Blog de temática preferente pero no exclusivamente bélica que se fijará sobre todo en los episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y la postguerra, con ocasionales singladuras a alta mar, ultramar y si conviene más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

lunes, 31 de marzo de 2014

Josep Cirera: un guía para un santo

Jordi Piferrer traza en Entre la noche y la esperanza (Milenio) la biografía del pasador que en 1937 condujo hasta Andorra a san Josemaría y su grupo; vecino de Bellestar (Lérida), ayudó a huir a dos centenares de fugitivos durante la Guerra Civil.

Se llamaba Josep Cirera, había nacido en 1914 en la masía de Cal Querol, en Sallent de Montanissell (Lérida), donde sus padres ejercían como masoveros, y en 1933 encontramos a toda la familia -progenitores y seis hermanos, seis- en otra masía, esta vez en Cal Roger, en la localidad de Bellestar, vecina de la Seo. A punto para ponerse al frente de digamos que exótica expedición que había salido el 8 de octubre de 1937 la embajada de Honduras en Madrid, y que tras pasar por Valencia y Barcelona iba a entrar finalmente en territorio andorrano -¡la libertad!- por el Mas d'Alins. Era el 2 de diciembre de aquel mismo año, y entre los fugitivos se encontraba Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador de la prelatura del Opus Dei y destinado a convertirse un día en santo. Una canonización exprés -en 2022, tan solo una década después de ser beatificado- pero esta es otra historia.

El guía Josep Cirera (1914-2010), que entre el 28 de noviembre y el 2 de diciembre de 1937 ayudó a cruzar la frontera hispanoandorrana al grupo de san Josemaría, integrado por una treintena de fugitivos. Fotografía: Jordi Piferrer / Entre la noche y la esperanza.
Jordi Piferrer posa con un ejemplar de El pas dels Pirineus, la edición en catalán de Entre la noche y la esperanza. Fotografía: Tony Lara / El Periòdic d'Andorra.

Dos sanitarios atienden a un refugiado con las plantas de los pies despellajadas por las congelaciones. La escena fue captada en Andorra durante la Guerra Civil. Fotografía: Fondo Sirés, Archivo Nacional de Andorra.

No volveremos a relatar el periplo del grupo de Escrivá ni tampoco su(s) jornada(s) andorrana(s), recogido por el mismo Jordi Piferrer y por Alfred Llahí en Tierra de acogida. Hoy nos centraremos en el guía de aquella expedición, de quien Piferrer traza un suculento esbozo biográfico en Entre la noche y la esperanza, donde recoge precisamente las aventuras anteriores y posteriores a la etapa andorrana del periplo, con una prolija coda final en que reconstruye un puñado de evasiones que tuvieron lugar por la zona del Alto Urgel, el Pallars y Andorra. Pues bien, dice el autor que los hados de confabularon para que el grupo del futuro santo se encontrara aquel 28 de noviembre de 1937 con el guía Cirera: para empezar, el hombre debería haberse encontrado haciendo la mili en África y, por lo tanto, sirviendo en el bando franquista, pero por una de aquellos pintorescos errores burocráticos, los funcionarios del censo reescribieron su apellido con c (Cirera) en lugar de la s original (Sirera), con la buena suerte (para Josep) que los mozos de su quinta cuyo apellido empezaba con s fueron declarados excedentes de cupo y por lo tanto se libraron del sevicio militar.

Más aún: Cirera estaba vivo de milagro, porque meses antes de recoger al grupo de san Josemaría había sido tiroteado por tres milicianos a la altura de Tres Ponts, entre la Seo y Organyà, en una de sus expediciones hacia Andorra, y sobrevivió por pura chiripa a dos juicios sumarísimos: en uno encontró el coraje suficiente para enfrentarse al jefecillo de la patrulla de faístas que lo había cazado al frente de un grupo de doce fugitivos; la jugada la salió bien. En el segundo, lo salvó la presencia en el tribunal que lo juzgaba del médico que visitaba a su familia. Sin duda, Cirera estaba tocado por la varita de la suerte: en julio de 1936, cuando pasó por estos dos trances, los incontrolados -ya saben- pasaron por las armas a una veintena de personas sólo en la Seo. Lo cuenta Francisco Javier Galindo en La Seu, 1936, y cualquier día de estos hablaremos de este turbio, poco conocido asunto.

El caso es que Cirera se puso al frente de su primera expedición en fecha tan temprana como el 21 de julio de 1936, y su cliente fue Manel Fiter Losada, hijo de cal Marqués de la Seo, cuenta Piferrer. Hubo unas cuantas más: en octubre cruza por el Mas d'Alins -la misma ruta que al año siguiente seguiría el grupo de san Josemaría- con el rector del colegio de los Escolapios de Barcelona, y entre mayo y agosto de 1937 condujo otras cuatro expediciones antes de mudarse él mismo a Andorra -no lo debía de ver muy claro-, ponerse a trabajar en la fábrica de tabacos Reig de Sant Julià de Lòria y dedicarse de forma habitual al contrabando. Hasta que el 28 de noviembre llega puntual (y rodado) a su cita con la historia: recoge al grupo de Escrivá en La Ribaleta, en el límite entre las comarcas del Pallars Sobirà y el Alt Urgell. Son en principio 23 personas, a las que se añadirán al pasar por Noves de Segre cinco más, así como un grupo de contrrabandistas que recoge cerca de casa de sus padres, en Cal Roger.

En total, cuenta Piferrer, la expedició con la que san Josemaría entró en Andorra estaba formada por una treintena larga de fugitivos: la más multitudinaria que jamás ayudó a cruzar, ya que hasta entonces -dice el autor- se había limitado a pasar grupos de cuatrro o cinco personas como máximo. No le debió convencer la experiencia, porque no repitió con grupos tan numerosos y, de hecho, en la primavera siguiente abandonó el oficio de pasador. Demasiado peligroso. El itinerario que siguió con el grupo de san Josemaría arranca de la Ribalera y pasa por Aubenç, Fenollet, Ares, Baridà, Cal Roger, el barranco de la Cabra Muerta -glups-, Argolell y el Mas d'Alins, justo en la frontera con Andorra. Fue el 2 de diciembre de 1937, y como es bien sabido lo primero que hicieron los expedicionarios al llegar a Sant Julià de Lòria fue celebrar una Misa en la parroquial. Vale decir que Cirera les cobró a los fugitivos 1.200 pesetas por barba. Y que el hombre murió en 2010 en Barcelona. Dice Piferrer que en sus últimos años le profesó una gran devoción al santo que había ayudado a salvarse.

Una deuda moral
Cirera y san Josemaría aparte, la otra gran contribución de Entre la noche y la esperanza a la epopeya de los pasadores es la reseña de una docena larga de expediciones que terminaron con fortuna diversa. Porque hasta hoy, el grueso de la historiografía se ha centado en los fugitovos que huían de norte a sur durante la II Guerra Mundial -ya saben: judíos, franceses en edad militar y aviadores aliados abatidos en los cielos de la Europa ocupada por los nazis. Piferrer se fija en cambio en el periplo inverso, que durante la Guerra Civil emprendieron miles de españoles que huían de la zona republicana. El autor calcula que por Andorra lo intentaron unos 10.000, que pagaban a los guía pequeñas fortunas de entre 500 y 3.000 pesetas.

Dos son las expediciones que Piferrer considera paradigmáticas: la primera tiene como protagonista a Josep Rossinyol i Barcons, que había salido de Manresa el 4 de febrero de 1938: de los 72 hombres que formaban parte de su cordada, 24 murieron congelados -atención: ¡24!- y otros 17 cayeron prisioneros antes de llegar a Andorra. Sólo se salvaron 31, entre los que se encontraba nuestro Rossinyol, que se hospedó en el hotel Les Termes de Escaldes y fue atendido de congelaciones en los pies en el "hospital de los gendarmes" como él lo llama. ¿Sería nuestro hombre el protagonista de aquella impactante fotografía del fondo Sirés del Archivo Nacional en que se ve a un médico, cigarrillo en mano, limpiando los pies destrozados de un refugiado? La segunda expedición es la del valenciano Eduardo García Cordellat, que por su precario estado de salud no pudo seguir con su expedición y tuvo que refugiarse en la casa Coll de Creus, cerca de Adraén. Sus guías le prometieron que lo recogería una futura cordada. Y contra pronóstico, y desmintiendo la mala fama de ciertos pasadores, estos sí que cumplieron la palabra dada: el 10 de diciembre de 1937 entraba en Andorra por la Rabassa .Justo el mismo día -casualidades de la vida- que el grupo de san Josemaría podía cruzar el puerto de Envalira y pasar a Francia camino de San Sebastián. Dos historias, las de Rossinyol y García Cordellat, que terminaron (medio) bien. De los 10.000 que lo intentaton, Piferrer especula que cerca de la quinta parte jamás llegaron a su destino. Recordar a estos olvidados de la historia  que carecen del (digamos) glamour de los fugitvos del nazismo es también un deber moral.

[Estos dos artículos se publicaron respectivamente el 26 de marzo de 2014 y el 22 de septiembre de 2012 en El Periòdic d'Andorra]


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