Incursiones relámpago, estilo Sturmtruppen, en episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y las dos postguerras, con ocasionales singladuras a alta mar, a ultramar y si conviene incluso más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

domingo, 20 de abril de 2014

Búnkers: con 'P' de Pirineos

El historiador Josep Clara reconstruye en Els fortins de Franco la historia de la línea fortificada con que el dictador pretendía hacer frente a una hipotética invasión aliada... ¿o era quizás a los nazis? Decenas de nidos vigilan todavía hoy la carretera N-260 entre Martinet y la Seo de Urgel.

Es imposible no verlos. Los has a decenas, diseminados a ambos lados de la carretera N-260 entre Martinet y la Seo, y entre la Seo y la Farga de Moles, en la frontera con Andorra. Hoy no son más que reliquias fuera de contexto, el testimonio mudo del mayor programa de ingeniería militar que emprendió la España franquista: la Línea P, también conocida como Línea Pirineos o Línea GUtiérrez, con que el dictador pretendió blindar la cadena, desde el Port de la Selva, en Gerona, hasta Hendaya, en Guipúzcoa. Un proyecto faraónico que prevía la erección de cerca de 10.000 asentamientos fortificados entre nidos de fusilería, búnkers, refugios, puestos de mando y de observación, que tenían que acoger ametralladoras, morteros, artillería pesada y baterías antiaéreas. La empresa comenzó en el verano de 1944, en plena guerra mundial, y no se abandonó hasta una diez años después, cuando la Guerra Fría y el nuevo juego a alianzas había posicionado la España de Franco en el bloque occidental y parecía definitivamente conjurado el peligro de una invasión. De los 10.000 fortificaciones prevista sobre el papel sólo se levantaron la mitad. Y de éstas, 2.850 corresponden a los Pirineos catalanes, vestigios de una amenaza fantasma -con perdón- que probablemente sólo existió en la imaginación de la jerarquía militar franquista. El historiador Josep Clara (Gerona, 1949) ha reconstruido sus orígenes, objetivos y distribución en Els fortins de Franco (Rafael Dalmau Editor), lectura absorvente que confirma con sorpresa que los estrategas que diseñaron la Línea P habían previsto incluso la (remotísima) posibilidad de que las fuerzas invasoras penetraran en territorio nacional a través de Andorra.



Tres de las fortificaciones erigidas a partir de 1944 a ambos lados de la N-260 entre Martinet y la Seo de Urgel; en todo el Pirineo se tenían que levantar 169 centros de resistencia, cada uno de los cuales contaba -sobre el papel- con un número variable de búnkers -entre 30 y 80- defendidos por un batallón de 600 hombres. Del total de 10.000 fortificaciones previstas, se llegaron a erigir la mitad, de los que 2.850 quedaron en el tramo catalán de los Pirineos. Fotografia: Tony Lara / El Periòdic d'Andorra.

Las 10.000 posiciones fortificadas de la Línea P -denominación oficiosa con que se ha venido designando este monumental, baldío esfuerzo de una España depauperada, pero que según Clara no aparece en la documentación militar hasta fecha tan tardía como 1963- se dividen en 169 centros de resistencia, según la terminología de la época. Así de denominaban los complejos defensivos integrados por un número variable de búnkers -entre 30 y 80- defendidos sobre el papel por un batallón de infantería (600 hombres, aproximadamente) y que dominaba una franja de entre 1 y 4 kilómetros de frente. Al Pirineo catalán le correspondieron 91 de estos centros de resistencia, y los que vigilaban la frontera andorrana eran los números 56 (coll de Sentó), 61 (rocas de Sarset), 62 (Pla de Lloses), 63 (Turó de Pradal), 64 (vértice Ricard), 65 (vértice Calvinyà), 66 (el Tossal), 67 (el Puig), 70 (Ars), 71 (la Pinosa), y 71 bis (vértice Saloria). El de Coll de Sentó -accesible por la Rabassa, (Andorra)- tenía que acoger nada mas y nada menos que 16 ametralladoras, 27 fusiles ametralladores, cuatro ametralladoras antiaéreas, cuatro morteros de 81 milímetros, dos cañones y tres refugios para personal. A la hora de la verdad sólo se construyeron cuatro de los búnkers previstos.

Enemigo a las puertas
La primera y más fascinante de las preguntas que suscita la Línea P es obvia: ¿quiénes eran los supuestos invasores contra los que se erigieron las fortificaciones? Es evidente, dice Clara, que la organización defensiva de los Pirineos se concibió pensando en un enemigo que debía llegar desde el norte a bordo de columnas blindadas y motorizadas: "En un primer momento, los aliados; a partir de 1955, con la firma del Pacto de Varsovia, las tropas comunistas" (!?) Clara también cita la posibilidad de una invasión nazi, tato si Hitler se hubiera decidido por la ocupación de Gibraltar -una operación prevista en los juegos de guerra del estado mayor de la Wehrmacht- como para contrarrestar un hipotético desembarco aliado en las costas peninsulares. La paradoja es que ni los alemanes ni las potencias aliadas ni mucho menos el Pacto de Varsovia hicieron jamás el mínimo intento (serio, se entiende) de penetrar en la Península, y que la única agresión a la que tuvo que hacer frente la España de Franco en sus 40 años de historia fue la invasión del Valle de Aran, en octubre de 1944, a cargo de guerrilleros comunistas. Precisamente, el único enemigo contra el que la Línea P era claramente inoperante. La otra gran paradoja la recoge el historiador de boca del coronel de artillería Fernando Martínez de Baños: "Una invasión aliada no se hubiera concretado jamás a través de los Pirineos sino de sendos desembarcos en las costas cántabras y mediterráneas, y de una operación aerotransportada en el centro de la Península, para acabar confluyendo sobre Madrid. Las fortificaciones pirenaicas las hubieran sobrevolado e ignorado, y hubieran caído solas".

La orden de levantar la Línea P consta en la Instrucción C-15 del estado mayor central del ejército, cursada el 23 de agosto de 1944. Las obras comenzaron en septiembre por la Junquera, y en marzo de 1945 ya se trabajaba en una quincena larga de centros de resistencia. Según un informe fechado este mismo año, cada centro de resistencia costaba la astronómica cifra de 736.000 pesetas. Los búnkers tenían que estar defendidos por ametralladoras Hotchins y Alfa; morteros de 50 y 81 milímetros; baterías antiaéreas Oerlikon de 20 milímetros y cañones del modelo 75/13. El centro de resistencia estándar se completaba con un perímetro defensivo protegido con fosos, minas y alambre de espino, y estaba servido -ya se ha dicho- por un batallón de 600 hombres. Evidentemente, ni las armas ni la dotación llegaron a desplegarse jamás. Hasta 1954, cuando se abandona definitivamente el programa, en el tramo catalán se habían completado 2.850 asentamientos, el 43% de todas las obras previstas. El ejército continuó girando inspecciones periódicas hasta 1988, y hasta los años 90 la Línea P estuvo protegida por el tampón de secreto militar. Clara destaca el incuestionable valor arqueológico, testimonio de la arquitectura militar de la primera mitad del siglo XX, y propone inventariarlo, preservar ejemplares de las diversas tipologías y restaurar los más representativos. Y pone como ejemplo el Parque los Búnkers inaugurado en 2007 en Martinet. Quizás son búnkers fantasma, sí, pero fantasmas con una historia que justo ahora comienza a conocerse. Con libros como el de Clara e iniciativas como la de Martinet, ya no hay excusa para ignorarla.

[Este artículo se publicó el 16 de agosto de 2010 en El Periòdic d'Andorra]

lunes, 14 de abril de 2014

La última condena a muerte, a juicio

Los parientes de Pere Areny Aleix, ejecutado en 1943 tras la última sentencia capital dictada en Andorra, cuestionan los argumentos del Tribunal de Corts; accedemos a los interrogatorios a los que fue sometido el homicida, y les ponemos rostro a él y a la víctima, su hermano Anton.

Lo habíamos visto hasta ahora en la dramática fotografía tomada por Claverol a mediodía del fatídico 18 de octubre de 1943: de espaldas, esposado, con la cabeza gacha y humillado ante las autoridades, el servicio de orden y la pequeña multitud congregada en la plaza Benlloch de Andorra la Vella para asistir a la lectura de la que resultará la última sentencia de muerte dictada en nuestro rincón de Pirineo. Lo habíamos entrevisto también en la no menos dramática filmación de Bartomeu Rebés, dos minutos escasos de película en que intuimos al reo ahora sí de frente pero sin llegar nunca a verle el rostro, porque no levanta ni una sola vez la cabeza y porque la calidad de la imagen es más bien justita. Pero nunca hasta hoy le habíamos visto la cara a Pere Areny Aleix, el protagonista de aquel infausto episodio, el hombre que la madrugada del 1 de agosto había matado de un tiro a su medio hermano, Anton Areny Baró. Unos hechos que la sentencia dictada el 15 de octubre por el Tribunal de Corts describen así: "Hacia las 3 de la madrugada, el citado Pere Areny, después de asegurarse de que su hermano dormía profundamente, tomó una escopeta calibre 12 (...) y disparó sobre su hermano produciéndole una herida en la región derecha (...) mortal de necesidad".

Pere Areny y su hermano Anton. Fotografía: Tony Lara.
Lectura de la sentencia que condenaba a "ser pasado por lar armas" a Pere Areny Aleix, el lunes, 18 de octubre de 1943, en la plaza Benlloch de Andorra la Vella. E lreo aparece a la izquierda de la imagen, con la cabeza gacha. Fotografía: Fundació Valentí Claverol / Todos los derechos reservados.

Hasta hoy, decíamos, que los descendientes de Casa Gastó se han decidido a abrir los archivos familiares, a mostrar los rostros de las dos víctimas -las dos- de aquella jornada negra, y a cuestionar abiertamente los argumentos con que el Tribunal de Corts -la instancia penal en Andorra- castigó con la pena capital -"El condenado será pasado por las armas", concluye fríamente la sentencia- a Pere Areny, un hombre de 29 años que, según Jordi Mas Bentanachs, erigido en portavoz de la familia, padecía de problemas psíquicos, extremo que era de dominio público: "Transcurridos 70 años quizás ha llegado el momento de reflexionar sobre los hechos y no limitarnos a recordar la parte más escabrosa de la muerte de Anton y la ejecución de Pere", dice Mas, que dispara inmediatamente el desasosiego que lo carcomía y que le ha impulsado a hablar por primera vez en público sobre el caso: "Nadie se ha planteado jamás si tuvo un juicio justo ni si se respetaron las garantías judiciales mínimas. Se dan por válidas las conclusiones de la sentencia, pero si tenemos en cuenta las declaraciones de Pere y leemos con atención la instrucción, podemos sacar otras conclusiones", alega.
Se ve venir que ni Mas ni la familia comulgan con la versión oficial, la que consta como "hechos probados en la sentencia -depositada en el Archivo Nacional de Andorra y disponible para cualquier curioso- y la única, de hecho, que habíamos conocido hasta ahora. Una versión que declara a Pere "autor del delito de asesinato de su hermano (...) con los agravantes de alevosía, premeditación, nocturnidad y uso de medios desproporcionados", y que, aunque reconoce que "el inculpado ha revelado tanto en el sumario cmo en la audiencia una mentalidad bastante simple", concluye su "plena responsabilidad penal".

Revisión del caso
Mas rebate los argumentos del Tribunal de Corts con las diligencias del caso, a las que ha tenido acceso en calidad de pariente del reo, unos documentos que nunca hasta ahora habían visto la luz. Enseguida los analizaremos con detalle, pero avancemos la conclusión que extrae. El mismo 1 de agosto, dice, se practican hasta tres interrogatorios: Pere y su hermana, Àngela, declaran por separado ante el batlle francés, Joan Solsona; de nuevo Pere vuelve a prestar declaración, esta vez ante el jefe de policía. Al día siguiente, 2 de agosto, el batlle francés vuelve a interrogar al todavía presunto aunque ya confeso fratricida. Después de esto, nada más: "Hasta el 15 de octubre, cuando se reúne el Tribunal de Corts, no consta ninguna otra diligencia", se lamenta. Un hecho sorprendente porque, según parece, el Tribunal debería de haber tomado declaración a un sospechoso acusado de delito mayor -como era el caso de Pere.
Con las cinco páginas, cinco, que contienen las diligencias del batlle y de la policía -se sorprende mas, casi se escandaliza- "tuvieron suficiente para condenarlo a muerte; no fue un juicio justo; ha llegado el momento de que se reconozca que la manera como se condujo el proceso no fue ni corecta ni humana". Comprobémoslo yendo al fondo del asunto. El Tribunal le endosaba a Pere todo el repertorio imaginable de agravantes. Y Mas procede a desmontarlos a partir de las diligencias. El jefe de policía le pregunta a Pere "cómo procedió a ejecutar" el homicidio de su "medio hermano", que era en aquel momento el heredero de Casa Gastó y con quien compartía habitación y cama. Y responde el "declarante" -es decir, Pere- que "hacia las tres horas de la madrugada, encontrándose en un estado muy excitado, se levantó de la cama y tomando la escopeta, teniendo como de costumbre la luz encendida, disparó sin mirar a su hermano Anton Areny (...) que quedó muerto" (las cursivas son nuestras).
¿Hubo en verdad premeditación y alevosía, se pregunta Mas, cuando el mismo Pere dice que se levantó "en un estado muy excitado" y que disparó "sin mirar", y si tenemos además en cuenta que la escopeta -una de las tres que había en Casa Gastó, "como en la mayor parte de las casas de la Andorra de la época"- se encontraba en la misma habitación de los hechos, és decir, muy a mano? También el móvil del crimen plantea dudas razonables: la sentencia declara probado que Pere mató a Anton para "hacerse con la herencia de su hermano, puesto que este último tenía proyectado contraer matrimonio y el procesado dedujo que se le escapaba de manera definitiva la posibilidad de adquirir un día la herencia". Pues resulta que a la pregunta directa del batlle de si "tenía pretensiones de ser el heredero de los bienes y derechos de Casa gastó", Pere responde lapidariamente "que no", que "lo que pretendía como medio hermano era que lo ayudara a reunir un capitalito por su cuenta". Ante la policía se reafirma en su declaración -"Cuando [Pere] le pedía [ayuda] para tener alguna cabeza de ganado de la propiedad del declarante, [Anton] siempre se la negó"- pero admite, eso sí, que "habían tenido en alguna ocasión discusiones por lo expresado". Como se ve, de aquí a concluir que lo mató "para hacerse con la herencia de su hermano" va un mundo. Con los documentos disponibles, pura rumorología.
También discrepa amargamente Mas de la sentencia por lo que respecta a la imputación de Pere, de quien -recuerden- había concluido la "plena responsabilidad penal" aun habiendo constatado durante las diligencias una "mentalidad bastante simple" y apuntar que su hermana Àngela -la misma que el 1 de agosto presta declaración ante el batlle, y la tercera de los hermanos Areny que quedaban en Casa Gastó- "sufre de debilidad mental". Pues bien: resulta que esta misma Àngela será internada inmediatamente después de los hechos en un sanatorio psiquiátrico de Barcelona, donde morirá en 1980: "Existen indicios de que Pere podría sufrir la misma enfermedad mental -esquizofrenia paranoide- que se le diagnosticó a su hermana, pero no se solicitó ningún informe forense para conocer el alcance de la afección de Pere", se sorprende de nuevo Mas. Y eso que tenían a los doctores a mano: los dos que firmaron el acta de defunción del reo -y los dos con calle en Andorra la Vella: Esteve Nequi y Antoni Vilanova.

¿Dura? ¿Inhumana? ¿Injusta?
Aún más: "Uno de los síntomas de la esquizofrenia es la apatía,  la indolencia que Anton le reprochaba a Pere [cuando éste le pedía dinero dinero y le respondía que era un "gandul", que lo que tenía que hacer era ganárselo, según consta en las declaraciones ante el batlle]". Otro síntoma de la enfermedad es, recuerda, "la extrema agresividad, que acostumbra además a focalizarse en el círculo más íntimo". Por todo lo que antecede, "y habiendo hablado con personas que conocieron a los hermanos, me atrevo a afirmar que Pere probablemente padecía también de esquizofrenia".
La diatriba no se acaba aquí. Mas reserva también una dura reflexión sobre la poca compasión que la sociedad andorrana de la época mostró para con Pere: "Al final de la lectura de la sentencia, cuando según es tradición se dio la oportunidad de solicitar clemencia para el reo, el silencio fue sepulcral. Nadie dijo nada". Uno de los escasos gestos de humanidad que se registró en aquellas jornadas infaustas fue la renuncia de uno de los seis agentes de policía -no había más- para evitarse el trance de formar parte del pelotón de ejecución. Aquí sigue un extracto de la carta de dimisión del agente: "El abajofirmante, agente de policía, de la parroquia de Sant Julià de Lòria, con todo el respeto se dirige a vuestra jefatura (...) que no encontrándome en situación de ejercer mi cargo de policía(...) os ruego aceptéis mi dimisión". Lo firma el 17 de octubre, el día antes de la ejecución.
Mas termina pasando lista a las leyendas y mixtificaciones que se han ido repitiendo sobre el caso hasta adquirir carta de naturaleza. Por ejemplo, el rumor -recogido en el breve que La Vanguardia le dedicó al caso, publicado el 9 de noviembre de 1943- que Pere "no solamente se confesó autor del fratricidio sino que también declaró haber dado muerte, hace diez años, a una hermana, delito este que había quedado en la más completa impunidad". Nada de esto. En primer lugar, porque la hermana en cuestión, Antònia Areny Aleix, había muerto en 1942, y no "diez años antes". Y sobre todo, recuerda Mas, "porque en ninguna diligencia ni en un ningún documento consta que la muerte la provocara Pere. No existe, por lo tanto, ningún hecho cierto que permita llegar a esta conclusión".
¿Fue, en fin, una sentencia dura? ¿Inhumana? ¿injusta? ¿O sólo hija de su tiempo y del contexto bélico -estamos en plena guerra mundial? Dejémosle hoy, por primera vez y después de 70 años la última palabra a Mas, en nombre de Pere Areny: "Afortunadamente, Andorra es hoy un esatdo de derecho que ha suprimido la pena capital y que fija unas garantías para los acusados. Se ha recorrido un camino importante, pero no hay que bajar jamás la guardia. Las garantías en un proceso judicial son uno de los pilares de nuestra libertad. este caso debería servir de ejemplo de lo que jamás tendría que volver a producirse".

Casa Gastó: cinco siglos de historia y diecisiete generaciones
La genealogía conocida de la familia arranca en 1552 con un tal Miquel Abella.


Casa Gastó de Ransol, en la parroquia de Canillo. La historia documentada de la casa se remonta a mediados del siglo XVI. Pere Areny (1913-1943) era el menor de los nueve hijos que tuvo Antoni Areny Duedra con sus dos esposas, Rosa Baró Duró -madre de Anton- y Josepa Aleix Solsona -madre de Pere. El homicidio tuvo lugar en el cuerpo principal de la casa, en el centro de la imagen; una vez cometido el crimen, Pere se refugió en el pajar, a la izquierda, hoy ampliamente reformado. Fotografía: Àlex Lara / El Periòdic d'Andorra.

Pere Areny Aleix (1913-1943) era el menor de los nueve hijos que tuvo Antoni Areny Duedra: los dos primeros, Antoni (1887-19439 y Rosa, con su primera esposa, Rosa Baró Duró; los siete últimos -Gil, Josepa, Josep, Antònia (1900-1942), otra Josepa, Àngela (1905-1980) y Pere- con la segunda, Josepa Aleix Solsona. Sólo cuatro de los nueve hermanos -Anton, Antònia, Àngela y Pere- llegaron a la edad adulta: los otros cinco murieron antes de los 5 años. El caso es que con la muerte de Antòjnia, Anton y Pere, que quedó como heredera de Casa Gastó fue Àngela, diagnosticada de esquizofrenia paranoide e ingresada en un sanatorio psiquiátrico el mismo año de 1943. Jordi Mas Bentanachs (1961) es uno de los herederos vivos de casa Gastó a través de su abuela, Antònia Areny Baró, prima hermana de Anton y de Pere.
Las primeras noticias documentales de la familia y de Casa gastó de Ransol, en Canillo, se remontan según el libro Nostres arrels a 1552, año en que falleció el primer heredero de quien conocemos la identidad: Miquel Abella. Cinco siglos y diecisiete generaciones separan a Abella de Mas Bentanachs, erigido hoy en portavoz familiar. Los hechos de 1943 tuvieron lugar en la  casa familiar, deshabitada desde 1943 y hoy prácticamente intacta.Una vez hubo matado a Anton, Pere se dirigió primero al dormitorio de Àngela, con la precaución de cerrar la habitación donde había disparado a su hermano "a fin de que ella no se diera cuenta de la desgracia fatal". Àngela no quiso por lo visto levantarse -eran las tres de la madrugada- así que Pere se fue al pajar -la construcción a la izquierda de la fotografía inferior, hoy completamente reformada- y ocultó el arma del crimen -una escopeta de 12 milímetros, un cañón y fuego central, según el atestado policial- "bajo la pared". En el pajar se quedó hasta las cinco de la madrugada, cuando fue a despertar a los segadores para ir a trabajar, e inmediatamente después avisó a los vecinos de la muerte de Anton, "pero sin confesarse autor del crimen".

[Este artículo se publicó el 7 de noviembre de 2013 en El Periòdic d'Andorra]

sábado, 12 de abril de 2014

La leyenda negra: una prueba documental

Claude Benet da noticia de los cadáveres de dos hombres asesinados de un tiro en la cabeza en el trayecto hacia Andorra; los esqueletos fueron localizados en un camino de montaña del Arieja que desemboca en Fontargent, muy frecuentado por contrabandistas y fugitivos durante la II Guerra Mundial.

¡Ay, la leyenda negra de los pasadores! Cuando parecía que sobre esta materia todo estaba dicho y redicho y que difícilmente saldríamos del recuento que Sala Rose y Garcia-Planas hacen en El marqués y la esvástica -seguro que lo recuerdan: la decena de fugitivos muertos de camino hacia Andorra registrados en cuatro operaciones diferentes- va y Claude Benet, quién si no, nos pone sobre la pista de dos víctimas más del lado oscuro. Y éstas, además, documentadas con pelos y señales. Resulta que el autor de Guies, fugitius i espies recibió en noviembre de 2012 aviso de uno de los informantes del Arieja con los que había contactado cuando preparaba la monografía. Le pedía que fuese inmediatamente porque tenía unas fotografías que no se podía perder.

La sorpresa fue mayúscula cuando vio el material: las imágenes mostraban los esqueletos amontonados de lo que después resultaron ser dos hombres, semiocultos bajo unas rocas en un camino de montaña a una hora escasa de la frontera andorrana. Los dos cráneos presentaban sendos agujeros de bala, y los investigadores de la gendarmería que retiraron los restos encontraron dentro de uno de ellos una bala del calibre 9 milímetros muy habitual en los años 40, mientras que los huesos de las piernas del otro hombre aparecieron rotos. También se recuperaron las botas del mayor de los dos hombres, con el regalo sorpresa de que todavía era posible leer la marca: resultó que se trataba de un par de botas fabricadas en Tolosa por una empresa que en los años 30 y 40 suministraba material al ejército francés. Para confirmar aun más la datación, asociada a los restos se recuperó una moneda francesa de 1943.

Benet, en la presentación de Guies, fugitius i espies, la monografía definitiva sobre los pasadores centradad específicamente en el caso andorrano. Fotografía: El Periòdic d'Andorra.

Para Benet y su informante, que han tenido acceso a las fotografías del yacimiento, no cabe duda: se trata de los restos de dos fugitivos a los que por algún motivo el guía liquidó a medio camino: "El itinerario que seguían conducía a Andorra por la parte de Fontargent, punto de entrada habitual de fugitivos y contrabandistas", sostiene. Los restos, analizados en el instituto de medicina legal de Tolosa, corresponden a un adulto de entre 40 y 50 años y a un adolescente. Padre e hijo, especula Benet, que dibuja la siguiente escena: "El chico, que tenía una pierna rota, debía caminar con suma dificultad, hasta que ya no pudo más: el guía lo conminó a seguir adelante, el padre se puso naturalmente del lado de su hijo, y el guía los liquidó a los dos." Y aprovechó para llevarse las botas del adulto; si hubieran sido soldados alemanes, opina Benet, no se hubieran molestado en robar las botas del muerto.

En fin, que el homicida medio escondió los cuerpos bajo unas rocas, y aquí se habían conservado las últimas siete décadas hasta que en verano de 2012 un grupo de estudiantes alemanes de medicina que practicaban senderismo en la zona los descubrieron, con la buena fortuna -dice- que tenían nociones de anatomía y se dieron enseguida cuenta de que se trataba de restos humanos: "Como se encontraban relativamente cerca de un sendero, es probable que otros excursionistas los hubiesen avistado antes, pero pensaran que se trataba de restos de animales".

Los prefectos se lavan las manos
El caso es que el descubrimiento de los dos cuerpos ha pasado desapercibido en el Arieja. Y si Benet ha decidido hacerlo ahora público es porque ni el prefecto que había en 2012 ni el actual han atendido su petición de que permitieran que expertos en ADN estudiaran los restos para determinar su origen: "No hemos obtenido respuesta ni remitiéndoles la petición a través de la embajada de Francia en Andorra. Me parece de una insensibilidad monumental, sobre todo este 2014 que celebran por todo lo alto el centenario de la I Guerra Mundial", se lamenta. La mala suerte es que no se recuperó documentación que permitiera a los dos hombres. Pero incluso para esto tiene Benet una hipótesis más o menos plausible: otro informante suyo, André Trigano, alcalde de Pàmies y él mismo brevemente refugiado en Andorra durante la II Guerra Mundial -unos pocos meses en los que coincidió, por cierto, con el cantante y actor Serge Reggiani- recuerda a dos fugitivos, padre e hijo, que salieron en cierta ocasión de la zona de Pàmies y que nunca llegaron a su destino: Andorra.

Eran dos judíos apellidados Schwabb. ¿Tienen alguna relación los Schwabb con los dos cuerpos aparecidos ahora? "Si no podemos analizar los restos, nunca lo averiguaremos", dice Benet, estupefacto por la indiferencia mostrada por la prefectura en este asunto: "Parece incongruente tirar la casa por la ventana por el centenario de la Gran Guerra y en cambio negarse a analizar posibles pruebas de interés histórico sobre un capítulo tan sensible de la II Guerra Mundial como es el de los fugitivos". En cualquier caso, se trata de las primeras pruebas documentales de la leyenda negra de los pasadores -si descontamos el montaje del que fue víctima (¿o era instigador?) Eliseo Bayo en Reporter. Si se da el caso, ciertamente poco probable, de que las fotografías, hoy en manos de la gendarmería, son algún días desclasificadas.

Como el lector recordará, una de las aportaciones de Sala Rose y Garcia-Planas sobre este infausto capítulo consiste en haber puesto algo de orden con un balance sobre las "matanzas" de fugitivos -así las denominan ellos- que tuvieron lugar de camino a Andorra -o en la misma Andorra. A los autores de El marqués y la esvástica les salían una decena de muertos: los dos matrimonios belgas que Joaquim Baldrich afirmaba haber visto semienterrados enla nieva en la zona del Estany Negre, víctimas de dos pasadores aragoneses que se llamaban -y queden sus nombres para nuestra historia local de la infamia- Mulero y Trallero; Jacques Grumbach, judío, diputado socialista y director del diario Le Populaire a quien su guía, el también aragonés Lázaro Cabrero, liquidó de un tiro en la nuca en un caso por el que fue juzgado en Foix en 1953. Juzgado... y absuelto por falta de pruebas, aunque Cabrero admitió haber matado a Grumbach, alegando que el hombre había quedado malherido a consecuencia de una caída y que tenía consignas superiores de eliminar a los fugitivos que entorpecieran la marcha para evitar que cayeran en manos de las patrullas alemanas.
El caso de Grumbach lo han contado con pelos y señales tanto Josep Calvet (Las montañas de la libertad) como Francis Aguila (Les cols de l'espoir). El siniestro balance lo completan las tres chicas judías que Jose Bazán (Jo, un nen de la guerra) recuerda que fueron recuperadas, muertas, en el valle del Madriu en 1942 y enterradas en el cementerio de Escaldes, y el matrimonio Allerhand, Gustave e Ida, judíos franceses que en septiembre de 1942 salieron de Ussats les Bains y de quien nunca más se tuvieron noticias. Un caso recogido también por Calvet.

La leyenda negra -reverso de la epopeya de los pasadores- se alimenta más de recuerdos que de documentos. Por eso mismo es tan importante, por no decir milagrosa, el hallazgo que nos ocupa. Aparte de los que integran la, digamos, lista oficial, Benet añade por su cuenta a las víctimas no de la codicia o de la mala fe de los pasadores de turno, sino de la montaña -el frío, el torb, el agotamiento- como por ejemplo el teniente Charles Peacock, aviador aliado también malherido que prefirió descolgarse de su expedición para no comprometer la supervivencia del grupo: sus compañeros intentaron localizarlo al día siguiente, pero no lo consiguieron. También añade a los dos militares canadienses desaparecidos con Eloïse, la misteriosa agente de quien reconstruye la trayectoria en Guies, fugitius i espies, y en fin, a la media docena larga de muertos en la montaña -y aquí incluye tanto a fugitivos como a contrabandistas- que constan en el registro de defunciones de Canillo de los años 40. 

[Este artículo se publicó el 11 de abril de 2014 en El Periòdic d'Andorra]

martes, 8 de abril de 2014

Sant Serni de Tavèrnoles: fue el terremoto

Josep Maria Nogués reconstruye los siete siglos de vida del monasterio de Sant Serni en Els benedictins a Tavèrnoles-Anserall; el autor avala la tesis de que la decadencia del cenobio se acentuó con el seísmo de 1428.

Cojamos los bártulos y retrocedamos unas líneas hasta el siglo XI. Es el 17 de enero de 1040, y Anserall bulle de una insólita actividad: una multitudinaria, pintoresca fauna humana que incluye dos obispos -Eribau de Urgell y Arnulfo de Ribagorça- la condesa Constanza y su hijo Ermengol III de Urgel y hasta ocho abades procedentes de monasterios de uno y otro lado de los Pirineos, incluido el anfitrión, se han concentrado en esta pequeña localidad vecina de la Seo de Urgel. No hay para menos: hoy se consagra la nueva iglesia de Sant Serni. Con el claustro del cenobio y las otras dependencias monacales constituye un conjunto monumental con escasos pares en la Cataluña vieja. Pues bien: de todo aquel esplendor, hoy tan solo sobreviven el transepto, el ábside y un pedacito del muro. Miren la última fotografía: migajas.

Ábside de la iglesia de Sant Serni de Tavèrnoles en 1931; atención a la torre cuadrangular, abatida en la cuestionada reconstrucción del templo, en los años 70. Fotografía: Walter Mur.


El baldaquino románico de Sant Serni de Tavèrnoles, hoy en el MNAC, fue arrancado el 15 de septiembre de 1906, y vendido por 2.000 pesetas. Fotografía: Archivo Nacional de Cataluña / Museo Nacional de Arte de Cataluña. 
Vista actual de los arcos que sostenían las bóvedas del templo; no resistieron al seísmo de 1428. Fotografía: Tony Lara / El Periòdic d'Andorra.

Pero estamos en 1040 y todavía faltan unos cuantos siglos para la decadencia. En Sant Serni residen de forma permanente hasta una veintena de monjes y una docena de presbíteros que disponen de una nutrida biblioteca con medio centenar de volúmenes, entre los que se cuentan los Diálogos de san Gregorio Magno y las Sentencias de san Isidoro de Sevilla. Quizás no son los best sellers de hoy, pero para el siglo XI parece que no iban mal servidos. Avancemos ahora hasta 1560 para acompañar a Pere Frigola, abad de Sant Benet de Bages, en su reglamentaria visita canónica a Sant Serni. El panorama con el que se da de bruces no puede ser más desolador: "Hay dos monjes, uno de los cuales ejerce como prior y como sacristán; se excusan por no poder impedir la entrada de bandoleros en el monasterio; en la Iglesia faltan vestidos y ornamentos; los altares están tan indecorosamente conservados que parecen establos, y el claustro, el refectorio, el dormitorio y las otras estancias del cenobio son auténticas ruinas".

Nada que ver con la exhibición mundana del año 1040. Tavérnolas es cinco siglos después la pura sombra de lo que había sido. Y todavía lo será más cuando el papa Clemente VIII decrete en 1592 -y quien sabe si a la vista de los informes del abad Frigola- la supresión de la vida monacal y la conversión de lo que queda de la iglesia en la parroquial de Anserall. ¿Qué ha ocurrido, durante estos 500 años, para que el orgulloso cenobio del abad Guillem haya conocido tan adversa fortuna? Esto es lo que ha intentado averiguar Josep Maria Nogués, presidente del Centre d'Estudis de Sant Sadurní de Tavèrnoles, en Els benedictins a Tavèrnoles-Anserall. la monografía definitiva -de momento, claro- sobe este monasterio del Alto Urgel. Nogués se ha sumergido en los diplomatarios editados por Cebrià Baraut para reocnstruir los principales episodios de esta milenaria historia. Aquí van tres de ellos con algo de carnaza, para abrir boca: el nombramiento de Feliu -ya saben, el paladín del adopcionismo: le acabaría costando el cargo- como primer abad del cenobio, en 776; la ratzia de Abd al-Malik, que en 795 arrasa Castellciutat -¿aprovechó para desviarse hasta Andorra?- y el periplo de un tal Pere Rovira, jurista de Besalú, que en 1391 se personó en Tavèrnoles para recoger las reliquias de san Vicente y llevárselas a Gerona. Una premonición, si quiere el lector, de los episodios de rapiña artística -con coartada conservaconista, eso sí, y aval de la Diputación de Barcelona- de principios de siglo XX.

Seis siglos de decadencia
Avancemos las conclusiones de Nogué: los inicios de la decadencia hay que situarlos en 1347, cuanod la Peste Negra liquida expeditivamente al 40% de la población europea -incluida la guarnición del castillo andorrano de Sonplona, en la Roureda de la Margineda. De hecjo, especula el autor, "quizás el abad Roger fue una de las primera víctimas del monasterio", lo cual es -reconocerá el lector- mucho especular. Siguen unos decenios de recuperación más aparente que real.. Hasta que llega el golpe de gracia con la serie de terremotos de 1427 y 1428. Nogués se apunta a la hipótesis del historiador Carles Gascon y del geólogo Valentí Turull, que atribuyen la ruina del monasterio al seísmo del 2 de febrero de 1428. A partir de este momento, las sucesivas visitas canónicas dcoumentan la imparable decadencia de Sant Serni: en 1430 e labad gabriel advierte que si no se repara urgentemente la iglesia los monjes la tendrán que abandonar; en 1441 se han cumplido sus negros augurios porque el visitador de turno -el abad Francisco de Sant Pedro de Portella- se encuentra el monasterio "totalmente abandonado, sin un solo monje, y es recibido por el guardián, que vive en las dependencias con su mujer y dos hijos. [San Serni] ofrece un espectáculo lamentable, la iglesia sin gran parte del techo, el claustro y el capítulo arruinados, convertidos en depósitos de forraje y suciedad..."

Casi un siglo después, en 1534, Bernat Broçà dice que el abad del momento trabaja en la reconstrucción del techo del monasterio arruinado, sostiene, "a causa de los terremotos y bandidajes..." Pero sin mucha suerte: a Sant Serni sólo le quedaban seis décadas escasas de lenta agonía. Y lo que vendría despuñes, porque en los siglos siguientes la piedra del antaño orgulloso cenobio sirvió para levantar y apuntalar las casas del pueblo de Anserall, y el patrimonio artístico del monasterio fue sistemáticamente expoliado: Nogués sigue la pista del baladaquino, del frontal del altar y de los capiteles románicos del claustro, todos ellos hoy en el Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC). El baldaquino fue vendido en 1906 por 2.000 pesetas; los capiteles, a tres duros la pieza... De aquel templo monumental consagrado en 1040 en presencia de Eribau, Arnulfo y Constanza sólo quedan el ábside, dos tramos de la nave principal y una dudosa reconstrucción perpetrada en los años 70 que el autor no se cansa de cuestionar. Pero esta es otra historia. Porque la culpa, en fin, fue del terremoto.

[Este artículo se publicó el 4 de octubre de 2011 en El Periòdic d'Andorra]

lunes, 7 de abril de 2014

No seas bruja, o acabarás en la horca (Una historia de la brujería andorrana)

El vínculo de Andorra con la brujería viene de lejos: el Roc de les Bruixes de Sant Julià de Lòria y la leyenda de Engolasters son sólo dos ejemplos que dejan constancia de esta larga, enraizada y en ocasiones -lo veremos enseguida- trágica historia brujeril. El periodista e historiador Robert Pastor se ha sumergido en el archivo del Tribunal de Corts -la jurisdicción penal andorrana- para exhumar los nombres y apellidos, así como las andanzas, de un centenar de supuestas brujas que entre los siglos XV y XVII fueron víctimas de los prejuicios y de las supersticiones de la sociedad (y de los jueces) de la época. Hasta quince de ellas fueron ejecutadas en la horca. Lo cuenta en Aquí les penjaven, premio Principado de Andorra de investigación histórica 2003.

Ha costado casi cuatro siglos rescatar del anonimato al centenar de brujas (y cuatro brujos) que entre 1471 y 1661 desfilaron ante el Tribunal de Corts. Mujeres como Margarida Anglada, de Encamp, primera acusada de quien se conserva el proceso; Maria Guida, la única bruja andorrana que terminó en la hoguera, dado que por aquí arriba lo suyo era ahorcarlar, no quemarlas; Maria Galoxa, del Vilar de Ordino, que inaugura en 1622 la tercera y última de las grandes cacerías de brujas locales, y Petronilla Gascona, que tuvo el dudoso honor de ser la última que probó los expeditivos métodos de la justicia de la época. Pues las brujas andorranas salieron del trance judicial con fortuna diversa: desde la pena pecuniaria hasta los azotes, destierro y en un número inusualmente elevado de casos, la ejecución "de forca ben alta". Y siempre con la tortura como procedimiento habitual (e infalible, como para negarse a declarar lo que los interrogadores querían oír: lo verán enseguida) para obtener la confesión del reo, prueba definitiva que demostraba la culpabilidad de la acusada. Una muestra de la implacabilidad de los jueces: tan solo dos de las encausadas -Joana Montanya, alias Toneta de Caldes (1575), y Antònia Ponta, de Les Bons (1622)- se libraron de cualquier castigo y fueron absueltas de toda culpa.

El autor de Aquí les penjaven posa ante los escaños del Tribunal de Corts, en la Casa de la Vall: las brujas andorranas fueron juzgadas por este tribunal, que en los siglos XVI y XVII no se ubicaba todavía en la planta baja de Casa de la Vall. Fotografía: Tony Lara / El Periòdic d'Andorra.
Las brujas de Salem fueron colgadas de "forca ben alta" a finales del siglo XVII, como sus colegas andorranas, y a diferencia de la suerte habitual de las condenadas por este delito, que solían terminar en la hoguera.

En Aquí les penjaven (Consell General, 2004), Pastor ha expurgado ls actas judiciales e un centenar de procesos para determinar la procedencia y situación de las acusadas; los cargos y prácticas que les adjudican, la identidad de denunciantes, jueces e incluso de uno de los verdugos, los tormentos a que las sometían para obtener confesión, los lugares en que se erigía el patíbulo... El resultado es un volumen que combina la erudición del reportaje de investigación con el rigor del ensayo histórico, y que completa y amplía el clásico de referencia sobre la materia -La réligion populaire en Andorre, de Galinier-Pallerola. Pastor explica la eclosión de la brujería andorrana en el siglo XV en el marco catalán y pirenaico, y detalla sus especificidades, desde un especial encarnizamiento con las sospechosas hasta la peculiar forma de ejecución en la horca que se impuso en este rincón del Pirineo, a diferencia de la clásica hoguera que habitualmente se aplicaba en el resto del mundo cristiano a brujas y herejes.

No menos suculentas son algunas de las reflexiones colaterales que emergen del núcleo central del liro, como la revisión de la leyenda negra que acompaña a la Inquisición, el conflicto de competencias entre la jurisdicción ordinario y el mismo Santo Oficio, la misoginia imperante en las sociedades modernas -detalle que explica la extraordinaria desproporción entre el número de brujas y el de brujos que cayeron en las zarpas de los tribunales, y la persistencia hasta nuestros días de prácticas tradicionalmente relacionadas con la brujería -plantas medicinales, nigromancia, adivinación. El autor enriquece el volumen con una introducción a la historia general de la brujería europea que presta especial atención a los grandes procesos de los siglos XVI y XVII, con las figuras centrales del magistrado francés Pierre de Lancre y del inquisidor español Alonso de Salazar y Frías. Aquí les penjaven captura al lector con un estilo ameno, una ironía sutil y un bagaje erudito que lo emparentan directamente con el gran clásico de la brujería peninsular -Las brujas y su mundo, de Caro Baroja- y lo convierten en la obra definitiva sobre la brujería andorrana. Y muy probablemente, también de la pirenaica.

-Según sus cuentas, entre 1604 y 1609 los tribunales andorranos condenaron a más brujas que la Inquisición de Barcelona en el siglo y medio anterior. ¿Fue este rincón de mundo un nido de brujería?
-La incidencia de la brujería en Andorra es comparable a la de los valles pirenaicos donde el fenómeno se manifestó con más intensidad, como en el norte de Navarra y Vallferrera (Lérida). Hay que tener en cuenta que se trataba de sociedades muy cerradas, casi endogámicas, claustrofóbicas, con lazos familiares muy estrechos. Si todavía hoy en estos lugares cualquier cosa que afecte a uno de sus vecinos acaba siendo de dominio público, imaginemos lo que podía ocurrir en una sociedad como las del siglo XVI, cuando en Andorra quizá no había más de 4.000 habitantes. Más todavía en vecindarios que podían tener cuatro casas, dicho esto en sentido literal, como la Mosquera, Segudet y El Vilar. Por esta razón, la caída de de una bruja enseguida repercutía en su círculo más íntimo, y por este mismo motivo son relativamente abundantes los casos en que diversos miembros de una misma familia son acusados de brujería.

-¿Por que tienen lugar precisamente en los siglos XVI y XVII el grueso de las grandes persecuciones?
-En estos dos siglos se registra en toda Europa lo que podríamos denominar el núcleo duro de las persecuciones, en el marco de una sociedad que no sólo otorgaba verosimilitud a la existencia de la brujería sino que estaba absolutamente convencida de que las brujas eran las causantes de muchos, por no decir de todos los males. Cuando se producía algún accidente, una enfermedad o una epidemia, la única alternativa para la mayor parte de aquella gente era hacerse visitar por el curandero del lugar o por la remeiera -la mujer, habitualmente una señora de cierta edad, que conocía las virtudes curativas de hierbas y plantas, fueran estas virtudes reales o imaginarias. Si tenía la mala suerte que el paciente fallecía o la contagiaba a familiares y vecinos, no era extraño que le endosaran la culpa al sanador o a la remeiera, y que le atribuyeran poderes maléficos. Lo mismo ocurría si moría algún animal de forma más o menos inesperada, la helada arruinaba la cosecha o caía una tempestad especialmente virulenta. El mal siempre viene de fuera y hay que buscarle la causa que lo provoca.

-¿Fueron, pues, siglos especialmente crédulos?
-Caro Baroja explica la emergencia de la brujería a partir del siglo XIII porque hasta entonces la Iglesia no se había sentido con la fuerza suficiente para enfrentarse a las prácticas paganas que habían sobrevivido a una cristianización tan solo superficial. Recordemos que es en el siglo XIII cuando emergen -y son duramente perseguidas- las primeras herejías medievales: entre otras, el catarismo, que nos toca muy cerca. La Iglesia se siente preparada para conquistar el monopolio ideológico de la sociedad, y es en estos parámetros en los que hay que ubicar la persecución del sustrato pagano precristiano.

-¿También en Andorra, donde el Obispo de Urgel ejerce desde el siglo XIII como copríncipe?
-Los procesos más antiguos por brujería que se han conservado en las actas del Tribunal de Corts se remontan al siglo XV, pero estoy convencido que en Andorra la persecución comienza también dos siglos antes, como en toda Europa. Así se infiere de un documento otorgado por el conde de Castellbò que reconoce a los andorranos la facultad de constituir corts -es decir, tribunal de lo penal- "también para juzgar los casos de brujería", dice textualmente. En cualquier caso, la brujería se remonta a la prehistoria, y aunque el último proceso que incoa el Tribunal de Corts data de 1661, prácticas tradicionalmente relacionadas con la brujería persisten hasta el siglo XX. Incluso hasta hoy mismo.

-¿Por ejemplo?
-No hay que buscar demasiado: los apósitos de trementina se utilizaron habitualmente por estas comarcas hasta bien entrados los años 70. Y hay quien todavía visita al curandero de turno para hacerse colocar los huesos en su sitio. Hace tres siglos, tanto lo uno como lo otro hubieran sido consideradas en según qué circunstancias prácticas sospechosas. Por no hablar del repertorio de hierbas y plantas más o menos medicinales que todos conocemos aunque sea de oídas.

-Entre los 93 acusados a quienes el tribunal, el fiscal o los testigos atribuyen prácticas brujeriles, sólo hay cuatro hombres. ¿Hay que deducir que la sociedad andorrana era especialmente misógina?
-Era la misoginia habitual en la Europa coetánea, ni más ni menos. Por el solo hecho de ser hombre, un curandero estaba más cerca de la respetable figura del médico. En cambio, una mujer que se atribuyera dotes de curandera -o la que se los atribuyeran- tenía todos los números para ser antes o después sospechosa de brujería. Es significativo que los cuatro hombres acusados fueran condenados a penas relativamente leves: Pere y Joan Rectoret, de la Mosquera, acusados en 1638 de haber envenenado a la esposa del primero y madre del segundo, sólo tuvieron que pagar una multa de 20 libras. Y a un tal T. Palleta, de Encamp, protagonista del último proceso por brujería (1661), lo sueltan gratis.

-¿De qué se las acusa, a las supuestas brujas?
-Habitualmente, de provocar enfermedades, sobre todo el bocio. Pero también pueden tener la culpa de vómitos, fiebres repentinas, pérdida de peso o enfermedad mental. Hay casos en verdad grotescos, como el de una tal Joanita de Sant Julià de Lòria, de quien decían que hacía que se les cayeran las orejas a los hombres que se atrevían a entrar en su casa.

-¿Cómo se supone que lo hacían, todo esto?
-Con venenos cuya composición, curiosamente, ningún veguer se siente en la necesidad de investigar. Sólo ocasionalmente las actas describen los supuestos ingredientes de estos brebajes, según confesión de las acusadas o declaración de algún testigo.

-A ver: una receta.
-Citan sustancias como la adelfa, la "aranya grossa" -araña grande- e incluso el hígado de recién nacido, que Maria Galoxa confiesa haber extraído "con un gancho de hierro por el culo". En los veinte procesos y documentos adjuntos que he examinado, se las acusa de la muerte de 41 personas. La más letal vuelve a ser esta Galoxa, a quien en 1621 imputan la muerte de los nueve miembros de casa Nafreu, en el Vilaró de Ordino. Hay también casos de supuesto parricidio, como Antònia Martina, que admite haber matado a su marido y a su yerno; y de infanticidio, como Jaumeta Arenya, Peyrona Gastona y La Sucarana, acusadas de dar muerte a sus hijos.Era práctica habitual la adoración del diablo tras el rito del renec, que no consistía en el beso negro -en el trasero de un macho cabrío- típico de la tradición vasco-navarra, sino en levantarse la falda y sentarse sobre una cruz dibujada con tiza en el suelo.

-Teniendo en cuenta que Toneta de Caldes, la única que fue juzgada por la Inquisición, fue también una de las dos brujas andorranas que resultó absuelta en los dos siglos que ha investigado, ¿hay que concluir que era mucho mejor caer en manos del Santo Oficio que de los tribunales ordinarios?
-Con la Inquisición nos hemos llevado varias sorpresas: la primera y más gorda de todas, comprobar cómo los hechos contradicen la leyenda negra, por lo menos en lo que respecta a la brujería: los magistrados del Santo Oficio se mostraban mucho menos crédulos y más garantistas que la jurisdicción ordinaria. Un solo ejemplo: el procedimiento judicial estaba en las dos jurisdicciones enfocado a obtener la confesión del reo, pero mientras que ante el Santo Oficio la confesión y el arrepentimiento espontáneo garantizaban una pena relativamente leve -por lo menos, salvar la vida- con el Tribunal de Corts ocurría lo contrario: la confesión era la prueba definitiva, concluyente, que condenaba irremisiblemente al acusado. Es curioso también el conflicto jurisdiccional que se infiere del proceso de Toneta de Caldes, a quien el magistrado doctor Jeroni Morell se llevó a Barcelona -salvándola, por cierto, de una muerte más que probable. El inquisidor se lamenta del "exceso" del veguer andorrano al invadir competencias del Santo Oficio, el único que podía actuar en casos de brujería, y propone que sea llamado, juzgado y condenado de forma ejemplar a una pena pecuniaria.

-¿En qué consistía, las torturas? ¿Dónde y quién las aplicaba?
-Del único verdugo de quien conocemos el nombre es Domingo de l'Hort, que participó en la cacería de 1604 -debió ganarse el peculio porque terminó con tres de las acusadas en el cadalso, y otras tres fueron castigadas al látigo. La tortura habitual era la llamada del cordel, que consistía en colgar al reo por los pulgares, en ocasiones con un peso en los pies, y que en el siglo XVII fue sustituida por el potro.

-¿Y las penas?
-La más leve era la multa. La pena capital consistía en Andorra en morir "de forca ben alta". Entra la una y la otra, azotes y destierro -normalmente a perpetuidad, y con amenaza de pena de muerte si el reo regresaba, aunque se registraron casos como el de la Ponta, que se salto con éxito la prohibición de egresar. La tortura se aplicaba en la prisión, que suponemos que se encontraba bajo las escaleras exteriores de Casa de la Vall. El patíbulo, en Andorra la Vella, creemos que se levantaba en el "foro del tossal", por la zona donde hoy se encuentran los grandes almacenes Pyrénnées: aquí fue ahorcada en 1629 Magdalena Riba, alias Naudina, de Meritxell. A la Galoxa consta que la ejecutaron en el Mas d'en Soler, en la Cortinada.

-En el capítulo final, significativamente titulad Però n'hi ha, insiste en la pervivencia, incluso en la sobreabundancia de las prácticas mágicas en la sociedad actual. ¿Un golpe de efecto al estilo Cuarto Milenio, para asustar al personal?
-La brujería ha sido una constante en la historia de la humanidad desde las épocas más remotas. Y no hay que pensar que es algo del pasado. ¿Dónde hay que situar, si no, el auge actual de la videncia, reconvertido en floreciente negocio, así como del espiritismo y el satanismo? En los primeros años 80 se documentaron actividades relacionadas con la magia negra durante las obras de restauración de la iglesia de San Miguel de Engolasters: fueron desenterrados del templo dos corazones (de animales) con sendas agujas negras clavadas, y en el ábside apareció un día un perro estrangulado con una cuerda también negra. Una carta al director del Diari d'Andorra fechada en marzo de 2002 reivindicaba el buen nombre de una autodenominada Iglesia de Satán, y la noche de San Juan de 2003, en el paraje de Els Escorpiders, en Ansalonga, los vecinos avisaron al servicio de atención ciudadana porque habíaan divisado unas extrañas luces; cuando se acercaron al lugar descubrieron un inquietante cuadro formado por tres velas clavadas en el suelo alrededor de un papel que nadie se atrevió a leer...

[Esta entrevista se publicó en abril de 2004 en la revista Informacions]

domingo, 6 de abril de 2014

Boquica: el escupitajo del infierno

Historia de un bandolero: la literatura romántica convirtió Josep Pujol en el prototipo de bandolero sanguinario de la Guerra del Francés. Pero, ¿fue realmente Boquica el bandido, violador, asesino y -encima- traidor afrancesado que cuenta la crónica negra decimonónica?

Robaba, secuestraba, violaba, torturaba a sus víctimas con suplicios refinadísimos y las asesinaba a sangre fría: al payés que se resistía a entregarle su peculio, lo ataba a la cama y le prendía fuego; si una mujer se resistía a sus intentos de seducción, no tenía escrúpulos en cortarle los pechos, ni de aplicar hierro candente a la espalda del humilde y temerario mosén que se atrevía a recriminarle su fulgurante carrera. No le tembló el pulso ni a la hora de quemar el pueblo donde nació, Besalú (Gerona), en represalia por la muerte de su hijo, envenenado con sal (!?) en la pila baptismal de la iglesia parroquial. Y todas estas fechorías, auténticas o apócrifas, las perpetró entre 1810 y 1814, cuando sirvió a las órdenes de los ejércitos franceses que ocupaban Cataluña y como comandante de un batallón de miqueletes que aterrorizaban no sólo las comarcas fronterizas del norte del Principado sino incluso el llano de Barcelona, hasta donde tuvo de ensayar una escapada para arrasar el convento de los Trinitarios. Con los frailes dentro, siguiendo en este punto una tradición muy barcelonesa aunque él fuera de tierra adentro.


Portada de José Pujol (a) Boquica, gefe de bandidos, versión en castellano de la novela del escritor rosellonés Jacques Arago (París, 1840) que dio carta de naturaleza al mito Boquica.
Boquica, según un grabado de la novela de Arago, con su vestuario de combate. Grabado: José Pujol (a) Boquica.
Partida de bautismo de Josep Pujol, nacido el 26 de septiembre de 1778 en Besalú, hijo de Pau Pujol, "traginer" -y de quien heredó el alias- y de Francisca Pujol y Barraca, y bautizado al día siguiente en la iglesia de San Vicente. Fue el cuarto de ocho hermano. Fotografia: Máximus.
En primer término, el número 19 de la calle Vilarrobau de Besalú, casa familiar de la familia Pujol. Fotografía: Máximus.
Combate entre tropas francesas y guerrilleros locales en las afueras de Besalú, según un grabado de Jean-Charles Langlois, oficial destinado en 1811 a la Península, donde sirvió a las órdenes del mariscal Saint Cyr; ¿coincidieron en alguna ocasión, los caminos de Langlois i de Boquica? Grabado: Voyage pittoresque et militaire en Espagne (París, 1826).
Acta de matrimonio de Josep Pujol y Maria Cruzet, celebrado el 25 de mayo de 1800; Maria era hija de Josep Cruzet, carretero como los Pujol, y de Narcisa Cortada. Fotografía: Máximus.
Vista idealizada de Besalú a mediados del siglo XIX.
Boquica, con el uniforme de miquelete al servicio del ejército francés. Grabado: José Pujol (a) Boquica.
Can Maholà, caserío de la localidad de Beuda, Gerona, donde el 5 de abril de 1814 el Barceloní, uno de los miembros de la partida de Boquica, asesinó a Ramon Maolà, el heredero de la casa, por negarse a satisfacer los 50 doblones que le exigían. Es la única fechoría de la que ha quedado prueba documental, y como se ve tampoco se le puede atribuir a él personalmente. Fotografía: Máximus.
Boquica se exilió a Perpiñán tras la derrota napoleónica, pero fue entregado en 1815 por las nuevas autoridades francesas. Juzgado y condenado a muerte, fue ejecutado en los fosos del castillo de San Fernando, en Figueras, el 23 de agosto de 1815; al día siguiente fue enterrado en el cementerio de la iglesia de San Pedro, en Besalú, su localidad natal. Grabado: José Pujol (a) Boquica.


Impresionante hoja de servicios la que presenta Josep Pujol, alias Boquica, carretero de oficio que ha pasado a la crónica negra del siglo XIX catalán como el prototipo del bandolero sanguinario que prosperó en el caos de la Guerra de la Independencia (1808-1814) y a la sombra de las tropas napoleónicas desplazadas a la península. Tanta maldad no podía acabar en otro lugar que en el patíbulo, y para que la historia tenga un final convenientemente ejemplarizante, Boquica terminó sus días ahorcado en los fosos del castillo de San Fernando de Figueras (Gerona). Fue el 23 de agosto de 1815, en uno de los escasos episodios fehacientemente documentados en la atribulada biografía de nuestro hombre.

Con estos antecedentes, no es extraño que el historiador olotense Ramon Llongarriu lo bautizara con el sonoro apelativo de "renec de l'infern" -el insulto del infierno- ni que su nombre quedara grabado en la memoria colectiva como la encarnación del mal, especialmente en las comarcas que fueron escenario de sus gestas: a comienzos de siglo XX, "ets més dolent que en Boquica" -"Eres peor que Boquica"- era un reproche habitual en la zona del Ampurdán, según el historiador Carlos Rahola. Y la Gran Enciclopèdia Catalana lo reconsagra de forma inapelable como uno de los grandes campeones de nuestra crónica negra.
Esta es la etiqueta que le han colgado la mayoría de los historiadores que se han interesado en su carrera.

Una etiqueta que tiene padre y también madre. Josep Riu, paisano de Boquica y que prepara una biografía sobre el personaje- les pone nombre y apellidos: uno es Jacques Arago, escritor rosellonés autor de Jose Pujol, chef de miquelets (1840), la novela fundacional del mito Boquica; el otro, el historiador barcelonés Víctor Balaguer y su Historia de Cataluña y de la Corona de Aragón. "La conversión de Boquica en un bandido, en un criminal sádico, responde a las tendencias historiográficas de mediados del siglo XIX, cuando lo que se pretendía era construir una historia nacional [española] e reinterpretar el pasado en términos de héroes y traidores y sin matices". Un deporte, en fin, muy familiar en la Cataluña del siglo XXI. Entre los canonizados se encuentran Álvarez de Castro, defensor de la inmortal Gerona, o el barón de Eroles, comandante de las fuerzas patriotas en el Ampurdán, aparte de absolutista recalcitrante: "A Boquica le tocó en el reparto el papel de villano, y parece que a todo el mundo le ha parecido bien", concluye.

Boquica volverá
Riu se ha pateado los archivos comarcales de la Garrotxa, el Alto Ampurdán, el Ripollès y el Pla de l'Estany para reconstruir la biografía del Pujol miquelet y encontrar las pruebas de sus supuestos crímenes. El resultado de sus pesquisas es sorprendente: ni asaltos, ni secuestros, ni asesinatos, ni violaciones: "¿Cómo es posible que un tipo que ha pasado a la historia como uno de los más grandes bandidos que han visto los tiempos no ha dejado rastro documental en ningún lado?, se pregunta.

Pero antes de enfrentarnos al Boquica histórico, acabemos con su leyenda, según la cual el carretero Pujol ejercía esporádicamente el contrabando -como tantos de sus paisano: la Garrotxa linda con Francia- hasta que en  los comienzos de la Guerra de la Independencia se alista en el bando patriota. Todo transcurre dentro de cierta normalidad hasta que la Junta de Figueras lo acusa de espía y lo encierra en la plaza de Tarragona, capital insurrecta. Se escapa de su cautiverio -un lance que siempre da lustre a una vida aventurera- y el general Mathieu, gobernador de Barcelona, lo recluta para la causa francesa. Estamos ya en 1810, y Boquica ha ascendido hasta el rango de capitán de miqueletes, la milicia local que ejercía funciones de policía y recaudaba los tributos. En adelante aparecerá siempre en primera línea en todas las acciones bélicas de importancia: la ocupación de Olot y de Ripoll, las batallas de la Garriga, Puiggraciós i la Salud, el saqueo de Arbúcies, Vic y Camprodón, hasta la derrota final en Bañolas, el 13 de junio de 1813, a manos de las tropas del barón de Eroles. Hay también noticia de masías asaltadas en Besalú, Lligordà, Beuda, Lliurona, Sant Llorenç de la Muga, Sadernes, Entreperes y Guitarriu. ¡Uf! Ah, sí, y un rocambolesco episodio de doble juego cuando en junio de 1811 finge la entrega del castillo de San Fernando de Figueras -donde finalmente lo colgarán- y en el último instante delata al agente del barón de Eroles, un tal Narcís Massanas, hijo de Sant Feliu de Guíxols.

Hasta aquí, la leyenda. Lo cierto es que, tal como consta en el archivo parroquial de Besalú, Josep Pujol nació el 26 de septiembre de 1778, muy probablemente en el actual número 19 de la calle Vilarrobau. Fue el cuarto de ocho hermanos, su padre era carretero y de él heredó el sobrenombre: Boquica -de significado incierto y quizás relacionado con "boquer" y "boqueria", según Corominas "carnicero" y "carnicería" en catalán medieval. Su madre era hija de Can Barraca, casa fortificada en las afueras de la localidad. La siguiente noticia documental es la de su matrimonio con Maria Cruzet, el 25 de mayo de 1800, del que nacieron cuatro hijos entre 1801 y 1809. El 28 de agosto de 1801 toma el hábito de la venerable congregación de la Mare de Déu dels Dolors, porque Boquica -como el Joan Serra de Llach- podía (o no) ser un asesino, pero era ante todo hombre piadoso. Saltamos ahora hasta el 15 de septiembre de 1813, cuando una entrada del libro de bautismos de la iglesia de San Vicente, parroquial de Besalú, exhumada por el historiador Josep Maria Parés, deja constancia del nacimiento de un tal Pere Ambrós, "hijo de Francisco Ambrós, cazador del Ampurdán de las Compañías del comandante Don José Pujol". Parés ha tirado del hilo, y al final de todo aparece la viuda de nuestro Ambrós, que en fecha tan tardía como 1840 solicita (y obtiene) una rectificación para limpiar la memoria del marido difunto. Resulta que no quiere que conste como "parrot", uno de los apelativos -junto a "caragirats" y "brivalla", todos ellos infamantes- con que se conocía a los catalanes que sirvieron del lado francés. Dos testigos que reconocen haber formado parte de los miqueletes de Pujol niegan haber conocido a Ambrós. Según se desprende de la declaración, el hombre -un comerciante de Pineda- fue secuestrado por los bandoleros, que exigieron un rescate que la esposa no llegó a tiempo de satisfacer porque Ambrós murió en poder de Boquica.

En fin, que quizás no era el "insulto del infierno" con que lo bautizó Llongarriu, pero tampoco fue un santo. Queda claro en el libro de óbitos de la parroquia de Sant Pere de Lligordà, que documenta la muerte a manos de nuestro Boquica de Ramon Maolà, heredero de un importante caserón de Beuda. Pero es la única que se le puede imputar documentalmente. Aun así, tampoco a él en persona, porque el documento en cuestión, exhumado esta vez por el mismo Llongarriu, dice así: "Los parrots o mossos de Josep Pujol comandante de tropas francesas lo mataron de una estocada y fue uno a quien llamaban Barceloní (...) Le dio una puñalada de sable en el costado y cayó muerto repentinamente". Ocurrió el 5 de abril de 1814 ante la puerta principal de la casa. El delito, que Maolà se había negado a satisacer la cantidad de 50 doblones exigida por Boquica. De ahí el pareado (con cierta mala idea) que todavía circula por esos parajes, vecinos por cierto de la localidad natal de Boquica: "Tremola, Maolà, que en Boquica tornarà" ("Tiembla, Maolà, que Boquica volverá").

El Boquica histórico
Riu pasa inmediatamente al contraataque, "no para defenderlo ni para limpiar la memoria del presunto bandolero, sino para situar los hechos en su contexto histórico". Su tesis es que Josep Pujol sirvió como chivo expiatorio de una historiografía romántica empeñada en glorificar las gestas nacionales y en presentar a un pueblo que había combatido unánimente al invasor francés... con las excepciones de personajes infaustos como Boquica. El capítulo que le dedica Crímenes célebres españoles (1859), volumen curiosísimo, dice que los hombres de Pujol eran "en su totalidad escapados de presidio o de la horca, siendo en suma la escoria del Principado y de las provincias limítrofes". Cosa que, convendrá el lector, no está nada mal. "Con frecuencia nos olvidamos -insiste Riu- de que la ocupación francesa en Cataluña, y especialmente en Gerona, fue un paseo militar, si exceptuamos el sitio de Gerona y unas pocas batallas puntuales. En la mayoría de los casos no hubo oposición digna de este nombre.

Es lo que ocurrió por ejemplo en Besalú, que a finales de 1809 ya estaba en manos francesas y que así siguió hasta el final de la guerra". Una de las primeras medidas de las fuerzass ocupantes consistía en confiscar las armas bajo amenaza de pena de muerte para los contumaces, así como de los carros y bestias de carga. Es decir, señala Riu, "los útiles de trabajo de un carretero como Boquica, que no tuvo más remedio que alistarse en el cuerpo de miqueletes creado en 1810 como fuerza auxiliar de las tropas napoleónicas". Media docena de vecinos de Besalú siguieron los pasos de Boquica, pero, "¿qué otra opción les quedaba, en un momento en que la posición francesa parecía inexpugnable? ¿Se le podía exigir a un padre de familia el gesto heroico de echarse al monte para unirse a la guerrilla?" Con el mismo sentido común interpreta Riu las depredaciones que se le imputan: "Cuando se dice que Boquica saqueó, ocupó o arrasó tal pueblo, no debemos olvidar nunca que los miqueletes eran una fuerza auxiliar, subordinada al mando francés. No iban por libre, sino que estaban bajo rigurosa disciplina militar. Si diéramos credibilidad a los relatos que nos han llegado, parecería que era Boquica y sus cuatro miqueletes los que entraban a sangre y fuego por todas partes".

Lo cierto es que el final de la guerra, y por si acaso, Pujol se exilia en Perpiñán, con su mujer e hijos. Por poco tiempo: el 1 de agosto de 1815 las nuevas autoridades francesas, que no reconocen a sus antiguos aliados -"Roma no paga a traidores"- lo entregan a las tropas del barón de Eroles, y el mismo 23 de agosto es ejecutado en la horca. Lástima que no se haya conservado el proceso. Ni la esposa ni sus hijos regresaron a Besalú, donde en cambio sí que continuaron viviendo sus padres. A mediados de siglo, un hermano de Boquica todavía ejercía de sastre, y en el padrón de 1871 una rama de la familia seguía residiendo en la casa familiar de la calle Vilarrobau: "¿Alguien cree que habrían dejado tan tranquilos a los parientes de un tipo al que se le atribuyen la lista de crímenes que supuestamente perpetró Boquica?" Riu concluye que tras la Guerra de la Independencia había que buscar chivos expiatorios, colaboracionistas que expiaran culpas colectivas -algo parecido a lo que ocurrió en la misma Francia tras la Liberación. Y Boquica no era ni un burgués, ni un notario, ni un aristócrata ni un ilustrísimo pintor negro, como otros miles de afrancesados que se reintegraron a la vida civil tras la contienda: "No digo que no fuera un aventurero o un oportunista, quién sabe, ni que su hoja de servicios esté limpia de episodios dudosos. Pero la serie de tropelías que se le atribuye hay que demostrarlas, no se las podemos adjudicar alegremente por inercia, sin otro aval que la imaginación de un oscuro novelista decimonónico y los prejuicios de una historiografía romántica más preocupada por la construcción nacional que de la realidad histórica".

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De "boc" a "boquica": dos bocazas y un solo nombre
Sobre el alias de Josep Pujol tampoco hay acuerdo. Como afirma Josep Maria Parés, lo único indiscutible es que lo heredó de su padre, Pau Pujol, que ya firmaba Boquica en el recibo de un censal constituido en 1758 a favor de la congregación de la Mare de Déu dels Dolors, enormemente popular en Besalú y en la que el mismo Josep Pujol profesó el 9 de abril de 1802. El historiador Francesc Xavier Morales intenta explicar el origen del sobrenombre como una deformación de "boca", "boques" o "boquí", como un sinónimo de "bocamoll", "bocazas" o "lenguaraz", aunque también sugiere la posibilidad de que provenga de "boc", en el sentido de "hombre grosero, vicioso o cornudo". En cualquier caso, continúa Morales, no hay que confundir a los dos Boquicas que constan en la historia del bandolerismo catalán del XIX: nuestro Josep Pujol es cronológicamente el primero y el que ha tenido más fortuna digamos mediática, pero hubo otro Boquica, un tal Josep Puig, veterano de la primera carlistada y lugarteniente del brigadier de la partida de Joan Cavalleria en la Guerra des Matiners, en 1846, y activo sobre todo en la vecina comarca del Ripollès.

La novela romántica, a la construcción del "más bárbaro catalán"
El origen del mito de Boquica hay que buscarlo en Joseph Pujol, chef de miquelets, novela tirando a fabulosa publicada en París en 1840 por el rosellonés Jacques Arago, que pretendía haber conocido a nuestro bandido durante si breve exilio en Perpiñán. Rápidamente se tradujo al castellano, en versión íntegra -José Pujol (a) Boquica, gefe de bandidos, y Españoles contra España, o sea, el Caudillo de los incendiarios- o abreviada, como el capítulo que le dedica Angelon en Crímenes célebres españoles. En cualquier caso, una pura fábula que en algunos aspectos autores posteriores no dudarán en tomar por rigurosos hechos históricos. El incendio de Besalú en venganza por la muerte de su hijo, el saqueo del convento de los Trinitarios de Barcelona, la aparición en escena de una gitana que se hace pasar por hombre para enrolarse en la banda y seducir al Boquica o la presencia de un hermano suyo en la partida son algunos de los episodios estrictamente novelescos que han alimentado el mito Boquica. Como también las canciones y coplillas sobre el personaje que proliferaron en el siglo XIX, desde Boquica, lo gran lladre, hasta la Verdadera relación del más bárbaro catalán.

Cataluña, país de bandoleros (y a mucha honra)
Buena parte del éxito de Boquica en la literatura decimonónica se explica porque Pujol ejerce como aparente nexo de unión entre el bandolerismo del Barroco, con Serrallonga y Rocaguinarda como nombres de referencia, y los trabucaires del segundo tercio del XIX. Para Xavier Torres, catedrático de Historia moderna de la Universidad de Gerona, se trata sin embargo de dos fenómenos absolutamente diferentes, uno nacido en el marco de las relaciones señoriales todavía existentes en el siglo XVII, y el otro, fruto de la desmovilización de las tropas después de las carlistadas. Boquica se encuentra justo en medio. Lo curioso del caso es que con el se produjo el proceso inverso que con Serrallonga o Rocaguinarda: la reelaboración novelesca y también la historiográfica lo convirtió en el reverso negativo del bandolero barroco, sin ninguna de las virtudes que adornan en el imaginario popular a los dos bandoleros nacionales catalanes. Boquica no fue ni mucho menos el único parrot o caragirat al servicio de los franceses: colegas suyos sin tanta fortuna mediática son Josep Garriga, activo en el Ampurdán; Manel Matamala, en Riudoms, y Damià Bosch, en Vilafant, según las cuentas de Morales. Por cierto: Morales y Riu no son los únicos que se han fijado últimamente en nuestro Josep Pujol: Martí Gironell, autor de El puente de los judíos y paisano de Boquica, convertirá a su conciudadano en protagonista de su próxima novela, La venganza del bandolero.

[Este artículo se publicó el 5 de octubre de 2007 en el semanario Presència]




viernes, 4 de abril de 2014

Puerto de Envalira, invierno del 36

Fermí Rubiralta reconstruye en Vida i mort d'un separatista la trayectoria de Miquel Badia, político independentista y excomisario de Orden Público de la Generalitat asesinado en Barcelona hace 75 años.

Ayer se cumplieron 75 años. Miquel Badia (Torregrossa, Lérida, 1906-Barcelona, 1936), antiguo comisario general de Orden Público de la Generalitat, cabeza visible de los comandos paramilitares de Estat Català, veterano de los Fets d'Octubre e independentista de largo recorrido que acababa de regresar a Cataluña después de dos años de exilio, era abatido a tiros en la calle Muntaner de Barcelona -número 38, esquina Diputación: una placa recuerda hoy el episodio- por cuatro pistoleros de la CNT, la principal central anarquista del momento. Faltaban tres meses escasos para que estallara la Guerra Civil, y el sector más radical del separatismo catalán perdía a un hombre de acción que como número 2 de Josep Dencàs en la consejería de Interior de la Generaliat había impuesto el orden -a tortazos, cuando convenía- en la turbulenta Barcelona de 1933 y 1934.

10 de febrero de 1936: Miquel Badia, a la izquierda, departe con Secundino Tomàs, jefe de la policía andorrana, en la actual plaza Benlloch de la capital; atención al campanario de San Esteban, al fondo, antes de la remodelación a la que lo sometió Puig i Cadafalch en 1940: salió de ella con un piso más. Fotografía: Archivo Arnau González i Vilalta.

Badia, hoy figura casi legendaria para cierta izquierda irredenta y que nuestro Jaume Ros -él también militante de Estat Català de primera hora- había retratado cuando nadie se acordaba del personaje en Un defensor oblidat de Catalunya, dispone ya de su primera biografía académica. se titula Vida i mort d'un separatista (Duxelm) y la firma el historiador Fermí Rubiralta. Biografía que tiene, por cierto, una curiosa, poco conocida y finalmente decisiva deriva andorrana: porque Badia, exiliado desde los Fets d'Octubre -de 1934: ya saben, cuando Companys salió al balcón de la Generalitat para proclamar por su cuenta y riesgo y saltándose la legalidad republicana el Estat Català- y que había sido todopoderoso comisario general de la Generalitat, apareció el 19 de enero de 1936 en el refugio del puerto de Envalira.

Hasta el 13 de febrero de aquel mismo año, cuando se le pierde definitivamente la pista andorrana, fue una de las vedettes de la vida social, política y también policial del momento: el batlle episcopal primero -Antoni Tomàs, en la época- y el secretario del veguer francés, después -Paul Larrieu, que últimamente nos aparece en todas partes- sometieron a aquel incómodo huésped a sendos interrogatorios que el historiador Arnau González i Vilalta -a quien Rubiralta sigue en este punto- rescató de las profundidades abisales del archivo de la veguería francesa en Nantes. Sostiene Rubiralta que la aventura andorrana de Badia constituye la última etapa del exilio que había estrenado dos años atrás y que lo había llevado a Francia, Colombia, México, Alemania y Bélgica. Se trataba de estar lo más cerca posible de Cataluña para cuando se consumara el esperado triunfo de las izquierdas en las municipales de febrero de 1936. Unas elecciones que, esperaba, le abrirían las puertas del regreso: él era el hombre destinado a reorganizar a las juventudes de Estat Català descabezadas tras los Fets d'Octubre. Pero no tuvo tiempo: los pistoleros de la CNT, con un tal Justo Bueno como jefecillo del comando, lo liquidaron en el atentado del 28 de abril que les costó la vida a él y a su hermano Josep.

Un conspirador de altura
El invierno andorrano del 36 fue, por lo tanto, el último de su breve y agitada existencia. El 19 de enero había entrado clandestinamente en el país bajo el nombre falso de Miquel Comes -según Vilalta, que recoge el episodio en Miquel Badia: documents sobre el seu pas per Andorra- y después de recorrer esquiando los 20 kilómeros que separan Pimoren de Envalira. Los excursionistas que se encontraban aquel día en el refugio -que por otra parte se convirtió en su hogar durante las siguientes cuatro semanas, con ocasionales escapadas a la capital y Escaldes, donde se hospedaba en el hotel Palacín: ¡el mismo donde el invierno siguiente pernoctaría Escrivá de Balaguer!- reportan la llegada de un individuo "vestido de esport, con el pecho al aire y con semblante patibulario, que vestía armilla especialmente corta y muy falto de elementos económicos..." Él ni se inmuta: dedica las siguientes jornadas a entrevistarse con sus conmilitones de Estat Català -Miquel Xicota y Manuel Masaramon- con la consecuencia que el 6 de febrero las autoridades locales empiezan a inquietarse ante la frenética actividad más o menos conspirativa que despliega Badia. Con la excusa de unas supuestas injurias que podría haber proferido contra los veguers con motivo de la lejana expulsión de Enric Canturri, alcalde de la Seo que tras los Fets d'Octubre se había refugiado en Andorra, el batlle Tomás lo cita a declarar. Y Badia, claro, lo niega todo: "En el ánimo del declarante sólo hay un poso de agradecimiento hacia las autoridades y hacia el pueblo andorrano donde ha encontrado acogida", manifiesta con algo de peloteo.

El veguer francés también mete baza y envía al secretario Larrieu para que lo interrogue en el mismo refugio de Envalira. Donde, por cierto, tiene que esperarlo cinco horas hasta su regreso de una jornada de esquí con un periodista de La Dépéche du Midi. Lo más sospechoso que le sonsaca Larrieu es alguna baladronada y una luctuosa premonición -"Se ha jactado de algunos golpes de fuerza en que tuvo que esgrimir el revólver con cierto virtuosismo, y teme ser víctima de una muerte violenta, que por otra parte espera lejana...- y le asegura que se opondrá a una eventual extradición a España. El veguer concluye que llegado el caso habría que expulsarlo a la fuerza. Una eventualidad que afortunadamente para todos no llegó a producirse porque Badia desapareció el 13 de febrero exactamente igual a como había llegado: por sorpresa y sin encomendarse ni a Dios ni al diablo.

Tampoco a las autoridades andorranas, que se quitaron un peso de encima mientras Badia se encaminaba con paso firme a su cita con la muerte. El atentado del 28 de abril levantó mucha polvareda. Todavía hoy la sigue levantando. La versión oficial sostiene que los autores materiales del asesinato fueron cuatro anarquistas de la CNT -Manuel Costas, Ignacio de la Fuente, José Villagrasa y Bueno, el cabecilla- como venganza porque Badia, al frente de las juventudes de Estat Català les había reventado en 1934 una huelga de tranvías. A eso se le llama tener memoria. Esta es también la tesis de Rubiralta, que niega verosimilitud a hipótesis más rocambolescas: la extrema derecha, las mafias del juego y hasta Companys (?), por un oscuro asunto de faldas a cuenta de Carme Ballester, entonces esposa del presidente de la Generalitat.

Lo cierto, concluye el historiador, es que la enemistad con Companys era manifiesta desde los Fets d'Octubre, cuando los separatistas de Estat Català se sintieron engañados por el presidente. Le reprochaban haber hecho, según ellos, todo lo posible para que el golpe fracasara. Según esta tesis, Companys sólo buscaba un golpe de efecto de cara a la galería; Estat Català, la efectiva separación de España: "A Badia lo asesinan el 28 de abril de 1936", concluye Rubiralta. "Pero políticamente ya estaba muerto desde el 6 de octubre de 1934. Es entonces cuando fracasa su estrategia y la de Dencàs, el ideólogo de Estat Català, de profundizar en la nacionalización [glups] de Cataluña aprovechando la hegemonía política de ERC y, si se presentaba la ocasión, lanzarse por el atajo hacia la independencia. Este atajo tenían que ser los Fets d'Octubre: cuando fracasa el golpe, fracasa Badia". Con algún matiz, todo este asunto suena inquietantemente familiar.

[Este artículo se publicó el 29 de abril de 2011 en El Periòdic d'Andorra]