, porque los fugitivos podían llegar con los pies destrozados a causa del periplo -cinco noches al raso no eran raras, antes de llegar a Andorra-, especialmente en invierno. Baulard disponía incluso de la chenaille de aquí arriba, una especie de ambulancia todo terreno equipada con orugas para operar en la montaña y rescatar a los fugitivos atrapados en la nieve. Más datos: según un informe del comité de Londres, encargado de controlar las fronteras terrestres y marítimas de España, el mayor flujo de refugiados que pasaban a Francia desde Andorra se registró entre el 24 y el 29 de junio de 1937, con 144 evadidos: de ellos, el 85% opta por ser repatriado por Hendaya e Irún; el resto, por el internamiento en campos de refugiados -casernas abandonadas, escuelas- como el que habilitado en Montauban.

Agentes franquistas: una lista
Más allá de los casos bien conocidos del obispo Guitart -que se refugió en Andorra a finales de julio de 1936- y de san Josemaría -en diciembre del año siguiente- el autor pone como ejemplo paradigmático del fugitivo por tierra andorrana a Josep Gassiot, profesor barcelonés que, dice, se sintió intimidado por la FAI. Con motivo, porque el hombre ya había tenido que largarse el curso anterior a Almería, nada menos, para evitar el acoso anarquista -se incautaron de su casa- y al regresar le faltó tiempo para darse cuenta de que corría peligro: contactó con una red de evasión que, cuenta Rubió, operaba desde el mismo Gobierno Militar de Barcelona -¿quintacolumnistas o vulgares oportunistas?- y abonó por el billete 2.000 pesetas en billetes de serie anteriores a la guerra. El periplo de Gassiot arranca el 20 de octubre de 1937: la primera etapa, en tren hasta Manresa; desde aquí tenía que llegar por sus propios medios hasta Puig-reig, donde le espera el guía, un pasador que aprovechaba la excursión para llevar a Andorra y de contrabando, claro, una saca llena de monedas de plata: "El grupo era recibido al anochecer en masías que tenían un tentempié a punto, incluso una cueva en las proximidades para descansar". El 24 de octubre llegan finalmente a Sant Julià, y Gassiot obtiene a través de los enlaces del gobierno franquista sobre el terreno "una habitación de hotel, alimentos e incluso calzado". Y todo, a cuenta del Alzamiento.

Rubió pone nombre y apellidos a estos elementos que operaban, dice, como "red de reclutamiento" en suelo andorrano, y que expedía a los fugitivos de la zona republicana en autobús, directamente hasta Irún, o bien en tren, caso este en que acompañaban a los evadidos hasta la estación de Hospitalet -la primera localidad francesa tras dejar atrás la frontera andorrana- donde eran empaquetados hacia Hendaya bajo estricta vigilancia -había que evitar la tentación de que los fugitivos prefirieran quedarse en territorio francés como refugiados. Para el coronel Baulard, dice el autor, estos elementos franquistas no eran sino "oragnizaciones humanitarias" que se limitaban a ayudar a los refugiados.

A lo que íbamos: según Rubió, Francesc Carrera es "el principal organizador del espionaje franquista en Andorra", con la ayuda de otras dos figuras prominentes -Santiago Roca y Joan Prat- y una serie de hombres a los que considera "agentes secretos": Camilo Cases, Josep Carrera, Enric Blasi y un tal Gallimó. Pero una de las sorpresas más inquietantes del libro -bueno, sorpresa relativa, porque Estat Catalá siempre actuó en el filo de la navaja- es el papel de este partido -recordemos que nuestro Esteve Albert fue un activísimo militante- tuvo en el negocio de las redes de evasión: según el autor, Estat Catalá organizó un eficaz servicio de evasión que cruzaba Andorra -viniendo de la Vall Farrera, concretamente- "con un objetivo muy claro: recaudar fondos para el partido". Y quienes mantenían esta ruta abierta eran el mismo Albert, Domènec Gironès y Joan Bachs. Un sucio asunto que linda sospechosamente con la pura extorsión. Visto lo cual, casi parece un caso de justicia de poética el hecho que políticos republicanos de una pieza como Josep Coll y Francesc Pelegrí, fundadores del POUM cruzaran por Andorra en enero de 1938, huyendo de posibles represalias. No fueron los primeros: se dice que tras los Fets de Maig de 1937 -con el preludio pirenaico de abril, con el Cojo de Málaga, Viadiu y demás- hasta un centenar de los anarquistas que hasta entonces habían impuesto su ley en la Seo y Puigcerdà se evadieron también por Andorra. Ya se sabe: la revolución, que tiene la mala costumbre de devorar a sus hijos.

L'èxode català de 1936 escudriña también las fuerzas, esencialmente carabineros, encargadas de controlar la frontera, y documenta varios encontronazos con grupos de fugitivos. Sabíamos por Agustí que hubo muertos -recordemos tan solo los cinco hombres que fueron capturados el 5 de marzo de 1938 al pie del Bony dels Tres Culs, entre Civís y Os, y por lo tanto a "palmo y medio de la frontera", y fusilados in situ. Él mismo sostiene que el celo de los carabineros -los llamados 100.000 hijos de Negrín, afectos al PSOE y sospechosos de enchufismo, añade Rubió- tenía un precio, y que, sobre todo cuando ser acercaba el final de la contienda, no era raro que miraran hacia otro lado. Ya en lo primeros de la Guerra Civil, con la zona de frontera controlada todavía por las patrullas anarquistas, da cuenta de la persecución de desertores en territorio andorrano, "dándose el caso de perseguidos que fueron detenidos, incluso abatidos en suelo andorrano por las milicias antifascistas". El historiador Francesc Badia -último veguer episcopal: lo fue hasta la promulgación de la Constitución andorrana, en 1993, y biógrafo del obispo Guitart- recuerda el secuestro a manos de una patrulla anarquista de dos chicas evadidas, perpetrado en septiembre de 1936. Pero la palma se la lleva la frustrada evasión masiva -343 fugitivos- que tuvo lugar a principios de octubre de 1937, que terminó con el grupo tiroteado, dispersado y parcialmente apresado en la misma frontera. Un episodio del que ha quedado rastro en los archivos del ministerio de Exteriores y del que bien pronto daremos noticia.

También merece extensa atención el papel de Francia en la acogida de refugiados: la mano tendida con la que los recibió en los primeros meses de la contienda mutó a partir del otoño de 1937, con el cambio de gobierno, en orden de expulsión, de manera que los evadidos -con la excepción de enfermos, heridos, mujeres, ancianos y niños, y aun así, no de forma automática- se veían en la disyuntiva de continuar el peregrinaje hasta la España nacional, a través de Irún, o regresar al punto de partida, por el paso de Portbou. Obviamente, dice Rubió, el 90% decidió unirse a los sublevados -"Volver les hubiese costado muy probablemente la vida"- aunque hay que añadir que hasta entonces las condiciones en que fueron atendidos no tuvieron nada que ver con lo que al finalizar la guerra se encontrarían los exiliados republicanos. No hubo en este caso un Argelès, un Barcarès ni un Saint Cyprien. En fin, que luz, más luz, se dice que fueron las últimas palabras de Goethe antes de expirar; pues esto es exactamente lo que hace este libro imprescindible: aportar algo de luz, más luz, a un episodio hasta ahora oscuro como una noche sin luna. No se lo pierdan.

[Este artículo es una versión ampliada del publicado el 9 de septiembre de 2015 en el diario Bon Dia Andorra]


miércoles, 4 de marzo de 2015

Baby Doc: el huésped más incómodo

Los EEUU, Francia y el Vaticano presionaron en mayo de 1986 al obispo Martí Alanis para que acogiera al derrocado dictador haitiano; tres días de frenética actividad diplomática en que participaron activamente el veguer episcopal, Francesc Badia, y el secretario del Copríncipe, Joan Massa, evitaron que se consumara la Operación Duvalier.

Baby Doc salió de Haití en febrero de 1986, tras ser derrocado por una revulera popular; se instaló en Francia -fue pululando entre la Alta Saboya, la Costa Azul, los Alpes Marítimos y, claro, París- y no regresó a su país hasta al cabo de un cuarto de siglo. En 2011 volvía a pisar tierra haitiana, donde fue acusado de corrupción, tras haber amasado una fortuna calculada en 300 millones de euros que se llevó consigo al exilio. Murió el 4 de octubre de 2014 en Puerto Príncipe, la ciudad donde nació, en 11951.
El fallecimiento de Jean-Claude Duvalier hace quince días pasó por aquí arriba casi desapercibido. Normal, pensará el lector, porque no parece haber ningún vínculo entre nuestro rincón de Pirineos y quien fuera dictador de Haití entre 1971 y febrero de 1986. Pero las cosas podrían haber sido muy diferentes si se hubiera consumado el plan urdido por la embajada de los EEUU en Madrid, la Santa Sede y la misma Francia para endosarnos a tan incómodo huésped. La Operación Duvalier -recuerda Francesc Badia, veguer episcopal entre 1972 y 1993- se gestó contra reloj una vez el dictador hubo aterrizado en territorio francés y a lo largo de tres días de frenética actividad diplomática en que se vio directamente involucrado.

Retrocedamos hasta principios de mayo de 1986. El obispo de Urgel y Copríncipe de Andorra, Martí Alanis, se encuentra en Palma de Mallorca en la inauguración del II Congreso Internacional de la Lengua Catalana, qué oportuno. Y en el palacio episcopal de la Seo reciben una llamada. La atiende Nemesi Marqués, delegado permanente de la Mitra; su interlocutor le plantea la sensacional propuesta de que Andorra conceda asilo político al derrocado dictador haitiano. Marqués se pone inmediatamente en contacto telefónico con Martí Alanis, que se muestra tajante: "De ninguna manera podemos cobijar a este individuo en Andorra", le instruye; "pocas veces lo era tan taxativo", recuerda Badia.

Inmediatamente después, el Copríncipe recibe en Palma una segunda llamda. Ahora es el Nuncio apostólico en Madrid -en la época, Mario Tagliaferri- que insiste en la ocurrencia: "Al llegar a esta punto el obispo ya estaba francamente preocupado: temía que recurrieran a los hechos consumados, y que la comitiva de Duvalier se plantara en el Pas de la Casa con el consiguiente recuelo diplomático. Así que el Obispo ordena a Badia que informe de la situación al entonces síndico, Francesc Cerqueda, que le brinda todo su apoyo, y que ponga en marcha un discreto despliegue policial en el Pas.

La larga mano del Elíseo
En este momento entran en liza los EEUU: probablemente advertidos de la negativa del Obispo, la embajada yanqui juega una última carta y envía a Palma al cónsul norteamericano en Barcelona para entrevistarse en persona con el Copríncipe, que se sacude como puede el muerto de encima. El argumento al que recurrió, cuenta Badia, es que tan solo la escolta que acompañaba a Duvalier ya sería probablemente más nutrida que todo el cuerpo de policía andorrano, que en aquellos momentos apenas superaba el medio centenar de agentes. Aparentemente, el señor cónsul picó el anzuelo. Pero por si acaso, y ya de regreso a la Seo, el sábado, 3 de mayo, se reúne con Badia y le ordena que a la mañana siguiente parta hacia Madrid para entrevistarse con el Nuncio. Y así fue: "Para mi sorpresa, dijo que nos comprendía perfectamente y me pidió que le trasladara al obispo Martí Alanis su pleno apoyo. Y en aquel mismo momento terminó el incidente. Jamás volvimos a recibir llamada alguna respecto a este lamentable capítulo".

Fuese por las dotes convicción del obispo, fuese prque los EEUU, Francia y el Vaticano ya le habían buscado otra salida mas viable a Duvalier, Andorra acababa de esquivar, no sabremos si por méritos propios o por simple hartazgo del personal, la molesta presencia del dictador caribeño. Pero quedan todavía algunos cabos por atar. El más gordo de todos: ¿quién fue el instigador de todo este asunto? Joan Massa, en aquellos momentos secretario de los servicios del Copríncipe episcopal -porque este era exactamente su cargo-, ve detrás de tdo esto la larga mano de los servicios especiales del Elíseo. Y apunta a un hecho según él clave: la primera llamada que se recibió en el palacio episcopal fue hecha directamente desde París, omitiendo de lleno el canal reglamentario, que eran los veguers, en este caso el francés. Badia evoca desde sus 93 años la sincera cara de estupefacción de su colega galo, Louis Deblé, cuando le expuso la delicada situación. Por eso lo interpreta como una ocurrencia extraoficial del Quay d'Orsay -y saben, el ministerio de Exteriores francés- para sacarse el muerto de encima: "Otra cosa es si ellos [los franceses] actuaban al dictado de los norteamericanos, que quizás le debían algún favor al dictador".

Más cabos sueltos: el papel del entonces jefe de gobierno español, Felipe González. Massa fue testigo presencial de la conversación telefónica que mantuvieron en plena crisi con el obispo Martí Alanis: "Felipe entendió enseguida que aquello no podía ser, que Duvalier era un pez demasiado grande para un país tan pequeño. Desconozco si el mismo González realizó por su parte alguna gestión ante la embajada de los EEUU, pero podría haber sido así".

Y hemos dejado para el final la gran pregunta: ¿qué hubiera ocurrido si la comitiva de Duvalier aparece aquella noche de mayo por el Pas? Badia no lo duda: recibí órdenes expresas de no dejarles pasar. Llegado el caso la decisión la hubiéramos tomado conjuntamente con el veguer francés, que hubiera estado de acuerdo... siempre que no hubiese instrucciones en sentido contrario. Como recuerda Badia, al día siguiente al día siguiente recibieron en la Seo una llamada tranquilizadora del mismo Badia: "Noche sin incidentes". La vigilancia se mantuvo unos días, y finalmente el incidente Duvalier se perdió como las lágrimas del replicante Roy en la lluvia interestelar. Hasta hoy claro.

El hombre a quien todo el mundo se quería sacar de encima
La buena memoria del veguer Badia y del secretario Massa ha permitido añadir el nombre de Andorra a la larga lista de países que sonaron como candidatos para acoger en el exilio a Duvalier (1951-2014), derrocado el 7 de febrero de 1986 a causa de una revuelta popular y que embarcó con destino a Francia en un avión de la Fuerza Aérea de los EEUU. Lo más curioso del caso es que ni estos, sus antiguos padrinos, ni Francia la antigua metrópoli, estaban en absoluto dispuestos a concederle asilo. Finalmente el gobierno galo cedió y se instaló en Francia (la Alta Saboya, la Costa Azul, los Alpes marítimo y, claro, París), ya arruinado, primero con un permiso temporal y después de forma más o menos temporal, pero con la connivencia de las autoridades. En 2011 volvió finalmente a Haití, de donde había salido 25 años antes. Fue entonces acusado de corrupción -se calcula que huyó con 300 millones de dólares en los bolsillos- pero no por las 30.000 muertes violentas que se registraron durante sus quince años de mandato. 

[Este artículo se publicó el 19 de octubre de 2014 en el Diari d'Andorra]

viernes, 30 de mayo de 2014

Crónica negra a la andorrana: un esbozo

El periodista mallorquín Sebastià Bennasar incluye media docena de casos andorranos entre los 501 crims que has de conèixer abans de morir; el volumen pasa lista a medio millar de casos de homicidio, secuestro, estafa, corrupción, violación y bandolerismo cometidos desde el siglo V hasta hoy en los territorios de habla catalana.

La crónica negra de este país todavía no ha sido escrita. He aquí una labor quizás poco grata para estómagos sensibles y mentes bienpensantes, de esas que sostienen que por aquí arriba no ocurren según que cosas. Pero convendría ir poniéndose manos a la obra porque si no lo hacemos nosotros nos lo harán ellos, con poco, mucho o ningún conocimiento de causa. La prueba ya la tenemos aquí: el periodista mallorquín Sebastià Bennasar (Palma, 1976) ha incluido una docena de casos don Denominación de Origen Pirineos -seis andorranos, cuatro del Alto Urgel, y dos más de la Cerdaña: aquí pincha todo bicho viviente- entre los 501 crims que has de conèixer abans de morir (Ara Llibres), una especie de Quien es Quien de nuestra criminalidad que recoge como dice el título medio millar de casos (y uno de propina) documentados en los territorios de habla catalana exactamente entre el 415 -año en que el rey godo Ataúlfo, que se lo montaba en Barcelona, probó el amargo y frío sabor de la espada- y 2010, el año en que la Garrotxa se hermanó con Puerto Hurraco (y alrededores) gracias al asesino de la Caridad y al sherif de Olot.

Hay un poco de todo: atracos y también secuestros, pequeñas y grandes estafas, corruptelas y corrupciones a gran escala, bandolerismo, pistolerismo, envenenamientos, descuartizamientos, terrorismo de izquierdas y de derechas, fugas espectaculares -no se pierdan la protagonizada en 1993 por Martí Cots, apodado el Rambo de la Cerdaña, caso celebre por estas latitudes que es, por cierto, uno de los preferidos del autor- y sobre todo, asesinatos. Muchos asesinatos. El denominador común de estos 501 crims es -ya se ha dicho- la, ejem, catalanidad de sus protagonistas. Y que no se ofendan (demasiado) ni valencianos ni mallorquines ni andorranos. También son extensivas a todos estos territorios (y a todos los demás, sospechamos) las conclusiones de Bennasar: "Si algo hemos aprendido rodeados de criminales es que la vida humana es muy vulnerable, que con frecuencia no vale gran cosa, y que la muerte ronda por nuestra casa mucho más de lo que querríamos". No hay aquí lugar para el hecho diferencial, ya saben, el raca raca de los primeros años del pujolismo: por lo que respecta a crímenes, criminales y criminalidad, "somos un país bastante normal", sostiene.

Así que Andorra también aporta su cuota de sangre y vísceras. Seis casos, exactamente, que podrían constituir el esbozo de la crónica negra local que, decíamos al comienzo, reclama su relato con urgencia. Vaya por delante que por aquí arriba priman los casos de sangre. El autor los ha ordenado cronológicamente: el primero de la lista data de 1969 y es un crimen pasional -según la terminología de la época- que hoy encajaría mejor bajo la etiqueta de violencia doméstica... si no fuera porque en esta ocasión la víctima fue él, y no ella. Y ya se sabe que no es lo mismo. En octubre de aquel año, una chica granadina que había trabajado como camarera en un hotel de Andorra la Vella clavó un cuchillo de carnicero que había tomado en la cocina en el corazón del hijo de los propietarios, que en aquel momento dormía en su habitación -en la de él, no en la de ella: "El chico intentó extraer el cuchillo, pero cayó al suelo sin fuerzas; ella, ensangrentada, salió al comedor, abrió los ventanales y se lanzó al vacío": ¿El móvil? El temor de la homicida a que el novio la abandonara por otra.

Homofobia, mafia y narcotráfico
El segundo caso andorrano es el infame asesinato de Nuno Robeiro, en abril de 2000, en el callejón que en la época se encontraba tras la cava Benito de Escaldes. Un crimen que sacudió a un país entero por el sádico encarnizamiento de sus autores -"Nuno murió a consecuencia de las patadas que le propinaron en la cara y en la cabeza", recuerda el autor- y por el tufo homófobo del caso. Los asesinos fueron detenidos inmediatamente. Si el asesinato de Ribeiro descubrió a los andorranos la existencia de una criminalidad inédita hasta entonces en este país, el tiroteo del hotel Roc de Caldes de Escaldes, en febrero de 2006, saldado con dos víctimas mortales y el subsiguiente suicidio del asesino, el ciudadano chino Xu Huainan, suposo el regreso de Andorra al submundo de la criminalidad internacional. Un capítulo que se había abierto a lo grande, con toques de Guerra Fría, en febrero de 2004 y con la muerte a machetazos de un turista ruso en la habitación de su hotel en Soldeu, un caso de regusto también mafioso -se llegó a detener a un ciudadano israelí de origen ruso- pero que se ha fundido en el tiempo como las lágrimas del replicante Roy en la lluvia interestelar.

Pero volvamos a Xu: Bennasar especula que liquidó a sus víctimas "por un venganza con trasfondo económico", y destaca que el homicida, antes de suicidarse, destruyó la tarjeta de su móvil. Y esto es todo, porque del caso nunca más se supo. El último caso es probablemente uno de los mas siniestros. De nuevo, violencia doméstica; y de nuevo, la víctima mortal es él. Los hechos ocurrieron el 9 de agosto de 2010 en un piso de la avenida Fiter i Rossell de Escaldes. La mujer apuñaló al marido, dice Bennasar, lo ocultó en un saco y se delató al pedir a unos pintores que trabajaban en el edificio que le hicieran el favor de bajarle el bulto hasta la calle: en ello estaban cuando una de las bolsas en que había envuelto el cuerpo troceado se rompió y empezó a gotear sangre. La policía lo tuvo como es de suponer fácil, muy fácil.

Comparados con los anteriores, los dos últimos casos que completan la lista negra andorrana son casi un juego de niños: el primero lleva el sello del terrorismo de extrema derecha que sacudió España (y algo también Andorra) durante la Transición, y vincula a un tal Miguel Gómez Benet, exconsejero nacional del Movimiento, con una finca de Sant Julià de Lòria -no dice cuál- y con el contrabando de armas -200 pistolas belgas y 25 fusiles ametralladores checos- que después fueron utilizados para atentar contra la revista satírica El Papus. Hay que suponer que no todas, porque de otra manera hubieran atentado no contra un revista, sino contra todo el barrio.

Todavía más light, contemplado desde esta perspectiva, es el blanqueo de dinero procedente del narcotráfico destapado en noviembre de 2010, con una banda que tenía su centro de operaciones "en una sucursal bancaria de Escaldes". No se sorprendan de la reserva a la hora de dar nombres de entidades financieras: la prensa andorrana no los vincula jamás de forma concreta e individual con la criminalidad internacional. En este caso, la red estaba integrada, entre otros personajes de honorable reputación, por un agente de policía y dos banqueros. Tampoco los nombres de los sospechosos, que fueron debidamente detenidos, se conocieron jamás. Son los únicos criminales anónimos de la lista. Pero es que mi país y yo somos así, señora.

Tor, el Rambo de la Cerdaña y el crimen del hotel Avenida
El Alto Urgel y la Cerdaña también enseñan la patita en este particular tour por la criminalidad de montaña. Los honores mediáticos son, naturalmente, para Tor, con la rivalidad histórica entre el Palana y el Sansa y su reguero de sangre, de sobras conocido. Bennasar también reconstruye el doble crimen del hotel Avenida de la Seo, con ramificaciones andorranas porque las dos víctimas fueron muertos otra vez a machetazos a cuenta de una remesa de material electrónico sustraída en Andorra. Fue en junio de 1996, y el único detenido por los estos hechos acusó a su vez a un supuesto ciudadano filipino de quien naturalmente nunca más se supo.

No muy lejos de la Seo, en Pont de Bar, tuvo lugar en 1997 el apuñalamiento y tiroteo del propietario del cámping de Ardaix. Fue acusada del crimen la esposa de la víctima, Carme Badia, que se libró por falta de pruebas y a la que el lector probablemente recuerde porque en 2004 fue nuevamente detenida, ahora bajo la acusación de haber asesinado, en Barcelona, a la psicóloga Anna Permanyer. La lista se completa con el espectacular periplo de Martí Cots, alias el Rambo de la Cerdaña, de ofici, payés, que una vez detenido solicitó ser encerrado en una prisión "donde hubiera vacas". Fue acusado de asesinar en 2004 en Puigcerdá a una prostituta camerunesa: la apuñaló y la lanzó el río Segre cuando aún respiraba. Lo condenaron a cinco años, así que el tío debe de andar por ahí.

[Este artículo se publicó el 31 de agosto de 2011 en El Periòdic d'Andorra]

miércoles, 5 de febrero de 2014

El hombre que mató a Franco

Llega a las librerías Els ambaixadors, la novela con que el escritor Albert Villaró se adjudicó el último premio Josep Pla de narrativa en catalán.

Atención: esta especie de reseña contiene spoilers. Varios, además. Lo sentimos mucho pero ya lo advirtió el mismo Villaró la misma noche que se llevó el Josep Pla: es difícil hablar de Els ambaixadors sin reventar la trama, el sofisticadísmo engranaje argumental que sostiene este auténtico tocho de más 600 páginas -con el regalo del dramatis personae: un centenar de páginas más por donde desfilan los protas, claro, pero también lo secundarios con línea(s) e incluso los terciarios que asoman de paso la nariz, como quien no quiere la cosa, desde Alejandro Magno, el Cid y el general Custer -se lo prometo- hasta Samaranch, Pau Casals y, atención de nuevo, Aleksandr Grebènnikov, agente del NKVD, glups, e hijo de Ekaterimburgo, cuyo nombre nos recuerda a alguien pero que ahora mismo no sabríamos decir exactamente a quién. Por no hablar de Delfina Coma, la mayordoma del señor rector de Ordino -legendaria es poco cuando se llega a los 117 años, como ella: le pega más portentosa- que ya tenía un papel destacado en La selva moral -colección de biografías pirenaicas más o menos fabulosas que Villaró acaba de reeditar- y que se permite un cameo de lujo en la novela.  Bueno, pues son aproximadamente unos 300, los personajes, para que se hagan a la idea. Y a todos ellos les telegrafía el autor su periplo vital. En fin, que si el lector quiere afrontar con la mirada limpia y perpleja de una niña de once meses la lectura de Els ambaixadors, ya lo puede dejar aquí mismo.

Villaró, autor de Obaga, Azul de Prusia y L'escala del dolor, y ganador del premio Carlemany, obtuvo el último Josep Pla de narrativa en catalán con Els ambaixadors. Editorial Destino lo publica hoy.

Ya saben que el asunto empieza con Companys proclamando la República Catalana gracias al apoyo de Batet. Justo lo contrario de lo que ocurrió en octubre de 1933, cuando el general se mantuvo fiel al gobierno legítimo de la República (española). Saben también que en esta historia alternativa que Villaró pergeña Franco murió en un oportuno accidente del Dragon Rapide, no hubo Guerra Civil pero que a cambio Hitler invadió Cataluña, Sanjurjo -que sucede a Franco en la jefatura del Estado- mantuvo a España neutral durante la II Guerra Mundial y que en fin, España y Cataluña conviven en una especie de paz armada. Pues si al lector no le asusta un spoiler de vez en cuando, quizá le hará gracia saber que Villaró -o Esteve Farràs, su álter ego y el protagonista de la novela, lo más parecido a un superespía, pero en catalán- no solo se permite el lujo portentoso de pasar cuentas con Franco -vamos, lo que no fue capaz de conseguir la voluntariosa pero algo ineficaz oposición, tanto la interior como la exterior- sino que además resucita a algunos de los difuntos más célebres de la República y la Guerra Civil, desde Primo de Rivera hasta los hermanos Badia, pasando por el trotskista Andreu Nin y el reportero Josep Maria Planes. Ninguno de ellos murió de mala muerte -bueno, uno de los Badia sí, pero después- sino que sobrevivieron a la guerra. Incluso hicieron carrera, como Planes, a quien le fue de perilla y tocó el cielo al llegar a director de La Vanguardia. Mejor así, mal que le pese a Salvador Sostres, que acabar muerto de un tiro en la cuneta de la Arrabassada. Y no nos olvidaremos de Companys, el president màrtir, a quien Villaró perdona la vida -si no hubo Guerra Civil, tampoco exilio, ni Gestapo, ni deportación, ni pelotón de fusilamiento- convierte en el primer presidente de la República Catalana, con mayúscula, y le hace perder las primeras elecciones de la postguerra (mundial) como si fuera un Churchill con barretina. También procede el autor en ocasiones a la inversa y liquida sin contemplaciones a Santiago Carrillo y a Onésimo Redondo en fecha tan primeriza como 1935, dejando de paso la saca de Paracuellos sin su principal sospechoso.

Pero lo que el lector se preguntará con toda la razón es que misión hipersecreta le encarga la Generalitat al buen mosén Farràs, el autor material -atención, spoiler- del sabotaje del Dragon Rapide que en esta historia alternativa nos deja sin Franco -ohhh- en 1936. La cosa va de bombas, ya se lo avanzamos. Resulta que en el mundo s.V. (según Villaró) la primera bomba atómica no la lanzaron los norteamericanos sobre Hiroshima sino los soviéticos sobre Hamburgo. Hubo una segunda bomba, esta vez sí en Japón pero en Kyoto. Cosas. A Hitler le fue de muy poco de tener listo su primer ingenio nuclear, que -ya que lo mencionamos- hubiera estrenado sobre Moscú, o quizás Minsk. Nunca sobre Ekaterimburgo. El caso es que los ingenieros alemanes tuvieron tiempo de desmantelar el laboratorio donde estaban a punto de culminar el Proyecto Götterfunken -La chispa de los dioses, que da muy wagneriano- y llevárselo a Suecia. Y de aquí, claro, pasa a manos del pérfido Sanjurjo, que ríete tú de Franco, y que llegado el momento no dudará en utilizarlo contra los irredentos catalanes. No teman que no les reventaremos el final estricto de la novela, digno de un episodio de Mision: Impossible, con Josep Pla y la estupenda, muy aria Adi Enberg convertidos en improbables agentes secretos, y Tísner en persona -sí, el de Opoton el Vell- al rescate del heroico comando; tampoco los alternativos: tres, por cierto, uno de los cuales bien próximo a la escena apocalíptica de Terminator 2, pero en Barcelona, y el otro, una arcádica y muy new age visión ubicada en los parajes de Tor, hay que suponer que sin el Sansa ni sobre todo el Palanca pululando por ahí.

En fin, que Els ambaixadors constituye un prometedor ejercicio, lo decíamos aquí arriba, de ucronía histórica -género que los anglosajones dominan como pocos: lo denominan What if...?- que barre sin tapujos para casa, alimenta de una forma sutil el deporte nacional catalán -que no es la botifarra, ni tampoco es El gran dictat, ni son los castellers, sino el victimismo- y que salpica el texto con una dosis supervitaminada y supermineralizada de referencias historicoliterarias, contrahechas o no, ideales para los amantes del Trivial. En fin, que también está Caitlín. Y una cosa muy triste que se llama Weltschmerz. No dejen de leer hasta que la descubran. Nos lo agradecerán.

[Este artículo se publicó el 6 de febrero de 2014 en El Periòdic d'Andorra]