Incursiones relámpago, estilo Sturmtruppen, en episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y las dos postguerras, con ocasionales singladuras a alta mar, a ultramar y si conviene incluso más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

miércoles, 14 de mayo de 2014

Andorra, 18 de octubre de 1943: una crónica

El abogado catalán José María Malagelada relató la lectura de la última sentencia de muerte dictada en Andorra -y la subsiguiente ejecución del reo, Pere Areny Aleix- en el opúsculo Notas al margen de una ejecución capital.

De acuerdo: antes que nosotros ya había buceado en este fascinante opúsculo Jorge Cebrián en Pena capital -documental imprescindible paera una comprensión cabal del caso, hoy incomprensiblemente fuera de circulación- y gracias a Lídia Armengol, pionera en tanos ámbitos y que ya en 1977 publicó un extracto del libro en el número 2 de Quaderns d'Estudis Andorrans. Pero es que nosotros hemos tenido la fortuna de ir directamente al original, cortesía del bibliógrafo Casimir Arajol. Hablamos, claro, de Notas al margen de una ejecución capital, una obrita de apenas 15 páginas firmado en Andorra la Vieja en octubre de 1943 por Jose María Malagelada, abogado catalán y testimonio presencial de los hechos, que constituye lo más próximo a una crónica periodística de la infausta jornada del 18 de octubre de aquel año: ya saben, la lectura pública de la sentencia que condenaba a Pere Areny Aleix, autor confeso de la muerte de su hermano Anton Aleix Baró ,a ser pasado por las armas, y la inmediata ejecución del reo en el paraje de la Roureda de Moles, al lado del cementerio viejo de Andorra la Vella.






Los cuatro folios de la sentencia que condena a la pena capital a Pere Areny Aleix, dictada el 15 de octubre  que considera al reo "autor del delito de asesinato de su hermano, con los agravantes de alevosía, premeditación, nocturnidad, uso de medios desproporcionados y otros no especificados"; la pena capital acostumbraba a ejecutarla en Andorra un verdugo venido expresamente de España o de Francia; en esta ocasión, y en atención al contexto bélico, los jueces establecen que sea pasado por las armas y que de la ejecución se encarguen los seis agentes de policía entonces en servicio en Andorra; uno de ellos renunció a su puesto por motivos de conciencia. Fotografía: Archivo Nacional de Andorra. 

Y sacamos aquí a colación las Notas de Malagelada por el valor documental del relato, porque aporta una perspectiva estrictamente coetánea del shock que el asesinato de Anton produjo en la estrecha sociedad andorrana de la época:  un país con apenas 6.000 almas, con una economía de pura subsistencia y en el que la modernidad estaba a punto de irrumpir con fórceps. También porque completa la visión del caso que semanas atrás ofrecía aquí mismo Jordi Mas Bentanachs. Seguro que lo recuerdan: el pariente del fratrricida -y también de la víctima: eran hermanastros- denunciaba por primera vez en público las grietas del juicio que llevó al paredón a Pere Areny., que no fue examinado por los médicos a pesar de que el Tribunal de Corts -la instancia penal en el sistema judicial andorrano- le reconoció "una mentalidad bastante simple", así como las -según Mas Bentanachs- inexactitudes que se han ido repitiendo pertinazmente cada vez que el caso sale a debate: señaladamente, el móvil del crimen -el supuesto interés de Pere por hacerse con la herencia del hermano mayor (y heredero) y la muerte el año anterior al crimen de otra hermana, Antònia ,que la memoria popular pone también -y erróneamnte, sostiene Mas- en el zurrón de Pere.

Pero hoy es el turno de Malagelada, que insiste para empezar en que el móvil fue "el temor de la víctima, con ocasión del matrimonio que [Anton] tenía proyectado, de que se le alejara la posibilidad de heredarlo". La hipótesis oficial, que también se da como plausible en Pena capital, donde se cita incluso el nombre de la supuesta novia, vecina de Soldeu, con quien Anton se había prometido. Un extremo que Mas niega rotundamente. El abogado catalán alude también al rumor que atribuía a Pere la muerte de su hermana Antònia, "ahogándola en la misma cama donde yacía enferma desde tiempo atrás, afectada de una gravísima enfermedad, y haciendo creer que había muerto por causas naturales hasta que lo descubrió en el momento de confesar". Apela Mas en este punto a la presunción de inocencia y al hecho incontrovertible de que la sentencia -cuyo original se conserva en el Archivo Nacional de Andorra, y que reproducimos aquí arriba- no dice ni mu al respecto. Malagelada pierde en este asunto buena parte de su credibilidad -y demuestra que se ha dejado llevar por la rumorología popular- al sostener que Antònia había muerto "unos años antes": en realidad, falleció en 1942, el año anterior a los hechos. Tampoco se refieren a esta supuesta confesión las diligencias del batlle francés y de la policía cuyas copias conserva Mas y a las que hemos tenido acceso. Quizás existan otras diligencias en las que se menciona tanto el móvil como esta supuesta confesión, pero hasta que no aparezca el documento -si es que existe- parce que deberíamos atenernos, como solicita legítimamente Mas, a las pruebas de que disponemos, aunque sean menos truculentas que los rumores.

Describe Malagelada las últimas horas del reo, a quien el arcipreste de Andorra, mosén Lluís Pujol, comunica la sentencia el mismo 18 de octubre, poco antes de ser conducido en comitiva desde la celda situada en los bajos de Casa de la Vall hasta la plaza Benlloch, donde tendrá lugar la lectura pública: "Se hizo el silencio Se anuncia que la sentencia será leída y lo hace el notario francés, señor Moles (...) El reo escucha que será pasado por las armas sin que se le contraiga un solo músculo de la cara (...) Su expresión es de una serenidad que asusta (...) En cumplimiento de una antigua tradición indígena, el Tribunal espera si alguna autoridad o particular solicita clemencia para el reo, caso en el cual le sería conmutada la pena de muerte por la de reclusión perpetua. Sólo son dos minutos, pero parece que hayan tardado un siglo en transcurrir. Nadie ha dicho ni una palabra. El pueblo de Andorra, con su silencio, también ha dictado sentencia".

¿Ejecución o espectáculo?
El relato completa también la película rodada por Bonaventura Rebés desde el balcón de su casa, al final de la cual se intuyen dos procesiones que emergen de la iglesia parroquial: son, dice Malagelada, las congregaciones de la Buena Muerte y de los Dolores, mientras las campanas del templo tocan a difuntos: "Es un entierro que sale a buscar a su muerto", concluye tétricamente el autor ,que acompaña al reo y al "piueblo de Andorra" hasta la Roureda de Moles, donde se ha levantado el patíbulo en que Pere Areny será ejecutado: "El batlle le ofrece escoger entre morir de frente o de espaldas al pelotón. El reo, que csigue esposado por delante, opta por la primera (...) El jefe de policía levanta el brazo, los fusiles apuntant y, sin decir ni una palabra, lo baja con un movimiento repentino al tiempo que suena una descarga cerrada (...) Dos médicos [Esteve Nequi y Antoni Vilanova, ambos con calle hoy a su nombre en Andorra la Vella] comprueban la defunción del reo, cosa que hace innecesaria el tiro de gracia.

Malagelada termina el relato con el perdón que Pere Areny, a través de mosén Lluís Pujol, pidió de forma póstuma a lpueblo de Canillo, "reconociendo la justicia de la sentencia", y no puede evitar una última y no muy amable consideración sobre lo que acaba de ver: el "rito" con que se reviste la ejecución, dice, parece haberla transformado en un puro "espectáculo". Lo cierto es que todo el proceso tuvo lugar siguiendo punto por punto las instrucciones del Manual Digest, cuyo capítulo III describe detalladamente el "ceremonial, modo i forma se trauen los reos a deposar", el "ceremonial en lectura de sentencias criminals majors" y la "ejecución de sentenas criminals majors". Es decir, el caso Areny. Todo está en el Manual Digest, una especie de compilación de los usos, costumbres locales escrito en 1748 por Fiter i Rossell: desde cómo hay que trasladar al reo desde Casa de la Vall hasta la plaza mayor -hoy, Benlloch- rodeado de una fuerza especialmente nutrida para evitar que al pasar por delante de la parroquial de Sant Esteve se pueda acoger a sagrado, hasta el reglamentario toque de difuntos y la salida en procesión de las congregaciones del Rosario, del Santísimo y de las Ánimas.

Todo, así que en 1943 no inventaron nada. Tan solo innovaron -como es bien sabido- en el procedimiento de ejecución: el obispo Caixal proscribió en 1854 la horca hasta entonces vigente por aquí arriba -recuerden el caso de las burjas locales- y la sustituyó por el más humanitario garrote vil. Bueno, esta era la teoría. Pero el contexto bélico y la imposibilidad de ir a buscar verdugo a Espoaña o a Francia obliga al Tribunal de Corts a improvisar la solució de pasar a Pere Areny por las armas. Hay que decir que, según el documental Pena capital -existe una copia disponible para consiulta pública en el Archivo Nacional- el garrote que hoy se econserva en los depósitos del servicio de Patrimonio del ministerio, en Aixovall, sólo su utilizó en una ocasión: en 1860, para ejectutar a Joan Mandicó, vecino como Pere de Canillo y -ya es casualidad- tío abuelo del mismo Pere y, claro, también de Anton. A diferencia de su sobrino nieto, Mandicó fus agarrotado en la intimidad de Casa de la Vall y se ahorró la exhibición pública de su suplicio. 

[Este artículo se publicó el 13 de noviembre de 2013 en El Periòdic d'Andorra]

martes, 13 de mayo de 2014

El país de los diluvios

El historiador Joan-Lluís Ayala documenta 230 catástrofes naturales registradas en Andorra entre 1586 y 1975; sostiene que estos episodios se repiten de forma cíclica en los mismos escenarios, y que hay que "escuchar" a la naturaleza.

El acta de defunción lo resume con dramático lacononismo: "Estos murieron de muerte repentina por un saliente de nieve allá en la parte alta del puerto, más las yeguas, y 30 cabezas de ganado, 23 mulas y otras bestias..." Estos -es decir, los fallecidos- son Mateu Faure y Miquel Font, vecinos de Soldeu; Gabriel Agustí, de la Massana; Miquel Gaià, de un lugar llamado la Espluga Calba, u Joan Reitgs, de Siguer. La muerte repentina les sobrevino a causa de un alud que tuvo lugar en abril de 1718 en la zona conocidda como la Portelleta, ala entrada del pueblo de Soldeu. Faure, sus cuatro compañeros, las yeguas y los otros bichos son las víctimas de la catástrofe natural más mortífera que el historiador Joan-Lluís Ayala ha documentado en los libros de actas de los comuns y del Consell General entre 1586 y 1975. Quedan fuera, por lo tanto, las trágicas inundaciones del 7 y el 8 de noviembre de 1982, con dejaron una docena de muertos y dos desaparecidos. Dos años, en fin, de trabajo de horniguita, a cuenta de la beca de investigación histórica Cebrià Barauat -que dota el Archivo Nacional de Andorra- y que bajo el título Deteccio i recuperació de riscos naturals a través de les fonts documentals presentó ayer en sociedad. Aquí sigue un avance; el tocho entero -fascinante enseguida lo verán- a partir de noviembre en el Archivo.


La riada de l27 de octubre de 1937 dejó estas escenas de desolación al paso del Valira por la localidad de Encamp; en la imagen superior se distingue el quepis de dos de los gendarmes de la fuerza mandada por el coronel Baulard desplegada en Andorra durante la Guerra Civil. Fotografías: Fondo Buillas / Archivo Nacional de Andorra.

Un auténtico caramelo sobre una materia prácticamente virgen por esta parte del mundo, y que sigue el rastro de un puñado de catátrofes. O de unos cuantos puñados: exactamente, 230, incluidos aludes, grandes nevadas, lluvias torrenciales y las consigiuentes inundaciones, ventoleras -con y sin torb- y sobre todo, diluvios. Ni rastro, en cambio, de terremotos y otros sismos .Ni tan siquiera de la serie que entre 1427 y 1430 devastó las comarcas catalanas de la Garrotxa y el Ripollès, se sintió en la Cerdaña y tocó la parte baja del Valira, con especial incidencia en el monasterio de Sant Serni de Tavèrnoles. Cosa que no significa, advierte Ayala, que no afectaron a Andorra sino que no han aparecido referencias en las fuentes consultadas. Así que no desistamos de encontrar su huella. Pero habáimos empezado con el alud de 1718, el más lucutoso pero no el más habitual de los episodios documentados: si hay uno que se repite con molesta impertinencia a lo largo de los siglos son las inundaciones. De hecho, la más antigua que ha podido localizar data del 27 de octubre de 1586 y corresponde a una acta del consejo de la capital que ordena reparar "el camino de la cruz de Andorra hasta donde estaba el puente antes de la avenida".

La gran crecida de 1772
En adelante noticias como ésta se repiten con insistencia en la documentación comunal. Con carambolas históricas que invitan a la reflexión: por ejemplo, la riada de agosto de 1750 que se llevó por delante el puente de Fontaneda, en Sant Julià de Lòria, un hecho que podría datar vde ayer mismo: el Tribunal Superior acaba de condenar al Gobierno y al comú de Sant Julià a indeminzar a tres particulares por los daños que causó la crecida del torrente del Solà el 1 de agosto de 2008. Y a la altura del mismo puente de Fontaneda: "He aquí dos episodios muy similares, con lluvias intensas y muy localizadas en el mismo lugar y en la misma época del año, y con consecuencias igualmente catastróficas; esto quiere decir que la naturaleza habla, nos avisa, y que hay que saber escucharla", dice el historiador. De paso, parece avalar los argumentos de los recurrentes de 2008, que sostienen que la avenida no era en absoluto excepcional y que por lo tanto los daños se hubieran podido prever y evitar.

La de 1750 no dejó, que se sepa al menos, víctimas mortales. Parece que tampoco la de septiembre de 1772, probablemente -especula Ayala.- el peor diluvio de la historia de Andorra. Dejó huella en las actas de casi todos los comuns: hasta en las del Consell General, que en una resolución del 15 de febrero del año siguiente da testimonio de la cara de estupefacción que el acontecimiento dejó en los muy ilustres consellers: "En vista de los gravísimos estragos ocasionados en las Parroquias de los presentes Valles por la avenida de las auguas en el mes de septiembre pasado, mudando los cursos ordinarios, arrasando propiedades particulares y causando graves daños a los comuns..." Se interrogan sobre cómo han de proceder ante la catástrofe: "Cómo y de qué manera hay que devolver las aguas a su cauce acostumbrados, o si es mejor dejarlos en los cauces por los que hoy discurren, y cómo hay que resarcir los daños ocasionados..." Una carta del señor Obispo al comú de "las Caldas" fechada en 1785 aun recomienda reconstruir "el puente de piedra y tres casas" que se llevó la riada de 1772: ¿sería el puente de la Tosca?

La historia, esa maestra
El dantesco panorama que dejaron las crecidas de 1772 evocan las de 1937 y 1982; ésta última -ya se ha dicho- excede los límites temporales de la investigación de Ayala; de la primera, en cambio, recuerda la picaresca con que algunos vecinos intentaron sacar provecho de la coyuntura solicitando ayudas para reconstruir puentes y vados de propiedad que supuestamente habían resultado afectadas por las avenidas. Pero sorprendre la ausencia de víctimas en el de 1772: especula el historiador que en un país semidespoblado, con apenas 4.500 almas los daños personales podían ser en casos como éste escasos. Por otrra parte, falta confrontar los datos relativos a las crecidas con los libros de óbitos parroquiales: un trabajo ingente y que està por hacer, pero que quizás revelaría el impacto exacto de estas catástrofes en la población.

Pero no sólo de riadas vive el historiador. También se interesa por las repercusiones digamos que sociológicas que tienen estos episofios>: el 14 de mayo de 1874, el consell del comú de Ordino se reúne, atención, para "hacer pregarias ante el mal tiempo". No tiene que sorprender, esta apelación a instancias superiorres, si se tiene en cuante que dos años antes, en octubre de 1872, el mismo comú pasaba lista a los daños ocasionados por unas lluvias persistentes que caían "desde hace 18 o 19 días". Uno arriba o uno abajo, después de dos semanas ya no tiene mucha importancia.

Hay también años de nevadas. Lo debió ser el invierno de 1891 porque el viajero catalán Josep Aladern -el autor de las suculentas Cartas andorranas- escribe el 18 de octubre de 1892 y también desde Ordino: "Estoy muy a gusto en este pueblo, a cuya espalda se levanta como un gigante el pico de Casamaña, en cuya cima no se ha fundido la nieve en todo el verano". ¡Nieves eternas en el Casamaña! Hay ventoleras descomunales, como una que sopló en la primavera de 1935 por la zona de Aixovall: Lluís Duró se adjudicó en pública subasta y por 250 pesetas los 126 arbolitos abatidos por el viento, que respetó por otra parte el puente mdieval -solo para que se lo pudieran llevar las aguas en 1982. Y hay también incendios, como el del bosque de la Plana, en la solana de Escaldes, en agosto de 1789, y como los que proliferan sospechosamente desde finales del siglo XIX, coincidiendo con el auge del negocio de las serradoras. Ayala documenta incluso la caída de un pedrusco, en amyo de 1938, en la carretera que une Andorra la Vella con Sant Julià de Lòria. Dejó una víctima: Bonaventura Riera.

Una investigación exhaustiva que le permite concluir que hay zonas especialmente propensas a los desastres naturales: por ejemplo, Santa Coloma, donde consta que el agua se llevó la palanca en 1898 y de nuevo en 1908. Lo cual nos indica que estos episodios antes después volverán a repetirse. No sabemos cuándo, pero se repetirán. Veremos entonces, dice Ayala, si son eficaces las obras de canalización y de prevención, o si -más sencillo y seguro todavía- lo sensato hubiera sido no construir en estas zonas marcadas en negro. Porque concluye, "haríamos muy bien en tener en cuenta lo que nos dice la historia: quizás nos evitaríamos alguna sorpresa desagradable".

[Este artículo se publicó el 8 de junio de 2011 en El Periòdic d'Andorra]

lunes, 12 de mayo de 2014

Padre Tragan: "Si Bonaventura Ubach viera hoy Irak, se le caería el alma a los pies"

¡Bonaventura Ubach! Sí, hombre, el monje benedictino, biblista y viajero catalán (Barcelona, 1879-Montserrat, 1960) que en las primeras décadas del siglo XX recorrió Tierra Santa y más allá -Palestina, Siria, el Líbano e Irak- y volvió convertido en el primer orientalista con credenciales científicas del país. El novelista Martí Gironell lo convirtió en héroe de ficción en El arqueólogo, y la monumental colección de gadgets arqueológicos que reunió se conserva hoy en el monasterio de Montserrat, donde ingresó en 1894. Años atrás el Museo del Tabaco de Sant Julià de Lòria (Andorra) expuso una parte de esta colección (Viaje al Oriente bíblico), y el Centre d'Art d'Escaldes hace ahora lo propio con un puñado de recipientes, ungüentarios y vasos de vidrio y cerámica de origen árabe que forman parte de la exposición El Antiguo Egipto y tejidos coptos de Montserrat. Comisariada, y no es casualidad, por el padre Pius Tragan. Atención: el último discípulo vivo de Bonaventura Ubach. Por eso hablamos con él.

El padre Tragan posa en el Centre d'Art d'Escaldes ante algunos de los recipientes reunidos por el padre Ubach -el arqueólogo- que forman parte de la exposición El Antiguo Egipto y tejidos coptos de Montserrat. Fotografía: Tony Lara / El Periòdic d'Andorra.

-¿Se hubiera reconocido, el padre Ubach, en El arqueólogo de Gironell?
-La novela es muy fiel a su trayectoria, y aprovecha con acierto el hecho evidente de que el padre Ubach llevó una vida muy novelesca. Lo que ocurre es que el autor le ha añadido algún condimento que no acaba de encajar con la realidad.

-Ahora nos lo tendrá que contar.
-El sacerdote que lo acompañó al Sinaí, el monje belga Joseph Vandervorst, se queda obnubilado en la novela contemplando la danza de una bailarina beduina. Tanto, que lo deja todo y no vuelve. El padre Vandervorst existió, pero no tuvo una crisis de fe por culpa de ninguna bailarina. Ni beduina ni nada.

-Una licencia poética puede perdonarse...
-Por supuesto: una novela debe tener algo de sal y algo de pimienta, así que se comprende perfectamente.

-¿La hubiera leído, el padre Ubach?
-Hmmm... Estaría contento por lo menos por una cosa: porque lo que él escribió es muy académico, muy serio, incluso espeso. De muy difícil acceso para el lector no especializado. El arqueólogo ha dado a conocer su figura en todas partes. Si no se le conoce por su ciencia, por lo menos que se le conozca por su vida. Aunque sea novelada.

-Casa poco con la modestia que se le supone a un monje...
-Su obsesión era divulgar el conocimiento de la Biblia. Y hablando de él y de su vida, aunque sea a través de El arqueólogo, estamos hablando de la Biblia, de los escenarios donde transcurren los Evangelios. Pero aplicarle los criterios de hoy al padre Ubach es muy difícil. Es un hombre de otra época. Casi de otro mundo.

-¿Cómo le sentaría, esto de verse convertido en una especia de Indiana Jones a la catalana?
-Esto sí que no, porque a Indiana Jones le falta la dimensión religiosa, que para el padre Ubach lo era todo.

-Me imagino que el material que fue coleccionando está debidamente justificado. Vaya, que no se dedicó a practicar este expolio encubierto y con coartada cultural a que éramos tan aficionados los occidentales hasta hace cuatro días.
-Normalmente lo compraba. Pero también fue un hombre a quien la fortuna sonreía con cierta frecuencia. Una de las piezas más destacads que trajo de sus periplos por Oriente fue un talento babilonio...

-¡¿Un talento?! Ejem: ¿una moneda?
-Una medida de peso: un talento de oro equivalía a 32 kilos de oro. Pues este talento en concreto lo localizó en una morada muy humilde: la puerta del edificio giraba sobre un agujero en el que había una piedra encajada. El padre Ubach se percató de que la piedra aquella no era del mismo color que la tierra de los alrededores. En fin, que le pidió a la señora de la casa que le dejara observar la piedra en cuestión más de cerca. Y la buena mujer, y mejor negociante, contestó: "Si me paga usted la puerta, adelante". Y así lo hizo.

-¿Era un talento de oro?
-De asfalto. Y se lo llevó debajo del brazo, tan satisfecho porque por dos libras esterlinas que para aquella mujer eran una pequeña fortuna, él había podido salvar un talento.

-¿Qué ocurrió con la puerta?
-La dejó, por supuesto.

-Supongo que tenía algún mecenas detrás. ¿Cuál?
-El padre Antoni Marcet, en la época abad de Montserrat. Hay que decir que el padre Ubach y el abad habían sido compañeros en el noviciado...

-Así, cualquiera.
-La cuestión es que se entendieron a la perfección y que el abad hizo lo que estuvo en su mano para ayudarlo en sus viajes. Hay que tener en cuenta que eran los años en que se estaba reconstruyendo el monasterio, destruido durante la Guerra de la Independencia.

-Asi que tenía una buena billetera.
-No exactamente. Cuando por el camino se topaba con una excavación arqueológica, sabía ganarse a los arqueólogos de turno y con frecuencia le caía alguna pieza interesante. Uno de estos amigos que fue haciendo a lo largo del camino le obsequió con un ladrillo del palacio del rey de Babilonia. ¡Nabucodonosor! ¿Te lo puedes imaginar? Y no le costó ni un duro.

-¿Qué pensaría, si viera en lo que se ha convertido Irak?
-Lo hubiera vivido de una forma trágica. El Bagdad que és conoció era la ciudad de la paz, donde convivían musulmanes, judíos y cristianos, tanto católicos como ortodoxos. Si pudiera ver lo que ha ocurrido, se le caería el alma a los pies.

-¿Cómo se explica que un personaje que, como se ha visto, daba tanto juego, haya estado a la sombra durante tanto tiempo? ¿Falta de márketing montserratino, quizás?
-En Montserrat queda mucho trabajo por hacer. Cuando regresé de Roma, donde ejercí durante 35 años como profesor, pensé que había llegado el momento de hacer algo por el monasterio. Me fijé en el legado del padre Ubach, por si había alguna manera de darle la importancia que merecía. La sorpresa fue que había muchas piezas que ni se conocían. Arreglamos una sección del museo para exponer la colección, contactamos con el museo egipcio de Turín y pusimos en movimiento un patrimonio que estaba en Montserrat pero al que nunca ante nadie le había prestado atención.

-Regálenos una exclusiva: por ejemplo, una joya de la colección que aun espere ser descubierta...
-La colección de monedas romanas acuñadas en Egipto, desde la época griega hasta la bizantina. Hay cerca de 300 y es única. Excepcional, precisamente por el hecho de haber sido acuñadas en Egipto.

[Esta entrevista se publicó el 27 de marzo de 2013 en El Periòdic d'Andorra]

domingo, 11 de mayo de 2014

El ajuar de la momias

El Centre d'Art d'Escaldes expone una colección de tejidos coptos fechados entre los siglos III aC y XII de nuestra era conservados en el Museo de Montserrat y restaurados con la colaboración de Crèdit Andorrà.

No se hagan ilusiones: en esta ocasión no encontrarán en el CAEE ni momias ni sarcófagos. Ni tan solo de un humilde minino, como hace cuatro temporadas a cuenta de aquella estupenda exposición que fue Egipto, el paso a la eternidad. Pero quien no se consuela es porque no quiere: El Antiguo Egipto y tejidos coptos de Montserrat expone hasta el 8 de junio [de 2013] lo que podríamos denominar el fondo de armario de los difuntos que fueron inhumados en el cementerio del barrio cairota de Fustat entre los siglos II aC y XII de nuestra era. Unos cuantos, como habrá intuido el lector. Una colección adquirida en 1951 por el canónigo barcelonés Ramon Roca-Puig, que ingresó en 1997 en el Museo de Montserrat, que rara vez ha salido del santuario catalán, y que ha sido parcialmente restaurada con el patrocinio de la Fundación Crèdit Adorrà. En el CAEE recalan tapices, túnicas, mantas, cojines y cortinajes. Bueno, más bien habría que decir que recalan los fragmentos de estas piezas que han sobrevivido hasta nosotros, y a veces hace falta un notable esfuerzo de imaginación para reconstruir mentalmente la pieza entera. Y aun así. La buena noticia es que este esfuerzo lo han hecho por nosotros los comisarios -el padre Pius Tragan, erudito de otra época con cierto aire a Julio Caro Baroja, director del Scriptorium Biblicum et Orientale de Montserrat, y la egiptóloga italiana Elvira d'Amicone- con el aparato gráfico y las réplicas de las túnicas tejidas expresamente para la ocasión que ilustran la muestra.






Tejidos funerarios decorados con motivos geométricos con los que se amortajaba a los difuntos enterrados en el cementerio cairota de Fustat; proceden de la colección reunida por el canónigo barcelonés Ramon Roca-Puig, que en 1997 ingresó en el Museo de Montserrat; los recipientes de la fotografías inferiores -vasos, frascos de perfumes y ungüentarios- proceden a su vez de la colección del padre Bonaventura Ubach, el Indiana Jones de la arqueología catalana, rescatado del (semi)olvido por el novelista Martí Gironell en El arqueólogo. Fotografias: Tony Lara / El Periòdic d'Andorra.


El caso es que los tejidos del CAEE proceden de la necrópolis de Fustat y que, como dice el padre Tragan sirvieron en su momento para amortajar los cuerpos de los difuntos y hacer algo más acogedora la morada eterna. De hecho, d'Amicone recuerda el caso de una momia que se conserva en cierto museo de Bruselas que apareció vestida de arriba abajo y con sendos cojines bordados, uno bajo la cabeza y el otro bajo los pies. Especula que los (micro)fragmentos que ahora recalan en Escaldes fueron utilizados de manera similar por los inquilinos de Fustat. Y créanme, produce cierta impresión imaginar que las telas de aquí arriba sirvieron un día de sudario un coetáno de Cleopara. O de Cesarión, por decirlo de una forma que seguro que a Terenci Moix le molaría. Y quien dice un día, dice veinte siglos. Glups.

Alta costura post mortem
Constituyen, en fin, el testimonio más fidedigno de la vida cotidiana de los egipcios de los primeros siglos de nuestra vida. Y que las palabras no nos lleven a engaño: copto significa egipcio en griego, independientemente de la religión profesada, y aquí se utiliza en este exacto sentido; no nos hagamos ahora los listillos y pensemos que se trata de una exposición sobre el vestuario de los egipcios de fe cristiana. Porque no. Por otra parte, tampoco se trata de los ropajes que vestían los egipcios de a pie: los elaborados diseños de motivos florales, zoológicos y geométricos que ilustran los trapos montserratinos no estaban al alcance del egipcio común y corriente y eran de hecho un indicativo del estatus social y económico de su afortunado poseedor. Aunque probablemente a él estas cosas ya le trajeran sin cuidados. Casi, casi alta costura, porque se elaboraban según las indicaciones del cliente -cuando estaba vivo, se entiende- cada pieza era única y, en fin, faltaban aun dos milenios para que se inventara el prêt à porter. Un indicativo de clase que acompañaba al copto en el tránsito de la otra vida: no era lo mismo que te momificaran con una humilde túnica lisa adquirida en el Zara de la época por cuatro denarios de nada que con otra que luciese profusión de cenefas y filigranas.

Otra aclaración: estamos hablando de tejidos; es decir, trama, urdidumbre y todo lo demás. Y decorados con tintes de origen animal y mineral de tan alta calidad que el cromatismo conserva su intensidad después de dos milenios. Nada de bordados: demasiado vulgar, el bordado, debían pensar. Advierte el padre Tragan sobre la sorprendente continuidad temporal de esta antiquísima y compleja técnica, introducida en Egipto en la época de los faraones, que sobrevivió al helenismo, a la romanización y al Cristianismo, y que llegó a la perfección con la islamización. También de la progresiva simplificación de los motivos decorativos, que pasan del naturalismo inicial a una especie de protoabstracción.

Si empiezan a estar algo ahítos de trapos, no desesperen: El Antiguo Egipto y tejidos coptos de Montserrat se completa con una breve pero interesantísima colección de recipientes -vasos, frascos de pefumes y ungüentarios- que permiten hacernos una idea de cómo era la toilette de la copta pija del siglo III, por ejemplo. Y lo mejor de todo: estas piezas en concreto proceden de la colección del padre Bonaventura Ubach. Sí, hombre, el Indiana Jones a la catalana que el novelista Martí Gironell rescató del (semi)olvido en la novela El arqueólogo. Un secreto: el padre Tragan es el último discípulo vivo de Ubach. Y conoce de primera mano algunas de sus intimidades. Pero no se lo cuenten a nadie, porque volveremos a hablar aquí mismo de él en los próximos días. Mientras tanto, y para ir haciendo boca, prueben con El arqueólogo. Chssst.

[Este artículo se publicó el 21 de marzo de 2013 en El Periòdic d'Andorra]

viernes, 9 de mayo de 2014

Tierra y Libertad, o el terror planificado

El historiador Jordi Albertí desmonta en El silenci de les campanes el mito libertario y acusa a la CNT y a la FAI de planificar la eliminación física del estamento religioso en Cataluña durante los primeros meses de la Guerra Civil; el historiadpor catalán reconstruye la ejecución del sacerdite andorrano mosén Jaume Calvet y la de los sacerdotes de Salás beatificados en 2005.

Este es el libro que deberían haber leído intelectuales  modélicamente progresistas como Ken Loach y Vicente Aranda antes de perpetrar películas como Tierra y Lubertad y Libertarias, corresponsables de que el movimiento libertario -para entendernos, la CNT y la FAI- goce hoy de una aureola romántica, e´pica e idealista que no se corresponde de ninguna manera con la realidad histórica. Por lo menos, a la que Jordi Albertí (Casà de la Selva, Gerona, 1950) ha reconstruido en El silenci de les campanes, donde deconstruye uno a uno los tópicos y los lugares colmunes pacientemente pergeñados a lo largo de siete décadas por una historiografía con sospechosa tendencia a la amnesia selectiva.

Comencemos por las cifras: la represión en la retaguardia durante la Guerra Civil se cobró en Cataluña 8.360 víctimas mortales, de las que 2.441 fueron eclesiásticos. Esta última cifra supone más de un tercio de los hombres (y mujeres) de iglesia asesinados en toda España, que ascendieron a 6.818. Un porcentaje desproporcionadamente elevado, sobre todo si se tiene en cuenta -como destaca Albertí- que la Iglesia catalana mostró un talante mucho más concciliador -hacia la República, se entiende- que la jerarquía española, abiertamente decantada hacia el bando franquista. Esta es una de las paradojas: "De las crónicas de las matanzas se infiere que cuanto más querido por el pueblo un capellán, o cuanto más cultivado, o cuanto más indefenso se encontraba, con más sadismo se le atacaba. Lo cual tiene una lógica, aunque sea una lógica perversa".

La FAI, culpable
Albertí insiste desde el subtítulo en denunciar lo que tilda sin ambages de "persecución religiosa" y en refutar el mito de los "incontrolados", a quienes históricamente se ha endosado la escabechina en un intento de eludir responsabilidades propias: "Los congresos de la FAI de 1933 y de 1936 ordenan claramente que, en cuanto estalle el golpe de estado contra la República que ya se veía venir, hay que rentabilizar el caos y el vacío de poder subsiguiente para implantar la revolución proletaria. Y si hace falta, mediante el terror. Nos encontramos, por lo tanto, ante una estrategia en abvsoluto improvisada sino largamente planificada que se dirigía en primer lugar contra la Iglesia, el más débil, geográficamente disperso e ideológicamente simbólico de los tres enemigos tradicionales del pueblo: los otros dos son el Ejñercito y el capital". Está perfectamente documentado, remacha el historiador, cómo los elementos más "activos" de los comités locales y de las patrullas de control que sembraron el terror en los primeros meses de la contienda pertenecían a la FAI. Incluso se atreve a poner nombre y apellidos a los cerebros de la "persecución": Joan García Oliver, Bonaventura Durruti y los hermanos Ascaso, el núcleo duro de la FAI, los guardianes de las esencias libertarias, todos ellos miembros del grupo Solidarios -posteriormente, Nosotros.

La represión en la retaguardia comenzó a remitir en diciembre de 1936. La toma de conciencia de las autoridades y la creciente oposición a las matanzas en nombre de la revolución -especialmente, por parte de los democristianos de Unió Democràtica de Catalunya (UDC), por la que Albertí siente una clara predilección- fueron sólo dos de los factores que influyeron en el giro político de la Generalitat; a ellos habría que añadir, sobre todo, la oposición de los agricultores a las colectivizaciones forzosas -recuerde el lector le hechos de la Fatarella- a la usurpación del poder judicial que perpetraron los llamados tribunales populares, la desfavorable evolución de la guerra, y la creciente influencia del PSUC en detrimento del movimiento libertario.

Albertí juzga de forma muy poco complaciente la actuación de la Geenralitat durante este período, con el presidente Companys como primer responsable de los desmanes: "Se le puede imputar, por ejemplo, la decisión de no impedir el asalto a las casernas de Sant Andreu y las Atarazanas, donde militantes de la CNT-FAI se incautaron de más de 20.000 fusiles con los que se hicieron los dueños de la calle. Esta es una responsabilidad por acción, no por omisión. También se le debe recriminar cierta complicidad ideológica: esta convicción de que todo lo que fuese atacar a la Iglesia era bueno para la sociedad, que abonó el clima de pasividad inicial. Cuando los elementos más avisados se dan cuenta de la magnitud de las matanzas, ya ha transcurrido medio año. Y en este punto hay que advertir que si la persecución no fue más mortífera fue porque en diciembre de 1936 la mayoría de los que no habían sido asesinados se habían ocultado o se habían marchado al exilio".

Y el mito continúa
Las matanzas, concluye, no fueron obra de incontrolado que actuaban de forma espontánea. Y tampoco fueron inevitables: "Hubo una docena de comités especialmente activos, como los de Orriols, Puigcerdà, Tremp y Lérida que implantaron el terror en su zona de influencia y siempre -no lo olvidemos- con la anuencia y complicidad de conmilitones locales". En este marasmo moral también hubo lugar para el heroísmo: como el alcalde de Cassà de la Selva, Josep Delmàs, que evitó que en el pueblo hubiese un solo muerto. Ejemplos como éste demuestran -contra lo que arguyó el mismo Companys- que era posible hacer frente al terror: pero hacía falta actuar con el coraje que requería el momento y que muchos no supieron o pudieron hallar.

Ante la siniestra responsabilidad que Albertí adjudica a la CNT y sobre todo a la FAI, ¿cómo se explica que haya persisitido hasta hoy esta imagen casi angelical del movimiento libertario que encontramos en panfletos como las susodichas películas de Loach y Aranda? El autor lo tiene claro: "Por una parte, durante mucho tiempo pareció que husmear en la represión en la retaguardia conllevaba el desprestigio de la República y hacerle el juego al franquismo. Por otra, anticlericalismo y anarquismo todavía mantienen hoy en ciertos ambientes y sectores un aura que sólo se explica desde la ignorancia de los hechos históricos".

La persecución en el Obispado de Urgel
En el Obispado de Urgel las estadísticas ofrecen unas conclusiones ligeramente más benignas que en el conjunto de Cataluña: de los 458 clérigos diocesanos censados en 1936, sólo 107 muerieon asesinados: apenas el 20% del total. Cabría pensar que la proximidad de la frontera y el tradicional papel de Andorra como tierra de refugio jugaron aquí a favor de los perseguidos, pero Albertí lo duda: "El índice de víctimas de la represión en las comarcas limítorfes de la Cerdaña y el Alto Urgel -3,8 y 4,4 por mil, respectivamente- fue muy superior a la media de Cataluña. Un dato que permite concluir que las autoridades andorranas "no fueron  especialmente activas en la defensa y acogida de los religiosos perseguidos".

Reconstruye el historiador la ejecución sumarísima de los sacerdotes fusilados el 13 de agosto de 1936 en el cementerio de Salàs de Pallars, que atribuye al comité de Lérida: Josep Tàpies, Pere Martret, Silvestre Arnau, Francesc Castells, Pasqual Araguàs, Josep Poblet i Josep Joan Perot. Todos ellos fueron beatificados en octubre de 2005. "El delito, dice Albertí, quedó claro cuando la primera vez que detienen a Martret salieron en su defensa unos parientes de la Seo: '¿Por qué lo queréis matar?' 'Porque es sacerdote, y con esto es suficiente'". Entre el centenar largo de víctimas mortales de la persecución religiosa en el Obispado de Urgel se cuenta mosén Jaume Calvet, asesinado junto con su hermano Samuel, ciudadano francés, el 18 de agosto de 1936, "más allá de Cortingles, en la entrada del Pont Trencat, sobre el Valira, a manos de una patrulla de la FAI. Fue enterrado cerca del río, y sus restos desaparecieron con las crecidas de octubre de 1937".

[Este artículo se publicó el 15 de mayo de 2007 en el Diari d'Andorra]


jueves, 8 de mayo de 2014

Dien Bien Phu: Jacques Quillacq estuvo allí

El patrón de Chez Jacques, uno de los primeros restaurantes gastronómicos de Andorra, fue uno de los 11.700 soldados franceses capturados por Giap en la debacle del 7 de mayo de 1954: el miércoles se cumplió el 60º aniversario.

Dice que cuando fue liberado pesaba 35 kilos: la mojama que tienen aquí abajo. Vale que en condiciones normales tampoco era lo que se dice un hombre corpulento -por lo menos, de joven: al alistarse en la Legión, con 16 años, apenas llegaba a los 55 kilos- pero es que Jacques Quillacq (París, 1929-Andorra la Vella, 2011) se quedó en piel y huesos en tan solo cuatro meses: los que pasó en cautiverio en el campo de prisioneros vietnamita después de que los 11.721 soldados franceses que sobrevivieron al sitio de Dien Bien Phu fuesen capturados por las fuerzas del Viet Min a las órdenes del mítico general Giap. Y si hablamos de Dien Bien Phu es porque hoy precisamente se cumple el sexagésimo aniversario de aquella jornada. Una efeméride que ha pasado más o menos desapercibida. Y no es para menos, porque se trataba de la primera derrota de una potencia colonial a manos de fuerzas insurgentes y no en una operación de guerrilla -el recurso de los pobres- sino digamos convencional. Descontado, claro, el desastre de Annual. Pero esta es otra historia y el mérito es hoy de la Francia de la IV República.

Quillacq, herido tras la batalla de Tü Le, en octubre de 1952: toda su sección del 61º batallón de paracaidistas cayó en manos enemigas, menos él, que consiguió llegar a las líneas francesas tras caminar 150 kilómetros... ¡con siete balas en el cuerpo! Es el tipo con el brazo enyesado y a lomos de un burro. Fotografía: Archivo Familia Quillacq / Chez vous comme chez Jacques.
Quillacq cayó prisionero del VIetmin con la capitulación de Dien Bien Phu, al lado de otros 11.720 camaradas; estuvieron cuatro meses en cautiverio, sólo regresaron a casa uno de cada cuatro, y Quillacq fue uno de los afortunados: pesaba 35 kilos. Fotografía Archivo Familia Quillacq / Chez vous comme chez Jacques.
El exparacaidista, veterano de las campañas de Suez, Vietnam y Argelia, en Chez Jacques, el restaurante que regentaba en Terra Vella (Andorra la Vella); fue su tercer local en el país, después del que abrió en las galerías de París -hoy desaparecidas, en frente de Pyrénées- y del Rally. Fotografía: Archivo Familia Quillacq / Chez vous comme chez Jacques.

Dien Bien Phu, pues. Sólo oir el nombre ya da un poco de canguelo, la verdad: un sitio en toda regla y al estilo clásico de la posición fortificada de este nombre con que el ejército francés pretendía cortar las vías de comunicación del Viet Min con la vecina Laos. Pero el tiro les salió por la culata, porque lo que se suponía que constituía una posición infranqueable -porque el alto mando galo consideraba logísticamente inviable transportar armamento pesado a través de la jungla- se convirtió en una larguísima batalla que se prolongó desde el 13 de marzo hasta el 7 de mayo de 1954, cuando capitularon las tropas expedicionarias al mando del coronel Christian de Castries. De los aproximadamente 20.000 soldados franceses que fueron lanzados en paracaídas sobre la posición, 2.300 dejaron el pellejo en Dien Bien Phu. Y de los 11.700 que cayeron prisioneros, solo la tercera parte regresó a casa.

Quillacq fue uno de los afortunados. Y su hija Patrícia recuerda en Chez vous comme chez Jacques que la fórmula para sobrevivir al campo consistía para él en hablar continuamente de los ágapes pantagruélicos, estilo Carpanta, que se zamparía una vez recobrada la libertad: "Los primeros días de cautiverio hablaba de platos finos, souflés y cosas así; pero a medida que el hambre se volvía más implacable, Jacques pasó a evocar los humildes confites, las judías, los pies de cerdo que le cocinaba su madre". Sus compañeros, reducidos como él al puro hueso, le suplicaban que abandonara esta cruel tortura psicológica; los mismos compañeros que una vez en libertad -sigue Patrícia- le reconocían que aquella labia había salvado a más de uno de caer en la desesperación.

17 años alistado: de la Legión a los paracaidistas
Dicen los que lo conocieron en los fogones de su restaurante -primero el Rally, después las galerías París y finalmente el Chez Jacques de Terra Vella, siempre en Andorra la Vella- que Jacques era generoso con sus clientes a la hora de contar sus batallitas. Por eso se ganó en el ejército el sobrenombre de Baratinovich: cuentista, charlatán y por ahí. Los que no tuvimos ese privilegio nos tendremos que conformar con ls migajas recogidas en este recetario póstumo, porque Quillacq jamás se decidió a escribir lo que sin duda hubieran sido unas memorias suculentas como pocas. Aparte de la demoledora, humillante derrota de Dien Bien Phu, nuestro hombre participó en otras campañas clave de los años centrales del siglo XX: desde la crisis de Suez, en otoño de 1956, con la ocupación anglofrancesa del Canal en respuesta a la nacionalización decretada por Naser, hasta la guerra de Argelia, que concluyó en noviembre de 1962 con la independencia del país acordada en Evian.

¿Cómo se lo hizo Quillacq para estar presente en todos estos fregados? Fácil: alistándose con apenas 17 años en la Legión -¡como Beau Geste!- para limpiar su expediente judicial, manchado por lo visto por un pecado de juventud: el atraco a una joyería... En fin, que el tipo va y para alistarse se hizo pasar por belga. Lo consiguió, y borrada la mancha se mudó a los paracaidistas -le iba la marcha, está claro- donde se pasó los siguientes 17 años, justo hasta el final de la campaña de Argelia, una guerra sucia cuyo desenlace -cuenta Patrícia- "lloró por lo menos tanto como había llorado en Dien Bie Phu, no por la capitulación en sí, sino porque Francia iba a abandonar a los argelinos que habían luchado con ellos: los harkis. Sabía que los nacionalistas irían a por ellos y a por sus familias. Fue un comportamiento vil, aunque -como él decía- 'las guerras no son nunca blancas o negras; son negras y con mucho gris". Con los paracaidistas tuvo tiempo de todo: de matar -"Decía que esto ya lo hablaría cara a cara con Dios, si es que existe"- y de ver morir a muchos de sus compañeros de armas.

Entre ellos, la sección entera del 6º batallón de paracaidistas -¡400 hombres!- que quedó rodeada en la batalla de Tû Le, en octubre de 1952. El único francés que consiguió escapara de aquel infierno colándose entre las líneas enemigas fue nuestro héroe de hoy, que caminó solo los 150 kilómetros que lo separaban de las líneas propias -en el río Negro- ¡y con siete balas en el cuerpo! Es el tipo del brazo enyesado que monta a lomos de un burro en la fotografía de aquí arriba. Un colador. Compárenla con la siguiente y se harán una idea aproximada de lo que supuso el paso por el campo de prisioneros. Una experiencia, esta última, de la que sólo contaba anécdotas para todos los públicos -los interrogatorios a que los sometían los comisarios políticos, al más puro estilo El cazador; las partidas de ping pong con los carceleros vietnamitas: siempre les ganaba, dice Patrícia- guardandose para él, qué lástima, el repertorio gore. Vio más acción, Quillacq, en Vietnam: por ejemplo, la reconquista del puesto de Dong Khé, tras un audaz salto del 3r batallón colonial de comandos paracaidistas al mando del jefe de escuadrón Decorse y en el que él estaba encuadrado. Le valió una Cruz de guerra con palma.

Parece, en fin, que la dieta salvaje chez Giap fue la causa de que se dejara un mostacho que formaría parte en adelante de su personaje. Como adoptó los platos vietnamitas que conoció (y apreció) durante la guerra y que se convertirían en clásicos de Chez Jacques, desde el nem hasta el pollo con bambú. De hecho, terminó en Andorra casi por casualidad, mediados los 60. Por lo visto lo que vio por aquí lo convenció, hasta el punto de que renunció a sus planes inmediatos, que pasaban por reengancharse con los paracaidistas y largarse a Tahití. Quillacq, ¡qué tío!

[Este artículo se publicó el 8 de mayo de 2014 en El Periòdic d'Andorra]

miércoles, 7 de mayo de 2014

'Time', 75 años: "vellans", "escaldans" y un sicario de Dillinger

La hemeroteca digital de la revista norteamericana  permite el acceso en línea a las noticias publicdas desde la fundación de la revista, en 1923, incluido el medio centenar de referencias andorranas; el tono paternalista que dedica sistemáticamente a la "feudal relic" perdura hasta  bien entrados los años 70.

Tres cuartos de siglo dan inofrmativamente para mucho. O deberían dar. Pues a la revista Time, el siglo XX andorrano le dio exactamente para medio centenar escaso de referencias. Un puñado de noticias que arrancan en 1923, apenas seis meses después de la aparición de la decana de las revistas de su género en los EEUU, y a cuenta de los ciudadanos andorranos que eran incluidos en la lista Other Europe -¡other!- a la hora del recuneto de las cuotas de inmigración para julio de ese año. A Andorra, Gibraltar, Liechtenstein, Malta, Mónaco y San Marino -esa otra Europa- les tocaron 17 plazas, a repartir entre todas ellas. Tampoco está tan mal si se tiene en cuenta que según Time, "strictly speaking, all these countries are not countries". Un tono como se ve entre condescendiente y paternalista que persistirá hasta bien entrados los años 70: durante más de medio siglo se repetirán los trillados tópicos que identifican Andorra como una "reliquia feudal", una "minúscula república" y un país "de pastores y contrabandistas".

Un país de opereta, en fin, escenario ideal para las andanzas del aventurero de turno: el número del 30 de noviembre de 1942, en plena guerra mundial, sigue la pista de un "americano" que ocho años antes había ofrecido la fabulosa cantidad de 54.000 dólares por todo el país. Afortunadamente, dice Time, "el pequeño consejo escogido por llos cabezas de familia declinó la oferta". En octubre de 1930 merece una discreta mención la aparcición de una compañía, esta vez francesa, dispuesta a invertir 4,5 millons de dólares -esto es una oferta, y no la propina del "americano"- para convertir Andorra en un "segundo Monte Carlo, con casino, ruleta y hotel de lujo". Les faltó añadir una familia real con glamour -aunque quizás lo hubieran hecho tres años después, cuando apareció Borís Skossyreff- y sobre todo, un buen trozo de mar, con su playa, su puerto, sus yates y sus millonarios. Pero es que no se puede tener todo.

Hay referencias, claro, a las convulsiones sociales de la época. En abril de 1932 Time cuenta como la República Neutral de Andorra -esta es ahora la terminología de la revista- ha declarado la ley marcial y mobilizado a sus ciudadanos "más robustos" para controlar a los "escasos" trabajadores extranjeros que han convocado una huelga en la "pequeña central hidroeléctrica del país". Bueno, "ciudadanos robustos" es lo que el redactor de turno creyó que debía ser el somatén; y le debían paracer "escasos" el cerca de medio millar de trabajadores que construían la primera central del país... En fin, que como se ve para Time todo lo que tiene que ver con Andorra es pequeño, escaso o directamente minúsculo. Hay que añadir que los andorranos del momento son retratados poco menos que como unos esquiroles, cosa que no deja de tener algo que ver con la realidad: "El Gobierno, integrado exclusivamente por rudos montañeses, arrojó contra los huelguistas españoles a los hijos de las mejores familias [deben de ser los ciudadanos "robustos" de más arriba], que reventaron fácilmente la huelga y les expulsaron del país". Estos mismos y robustos hijos de las "mejores familias" son los que al año siguiente secuestrarán por unas horas el Consell General -el parlamento local- exigiendo el sufragio universal (masculino, por supuesto). Pero esto Time ya no lo cuenta.

Mas pintoresca, a la altura quizás del nuestr gran Borís -de quien por cierto no hay ni una sola referencia- es la crónica del 17 de enero de 1938. Bajo el prometedor título de Andorra: no admittance, el cronista explica que un tipo que se hace llamar Alex Abraham Sikorski -¿judío, quizás?- se había presentado en Bourgmadame, al otro lado de la frontera hispanofrancesa en Puigcerdá, con la inusitada pretensión de instalarse en Andorra. Ofrecía a cambio la construcción de un "sanatorio" en el país. Y atención, alegaba como carta de presentación su pasado como sicario de John Dillinger. "Soy un gánster, es verdad, pero no un criminal. Jamás he secuestrado a nadie". En el fondo, no era malo, sólo lo habían dibujado así. En fin, según la crónica, este tal Sikorski pretendía ser el hombre que la banda había enviado a Europa tras los pasos de Anna Sage, la putilla rumana que había delatado a John al FBI de Hoover. "Impresionados por el alegato", concluye Time, "Andorra respondió: No admitido". En cambio, por lo visto sí que admitieron a Sikorski las autoridades republicanas, necesitadas -dice la revista con ese tono bufón tan propio- de "buenos pistoleros". Time concluye el episodio de forma bien pintoresca: "En Europa puede ser tan exótico hacerse pasar por gánster americano como pretenderse príncipe en los EEUU".

Tres copríncipes y una pequeña república
Qiuzás por esto mismo, los grandes momentos de Andorra llegaran de la mano de los tres copríncipes franceses: el primero de todos, Vincent Auriol, a cuenta de la Guerra de las radios. Atención, porque estamos en octubure de 1953 y el redactor recurre otra vez al tópico del país "feudal" habitado poruna "feliz comunidad de pastores y contrabandistas hispanohablantes". Error fatal que merecerá una carta al director firmada el 26 de octubre de ese mismo año por un tal George Engerrand, de la Universidad de Texas, que aclara que "el pueblo de Andorra no habla español sino catalán, una de las ocho lenguas de raíz latina". Bravo por el texano.

En septiembre de 1962 asoma brevemente la nariz por Time el entonces síndico, Julià Reig -uno de los escasos andorranos que merece el honor de ser citado con nombre y apellido por la revista. Pues he aquí que Reig ha de dirimir lo que para Time, tan aficionada al exótico guerracivilismo peninsular, constituye una especie de lucha fratricida entre los "vellans" -hay que suponer que se refiere así a los vecinos de Andorra la Vella- y los "escaldans" -los de la vecina localidad de Escaldes, entonces todavía agregada a la capital. Una "guerra" que terminará según Time con la frontera clausurada por orden de la Mitra y la advertencia del veguer francés de que Andorra se podía convertir en un "nuevo Berlín" -entonces en estado de shock por el Muro que la URSS comenzaba a erigir. El rigor, por encima de todo. El momento estelar será la visita de Charles de Gaulle, en octubre de 1967, la primera de un copríncipe francés y -como remata la revista con malicia- efectuada con sus habituales maneras "monárquicas".

Espectacular, vean: por motivos de seguridad, la "milicia" andorrana no pudo rendirle la reglamentaria salva de honor, el país fue ocupado por un millar de gendarmes, y surgieron fricciones cuando el ilustre huésped reclamó que se relajara la estricta ley de la nacionalidad que impedía la naturalización de los -entonces- 15.000 residentes extranjeros: los andorranos, dice Time, se rebelaron, desafinando ostensiblemente en el momento de entonar la Marsellesa. Momento glorioso que tendrá un epígono mucho menos tenso diez años después con la vista de Giscard d'Estaing y Joan Martí Alanis -el copríncipe episcopal, que por cierto ejerce en la crónica un puro papel de comparsa. Hasta el redactor del Time, siempre tan perspicaz, deja constancia de la muy andorrana institución del prestanoms -que permitía a los ciudadanos extranjeros invertir en el país a través de un hombre de paja local. Una institución, por cierto, vigente como quien dice hasta anteayer. Pero esta es otra historia. Como diría Forges, "¡País!"

[Este artículo se publicó el 18 de mayo del 2011 en El Periòdic d'Andorra]