Incursiones relámpago, estilo Sturmtruppen, en episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y las dos postguerras, con ocasionales singladuras a alta mar, a ultramar y si conviene incluso más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

jueves, 20 de febrero de 2014

Camina, Quimet, camina

Muere a los 95 años Joaquim Baldrich, penúltimo superviviente de la red de pasadores que Antoni Forné dirigía desde el hotel Palanques de la Massana.

Lo que no pudieron ni la Gestapo nazi ni la Guardia Civil española ni los gendarmes franceses, ni tampoco las delaciones de los topos infiltrados en las redes de pasadores en que militó durante la II Guerra Mundial lo consiguió ayer la edad, estos 95 años que en los últimos tiempos le habían minado fatalmente la salud y que se lo llevaron definitivamente ayer. Con la desaparición de Joaquim Baldrich (el Pla de Santa Maria, Tarragona, 1917-Escaldes, Andorra, 2012) se nos va uno de los últimos supervivientes del que es, probablemente, el capítulo más fascinante del siglo XX andorrano: el que entre 1941 y 1944 escribieron las decenas de hombres de acción y de convicción que, como el mismo Baldrich, se enrolaron en las redes de pasadores para conducir hasta la seguridad del cosulado británico en Barcelona a centenares de pilotos aliados abatidos en los cielos de la Europa ocupada, a judíos de todas las nacionalidades que huían de la Solución Final, a franceses en edad militar que pretendían evitar el Servicio de Trabajo Obligatorio impuesto por los alemanes, y a políticos de todos los colores que huían de la tiranía nazi.

Fueron en total 380 los hombres y mujeres que él contribuyó a salvar, según recordaba Baldrich en las entrevistas en que se prodigó en sus últimos años. Cuatro centenares de fugitivos que requirieron de unos cuarenta peligrosos viajes entre Andorra y Barcelona. Baldrich se había puesto a las órdenes de Antoni Forné, antiguo militante del POUM -su historia es bien conocida- que terminada la Guerra Civil se instaló en la Massana y que dirigía desde el hotel Palanques una de las redes de pasadores que operaban desde nuestro rincón del Pirineo. Forné era el cerebro, el contacto del MI6, el legendario servicio exterior británico; Baldrich, el hombre de acción, perfecto conocedor del terreno gracias al entrenamiento de sus años como contrabandista, y el encargado de guiar a las partidas de refugiados hasta su destino final: Barcelona.

Baldrich inaugura el monumento en honor a los pasadores de la cadena del Palanques erigido frente al hostal, en la Massana: era el 17 de enero de 2006. Fotografía: El Periòdic d'Andorra.

Baldrich, con el uniforme de brigadista, en el frente de Madrid. Fotografía: La batalla del Pirineu.

La red de Forné la completaban Salvador Calvet, Josep Mompel, Alfredo Vicente Conejos y Eduardo Molné, hijo del Palanques y que es hoy, con la desaparición de Baldrich, el último superviviente de la cadena. Precisamente Molné evocaba ayer la figura proteica de su compañero de fatigas, "un hombre valiente", decía, "que tuvo un papel destacadísimo en la red y que se jugó muchas veces el pellejo". Hay que decir que Baldrich exhibía con legítimo orgullo el gito de los cerca de 400 hombres que condujo hasta Barcelona sin haber perdido jamás a ninguno, ni sufrir ni un solo encontronazo con la policía franquista. Sólo en dos ocasiones se vio en la tesitura de recurrir a la Parabellum y al naranjero que lo acompañaban en sus viajes: en Tarascón, la única vez que cometió la imprudencia de ir a recoger a un grupo de fugitivos a territorio francés, y en que fue interceptado por la Gestapo, nada menos; y de vuelta de una de sus excursiones a Barcelona, cuabndo una pareja de la Guardia Civil subió a su mismo autobús de línea -de Berga a la Seo- y se pusieron a comprobar la documentación del pasaje. Así lo recordaba el mismo Balrich en una entrevista publicada en 2003 en el semanario Informacions: "Terminada una misión, normalmente regresaba a pie desde Manresa .Pero aquel día decidí coger el autobús. ¡Menuda ocurrencia! En cuanto los vi subir pensé que los tendría que liquidar allí mismo. Nunca he tenido pasaporte; mi único salvoconducto era mi parabellum, y no podía dejar que me pillaran porque en mi pueblo me acusaban de 83 asesinatos: ¡me habrían liquidado a mí! Tuve suerte: se bajaron del autobús antes de llegar a mi asiento. Pero los habría matado".

Así era y así se expresaba Qiomet Baldrich, a quien Claude Benet -que lo convirtió con toda justicia en unno de los protagonistas de Guies, fugitius i espies, la obra canónica sobre los pasadores- reconocía ayer el doble mérito de haber optado por el bando de la democracia en un momento en que no era precisamente la elección más fácil -ni en España, ni en Francia ni tampoco en Andorra- y de haber hablado antes que nadie, cuando el tema parecía todavía carne de tabús y de prejuicios, "sin miedo, sin medias tintas y con un lenguaje llano, a diferencia de otros que se llenaron la boca y que hablaron mucho pero que en cambio bien poca cosa hicieron". También lo puso como referencia ética, "porque supo escoger su camino y mantenerse firme en sus convicciones antifascistas y de hombre de izquierdas; es, en definitiva, la clase de hombre que deberíamos tener en mente en los momentos de incertidumbre como los actuales". En un sentido similar se refirió a nuestro hombre el historiador catalán Josep Calvet (Las montañas de la libertad): "Baldrich es el prototipo de pasador: un hombre de acción que, a diferencia de Viadiu y Forné, que operaban desde la retaguardia, se jugaba la vida en cada salida".

De la Tierra y Libertad al fardo de contrabandista
La de Joaquim Baldrich -todo el mundo le llamaba Quimet y, en sus años mozos, Barrabum, por su temprana pasión por las carreras ciclistas, que practicó en la juventud- es la historia de un luchador: joven militante anarquista por vía paterna, durante la Guerra Civil se enroló en la 153 brigada mixta, la célebre columna Tierra y Libertad, con la que combatio en los frentes de Madrid y Guadalajara. El fin de la contienda lo pilló en la capital española, así que cogió, regresó a pie hasta Tarragona, y como en el Pla de Santa María -su pueblo, rebautizado el Pla de Cabra durante la República- lo acusaban de 83 asesinatos, nada menos "Nunca maté a nadie", aseguraba- optó por continuar hasta Andorra, donde entró el 14 de agosto de 1939. Por Seturia, como Verdaguer medio siglo antes. Ejerció de mozo, de chofer, de transportista y de contrabandista. Un trabajo, este último, que le sirvió de escuela para el oficio de guía, y que ejerció hasta bien entrados los años 60.

Últimas noticias de los pasadores
La batalla del Pirineu recoge en un volumen los textos de la exposición que en 2007 desfiló por el Museu del Tabac de Sant Julià de Lòria (Andorra)

A veces, las casualidades traen incorporadas un no sé qué de premonitorio y vagamente inquietante: el traspaso de Baldrich coincide con la llegada a las librerías de la última monografía sobre los pasadores, La batalla del Pirineu (Garsineu), que firman a seis manos los historiadores Josep Calvet, Annie Rieu-Mias y Noemí Riudor, que lleva un muy ilustrativo y todavía más prometedor subtítulo: Xarxes d'informació i d'evasió aliades al Pallars Sobirà, l'Alt Urgell i Andorra durant la Segona Guerra Mundial. De hecho, se trata de una versión felizmente ampliada de la exposición homónima que en 2007 recaló en el Museu del Tabac de Sant Julià de Lòria (Andorra). Con todo lo que entonces se quedó en el tintero, para entendernos. Así que para untar pan, empezando por el extenso y sabroso capítulo consagrado a la red Wi-Wi que firma Rieu y que en buena parte protagoniza el padre de la historiadora. El apartado andorrano completa y sintetiza en dos ddcenas de densas páginas mucha de la información previamente publicada por Calvet en Las montañas de la libertad y por Claude Benet en Guies, fugitius i espies, y nuestro Baldrich ocupa, por descontado, un destacadísimo lugar.

Mapa con los itinerarios entre Andorra y barcelona que seguían los fugitivos que recogía la cadena de Baldrich. Infografía: Noemí Riudor / La batalla del Pirineu.

Además de Baldrich, los otros pasadores andorranos (o asimilados) que pululan por La batalla del Pirineu son Lluís Solà, el último superviviente de las cadenas de evasión, junto con Eduardo Molné; Joan Català, nacido en el Pallars, hoy instalado en la Seo; y un tal Joan sastre, alias En Joan de les Ulleretes o Xiquet de Fórnols, al servicio por lo que parece del Deuxième Bureau francés. También reseña el volumen las supuestas actividades semiclandestinas del coronal Baulard y -atención- de mosén Jaume Argelagós, y por supuesto las de Forné y Viadiu. Calvet presta a esta última atención especial, así como a las de los tres hombres de confianza de Viadiu -Laurentino Parramon y Modest Campmajó, nacidos en Josa del Cadí (Alto Urgel), y Josep Ibern, hijo de Àger (la Cerdaña). Y amplía para terminar el oscuro episodio de Lázaro Cabrero, el guía aragonés juzgado en 1953 en Foix (y absuelto, por cierto) por la muerte en la montaña, once años antes, del periodista (y fugitivo judío) Jacques Grumbach, en uno de los escasos capítulos de la leyenda negra que se han podido documentar fehacientemente. Ya que hablamos de la leyenda negra, Baldrich recordaba un caso que no aparece en el volumen, y que recordaba en 2003 en la revista Informacions a propósito también de dos duías aragoneses acababan de incorporarse a la cadena del Palanques: "Volviendo un día a pie de Aix-les-Bains, cuando cruzábamos el Port Negre, oigo que uno le dice al otro: 'Aquí descansan'. '¿Quién descansa ahí?', les pregunté. 'Nada, un par de tipos'. Y efectivamente, el brazo de uno de aquellos desgraciados emergía de la nieve. Se habían tirado a las mujeres y después se los habían cargado a todos. Al llegar al Palanques le advertí a Forné que no quería volver a ver a aquellos dos. Y así fue". Baldrich: genio y figura.

[Este obituario se publicó el 3 de enero de 2012 en El Periòdic d'Andorra]

miércoles, 19 de febrero de 2014

Besalú: un puente con mil años de historia

Martí Gironell recrea en El puente de los judíos la construcción del puente fortificado de Besalú; aquí reconstruimos la biografía de un monumento milenario que ha sobrevivido a inundaciones, guerras y terremotos.

La singular forma angular y sus dos torres defensivas le confieren una personalidad única, inconfundible, y lo han convertido en uno de los monumentos más representativos -y reproducidos- del románico catalán. Por eso sorprende el vacío historiográfico que persiste, aun hoy, sobre el puente de Besalú -el Pont Vell, porque hay otro puente sobre el Fluviá, erigido en el siglo XX y que, pobre, no puede lucir el pedigrí de su ilustre vecino. En fin, que los datos disponibles son fragmentarios y se dispersan a los largo de los casi mil años de historia que han visto desfilar sus sillares. Pero el punto de partida de Martí Gironell en El puente de los judíos es rigurosamente cierto: el 17 de enero de 1316, la universidad de Besalú contrataba al maestro de puentes Pere Baró, de Perpiñán, para reconstruir el viaducto, dañado tras una de las periódicas crecidas del río Fluviá.

Lo certifica un documento recientemente desenterrado por el historiador Joel Colomer en el Archivo Comarcal de Olot. Gironell aprovecha este hecho histórico -y la oportuna aparición en escena de un antiguo manuscrito- para retroceder en el tiempo otros tres siglos, hasta 1074, y recrear literariamente la peripecia de Prim Llombard, personaje este absolutamente ficticio -por si a alguien le entran dudas- a quien el autor atribuye la paternidad del primer trazado del puente. No se trata de un personaje histórico, digámoslo de nuevo, pero si históricamente verosímil: como explica el arqueólogo Jordi Sagrera, está documentada la presencia en la Cataluña condal del siglo XI de maestros de obras lombardos que importaron la peculiar manera de tallar la piedra en sillares de pequeñas dimensiones, manejables por un solo hombre, con que se erigieron los centenares de iglesias románicas -¿por qué no puentes y otras obras civiles?- que salpican el Pirineo y el Prepirineo. Prim Llombard, en fin, bien podría haber sido uno de ellos.

Gravado de Jean Charles Langlois publicado en 1835 en Voyage pittoresque et militaire en Espagne que sirvió de inspiración para la reconstrucción del puente medieval de Besalú, acometida entre 1962 y 1965. Atención al edificio del centro, probablemente la casa del fielato, que no se incluyó en la versión del siglo XX. El puente tiene ocho arcos y mide 105 metros de longitud; las bases de los pilares pueden datar del siglo XI, y los arcos más antiguos que han subsistido hasta hoy, del XIV. Gravado: Jean Charles Langlois / Voyagge pittoresque et militaire en Espagne.




En la primera fotografía, fechada en 1912, el puente aparace sin las torres defensivas, abatidas en 1880 para que pudiese pasar maquinaria téxtil de camino hacia Olot; hasta los años 20 del siglo pasado, el puente medieval era la única forma de cruzar el río Fluviá a su paso por Besalú; en la fotografía central, contrapicado del puente antes de la voladura del segundo y del tercer arco por parte de las tropas republicanas en retirada, en febrero de 1939; los arcos se reconstruyeron a mediados de los años 60 (abajo). Fotografías: Archivo.

Pero la fecha no es aleatoria: de 1074 data la primera referencia escrita sobre la existencia en Besalú de un puente sobre el Fluviá, aunque se desconoce cuándo y mucho menos cómo se erigió: Gironell calcula que medio centenar de operariospodrían haber invertido entre ocho y diez años en levantarlo, y especula que las obras empezaran en 1066 -¡vaya, como la batalla de Hastings!- cuando el conde Bernat II en persona -el último de la dinastía local antes de que en 1111 el condado de Besalú se integrara en la casa de Barcelona- fue a buscar a Prim a la Siena natal del maestro de obras.


Sí, pero, ¿cuándo?

Hasta aquí, todo es ficción novelesca. Sagrera vuelve a la historia más o menos fehaciente, y avanza la fecha probable de la erección del primer puente hasta el segundo cuarto del siglo XI, en tiempos de Guillem el Gras, el padre de Bernat II -e hijo a su vez del célebre Bernat Tallaferro, no sé si me siguen... Otros historiadores consideran posible la existencia de un puente anterior de factura romana -del que no ha quedado rastro, por otra parte- o como mínimo, de una pasarela sobre el Fluviá. Sagrera apuesta por un trazado de la carretera de Gerona a Olot que pasaba por Besalú por el otro lado del ríoy que hacía por lo tanto innecesaria la existencia de un puente para vadearlo. Por lo menos, a la altura de Besalú.

Parace por lo tanto probado -sostiene la documentación histórica- que en el siglo XI existía ya un viaducto, pero resulta que de esta primitiva construcción no se han conservado más que algunas hileras de sillares. Y aun esto es dudoso, hasta el punto que -sostiene Sagrera- "no hay nada en el aspecto actual del puente que nos permita afirmar que es del siglo XI". Las partes más antiguas que nos han llegado -los arcos más próximos al pueblo- podrían datar del siglo XIV. La misma época en que se levantaron las torres defensivas, que Gironell atribuye en una consciente licencia literaria al diseño original del siglo XI pero que históricamente no se erigieron hasta finales del XIV, durante el reinado de Pere IV. Por no saber, incluso desconocemos siu la característica forma angular es la misma hoy que hace diez siglos: la existencia de restos de más que posibles pilares viisbles aun en el lecho del Fluviá podría indicar que en tiempos remotos el puente trazaba un ángulo todavía más agudo que hoy. Con todo, lo que sí que está fuera de dudas es que este diseño singularísimo, por no decir único, se debe a la presencia en el lecho de afloramientos rocosos que fueron hábilmente aprovechados como cimientos de los tres primeros pilares: "Con esto se ahorraron el trabajo, y el dinero, de desviar provisionalmente el curso del río mientras se levantaban los cimientos", añade Sagrera.

La realidad es que a lo largo de sus casi mil años de historia el puente de Besalú las ha visto de todos los colores. Las catástrofes naturales se llevan la palma. Especialmente las crecidas del Fluviá, claro, porque conviene no olvidar que a pesar del aspecto tirando a "raquítico" que -en palabra de Gironell- acostumbra a lucir, el Fluviá es el típico río mediterráneo, que puede pasar la mayor parte del año co un caudal más bien escaso pero que experimenta periódicas y catastróficas crecidas, especialmente en otoño. La última fue en 1940, y los más viejos del lugar recuerdan cómo el agua se podía tocar desde el puente. Pero hay inundaciones documentadas en 1315 -cuando el puente quedó "dirutus et destructus", es decir, destruido, y se requirieron los servicios de Pere Baró- y también en 1321, 1403, 1421, 1669, 1680, 1764 y 1770. En cambio, parece que la serie de terremotos de 1427 y 1428 que devastaron Olot, Amer y la Vall d'En Bas respetaron el puente, porque no consta que se ordenasen reparaciones.

Los años de la pasarela
Pero como es habitual, su peor enemigo ha sido históricamente la mano del hombre: las dos torres de Pere IV que habían sobrevivido a crecidas y terremotos fueron derruidas en 1880 para dejar paso a un convoy de maquinaria téxtil que se dirigía a Olot. Era el precio de la industrializacion. Una versión más romántica, casi patriótica, sostiene que las torres tuvieron que ser derribadas para que pasaran las nuevas campanas del monasterio de Santa Maria de Ripoll, entonces en plena reconstrucción. Quizás. Pero lo peor tenía que llegar en el siglo XX, con la Guerra Civil: las tropas republicanas en retirada hacia la frontera francesa volaron en febrero de 1939 el tercer y cuarto arco, y de propina, parte del quinto. Durante las dos décadas siguientes el puente tenía que cruzarse a través de unas precarias pasarelas metálicas. Claro que este cataclismo propició la última y -hasta el momento- definitiva reconstrucción, que le ha restituido el aspecto que debía tener antes de 1880, cuando las torres aun vigilaban el puente: tuvo lugar entre 1963 y 1965, y a falta de fotografías, se tomó como modelo un célebre grabado de Jean Charles Langlois, oficial francés que sirvió en las filas napoleónicas durante la Guerra de la Independencia (1808-1814) y que en 1835 publicó Voyage pittoresque et militaire en Espagne. Estupenso, por cierto. Un grabado en que, por cierto, se observan no solo las torres sino también una caseta -de la guardia o del fielato- situada en la llamada Creu Grossa -Cruz Grande, literalmente- el ensanche inmediatamente anterior a la torre central, y que se habilitó en el siglo XVIII para facilitar el tránsito de carruajes y monturas.

La milenaria longevidad del puente hay que atribuirla al hecho de que, desde que se tendió -entre 1020 y 1053- y hasta 1925, cuando se inauguró el vecino puente sobre el Fluviá, constituía la única manera de cruzar el río en el nudo de comunicaciones que históricamente ha sido Besalú, donde desde época romana confluyen los caminos de Olot, Figueras y Gerona. Es verdad que el aspecto actual tiene poco que ver, por no decir nada, con el de hace diez siglos. Pero no hay que olvidar que estamos hablando de un organismo vivo que ha tenido que adaptarse y sobreponerse a diez siglos de enfermedades y afecciones. Y lo que es indiscutible es que para arrastrar mil años a sus espaldas, luce bastante buena pinta.

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Gironell: "El burdel es una de las licencias históricas que me he permitido en la novela"

Conocido sobre todo en la faceta de periodista -conduce desde hace tres temporadas el Telenotícies cap de setmana, en TV3, donde anteriormente presentó el magazín de tarde, En directe- Martí Gironell (Besalú, 1971) debutó hace dos años en el libro reportaje La ciutat dels somriures, en que pasa revista a su experiencia como cooperante en la ciudad india de Bombay. El puente de los judíos supone su debut en la ficción. Que lo haya con una novela histórica y en un momento de euforia del género es una casualidad que tiene sobre todo que ver con su relación de hijo de Besalú. Y militante.

Gironell, ante el puente que ha biografiado en la novela. Fotografía: El Periòdic de Catalunya.

-¿Por qué cambia el ordenador del Telenotícies por el de novelista?
-Nací y me crié en Besalú, y siempre he visto con asombro que nuestro puente es muy conocido allí adonde voy, pero a la vez no se sabe casi nada de su biografía. A partir de la anécdota de cómo debió acontecer la construcción del primer puente, he intentado explicar la sociedad del Besalú medieval, y lo he envuelto con un papel de aventuras, con u toque fantástico y otro -digamos- ecológico.

-¿Se apunta a la moda del género histórico?
-Lo último que querría es que e llector la comparara con las novelas de éxito que todos tenemos en la cabeza. Sólo pretendo explicar la historia de mi pueblo en el siglo XI, tal como lo he imaginado y tal como me hubiera gustado que ocurriera.

-¿Cuánto de ficción hay en El puente de los judíos?
-Tal como digo en las notas finales de la novela, me he tomado ciertas licencias: así, las torres defensivas, que se añadieron en realidad en el siglo XIV, las fecho en el XI, con el puente original, por necesidades de la trama. las rivalidades entre los condados de Besalú y Ampurias son rigurosamente históricas, pero nunca se produjo ningún asedio como el que relato en la novela. Que se sepa, claro. También me invento un túnel que atraviesa el subsuelo de Besalú. Que nadie lo busque, porque no existe.

-¿Y cuánto de historia?
-Es cierto que el botín obtenido con la expedición catalana a Córdoba, en 1010, sirvió para iniciar una especie de programa de obras públicas como -en Besalú- la pavimentación de las calles y la erección de las nuevas murallas. ¿Por qué no el puente? También me interesaban las relaciones entre cristianos y judíos, dos comunidades que se toleraban pero con un claro predominio de los primeros: no tenemos que olvidar que el call se cerraba de noche a cal y canto para garantizar la seguridad de lo sjudíos que vivén en su interior. También he cuiado el detalle: ahora que tanto se habla de cocina medieval, me he asesorado con expertos para describir cómo y qué se comía en la mesa del señor conde o en una humilde casa judía. Pero siempre desde un punto de vista literario, porque no soy historiador.

-Dibuja un Besalú que bulle de vida y actividad, muy lejos de la tranquilidad actual que solo rompen las expediciones turísticas.
-En Besalú no nos acordamos, pero entre 875 y 1111 fuimos capital de condado. Eso se traducia en un hormigieo de artesanos, mercaderes, soldados, monjes... y explica por ejemplo la existencia del burdel que sale en la novela. En la calle del Portalet, concretamente. Pero cuidado, esta es otra licencia històrica.

[Este artículo se publicó el 16 de marzo de 2007 en Presència]

martes, 18 de febrero de 2014

1428: el año que el Pirineo tembló

El geólogo Valentí Turull y el historiador Carles Gascón localizan en la Vall del Valira trazas documentales del terremoto más devastador jamás registrado en el noreste peninsular.

El historiador Joan Lluís Ayala ha pasado recientemente lista a las catástrofes naturales registradas en nuestro rincón de mundo a partir del siglo XVI: inundaciones, grandes nevadas, lluvias torrenciales, incendios, ventisqueros y ventoleras. Algunas de las cuales de fatales consecuencias, como el alud que en abril de 1718 causó cinco víctimas mortales en la zona de la Portelleta, a la entrada de Soldeu. Y otras auténticamente devastadoras, como la crecida del Valira en 1772, que destruyó el puente de la Tosca, en Escaldes, y que Ayala no duda en calificar -aunque no consta el número de víctimas- como el peor desastre natural jamás registrado en el país. Sorprendía en esta inquietante relación de desgracias naturales la ausencia de terremotos: sobre todo, que el del 2 de febrero de 1428, el más devastador registrado en Cataluña, y el del 1 de noviembre de 1755 -el que destruyó Lisboa- pareciesen haber pasado de largo. O no haberse atrevido ni a entrar en estos predios. Como si un extraño, caprichoso designio divino hubiese preservado nuestro pedazo de Pirineo de los periódicos accesos de ira de la madre Naturaleza. Qué raro. Ya entonces advertía Ayala de la posibilidad de que sí, que se hubieran producido en tiempos más o menos recientes seísmos que no dejaron no obstante huella en los archivos que él ha podido consultar, y que por lo tanto habían escapado a su olfato.

Ábside de la iglesia de Sant Serni de Tavèrnoles en el primer tercio del siglo XX: la torre, inicialmente circular, se había reconstruido con planta cuadrada. Fotografía: Archivo Comarcal del Alto Urgel (Fondo Plandolit).

Exterior del antiguo monasterio de Sant Serni de Tavèrnoles, parcialmente arruinado a causa del terremoto de 1427. Fotografía: Tony Lara / El Periòdic d'Andorra.

Interior de la iglesia del monasterio, restaurada en los años 70. Un documento de 1534 afirma que ya no se puede celebrar la Misa en el templo "a causa del seismo que hundió y arrasó el cenobio". Fotografía: Tony Lara / El Periòdic d'Andorra.

Pues tenía razón. Porque Andorra no es territorio libre de terremotos, por si alguien se lo había creído. En absoluto. El geólogo Valentí Turull y el historiador Carles Gascón han documentado los efectos que el seísmo de 1428 tuvo en la Vall del Valira: el hundimiento de las naves, del campanario y de la torre de la iglesias de Sant Serni de Tavèrnoles. El monasterio no se recuperó jamás de semejante golpe, hasta el punto de que un siglo y medio después, en 1592, el papa Clemente VIII suprimía el cenobio y convertía lo que quedaba del templo en la parroquial de la localidad vecina de Anserall. Una tesis que defienden en el artículo Pont Trencat: la seqüència sísmica del 1427-1428 a la Vall de la Valira, publicado recientemente en el primer número de la revista Interpontes. Una tesis que obligará a revisar la interpretación académica del terremoto de 1428, con epicentro en Caprodón y cuyos efectos se percibieron incluso en Zaragoza. Hasta ahora, dice Gascón, se creía que Puigcerdà marcaba el límite del área donde el seísmo exhibió todo su poder destructivo. Según las crónicas, en esta villa causó entre 100 y 300 víctimas al hundirse la bóveda del convento de San Francisco donde en el momento de producirse el terremoto se estaba celebrando Misa. En cambio, no hay noticias de las consecuencias del movimiento desde Puigcerdà hacia aquí.

Pero lo cierto es que el terremoto de 1428 no pasó de largo. Ni mucho menos. La pista la dio Turull, que al estudiar las terrazas fluviales del Valira localizó en la zona del Pont Trencat, en el antiguo trazado de la N-260 de la Seo a Andorra, un desprendimiento de origen sísmico que fechó entre 1424 y 1456. Una horqiulla temporal que coincidía con la serie de terremotos de 1427 y 1428. Con esta prueba geológica en el zurrón, Gascón se puso manos a la obra. Pero, ¿dónde buscar el rastro documental, si se han perdido -ya es mala suerte- las actas de las visitas parroquiales giradas en el obispado de Urgel entre 1312 y 1545, actas que son la fuente canónica para seguir las huellas del terremoto porque -dice el historiador- dan exacta constancia del estado de conservación de las iglesias de la diócesis? Con ojo clínico, Gascón buscó una institución susceptible de haber dejado documentación de este período. Descartado el archivo municipal de la Seo, pendiente de catalogación, se sumergió en el diplomatario de Sant Serni de Tavèrnoles publicado por Cebrià Baraut. Y la clavó: un documento de 1500 indica que hay que reparar la parte de la iglesia que quedó en pie después del seismo. Otro papel de 1534 insiste que no se puede decir Misa en el templo "a causa del terremoto que hundió y arruinó el cenobio". Es verdad, admite el historiador, que ni el uno ni el otro concreta la fecha del seismo que "arruinó" Sant Serni. Pero también lo es que desde 1430 -dos años después de la catástrofe- abundan las referencias al pésimo estado de conservación del monasterio benedictino, con noticia de las bóvedas hundidas y del colapso del claustro y de las dependencias monacales. En 1441 sólo reside en Sant Serni el guardián, y el altar mayor está a la intemperie. En 1479 consta el colapso de la torre del campanario.

Lo que dura un Avemaría
Otros indicios avalan la tesis de que en el primer tercio del siglo XV se produjo en la zona un seismo catastrófico. El Manual de protocolos del capítulo de la catedral de la Seo conserva una nota fechada el 29 de septiembre de 1437 en que el notario Lluís Martí apela a la protección divina ante los terremotos que, dice, "han sacudido la Seo repetidamente, de día y de noche". Tampoco el notario Martí especifica, es cierto, si se refiere al terremoto de 1427 o a otro. Pero la localización histórica localizada por Gascón y las pruebas geológicas efectuadas por Turull permiten a los investigadores sugerir que el movimiento de tierras de Pont Trencat y la ruina de Sant Serni "podría haber sido ocasionados por el seismo del 2 de febrero de 1428". Un seismo con la potencia suficiente para hundir una construcción tan sólida como lo era el monasterio de Sant Serni. La pregunta obvia es: ¿se percibió el terremoto en Andorra? Gascón argumenta por inducción: si tuvo consecuencias tan catastróficas en el tramo final del Valira, es muy probable que llegase al otro lado de la frontera. Aunque tampoco ha quedado constancia documental. Pero si el terremoto de 1428 se sintió por el este en Puigcerdá, por el sur en la Seo y Sant Serni, y por el norte en Pamiers y otras localidades del condado de Foix, la prudencia y el sentido común, aparte de los indicios indirectos, "invitan a pensar que Andorra también fue víctima del seismo", concluye.

Malas noticias para el hecho diferencial andorrano, pero estupendas para la historiografía. Y no se acaban aquí, porque el de 1428 no es el primero, ni el único ni tampoco el último terremoto que ha visitado en época histórica nuestro rincón de Pirineos. El mérito del pionero es para el 3 de marzo de 1373, con epicentro en la Ribagorza. Gascón sospecha que Santa Cecília d'Elins, en el valle de Pallerols, se hundió a causa de este seismo. Del de 1448, con epicentro cerca de Granollers y que castigó la Cataluña central y litoral, no hay en cambio noticias. Parace que a partir de aquí la Tierra se tomó un tiempo de respiro. Tres siglos, exactamente: el XVIII será un siglo sismológicamente pródigo en el Alto Urgel -y probablemente en Andorra.

La primera referencia es del 31 de mayo de 1709, cuando el capítulo catedralicio ordena unas rogativas -dice el historiador- para frenar un terremoto del que no se tienen más referencias. El que sí que dejó huella es el de 1755. El relato procede del libro de notas del ayuntamiento de la Seo: "En dicho día de Todos los Santos a las once y cuarto de la mañana se experimenta el Terremoto y los que estaban dentro de la iglesia catedral lo experimentaron  muchos más; pero no fue sino por espacio de una Avemaría, se movió el edificio, las lámparas y los salomones. En el mismo día y hora sucedió en Portugal, por el que quedó arruinada la ciudad de Lisboa". El último susto sísmico del siglo se registra en 1788: entre el 11 de enero y el 31 de mayo se sucedieron una serie de movimientos -ahora es el historiador Lluís Obiols el que toma la palabra- debidamente reseñados en el libro de notas del consistorio, que tuvieron su clímax en la procesión del 3 de febrero, con el señor obispo al frente y con la exposición del Santísimo, los pendones y las reliquias de San Ot y de San Ermengol. Debió surtir efecto, la procesión: parece que la única víctima del terremoto de 1788 fue la torre de Arfa, hundida en esta última tanda.

[Este artículo se publicó el 20 de junio de 2011 en El Periòdic d'Andorra]


lunes, 17 de febrero de 2014

Biografia íntima de la Línea P

El historiador Albert Ibáñez Sanpol traza en La fortificació dels Pirineus el primer examen exhaustivo de los búnkers de la Cerdaña; la monografía se fija en los -así llamados en la terminología militar de la época- "centros de resistencia" de Martinet y completa el Parque de los Búnkers inaugurado en 2007.

Hasta no hace demasiado, pongamos que cinco años, los búnkers de la Línea P, la mayor obra de ingeniería militar del siglo XX español, eran poco más que siluetas fantasmagóricas que salpicaban el paisaje de la Cerdaña, del Alto Urgel e incluso de Andorra: fíjense bien si un día de estos, por una de aquella casualidades, pasean a los pies del Pic Negre, en el paraje de Camp Ramonet de Sant Julià de Lòria. Espectros que alimentaban la imaginación de unos poco iluminados, que cualquier conductor que circulaba por la N-260 veía a ambos lados de la carretera sin acabar de entender -¿qué es eso?- y de los que casi nadie sabía dar razón. La situación comenzó a cambiar en 2007 con la inauguración del Parque de los Búnkers de Martinet, y hace un par de años el también historiador Josep Clara publicó el primer y clarificador intento de sistematizar la poca información disponible en Els fortins de Franco, la biblia de la materia. Pues ahora es el turno de Albert Ibáñez Sanpol, que ha puesto su lupa de investigador en los dos centros de resistencia -esta es la terminología oficial que gastaba el ejército español de los años 40 para referirse a un conjunto más o menos autosuficiente de búnkers- levantados en la zona de Martinet i Montellà, en la Cerdaña. El resultado es Franco i la Línia P: la fortificació dels Pirineus, editado por Farell y que constituye una muy necesaria radiografía íntima y exhaustiva de los búnkers de este rincón de mundo.

Emplazamiento para ametralladora que domina la N-260 entre Martinet y la Seo de Urgel. Cada centro de resistencia constaba de unos setenta búnkrs como este; en la zona de Martinet hay dos de estos centros. Fotografía: Tony Lara / El Periòdic d'Andorra.

Íntima porque destripa todos sus secretos; exhaustiva porque el autor se ha pateado, GPS en mano, todos y cada uno de los búnkers de la zona que han sobrevivido hasta hoy. Y para los aficionados a la cosa bélica, una tentación imposible de resistir, porque invita a pillar el morral al vuelo y lanzarse a la apasionante aventura de cazar búnkers por los bosques de la Cerdaña. Apasionante... y adictiva, como decimos una cosa decimos también la otra. Unos datos básicos, antes de entrar en materia: la Línea P tenía que ser una colosal obra de ingeniería militar con la que Franco pretendía blindar los Pirineos con la erección de unas 10.000 fortificaciones entre el Port de la Selva (Gerona) y Hendaya (Guipúzcoa), distribuidos entre 166 de los llamados centros de resistencia. La construcción comenzó en otoño de 1944 y se prolongó hasta 1957, aunque en fecha tan temprana como 1947, coincidiendo con el perdón occidental al régimen franquista, se abandonaron las obras más importantes. En total, se llegaron a levantar la mitad de los 10.000 búnkers proyectados, de los que unos 2.850 fueron a parar al sector catalán de la Línea P.

La pregunta es obvia: ¿contra qué enemigo se erigió esta obra faraónica? ¿Contra los aliados? ¿Contra la Alemania nazi? ¿O contra los maquis que soñaban con derrocar a Franco y que aquel mismo otoño de 1944 protagonizaron la fracasada invasión del Valle de Arán? Ibáñez Sanpol repasa estas prometedoras hipótesis -¿y si Eisenhower hubiese decidido asaltar Europa por la península ibérica, en lugar de Italia?- y sorprende descubrir que si los aliados diseñaron hasta tres operaciones, tres, para ocupar la península -nombres en clave Pilgrim, Tonic y String, suenan bien- los nazis ya lo tenían todo previsto en fecha tan remota como 1942 con la llamada operación Ilona, y en 1943 disponían incluso de planes para fortificar los Pirineos para hacer frente a un hipotético desembarco aliado -por abajo, se entiende. Incluso Francia parece que soñó en algún momento de 1945 con una improbable expedición militar tras los Pirineos. Como se ve, candidatos a enemigo no le faltaban, a Franco, pero lo cierto es que cuando ordena la erección de la Línea P no se especifica cuál es el enemigo que los estrategas españoles tenían en la cabeza. Lo único que parece claro, dice Ibáñez Sanpol siguiendo la opinión de la mayoría de los autores, es que una fortificación  de esta magnitud y características era inútil contra las incursiones guerrilleras estilo maquis, las únicas que efectivamente tuvieron lugar.

Cada centro de resistencia contaba con un número variable de fortificaciones: en el caso de los de Martinet, unos 70 por barba. Los había de observación y de mando, para fusilería, antitanque y a cielo abierto, para morteros y para artillería antiaérea. Atención al coste, porque estamos a mediados de los años 40: entre 19 y 27 millones de pesetas cada centro de resistencia. Los búnkers estaban diseñados para resistir, en teoría, el impacto directo de proyectiles del calibre 155, y se completaban con parafernalia bélica que de hecho nunca se llegó a desplegar sobre el terreno, como tampoco el armamento que debía asegurar las posiciones: ametralladoras Hotchins y Alfa, morteros de 50 y de 81 milímetros; antiaéreas Oerlikon y cañones contra carro. El perímetro de cada centro se protegía -en teoría, claro- con fosos, minas y alambre de espino, y debía estar servido por un batallón de medio millar de hombres. Todo esto, claro, sobre el papel y antes de que a partir de mediados de los 50 la Línea P comenzara a caer en el olvido. Pero aquí está Ibáñez Sanpol para rescatarla. Vaya, que tenemos una cita en Martinet.

[Este artículo se publicó el 16 de marzo de 2012 en El Periòdic d'Andorra]

domingo, 16 de febrero de 2014

Billete de vuelta (el caso Charney V)

La intervención del cónsul argentino en Barcelona desencalla la repatriación del as de la aviación aliada enterrado en la Massana (Andorra); el permiso de la familia, pendiente de confirmación escrita, último trámite para que los restos del piloto sean trasladadas a la localidad de Bahía Blanca.

Hacía casi dos años que no hablábamos de él y la verdad, algunos ya habíamos perdido la esperanza de que la Operación Charney, la repatriación a su Argentina natal de los restos del aviador Kenneth L. Charney (Quilmes, 1920-la Massana, 1982) que reposan en el cementerio de la Quera, llegase un día a buen (aero)puerto. El papeleo, las dificultades de reunir los fondos necesarios y el aparente desinterés de la familia, que es la que en última instancia tiene que autorizar (o no) la repatriación, habían ido retrasando el desenlace de esta apasionante aventura promovida por el historiador militar Claudio Meunier, el hombre que con una perseverancia a prueba de Focke Wulff localizó los restos del aviador en el anónimo nicho 209 de la Quera. Todo esto ocurría en 2008. Como ven, cuando todavía no le habíamos visto las orejas al lobo de la crisis. Bueno, que entonces nos las prometíamos muy felices. Y todavía más cuando en 2010 el Comú de la Massana condonó el alquiler pendiente de la tumba -impagado desde 1988, se dice rápido- e identificó con una austera lápida el paradero de Charney. Con todo este ajetreo, no es extraño que Meunier llegara a anunciar para 2011 el regreso a casa del héroe.

Charney, a la cola de un He 111 con la esvástica nazi abatido sobre la base británica de El Daba en Egipto. Fotografía: Archivo C. Meunier.

Pero todo esto fue a parar al baúl de las buenas intenciones, y aquí parecía que iba a permanecer durante una buena temporada, quizás para siempre. Hasta ayer: la consejera de lo social de la Massana, Pilar Gabriel, contactó a través de La Querencia -la asociación que aglutina a buena parte de los argentinos residentes en Andorra- con el cónsul de su país en Barcelona, Felipe Álvarez de Toledo, de visita relámpago a la capital para resolver trámites consulares de sus conciudadanos. El objetivo era desencallar el dosier Charney. Y en este punto hay que decir, en honor a la verdad, que no deja de sorprender que haya sido precisamente el Comú quien haya tomado la iniciativa. El caso es que entre unos y otros el último vuelo de Charney parece hoy un poco más cercano que ayer. El cónsul Álvarez de Toledo confirmó ayer que el ministerio de Exteriores argentino gestionará ante las autoridades municipales de Bahía Blanca -la ciudad donde Charney se crió y donde Meunier considera que debe ser enterrado- la cesión de una tumba en El Recuerdo de Villa Harding Green, el barrio más populoso de la ciudad.

Para el tramo andorrano de la operación el dinero parece que no será un problema: la factura por la exhumación y la cremación de los restos del as ascendería -dice Gabriel- a poco más de 800 euros. Y excusará el lector que hablemos en términos tan fríamente contables de uno que abatió siete aviones del Eje, más otros seis tocados y cinco probables, por no hablar de las dos Distinguished Flying Cross -¡dos!- y el sobrenombre de El Caballero Negro que se ganó a pulso con la temeraria, casi suicida táctica de lanzarse de morros contra los escuadrones de bombarderos enemigos para romper la formación y proceder a liquidarlos uno a uno. En dos palabras: un as. De hecho, la cremación es uno de los aspectos que parece haber agilizado el expediente: a diferencia de un féretro, que requiere de un papeleo kafkiano para cruzar legalmente una frontera -y no digamos ya si son dos, la española y la argentina, y de postres hay que cruzar un océano y 10.000 kilómetros- la urna con las cenizas la puede guardar el interesado en la maleta, glups, sin necesidad de más trámites. Otra cosa es quien se hará cargo del pasaje de Meunier, si como parece el historiador es quien se encarga físicamente de la repatriación. Argentina, dice el cónsul, sólo intermediará con el consistorio de Bahía Blanca, pero no financiará la operación.

Cada día más cerca
Pero el escollo final, a estas alturas y después de un lustro no es tanto el dinero como la familia. Charney dejó viuda -June, con quien se casó en 1980 en la Massana, hoy residente en Sussex, Inglaterra- y dos hijas de un matrimonio anterior. Según Fernández de Toledo, es una de estas hijas, residente por su parte en los EEUU, con quien Meunier ha contactado y quien ha dado el consentimiento verbal para la exhumación, la cremación y la repatriación de los restos. Ahora sólo falta que estas buenas intenciones se traduzcan en un poder notarial sin el cual Charney jamás podrá moverse de la Massana. Así que de momento no hay ni calendario ni plazos, admite el cónsul, y todo está en manos de la hija norteamericana. Pero es bastante más de lo que teníamos anteayer y no nos engañemos, el apoyo de la cancillería argentina, ni que sea moral, constituye un aval en absoluto menor para una gestión de estas características. También lo es que el Comú de la Massana mantenga tres años después el interés en resolver favorablemente la última peripecia de Charney, y que Meunier haya encontrado en La Querencia un interlocutor transatlántico que le facilitará enormemente las gestiones.

En resumen: que el inquilino del nicho 209 de la Quera tiene fundadas esperanzas de adquirir más pronto que tarde billete de vuelta y ser recibido en Bahía Blanca como el héroe que es -un as de la aviación, y la máquina de matar más eficaz entre los 800 angloargentinos que se enrolaron en las fuerzas aéreas aliadas durante la II Guerra Mundial. Antes de terminar recordemos que Charney es uno de los pilotos que vuelan en El gran circo, las memorias de guerra del gran Clostermann; que fue el primero en descubrir lo que quedaba del 7º ejército pánzer en retirada, en las jornadas siguientes a Normandía -"¡Envíen a toda la aviación!"- en una gesta que ha pasado a los libros de historia -¡y a los videojuegos: vean Call of Duty!- con el nombre de la Bolsa de Falaise, y que el final de la guerra lo pilló en el Pacífico, a bordo del portaaviones HMS Smitter y a punto para la invasión de Malasia. Ah, sí: y que siempre, siempre desde que obtuvo las alas de combate, en mayo de 1941, pilotó un Spitfire, el héroe de la Batalla de Inglaterra. ¿Saben qué? Que me largo al bazar Valira a ver si queda una maqueta, quizá una Airfix, para armarla este fin de semana, que no tengo a la niña.

[Este artículo se publicó el 16 de noviembre de 2013 en El Periòdic d'Andorra]

sábado, 15 de febrero de 2014

Meunier: "Es cuestión de tiempo que los restos de Ken vuelvan a Argentina" (el caso Charney IV)

El aviador angloargentino Kenneth L. Charney, as de la II Guerra Mundial, yacía como saben los lectores olvidado en un nicho del cementerio de la Quera, en la Massana (Andorra), donde se estableció en 1980 y donde murió dos años después. Hasta que la constancia del historiador argentino Claudio Meunier (Bahía Blanca, 1970), que había reconstruido su periplo bélico en Alas de trueno y Nacidos con honor, lo rescató del olvido, esta segunda y definitiva muerte. El Comú de la Massana identificó en agosto de 2010 el nicho 209 con una humilde placa en memoria de Charney, y la sociedad civil de Bahía Blanca, donde el piloto se educó, se ha mobilizado para repatriar sus restos. El final feliz de esta historia está cada vez más cerca. O por lo menos, eso opina Meunier.

El historiador argentino Claudio Meunier, que localizó los restos de Charney en un nicho anónimo del cementerio de la Massana (Andorra), posa ante un Spitfire pelín más niquelado que los que el aviador angloargentino pilotó durante la II Guerra Mundial. Fotografía: Achivo C. Meunier.


-¿Cuándo y por qué se interesa en la figura de Charney?

-Hace una década me lancé a investigar la peripecia de los pilotos argentinos enrolados en los ejércitos aliados en la II Guerra Mundial. Charney me llamó la atención porque se alistó en la RAF sin haber concluido siquiera los estudios secundarios, algo realmente insólito. De hecho, lo habían expulsado tanto de su primer colegio, en Bahía Blanca, como del internado inglés adonde lo envió la familia para enderezarlo. Un caso, está claro, de notoria indisciplina.

-¿Qué tiene de singular el caso de Charney entre los 800 ciudadanos argentinos que se enrolaron en las fuerzas aéreas aliadas?
-Aparte de su registro -siete aviones enemigos abatidos, más cuatro probables y otros cinco dañados, récord absoluto entre los pilotos angloargentinos- Charney fue conocido por su temeraria, casi suicida táctica en combate. El mismo Clostermann, el gran as francés con quien voló en Normandía, evoca a Charney con admiración en su biografía, El gran circo.

-¿En qué consistía, esta táctica?
-Cuando descubría una formación de bombarderos, Charney enfilava su Spitfire de frente hacia el enemigo. Los pilotos alemanes se veían obligados a romper la formación para evitar el impacto, y a los cazas les resultaba más fácil abatirlo uno a uno. El mérito -temerario- de Charney consistía en mantener el rumbo aun sabiendo que si se encontraba entre los pilotos enemigos a uno como él, la colisión era inevitable. Él y otro aviador canadiense fueron los únicos entre los aliados con las narices suficientes para combatir así.

-¿Cómo localizó el destino final de Charney en Andorra?
-Pat Lang, una exnovia suya que vive en Argentina, me puso sobre la pista de sus hermanas, que hoy residen en Inglaterra. Ellas me informaron de su muerte en Andorra, en 1982. Creían equivocadamente que su cuerpo fue incinerado. Después tuve la fortuna de contactar con Miachel Leonard, uno de sus amigos andorranos, que me contó su triste final: murió de cáncer y casi en la miseria; su esposa, June Cherry, a duras penas pudo hacerse cargo del entierro. Fue el mismo Leonard quien descubrió el nicho donde Charney fue enterrado, y desde el Comú me lo confirmaron.

-¿En qué punto se encuentra la iniciativa para repatriar sus restos a Argentina?
-La atención que le han prestado los medios de comunicación ha levantado expectación; nos mobilizamos y en unas semanas reunimos 2.000 de los 11.000 euros que calculamos que costaría la operación. Hemos recibido importantes aportaciones a título individual, como la de Algie Middleton, veterano que fue compañero de Charney en la RAF. También se han interesado el capitán de navío Juan José Membrana, veterano de la guerra de las Malvinas que hoy trabaja en Aerolíneas Argentinas, y Óscar Luis Aranda Durañona, comodoro de la Fuerza Aérea. Es solo cuestión de tiempo.

-Su viuda, June, ¿está de acuerdo con la repatriación?
-Ella misma nos confirmó que el deseo de Charney era ser enterrado en un país.

-¿Por qué cree que se exilió en Andorra?
-Después de abandonar la RAF, en 1970, ejerció durante tres años como instructor de la fuerza aérea saudí. Se jubiló, regresó a la Argentina, probó en España y en 1980 se instala definitivamente en Andorra. Curiosamente, vivió sus últimos años muy cerca de Clostermann, vecino de Montesquiu. Pero por desgracia sólo lo supo después del fallecimiento de Charney. Una lástima.

-¿Cuál fue, en su opinión, la mayor victoria de Charney como piloto de caza?
-Según explica Clostermann, con quien había volado en el 602 escuadrón, en agosto de 1944 ellos dos y un tercer piloto, el noruego Johnsen, se toparon en Normandía con un escuadrón de 40 cazas alemanes, una formación mixta de Focke Wulff 190 y Me 109 pertenecientes al célebre escuadrón Richtofen. En lugar de retirarse prudentemente, como manda el sentido común -eran tres contra 40- entablaron desigual combate: abatieron cuatro cazas enemigos antes de que la artillería aliada ahuyentara a los alemanes, y salieron indemnes del encontronazo. Para rematarlo, hicieron una pasada final sobre la cabeza de playa en formación de V. Aquella acción le reportó a Charney su segunda Distinguished Flying Cross -la máxima condecoración del arma aérea de Su Graciosa Majestad.

-¿Qué aviones pilotó durante la contienda?
-Siempre voló el célebre Spitfire, en las versiones Vb, mientras estuvo estacionado en Inglaterra, con el escuadrón 91; el Vc Tropical, en Malta, con el 185 escuadrón; el Mk IX en Normandía, con el 602 escuadrón, y el Mk XIV al final de la guerra, con el 132.

-¿Lo tocaron alguna vez?
-Durante la campaña de Malta, a principios de 1942, un Me 109 le destrozó la cabina, y lo hirió de cierta gravedad en el rostro y en un brazo. Tuvo que efectuar un aterrizaje de emergencia sin tren de aterrizaje. Le gustaba contarlo diciendo que tuvo la suerte de haber salido del trance sin perder ni un solo diente.

-Sobrevivir a cuatro años de guerra tiene mérito.
-Por supuesto. Tanta longevidad no era habitual en un piloto de caza. Y más si tenemos en cuenta que efectuó más de 350 misiones. Peor vio caer a muchos colegas y eso le dejó tocado. Por eso siempre decía que en realidad él debería haber muerto muchas veces. El final de la guerra le dejó un enorme vacío. Era incapaz de llevar una vida familiar convencional, y por eso su mujer lo abandonó, llevándose con ella a las dos hijas que habían tenido.

-¿Cuál es su exacto lugar en los anales de la guerra aérea?
-Johnnie Johnson, el mayor as de la RAF, acreditó 33 victorias. Charney, la mitad, entre las confirmadas y las probables. En mi opinión, los registros alemanes .las 352 victorias de Eric Hartmann, sin ir más lejos- están hinchados. Hitler necesitaba héroes para su propaganda, y si hacía falta se los inventaba.

-Para terminar: ¿cómo cree que vivió Charney la guerra de las Malvinas?
-Como todos los veteranos argentinos de la RAF que he conocido, para quienes la soberanía del archipiélago es innegociable. De hecho, los hubo que se ofrecieron voluntarios y llegaron a pilotar aviones comerciales que transportaban soldados, medicinas, armamento y provisiones entre el continente y las islas. Y hubo, en fin, que al estallar la guerra se deshicieron de las condecoraciones ganadas con las alas de la RAF.

[Esta entrevista se publicó el 3 de noviembre de 2010 en El Periòdic d'Andorra]


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Closterman: "Si pretende suicidarse, que lo haga él solo"

20 de diciembre de 1943, en algún lugar al noroeste de Francia. Un escuadrón de la RAF formado por cuatro Hurricanes  y cuatro Spitfires atacan lo que parece una rampa de lanzamiento de las temibles V-1, las bombas volantes que al final de la guerra aterrorizaron Londres y que se erigieron en la penúltima baza de Hitler para cambiar el signo del conflicto. Falló, pero esta es otra historia. El caso es que después de una primera pasada, la artillería antiaérea alemana abate tres de los Hurricanes. Charney, líder del escuadrón, ordena a dos de sus Spitfires que escolten al Hurricane superviviente, y al tercero que lo acompañe en un nuevo y arriesgado raid sobre la base de las V-1: La sangre se me heló en las venas. Ken estaba completamente rodeado. Si pretende suicidarse, que lo haga él solo". Quien así habla es, atención, Pierre Clostermann, el mayor as de la aviación francesa en la II Guerra Mundial, que terminó con un score de 23 victorias confirmadas, que servía entonces a las órdenes de Charney en el escuadrón 602 City of Glasgow de la RAF. Y es uno de los muchos y jugosos episodios protagonizados por Ken que el piloto francés relata en El gran circo, su estupenda autobiografía de guerra. Hay que decir que en el raid de las V-1 Clostermann lo acabó acompañando, y que los dos salvaron el pellejo por bien poco, bien magullados y después de sendos aterrizajes de emergencia en el aeródromo de Dentley.

Charney, a la cabina de un Spitfire, recibe el saludo de Pierre Clostermann, el mayor as de la aviación francesa; sirvieron juntos desde finales de 1943 en el escuadrón 602 Ciudad de Glasgow, con base en Skeabrae. Charney es uno de los personajes que desfilan por las páginas de El gran circo, las memorias de guerra del piloto francés. Fotografía. Archivo Claudio Meunier.
Hasta aquí, el relato de una derrota casi humillante. Pero no se engañe el lector, porque estamos ante dos ases de los de verdad. Así que El gran circo abunda también en victorias igualmente in extremis. La que ha pasado a los anales de la guerra aérea es la que protagonizaron el 2 de julio de 1944, en plena campaña de Normandía y sobre los cielos de Caen. Clostermann, Charney y dos pilotos más del 602 -el capitán Frank y el noruego Jonsen- son atacados por una formación de 40 Focke-Wulff 190 alemanes. Parecen muchos, y más teniendo en cuenta el momento, con Hitler jugándose el todo por el todo en Normandía, pero no seremos nosotros los que dudemos de la palabra de Pierre. El caso es que el desigual combate termina sorprendentemente bien para los buenos: Clostermann abate tres cazas enemigos, y Charney, otros dos, en una acción que les reportó sendas Distinguished Flying Cross, la preciada DFC. Deportivamente, el francés reconoce en el libro que "ciertos factores nos daban ventaja: combatíamos a 120 kilómetros de nuestra base, mientras que los cazas boches lo hacían a 200 de la suya. Así que eran los primeros en abandonar". Aun así, es difícil concebir cómo cuatro Spitfires cazaron ese día cinco Focke Wulff y dieron a la fuga a otros 35, que no está nada mal.
Hay que decir que no todo fue este colegueo de color de rosa entre nuestros dos portentosos aviadores: en otra misión sobre Abbeville, en el Somme, en diciembre de 1943, el Spitfire de Charney estuvo a punto de colisionar en pleno vuelo con el de Clostermann, que se vio obligado a ejecutar una maniobra evasiva que lo puso a tiro de los antiaéreos alemanes, los temibles Flak. Aun hay más episodios conjuntos: el fallido bombardeo del transporte Munsterland en el puerto de Cherburgo, el desastroso ataque a un convoy en Bény-Bocage, el tedio de la vida en la base de Skeabrae, en las islas Orcadas, las escapadas por los tugurios de Londres... ¿Qué pensaba Ken de esta vida de guerrero del aire? Pues demos la palabra a Meunier, que ha husmeado en los diarios de nuestro as: "No es que matar me produzca placer, pero me siento realizado cuando veo un enemigo abatido. Nos hemos entrenado exactamente para esto, y desde el principio supe que llegado el momento aplastaría a los alemanes a la menor oportunidad". Es lo que tiene la guerra, que incluso a los buenos se les pone cara de malos.

[Este artículo se publicó el 16 de noviembre de 2010 en El Periòdic d'Andorra]


viernes, 14 de febrero de 2014

El año que hicimos la Revolución

El historiador Arnau González i Vilalta cuestiona en La cruïlla andorrana de 1933 el papel del obispo Guitart en los tumultuosos años 30 andorranos, y desvela la lista de solicitantes del sufragio universal, una de las causas del secuestro del Consell General

El calendario tiene estos caprichos: el miércoles inaugurábamos en Andorra la Vella un bronce en homenaje al obispo Guitart, el copríncipe episcopal de los convulsos años 20 y 30. Se lo describió entonces como un hombre especialmente próximo al pueblo, sinceramente preocupado por el mantenimiento de la neutralidad, la independencia y la soberanía nacional, y como uno de los artífices de los hitos en el camino hacia la Andorra moderna, desde la concesión de Fhasa -Fuerzas Hidroeléctricas de Andorra, SA, hoy Feda- hasta el fomento de la educación y la creación de un servicio de orden público. Casualidad o no, ni una palabra aquel día sobre 1933, uno de los años clave de su pontificado. Fue, para decirlo con la terminología que Arnau González i Vilalta (Barcelona, 1980) utiliza y reivindica sin las manías de otros historiadores, el año en que los andorranos hicieron la Revolución, el año en que los gendarmes franceses ocuparon el país, y el año en que los obreros de la hidroeléctrica -mayormente, catalanes- convocaron sendas huelgas generales, lo nunca visto por aquí arriba.

Por acción o por omisión, algo debía pintar en todo esto el señor obispo. Son precisamente estos prolíficos, apasionantes, decisivos doce meses los que el historiador catalán ha radiografiado en La cruïlla andorrana de 1933: la revolució de la modernitat (Cossetània). Guitart es, obviamente, uno de los protagonistas principales del volumen. Y no sale de él muy bien libardo, que digamos. Él obispo es uno de los responsables, dice el autor, de las "tensas" relaciones que la Mitra y el Consell General mantenían en la época. Más que tensas, prácticamente inexistentes: "Formalmente habían roto relaciones. Lo cierto es que el interlocutor principal del Consell era el delegado del copríncipe francés, que residía en Perpiñán. No digo que la actuación de Guitart fuera negativa, pero sí que tuvo un papel muy secundario y que tanto las autoridades andorranas como Francia lo dejaron de lado".

El historiador catalán Arnau González i Vilalta, autor de La cruïlla andorrana de 1933. Fotografía: Tony Lara / El Periòdic d'Andorra.
Eso, claro, según la documentación que ha podido consultar en los archivos diplomáticos franceses depositados en Nantes, y en los departamentales de Perpiñán: "Quizás si el archivo episcopal hubiera atendido alguna de las demandas que he cursado los últimos dos años y me hubiera permitido investigar tendría otros elementos de juicio", dispara. En fin, que entre las muchas novedades que aporta La cruïlla andorrana de 1933 conviene fijarse en la lista con las firmas autógrafas de los 240 andorranos que presentan al Consell General con las reclamaciones que darán lugar a la revolución. Reclamaciones tan revolucionarias como el sufragio universal masculino para los mayores de 25 años, la publicidad de las sesiones del Consell, hasta entonces secretas, y la modernización de la administración. La chispa prendió el 5 de abril, cuando un grupo de jóvenes irrumpe en la Casa de la Vall, sede del Consell -el parlamento andorrano- cierra la puerta y se conjura para no abandonar el recinto hasta que se acepte este programa de mínimos. ¿Merece todo esto el nombre de revolución? "Para la opinión pública catalana, española, francesa y europea en general, lo parecía. Tanto por el desconocimiento absoluto sobre la realidad andorrana como también porque aquello era un caramelo para la prensa barcelonesa. Es cierto que no se puede considerar un asalto al poder, un golpe de estado propiamente dicho. Pero la confluencia de las demandas de modernización, el ejemplo de la política española y la tensión social derivada de la presencia de centenares de trabajadores de Fhasa sí que permiten hablar de revolución, si la entendemos como sinónimo de irrupción de la modernidad".

Apellidos que suenan
¿Quiénes son los instigadores de la revolución? González i Vilalta cita a los miembros de Unió Andorrana, el primer protopartido del país, donde aparecen nombres como los de Cinto Riberaygaua, Antoni Picart, Esteve Sirés y Manuel Cairat, muy influenciados por los emigrados a Barcelona y Besiers. Más que imponer una ideología, su programa consiste en una reforma de la administración que incida en la sanidad y en la educación y que sustituya el rudimentario aparato estatal existente en ese momento: "Los podríamos definir como progresistas o modernizadores, pero en el contexto andorrano del momento no es mucho decir porque cualquier reforma era modernizadora por definición". Sostiene el historiador que presunta la existencia de un partido profrancés y de otro favorable a la Mitra es una ilusión alimentada por la prensa catalana que no respondía a la realidad. Tampoco los elementos catalanistas, aglutinados en torno a Bonaventura Armengol, tuvieron influencia alguna más allá de las proclamas meramente retóricas.

Y llegamos así al otro momento álgido del año: la ocupación ejecutada por un escuadrón de medio centenar de gendarmes franceses comandados por el coronel René Baulard. La entrada se produjo el 18 de agosto, a iniciativa del copríncipe francés y con la aquiescencia del obispo Guitart, y se prolongó hasta el 9 de octubre. Lo explica también Antoni Morell en 52 dies d'ocupació? Pero, ¿por qué se decidió a intervenir, Francia? Por el cambio de régimen electoral, que los copríncipes no podían aceptar porque no se les había consultado; por la conflictividad laboral de Fhasa, el no reconocimiento del Consell por parte del veguer francés, y por la destitución del mismo Consell aprobada por el Tribunal de Corts. Todo esto es lo que convenció a Francia de que debía enviar un cuerpo de gendarmes para controlar a los obreros, disolver el Consell y convocar nuevas elecciones.

¿Se puede hablar propiamente de ocupación? "La operación se diseñó como una ocupación en toda regla: cierre de fronteras, control de las comunicaciones interiores, destitución de las autoridades locales... Y todo esto, en un país que los franceses consideraban algo propio y que tenían que tutela y proteger de posibles injerencias extranjeras. La prensa catalanista hizo especial énfasis en la ocupación, pero también la británica e incluso la norteamericana", arguye Vilalta, que añade que el especial talante de Baulard y la elección de los gendarmes entre la tropa catalanohablante ayudó a atenuar entre los andorranos la sensación de ocupación extranjera: "Aunque el hecho es que la presencia de los gendarmes fue muy mal recibida por la población". La ocupación es una buena excusa para lanzarnos a la historia-ficción y elucubrar con una hipotética anexión de Andorra (a Francia, se entiende): "Tanto los catalanistas como las autoridades españolas pretendían también apropiarse del país. El clima anticlerical de la II República parecía el escenario propicio para un cambio de soberanía. Pero había dos factores que lo impedían: la preocupación por el contagio catalanista, que preocupaba tanto en Madrid como en París, y la tajante negativa francesa a admitir la sustitución de la Mitra por el presidente de la República española. Los franceses preferían un socio menor y manejable como era el obispo de Urgel". Guitart mismo.