Incursiones relámpago, estilo Sturmtruppen, en episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y las dos postguerras, con ocasionales singladuras a alta mar, a ultramar y si conviene incluso más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

miércoles, 22 de enero de 2014

Jordi Longarón, dibujante de 'Hazañas Bélicas': "El destino de un ilustrador es el olvido"

Ostras, tú: ¡Hazañas Bélicas! ¿No oyen el terrorífico silbido de un Stuka en pleno picado, el sudor denso del artillero de cola de un B-29 que intuye la ráfaga de un Flak del 88, el impacto directo de un Panzerfaust sobre la desgraciada tripulación de un Sherman? Una generación de lectores -y sus epígonos de la siguiente- veló sus primeras armas en los cuadernillos apaisados de la mítica serie creada por Guillermo Sánchez Boix, Boixcar. Jordi Longarón (Barcelona, 1933) se enroló en 1950, ilustró dos decenas de episodios y sobre todo concibió el marine que se ha convertido en marca de la casa. El salón del cómic de la Massana le consagra un monográfico con las planchas de un cuadernillo de 1956 -Retirada de Birmania: ¡la jungla nos espera, hummm!- y medio centenar de portadas de temática bélica por encargo de la francesa Éditions du Gerfaud. Les dejo con Longarón, un clásico; yo salgo disparado al bazar Valira a ver si encuentro la maqueta de un Spitfire -ta-ta-ta- para irla armando antes del viernes, cuando se inaugura el salón.

-Medio siglo largo como dibujante, y le recordamos como el autor del marine de la portada de Hazañas Bélicas. ¿Duele?
-Al contrario: me hace ilusión. Mi problema, y el problema de los dibujantes de mi generación, es que cuando comenzamos a trabajar para el extranjero desaparecimos del mercado español. Aparte de Hazañas Bélicas, había dibujado infinidad de portadas de novelas baratas, de aquellas de a duro, pero a partir de 1956 empiezo a trabajar para Francia, primero, luego para Inglaterra, Alemania, los países nórdicos y finalmente los EEUU. Por eso, el grueso de mi obra apenas se ha visto en España. Así que a veces pienso que es un auténtico milagro que alguien se acuerde de mí.

-Vamos a por el marine de portada: ¿de dónde lo sacó?
-Estamos en 1956. En aquella época trabajaba como jefe de estudio de Toray. El director, Antonio Ayné, me pidió una maquetación para unos álbumes que iban a incluir tres episodios cada uno. Y se me ocurrió el soldado este, muy suelto para que se diferenciara e la viñeta de Boixcar para la portada. Pero no le gustó. Insistí y al final cedió, y tuvo tanto éxito que todavía se usa.

-¿Se inSpiró en algún soldado real?
-No, no. Buscaba documentación, por supuesto, para que el vestuario y el armamento fuesen realistas. El subfusil, por ejemplo, es un Thompson auténtico, con todos sus gadgets. Pero en la época no existía Internet y la documentación había que pescarla en revistas ilustradas de la guerra que todavía corrían por los rastros: la americana Victor y la alemana Signal, sobre todo.

Longarón creó el marine de portada de Hazañas Bélicas en 1956, que rápidamente se convirtió en el sello de la serie. Para documentarse se inspiró en las imágenes de revistas ilustradas de la II Guerra Mundial como la americana Victor y la alemana Signal. Dibujo. J. Longarón.


-Personalmente, ¿le interesaba, la II Guerra Mundial?
-Por supuesto: recuerdo a mi padre, de niño, pendiente todo el día de las noticias de la radio. Crecí con la guerra de fondo, y después leí mucho sobre ella. Así que creo que trabajaba desde el conocimiento que permitían las modestas posibilidades del momento.

-Las Hazañas transcurren principalmente en la II Guerra Mundial, pero también en la de Corea, que hoy nos parece a muchos -sospecho que a la mayoría- un acontecimiento remoto, casi marciano.
-Así es. Pero en la época tuvo un gran eco. Pero en mi opinión, y desde un punto de vista estético, en la viñeta funcionaba mejor la guerra mundial.

-Los chinos comunistas eran malos de una pieza, sin remisión; en cambio, entre los alemanes había alguno que era casi, casi bueno.
-Era Boixcar, que los hacía parecer medio buenos, a los alemanes. Yo trabajaba sobre guiones de Ayné, que no los hacía tan humanos. Pero era evidente que en los años 50 un comunista era malo de verdad, sin matices, mientras que los americanos eran indiscutiblemente los buenos.

-Hoy alguien los tildaría de belicistas; incluso de sexistas.
-Hay que verlo en el contexto de la época: el género bélico arrasaba en el cine y la percepción sobre estos asuntos era otra. Hazañas Bélicas fue una de las muchísimas series de esta temática que se publicaron entonces en España. El género funcionaba.

-¿Qué juicio le merece Hazañas Bélicas, vista en perspectiva?
-Creo que estaba bien hecha; Boixcar cuidaba el dibujo y también el guión, que era suyo. No es el típico guión de tebeo, con palos, titos y poco más. Destilaba un cierto humanismo.

-¿Y el Longarón de las Hazañas?
-Me incorporé como aprendiz a principios de la segunda época, hacia 1950 -hay que tener en cuenta que la primera etapa, en 1948, fue un fracaso y sólo se publicaron 29 cuadernillos semanales. Yo tenía 14 años, imagínate, y como es de suponer dibujaba fatal. No tenía ni idea y aprendí poco a poco. Cuando lo miro hoy, veo defectos por todas partes.

-Boixcar: evóquenos su figura.
-Cuando entré en Toray él ya era un dibujante consagradísimo, muy agradable, que siempre me trató como a un colega más y no como al aprendiz que yo era. Tenía una enorme experiencia: había sido sargento en la Guerra Civil, había huido a Francia cuando la derrota republicana, lo habían internado en varios campos de concentración y cuando estalló la II Guerra Mundial se enroló en un batallón de trabajadores extranjeros en el norte de Francia, con la mala suerte de que lo capturaron los alemanes. Pero él contaba que se había escapado, que había cruzado el país -¡a pie!- y que pudo regresar a España porque no tenía causas pendientes. El caso es que lo dejaron en paz. Parecía un artista de cine americano, siempre vestido de tomo y lomo. Pero era una persona cordial y accesible.

-En cambio, les tenía simpatía, a los alemanes.
-Sí, y no entiendo por qué. Quizás porque -según contaba- no lo habían tratado del todo mal. Claro que a él lo capturaron al principio de la guerra, cuando los alemanes debían estar todavía eufóricos.

-Como dibujante, ¿es justo, su semiolvido actual?
-En el fondo, semiolvidados -u olvidados del todo- los estaremos todos más pronto que tarde. El destino de los ilustradores es en cualquier caso el olvido. Pero esto no es ni triste ni dramático; es normal, porque cambian los gustos y cambian las modas, y los lectores jóvenes ni nos conocen.

Jordi Longarón se enroló en Toray, editora de Hazañas Bélicas, en 1950. Aprendió el oficio al lado de Boixcar, el creador de la serie, y desde mediados de los 50 trabajó para sellos de Francia, Inglaterra, los países nórdico y Alemana. En los 70 creó el personaje de Friday Foster, que protagonizó unas tiras que se publicaron en diarios norteamericanos como el New York Times y el Chicago Tribune. Fotografía: Archivo J. Longarón.

-Por lo menos, las Nuevas Hazañas Bélicas y la reedición de las clásicas le han rescatado del limbo. ¿Qué opinión le merece, este revival?
-Prácticamente no las he visto. Es que -perdone que se lo diga- estoy apartado del mundo de la ilustración desde que me jubilé, en 2004 y después de 56 años de profesión. Tenía suficiente, tenía ganas de tocar otras teclas. He dejado aparcada la ilustración, y no sigo a mis colegas.

-¿Qué personajes o dibujantes le han gustado más?
-De niño era un fanático de Jesús Blasco, el de las aventuras de Cuto, en la revista Chicos; de mayor, claro, enseguida admiré a los americanos, los Milton Canif, Raymond, Robbins... Entre los españoles, Víctor de la Fuente y Alfons Font. Hoy, Pellejero y, sobre todo, Bernet.

-¿De qué parte de su obra se siente más satisfecho?
-Creo que pudo tener un cierto interés mi etapa inglesa, en los años 60, para revistas como Valentine, Marilyn y Roxy; también las portadas de Best Sellers, otra colección de novelitas del Oeste que publicaba Toray, y finalmente mi etapa como portadista para Gerfaud. Aquí es donde cristalizó mi estilo y constituye -en mi opinión- lo más interesante de mi obra.

-Quizás le hubiera ayudado que se lo identificara con un personaje en concreto...
-Lo tuve: Friday Foster, una tira que publiqué en diarios de los EEUU. Pero tenía un defecto: la protagonista era una fotógrafa de moda. Negra. Y a principios de los 70 todavía persistía en los EEUU un cierto racismo. Mientras que en los periódicos del Norte y de la Costa Este -New York Times, Chicago Tribune, Los Angeles Times- funcionaba sin problemas, no lo publicó ningún diario del Sur. Alguno que lo llegó a comprar sin saber el argumento, lo desechó cuando descubrió que Friday era negra.

-Negra, fotógrafa y sexy. ¿Algo que ver con la Valentina de Crepax?
-Nada. Pienso que fue un personaje -mi Friday, quiero decir- demasiado avanzado para la época, que si se hubiera publicado no sé, quizás veinte años después, quizás hubiera tenido mejor fortuna. Pero la verdad es que si por algo se me conoce en los EEUU es precisamente por Friday Foster. Es el personaje con el que se me asocia.

[Esta entrevista se publicó el 15 de marzo de 2013 en El Periòdic d'Andorra]


martes, 21 de enero de 2014

'Tout va très bien, madame la marquise'

La epopeya de los pasadores -ya saben, los contrabandistas y resistentes que durante la II Guerra Mundial ayudaron a miles de fugitivos de la Europa ocupada a cruzar clandestinamente los Pirineos- tiene un inquietante, casi secreto lado oscuro: la leyenda negra, según la cual algunos de estos guías o passeurs traicionaron, expoliaron, abandonaron e incluso asesinaron a los hombres y mujeres a quienes se habían comprometido -previo pago- a conducir hasta la seguridad del consulado británico en Barcelona. La última monografía sobre este tráfico clandestino aporta algo de luz sobre un asunto difícil de documentar y por el cual la historiografía académica ha pasado comprensiblemente de puntillas.

Entre las siete expediciones que Francis Aguila reconstruye en Les cols de l'espoir: passage des évadés de France, 1942-1943, tiene precisamente por este motivo especial interés la que en noviembre de 1942 condujo el aragonés Lazare Cabrero, antiguo combatiente republicano reconvertdio en guía de la red Ponzán, y que terminada la II Guerra Mundial se instaló en Andorra. Cabrero había de conducir a cinco hombres desde Tarascón hasta el Principado. Después de tres días de viaje, la expedición cruzó el 25 de noviembre el Port de Siguer, llegó a la Cortinada, ya en territorio andorrano, y se refugió en Casa Tort. Pero faltaba uno de los expedicionarios: el periodista y militante socialista Jacques Grumbach, desaparecido durante el trayecto. Siete años después, y durante un levantamiento geológico del pico des Aigles, fueron localizados y rescatados los restos de Grumbach, y en 1953 se abría en Foix un proceso por el que se acusaba directamente a Cabrero de haber liquidado al fugitivo para robarle el dinero que llevaba encima, cuenta Aguila. El guía alegó que Grumbach había resultado herido de gravedad en una pierna a consecuencia de una caída, y que los pasadores tenían la consigna superior de eliminar o abandonar en la montaña a los clientes que pudieran entorpecer hasta tal punto la marcha que pusieran en peligro la seguridad del resto del convoy. Siguiendo según él estas consignas, había disparado a Grumbach en la cabeza y se había deshecho del cadáver. Con el mismo argumento -evitar que las patrullas alemanas pudieran seguir su rastro- justificó la sustracción de la documentación del desdichado periodista (glups) y de los 7.000 francos que llevaba en la cartera. Sorprendentemente, el tribunal lo absolvió.

Aguila reconstruye en Les cols de l'espoir la peripecia de siete expediciones a través de los Pirineos, incluida la del polémico guía Lazare Cabrero, acusado en 1953 de asesinar a uno de sus fugitivos. Resultó absuelto.


Hotel Coma y Radio Andorra
Esta es, como decíamos, una de las siete historias recogidas por Aguila en un volumen donde Andorra y los guías locales tienen especial protagonismo. Habitualmente, digámoslo de una vez, con un papel mucho más honroso y no tan polémico como el del aragonés, tan sospechoso aun con el indulto en el bolsillo. En cualquier caso, que la huioda a través de los Pirineos, normalmente en invierno y superando pasos de más de 2.500 metros para ponérselo difícil a las patrullas alemanas era una gesta peligrosísima en que muchos dejaron el pellejo, como prueban no sólo el caso de Gumbarch sinó también la notici ade la muerte por congelación de expediciones enteras, como los ocho cuerpos encontrados al pie del pico de l'Albeille, a un paso de la salvación. Lo recoge el autor en el capítulo dedicado al paso de Réné Bosc, vecino de Montauban i marinero del Panthère, torpedero anclado en Tolón. A mediados de mayo de 1943, Bosc entraba en tierra andorrana por el Port del Rat -otra vez- y se refugiaba en el albergue Grau de Arinsal, "siempre abierto a los perdidos en la montaña", dice el autor. El destino final de Bosc era Casablanca, en el Marruecos francés, para unirse a las fuerzas de la Francia Libre.

La expedición más multitudinaria que Aguila documenta es la que en agosto de 1943 acabará con un heterogéneo grupo formado por una veintena larga de militares, jóvenes franceses que huían del Servicio de Trabajo Obligatorio y desertores alemanes refugiados en el hotel Coma de Ordino, otro destino habitual de los fugitivos. Con el añadido de que el protagonista de este relato, el piloto François Séguélas, contactará con un tal Vidal, trabajador de Radio Andorra, para alquilar los servicios de una red de pasadores que los conduzca hasta Barcelona: son, según Aguila, "contrabandistas que han cambiado el tráfico de mercancías por el mucho más rentable transporte de personas entre Andorra y Francia". Quien sabe si este grupo era el de Forné y Baldrich...

El hotel Coma será también sinónimo de salvación para Pierre Dalloz, uno de los fundadores del maquis de Vercors, que se refugia en Ordino a principios de noviembre de ese mismo año. Este Dalloz acabará ganando la seguridad del consulado británico en Barcelona gracias a las gestiones -dice Aguila- de nuestro Bonaventura Armengol. Les cols de l'espoir termina con la peripecia de una última expedición formada por 22 jóvenes de Tarascon que en mayo de 1943 cruzaron Andorra camino del norte de África. Llegados, cómo no, al hotel Coma, la consigna para que los familiares que habían quedado atrás supiesen que habían llegado sanos y salvos sería la canción Tout va très bien, madame la marquise, que debía de emitirse por Radio Andorra. Y la marquesa, aquella vez, sonó.

[Este artículo se publicó en 2009 en El Periòdic d'Andorra]

lunes, 20 de enero de 2014

Enric Marco, o el falso deportado: dos entrevistas

[El caso Marco. Ya saben, el falso deportado que llegó a la presidencia de la Amical Mauthausen de Barcelona, se convirtió en infatigable propagandista de la causa de los exdeportados y fue reconocido por la Generalitat con la Creu de Sant Jordi, la máxima condecoración catalana. Una carrera que terminó abrupta e inopinadamente en abril de 2005, cuando el historiador Benito Bermejo descubre y hace pública la impostura. Uno tuvo ocasión de entrevistar a Marco en su plenitud, cosa que no tiene mayor mérito porque durante unos años fue el deportado mediático por excelencia. Y por dos veces. La primera, en abril de 2004, con ocasión de una de sus giras por institutos del Alto Urgel; la segunda, al año siguiente, con motivo de un reportaje por el 60º aniversario del fin de la II Guerra Mundial, y justo antes de estallar el caso.

Decir ahora que soltaba su discurso con tanto aplomo como frialdad y que todo en él sonaba raro es muy fácil; como difícil es mantener los mecanismos del escepticismo ante un exdeportado que (supuestamente) ha pasado las mil y una. Cuando algún conocido me critica la candidez, la facilidad con la que tantos periodistas picamos el anzuelo, suelo contestarle que no íbamos a pedirle a precisamente a Marco, presidente de la Amical, Creu de Sant Jordi de la Generalitat, sus credenciales de superviviente del horror nazi. Tampoco le pedimos al decano del Colegio de Abogados o del Colegio de Médicos su título de licenciado. Pero es un sofisma: picamos, y sólo nosotros fuimos culpables. En cualquier caso, la segunda entrevista tuvo lugar a finales de abril de 2005, en el despacho que Marco tenía en la sede de la Amical de Mauthausen, y cuando él ya sabía la que se le avecinaba. Quizá por eso se limitó a repetir el discurso y se mostró especialmente, sospechosamente esquivo. Pero ahora, cualquiera; como decimos en catalán, "tu, quan li veus el cul, dius que és femella" (Tú sólo dices que es hembra cuando le has visto el trasero)]

Viaje al infierno nazi: "Der Spanien, andere tag"

El 22 de abril se cumplen 59 años de la liberación del campo de concentración de Flossenburg. El barcelonés Enric Marco, que ingresó en el campo a finales de 1943, es uno de los 2.000 republcianos españoles que sobrevivieron a la deportación. Seis decenios después evoca la vida cotidiana en el infierno, las vejaciones constantes, la convivencia conla muerte y la mala consciencia de los supervivientes. Pero también os actos de dignidad que mundeaban en el submundo del sistema concentracionario. Y el deber de no olvidar.

"Quedamos pocos. En Cataluña, no más de treinta; en toda España, quizás el doble. Supongo que es por esta razón por la que estos últimos años hemso asistido a una cierta reivindicación de nuestra memoria. Pero estamos a punto de desaparecer: para el 60º aniversario de la liberación de los campos, que celebraremos el año que viene, no hemos superado las 150 invitaciones... ¡en todo el mundo!" Lo advierte Enric Marco (Barcelona, 1921), un auténtico superviviente. De la Guerra Civil española, de la primerísima resistencia antifranquista y de la diáspora republicana, que acabó con 7.300 rojos en los campos de concentración -entre 7.189 y 7.288, según un estudio de la Fondation pour la mémoire de la Deportation citado por la historiadora Rosa Toran en Vida i mort dels republicans als camps nazis.

Cinco mil de ellos no volvieron nunca. Marco, sí. ¿Por qué? Enérgico, sanguíneo, incansable divulgador de la experiencia de las víctimas del sistema concentracionario nazi desde la Amical de Mauthausen de Barcelona, lo tiene en este punto claro: "No dejé el pellejo en Flossenburg de pura chiripa". Una suerte que se le presentó en forma de sonrisa. La que le dedicó a loficial de las SS que en el momento de seleccionar a dedo a los 25 internos del barracón 18 que iban a ser ejecutados como castigo colectivo por un intento de evasión pasó de largo cuando llegó a la altura de nuestro hombre: "Tenía el presentimiento de que ese día me tocaba. Así que cuando el oficial se plantó delante de mí, laventé la vista, lo miré directamente y le dediqué la sonrisa más seductora que jamás haya dedicado a nadie. Él me apuntó con el dedo y escupió: 'Der Spanien, andere tag'. El español, otro día. El caso es que aquel SS seleccionó a otro pobre desgraciado, y siempre me quedará la duda de si ese hobre murió en mi lugar". Tambiñehn tuvo que ver, en la supervivencia de Marco, su oficio de mecánico, que le abrió las puertas del taller de reparación de fuselajes para aviones Messerschmitt -la joya de la Luftwaffe- instalado al lado de Flosssenburg para aprovechar la mano de obra esclava. Un destino que en aquel infierno se podía considerar un auténtico privilegio porque le permitía esquivar el kommando que trabajaba en la cantera del campo y mejorar la ración diaria de alimentos y tabaco -que era la moneda de cambio en el campo.

Enric Marco, en abril de 2004 en la Seo de Urgel, adonde acudió para presentar una exposición sobre la deportación y desfiló por los institutos de la localidad. Fotografía: El Periòdic d'Andorra.

Pero la peripecia de Marco, como la de sus compañeros de infortunio republicanos, había comenzado mucho antes. Exactamente, el 18 de julio de 1936, con la revuelta de una parte del ejército contra la legalidad republicana. Siguiendo, dice, la tradición familiar, se afilió en la CNT -"Que hoy no es nada, pero que en aquellos momentos era la fuerza poklítica e incluso social más significativa que existía en Cataluña", puntualiza- y participó en la frustrada invasión de Mallorca enrolado en la centuria Roja y Negra. Concluye el periplo militar en la 26a división, la antigua columna Durruti, con la que es herido en el frente del Segre. La victoria nacional lo pilla convalesciente en Montserrat, reconvertido en la época en hospital militar. En lugar de emprender el camino del exilio, decide regresar a Barcelona para organizar la incipiente resistencia antifranquista. Pero la clandestinidad se interrumpe abruptamente en las Navidades de 1941, con una delación y la caída de sus compañeros de célula, que le aconseja cambiar de aires y abandonar España. "Pero fue alejarme del fuego para caer en las brasas: la gendarmería pétainista me cazó al poco de desembarcar en Marsella y me entregó a los alemanes. Acabé trabajando como mecánico en la base de submarinos de Kiel. ¡Montábamos unos enormes motores Mercedes de 20 cilindros en V que eran una preciosidad! Allí descubrí que aflojando de cierta manera las válvulas la compresión fallaba. Y esto fue mi perdición: el 6 de marzo de 1942 la Gestapo me detuvo, acusado de sabotaje, alta traición y conspiración contra el III Reich: ¡nunca en la vida he vuelto a ser tan importante!"

Marco pasará nueve meses ebn una celda de aislamiento -"Querían que delatara a la red de la que supuestamente formaba parte. Pero no existía, porque siempre he ido a mi aire. Esta es una de las razones por las que hoy estoy aquí: cuantas menos cosas sabes, mejor para los demás; y cuanto menos saben los otros, mejor para ti"- hasta que es condenado en consejo de guerra a reclusión indefinida.

La vida cotidiana en un campo de concentración
Mauthausen es el primer contacto de Marco con los campos. Un destino provisional antes de ingresar a finales de 1943 en Flosenburg. Su campo, donde (sobre)vivirá hasta la liberación. Unos de los primeros en construirse, por cierto, con Buchenwald y Dachau, a partir de 1933. A diferencia de Birkenau, Chelmno, Sobibor y Treblinka, campos de exterminio puro que no disponían ni de alojamiento para los deportados -pasaban directamente desde los trenes a las cámaras de gas- Flossenburg era un campo de trabajo. Primera puntualización: "Todos los campos de concentración eran campos de exterminio. Lo que ocurre es que en lugares como Flossenburg a los internos se les liquidaba trabajando. Pero todos los campos tenían su cámara de gas y sus hornos crematorios" El sistema concentracionario estaba diseñado para humillar, despersonalizar y explotar hasta reventar -en ocasiones, literalmente- a los prisioneros, que podían ser alquilados a grandes corporaciones industriales -Siemens, Bayer, Ig Faber, entre otras- a cambio de un salario que iba a parar a los bolsillos de las SS. Una jornada laboral normal en Flossenburg comenzaba a las 4 o a las 5 de la madrugada, según si era verano o invierno.

Había que dejar el jergón impecable -bajo la vigilancia amenzadora del kapo del barracón- antes de desfilar a toda pastilla hacia las letrinas, con el tiempo cronometrado para que no todos los prisioneros pudieran pasar por este humillante trance. Y siempre a la vista de los demás, por supuesto. La (digamos) higiene personal dejaba paso al recuento matutino, uno de los momentos más temidos por los internos: "Eran un auténtico martirio, porque se podían eternizar horas y horas, en posición de firmes y a temperaturas que podían llegar a los -30º -y no olvidemos que vestíamos aquellos infames pijamas de rayadillo, no abrigos de invierno. Así, hasta que las cuentas salían. Y no siempre cuadraban, bien porque se descontaban, o porque sencillamente, alguien se había muerto durante la noche o se había dejado vencer por el espíritu del campo y decidía no levantarse de la litera. Nosotros mismos teníamos que estirarlo para que saliera... Una vez hecho el recuento -que se repetía al atardecer, a la vuelta del trabajo- comenzaba la jornada laboral: diez o doce horas diarias." A las pésimas condiciones hay que añadir la deficiente alimentación, que consistía en un sucedáneo de café y cuscurro de pan -el único alimento sólido que recibían durante todo el día- y el rancho de la comida y la cena, "un líquido con tronchos de nabo, alguna verdurita y cortezas de patata. ¡Aquello era comida para caballos!" Los únicos momentos de ocio eran los domingos: "Hasta 1942 los republicanos españoles -considerados apátridas por los alemanes, después de que Serrano Súñer se desentendiera de nosotros- estábamos completamente desaparecidos. No existíamos para la Cruz Roja y no nos permitían ni escribir a casa. A partir de entonces nos concedieron 25 líneas cada seis meses para enviar una postal y decir que estábamos bien (!). Y basta".

El "espíritu del campo", diagnosticado por Amat-Piniella en la novela K. L. Reich, es el estado de abandono que inducía a algunos de los internos a renunciar a la supervivencia. Marco lo plantea con tanta crudeza como claridad: "Los más jóvenes tenían más posibilidades de sobrevivir, no sólo por una cuestión de resistencia física sino sobre todo por la forma de asumir la reclusión. Los de mi quinta llegábamos ligeros de equipaje, sin responsabilidades familiares, y si éramos españoles con la experiencia añadida de años de exilio y de ir dando tumbos por el mundo. Para los que habían dejado atrás una familia o tenían que convivir con la angustia de saberla internada en otro lager... La sensación de haberlo perdido todo hacía que algunos abandonaran cualquier expectativa y que buscaran la muerte de forma deliberada". Son los "musulmanes", "tarados" o "idiotas", en el argot del campo, absolutamente dominados por una apatía que los conducía a la muerte.

La promiscuidad del campo generaba extrañas afinidades, así como también enemistades previsibles: los rojos españoles intimiban fácilmente con franceses y checos, en cambio, "los polacos pensaban que éramos unos comecuras y violadores de monjas". En la cúspide del sistema estaban los temidos kapos, "delincuentes comunes, pero alemanes, de sangre aria". Las castas más bajas las ocupaban judíos, eslavos y gitanos, directamente destinados al exterminio. "En estas condiciones no había lugar para el heroismo. Como mucho, para puntuales actos de dignidad, como velar por un compañero enfermo, que te permitían recuperar parcialmente la autoestima... hasta que la volvías a perder al cabo de nada. Después de pasarlo tan mal, de soportar tantas vejaciones, la idea de ser valiente ni se te pasaba por la cabeza".

La proximidad de la liberación, que en Flossenburg tuvo lugar el 22 de abril de 1945, fue paradójicamente la causa de los últimos tormentos que tuvieron que afrontar los internos, aterrorizados ante las órdenes de Himmler de desmantelar los campos y trasladar a los deportados al interior de Alemania: "Nosotros éramos testigos de la barbarie y sospechábamos que iban a eliminarnos para que no puediéramos contarlo, o como un último gesto de desesperación ante la inminente derrota. El temor era que con la excusa de un bombardedo nos concentraran en los túneles en que habían camuflado las fábricas subterráneas y los dinamitaran o nos gasearan. El algunos lugares llegó a ocurrir. En Flossenburg, no, quizás porque veían próximo el momento de ajustar cuentas y al final la única obsesión de los alemanes era huir de los rusos y entregarse a los americanos". La amaneza, sin embargo, no cesó con la liberación: Marco recuerda el peligro que comportaba cruzarse accidentalmente con grupos de soldados alemanes en retirada, completamente desorganizados y que no dudaban en liquidar a los deportados que encontraban fuera de los campos.

Entre las secuelas que sufrieron los supervivientes de los campos, una de las más terribles es la mala consciencia, que Marco plantea en los términos siguientes: "Por Flossenburg pasaron 100.000 deportados, y sólo sobrevivimos 27.000. Menos de la cuarta parte. ¿Por qué unos murieron y otros nos salvamos? ¿Hasta qué punto soy culpable de aquella sonrisa que le dediqué al oficial nazi, y que comportó que otro murierra quizás en mi lugar? Hay quien no pudo soportarlo, quien no fue capaz de encontrarle un sentid a la vida despuçés de todo esto. Otros habían dejado su familia en España y, al no poder regresar, volvieron a formar otra en el exilio y así olvidar el pasado, pero también mujer e hijos... Todo esto pasa factura, sobre todo cuando las condiciones físicas comienzan a mermar. A veces no puedes evitar preguntarte de qué sirvió, sobrevivir, o que tú hubieses podido ser unon de los que no salió con vida del campo".

A los que no dejaron el pellejo, el campo les robó lo mejor de la vida. Como a Marco, que llegó a Flossenburg "antes del primer beso y del primer amor". La derrota definitiva. Marco, que volvió a Barcelona en 1946 y que sobrevivió en la clandestinidad hasta la muerte de Franco, opuso una vitalidad y un optimismo que conserva intactos a sus 84 años, y que lo llevaron a la presidencia de la Amical de Mauthausen de Barcelona y a una frenética campaña de conscienciación pública con centenares de conferencias en escuelas e institutos catalanes, "porque los chavales de hoy no saben nada de nada de los campos nazis. Con nuestro trstimonio intentamos despertar su curiosidad, que reflexionen sobre las causas de todo aquello, que resumiría en el convencimiento de la supremacía racial que comportaba la esclavización de los no arios".

Contra el olvido y la banalización
Como cada año, sant Jorid lo sorprenderá a miles de kilómetros de Sant Cugat del Vallés, la localidad barcelonesa donde reside. En Flossenburg, por supuesto, conmemorando la liberación del campo por las fuerzas del III Cuerpo de ejército norteamericano. La suya es una lucha contra el olvido que amenaza con sepultar la barbarie nazi. Su arma es la palabra y el testimonio que da allí donde lo solicitan -dos semanas atrás visitó las escuelas de la Seo de Urgel, invitado por el consejo comarcal del Alto Urgel. No siente rencor, asegura, contra los civiles alemanes que decidieron no saber que a escasos cientos de metros del pueblo de Flossenburg se levantaba aquella fábrica de muerte: "Y ahora menos que nunca, porque te das cuenta de que todos cerramos los ojos a cosas terribles que suceden a nuestro lado y que no les prestamos atención hasta que nos tocan de cerca", afirma en alusión a los atentados del 11-M en Madrid. Pero avisa de la persistencia de preiódicos abscesos de racismo: "El verano pasado acompañé a Ravensbruck [el tristemente célebre campo de concentración femenino] a chicos de tres institutos catalanes. Intentamos que se relacionaran con los chicos del pueblo, y resultó imposible. Hasta en los bares se negaban a servirles una consumición."

Marco considera que es mas pernicioso el  "oscurecimiento" y la "relativización" -dice- del fenómeno concentracionario que no su negación. "Quieren olvidar, pasar página. Las grandes empresas que se vieron implicadas en el exterminio pretenden finiquitar su mala consciencia a coia de indemnizaciones. Sobre todo ahora, que quedamos pocos. Quieren comprar cuatro años de esclavitud por 8.000 o 10.000 euros, y liquidar así el asunto. Pero si nos olvidamos de lo que psaó, volverá a ocurrir, advierte. La otra gran amenaza es la banalización, que ilustra con tres ejemplos que rozan el sarcasmo: "Como se encuentran cada vez más cerca de las aglomeraciones urbanas, los terrenos que couparon los campos resultan muy tentadores. En Flossenburg luchamos ahora para que no permitan el trazado de una avenida que lo dividiría en dos. No es impensable, porque en Ravensbruck abrieron un supermercado, y en Auschwitz, ¡una discoteca! Que no nos quiten la memoria, que es lo único que tenemos". Una banalización de la que no escapan, remata Marco, películas como La lista de Schindler. Atención, en cambio, a La zona gris, de Tim Blake, y a K. L. Reich, "porque son otra cosa". Huelen a verdad de la buena. Palabra de exdeportado.

[Este artículo de publicó en abril de 2004 en la revista Informacions]

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Deportado nº 6.448 en el campo de concentración de Flossenburg

"Aquel día tenía el presentimiento de que me había llegado la hora. Tenían que escoger al azar a 25 internos del barracón 18 para una ejecución de castigo por un intento de evasión. Cuando el oficial de las SS se quedó petrificado ante mí, levanté la vista, lo miré a los ojos y le dediqué la sonrisa más seductora que nunca he esbozado. Él me apuntó co el dedo y gritó: "Der Spanien, andere tag" ("El español, oto día"). El caso es que aquel SS eligió a otro desgraciado en mi lugar". Éste es el terrible dilema moral, el sentimiento de culpa con que se enfrentan desde hace seis décadas los supervivientes de los campos de concentración. El protagonista de esta historia es Enric Marco (Barcelona, 1921), que había ingresado en el campo de Flossenburg en 1943. La misma (mala, pésima) suerte que corrieron los más de 7.200 ciudadanos españóles -entre 7.189 y 7.288, según la historiadora Rosa Toran- que tuvieron que colgarse en Buchewald, Dachau, Dora, Ravensbruck o Mauthausen el triángulo azul con la S de Spanier en los infames pijamas a rayas de deportados. Menos de la tercera parte sobrevivió al cautiverio. Hoy, los supervivientes de aquella odisea pueden contarse con los dedos de una mano. La lista de la Amical Mauthausen, que Marco preside, ha quedado reducida a una decena de exdeportados: Neus Català, Marcel·lí Garriga, Vicenç Enric Mac, Antoni Ivern Eroles, Josep Jornet, Marcial Mayan, Edmon Gimeno, Joaquim Valcells, Antoni Lozano Bonafont y el mismo Marco.
Mauthausen fue su primer contacto con el sistema concentracionari, y llegó de rebote, como un castigo más a los nueve meses en régimen de aislamiento que acababa de pasar en la prisión de Kiel acusado de sabotaje, alta traición y conspiración contra el III Reich -que ya es alto honor- en la cadena de montaje de motores para submarinos donde trabajaba como mecánico. El caso es que era cierto. Mauthausen fue tan solo una estación de paso hacia su destino definitivo: Flossenburg. Otra vez, su oficio de mecánico le salvó la vida y obtuvo una preciada plaza en el taller de reparación de fuselaje de aviones Messerchsmitt anejo al campo. La vida cotidiana en Flossenburg -que Amat Piniella, él mismo exdeportado, describe con mano maestra en K. L. Reich, la novela definitiva (en catalán) sobre el sistema concentracionario nazi- era un infierno que comenzaba a las 4 de la madrugada: había que dejar el colchón impecable, desfilar a toque de silbato hacia las letrinas y pasar el recuento matutino, que se podía alargar horas y horas, hasta que cuadrabam los números, con los internos en posición de firmes en la Apellplatz y a temperaturas, dice, de hasta -30ºC. Y después, a trabajar: doce horas diarias, seis días a la semana, con una alimentación consistente en un sucedáneo de café y un cuscurro para desayunar, y el mismo rancho para la comida y la cena: "Un líquido dudoso con tronchos de nabo y cortezas de patata".
No había lugar para el heroísmo, advierte. Como mucho, para puntuales actos de dignidad como velar al compañero enfermo. Y así, un día tras otro hasta la liberación, que a Flossenburg llegó el 22 de abril de 1945. Marco fue uno de los 14 españoles que se contaban entre los 27.000 supervivientes del campo: el resto de 73.296 deportados que ingresaron en él nunca más salió. Su peripecia, recogida en Memòria de l'infern, de David Bassa i Jordi Ribó, había comenzado nueve años antes, con el Alzamiento del 18 de julio. Afiliado a la CNT, fue herido en el frente del Segre. Terminada la Guerra Civil se queda en Barcelona para reorganizar la resistencia antifranquista, pero en las Navidades de 1941 una delación le obliga a refugiarse en Marsella. La gendarmería petanista lo caza inmediatamente después de desembarcar, y de Marsella pasa a los astilleros de la base de submarinos de Kiel, adonde volverá una vez acabada la guerra antes de instalarse definitivamente en Barcelona, en 1946. Siempre con la misma desazón: "¿Por qué unos nos salvamos y otros murieron? ¿Hasta qué punto soy culpable de aquella sonrisa de complicidad que le dediqué al oficial nazi, y que implicó que otro desgraciuado muriera en mi lugar? Los hubo que no lo soportaron, que no pudieron encontrarle sentido a la vida".

[Este artículo se publicó el 6 de mayo de 2005 en la revista Presència]

sábado, 18 de enero de 2014

La Mata Hari de los Pirineos

Francis Aguila reconstruye en Passeurs d'hommes et femmes de l'ombre el periplo bélico de Reine Cazal, agente al servicio de los alemanes que se infiltró en las redes de pasadores que operaban des el Arièja

A vueltas con los pasadores: hace apenas una semana transcendía la defunción de Quimet Baldrich, el penúltimo de los hombres de la red que Antoni Forné dirigía desde el hotel Palanques, en la Massana, y días atrás informábamos aquí mismo de la reciente publicación de La princesse de San Julia, la novela en que el laurediano Hugues Lafontaine ha convertido a Baldrich y sus compañeros de gesta en héroes de ficción. Pues no se vayan todavía, aún hay más, y de la mano de Francis Aguila, historiador del Arièja que hace tres temporadas nos soprendió con Les cols de l'espoir, donde reconstruía el periplo no sólo de los pasadores sino también y sobre todo -y he aquí su gran aportación a todo este asunto- el de un puñado de fugitivos con nombre y apellido que se convirtieron durante la II Guerra Mundial en el precioso cargamento que transportaban los contrabandistas de la libertad.

Salvoconducto expedido en noviembre de 1943 por las autoridades franquistas a nombre de Lore Hertzberger, judía alemana que con su marido, Eddie, huyeron de Alemania y atravesaron los Pirineos a través de Andorra. En el documento se especifica que entró en España "clandestinamente". Fotografía: Archivo F. Aguila / Passeurs d'hommes.

Aguila reincide ahora felizmente y con Passeurs d'hommes et femmes d'ombre, en que vuelve a fijarse en las peripecias de una docena larga de fugitivos para los que Andorra acabó convirtiéndose en sinónimo de libertad. Hay de todo, desde el militar de carrera que llevado de su celo patriótico decide pasar los Pirineos para unirse a los ejércitos de la Francia Libre (Émil Cantarel), hasta el matrimonio de judíos alemanes que huye de un destino fatal en los campos de exterminio (Lore y Eddie Hertzberger) o el joven francés que pretende evitar el Servicio de Trabajo Obligatorio para los alemanes. Están también, por supuesto, los guías, pasadores o "caminadores", como prefiere denominar Claude Benet (Guies, fugitius i espies) a estos hombres de acción. Juan Aguila, por ejemplo, padre del autor y de quien hablaremos en breve, que -avancémoslo ya- acabó cargando piedras en la tristemente célebre cantera de Mauthausen, y que fue una de las víctimas del que es, probablemente, el personaje mas novelesco, inquietante y a la vez fascinante de este volumen revelador: Reine Cazal, la Mata Hari de los Pirineos, agente doble al servicio del Abwher -el contraespionaje alemán, para entendernos- infiltrada en las redes de pasadores y que se erigió, si las cuentas de Aguila (hijo) se acercan a la realidad, en el enemigo más formidable al que se enfrentaron los pasadores que operaban desde el Arièja -como Albert Moles, otro viejo conocido nuestro.

Del hotel Coma a Mauthausen: con billete de vuelta
Aguila la describe como una mujer entre los 25 y los 27 años -que ya es precisar- y vecina de la localidad de Foix, en el mismo departamento del Arièja, donde su hermano ejercía por lo visto de policía. Siempre ayuda, un pariente bien colocado. Se decía bailarina profesional -el toque Mata Hari- y poseía según le cuentan al autor una belleza "diabólica". Aprovechaba su dominio del español para frecuentar los círculos de republicanos en el exilio, un nido de resistentes y de pasadores, en Tarascon, Auzat y Vicdessos. Y Aguila le coloca la desarticulación de las principales redes de la zona, con víctimas ilustres como Peyrevidal, Simon Salas y Jose Fibla, Philippe Amiel, Jean Fournier y Robert Édouard, Antonio García, Felipe Espino y media docena de nombres más. Una auténtica bestia negra de la Resistencia que también está en el origen, dice el autor, de la caída de su padre en manos de la Gestapo.

Viajemos atrás en el tiempo hasta el 7 de junio de 1944, al día siguiente de Normandía. La derrota de Hitler es sólo cuestión de tiempo. A Juan Aguila, el Día H lo pilla en el hotel Coma de Ordino, escenario clásico en la epopeya de los pasadores, hasta done había conducido a un "importante personaje" por cuenta del MI-5 británico. De vuelta a casa, y pasando por el Port del Rat, cae en una emboscada. Acabará en Mauthausen, de donde no saldrá hasta la libración del campo, el 6 de mayo de 1945: sobrevivió, de acuerdo, pero cuando salió de Mauthausen pesaba... ¡38 kilos!

Juan Aguila, padre del autor y miembro de la cadena de Bourgogne-Brandy. Capturado en junio de 1944, fue internado en Mauthausen y sobrevivió a la guerra; cuando el campo fue liberado pesaba 38 kilos. La imagen está fechada en Tarascón, en octubre de 1942. Fotografía: Archivo F. Aguila / Passeurs d'hommes.

Más suerte tuvo Gabrielle Cécile Picabia, la esposa del pintor y cerebro de una de las redes que operaban desde Perpiñán y que, descubierta por la Gestapo, tiene la fuerza y la fortuna de huir. Formaba parte del mismo convoy de Cantarel -al que hemos conocido al principio de esta reseña- y nos la encontramos en abril de 1943 otra vez en el Coma, que tiene a lo largo del libro una presencia continúa y siempre salvadora. De Cazal sólo sabemos su nombre, hay que suponer un alias de guerra, pero no su final: ¿se libró de las represalias que colaboracionistas y simpatizantes sufrieron con la derrota nazi? ¿O fue una de las miles de tondues que con la Liberación fueron paseadas y escarnecidas en tantas ciudades francesas? El que sí que lo pagó caro fue un colega de Cazal, un tal Josep I. -no se acaba de entender este prurito en ocultar la identidad de un personajillo así- que vendió a la Gestapo un convoy integrado por 23 jóvenes franceses que conducía hasta Andorra, y que fue condenado a 20 años de trabajos forzados. Un nombre más en la lista negra de esta siniestra historia al lado de Lazare Cabrero, cuya carrera, por cierto, también desveló Aguila en Les cols de l'espoir.

[Este artículo de publicó el 10 de enero de 2012 en El Periòdic d'Andorra]

viernes, 17 de enero de 2014

Albert Villaró: "Batet apoyó a Companys, Cataluña se independizó y no hubo Guerra Civil..."

Terenci Moix, Baltasar Porcel, Teresa Pàmies, Llorenç Villalonga, Josep Maria Castellet... ¡Ufff! Estos son algunos de los figurones de la literatura catalana -y, por qué no, peninsular- con los que el novelista andorrano Albert Villaró (la Seo de Urgel, 1964) comparte desde la noche de Reyes el palmarés del premio Josep Pla de narrativa en catalán, que con una bolsa de 6.000 euros no forma ni remotamente parte, cosa curiosa, de los galardones mejor dotados de la literatura catalana, pero que es de los pocos que se ha mantenido al margen de los pucherazos que todos sospechamos en los premios mayores. O por lo menos, eso es lo que nos han vendido con cierto éxito los editores; es decir, Destino.

Villaró se lo adjudicó con Els ambaixadors, novela en la que el padre de Boix el Viudo -el prota de Azul de Prússia y de L'escala de dolor- se estrena en el prometedor campo de la ucronía literaria.Sí, hombre, este género que juega con la historia alternativa -¿qué hubiera pasado si...? Por eso los anglosajones lo llaman What if...?- y que en España (y alrededores) es prácticamente desconocido, con la excepción que el mismo autor nos dirá enseguida. Un tocho de 800 páginas, en fin, Els ambaixadors, que si traemos hoy aquí a colación es porque por él desfilan cerca de 300 personajes, la mitad de los cuales históricos, dese Companys, Franco y Sanjurjo hasta el obispo de Urgel, Iglesias Navarri, copríncipe que fue de Andorra, y Esteve Albert, y todo a cuenta de una premisa oportunísima, visto cómo está el patio en el noreste peninsular: estamos en 1949 y Cataluña, independiente desde los Fets d'Octubre de 1934 -ya saben, Companys saliendo al balcón de la Generalitat en la plaza de San Jaime y proclamando la República catalana... ¡con el apoyo del general Batet!- intena recuperarse de las secuelas de una II Guerra Mundial en que se implicó -siempre en la imaginación de Villaró- al lado de los buenos, claro, al precio de una invasión alemana. La red de espías que la Gene mantenía en Madrit ha sido desarticulada, y el ministerio del Interior catalán envía  la capital española a Esteve Farràs, falso mosén retirado en  Andorra y antiguo elemento de las cloacas de la seguridad del estado catalán, para cazar al topo y resolver el marrón. Unos cuantos que ustedes y yo sabemos se estarán relamiendo solo con pensar que todo esto pudo pasar... En fin, que el 6 de febrero lo encontrarán en las librerías. De momento, en catalán.

-¿Pesa, todo un Josep Pla en el bolsillo?
-Pues sí. Mucho. Por el palmarés y por el prestigio que tiene. Es un galardón bien considerado entre la profesión, con mucha proyección y bien situado de cara al Día del Libro. Todo esto me obligará, claro, a poner toda la carne en el asador y a estar a la altura de las expectativas. Con mucho gusto, por supuesto. Pero déjame añadir que pesan más sus Obras Completas que el galardón.


-Ya que lo tenemos casualmente con nosotros, ¿nos avanza la trama de la novela?
-La premisa inicial es la siguiente: en lugar de reprimir a Companys y a los suyos cuando el 6 de octubre de 1934 proclamó el Estado Catalán, Batet le presa su apoyo. A partir de aquí, la historia será muy diferente a como la hemos conocido; se proclama una República catalana y no estalla la Guerra Civil, por ejemplo.

-Así que Batet desobedeció órdenes, en esta fascinante historia alternativa...
-Sí, porque tuvo la premonición de que acabaría fusilado por los suyos. Y así fue: juzgado en consejo de guerra por los nacionales, fue condenado a muerte y ejecutado en febrero de 1937.

-...y que así nos ahorramos una Guerra Civil...
-Así es, aunque persistió cierta hostilidad entre España y Cataluña.

-...pero Cataluña se vio involucrada en la II Guerra Mundial. No se puede tener todo.
-Efectivamente, se aliena al lado de las democracias parlamentarias europeas. España, en cambio, juega la carta de la neutralidad, la misma que jugó Franco -pero ahora, con Sanjurjo como jefe del estado- y se ahorra la visita de las tropas nazis.

-Por cierto, ¿qué pasó con Franco?
-Pues que murió el 18 de julio de 1936. El Dragon Rapide se estrelló. ¡Sabotaje!

-Pues usted es una de las escasas personas que podrá responder a esta pregunta: ¿qué se siente al liquidar a un dictador (aunque sea de forma preventiva)?
-Una gran satisfacción literaria.

El novelista andorrano Albert Villaró, la noche de Reyes en el hotel Ritz de Barcelona, donde desde 1968 tiene lugar la entrega del premio Josep Pla de narrativa en catalán. Patrocina editorial Destino. Fotografía: Joan Puig (El Periòdic de Catalunya).

-Y Andorra, ¿qué pinta en todo este embrollo?
-Pues se erige en una isla de neutralidad, como sucedió en la realidad histórica.

-¿Quién es mosén Farràs, el protagonista?
-Hijo de Tor, en el Pallars, estudia en el seminario de la Seo,  y antes de cantar Misa deja los hábitos y se va a Barcelona. Estamos en los años 30, en plena fiesta, así que mi Farràs se mete en todos los fregados y siempre desde primera línea.

-Ideológicamente, ¿dónde lo ubicamos?
-En un sector intermedio entre ERC y Estat Català. Cuando se proclama la República catalana, y en atención a su impecable currículum de hombre de acción, ingresa en las fuerzas de choque y se mueve como pez en el agua en las cloacas del nuevo estado.

-Hasta que acaba en Andorra. ¿Por algún motivo en concreto?
-Evidentmente, pero no lo puedo desvelar porque incurriría en un caso inédito de autospoiler.

-Volvamos con el pobre Batet, burro y apaleado: apoyando a Companys en 1934, ¿no se habría convertido en un general golpista, exactamente igual que Franco y compañía dos años después?
-Hummm... Es una cuestión de legitimidad.

-¿No estamos hablando más bien de legalidad?
-Yo no: creo que estamos hablando de legitimidad. Pero no entraré en debates de este tipo porque Els ambaixadors es pura especulación. He escrito una novela, no una tesis de filosofía política.

-La ucronía que construye en ella, ¿coincide con la forma en que a usted le hubiera gustado que discurriera la historia?
-Lo que yo querría es que las cosas hubiesen ido de otra manera desde mucho antes. Pongamos que desde Atenas. Mi ideal seria que el mundo se pareciera a la Florencia de finales del siglo XV. La de mi novela es sólo una historia posible. Un juego. Y como juego, tendría mucha menos gracia si la situara en una Arcadia.

-Se trata en cualquier caso de un género, este de la historia alternativa, muy poco transitado en las literaturas peninsulares.
-Que recuerde, existe por lo menos una estupenda novela en catalán, Paraules d'Opoton el Vell, de Tísner, en que especula con que fueron los aztecas los que descubrieron Europa en 1492, desembarcando en la costa gallega. En castellano, En el día de hoy, de Jesús Torbado, imagina una victoria republicana en la Guerra Civil. Y en inglés está Fatherland, de Richard Harris, magnífica: nos transporta a los años 60, a una Europa bajo la férula nazi. Las tres las leí hace tiempo, y no me atrevería a afirmar que me han servido de modelo. Recuerdo, eso sí, la mucha gracia que me hizo en su momento esta reelaboración, por no decir corrección de la historia en que consiste el género.

-En Els ambaixadors combina la novela histórica que ha cultivado en L'any dels francs con el género negro de Guárdame las vacas y Azul de Prusia. La cuadratura del círculo.
-Yo no le pondría etiquetas. En mi novela hay un poco de todo, como en las que me gusta leer: hay acción, por supuesto, pero también momentos más reflexivos y digresivos... Una novela de Le Carré, salvando las obvias distancias, no la puedes despachar diciendo que es una de espías. Le Carré reflexiona siempre sobre la condición humana, sobre la triste condición humana. Y esto le hace trascender el género concreto.

-¿Quiénes son, los malos ?
-Muchos, de todo pelaje y de todo el espectro ideológico. Malos, antagonistas y némesis. De todo.

-Permítame que insista: estamos en 1949 y la Generalitat mantiene una red de espías en Madrid. Esto quiere decir que las relaciones entre los dos... estados no son precisamente idílicas.
-Digamos que Cataluña y España tienen puntos de vista diferentes. España continúa siendo una dictadura, solo que con Sanjurjo en lugar de Franco. Pero con los mismos ingredientes esencialmente fascistas.

-Le hemos oído afirma que la novela la está cociendo desde hace por lo menos diez años. Vamos, que no tiene nada que ver con el -digamos- proceso soberanista. Y el jurado, ¿cree que también lo ha visto así? ¿No habrá visto la ocasión de subirse a la ola?
-Pienso que han escogido la novela que les ha gustado más. Así me lo han hecho saber y no tengo por qué dudar de su palabra.

-En cualquier caso, ¡qué casualidad! ¿No le parece?
-Pienso que no es una novela oportunista. ¡¿Que coincide con un momento digamos propicio?! Pues perfecto. Pero un artefacto de 800 páginas no lo escribes ni en un año ni en dos. No me he apuntado a ninguna moda.

-¡800 páginas! Ostras, si juega usted en la liga de Las benévolas. ¿Era necesario, tanto papel?
-Es una novela de larga gestación y, si se me permite, ambiciosa. Cuando haces el esfuerzo de crear un mundo alternativo no te puedes quedar en 300 páginas. La trama es compleja y necesita recorrido. Pero es a la vez ágil, o eso creo, con capítulos breves donde continuamente ocurren cosas. Es un artefacto complejo por donde pulula una pequeña multitud de personajes.

-¿Cuántos, para que nos hagamos una idea?
-Unos 300, la mitad de los cuales, reales. Hasta 1934, claro. A partir de entonces, sus peripecias son ficticias. Y al final incluyo una breve biografía de cada uno donde cuento lo que les ocurrió después de la novela.

-¿Hay banda sonora, como en L'escala de dolor y en La primera pràctica?
-Pues sí: la Novena de Beethoven.

-¿A cargo de alguien en concreto?
-Claro. Pero hasta aquí puedo leer.

-¿Quiénes son los embajadores del título?
-Hay unos cuantos. Y me temo que cada lector encontrará los suyos.

-Con el trabajo de promoción que se le avecina, sospecho que aparcará por unos meses las nuevas peripecias del  viudo Boix. Qué lástima.
-Estoy agotado, así que no veo el momento de volver a escribir. Tengo seis o siete imágenes en la cabeza -así es como empiezan mis novelas- pero todavía no sé cuál será la siguiente.

-Para acabar: y ya que es el nuevo Josep Pla, ya sabe que él acostumbraba a decir que leer novela después de los 40 es una...
-...bobada.

-Exactamente. Y entonces, escribir, ¿qué sería?
-Pla me encanta, por supuesto. Pero lo que opine un personaje como Pla sobre cuestiones morales no me preocupa en exceso, como comprenderás.

[Esta entrevista se publicó el 8 de enero de 2014 en El Periòdic d'Andorra]

jueves, 16 de enero de 2014

El as que recuperó el nombre (el caso Charney III)

La Massana identifica la tumba hasta ahora anónima de Ken Charney, aviador angloargentino y as de la II Guerra Mundial

A veces, el ejercicio del periodismo depara pequeñas, íntimas satisfacciones personales como la que motiva este artículo. Verán: un par de años atrás, en noviembre de 2008, El Periòdic d'Andorra recogía en un reportaje titulado El héroe sin nombre del nicho 209 el tristísimo destino de los restos de Kenneth Langley Charney (Quilmes, Argentina, 1920-la Massana, 1982), olvidados en una tumba anónima del cementerio del Bosc de la Quera, en la Massana (Andorra). El historiador argentino Claudio Meunier -autor de Alas de trueno y Nacidos con honor, donde recoge las peripecias de sus paisanos enrolados en las fuerzas aéreas aliadas durante la II Guera Mundial- las había localizado en este rincón, después de años de pesquisas y de que incluso la familia de Charney hubiera dado sus restos por perdidos.



La tumba de Charney en el cementerio de la Quera, antes (arriba) y después de que el Comú de la Massana identificara con una humilde lápida a su ilustre inquilino. La fecha de nacimiento de Charney es errónea: vino al mundo en 1920, no en 1902. Fotografía: El Periòdic d'Andorra.


Pues no. No estaban perdidos sino simplemente olvidados y, eso sí, en peligro inminente de deshaucio porque el alquiler del nicho se dejó de pagar en 1988 y durante todo este tiempo se había acumulado una deuda de 1.291 euros. Y ya se sabe que no le puedes ir a la burocracia con romanticismos. O sí, aunque sólo sea por una vez, porque a raíz del reportaje el Comú de la Massana contactó con Meunier, comprobó los datos y en verano pasado [2010] la corporación acordó colocar en el nicho 209 una modesta lápida -"Aquí va ser enterrat Kenneth Langley Charney, heroi de la II Guerra Mundial"- que honra la memoria de su ilustre inquilino. Meunier, además, se ha asegurado de que Cahrney acabe, glups, en el osario mientras reúne los cerca de 11.000 euros que, calcula, le permitirían saldar deudas y repatriarlo a la Argentina, donde según la viuda de Ken -nos permitiremos llamarle por su nombre- nuestro hombre había manifestado en vida la voluntad de ser inhumado.
El final redondo de esta historia será por lo tanto una tumba como dios manda en el cementerio de Bahía Blanca, la ciudad donde vivió hasta los 13 años y donde, gracias a la profesión de su padre -ejecutivo de la compañía Anglo Mexican Petroleum- conoció a pioneros de la aviación como Antoine de Saint Éxupéry -el autor, ya saben, de Vuelo de noche y El principito, y piloto celebérrimo entonces enrolado en la línea postal que operaba en la Patagonia. Así que nuestro Ken parecía predestinado a una vida aérea. Y lo consiguió al estallar la II Guerra Mundial: él fue unos de los cerca de 4.000 ciudadanos argentinos que se alistaron en los ejércitos aliados. Charney lo hizo en la RAF, la fuerza aérea británica, y a finales de 1943 inició su periplo bélico en la defensa de Malta. Fue aquí donde consiguió la primera de las siete victorias -con el derribo de un Macchi 202 italiano: es la guerra- que coleccionó hasta 1945. Es verdad que no son las 12 de Chuck Yeager, pero en cualqiuer caso son suficientes para entrar en el olimpo de los ases -que requiere un mínimo de cinco aviones abatidos; enemigos, claro- y lo convierten en el más letalmente eficaz de los pilotos argentinos que tomaron parte en la guerra. Y si Yeager combatió a la cabina de un Mustang P-51, el formidable caza norteamericano que se enfrentó con éxito a los Focke-Wulff alemanes, no menos mítioco es el Spitfire de Charney, el auténtico héroe de la Batalla de Inglaterra.


Charney posa en 1944 con su Spitfire, bautizado con el nombre de Jean en honor a su novia de entonces. Fotografía. Archivo Claudio Meunier.

Estrés bélico
En Malta se ganó el sobrenombre de Caballero Negro por su temeraria táctica de combate, que consistía en atacar de frente los escuadrones de bombarderos alemanes para provocar la desbandada y proceder a eliminarlos uno a uno. Una versión aérea del clásico a ver quién se aparta primero. Pero su momento de mayor gloria militar la vivió en 1944 sobre los cielos de Normandía, donde tuvo a sus órdenes -atención- a Pierre Clostermann, el gran as francés -23 victorias en sus alas, casi nada- y donde fue el primer piloto aliado que descubrió lo que quedaba del VII Ejército pánzer en retirada, una acción célebre que ha pasado a los libros de historia -y a Call of Duty- con el nombre de Bolsa de Falaise. Charney desfiló a lo largo de la guerra por los escuadrones 185, 602 y 132 de la RAF. Y con este último fue tranferido al Pacífico en diciembre de 1944 y estacionado en Sri Lanka -entonces, Ceilán- a la espera de la orden para invadir Malasia. Pero no llegó a entrar en combate contra Japón. Al final de la guerra entra al servicio de Lord Mountbatten, el último virrey de la India, y reingresa inmediatamente en la carrera militar, que abandona en 1970. Después de un breve período como instructor de la fuerza aérea saudí, se establece en España y a mediados de los 70 recala definitivamente en Andorra -primero en Soldeu, luego en la Massana- con June Cherry, con quien se casaría en 1980 y a quien Meunier ha localizado por fin en el condado de East Sussex, en el suroeste de Inglaterra.
La experiencia béñlica lo dejó profundamente tocado -de hecho, su primera mujer, con quien no llegó a contraer matrimonio y con quien tuvo dos hijas, lo abandonó en 1945- y según recordaba en 2008 Michael Leonard, que lo trató de cerca en sus años andorranos, "nunca fue capaz de adaptarse a la vida civil: decía que durante la guerra había vivido 50 vidas, se lo veía cansado y hastiado". Meunier aún va un poco más allá: "Al final de su vida se abandonó al alcohol y murió de cáncer en 1982, probablemente a causa de las radiaciones procedentes de las pruebas nucleares de 1959 en la isla de Christmas, que presenció. Murió solo y en la pobreza, y ningún fammiliar asistió al entierro".
De hecho, y según el Comú, June se marchó del país sin pagar siquiera los servicios funerarios. Añade Meunier que para sobrevivir acabó vendiendo las condecoraciones militares de Ken, incluida la Distinguished Flying Cross (DFC), la máxima distinción de larma aérea británica, que recibió en dos ocasiones. Así que podemos considerar casi un milagro que sus restos hayan resistido hasta hoy en el nicho 209 de la Quera. "Es una lástima que una vida tan intensa acabe de manera tan triste y anónima", remataba Leonard dos años atrás. La rara sensibilidad que ha mostrado en este asuntop el Comú de la Massana le restituye mínimamente el lugar que le corresponde en nuestra memoria colectiva, tan escasa en héroes de verdad, y hace justicia ni que sea póstuma a unos de los hombres que contribuyeron con hechos -y no con mera retórica- a la derrota del nazismo en Europa.

[Este artículo se publicó el 18 de octubre de 2010 en El Periòdic d'Andorra]

miércoles, 15 de enero de 2014

El héroe sin nombre del nicho 209 (el caso Charney II)

El historiador argentino Claudio Meunier localiza en una tumba anónima del cementerio de la Massana los restos de Ken Charney; el piloto, as de la aviación aliada de la II Guerra Mundial, murió en 1982

Esta historia tiene un final triste. Tristísimo, porque acaba en un nicho con número pero sin nombre del cementerio de la Massana: el 209. En esta tumba sin lápida, cubierta solo por una gris capa de cemento, descansan los restos de Kenneth Langley Charney (Quilmes, Argentina, 1920-la Massana, Andorra, 1982), piloto angloargentino y as de la aviación aliada de la II Guerra Mundial, doblemente condecorado por el rey Jorge con la Distinguished Flying Cross -la máxima condecoración del arma aérea británica- y con una hoja de servicios que incluye siete aviones del Eje abatidos, cuatro más probables, y otros cinco dañados. Vale: no son las 352 vistorias de Hartmann, pero tampoco nos pondremos ahora exquisitos. Unas cifras, en fin, que lo convierten si no en e lmejor, por lo menos en el más letal de los cerca de 800 pilotos angloargentinos que se enrolaron en las fuerzas aéreas aliadas. El historiador Claudio Meunier, paisano de nuestro Charney, había reconstruido su azarosa carrera en Alas de trueno: sabía que a mediados de los años 70 se instaló en Soldeu, Andorra, con June Cherry, que en 1980 se convertiría en su esposa, y que había fallecido de cáncer el 3 de junio de 1982. Pero ignoraba el destino de sus restos. La oportuna aparición en escena de Michael Leonard, amigo de los años andorranos de Charney, permitió estrechar el cerco hasta que el Comú de la Massana confirmó la cruda realidad: Ken es el anónimo inquilino de la tumba número 209 del cementerio comunal de la Quera. Un inquilino en riesgo de deshaucio, porque el impago del alquiler de la tumba desde 1988 ha generado una deuda de 1.291 euros que Meunier pretende cubrir a fuerza de aportaciones voluntarias, a la vez que repatriar el cuerpo -o lo que queda de él- para enterrarlo en el cementerio de Bahía Blanca, la ciudad argentina donde el futuro piloto se crió y donde cocnoció a pioneros de la aviación como Saint Éxupéry, Jaen Mermoz y Paul Vachet.

Retrato de Charney con su uniforme de la RAF tomado durante la II Guerra Mundial. Fotografía: Archivo Claudio Meunier.
Esta es la historia que Meunier ha reconstruido pacientemente y que en verano verá la luz en forma de libro (Nacidos con honor) y documental (Voluntarios). Una historia teñida de épica que arranca a principios de 1942, cuando Charney se embarca en el transporte Highland Monarch con destino a la Gran Bretaña y con el objetivo de enrolarse en la Royal Air Force. Lo conseguirá, y hasta el final de la guerra volará en cerca de 300 misiones de combate integrado en los escuadrones 91, 185, 602 y 132 de la RAF, y siempre a la cabina de un Spitfire, el más célebre de los cazas aliados. Su carrera bélica tiene tres hitos ineludibles: el primero, la defensa de Malta, donde cazó su primera victoria -un Macchi 202 italiano, abatido el 1 de julio de 1943, y donde se ganó el sobrenombre del Caballero Negro, por la temeraria táctica consistente en atacar a los aviones enemigos de frente, como cargaban los caballeros medievales.

La Bolsa de Falaise
En junio de 1944 lo encontramos en Normandía, protegiendo las cabezas de playa aliadas: ya saben, Utah, Omaha, Sword y todos esos nombres hoy míticos. El 2 de julio protagoniza al lado de Pierre Clostermann -el as francés da cuenta del episodio en El Gran Circo, su autobiografía- un épico combate con un escuadrón de Focke-Wulff alemanes, y el 7 de agosto descubre las columnas blindadas nazis retirándose de la Bolsa de Falaise y lanza su célebre aviso por la radio: "¡Envíen a toda la Fuerza Aérea!" El resultado fue la destrucción de un centenar y medio de tanques del V Ejército Pánzer. Casi nada. En diciembre, Charney y todo el escuadrón 132 es transferido al teatro del Pacífico a bordo del HMS Smitter, pero el fin de la guerra le impedirá entrar en combate contra el Japón.
Se acaba aquí el periplo bélico del piloto. Seguirá enrolado en la RAF hasta 1970, pero antes de recalar en Soldeu aún tendrá tiempo de protagonizar un último e insólito capítulo como instructor de la Fuerza Aérea Saudí, nada menos.

Los restos de Charney descansan desde 1982 en el nicho número 209 del cementerio de la Quera, según ha confirmado el Comú de la Massana.Fotografía: El Periòdic d'Andorra.
El Charney que se instala en Andorra es ya un hombre tocadísimo: "Nunca fue capaz de adaptarse a la vida civil. Decía que entre 1942 y 1945 había vivido 50 vidas. Se lo veía cansado y hastiado", recuerda Leonard. A lo que hay que añadir el estrés de guerra que, dice Meunier, lo acabó separando de su primera mujer, Pamela Forster, con quien no se llegó a casar pero con quien tuvo dos hijas que hoy viven en los EEUU: "Al final sentía la pena inmensa de no haberse podido reunir con ellas, porque la madre se casó cun un diplomático norteamericano, cambió su nombre de soltera y les perdió la pista". Su segunda y última mujer, June, se marchó de Andorra tan deprisa que ni le puso nombre a la tumba. Su pista se pierde en Durban (África del Sur), de donde parece que era originaria. "Es una auténtica lástima que una vida tan intensa acabe de manera tan triste y anónima", se lamenta Meunier. La burocracia amenaza hoy con borrar la última huella del héroe anónimo del nicho 209. Sería una lástima que el mismo Comú que ha homenajeado justamente a los pasadores del Palanques se desentendiera ahora del destin de tan ilustre vecino.

[Este artículo se publicó el 10 de noviembre de 2008 en El Periòdic d'Andorra]